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lunes, 6 de octubre de 2025

El último deseo



Imagínense que están en el corredor de la muerte (ya sé que es tétrico, pero haber elegido susto) y que les conceden un último deseo, el que quieran, sin cortapisas de ningún tipo... ¿Qué pedirían? ¿Un viaje maravilloso, asistir al concierto de tu ídolo, una noche de amor...?  Yo me dejaría de tonterías, la verdad, y elegiría una última comida, opípara y perfecta.

Hace tiempo leí que una compañía de teatro fue a representar Historia de una escalera en la plaza de un pueblo en fiestas a las 8 de la tarde. Los vecinos llevaron sus sillas y la plaza se llenó. Parecía un público muy atento, pero sobre las 9 uno del pueblo irrumpió en mitad de la función y, sin cortarse ni un pelo, gritó: "¡Que ya están las migas!". Entonces todos se levantaron, recogieron sus sillas y se fueron pitando al local donde servían las migas, dejando a los actores perplejos. Y es que donde esté el comer, que se quiten todas las zarandajas intelectuales. Así que sí, mi último deseo sería disfrutar como un pachá de que otros cocinen para mí alimentos maravillosos, no pisar la cocina ni por el forro y encima poner condiciones para que nada falle.

La primera condición es el sitio. No vale un comedor de mala muerte, aunque parezca apropiado. No, no, tiene que ser un comedor desde el que se vea el mar, amplio y con pocas mesas; luminoso, que hay algunos que parecen un cuadro de Caravaggio y casi no se ve si es berenjena o huevo frito lo que hay en el plato; sin ruidos, sin teles, ni móviles ni nadie que esté cantando cerca, que podamos hablar sin gritar con los que nos acompañan. Porque eso también es una condición para mi comida perfecta: en una mesa redonda (no más de 10 personas), con platos y copas preciosos y mantel y servilletas de tela, con gente que quiero y me quiere y con la que se pueda hablar de todo, sin que nadie esté juzgando al otro.

Y luego, que el menú traiga los sabores que me han acompañado toda la vida y que me recuerdan momentos gratos: las tortillas de papas y los calamares en salsa que mi madre me preparaba cuando yo volvía de Madrid, el arroz amarillo de Mamá Lola, las empanadillas que hace mi hijo, las sardinas a la veneciana que me hacía mi marido cuando se jubiló, el arroz negro de mi yerno, el gazpacho de melón que me enseñó a hacer mi primo Mingo, el ganso de Suzana para celebrar San Martín, los montaditos de Sixto, la morena de El Chavique, las croquetas de Carmen María, las viejas que venían saltando del mar en Arrieta, el queso manchego, los patés y foies del Perigord, las langostas que cogía Domingo en La Graciosa bajando a pulmón limpio, los merengues y almendrados de abuela, la tarta María Victoria y las torrijas de mi consuegra Cristi, los hojaldres de La Punta... Y todo empezando naturalmente con un champán francés bien frío; después, si se tercia, con un buen vino de la tierra; y, al final, con un chupito de los míos.

Yo creo que con tanta condición y tanta vianda, el momento de la ejecución se irá alargando indefinidamente y se convertiría todo en unas mil y una noches culinarias. Y cada día se cumpliría el penúltimo deseo. El secreto de la felicidad a lo mejor es vivir cada día como si fuera el último.

lunes, 7 de abril de 2025

Oda al puchero



No hay nada mejor, para un día lluvioso y volandero como el de la semana pasada, que mandarse un buen puchero entre pecho y espalda con los amigos. El viernes lo hicimos en la Tasca Fernando de mi pueblo, la de los padres de Pedri, el del Barcelona, que al mismo tiempo que educaban a su hijo en el arte de darle patadas al balón, nos educaban a nosotros en el del buen comer. Y los viernes los dedican al puchero canario (y, como es natural, los sábados al tumbo).

Y allí estuvimos, la lluvia fuera y el puchero humeando en la mesa. Con sus carnes, su bubanguito y su col tierna, su calabaza y zanahorias, sus papas y batatas, sus habichuelas, sus piñas y garbanzos... Y aparte, su mojo de cilantro y su gofio escaldado con cebollas en cazuela de barro. La Biblia cuenta que Jacob le compró a su hermano Esaú la primogenitura por un plato de lentejas. No me extrañaría nada que alguien más lo hiciera por este plato nuestro, sabroso y completo. Porque Bécquer no lo cató porque si no, hubiera escrito la Rima XXIII así: "Por una sonrisa, un mundo; por una mirada, un cielo; por un puchero... ¡yo no sé qué te diera por un puchero!".

¿Y no merece un poema? El poeta canario Domingo Enrique allá por el siglo XIX pensó que sí y le dedicó este que no me resisto a compartir con ustedes:

Después de recorrido un espacio corto, Febo

se prende la negra hornilla con carbones de haya o brezo.

Se echan seis litro de agua en el puchero,

al caldero, de la vecina tinaja, con los menesteres estos:

Primero, carne de vaca, dos kilos de pierna o pecho;

un argollón de morcilla, tres chorizos, y de puerco,

cinco onzas; de garbanzos de Castilla o conejeros

igual suma; y una dosis de tres de sal (del impuesto).

Y cocidas que hayan sido las partes de lo que expreso

se apartan (así se dice en el canario archipiélago).

Y por la candente boca del atezado caldero

que fervoroso espumaje airado despide a intervalos,

impulsando su cubierta el vapor bulle dentro

cual si Luzbel estuviese metido en aquel infierno.

Échase la calabaza (sobre un kilo más o menos),

habichuelas, chayotes, ñames, peras y bubangos tiernos;

y cuando haya sazonado el fuego tanto totum revolutum

como lo que dicho llevo,

apártense las verduras para reemplazarla luego

con papas y batatas, cuya cantidad o peso

generalmente consiste, según informes muy ciertos,

de aquellas en cinco libras, las batatas en dos menos.

Témplese entonces, ¿Y cómo? Es sencillísimo hacerlo:

Azafrán, ajos y clavos en el almirez casero

se trituran, se machacan con la manilla de fierro;

y, semejante a una esquila que repica algún chicuelo

en son de chanza, produce el propio repiqueteo.

Del caldo una cucharada se vierte en él, diluyendo

las especias que se arrojan incontinenti al caldero

y allá cuando el sol declina y alumbrar va otro hemisferio

las carnes y las verduras tornan otra vez al fuego.

Unidos los componentes todo por escaso tiempo,

en el caldero hacinados recibe calor de lleno.

Y es de verle tan orondo, pletórico hasta el exceso,

oloroso y humeante como diciendo: Está hecho.

De seguida se coloca el manjar populachero

en anchurosa bandeja, blanca como flor de almendro.

Lo demás, huelga decirlo: se hizo para comerlo,

y se come... ¡Ya se sabe! Con la boca y los cubiertos.

Con el suculento tumbo que resulta del puchero

se agasajan los criados en derrededor del barreño

a la hora de la queda en que tocan a silencio

y los ojos parpadean al influjo de Morfeo.


Hay cosas que merecen una oda y hasta que se les ponga música. Y una de ellas es este puchero, un día frío de abril entre ruidos de platos, tintineo de copas y la conversación con los amigos de toda la vida. Un momento feliz ¡Salud!

lunes, 18 de noviembre de 2024

Un vermut con un famoso



Una de las miserias de esta longevidad a la que he llegado es el insomnio. Podría contar que no duermo debido a que me preocupa el sentido de la vida y que es eso lo que me hace dar vueltas en la cama sin ton ni son algunas noches. Vestiría mucho, pero no nos engañemos: no dormimos por la edad. Así que si se me ocurre decir en el chat de mis amigas (todas más o menos de mi quinta) lo de que no pegué ojo en toda la noche, los remedios abundan porque a todas les pasa lo mismo. Que si las pastillas de melatonina, que si una tisana de Mercadona que se llama Dormir y es mano de santo, que si glicinato de magnesio (sea lo que sea eso), que nada de siestas... ¡Señor! Ahí nos ven tomando de todo un poco. Y si nos aconsejaran que hiciéramos el pino una hora antes de acostarnos, igual también lo hacíamos (o lo intentaríamos hacer). 

Por eso, no fue raro que leyendo un artículo de Manuel Vicent la semana pasada me quedara con lo que él hace: "A veces durante los insomnios paso lista de los autores con los que me hubiese gustado tomarme una copa. Y así hasta que cojo el sueño". Según él hay autores que no querría conocer por nada, así escriban como los ángeles, y otros que sí. Incluso hay algunos, fatigosos de leer, pero que "su ingenio los convierte en una fuente inagotable de chismes y anécdotas que ayudan a hacer una buena digestión". Tal vez Jack el Destripador, dice, tenía un trozo de alma muy sensible y San Francisco de Asís , en cambio, era muy atravesado. Vicent se decanta por tomarse esa copa con Jantipa, la mujer de Sócrates, que lo iba a buscar al ágora para que viniera a cenar. También le hubiera gustado con Ovidio, Catulo, Maquiavelo o Voltaire.

Tal vez esto no sea mal consejo para dormir, oye. De perdidos, al río. Pero yo impondría una condición: si la copa es al mediodía, que sea un vermut, un Yzaguirre, por ejemplo. Y que sea un gin-tonic, si es viendo la tarde caer.. Así habría un ambiente propicio para encontrarme, por ejemplo, con Úrsula K. LeGuin y darle las gracias por lo bien que lo he pasado con sus mundos fantásticos. O con alguien divertido de mis autores preferidos, como P. G. Wodehouse o Sophie Kinsella  (Con esta, que vive, todavía estoy a tiempo. Querida Sophie, ¿te das una vuelta por La Laguna y nos vemos?). O con Van Gogh para hacerlo feliz, contándole que se hará famoso y venderá cuadros al precio más alto, él, que murió pensando que era un fracasado por vender un solo cuadro en su vida. O con Jane Austen, por supuesto, a la que le contaría cómo Colin Firth hizo de su Mr. Darcy ideal. De los filósofos me tomaría una copa con Spinoza, el más noble y el más amable de los grandes filósofos, según Bertrand Russell ("Intelectualmente, algunos lo han superado, pero éticamente, es supremo. Como natural consecuencia, fue considerado, durante su vida y un siglo después de su muerte, como de una perversión aterradora"). Y también me gustaría Voltaire, sobre todo por esa frase que se le atribuye: "No estoy de acuerdo con su opinión, pero daría mi vida por defender el derecho que usted tiene de exponerla". Y de personajes que nunca existieron (o tal vez sí), ¿a quién no le encantaría tomarse una copa con Scherezade, la más lista de las cuentacuentos?

Dormir, no he dormido mucho y coger el sueño, tampoco. Pero ¿y lo que me he divertido pensando en los famosos con los que me tomaría, encantada, una copa? Una noche mucho más entretenida que una pastilla de melatonina. Las próximas de insomnio seguiré repasando la lista de ilustrísimos.

lunes, 26 de agosto de 2024

A Dios pongo por testigo



Una de las ventajas de hacerse mayor es que una se deja de tonterías. Y entre esas tonterías están las dietas. Lo comentaba el otro día con amigas y hay que ver la cantidad de dietas extrañas y "milagrosas" que a veces seguimos en la vida. 

Recuerdo una vez que le dio a todo el mundo por tomar solo sopa de cebolla y apio (¡puaff!), o el jugo de piña como principal alimento; o 12 vasos diarios de un mejunge que al parecer tomaba Beyoncé, a base de limonada, jarabe de arce y pimienta cayena. También sé de gente que en una temporada solo comía potitos de bebé, unos 14 al día y ya está. O comer solo carne, fuerte aburrimiento. Mi amiga Cae llamaba "el soponcio" a un guisote de cebollas, tomates y col que luego molía en la batidora y podías comer todo el que quisieras durante 7 días, al final de los cuales te permitían como una gracia especial comerte un huevo duro. Ella cuenta que solo aguantó 2 días y al 2º ya quería pegarse un tiro. ¿Y qué me dicen de la dieta de un solo color, el primer día alimentos todos blancos, el siguiente rojos, y luego verdes, naranjas, morados, amarillos y por último, un arco iris? Qué bonito, oye, pero qué necesidad.

Porque es que, además, haces una dieta, bajas peso y, al tiempo, vuelves a subir, el efecto yo-yó que le dicen. Lo mejor, lo sabemos bien, sería tener un buen metabolismo, como le pasaba a mi primo Mingo, que comía como una lima y no tenía ni un gramo de grasa, siempre delgado como un junco. Con razón tengo amigos que eso es lo que le piden a los reyes magos: ¡un metabolismo!

Y todavía mejor -y eso es lo que se aprende con la edad, además de comer de todo con moderación- es quererse a uno mismo. Me ha encantado la postura de dos personajes célebres respecto a su peso. Una es Nicola Coughlan, la actriz que interpreta a Penélope en Los Bridgerton, que cuando una reportera le dice que se necesita valentía para interpretar a personajes con un cuerpo "no normativo", ella le contestó con sorna que es lo que tiene pertenecer a la comunidad de mujeres con tetas perfectas. Y otra es la waterpolista Paula Leitón que, ante las críticas por su peso -que, por cierto, le resbalaban después de ganar un oro olímpico- dijo: "Sé cómo es mi cuerpo y lo quiero muchísimo".

Así que, amigas, a estas alturas de la vida ya hemos aprendido unas cuantas cosas:

Que uno de los grandes placeres de la existencia, que no hay que dejar que nos quiten por nada, es el comer y el beber bien: un pescado superfresco, asado perfectamente a la espalda, unas papitas arrugadas, un vaso de buen vino de la tierra... y dan ganas de volvernos poetas como Browning y decir aquello de "Dios está en el cielo y en el mundo todo marcha bien".

Que a no ser que Rubens se reencarne y vuelva a poner de moda las curvas voluptuosas y los michelines, mejor nos conformamos con lo que tenemos. Después de todo mi abuela siempre decía que nunca había oído lo de "¡Qué bonitos huesos!", sino "¡Qué bonitas carnes!".

Y que, si no queremos aburrirnos de comer porquerías y siempre lo mismo, de estar famélicas porque solo hemos tomado en el día verduritas y aguachirres, nos hagamos a nosotras mismas, tal como si fuéramos Scarlett O'Hara al final de Lo que el viento se llevó (en la imagen), un juramento sagrado levantando el puño hacia el firmamento y gritando: "¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!"

lunes, 22 de julio de 2024

Con los cucuruchos no se juega



Con todo esto del cambio climático y las estaciones corridas de sitio ya ni se sabe cuándo empieza el verano. Recorté un chiste de Forges publicado en junio de 2013 en el que se ve  a un pobre hombre -chaquetón, gorra y bufanda- , pisando charcos bajo una lluvia torrencial y diciendo: "Jo, por fin... ya era hora de que llegara el verano".  No, no se sabe cuándo hará su aparición la más brillante de las estaciones, pero sí que es verdad que alrededor de la noche de San Juan ya se huele a verano: las hogueras, las fiestas, los voladores, las romerías... empiezan por esa época y ya no paran hasta octubre y a veces más allá.

El verano es el tiempo de la pereza, de las vacaciones, de las noches estrelladas, de las mesas al aire libre, de tardes de lectura sin nada más qué hacer, de ir a bañarte en el mar, de las frutas maduras listas para mermeladas, de dormir sin edredones. Y es, sobre todo, el tiempo de los helados. Recuerdo otra historieta de Mafalda: Felipe le lee el periódico anunciándole desgracias: que la situación internacional es sumamente crítica, las probabilidades de un conflicto bélico generalizado aumentan día a día, el armamentismo crece de forma alarmante... Y ella, comiendo un helado, lo único que dice es "¿Ajhá?", "¡Mira vos...!" y "¡Slurp!". Y al final: "Perdón, Felipe, pero mientras tomo un helado se me desdibuja el mundo ¿Vos me hablabas?". Y esa es la pura verdad, cuando una toma un helado el mundo y sus males desaparecen y nos centramos en ese instante de puro placer. 

Volver a los veranos de atrás es verme comiendo un cucurucho de helado de turrón en la Heladería Marpi a la salida del Cine Víctor; o un corte de vainilla después del baño en Las Teresitas en un carrito que había a la salida de San Andrés; o los miles de helados que comíamos en "La Flor de Alicante" y "La Alicantina" a la hora del paseo por la Avenida de Anaga.. Y más tarde, en Madrid, recuerdo unos helados riquísimos de una heladería que había por Rosales... Y por no hablar, Santa Madonna, de los helados italianos que nos mandamos en la Plaza Navona de Roma. ¡Con razón los milaneses han protestado (la guerra del cucurucho, le dicen) porque el Ayuntamiento prohibió su venta entre las 12 de la noche y las 6 de la mañana! ¡No sin mi gelato, así sea de madrugada, faltaría más! El helado es el símbolo del verano, no en vano en la película "Vacaciones en Roma" lo primero que hace el personaje de  Audrey Hepburn, cuando escapa del palacio, después de cortarse el pelo, es comprarse un helado y saborearlo sentada en los escalones de la Plaza de España. ¡Slurp, que diría Mafalda!

Así que hoy, que ya estamos en pleno verano, con olas de calor y toda la pesca, en su homenaje les voy a dar, sin que sirva de precedente, la receta de un helado que hago y siempre triunfa. Me la dio mi amiga y compañera Nani en aquellos recreos que nos sabían a gloria cuando trabajábamos. Lleva por lo tanto su nombre. Este es el Helado Nani:

Se bate primero una lata de Nata Ermol, después se añade y se sigue batiendo otra lata de leche condensada, después 5 yemas una a una y al final ralladura de limón, una copita de Amaretto y las 5 claras a punto de nieve. 8 horas como mínimo al congelador. Una variación es hacerlo con ralladura de naranja y Cointreau en lugar de Amaretto. De las dos formas es bocatto di cardinale.

P.D.: Al final el alcalde milanés reconoció el derecho de los milaneses a comer helado dónde y cuándo deseen. ¡Con los cucuruchos no se juega!. 

Buen verano.

Carritos de venta del helado de la Horchatería Valenciana, la primera de Canarias



lunes, 4 de septiembre de 2023

Carmelo, hay escasez de papas



El título de este post lo saqué de un chiste de Morgan en donde se ve a Carmelo y su mujer, y ella le dice eso mismo: "Carmelo, hay escasez de papas". Y él contesta: "No me extraña, con la cantidá descándalos que tiene laiglesia".

Y ojalá que fueran papas de esos los que escasearan... Porque, por si fuera poco lo que ha caído últimamente por estas islas (erupciones e incendios a tutiplén), ahora nos viene encima el que encontrar papas para llevarse a la mesa sea una aventura sin final feliz.  Solo nos faltaría, como en la canción de Les Luthiers, que al atardecer nos cayeran meteoritos.

En la verdulería de mi pueblo me lo explican cuando, desolada, vi que en el arcón de las papas no había ni un solo ejemplar de muestra: "Es que en el verano ya se ha terminado la cosecha de papas del país y siempre, entonces, nos abastecemos con las kineguas inglesas (King Edward), pero esta vez vinieron con bicho, con el escarabajo rojo, y hubo que devolverlas a toda prisa. Tendremos que traer papas de Israel, Egipto o Marruecos". "¿Y las fértiles tierras de la isla, qué?". "No, si ya hay sembradas. P'allá, pa Navidad tendremos". Muy largo me lo fiais, me digo.

Lo bueno de toda esta tragedia es que no nos falta nunca tema de conversación. Igual que antes se hablaba del fuego, esta semana se ha hablado de papas por todos lados. Un agricultor de Los Realejos contaba que hace 10 años que dejó de cultivar papas para vender porque le pagaban  a 0,20 céntimos el kilo y por la tarde estaban a 1,00€. "Ahora -dice- que las cultiven los que se mamaban los 0,80 céntimos". Otros se escandalizan de los precios: 7 euros por un kilo de papas borrallas, encontradas milagrosamente en el mercadillo de Tacoronte; 4,50 euros por 1 kilo de papas normalitas en el de La Laguna. ¿Estamos locos?. Otros aconsejan que solo debemos consumir papas del país, que, si nos ponemos, se podrían tener hasta 3 cosechas de papas al año. Igual que antes surgían vulcanólogos, epimediólogos y especialistas en incendios (¿incendiólogos?), ahora todo el mundo sabe de cosechas de papas (¿papólogos?) y lo arreglan todo en un santiamén. A mí lo que me parece es que alguien se está forrando por ahí...

Y otra cosa buena es que no se ha perdido el humor. Otro chiste de Morgan plantea otra solución: Están dos en la playa y uno dice: "Yo quitaba todos esos molinos eólicos y placas solares y plantaba papas". Y el otro: "¿En serio? ¿Y se pondría a cultivarlas usté?" "Yastamos con el comunihmo", dice el primero. Hay chistes del que regala un anillo de pedida y, en lugar de un diamante, lleva una papa engastada.; del que seduce diciéndole al oído a la piba: "No quiero enamorarte, pero... tengo un aguacatero y 5 sacos llenos de papas"; viñetas de papas llegando en furgones custodiados por la policía. En uno de esos memes uno dice: "Dame algo para el dolor y déjame morir", y le dicen: "¿En serio te vas a poner así porque no hay papas para la carne fiesta?".

En el fondo tienen razón. ¿Qué son unos huevos fritos sin el acompañamiento de una buena ración de papas fritas? ¿Cómo se va a hacer un conejo en salmorejo o un mojo picón si no hay al lado un buen plato de papas bonitas o negras bien arrugadas? ¿Y qué es una cazuela de pescado o un puchero sin papas?

Pero no queda otra que resignarse. Créanme que el otro día, después del inútil peregrinaje en busca de papas y con la música de aquella ranchera que decía "Adiós, botellas de vino. / Adiós, mujeres alegres. / Adiós, todos mis amigos. / Adiós, los falsos quereres.", me vi cantando a grito pelado por toda la cocina:

"Adiós, tortillas de papas.

Adiós, papitas guisadas.

Adiós, patatitas fritas.

Adiós, papas arrugadaaas..."

Hay que... fastidiarse.

lunes, 19 de junio de 2023

El tiempo de las cerezas




El tiempo de las cerezas es el título de una novela de Nicolás Barreau, continuación de La sonrisa de las mujeres, que me gustó mucho y que se refiere al nombre del restaurante de la protagonista en París: Le temps des Cerises. Pero hoy les voy a hablar de mi particular tiempo de las cerezas: el mes de junio.

Hasta que tuve 20 años yo nunca había probado cerezas de verdad en mi vida. Sí que había comido las cerezas escarchadas de las tartas o las guindas en almíbar que venían en frasquitos. Pero ni guindas, ni cerezas, ni picotas había en las ventas de mi niñez ni en los huertos de la isla. A los 20 años, el primer junio que estuve en Madrid, las probé por primera vez en una frutería de la calle Princesa, escenario de nuestros esparcimientos entre examen y examen de 3º de Filosofía. El flechazo fue inmediato. Recuerdo como si fuera hoy el sabor dulce y delicado de las picotas grandes y maduras en mi boca y el pensamiento de que nunca había comido nada tan rico. En el mes de junio, durante los 4 años que estudié en Madrid, cogía la guagua a cada rato para ir desde mi colegio mayor hasta Princesa y comprar un cartucho de cerezas que me iba comiendo por el camino de vuelta. ¡Qué delicia!

Ya en casa, pasó un tiempo hasta que poco a poco empezaron a aparecer aquí. Cuando nos mudamos al campo hace 40 años, lo primero que hicimos fue plantar un cerezo en la huerta. Pero, al revés que en la canción de Jorge Sepúlveda, "aquel cerezo rosa NO creció en un rincón de mi jardín..." y no hubo manera.  De todas formas, desde entonces, el mes de junio ha seguido siendo para mí el tiempo de las cerezas, ahora compradas en la frutería de mi pueblo.

Y ellas, las cerezas, arrastran otras muchas sensaciones asociadas a este mes: los primeros baños en el mar, ya no tan frío como en meses anteriores; las fiestas vinculadas a la vida y a los frutos de la tierra, como las romerías o la noche de San Juan; las tardes perezosas leyendo un libro o contemplando atardeceres eternos en los que solo apetece dejarse llevar por un sueño de colores; las comidas con los amigos o la familia al aire libre; la desaceleración del curso alrededor, que incluso los jubilados sentimos: los niños ya sin tareas, los exámenes ya finalizados, los planes para el tiempo libre; las noches estrelladas y tranquilas, salvo el chirrido de los grillos de fondo... Junio, fugaz, alegre primavera, / árboles de lo vivo, peces, pájaros, / niñas color azúcar devanando / un agua que refleja un cielo inútil., decía Vicente Aleixandre. Y también Emilio Ballagas pedía: Llévame por donde quieras, / viento de la luz de junio / -remolino de lo eterno.

Y por encima de todo, este mes ya casi estival nos trae la melancolía del paso de la vida, el pensamiento de que quedan hacia delante menos tiempos de cerezas que los que hemos disfrutado hacia atrás. Igual que en aquel poema de Juan Ramón Jiménez que dice: Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, también aunque no estemos, quiero pensar que siempre pervivirá un tiempo de las cerezas para los que vengan después. Que lo disfruten.


lunes, 10 de abril de 2023

Espacios de celebración: del comer y del beber


Hace poco leí, no me acuerdo dónde, que necesitamos espacios de celebración, y me gustó la expresión. Creo que se refería a experiencias compartidas en el mundo del arte y de la cultura, pero a mí esos espacios de celebración me llevan más a la mesa, a recuerdos comunes en torno a un mantel con sus platos, sus cubiertos y sus copas. A tantos y tantos momentos que forman parte de la memoria colectiva: toda la tribu zampándose un mamut en los tiempos prehistóricos; o tumbados en triclinium en los festejos romanos; o en torno a una tabla redonda en los tiempos del rey Arturo; o los 20 platos de una cena pantagruélica en la Francia prerrevolucionaria; o una barbacoa en nuestros días... Repasemos.

El espacio de los desayunos. El mejor del año, según mi sobrina Isa, es el que compartimos el día de Reyes, con chocolate y roscón y los regalos cerquita y expectantes. Pero también los de los domingos de chocolate y churros a la orilla del mar (foto inicial), secuelas de aquellos otros de la niñez cuando, después de misa, íbamos con mi padre a comprar churros al lado del Parque Recreativo para el desayuno del domingo. Alrededor de aquella mesa de tea del comedor, el desayuno era una fiesta,  ruidosa y alegre. Con todo, debo confesar que lo mejor de lo mejor es que me preparen el desayuno todos los días desde que me casé hace 51 años.

El espacio del aperitivo. Si hay alguno que recuerdo con placer es cuando, en aquellos lejanos tiempos en los que trabajaba, mi marido me venía a buscar al instituto un día en la semana en que los dos salíamos un poco más pronto y nos íbamos a celebrarlo al Bar Carrera, en donde nos mandábamos una tapa de su célebre ensaladilla alemana con un vermut o una cerveza. De aquellos tiempos nos quedó la manía de tomar un aperitivo mientras preparamos la comida y de brindar por lo que sea: por la vida, por la luz o por las albóndigas que, mientras, se guisan en la cocina.

El espacio de las comidas, el mejor para celebraciones. Ahí se conmemoran cumpleaños, bodas, bautizos, reencuentros, logros... de amigos y familiares. En una comida de estas celebré en el año 92 el seguir estando aquí después de verle las orejas al lobo. Sé que es un trabajazo y que muchas veces una no está para tanto trote, pero, mientras pueda, seguiré celebrando todo lo celebrable con una comilona.

El espacio de las meriendas. Las mejores, las que preparaba mi abuela. Todavía veo sus manos regordetas dando forma, estirando, batiendo, amasando la masa de la que salían bollos, bizcochones esponjosos, almendrados, marquesotes, merengues... Los más buenos que he probado nunca, corroborado por mis amigas del colegio que todavía los recuerdan. Los dulces de mi abuela, la mejor repostera que he conocido, estuvieron presentes en todos los festejos y eventos hasta que murió cuando yo tenía 22 años: en Navidad, por descontado, pero ninguno de sus nietos olvida sus sopas de miel en carnavales y sus torrijas de Semana Santa. Y no, ninguno de nosotros le pidió nunca las recetas.

El espacio de las cenas lo cubren (aparte de las grandes celebraciones: nochebuena, año viejo, una boda...) las cenas de los viernes con los amigos de siempre desde hace 30 años. Elegimos un sitio cercano y agradable, sin mucho ruido, y hala, a brindar y a rendir tributo a la amistad y a la confianza.

Si repasamos todos estos espacios de celebración, podemos afirmar sin ninguna duda que nos pasamos la vida comiendo y bebiendo. Comemos para sobrevivir, sí, pero también para vivir mejor y disfrutar, no solo de lo que está en nuestros platos, sino también de la gente con la que compartimos una buena comida. Con razón mi amigo Melchor siempre dice que, cuando se le aparezca el genio de la lámpara, le pedirá que le devuelva todo lo que se ha gastado en comida y bebida a lo largo de toda su vida. Se llevará una fortuna.

lunes, 5 de diciembre de 2022

Una tortilla de 25 huevos



Hace tiempo les hablé de un librito delicioso que he regalado un montón de veces (aunque no sé si se encontrará ahora porque es del 98). Se llama "El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida" y su autor es Philippe Delerm. En ella habla de 34 instantes placenteros, sencillos y personales, como ese primer trago de cerveza, o el olor de las manzanas o leer en la playa: momentos preciosos que la vida te brinda y que te hacen pensar que esta merece la pena. Algunos compartimos con él y otros, no, pero lo que es verdad es que existen y nos definen.

Uno de esos pequeños placeres, según el autor, es cuando los amigos te invitan a cenar, sobre todo si no te lo esperas. Cuando nos invitan por sorpresa, pasamos a ser casi de la familia, casi de la casa. (...) Flotan perfumes de escalonia y de perejil que parecen venir de otro tiempo, de un lejano clima de confraternidad. (...) Antes de cenar, nos sentaremos a conversar en torno a la mesa ya puesta, los pies apoyados en la barra un poco alta de la silla de mimbre. Nos sentimos a gusto, completamente libres, ligeros, nos sentimos adoptados.

Esa sensación que él describe tan bien de anticipar el placer, de saltarse a la torera el tiempo y la rutina, de llenarte de expectativas es la que una tiene cuando un amigo te invita a cenar a su casa. Noviembre ha sido un mes pródigo en invitaciones agradables: comidas de reencuentros con amigos que viven lejos en tierras frías y vienen a pasar el invierno a la isla; una de Acción de Gracias de un amigo americano y su mujer, con su pavo, su salsa de arándanos y sus recuerdos; comidas familiares en las que el "¿se quedan a cenar?" por sorpresa nos zambulle de inmediato en la novedad. "Claro que sí, encantada"; la celebración generosa de algún cumpleaños; una víspera de San Andrés en la bodega de un amigo en la que se prueba el vino nuevo...

En todas ellas se agradece la generosidad y el cariño que el que invita reparte a manos llenas. Y siempre alguien te sorprende, como cuando en una cena hace poco nuestro anfitrión nos puso en la mesa una tortilla en la que empleó 25 huevos y 5 kilos de papas (en la imagen inicial). Se necesita ser muy desprendido para regalar tu tiempo a los amigos y ponerte a pelar 5 kilos de papas y a batir tantos  huevos para ponerlo todo a cuajar en el horno y que resulte una tortilla enorme y exquisita.

En mi casa familiar era rara la semana en la que no había alguien de fuera invitado a la mesa, y los cumpleaños y fiestas señaladas se celebraban a lo grande. Algo de esa tradición materna hemos heredado mi hermana y yo (sobre todo ella). A las dos nos encanta invitar y sabemos bien que da lata y requiere planificación: hay que decidir qué vas a poner de comer teniendo en cuenta que hay a quien no le gusta la mantequilla (como a mí) o los tomates, ir a comprar todo, tener la bodega llena, limpiar y poner bonita la casa para los invitados, poner la mesa hasta con unas flores o una vela en el centro, cocinar con todo lo que conlleva (cortar, pelar, aliñar, trinchar, trajinar), lavar los platos... Y encima, estar contenta de hacerlo.

Por eso, porque conozco bien el trabajazo que da preparar cualquier cosa, este es un post de agradecimiento a mi familia y a los amigos a los que les gusta que comparta con ellos una buena comida y una buena conversación, a quienes nos invitan a sus casas por sus cumpleaños o cualquier evento que les apetezca, o simplemente porque vieron en el mercado unas piñas y pensaron enseguida hacerlas, con sus costillas y su mojo de cilantro, con los amigos. A quienes les es tan grata nuestra compañía como para no parecerles tan importante el trabajo.

Somos afortunados cuando tenemos amigos así. Al fin y al cabo, eso es la amistad: ser capaz de pelar 5 kilos de papas y de batir 25 huevos para hacer una tortilla con la que compartir un momento feliz. Tentada estoy de poner su imagen en una bandera.

lunes, 5 de septiembre de 2022

Paella cosmopolita



Los primeros cosmopolitas que conozco fueron los sofistas, aquellos filósofos (primeros colegas nuestros) que cobraban por dar clase, mientras los ciudadanos filósofos (que no tenían ninguna necesidad) los despreciaban por ello. Los llamaban metecos, extranjeros, pero ellos preferían ser cosmopolites, ciudadanos del mundo, no sujetos a ninguna ciudad ni país, ni a sus estrechos límites. Eran como si fueran una suerte de Julio Iglesias primitivo cuando cantaba aquello de "No soy de aquí ni soy de allá...".

A mí, qué quieren que les diga, me caen bien ese tipo de seres humanos que son antes personas que atenienses, griegos o laguneros. Y en ellos pensaba el otro día en el que, como algunos domingos, nos reunimos la familia para zamparnos en buena compañía una paella como Dios manda.

Ustedes dirán que qué tiene que ver una cosa con la otra, pero, si se fijan, ha habido un largo recorrido por el mundo hasta que llegamos a comer una paella. El arroz, por ejemplo, aunque en el paquete diga que es valenciano, nació en la cuenca del Yangtzé, en la lejana China hace 13500 años, y ha atravesado estepas, valles, rutas escondidas y peligrosas hasta llegar a nuestro plato. El pimiento vino de Bolivia y Perú aunque hoy viva en mi huerto, y la cebolla fue cultivada por los sumerios en el 6000 a.C., imagínense. Procede, pues, de Irán y Pakistán. ¿Y el tomate? Ese "astro de tierra, estrella repetida y fecunda", como la llama Neruda, fue cultivado por los aztecas en México y traído a través del mar por las naves de Colón. Los calamares son subsaharianos y los langostinos, de Ecuador. La sal es de La Graciosa y el caldo con que todo se guisa se hace con pescados frescos de los mares de la isla. Y al final, como cuenta Amor Towles en el interesante libro "Un caballero en Moscú", "todas esas impresiones las reúne, combina y realza el azafrán, esa esencia de sol veraniego que, cosechado en las montañas de Grecia y transportado a lomos de mula hasta Atenas, ha atravesado el Mediterráneo en una falúa". Y el Océano Atlántico hasta las islas, añado yo.

Así que, mira por dónde, sí que hemos cumplido en algo el ideal sofista, por lo menos en la mesa. No habremos superado las fronteras ni el ombliguismo, pero sí que nos sentimos ciudadanos del mundo cada vez que nos sentamos ante una buena paella -ingredientes sanos, fuego furibundo, tiempo de reposo- y pensamos en todos los avatares, sucesos, caminos y siglos que hemos necesitado para catarla. Porque luego está el momento supremo de probarla, masticarla lentamente y decirnos unos a otros lo rica que está. Y al final, tal vez se nos pegue algo y estemos digiriendo y asimilando parte del cosmopolitismo del arroz. Y es que uno, en el fondo, es lo que come.

lunes, 20 de junio de 2022

Quiero un pinche



Bueno, o una pinche, que a mí en eso de igualitaria no me gana ni Irene Montero. Y, como yo, lo quieren todos los cocineros que en el mundo han sido, por muy estrella Michelín que tengan. Que mucho decir que ellos pelan, cortan, rallan y preparan pero, a la hora de la verdad, si encuentran a algún incauto por allí y lo convencen de pelar, cortar, rallar y preparar, a buenas horas se ponen a ello. Si ustedes ven a un cocinero trabajar, se darán cuenta de que su labor principal es poner unas hierbitas por aquí, echar un vinito por allá, remover la cazuela, aspirar los olores y poco más. Quien diga que no necesita un pinche, miente como un bellaco.

Pon, por ejemplo, que vas a hacer un puchero. Si tienes un pinche (o dos), te encuentras nada más ponerte el delantal que ya tienes frente a ti un montón de fuentes ordenaditas. En una están las carnes en trozos y las piñas de millo (del país, por supuesto), ya desfajinadas y cortadas; en otra, los garbanzos ya remojados desde la noche anterior, las zanahorias peladas y las habichuelas sin hebra; en una tercera, bubango, calabaza y papas, todo pelado y cortado. Aparte ya te han puesto al fuego una fritura haciéndose chuf chuf en una sartén. Con todo esto tú (el cocinero) solo tiene que ir echando de rato en rato el contenido de cada fuente en el agua hirviendo, desde los alimentos más duros a las verduras más blandas, e irlos aromatizando con su pimentón y su azafrán. Al final te queda recibir, ruborizado, los parabienes y sentirte el rey del fogón.

Así que yo también quiero un pinche y sentirme la reina del fogón.

Un pinche que me pique menudita la cebolla y llore por mí. Que me ralle el limón para el bizcocho, que me pele las papas y las chayotas para que no se me queden las manos pegajosas, que me deje un frasquito con ajos pelados en la nevera, que me limpie y escame el pescado, que me recoja y friegue los platos según los voy usando, y hasta que me diga, como en las películas, "Sí, chef" mientras me tiene las salsas preparadas.

A mi hija y mi hijo los conseguía pescar de vez en cuando, sobre todo el día antes de Navidad, en que los ponía a pelar y despepitar uvas para el relleno del pavo. Mi hija dice que aprendió a cocinar para no tener que hacerme de pinche nunca más.

A mis nietos los enseñé a hacer la masa de la pizza con la esperanza de captarlos para la causa pero lo que más les gusta (aparte de comérsela) es amasarla con los puños cerrados. Y de ahí no pasan.

No pierdo la esperanza. Por aquello de que a lo mejor la literatura va más allá de los lavados de coco y los convence, les compro cuentos en que hay pequeños pinches hacendosos y entresaco también textos de libros en los que la cocina tiene un papel importante. Como el que leí esta semana, "Pan de limón con semillas de amapola" de Cristina Campos: Las dos hermanas se durmieron casi al mismo tiempo; sin embargo, antes de eso y como si por algún misterioso motivo sus pensamientos pudieran entrelazarse, pensaron la una en la otra y las dos recordaron las tardes de su niñez en la cocina de la abuela Nerea, rallando limones, sacando las semillas de las amapolas y con las palmas de la mano cubiertas, siempre, de harina.

Si con todo esto no abrazan el noble (y no pagado) oficio de pinche, es que me falta poder de convicción.


lunes, 6 de junio de 2022

De noveleros



Novelero
y noveleriar son canarismos que muestran el espíritu jaranero de nuestras islas, en las que nos apuntamos a lo que sea antes que quedarnos en casa con la pata quebrada. El "Diccionario básico de canarismos" de la Academia Canaria de la Lengua define al novelero como el "muy aficionado a las fiestas". Y es que lo somos , la verdad. En mi Instituto, en aquellos tiempos en los que trabajaba, teníamos hasta una "Tutoría de Festejos y Regocijos", con eso se lo digo todo.

Son noveleros los cientos de hinchas del Tenerife y del Las Palmas que no han dudado en coger el barco para asistir a los partidos en los que se jugaban ascender a Primera División (¡Ganó el Tenerife!). Algunos aprovecharon tal particular festoleo para aplaudir vestidos de dragqueen en el Estadio. En una foto que mandaron mis sobrinos (otros noveleros) y que pongo como imagen inicial, se ve a aficionados de Las Palmas (todos de amarillo), camino del Estadio, tras un cartel -qué casualidad- en la que pone la palabra "novelera". La novelería dominó la semana.

Son noveleros los de mi pueblo que, cuando se enteraron de que en el prado que hay detrás de la iglesia estaban aparcados tres helicópteros destinados a hacer una película sobre la isla, se arremolinaron a verlos aterrizar y despegar, horas y horas allí mirando solo eso. No se dirá que no extraemos diversión de cualquier bobería (un día voy a hablar del verbo bobiar).

Es novelera mi amiga Eli, la de Las Palmas, que se fue a Agaete a comer un pescado con sus amigas y les bastó ver allí el barco que venía para Tenerife, para cambiar de opinión, embarcarse y venirse a comerlo en Santa Cruz.

Y es que mucho novelero hay suelto por ahí. Y yo la primera. Me despedí de mayo el Día de Canarias con una chuletada con sus mojos y con sus papas y con canciones de la tierra, como tiene que ser, en casa de buenos amigos en La Laguna. 

A media semana novelerié en una comida con mis hermanos para celebrar la venida por unos días de mi ahijado Javi desde México. Lo hicimos en Casa Tomás el de las costillas, que estos días ha sido muy nombrado porque el crítico gastronómico de El País, José Carlos Capel, lo ha seleccionado como una de las tres comidas más memorables de su vida. "El sitio en el que más disfruto del mundo", dice. Y está en mi pueblo.

De novelera fui el primer domingo de este junio a la Romería de Guamasa, que llevaba tres años sin celebrarse: bostas de vaca, trajes de mago, olor a carne fiesta, sonido de timples y chácaras, un San Isidro pequeñito presidiéndolo todo, parrandas cantando todas lo de "... y tampoco el ombligo redoooondo, ay, sorongo, sorongo, soroooongo..."...

De novelera, aparte de las cenas de los viernes que son sagradas, tengo este mes dos comidas familiares de las grandes, es decir, nosotros con toda la parentela, cerca de 30 personas. En una celebramos todo lo que no hemos podido celebrar por la pandemia, incluso las Navidades. Mi hermana -que es la novelera mayor del reino- nos pide que llevemos hasta gorros de Navidad. Tengo que comprar turrones... La otra es por el 50 cumpleaños de mi hija ¡Tengo una hija que va a cumplir 50 años! ¿Será posible? Si yo los tenía hace nada...

Y de novelera también, me iré este mes tres días a El Hierro a curarme el estrés frente al Mar de Las Calmas.

Y es que al final la vida, créanme, consiste en noveleriar.

¿Y tú? ¿Qué has hecho o esperas hacer de novelero/a en estos días en los que acecha el verano?

lunes, 7 de febrero de 2022

Los probantes



Mis amigos Walter y Suzana son como Perséfone la de Démeter ¿se acuerdan?. Sí, aquella a la que, en la mitología griega,  rapta Hades, el dios de los infiernos, y que, gracias a los ruegos que su madre Démeter (la diosa de las cosechas y de la primavera) le hace a Zeus, es devuelta a la Tierra durante 6 meses al año y pasa otros 6 meses en el Inframundo. Gracias a eso tenemos 6 meses buenos donde todo florece y da frutos y otros 6 con frío, lluvia y crujir de dientes. Bueno, pues Walter y Suzana, igual, aunque ellos lo hacen mejor, nada de frío. De finales de octubre a abril, dejan Austria cuando empieza a nevar, y vienen a Tenerife, a su casa del sur de la isla a disfrutar del sol y del mar. Y de abril a octubre vuelven a Viena, a su casa frente a la catedral de San Esteban, cuando allá da gusto pasear por las calles e irse a comer un codillo al Prater.

En el tiempo en que están aquí nos vemos mucho y casi siempre Suzana, a la que le encanta cocinar y sorprendernos, nos invita a comer. Ella, que habla 8 idiomas pero que tiene un particular modo de expresarse en español, dice que nosotros somos sus probantes, los conejos de indias que probamos las exquisiteces que hace y que inventa. El wienerschnitzel, por supuesto, y el ganso por San Martín, y unas sopas exquisitas, y los pinchos de gambas de la imagen, y unos hojaldres de aperitivo rellenos con los mojos canarios rojo y verde... Y la sachertorte, maravillosa, que la hace más buena que en el propio Hotel Sacher. Y de paso, "probamos" también la amistad con sus amigos porque su casa es como la de los Durrel en la Trilogía de Corfú, o como la de mi madre en mi niñez, siempre llena de invitados que vienen a conocer la isla y a sus habitantes.

Así que ahora le hemos cogido gusto a lo de ser probantes y nos apuntamos a muchas otras cosas. A probar en un día de frío un guachinche en que hacen un puchero y un escaldón de muerte, a catar un vino de La Palma exquisito que nos regalaron por Navidad, a ser lector cero y ser de los primeros que echen la vista y disfruten de un libro apetecible, a probar cuánto de fría está el agua del mar en el mes de febrero, a hacer un viaje ahora y descubrir a lo mejor un rincón que nadie ha mirado con los mismos ojos, a mostrar talentos escondidos...

Hace un tiempo le preguntaron al paleontólogo Juan Luis Arsuaga que para qué se levanta cada día. Él contestó que para aprender. Me gustó pero yo hubiera ido más allá y hubiera dicho que para probar. Porque probar implica aprender. Y también catar, ilusionarse y desilusionarse, intentar, degustar, ensayar, examinar... En resumidas cuentas, estar vivos.

Qué quieren que les diga: me encanta ser probante.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Marchando una de tortilla



Hay semanas en las que los temas para escribir se amontonan. Por ejemplo, esta última. Estuve dos tardes acompañando a mi hermana en la preciosa exposición de cuadros llenos de luz que ha montado como homenaje a La Graciosa (y vi a gente que iba a robar los chocolates que se habían puesto en un cuenco); presencié de paso el encendido de las luces de Santa Cruz, cosa que no había visto nunca; ya compré el árbol de navidad y lo monté junto con el nacimiento (¿de verdad ya es navidad, tan pronto?); di una clase de filosofía a mi nieto David para ayudarlo en un examen (¡después de 13 años, hablando otra vez de Popper y Feyerabend!); leí libros, comí con amigos, estuve con mis nietos peques que siempre me surten de temas...

Pero, sin embargo, hablando con mi hija, cuando le pregunté sugerencias para el post de hoy, me suelta: "Habla de la tortilla de papas". Y oye, me gustó el tema: suculento, sustancioso y nutritivo. A lo mejor ustedes piensan que es algo simple. Total, huevos batidos con papas fritas. Pero de eso nada, la tortilla de papas encierra una multitud de posibilidades. Solo con dirimir si debe llevar cebolla o no , se puede armar una como las del Congreso. En Betanzos, donde estuve hace poco y donde dicen que hacen la mejor tortilla del mundo. te miran por encima del hombro si se te ocurre decir que con cebolla. En cambio, vi a Arguiñano defendiendo en un programa que, por supuesto, con cebolla, que está rica, rica. 

Tampoco es una cosa que se pueda comer en cualquier sitio. Una vez en un pueblito francés vimos que la ofrecían en una tasca, y estábamos tan necesitados después de tanto pato y tanto foie, que la pedimos. Entonces una señora que estaba sentada en la mesa de al lado y nos oyó, nos espetó una verdad digna de escribirla en una placa: Paga comeg una buena togtilla de patatas, hay que ig a España. ¡Qué razón tenía la buena madame!. Porque cuando el resto de la humanidad pregunte, como los Monty Phyton hablando de los romanos, "qué han hecho los españoles por nosotros", aparte del idioma, la siesta, los refranes, la guasa y otros inventos, podemos decir con orgullo: "¡La tortilla de papas!".

Se podría decir que con las tortillas pasa como con las paellas. hay tantas como cocineros. En casa mi yerno es el especialista y la hace jugosa, jugosa. Y entre los amigos, Jose es el rey y nos las trae generosamente en cada fiesta. Pero hasta yo hago una con papas, chayota, huevos, su poquito de cebolla y chorizo y un mucho de cilantro, que reconozco humildemente que está muy buena. A una de mis primas le gusta tanto que en un amigo invisible le regalé una.

Muchos de los pequeños placeres que una busca en la vida van asociados a una tortilla de papas. Tardes en Las Teresitas, de novios, después de un baño fantástico y de abrigarnos con la toalla, sacar el taper de tortilla y comerla ¡mmmmm! (con su toque de arena está maravillosa);  de jóvenes, hacer un par de tortillas, subir al Teide con los niños a caminar por los senderos y pararnos al rato a merendarlas; llevarlas de bocadillo a la ida de un viaje y acompañarlas con un vinito tinto en el avión; hacerlas ahora de vez en cuando por la noche y tomarlas con un cava, mientras vemos una peli o hablamos... Ni los dioses, venga a néctar y ambrosía, disfrutan de algo tan bueno.

¿Quién la habrá inventado? Dicen que si tal o cual general, allá por el siglo XVIII, para dar de comer a las tropas un alimento barato, sencillo y suculento. Pero estoy segura de que fue un ama de casa para nutrir a un montón de niños. Y fue un maravilloso invento. No, no hay novelas, ni pinturas, ni poemas o canciones a la tortilla de papas, pero ella en sí misma es una obra de arte. Y además, un bocado exquisito, una fuente de placer, un símbolo de diversidad y de que para gustos se hicieron tortillas... ¿No merece todo esto un homenaje? Pues aquí está el mío.

lunes, 23 de agosto de 2021

Falsarius Chef



Ha muerto Falsarius Chef, a quien mucho conocía. O mejor, no lo conocía de nada porque nunca lo vi, excepto en fotos. Y ahí siempre aparecía con esa nariz grandota de pega, gafas cuadradas de pasta negra y gorro de cocinero. O sea que, si me lo encontrara por la calle sin esos aditamentos, probablemente no lo reconocería, a pesar de que sus ojos azules tenían un brillo de humor inconfundible. Pero cuando alguien se ha metido en la cocina de tu casa, enseñándote recetas divertidas, a aprovechar los restos, a manejar el laterío de tu despensa o a improvisar un banquete, es como si fuera un amigo de toda la vida.

Falsarius Chef figura en mi Blog en la lista de Blogs preferidos (su última entrada fue en marzo) y es el autor de "Cocina para impostores", que él inició más o menos cuando yo empecé con mi blog (nos estrenamos juntos hace 13 años) con esta "Procelosa Declaración de intenciones": Para comer bien no hace falta mucho tiempo, ni productos caros, ni saber cocinar. Ni siquiera nitrógeno líquido, aunque pueda parecer mentira. Y no sólo se puede comer bien sino que, además, se puede quedar como un príncipe ante las visitas recurriendo a algo tan sencillo como la impostura. Engañar, eso es lo que aquí pretendemos. Engañar a la vista, al olfato, al gusto y hasta al bolsillo. Pura farsa, aunque esta vez por la noble causa de la gastronomía y el cuidado de nuestro ego.

Porque a Falsarius Chef le gustaba a rabiar cocinar. Y también escribir. Antes de darte una receta, te explica, con un humor envidiable, algo de ella. Como, por ejemplo, que las sardinas de lata me ponen. Mucho. Igual soy un poco raro (que seguro que sí), pero yo desde luego no cambio la visión de una sardina de lata por la sonrisa de la Gioconda. Y sigue con lo moderno que hubiera quedado Goya en "La maja desnuda" si en vez de una duquesa hubiera retratado a una sardina. O manda a tomar por saco el largo régimen post-navideño (las 48 horas más largas de mi vida, dice) y propone las "Costillas Gordo Feliz" con un sobre de sopa de cebolla y Coca-Cola, un gozoso deleite de los de mancharse los dedos y rechupetear los huesos. O explica cómo hacer las "Trufas fáciles" (chocolate, leche condensada y virutas de chocolate) para cuando te vienen visitas que no esperas, que la gente es muy puñetera y va diciendo: "Sí, todo muy rico pero al final nos quedamos con ganas de algo dulce".

En las "Gulas en vinagreta" empieza diciendo que hace tanto tiempo que no como angulas que ya no sé si me las he inventado, como cuando recuerdas la mansión y el jardín palaciego de tu abuelo de cuando ibas de pequeño y, al verlo de mayor, descubres que era una chabolilla y un patio con dos macetas. ¿Mira que si lo que yo recuerdo como angulas eran en realidad espaguetis al ajillo?. Aconseja comprar latas de berberechos de las caras, que de vez en cuando uno tiene que hipotecar su futuro y una lata de esas merece la pena: Son caras y lo saben. Avisa cuando copia una receta a otro cocinero, como en "Chupitos de berberecho a lo Sacha": Puede parecer un homenaje pero, en realidad, es un plagio. Y, cuando cuenta que él tiene hambre en todas las estaciones, proclama: Yo en lo del hambre soy muy de Vivaldi.

¿Cómo no adorar a este hombre? Nos da hasta viejos trucos para arreglar el exceso de sal, para hacer cebolla caramelizada con trampas, para sacar las legumbres del bote, para cocinar pasta rápida, para hacer postres fáciles y resultones (como las "Torrijas impostoras").

Pero es que, además, en el artículo de Obituarios en El País me entero de que fue el guionista de Mot, de Goomer y de Memorias de Gus, unas series de cómics que me encantaban por su originalidad y sentido del humor. Publicó libros con muchas de sus recetas (Cocina para impostores, Cocina sin humos, El rey de las latas, Recetas de verano...) y hasta una novela, Fabada mortal con el nombre de Ignacio M. Cuñat. También abrió un restaurante, "Verbena",  en el Puerto de Santa María con vistas a la Bahía de Cádiz, al que iré en otra vida que vivamos, lo juro por Dios.

Ha muerto Falsarius Chef, el Rey de las latas. Dijo una vez: De hecho he comido tantas conservas que seguro que, cuando me muera, me mantendré incorrupto y la gente dirá, míralo, era un santo. Y de eso nada. No sería un santo, pero era un hombre extraordinario, inteligente, divertido y creativo. Se llamaba en realidad Nacho Moreno, tenía 64 años cuando una enfermedad repentina se lo llevó. Y el mundo está un poco más oscuro sin él.


Goomer, cómic con guión de Ignacio Moreno y dibujo de Ricardo Martínez.


lunes, 2 de agosto de 2021

La sal de la vida



Cuando yo era chica, me acuerdo de leer un cuento, creo que era de los Hermanos Grimm, en el que un rey que tenía tres hijas (siempre tienen tres hijas o tres hijos en los cuentos) les pedía que lo definieran (mejor, que lo adularan). Las dos mayores lo compararon con el sol o con el oro, pero la más pequeña, más original, lo comparó con la sal. Al rey la comparación le sentó como un tiro y desterró a su hija con un saco de sal atado a la espalda. Es curioso que me acuerde de este cuento, pero no de cómo terminaba, aunque puedo imaginar hasta 10 finales distintos (en los que el rey, ese padre tan cruel y ególatra, recibe su merecido). Pero sé que lo que el cuento quería destacar era la importancia de la sal en nuestra vida.

Y de eso estuve leyendo en un libro ("El Jardín de la sal" de Cipriano Marín y Alberto Luengo) que mi amiga Lali, siempre tan curiosa con las cosas de la naturaleza, me prestó hace poco. Hay partes más técnicas de las que no me enteré mucho,  pero los primeros capítulos cuentan una historia antigua que explica mejor la respuesta de la hija del rey: la sal fue desde siempre sinónimo de riqueza y poder, un producto codiciado por reinos e imperios y sobre el que se imponían grandes tributos. La sal abrió tantas rutas en el mundo antiguo como lo hicieron la seda y el estaño, caminos que atravesaron continentes enteros y comunicaron distintas culturas. Su rastro se descubre en los nombres de algunas ciudades y lugares: Salinas, Salzburgo, Hallstaff... son pruebas de la aventura que pueblos antiguos iniciaron en busca de yacimientos de sal. De la palabra sal viene nuestro salario, en recuerdo del pago que se le hacía a los soldados romanos.

Y el caso es que la sal está ahí tirada en el suelo (de ahí el desprecio del ignorante rey del cuento). Cuando mi hermana, que tiene casa en La Graciosa, viene de allí, siempre le digo que me traiga una bolsita de sal. Los de la isla la suelen recoger desde siempre en los charcos junto a El Jameíto, al pie de Montaña Bermeja. Allí está limpia, blanca y resplandeciente bajo el sol, el regalo divino de los antiguos, el quinto elemento para los alquimistas. Y para los gracioseros y para nosotros, el fundamento de nuestra alimentación ¿Qué sería de las jareas, de las sardinas, de las papas arrugadas sin ella? ¿Qué hubiera sido de nuestros ancestros en aquellos tiempos sin nevera si no hubieran echado mano de ese conservante universal?

Por eso tal vez se llama salero o sal a lo que da sentido y aliciente a la vida. Mi padre recitaba una poesía de Antonio Cavestany sobre el Parque de María Luisa en Sevilla en el que nombraba al Guadalquivir como el río de la gracia y el salero, / que en eso da lecciones hasta al mar / porque el mar es más grande, / tiene más agua... / Pero menos sal.

Igual que los alimentos no saben a nada sin ese fisco de sal que el mar nos regala, la vida también sería más sosa sin el salero, la gracia, el humor, la chispa. Si repasamos un día cualquiera, hoy domingo, por ejemplo, en que escribo, encontramos noticias malas (guerras, dictaduras, crispación, dudas con la 5ª ola....), pero también hay buenas: la recuperación económica, la buena marcha de la vacunación o la alegría de los atletas olímpicos que llegan más rápido, más alto, más fuerte. Y en el plano personal, la mermelada de duraznos que hice esta mañana, la comida con mi hija y mis nietos o el primer bubango cultivado por mi sobrino Carlos (Ha nacido sano y con 5,7 kg., nos dijo). Son las chispas, el fisco  de sal que hace sabrosa la vida. Sí, la sal (real o metafórica) es un tesoro y la hija del rey no andaba nada desencaminada.

lunes, 26 de julio de 2021

La mesa del comedor




Leí hace poco un artículo de El Comidista en la que se hacía la pregunta de si la mesa del comedor es hoy una especie en peligro de extinción. ¿Es un lujo excéntrico propio de ricos? Después de todo, las casas son ahora más pequeñas, muchas familias comen ante el televisor con una bandeja en las rodillas o no comen juntos con lo cual les basta una mesa pequeña en la cocina. ¿No sería mejor que desapareciera entonces de nuestros hogares como trasto inútil que es? ¿Para qué sirve tener una mesa de comedor que no se usa nunca? La japonesa Marie Kondo ya la habría vendido o tirado a la basura.

La mesa de comedor tiene una larga historia desde que en las casas más ricas de las colonias griegas del Mediterráneo se empezó a usar el andron. Después, en la Edad Media también era un símbolo de clase alta y generalmente eran tablones montados en caballetes que se podían poner en distintos lugares o hacer más grandes o más chicos. Todavía decimos, como herencia de esa época, lo de poner y quitar la mesa, porque verdaderamente entonces eran de quita y pon. En el siglo XVIII, tan racionales ellos, se extiende la costumbre de tener un comedor, un lujo, claro, pero que se populariza rápidamente hasta llegar a nosotros. El comedor es un logro, igual que la luz o el agua en las casas.

Casi todos los de mi generación tuvimos un comedor en nuestras casas a pesar de que no fueran casas grandes. En la calle del Pilar, mi primera casa recordada, había en él una mesa de tea, cuadrada, extensible y pesada, alrededor de la cual desayunábamos, comíamos y cenábamos toda mi familia, la cercana y la agregada, porque siempre había gente de más.  Todavía conservamos mis hermanos y yo sillas de ese comedor, que nos recuerdan tantos ratos de conversación y de degustación de los platos de mi madre y de mi abuela. El comedor de la casa de San Miguel lo heredó mi hermano y sigue vivo y útil, cumpliendo con su función. Ninguno de nosotros pensó nunca prescindir de él. En mi casa de ahora el comedor está a continuación del salón pero en él no hay ni ha habido nunca televisión. En el comedor se alega, se cuentan batallitas y se come, que es para lo que está. ¿Cómo desechar eso?

"El Señor de los Anillos" de J.R.R. Tolkien (los que me conocen saben que es uno de mis libros preferidos) es una historia que habla de una misión arriesgada y peligrosa que tienen que cumplir los héroes para llegar a buen fin. Tolkien dispone la historia de tal manera que las aventuras oscuras se alternan con episodios de descanso y gratificación. Pues bien, en estos capítulos aparece como figura central una mesa de comedor que los espera y los reconforta. Primero con los elfos caminantes: ... había habido pan, más sabroso que una buena hogaza blanca para un muerto de hambre, y frutas tan dulces como bayas silvestres y más perfumadas que las frutas cultivadas de las huertas; y había tomado una bebida fragante, fresca como una fuente clara, dorada como una tarde de verano. Después en casa del granjero Maggot, sirvieron una cena generosa en la mesa grande (...) Había cerveza en abundancia y una fuente de setas y tocino, además de otras muchas suculentas viandas caseras. En la casa de Tom Bombadil, este pregunta: ¿Está la mesa puesta? Veo crema amarilla y panales, y pan blanco y manteca, leche, queso, hierbas verdes y cerezas maduras. ¿Alcanza para todos? ¿Está la cena lista?. En Bree, en la posada del señor Mantecona, en un abrir y cerrar de ojos, tendieron la mesa. Había sopa caliente, carne fría, una tarta de moras, pan fresco, mantequilla, y medio queso bien estacionado: una buena comida sencilla, tan buena como cualquiera de La Comarca. Y en Rivendel, en la Casa de Elrond, la comida era todo lo que un estómago hambriento podría desear. Los momentos en la mesa eran como gotas de luz y calor en medio de la oscuridad y el frío.

¿Por qué tendríamos nosotros que prescindir de ellos? ¿Por qué tenemos que ir empequeñeciendo nuestras vidas, no invitando a los amigos, perdiéndonos tantos y tantos ratos de buena conversación y de buen comer y beber? La mesa del comedor -y todo lo que conlleva- es uno de esos placeres que la vida nos da sin que le prestemos atención y que, sin embargo, encierra el germen del buen vivir. Que siga siendo por muchos años el centro de la casa.

lunes, 19 de octubre de 2020

Una historia de mangos



Odio el viento del sur, sobre todo por lo selectivo que es. Mientras que en Santa Cruz no se mueve ni una hoja, él elige bajar ululando por el Valle del Portezuelo, donde vivo, tapizándome el patio con las flores rosas de la bignonia, rizando las hojas de las plataneras y llenando la huerta de aguacates y frutos caídos. Este octubre la ha tomado con los mangos y todos los días pongo en la nevera trozos de mangos en cuencos de cristal para comer frescos a cada rato y ya he hecho mermeladas y sorbetes de mango para un regimiento.

Haciendo sorbete, precisamente, estaba yo la otra tarde cuando me llamó mi amiga Lali para alegar un rato. Ni qué decir tiene que le ofrecí si quería alguna tonelada que otra de mangos, y ella, que es, como dice la canción, "entradita en cintura y dispuesta", al ratito estaba en casa con una botella de vino blanco frío, al que le hicimos los honores acompañándolo con una tortilla de papas y un jamón serrano que te puedes morir. Y habla que te habla, me contó una historia de mangos.

Ya dije hace poco que, cuando yo era pequeña, no conocía los mangos ni había oído hablar de ellos. Pero Lali, sí. Ella recordaba que una vez que estuvo enferma con difteria, su abuelo había ido a caballo por los caminos escondidos de Anaga, desde La Laguna a Igueste de San Andrés y, de vuelta, traía leche y una caja de mangos. Entonces, aunque yo no lo sabía, había un lugar en la isla en el que se cultivaban mangos y otras frutas exóticas. La gente que volvía de Cuba y Venezuela no había querido renunciar a su sabor dulce y especial y escondían en los baúles, como si fueran pepitas de oro, semillas de mango, zapote y papaya que plantaron en las laderas protegidas de los barrancos de Igueste de San Andrés. Allí, el microclima mima la fruta y hace que, todavía hoy, sea famosa por su sabor y dulzura.

La historia que me contó Lali fue sobre su madre, Teresa, una mujer guapísima que tenía una venta frente a la casa de mis abuelos en La Laguna. Un día, cuando ya Lali estaba casada con Jose, le ofreció mangos y, mientras los comía, Teresa, que entonces rondaría los 80 años, se echó a llorar. Les contó entonces que su sabor le recordó cuando de joven ella se iba los veranos a casa de su tía en Igueste de San Andrés y que se había enamorado de un joven, su primer amor, que le recogía mangos dulcísimos en el barranco y se los llevaba a ella como una ofrenda dorada. Lloraba por el recuerdo, tal vez por el amor o la juventud perdida. Lali le propuso llevarla a Igueste de San Andrés, y fueron, y allí encontraron la casa derruida de la tía, el barranco donde crecían los mangos y el lugar de los encuentros. Fue para Teresa un día memorable y, al final, dijo que no quería volver más. Pero Lali y Jose, hasta que Teresa murió, iban todos los años a Igueste a comprarle una caja de mangos, dulces como ninguno.

¡Qué bueno rememorar una historia de tiempos pasados e imaginar otras vidas! ¡Qué bueno renovar el ritual de la amistad una tarde de octubre frente a un vaso de vino fresco y un picoteo! ¡Qué bueno que se hayan caído los mangos para obligarme a regalar y a repartir! 

Casi estoy por amar el viento del sur...


lunes, 7 de septiembre de 2020

¡Qué bien comíamos entonces!




Vienen mis nietos pequeños a casa en estos días de septiembre en que los padres empiezan a trabajar después de las vacaciones. Al segundo día la de 7 me dice que no le dé de postre polos de chocolate y almendras (el vicio de mi marido), que mamá le ha dicho que comer eso todos los días no es sano. Y como es normal, les he dado un Actimel, que en esas cosas hay que seguir lo que los padres dicen. Pero si yo les contara a esta generación del yogur (mis hijos) y del Actimel (mis nietos) la dieta con la que crecimos los de mi generación...

Para empezar no era raro que los niños tomáramos alcohol (daba sangre, decían). A veces lo recordamos cuando nos reunimos 4 o 5 de las de mi quinta. Mi amiga Lali, por ejemplo, recuerda que, cuando su familia empezó a veranear en Bajamar, hace unos 60 años más o menos, su tía los llevaba a ella y a sus primos a bañarse al mar a las 7 de la mañana. Y cuando terminaban el rito purificador y gélido, les daba allí mismo a cada uno un huevo batido en un vasito de vino para hacerlos entrar en calor. Para lo mismo mi madre llevaba a Las Teresitas cuando íbamos por las tardes una botella de vino Sansón (en la imagen) y, según salíamos tiritando del agua, nos iba dando un vasito lleno que nos sabía a gloria. También mi madrina, con la que íbamos a bañarnos a la Playa de Martiánez en los veranos realejeros, nos llevaba una ralea de gofio, vino y miel que levantaba a un muerto.

Somos muchos los de mi generación a los que se les daba semejante dieta sana. Mi marido, con 5 años, se bebió de un tirón un vaso de vino blanco que vio sobre el poyo de la cocina y que resultó ser aceite, cosa que no se le ha olvidado en la vida. Otros recuerdan beber chupitos de anís o sidra en navidad. Y también a algunas de mis compañeras sus madres las despertaban con una tacita de café para que se espabilaran y fueran al colegio bien despiertas. El caso es que el vino, el café, los bollos,el gofio, los huevos casi todas las noches... eran el mejor régimen para tener unos cachetes colorados y mofletudos, unas buenas pantorrilas y un cuerpo hermosote: el paradigma de la salud.

"El hombre es lo que come", decía allá por el siglo XIX Feuerbach. Y sí, tenía razón, cada generación es el producto de su dieta. Cervantes, antes de describirnos físicamente a Don Quijote, ya en la tercera línea nos cuenta lo que come: Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos. Y miren la comida de Huckleberry Finn: ... tortas de maiz y leche cremosa, y cerdo y repollo y verduras -no hay nada tan bueno en este mundo cuando está bien guisado-... Nosotros, los que fuimos niños en la posguerra, no conocíamos muchos de esos alimentos ni muchos de los de ahora: aguacates, berenjenas, champiñones, cerezas, puerros, espárragos, cordero, mangos... A lo mejor existían pero en otros mundos. Las ensaladas brillaban por su ausencia y, si alguna compañera de clase nos hubiese dicho que era vegetariana, le hubiésemos preguntado "¿Y eso qué es?".

Sí, es verdad que ahora a muchos de los que seguíamos la dieta de aquellos años nos gusta el vino (el buen vino, además)

Sí, ninguno está muy flaco (excepto los que tienen un metabolismo), a lo mejor producto de lo que ahora llamaríamos excesos (¿Les he contado que me criaron con leche condensada?).

Sí, no comíamos carne sino los domingos y fiestas de guardar.

Sí, no probamos ninguna de las muchas exquisiteces de ahora.

Pero las papas eran las mejores del mundo, las frutas sabían a fruta, los dulces de mi abuela eran para hacerles un monumento y no he comido en mi vida bistecs más buenos que los que mi madre nos hacía cada domingo con un buen majado de ajos y perejil y acompañado de un enorme plato de papas fritas.

Era una dieta insana, dicen, pero ¡qué bien comíamos entonces!

lunes, 8 de julio de 2019

Una manzana al día




Me han mandado por wasap esta viñeta genial, firmada por M. de Angelis, en la que un camarero se acerca desconcertado a una mesa porque no sabe a quién de los que están sentados debe servirle la manzana que lleva en la bandeja. Todos son merecedores de ella. Allí están los Primeros -Adán, Eva y la serpiente- que, según la leyenda,  fueron "nominados" para la primera expulsión de un reality, la del Paraíso, por culpa de una manzana. Allí está Isaac Newton, con su pelucón blanco, que, al ver caer una manzana del árbol, estableció que había "algo" -él lo llamó Gravitación Universal, aunque todavía no sepamos en qué consiste- que atraía hacia abajo a todos los cuerpos, manzanas incluidas. Allí está la bruja malvada que, por un problema de a ver quién es más guapa,  descubrió que una manzana envenenada era el mejor remedio para quitar de en medio a una rival como Blancanieves. A su lado, sentado, Paris, el que le dio la manzana de la Discordia a la más bella, Afrodita, en el primer concurso de belleza de la Historia, desencadenando todo el disparate de la Guerra de Troya (o quizás la que está a su lado es Helena, el "premio" a su decisión). Está también Guillermo Tell y su hijo, al que, obligado por el gobernador de Altdorf,  tuvo que ponerle una manzana en la cabeza para demostrar su puntería con la ballesta. Aparece también en la mesa, entre Blancanieves y la bruja, Bill Gates, pero pienso que es un error del dibujante y que quien debería estar allí es Steve Jobs, el fundador de Apple.

Habría otros muchos que podrían estar sentados a esa mesa por derecho propio. Tom Sawyer, que cambió a Ben Rogers el trabajo que le habían puesto como castigo de pintar una cerca por la manzana que este se estaba comiendo. O Gwyneth Paltrow, que puso a su hija el nombre de Apple, vete tú a saber por qué. O Agatha Christie, que en su libro "Las Manzanas" montó un crimen en torno a un cubo de agua con manzanas flotando que unos adolescentes tenían que atrapar con los dientes en la Fiesta de Halloween. O las naturalezas muertas con manzanas de Van Gogh, Courbet, Cezanne Caravaggio. O la más representativa, "El hijo del hombre" de Magritte con la manzana en la cara ¿significando qué?.

Se diría que la vida -la ciencia, el mito, el arte, la historia...- giran alrededor de las manzanas, o por lo menos, que no pueden prescindir de ellas. Y es que, además, todos tenemos algún recuerdo especial relacionado con manzanas. El mío es el de las manzanas caramelizadas que me compraban mis padres de pequeña en los ventorrillos de las Fiestas del Cristo de La Laguna.  El de mi hija es la tarta de manzana, riquísima, que quiso poner en su boda. Otros, como mi marido, me hablan de los manzanos del huerto de sus abuelos, que perfumaban el aire como en el cuento de "El gigante egoísta" una vez que los niños trajeran la primavera a su jardín. Y también en mis nietos veo el placer de comer una manzana a mordiscos con piel y todo, como conectándose con un acto primigenio (¿recuerdos del pecado original?).

Nunca una fruta ha sido tan nombrada, citada, dibujada, aludida, degustada. Símbolo de salud ("sana como una manzana"), de comienzo de dieta (aún recuerdo a mis compañeras de trabajo todos los eneros en los recreos comiéndose una manzana en lugar del habitual bocata de jamón) y de naturalidad, es célebre la frase "Una manzana al día mantiene al médico en la lejanía". Pero mi madre, buscándole todavía otra utilidad más a tan apreciada y diversificada fruta, terminaba el dicho con "... sobre todo si tienes buena puntería".

A comer, pues, manzanas y que les aprovechen.


"El hijo del hombre" de René Magritte


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