Mostrando entradas con la etiqueta Educando que es gerundio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Educando que es gerundio. Mostrar todas las entradas

domingo, 20 de marzo de 2022

Bajo la piel



El domingo pasado fuimos con hijos y nietos a visitar una exposición en el centro Magma, abajo en el sur, sobre cuerpos humanos reales. Se llama "Bodies" y se autoproclama " la exposición más vista del mundo". En una hoja que nos dieron a la entrada se anuncia así: Bodies, un íntimo y educativo viaje a través de lo que la piel esconde para mostrar, como nunca antes, el funcionamiento de la máquina más perfecta jamás creada: tu propio cuerpo. Únete a los cientos de miles de personas de todas las edades que ya han visitado Bodies en todo el mundo y disfruta de esta inspiradora exposición que cambiará para siempre tu concepto sobre ti mismo, la experiencia de la vida y la importancia de cuidar tu organismo."

La verdad es que impacta. Así somos. Ver los cuerpos de seres humanos tal cual son sin piel que los resguarde es como si estuviéramos en una especial playa nudista y da un poco de pudor. Por no hablar de las dudas éticas que nos podemos plantear. ¿Los propietarios de esos cuerpos dieron su consentimiento para esa exhibición? Había cuerpos jugando al tenis y cuerpos a punto de golpear un balón. Con razón oí a alguien comentar: "¿Ves? ¡Esto es lo que puede pasarte si donas tu cuerpo a la ciencia!".

Por lo demás, se aprende un montón. Hay un panel, "La Medicina y la Historia", que te lleva de la magia a la ciencia, de cuando nuestros antepasados intentaban curar con rituales mágicos pero también de cuando su curiosidad los llevaba a buscar hierbas que sanaran o a fijarse en cómo se curaban heridas, por ejemplo. Y luego, a lo largo de la exposición se va explicando cada parte del cuerpo, los aparatos, los huesos, los músculos, los sentidos, el cerebro... y se dan datos curiosos como que existen 96.000 Kms. de vasos sanguíneos en nuestro interior; que la energía generada por nuestro corazón sería capaz de mover un coche durante 32 kms.; que el sonido del corazón es algo parecido a DUCTA-DUC, sonido que se produce al cerrarse las válvulas (los recién nacidos se tranquilizan al oírlo); que nuestro corazón late 100.000 veces al día, 35 millones de veces al año y 2900 millones de veces a lo largo de 75 años; que somos 1 cm. más altos por la mañana que por la tarde; que los huesos de los niños crecen más rápidamente durante la primavera; que una mujer produce entre 300 y 400 óvulos a lo largo de la vida reproductiva; que los músculos más pequeños están en el oído interno y el de mayor tamaño en el glúteo; que al caminar usamos más de 200 músculos diferentes; que los músculos de los ojos se mueven unas 100.000 veces al día;  que el promedio de lo que comemos a lo largo de la vida es de 50 toneladas y 50.000 litros de bebida (y después nos queremos poner a dieta).

Les pregunté a mis nietos qué les había parecido. Eva (18 años) dijo que le pareció interesante y divertida, con todos esos cadáveres ahí. Lo más que le gustó fue la foto en la que se veía al hombre más alto del mundo (2,72 m.) y al más pequeño (54,6 cm.) y un espacio en medio para que nos pudiéramos poner cada uno y compararnos. A David (16 años) le pareció chula pero cortita. Piensa que en principio nadie es consciente de que lo que ven son seres humanos que vivieron, aunque parezcan de plástico. Y también cree que, si la gente va a verla, es por el morbo. Si fueran animales disecados o si de verdad fueran de plástico, no sería tan famosa. Pero vamos a verlos porque somos seres morbosos. A Julia (8 años) le pareció fascinante, porque era como si te vieras por dentro. Pero no le gustó el pecho de las mujeres porque parecían cerebros abiertos y no le gustó el tenista porque parecía un zombi. A Álvaro (7 años) le gustó todo, dice. Pero cuando le pregunto por qué parecía enfadado, me dice que estaba aburrido y triste porque los esqueletos estaban hechos de plástico y el plástico olía mal.

¿Y a mí qué me pareció? Me vi a mi misma -Nada de lo humano me es ajeno- y me sorprendió lo maravillosamente bien construidos que estamos y lo terriblemente feos e iguales que somos todos... bajo la piel. Conócete a ti mismo, que decían los antiguos.


lunes, 10 de enero de 2022

No es justo



Querido Alvarito Bosch:

He leído en El Mundo Today -periódico del que no tengo por qué dudar- que has tenido la valentía, a tus 12 años,  de escribir a Amnistía Internacional para quejarte y denunciar que tus padres te han castigado sin videoconsola, que "eres víctima de todo tipo de vulneramientos de los Derechos Humanos, en conciso de los míos" y que te sientes convertido "en carne de camión de todo tipo de injusticias" y que no es justo, que en tu caso hay infantilismo, entendido en un nuevo sentido, igual que racismo pero contra los niños. Di que sí, Alvarito, así se habla, lo de menos es la redacción y lo de más las legítimas reclamaciones.

Ya sé que tus padres dicen que no estudias y les hablas mal -un trasto, vaya- pero, a pesar de todo, ¡ay! ¡cómo te comprendo! "No es justo" es la frase más repetida en todas las infancias. La dije yo de niña, la decían mis hijos y la oigo a mis nietos, cada vez que que no les dan lo que quieren, o no les hacen caso, o los castigan como a ti. Yo nunca conseguí, por ejemplo, que me regalaran la casa de muñecas que quería, igual que una que salía en el libro de "Antoñita la Fantástica", con sus mesillas de noche, sus mecedoras, sus armarios con luna, sus baños, sus balcones, su aparador con cristalitos verdes... Y mira que Piluca, mi amiga, tenía una preciosa, pero ¿me la regalaron alguna vez a mí? ¡No! Y eso no era justo.

Una piensa que, cuando crecemos, habrá más justicia, pero tampoco... Fíjate que estos Reyes pedí una silla para la playa porque a mi edad es muy poco digno eso de ponerse a cuatro patas en la arena si quieres levantarte. Pues tampoco. Sí, me trajeron una muy fina ella, con su almohadilla y todo para la cabeza, pero pesa un montón y yo quería una de esas livianitas de toda la vida con su sillín de plástico de colores, igual que una que tiene mi amiga Angelita. ¡No es justo!

Así que Alvarito, hijo, los ojos y oídos de todos los desengañados del mundo están puestos en ti, a ver si te hacen caso. Es verdad que en la noticia que leí había una respuesta de Amnistía Internacional que decía así: Estamos ocupándonos de varios temas de Derechos Humanos: la crisis sanitaria, la violencia contra las mujeres, las personas refugiadas, los derechos LGBTI, el comercio ilegítimo de armas o la pena de muerte y la tortura, pero en cuanto solucionemos estos asuntos, revisaremos tu caso e intentaremos hablar con tu padre. 

No sé tú, pero a mí esta respuesta me parece que no es para brincar de alegría, le veo como un algo irónico, un no sé qué. Pero no desesperes. Ahora que hemos pasado los Reyes, y que tantas cartas se han extraviado por el camino y que las chorradas que mucha gente pidió no respondían a la realidad, son miles los que te acompañan en ese grito que resuena, el mismo de tu niñez y la mía: ¡No es justo!

Ya me contarás.

lunes, 2 de agosto de 2021

La sal de la vida



Cuando yo era chica, me acuerdo de leer un cuento, creo que era de los Hermanos Grimm, en el que un rey que tenía tres hijas (siempre tienen tres hijas o tres hijos en los cuentos) les pedía que lo definieran (mejor, que lo adularan). Las dos mayores lo compararon con el sol o con el oro, pero la más pequeña, más original, lo comparó con la sal. Al rey la comparación le sentó como un tiro y desterró a su hija con un saco de sal atado a la espalda. Es curioso que me acuerde de este cuento, pero no de cómo terminaba, aunque puedo imaginar hasta 10 finales distintos (en los que el rey, ese padre tan cruel y ególatra, recibe su merecido). Pero sé que lo que el cuento quería destacar era la importancia de la sal en nuestra vida.

Y de eso estuve leyendo en un libro ("El Jardín de la sal" de Cipriano Marín y Alberto Luengo) que mi amiga Lali, siempre tan curiosa con las cosas de la naturaleza, me prestó hace poco. Hay partes más técnicas de las que no me enteré mucho,  pero los primeros capítulos cuentan una historia antigua que explica mejor la respuesta de la hija del rey: la sal fue desde siempre sinónimo de riqueza y poder, un producto codiciado por reinos e imperios y sobre el que se imponían grandes tributos. La sal abrió tantas rutas en el mundo antiguo como lo hicieron la seda y el estaño, caminos que atravesaron continentes enteros y comunicaron distintas culturas. Su rastro se descubre en los nombres de algunas ciudades y lugares: Salinas, Salzburgo, Hallstaff... son pruebas de la aventura que pueblos antiguos iniciaron en busca de yacimientos de sal. De la palabra sal viene nuestro salario, en recuerdo del pago que se le hacía a los soldados romanos.

Y el caso es que la sal está ahí tirada en el suelo (de ahí el desprecio del ignorante rey del cuento). Cuando mi hermana, que tiene casa en La Graciosa, viene de allí, siempre le digo que me traiga una bolsita de sal. Los de la isla la suelen recoger desde siempre en los charcos junto a El Jameíto, al pie de Montaña Bermeja. Allí está limpia, blanca y resplandeciente bajo el sol, el regalo divino de los antiguos, el quinto elemento para los alquimistas. Y para los gracioseros y para nosotros, el fundamento de nuestra alimentación ¿Qué sería de las jareas, de las sardinas, de las papas arrugadas sin ella? ¿Qué hubiera sido de nuestros ancestros en aquellos tiempos sin nevera si no hubieran echado mano de ese conservante universal?

Por eso tal vez se llama salero o sal a lo que da sentido y aliciente a la vida. Mi padre recitaba una poesía de Antonio Cavestany sobre el Parque de María Luisa en Sevilla en el que nombraba al Guadalquivir como el río de la gracia y el salero, / que en eso da lecciones hasta al mar / porque el mar es más grande, / tiene más agua... / Pero menos sal.

Igual que los alimentos no saben a nada sin ese fisco de sal que el mar nos regala, la vida también sería más sosa sin el salero, la gracia, el humor, la chispa. Si repasamos un día cualquiera, hoy domingo, por ejemplo, en que escribo, encontramos noticias malas (guerras, dictaduras, crispación, dudas con la 5ª ola....), pero también hay buenas: la recuperación económica, la buena marcha de la vacunación o la alegría de los atletas olímpicos que llegan más rápido, más alto, más fuerte. Y en el plano personal, la mermelada de duraznos que hice esta mañana, la comida con mi hija y mis nietos o el primer bubango cultivado por mi sobrino Carlos (Ha nacido sano y con 5,7 kg., nos dijo). Son las chispas, el fisco  de sal que hace sabrosa la vida. Sí, la sal (real o metafórica) es un tesoro y la hija del rey no andaba nada desencaminada.

lunes, 13 de julio de 2020

Las niñas finas




Aquí estamos mi amigo Juancho y yo en una excursión que hicimos un grupo de alumnos y profesores el 15 de abril de 1989 caminando desde Las Cañadas del Teide al Paisaje Lunar de Vilaflor. En el camino nos encontramos este lugar de Las Cañadas, Caramujo, y, accidentalmente, pusimos la chaqueta sobre la sílaba "mu" dando lugar a una palabra fea. Nada más lejos de nuestra intención, porque ni a Juancho ni a mí se nos ha oído nunca una palabrota. Los dos éramos entonces sesudos profesores, él de Ciencias Naturales, yo de Filosofía, y siempre hemos dado buen ejemplo a nuestros alumnos. Además, los dos nos educamos en colegios religiosos, él en La Salle, yo en las Dominicas, así que fuimos niños finos, conscientes de que decir una palabrota suponía ir de cabeza al infierno.

Mi madre me contó que, días después de confesarse antes de hacer la primera comunión, levantó una piedra en el camino, vio una caca debajo y exclamó: "¡Mierda!". Inmediatamente fue pitada a confesarse otra vez, no fuera que se le quedara esa mancha en el alma. Y es que en estos asuntos del lenguaje todo es cuestión de educación. Por ejemplo, yo tuve dos abuelas, una fina y la otra palabrotera. Mi abuela Lola, la fina, si nos oía una mala palabra, nos echaba la bulla y poco menos que nos amenazaba con lavarnos la boca con lejía. Mi abuela Horacia hacía lo mismo pero, cuando terminaba, la oíamos rezongar: "¡Coño! ¡Qué mal hablados son estos niños, carajo!".

Pensándolo bien ¿qué es lo que convierte a una palabra totalmente inocente en una palabrota? Si uno busca en diccionarios, resulta que carajo se llamaba a la "pequeña canasta que se encontraba en lo alto del palo mayor en las naves antiguas" y puñeta es el "adorno de encaje o bordado dispuesto en la bocamanga de la toga de los magistrados". ¿Qué mente perversa contaminó a esas bellas palabras de significados ajenos?

Y también en defensa de los tacos, decir uno a tiempo puede preservar de la úlcera o de un ataque al corazón e incluso allanar el camino del amor, según P. G. Wodehouse. En su libro "Dieciocho hoyos", tiene una historia -"Chester se olvida de sí mismo"- en el que un chico juega al golf con una chica de la que está enamorado. A ella le gusta pero ha rechazado su declaración de amor porque piensa que un tipo que, cuando algo le sale mal en el golf, en lugar de cagarse en todo lo que se menea (esto no lo dice así P. G. Wodehouse, que seguro que también era fino de esos de internado inglés, pero se supone), salpica su conversación de carambas, vayas y qué lástimas, es un tipo envarado, frío y hasta poco humano. Por eso, cuando en medio de una jugada decisiva, una bola lanzada por otro jugador con toda su fuerza le da en el culo y le frustra la jugada, Chester -así se llama él- olvida toda mesura y delicadeza y se lanza a decir palabrotas (que el autor disfraza con ¡¡Ogggh!!, ¡¡Aggrrh!! y ¡¡Grrrh!!), entonces ella comprende que el pobre se había reprimido para no ofender sus delicados oídos. Y se estremece al pensar que "de no ser por lo que acababa de ocurrir, se habrían separado para siempre, alejados entre sí por océanos de malas interpretaciones, ella fría y desdeñosa, él con toda la sinfonía guardada en su interior".

A lo mejor habría que concluir con que a las palabras no habría que buscarles la fealdad o la belleza sino la utilidad y contundencia en la conversación. ¡Pero no! Resistiré semejante simplificación. Porque, al fin y al cabo, las niñas que fuimos educadas en colegios de monjas somos más finas que la puñeta.

lunes, 24 de febrero de 2020

El Momento Chola




Los tinerfeños, otra cosa no, pero la debilidad por los carnavales quien más quien menos la lleva en sus genes. Aunque protestemos por ruidos y molestias, aunque digamos que ni jarta de vino me volvería a disfrazar de pirata como antaño, aunque arruguemos la nariz ante concursos y cabalgatas..., todos los vemos como algo nuestro vivido casi desde la cuna, y siempre algo cae, aunque sea por mediación de hijos y nietos. Este año hasta me vi la Gala wasapeando con mis amigas, que ya es decir. Pero lo que más me ha gustado es una murga y eso sí que es raro porque en general ni las entiendo ni me hacen gracia. Y esta para colmo es de Las Palmas (y ya solo por eso los forofos del Chicharro me nombrarían persona non grata aquí). Se llaman La Chirimurga del Timple y van vestidos de doña: rulos, gafas, rebequita, traje de flores... Lo último que les he oído es una loa a la chola que, para los que no lo sepan es, según el Diccionario de canarismos, el calzado de lona con suela generalmente de esparto o goma, cómodo, ligero, algo deformado, que se tiene para andar por casa.

Bueno, pues los de la Chirimurga cantan (con la música de "Como una ola") lo siguiente:
Los métodos de enseñanza
de los colegios caducan,
por eso siempre en mi casa
se ha educado y se educa. 
Con una chola
que es tan educativa.
Con una chola
que es teledirigida,
la tiro y vuelve,
mi mente la controla
¡Con una choooooola!...
Y sigue con que ni modelos conductistas, ni el Montessori, ni los racionalistas: ¡Con una chola! ¡La educación, con una choooola!

¡Qué sabios! La chola era en mi niñez todo lo que ellos pregonan ¡Cuántas vimos en manos de amorosas madres sacudiéndolas en los tiernos culos de sus infantes! ¡Cuántas veces oímos decir lo de "¡Como me quite la chola te vas a enterar!"!. Mi amiga Ani me cuenta que, cuando éramos chicas, por encima de su casa había un niño que se llamaba Juan Emilio. El padre se pasaba el día llamándolo a gritos desde la casa: "¡¡¡Juan Emiiiiiilio!!!". Y este sin dar señales de vida. Cuando ya estaba harto de gritar (todo el barrio se enteraba de que Juan Emilio estaba en paradero desconocido), se quitaba la chola e iba por toda la calle con una chola puesta y otra en la mano, dando gritos, hasta que lo traía tirándole de una oreja con una mano y, con la otra, dándole cholazos. Y esto un día sí y otro también. Y créanselo porque sé de otra a la que la madre le pegó con la chola en el muslo y le dejó el número 37 marcado.

Y yo me pregunto: ¿Era tan eficiente la chola? Como persona que nunca probó en propias carnes tal método educativo y que no lo ha echado de menos en absoluto, tengo lógicas dudas sobre ello. Además, no es algo privativo de las islas, no. En la película "Coco" también sale la chola en manos de la abuela de Miguel, el niño protagonista, y se la ve (imagen inicial) manejándola con una soltura pasmosa en el México rural del siglo pasado. Todo esto me lleva a la conclusión  de que era (o es) un método educativo internacional, admitido por todo dios y aplaudido por las muchedumbres.

Tal vez debí decirles a mis indulgentes padres que las cholas tenían otros usos pedagógicos además de servirles para caminar. O tal vez, ahora que hay algunos que piensan que los padres saben más que profesores y pedagogos sobre el tema educativo, sea el momento de hacer un Congreso en el que se presenten ponencias de los acholados (los que no hemos visto en nuestra vida una chola fuera de su sitio) y de los choleteados (los que probaron en sus carnes la marca de la chola) para calibrar qué método conviene más en este siglo de incertidumbres. Propongo como fin de fiesta la actuación de mis admirados "La Chirimurga del Timple". ¡Qué mejor colofón para un congreso así que un Momento Chola con todas las de la ley!

(Para Ani, que siempre me cuenta historias de nuestro Santa Cruz)



Los de La Chirimurga del Timple cantando "Con una chola"

lunes, 12 de noviembre de 2018

Ortografía envenenada



Hacer oposiciones es uno de esos tragos amargos que uno tiene que pasar en la vida, sobre todo si te dedicas a la enseñanza y tu trabajo -al menos antes era así- peligra cada septiembre. Hay que pasar por el aro, sí o sí,  y a veces, como en mi caso,  dos veces (agregaduría y cátedra). Así que cuando los periódicos sacan fotos, como en este verano pasado, de aulas enormes, abarrotadas de atribulados docentes, empatizo con ellos rápidamente. Y recuerdo los meses de preparación, mientras al mismo tiempo trabajaba, corregía exámenes, preparaba clases, cuidaba de los hijos y del vivir y, al final, aprovechaba las noches para estudiar los temarios. Ahí fue cuando me aficioné al café.

Y encima, como quien tiene la famosa espada de Damocles sobre la cabeza, siempre cabe, claro, la posibilidad de suspender. En las últimas oposiciones convocadas este verano, se presentaban 10 aspirantes para cada plaza y, aun así, quedó vacante el 10% de las plazas, 1984  sin cubrir. Al parecer -la prensa lo ha publicado y comentado varias veces-, fueron determinantes las faltas de ortografía y de gramática, la mala redacción y la pobreza en la expresión.

Independientemente de que también puede haber otras causas de la escabechina, a los que hemos sido profesores no nos extraña nada. El lápiz rojo con el que señalábamos los fallos se gastaba pronto y, como el replicante de "Blade runner", hemos visto "cosas que vosotros no creeríais". Nos hemos encontrado faltas de las gordas en trabajos, en escritos publicados, en blogs, en comentarios en las redes... Pero también en artículos periodísticos y en libros de autores consagrados o no, acostumbrados como estamos al corrector, que muchas veces no las detecta. Por ejemplo, en las declaraciones de un bailarín en septiembre de este año en "El País" me encontré: "Estuve una década empujando asta que en mi camino se cruzó...". Ese "asta", que a cualquiera de mi profesión nos salta a los ojos, lo he visto en otros escritos disfrazado de "bandera a media hasta". Pero es que ¡hasta en un enunciado del examen de Lengua de estas mismas oposiciones hubo una falta ("Comente el tratamiento de la plasticidad a lo largo de el poema")!.

¿Y qué decir de los anuncios que se ven por ahí?  Sirva de ejemplo el que pongo como imagen inicial, ese "Hay veneno", tan camuflado que más parece un anuncio misterioso en bengalí (y que nada ayuda al incauto que se atreviera a coger un racimo). Basta buscar en Google "carteles con faltas de ortografía" para encontrarnos un número apabullante de ellos:
Se proive tirar. vasura en esta aria de este te reno.
Fabor de guardar cilencio para que descancen las demas personas.
Servicio y gienico.
Ha tencion no de puede hacer de cuerpo por fabor el bates esta haberiado gracias.
El que salte estavalla y llo lo pille endentro seba arepentir de abernacio
Se vende jaita jalleja.
Dios mio, Dios mio ¿por qué meas avandonado? (Este en una iglesia)
Incluso, hay alguno que ortográficamente es impecable, pero le falla el vocabulario:
Se perfora el óvulo de la oreja. Inf: Sra. Domitila.

Hay quienes piensan que las faltas no son tan importantes. Acuérdense de García Márquez despreciando las "h" o de Juan Ramón Jiménez poniendo todo con "j". Pero el hombre es social, recordaba Aristóteles (siempre él), porque tiene el tesoro de la palabra. ¿Y qué hacemos con ese tesoro? Nunca como ahora ha habido tantos cauces de comunicación, tanta información, tantas redes conectándonos, pero, como dice Adela Cortina, no parece que, por eso, nos comuniquemos mejor: "Tal vez en el fondo de ese fracaso se encuentra , entre otras muchas causas, ese no saber decir, ese descuido del lenguaje, que es un mal endémico".

Entonces es cuando empezamos a repartir culpas. A la educación y sus fallos, por supuesto (¿Más exigencias? ¿Más acuerdos entre profesores de distintas materias? ¿Una asignatura dedicada exclusivamente a Ortografía en niveles básicos?), pero tampoco ayuda el lenguaje de los SMS, con sus abreviaturas y sus emoticonos, la prisa en que se redactan los mensajes o el no leer habitualmente buenos libros.

Saber escribir correctamente, una de nuestras capacidades básicas, es parte de nuestra formación como personas. Si quieres ser docente, es tan importante como dominar tu materia. Y si un profesor no sabe escribir, tampoco está capacitado para enseñar a hacerlo.

Incluso a veces saber escribir -como en el caso del cartel de "Aibene no"- es cuestión hasta de vida o muerte.


lunes, 5 de noviembre de 2018

Almanzor no perdió el tambor




Otra cosa, no, pero a nosotros nos enseñaron historia por un tubo. Nosotros no solo sabíamos quién era Carlos I de España (y V de Alemania), sino también Carlos II el Hechizado, Juana la Loca, Berenguela de Castilla y hasta si me apuran, Perico de los Palotes. Y, por supuesto, conocimos a Almanzor. Les he preguntado por todos ellos a mis nietos y ni idea, oigan. Tampoco es que de cada uno supiéramos vida y costumbres de pe a pa, pero, vamos, algo estábamos enterados. Por ejemplo, del último yo sabía que era un caudillo moro que era un hacha ganando batallas hasta que la pifió en Calatañazor. Cuando siendo mis hijos adolescentes hicimos un viaje en el que pasamos por Soria, recuerdo la emoción que me dio al estar en aquel pueblo, tan perdido y encaramado allá arriba, como un nido de águilas desde el que se veía toda la llanura -¡Ancha es Castilla!-. Los cristianos lo tuvieron fácil porque desde allí no se perdían una. Me acuerdo que se lo comenté a mis hijos (que tampoco sabían quién era Almanzor) y que les cité la frase que siempre nos decían: "Almanzor perdió el tambor en Calatañazor".

Pues ahora resulta que no, que Almanzor no perdió ninguna batalla, y menos ningún tambor, si es que alguna vez lo tuvo, y que todo fue un cuento de los cristianos para quedar bien. Imaginen, es como si ahora el Rayo Vallecano dijera que le ganó al Barcelona.

De todo esto me enteré a raíz del viajito a Córdoba que hicimos hace poco. A la vuelta en el avión me leí un libro precioso de Antonio Muñoz Molina, "Córdoba de los Omeya", que me puso al día en este personaje apasionante que, siendo casi un mindundi, llegó a ser el amo del califato. La carrera de Muhammad ibn Abi Amir al-Mansur (Almanzor para los amigos) empezó como calígrafo escribiendo memoriales, cartas y solicitudes para el Califa en un zaguán de la medina de Córdoba. Pero era un trepa inteligente y seductor y a los 25 años ya había cruzado las puertas del Palacio y contaba con la predilección del Gran Visir que lo recomendó al año siguiente para administrar los bienes del heredero y dirigir la Ceca o Casa de la Moneda. A los 32 era el Jefe de la Guardia del califa y lo llamaban el Señor de la noche porque cada amanecer mandaba colocar en las esquinas de los zocos las cabezas de los rateros ¡Santo (y drástico) remedio para acabar con la peligrosidad nocturna! Sabía decirle a cada uno lo que quería oír, pero sin duda, cuenta Muñoz Molina, el mérito más decisivo en su ascenso fue el favor de Subh, la concubina favorita del Califa. La cama siempre ha sido un buen trampolín, pronto no había ni quien le tosiera. No conoció la clemencia ni la gratitud e incluso cortó la cabeza (y la hizo enviar a Córdoba conservada en salmuera) a uno de sus hijos que se rebeló contra él. Pero también, gracias a él, la vida en Córdoba fue más regalada, segura e imparcial que nunca. Muñoz Molina lo llama "el tirano benévolo".

¿Qué nos enseña esta historia? Muchas cosas, de las que me quedo con dos. Una, que para llegar a la cúspide viene bien arrimarse a un buen árbol. Una palabrita por aquí, un favor por allá, una sonrisa divina... y ¡hala, a comerse el mundo! Y parecía que no rompía un plato cuando solo se dedicaba a escribir cartas...

Otra, que nos han engañado como bellacos. Hay muchas cosas que nos han enseñado que no me sirven para nada (por ejemplo, los polinomios), pero que me enseñen cosas que no son verdad, me pone de los nervios ¡50 y pico años creyendo lo del tambor y era una bola! Y vete a saber qué otras cosas nos han colado. Se empieza con un tambor y se puede acabar con toda una orquesta de batallitas inexistentes, secretos inconfesables, crímenes disfrazados, mentiras arriesgadas y héroes de pacotilla.

¿De verdad habrá existido Almanzor?

lunes, 13 de noviembre de 2017

Gente que influye




Y no me refiero con este título a peces gordos de la economía o de la política. Ni tampoco a esa cosa que ahora llaman influencers, sea lo que sea eso. No, me refiero a aquella persona que muchos de nosotros hemos conocido en las primeras etapas de la vida y que, de alguna manera, fue importante y marcó nuestro camino. Gente, como el George Bailey de "¡Qué bello es vivir!", que, si no hubiera nacido, ahora los demás no seríamos los mismos.

Tengo un libro que habla de gente así. Se llama "Mi infancia son recuerdos..." y es un conjunto de relatos -coordinado por Josefina Aldecoa- de distintos autores y famosos, voces diferentes que recuerdan "el papel inolvidable de un maestro que en uno u otro momento de nuestra infancia o adolescencia ha sido decisivo para nosotros". Y así, en el libro se ven las deudas de gratitud de Emilio Aragón hacia el profesor que le hizo disfrutar de la lectura, de Concha García Campoy a su profesora porque "ella fue la primera en mirarme con otros ojos", de Fernando Fernán Gómez a la actriz Carmen Seco que le enseñó a recitar versos, de Emilio Lledó al profesor que le preguntaba "¿Qué te sugiere?" tras la lectura de un pasaje del Quijote ("un paso esencial para aprender a pensar, para aprender a ser"), de Manuel Toharia hacia quién le inspiró la curiosidad por la ciencia, o de Fernando Savater hacia quien le enseñó a no mentir.

Cuando he preguntado a mis amigos, casi todos reconocen a alguien así, en su vida. Todos hemos tenido excelentes profesores que amaban su trabajo (y también otros que se equivocaron de profesión y que nunca tendrían que haber dado clase). Pero cuando yo pienso en aquellos años del colegio y en alguien que pueda haberme enseñado algo importante, quien me viene a la cabeza es una monja, la Madre Concepción, que ni siquiera me dio clase.

Nuestra relación con las monjas solía ser de "guerra fría". Desde los 10 años a los 16, durante el Bachillerato, las monjas no nos daban clase sino que eran nuestras cuidadoras. Ellas nos llevaban del patio a la clase o a la capilla procurando que formáramos perfectas filas, supervisaban el aula de estudio para que no habláramos (¿se puede encerrar el agua del mar?), nos castigaban frecuentemente cuando no hacíamos todas esas cosas y, en general, hacían el papel de soldados guardianes hacia los que abrigábamos escasa simpatía (y ellas igual hacia nosotras). Pero cuando teníamos 14 o 15 años, vino al colegio una nueva Directora que nos sorprendió tratándonos como seres humanos adultos.

La Madre Concepción (la Madre Concha la llamábamos entre nosotras) tenía alrededor de 30 años en esa época. Era una mujer alta, guapa y con clase a la que nunca vimos un mal gesto. Nos hablaba, no en plan "coleguita" ni en plan sargento, sino con la naturalidad y el respeto con los que se debe hablar a una persona hecha y derecha. Y a nosotras en su presencia ni se nos ocurría mentirle y hasta le contábamos nuestras trastadas, como la vez que nos habíamos fugado del colegio y cómo luego habíamos vuelto a entrar (porque lo emocionante era la fuga en sí). Tenemos fotos con ella en las excursiones que hacíamos al Teide y, cuando a final de 6º nos fuimos del colegio, ella fue la que nos acompañó en nuestra última comida en común. Cuando años después fui profesora, el recuerdo de su actitud y trato hacia nosotras fue un ejemplo al que acudir cuando me veía enfrente de un montón de adolescentes ante los que tenía que hacer el papel de profesor. Como ella, supe siempre que, si tratas con respeto a una persona, tenga la edad que tenga, ella también te respetará.

Muchas veces en la vida al cabo de los años pensamos en esas personas que nos han influido casi sin ser nosotros conscientes de ello en su momento. Nos damos cuenta después, cuando asumimos que nunca jamás las volveremos a ver, de que fueron importantes, y lamentamos no habérselo agradecido entonces. Pero en este caso, hace cosa de un par de meses en una de las comidas que hacemos regularmente mis amigas del colegio y yo, Eli, que vive en Las Palmas pero que casi nunca se pierde una, nos apareció con una amiga suya, mayor que nosotras. Nada más verla, y aunque habían pasado más de 50 años, supe que era la Madre Concepción.

La Madre Concepción, Concha ahora para nosotras, tiene 87 años y sigue siendo la persona cercana y elegante que era entonces. Con el espíritu y la voz todavía joven que recordábamos, nos contó que, después de aquellos años del colegio, había estado en varios sitios, entre ellos en algunos países de América; que hacía 30 años que ya no era monja y que ahora vive tranquila con su hermana en Las Palmas. Le gusta leer y la música (tiene la carrera de piano), y sale y juega a la canasta cada semana con sus amigas. Estaba verdaderamente contenta de vernos y asombrada de que la recordáramos con tanto cariño.

Hay un proverbio chino que dice: "Cuando bebas agua, recuerda la fuente". Es bueno recordar las fuentes de las que partimos, pero todavía es mejor que la vida te brinde, como ahora, la oportunidad de dar las gracias a quienes, aun sin saberlo, han influido en nosotros ayudándonos a ser como somos. Y este escrito es una forma como otra cualquiera de hacerlo. Gracias, Madre Concha.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Irma y los tres cerditos




Hay gente que piensa que habría que censurar los cuentos infantiles, por ejemplo, "Pippi Calzaslargas" porque incita a la desobediencia, o "Charlie y la fábrica de chocolate" porque puede animar a tomar drogas, o "Caperucita roja", que en la Guerra Civil fue transformada en el bando falangista en "Caperucita azul". A pesar de eso, no hay que olvidar que los cuentos avisan a los niños de los peligros del mundo, como no fiarte de desconocidos (sobre todo si son peludos y tienen dientes enormes), no ser muy codicioso como el hermano de Alibabá o huir de las labores de aguja como "La Bella Durmiente".

Uno de los cuentos preferidos de mis nietos pequeños es el de "Los tres cerditos", en el que la casita de piedra que se hace el cerdito más listo es la que resiste a los soplidos del lobo, lo que no le pasa a la casita de paja ni a la de madera de sus otros dos hermanos, que vuelan por los aires. Entre nosotros, yo creo que a mis nietos les gusta tanto que se lo cuente, no por la enseñanza moral, sino porque se parten de risa de verme soplando a carrillo inflado imitando al lobo feroz. Pero a lo que iba es a que la moraleja de este cuento ha calado hondo en las sucesivas generaciones que lo han oído. Por ejemplo, en mi padre, que aunque no era consciente de la influencia del cuento, lo seguía a rajatabla cuando construía una casa. Era aparejador y contratista de obras y, cuando hace 37 años hizo la casa en la que vivo, fueron tan fuertes los cimientos que, una vez que hubo un terremoto de madrugada del que todo el mundo se enteró, en mi casa no se despertó ni el perro. Ya puede el lobo soplar y resoplar ahí fuera que a nosotros, como al barco de Chanquete, no nos moverán.

He recordado a mi padre y a este cuento cuando he visto, sobrecogida, los desastres del huracán Irma, el mayor que se conoce en la historia del Océano Atlántico, un nuevo lobo feroz que, como una maldición bíblica, ha venido acompañado de dos tifones más, de un terremoto cercano y hasta de una plaga de langostas, por si fuéramos pocos. El resultado se resume en islas que fueron paradisíacas destruidas totalmente, en muertos y heridos por doquier, en 7 millones de personas evacuadas y dejando sus casas atrás sin saber si volverán a verlas igual, en grúas volando por los aires, en compañías aéreas subiendo abusivamente en cuestión de minutos los precios (por ejemplo, Delta Airlines, de 457 dólares a 3500... ¿Cómo los dejan?): el miedo y la impotencia en la mirada de muchos ante la fuerza poderosa e indiferente de los elementos. "Es la madre naturaleza, no hay nada que discutir con ella. Viene hacia aquí", decía, asustado, un turista. Aunque también una camarera entrevistada, Azucena Mayorga, decía: "Yo en nombre de Dios espero que solo sea una lluvia fuerte". ¡Ay, Azucena, lo mismo dijeron los parientes de Noé!

Y lo peor es que muchas casas eran de madera, que para un tipo de huracán como este de nivel 5, es como si fueran de papel. Muchos americanos dicen que se las hacen así por muchos motivos: son baratas, por allí hay mucha madera, son acogedoras, pueden cambiar su distribución más fácilmente que las de piedra... Pero yo me pregunto: ¿A esta gente nadie les ha contado nunca el cuento de los tres cerditos?

lunes, 17 de julio de 2017

¡Huy, qué miedo!




Anda mi nietita Julia, de 3 años, armando jaleo a la hora de acostarse porque dice que tiene miedo. Cuando le preguntamos que de qué, nos habla de la bruja Piruja que viene a pincharle los deditos. Y no hay manera de que acepte que la bruja Piruja no existe y que se duerma de una vez. Solloza y sigue, erre que erre, pidiéndonos en su mejor papel dramático que no la dejemos sola a merced de los monstruos.

Y ahí nos ven arropándola, tranquilizándola, razonando con ella, mimándola... porque en el fondo nos corroe la culpa. Y no es para menos si lo pensamos bien. Empezamos, cuando era pequeña, cantándole el arrorró con esa letra tan apropiada como quitamiedos de "duérmete, mi niña chica, duérmete que viene el coco, y que se lleva a los niños, los niños que duermen poco". Después seguimos con cuentos truculentos, pero que a ella le encantan y que nos pide una y otra vez que le contemos: el de la "Casita de caramelo", en la que yo la pongo de protagonista junto con su hermano, en lugar de a Hansel y Gretel. Y sí, hay una bruja pero, al final, ella la empuja dentro de la chimenea y luego se quedan los dos con toda la casita para montar fiestas de cumpleaños con los amigos, que mejor final, imposible; el de "Los siete cabritillos", con ese lobo tomando yemas de huevo para afinarse la voz y metiendo las patas en harina para parecerse a Mamá Cabra y poder comerse a los cabritillos; el de "Caperucita roja", donde también hay un lobo que se come a abuelitas y nietas, pero con un cazador antilobos al acecho; el de Pulgarcito, con ese ogro comeniños... Y, al final, además, terminamos llevándola al cine y dejándole ver películas en la tele: "Monstruos S.A.", llena de bichos horrorosos en forma de cangrejo de mil ojos o de serpientes viscosas; "Vaiana", que se la sabe de memoria, con Te Ka, un monstruo del tamaño de una isla, que vomita fuego (en la imagen); o "El libro de la selva", con el tigre Shere Khan rugiendo a todo rugir... Julia se conoce a todas las brujas: la de la Bella Durmiente, que le debe haber inspirado lo de los dedos pinchados; la de Blancanieves, más fea que Picio; la madrastra de Cenicienta, tan ruineja ella; la Cruella de Vil de "101 dálmatas"... Vamos, que si a mí me someten a todo ese visionado, me pondría al lado de Julia a llorar también y a implorar que alguien venga a quedarse con las dos porque ¡tenemos miedoooo!

Pero, después de meditar un poco, se me pasan los remordimientos. Cuando sea mayor, le explicaré, como han hecho todos los padres y abuelos del mundo, que lo hicimos por su bien. Que los miedos nos preparan para la vida y nos enseñan que no vayamos solos a un bosque infestado de lobos, que no hablemos con desconocidos, que no nos fiemos de las apariencias porque un lobo con voz dulce y patas enharinadas sigue siendo un lobo. En los cuentos aprendemos que las casitas de caramelo pueden no ser buenas para vivir en ellas; que sí, que las brujas existen, y que el bien es distinto del mal. Le diré que conocer el peligro la hará más fuerte y, en todo caso, la preparará para la huida. Los miedos son, aparte de un estimulante de la imaginación, un excelente mecanismo de defensa.

En el fondo, lo que estamos haciendo entre todos es convertirla en una mujer valiente, que seguro que estará de acuerdo con la frase de mi abuela: "Del hombre bueno líbreme Dios, que ya del malo me libro yo". Y que, si alguien, un presidente de una Generalitat, por ejemplo, dice algo así como "Damos miedo, y más que daremos", ella podrá decir, gracias a esa perfecta educación que le hemos dado: "¡Mieditos a mí! ¡Que te zurzan!".

lunes, 3 de julio de 2017

Mr. Chips y yo




La gente de ahora no la conoce, pero "¡Adiós, Mr. Chips!" de James Hilton fue una novela clásica escrita en los años 30 que nos encantó a muchos en nuestros años mozos y que fue llevada, por lo menos en dos ocasiones, al cine. Sus protagonistas (Robert Donat en 1939 y Peter O'Toole en el 69) fueron candidatos al Óscar y el primero lo ganó.

Mr. Chips es un profesor jubilado de latín y griego en la escuela inglesa de Brookfields que, a la altura de sus 80 y pico años, rememora los 50 cursos que le ha dedicado a la enseñanza. Vive enfrente del colegio y mide sus días por los signos de antaño, prefiriendo la hora de Brookfields a la de Greenwich. Es "un buen viejo, blanca la cabellera, un tanto raleada, vivo y activo para sus años, muy aficionado al té, cariñoso con sus visitantes, ocupado siempre de reunir datos para las memorias anuales del colegio (...) Había adquirido el derecho a esas excentricidades que son frecuentes en los viejos profesores y los antiguos sacerdotes. Usaba sus capas hasta que estaban tan remendadas, que apenas se tenían unidas. Y cuando pasaba lista a los niños, después de los juegos del mediodía, parecía entregarse místicamente a un ritual.". Mr. Chips es un profesor severo en la disciplina, pero también bondadoso, cercano, ocurrente y entrañable.

En épocas especiales -como esta de fin de curso- a muchos jubilados de los que hemos disfrutado con nuestra profesión nos da el síndrome Mr. Chips, "un estado introspectivo, lleno de niños, de rostros y de voces".  

Como él, recordamos todavía el susto del primer día en que empezamos a dar clases a los 22 años: "Cuando entré en el Gran Hall y vi todos esos niños, me temblaron las piernas. Creo que no he estado tan asustado en mi vida. Ni siquiera cuando nos bombardearon los alemanes. Pero ese malestar no duró mucho. Luego me sentí aquí como en mi casa.".

Como él también todavía medimos el tiempo por cursos y, si pasamos cerca de nuestro centro de trabajo y oímos el timbre entre clases, nos da un estremecimiento, como pasa ante un hecho conocido, asumido y vivido como en otra vida.

Como él, el recuerdo, en estos años de jubilación, mezcla rostros con esas listas que recitábamos a diario (formando hermosos hexámetros y combinaciones rítmicas, según Mr. Chips), y que servían sobre todo en mi caso para, desde el primer día, poder retener sus nombres y dialogar en clase.

Como él, recordamos anécdotas -divertidas, evocadoras, trágicas a veces-, y sobre todo, recordamos caras. Y es un placer irte encontrando ahora con muchos de aquellos alumnos con los que compartimos un tiempo y un espacio en la vida. Eduardo, Ana, Víctor... son médicos que me tratan, Antonio es mi notario, a Belén la veo en el mercadillo vendiendo flores, Pablo es profesor de Derecho en la Universidad, Alfonso se metió a político, Roberto y Piluca me saludan en el Telediario... Hasta tuve un alumno, Alex García, que es actor de cine y que igual ahora ni se acuerda de Platón. Hay un montón de ex-alumnos en Facebook  -Susana, Vero, Yasmina, Pedro, Beatriz, Fernando, Jorge, Saray, Elena, Tamara, Berta, Alicia, Domingo, Carlos, Isabel, Fran, Mónica, Juan Carlos, Javi, Estefanía, Daniel, Carmina, Sabina...- que, de vez en cuando, entran en este blog para dejar un comentario o un "me gusta", un contacto virtual pero que me dice que no están lejos. Y están los que siguieron mi camino -José, Rosario, Santi, Gabriel, Toni, Dani, Rocío, Isaac...- y que ahora son profesores de filosofía, hecho que me hace sentir muy orgullosa.

Pero también, como le pasa a Mr. Chips con todos los que desde Brookfields pasan a nutrir los batallones ingleses durante la Gran Guerra, en mi recuerdo están aquellos que ya no veré más, que sé que no encontraré por casualidad ni a la vuelta de una esquina ni en un aeropuerto ni en una fiesta: Inés, Adrián, Santiago, Luis, Pilar, Walter, José Luis, Alejandro... Rostros que permanecen jóvenes para siempre: "Yo tomé las instantáneas para mi memoria en la clase, en el patio, en la cancha de juegos, y allí siguen siendo siempre niños, con las miradas brillantes, las risas y los cabellos al viento, ingenuos y alegres".

Y es que Mr. Chips nos dio una gran lección a todos los que nos dedicamos a la enseñanza. El gran secreto para que nos guste tanto esta profesión es que, como él hizo, por encima de todo queramos a nuestros alumnos.




lunes, 12 de junio de 2017

La zona de confort




La zona de confort es el objetivo vital de cada uno de nosotros. Por conseguirla, empezamos a estudiar desde pequeños, hacemos una carrera (de obstáculos) y, a veces, una o más oposiciones. La zona de confort es ese momento en la vida en que ya se tiene un trabajo fijo por el que sabes que cada final de mes tendrás un sueldo que te permitirá vivir sin agobios hasta que te jubiles. Eso es lo que todo el mundo desea para sí y para sus hijos.

Y, sin embargo, esta misma semana mi hija Ana ha renunciado a su zona de confort. Me ha llamado entusiasmada desde el coche para decirme que se había despedido del Hospital en el que trabajaba como médico anestesista, después de una difícil carrera y de tener dos especialidades. En Facebook ha dicho a todos sus amigos: "La Dra. Jomeini (es su nombre de guerra) ha apagado hoy definitivamente las luces del quirófano. Empiezo nuevo proyecto de vida y digo adiós al sitio en el que he pasado los últimos catorce años".

El nuevo proyecto de vida va a ser seguir escribiendo (tiene ya publicados 7 libros, más 2 de cuentos en colaboración con otros autores) y hacer otros trabajos relacionados con la literatura. Es decir, va a dar un salto de la anestesia a la escritura, o, como le dice uno de sus amigos, "de inducir sueños a encender almas". Los ciento y muchos comentarios que le han llegado van desde desearle suerte y ánimos ("¡Olé, olé y olé! Suerte en la nueva etapa, amiga", "Tu lugar está donde están tus sueños", "Eso es creer en uno mismo"...), a expresar asombro ("Es como hacer puenting, que saltas al vacío pero sabes que vas bien atado") o incredulidad ("¿Sobresaliente en biología para esto?", le pregunta su profesor de Ciencias de COU). Y también hay quien siente pena por lo que deja atrás ("Te deseo lo mejor aunque me parezca una gran, gran pérdida", "Pero si alguna vez me tienen que dormir, te puedo llamar a ti ¿no?").

Ella contesta a todos eufórica y dice: "Tengo sensación de vértigo pero la sonrisa no se me borra de la cara". Y luego por la autopista va cantando "I will survive" a grito pelado, desde el Hospital hasta su casa.

Ese mismo día yo he salido con mis amigas del colegio en uno de esos paseos luminosos que cada mes nos regalamos. Al final, después de una buena comida, recalamos en mi casa a tomarnos el café y la copa y, entre rosquetitos y suspiros de Moya, hablamos del tema de mi hija. Todas estamos ya en la zona de confort de la jubilación, pero la duda surge espontáneamente ¿Nosotras habríamos hecho eso de dejar un buen trabajo por un sueño? Una de mis amigas, viuda y con hijos, alega que en su caso, más que una zona de confort, era una zona de necesidad: no podía plantearse siquiera dejar su trabajo de informática, aunque generalmente la estresaba mucho. Pero le pregunto a ella y a todas: "¿Qué cosa te habría tentado lo suficiente para dar el salto, quemar las naves y abandonar tu trabajo?". La mirada se torna soñadora y mi amiga dice que le hubiera encantado ser guía de montes. Otras, en lugar de ser ama de casa o tener un negocio, se hubieran dedicado a la medicina o a la asistencia social. Ser bailarina de bailes cubanos es lo que hubiera tentado a otra, que fue administrativa. Una ex-profesora echa de menos haberse dedicado más a la pintura y otra habla de escribir, cosa que, como a mi hija, también la hace intensamente feliz. Al final, ya vacilando y entre risas, una que fue catedrática de literatura dice que, antes que lidiar con los de la ESO, mejor millonaria o puta fina...

Todo esto me recuerda la escena de "Enredados", la película que cuenta la historia de Rapunzel, en la que la protagonista pregunta a un montón de criminales y facinerosos "¿Es que nunca habéis tenido un sueño?" y todos aquellos hombretones, a cual más patibulario, empiezan a cantar "Mi sueño es...": ser pianista, estar enamorado, hacer mimo, coleccionar unicornios, ser florista, diseñar interiores, tejer...

Bernard Shaw dijo "Yo sueño cosas que nunca fueron y digo ¿por qué no?". Pienso que tener sueños e intentar que se realicen ya es una buena variación a sólo tenerlos, y que ¡qué demonios!, ya hay demasiados sueños incumplidos en nuestro mundo. Así que ¡a por ellos, Ana!

(La foto inicial es de mi hija Ana firmando libros este año en la Feria del Libro de Madrid)

lunes, 6 de marzo de 2017

La venganza es un plato que se sirve frío




¡Ahora lo entiendo todo! He podido hallar el origen primigenio, la causa última de un hecho que esta semana me había dejado perpleja, confusa y ¿por qué no decirlo? hasta un poco cabreada.

lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Qué hay de nuevo, viejo?





Cada vez que recojo a mis nietos mayores en el colegio les pregunto: "¿Qué han aprendido hoy de nuevo?". Y, por más que yo les digo que todos los días se aprende algo y que esta pregunta realmente sería más bien el efecto Bugs Bunny (¿recuerdan? Siempre saluda con su "¿Qué hay de nuevo, viejo?"), ellos lo llaman el efecto "abuela plasta". Siempre me contestan que no han aprendido nada, que están estudiando el mismo rollo de los planetas del año pasado (están en la adolescencia, no hay que olvidarlo). Por eso, me sorprendió cuando fui a cenar el lunes pasado a su casa y mi nieto me preguntó: "¿Y qué has aprendido hoy de nuevo, Aba?".

lunes, 12 de septiembre de 2016

¡No le queda nada!





Esta semana mi nieta pequeña, con 3 años, ha empezado el colegio. La noche anterior ella, muy ufana, me enseñó su uniforme, planchadito y colgado en la percha; y, al día siguiente, sus padres, que se pidieron el día libre (como tiene que ser para un evento tan importante), la acompañaron, como a una reina, a su primer encuentro con la dura realidad. Le hicieron fotos antes de entrar, toda sonriente, e incluso después en la clase, desde la puerta. Pero allí. sentada en una mesa con otros tres niños, a todos se les veía serios, perdidos y tan pequeños como a ella.

lunes, 4 de julio de 2016

¿Qué quieres ser de mayor?


Dibujo hecho por mi nieta

¿Les hicieron alguna vez esta pregunta cuando eran niños? A mí, nunca. Es más, no me planteé ser profesora hasta que casi terminando mi carrera me di cuenta de que ese era mi destino ineludible. Eso se llama tener bien programada la vida. Mi hermana, cuando terminó COU, se puso a la cola de Biología para matricularse y, cuando vio la de Medicina al lado, siguiendo un impulso que luego resultó ser de lo más acertado porque ha sido una pediatra estupenda, se cambió de cola. Así que a nosotros no nos pasó nunca jamás lo que cuentan de cuando nació Rajoy, eso de que a su madre le dijeron: "¡Ha tenido usted un registrador de la propiedad!".  No, nosotros, aunque siempre supimos que queríamos hacer una carrera, nos íbamos dejando llevar por la vida, haciendo y estudiando lo que nos gustaba, pero improvisando y sin tener una miserable hoja de ruta.

lunes, 13 de junio de 2016

El gozo en un pozo: la reválida




En el álbum familiar me he quedado contemplando esta foto que hoy les pongo al inicio. Está fechada el 16 de junio de 1962, hace 54 años, y en ella estamos mis compañeras de clase y yo en el Parque. No llevamos uniforme pero sí algún libro en la mano. Y lo que más me llama la atención es lo serias que estamos (¡qué cara de trastornadas!, dijo mi amiga Nievitas cuando la vio). Y eso que no nos dolía, como ahora, alguna parte del cuerpo y no nos sentábamos y levantábamos en un ¡ay! Todas veíamos perfectamente sin necesidad de gafas de cerca, conservábamos todos los dientes y no teníamos ni canas, ni arrugas ni michelines ¡Por Dios, teníamos 14 años! ¿Cómo no estallábamos en alborozadas carcajadas, bailando hasta una conga, celebrando ese momento gozoso de nuestra vida?

lunes, 23 de mayo de 2016

La bacinilla de oro

Wáter en Uddevalla, Suecia. Daba gusto sentarse entre tanto libro
¡Mira que los seres humanos somos rebuscados a la hora de hablar y de jugar con el lenguaje! Tan pronto proferimos palabrotas salpicándolas en la conversación como quien siembra margaritas, como embellecemos o disfrazamos toda aquella palabra que pueda incomodarnos, asustarnos o simplemente aburrirnos ¡Ah, los eufemismos ("hablar bien")! En este uso cosmético del lenguaje los usamos para todo, pero particularmente a la hora de referirnos al sitio en el que hacemos nuestras necesidades más primarias. Eufemísticamente hablando, al wáter o retrete.

lunes, 29 de junio de 2015

Ay, ay, ay, ay, ay, ay...




Una se apresta una tarde de un domingo plácido de junio a leer los periódicos atrasados de la semana (ya saben que la vida de una jubilada es una vorágine y no hay tiempo para casi nada). Una se sienta en una hamaca en el patio -brisa suave, cielos azules, buena temperatura- y empieza con la mejor de las disposiciones a digerir esas ristras de noticias que son la alegría de la huerta: nueva ley de Educación para el curso que viene con la Reválida amenazando ¡otra vez! (ay); pelea ¡por dinero! entre Unión Europea y Grecia (ay, ay); Estados Unidos envía 250 tanques para hacer frente a la amenaza rusa (ay, ay, ay); yihadistas asesinando en tres continentes (ay, ay, ay, ay); malversaciones, huelgas de hambre, espionajes a países supuestamente amigos, desplazados forzosos a causa de las guerras (42.500 personas ¡al día!)... Ay, ay, ay, ay, ay.

lunes, 4 de mayo de 2015

El hombre que hablaba en gerundio:




Mi profesor de Historia de la Filosofía en la Complutense de Madrid se llamaba Don Adolfo Muñoz Alonso y era todo un personaje. Bajito, pero con una mirada fiera de gigante y una personalidad arrolladora, protagonizó alguna de las escenas más curiosas de aquellos años. Como cuando en pleno mayo del 68, en un vestíbulo de la facultad de Filosofía repleto de asamblearios en huelga, se presentó, más chulo que un torero, con la camisa azul de falange. O como cuando, el primer día de clase, nos decía que, si solo veníamos a por el aprobado, ya nos podíamos ir porque él nos lo daba, "Junto con mi desprecio", añadía. Ninguno se atrevió nunca a pedírselo.

Eso sí, era, como todos mis profesores, un cultivador de la palabra precisa, un excelente orador que soltaba sus frases mirándonos fijamente, vocalizando con una voz clara y tonante y haciendo las pausas justas, como aquel que echa una piedra al agua y se queda después mirando las ondas resultantes. Preocupado por el buen hablar, un día nos dijo: "¡Cuidado con los gerundios porque son el servicio doméstico del lenguaje! Y ya sabemos que el servicio doméstico es el que menos servicio presta".

Me acordé de Muñoz Alonso y de su frase la otra noche , en la cena de los viernes con los amigos, en la que Manolo nos contó que su dentista hablaba en gerundio. "Sentándose", dice nada más verlo entrar en la consulta. "Abriendo la boca...", "Encontrando una caries...", "Enjuagándose...", sigue desgranando después gerundio tras gerundio. Según la teoría de Manolo, el padre del dentista repartió entre sus hijos las funciones gramaticales e, igual que a éste le tocó el gerundio, a otros el participio o el pretérito perfecto.

Todos nos reímos, claro, pero luego pensé que la teoría de Manolo no es tan disparatada. Nada más echar un vistazo alrededor y oír a los que nos rodean, es fácil sacar un catálogo de tipos que tienen también una especialidad gramatical definida. Les pongo una muestra, elegida al azar:

El hombre que habla en esdrújulas: Las reparte alegremente en escritos, discursos y, sobre todo, panegíricos: "Es un autor prolífico, honorífico y de carácter libérrimo", dice, por ejemplo. Es, por supuesto, más partidario de la república que de la monarquía, y su héroe es Don Mendo, en la escena en la que dice: "Siempre fuisteis enigmático, y epigramático, y ático, y gramático y simbólico. Y, aunque os escucho flemático, sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático".

El hombre que habla en adverbios: Se le llena la boca con todos los terminados en "mente", cuanto más largos, mejor: trascendentalmente, ultraexclusivamente, escatológicamente, transgenéricamente, pluscuamperfectamente...De esta manera consigue alargar un discurso que duraría 5 minutos en uno de media hora. Su heroína sería la "Heredera con demasiado tiempo libre" del libro de Belén Barroso (lo comenté aquí), que en un determinado momento dice: "No tengo excusa, lo sé, pero había amanecido un día extraordinariamente soleado, me pareció que el campo de batalla se encontraba inusualmente tranquilo y me sentí súbitamente aventurera, además de profusamente adverbial, como habrás advertido".

El hombre que habla en infinitivos: Su terreno son los discursos políticos y, ahora que estamos en elecciones, está en su salsa, soltando infinitivos a granel al empezar sus frases, como quien siembra margaritas: "Decir que vamos a arreglar esto y lo otro, decir que vamos a regalar hasta las cotufas del cine a quien nos vote, decir que los otros lo hacen peor..." Su personaje favorito es, lógicamente, Lola Flores y su frase lapidaria en la boda de Lolita: "¡Si me queréis, irse!".

El catálogo se haría mucho más largo con "el hombre del ya si eso", "el hombre de las palabrotas", "el hombre der sordado y la farda", "el hombre de los emoticonos", "el hombre del dequeísmo y el queísmo" (y quien dice "hombre" dice "mujer", eh) y con todos los que asesinan impunemente la lengua, esa herencia que se nos entrega de pequeños y que son "las manos con que amasamos el mundo de las relaciones humanas". Aristóteles -otro cuidador de las palabras- ya nos dijo que el hombre es social precisamente porque se le ha dado el tesoro del lenguaje, que nos sirve para hablar de lo justo y lo injusto, de lo bueno y de lo conveniente. Y en vez de cuidarlo con esmero, como se cuidan todas las herencias, lo destrozamos y ninguneamos. "Hemos olvidado el privilegio de esa conquista por la que somos una especie distinta entre los animales", que diría otro de mis profesores, don Emilio Lledó.

Así que decir que enfureciéndome yo sobremaneramente con estos mayúsculos despropósitos.




google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html