lunes, 30 de diciembre de 2013

Mantel de navidad




Una de las cosas más tristes a las que la desaparición de los seres queridos te enfrenta es a recoger la vida material que dejan, los objetos personales –sus trajes, sus perfumes, aquel cuadro que compró en un viaje porque le hizo ilusión, el último libro que leía, con su marcador en la página 100… En fin, todo lo que se va acumulando en una casa y que arropa a las personas.

Cuando murió mi madre, mi hermana y yo tardamos casi un año en encarar esa tarea penosa: esto lo tiramos, esto lo donamos, esto lo guardamos. Una de estas cosas fue el mantel de navidad, testigo de todas las navidades, y no porque estuviese en buen estado (cincuenta años de lavados no los aguanta nada), sino porque nos daba una pena enorme a las dos el que se fuera a la basura, aunque tal vez mi madre hubiera dicho: “No importa, es algo sólo material”.

Pero es que el mantel de navidad de mi madre es único, no como los que hoy tenemos fabricados a miles por los chinos. Mi madre y mi abuela, como buenas palmeras, lo bordaron al poco de casarse mis padres y, en él, dejaron volar la imaginación. Está por supuesto el nacimiento, el pueblito de Belén con casas multicolores y los Reyes Magos, pero también un ciervo mirando a una estrella, piñas de colores imposibles, dos pájaros en una rama, todo mezclado, conviviendo con herraduras de la suerte, campanas, ramas de muérdago, flores de pascua, setas en un prado, regalos, un reloj, racimos de uvas moradas y un Papá Noel despistado.

Mi madre lo lavaba, planchaba y almidonaba y nosotros disfrutábamos mirándolo, mientras ayudábamos a poner la mesa. Sobre él, las copas talladas y brillantes, la vajilla blanca con filo y estrellitas doradas, los cubiertos, el tronco con velas en el centro, las servilletas bordadas también y los regalitos que mi madre ponía en cada plato, a veces sólo un poema en una tarjetita roja.

Alrededor del mantel, todos los que celebrábamos juntos las fiestas –mis padres, mis hermanos, mis abuelas, mis tíos, mi primo y algún añadido- aprendimos los villancicos (“Pampanitos verdes, hojas de limón…”), hablábamos un montón y jugábamos a juegos tontos, como el de pasarnos uno a uno una aguja y decir sin enseñar los dientes la siguiente y absurda conversación: “Aquí te entrego esta agujita con su ojo y su puntita” “¿Tiene punta?” “Punta tiene” “¿Tiene ojo?” “Ojo tiene” “Pues dámela que me conviene”. No sé todavía qué gracia le encontrábamos pero nos moríamos de risa cada navidad.

Hay una canción muy bonita, “Sábana y mantel”, que Mª Elena Walsh compuso en 1976, cuyos últimos versos dicen:
“Uno manchado de vino
que señal de gozo es
y la otra humedecida
con rocío de querer.
Que no le falten a nadie
en este mundo tan cruel”.

Las sábanas, los manteles, los objetos que reunimos a nuestro alrededor, forman parte, queramos o no, de lo que somos. El mantel de navidad de mi madre, tal como era, con sus vivos colores y sus escenas ingenuas, ya no existe pero permanece en la memoria de todos los que en aquellos tiempos éramos niños. Esta nochebuena, tal como antes hacía mi madre, les he puesto en el plato, a cada una de las familias que ahora nos reunimos en casa de mi hermana, una de aquellas servilletas bordadas, restos mejor conservados de la primitiva mantelería y que puede simbolizar, a nuestros ojos, todo lo que nos une.

Será algo material, pero, como decía la poeta, “que no le falten a nadie” un mantel alrededor del cual pasar horas felices y los recuerdos que evoquen una vida compartida.


lunes, 23 de diciembre de 2013

¿Cómo que no has estado en Granada?




Si volviera a nacer, me pediría ser un viajero con muchos idiomas en la mochila. Me encantan los viajes. Son, para mí, un paréntesis en la vida diaria, un permiso para asomarte a otras formas de caminar por el mundo, una gozada. Y no crean que esto es una apreciación universal. Mi marido, sin ir más lejos, cuando vamos a subir al avión, mientras que yo llevo puesta la sonrisa de expectación y de “¡Ya estamos en danza otra vez!”, suspira por su casita y dice resignado: “¡Que necesidad!”.

Así y todo, aunque no hemos cruzado el charco (todo se andará), me lo he llevado por Europa hasta las islas de Arán por el oeste y a la lejana Estambul por el este. Hemos recorrido las 8 islas y todas las regiones de España. Pero no había ido a Granada. Mis hijos, mis hermanos, mis amigos, mis alumnos, ¡hasta mi marido!, todos han estado en Granada y me miraban con ojos como platos: “¿Cómo que no has estado en Granada?”.

¿Quién no conoce Granada? Agustín Lara volvió su cantar gitano para ella. Washington Irving, en sus “Leyendas de la Alhambra”, habló de ejércitos moros dormidos bajo tierra esperando una hipotética reconquista, de princesas agarenas que se escaparon, enamoradas, con caballeros cristianos, de tesoros escondidos y hallados por un jardinero de la Alhambra. Manuel Machado la vio como “ese agua oculta que llora” y Lorca me descubrió los dos ríos de Granada que “bajan de la nieve al trigo”. Y todo el mundo conoce los versos del poeta mexicano Francisco de Icaza:
“Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada”.

Y, por fin, esta semana pasada he estado en Granada.

Y he descubierto la Granada mora: el Castillo Rojo –que eso es lo que significa “Alhambra”-, ese libro abierto en sus paredes en las que se repite el lema de los nazaríes, “El único victorioso es Alá”; los materiales -cerámica, estuco, mármol blanco de Macael, madera y agua- de sus salas y jardines; la sala en la que Boabdil invitó, encerró y mandó decapitar a los 36 caballeros abencerrajes, sabedor de que uno de ellos era el amante de su favorita; las callejuelas del Albaycín; las tiendecitas y teterías de la Alcaicería y la Calderería; la Puerta Elvira; la llamada del muecín, que oí dos veces a la caída de la tarde; una cena en un carmen viendo la Alhambra iluminada…

Y la Granada cristiana. No sólo las iglesias, la Catedral, la Capilla Real, la Cartuja, tan magníficas que no sabes describirlas, sino también un coro y su orquesta cantando el “Adeste fideles” en Las Angustias, o el Colegio de las Niñas Nobles o el pionono ¿Quién le iba a decir al Papa Pío IX que lo recordarían, más que por lo que pudo hacer en su papado, por un dulce inventado por un pastelero granadino? Que, por cierto, dejó, al morir, su receta secreta a su enfermero, cambiándole la vida.

Y la Granada gitana, que se asoma en la señora mayor con pantuflas –podría ser mi abuela-, que toca las castañuelas acompañando a su nieto en el Mirador de San Nicolás; en el cante flamenco; en el particular modo de vida del Sacromonte.

Pero, sobre todo, la Granada viva. La Torre de la Vela, donde las chicas solteras van a tocar la campana el 2 de enero, aniversario de la toma de la ciudad; la luz de estos días navideños; el fondo de la nieve en el Mulhacén; el rumor del agua, la música de la ciudad; los mercados multicolores; las tapas que te sirven gratuitamente con cada vinito; las calles y plazas llenas de gente: Recogidas, Puerta Real, Gran Vía, Bibrambla, el Paseo de los Tristes donde se despedía a los entierros (y, paradójicamente, tan alegre) o la calle de La Colcha (“Eres más delicado que la calle de La Colcha”, dicen los granadinos, recordando que los callaos que la tapizan y adornan se levantaban por menos de nada).

He podido después de tanto tiempo atisbar algo de lo que es Granada, lo suficiente para que me queden ganas de volver. Y también lo suficiente como para que, cada vez que me encuentre con alguien que no la conozca, lo mire con asombro y suficiencia y pueda decirle: “Pero ¿cómo es posible que no hayas estado en Granada?”

(Para Ana, mi amiga granadina, que me enseñó Granada como nadie)





















lunes, 9 de diciembre de 2013

Que decidan las margaritas




Esta es la frase de esta semana en el Cartel de la Autopista. Para los que no lo sepan, tenemos en la isla un poeta, Anoniman,  que cada semana desde hace años se toma la molestia de poner un pensamiento en un cartel, que hace sonreír y pensar a los que pasan (“En tu espejo soy guap@”, “Apagar el móvil eleva la mirada”, “La locura lo cura”, “Menos guasap y + venaverme”, “Dormir no me quita el sueño”…) Los habituales que van desde el Norte a Santa Cruz ya llevan de antemano la sonrisa puesta y la expectación en los ojos.

El cartel de esta semana, que decidan las margaritas, no es mala opción para los indecisos. Yo tengo un amigo que le da tantas vueltas a las cosas en la cabeza que, a veces, hasta duda de si es indeciso o si no es indeciso.

Para que no se me agobie, que lo quiero mucho, yo le hablo de lo sana que es la duda –el beneficio de la duda-, que te lleva al asombro y a la perplejidad ante la existencia, y, en consecuencia, a indagar en ella. Que, como decía mi profesor Lledó, “dentro de cada sí hay un pequeño no, y dentro de todo no hay un pequeño sí”. Le digo que aquellos a los que la duda ofende y defienden vehementemente una postura, aquellos que están de vuelta de todo o que afirman, sin lugar a dudas, que conocen perfectamente, por ejemplo, lo que está pasando, me dan un poco de miedo. Que ahí tenemos a Sócrates y su “sólo sé que no sé nada”; a Chejov, confesando que cambia de opinión cada día y que por eso sólo describe cómo sus personajes “aman, se casan, se alimentan, mueren y hablan”; o a Milan Kundera defendiendo “tener por única certeza la sabiduría de la incertidumbre”.

Hace poco uno de mis alumnos me escribió desde Inglaterra pidiéndome consejo. No sabía qué hacer, si seguir en Londres, dedicándose a dar clase, lo que le obligaría a hacer un máster de 2 años, o seguir conociendo mundo, o volver a España e intentar ser periodista que siempre le había gustado. Yo le contesté a la manera de Sartre: el que pide consejo ya sabe  en el fondo lo que quiere hacer y sólo busca apoyos que corroboren su decisión. Incluso hacemos caso o no a las margaritas dependiendo de si refuerzan lo que verdaderamente queremos. Hay que seguir lo que te pide el cuerpo sin que te frenen las complicaciones.

Porque es verdad que la vida –afortunadamente- es una sucesión de dilemas y de encrucijadas, y son las elecciones personales que hacemos las que van forjando lo que somos ¿Hago ciencias o letras? ¿Qué quiero ser en el futuro? ¿Me caso o no me caso? ¿Bautizo a mis hijos o dejo que elijan su religión de mayores? ¿Qué traje me pongo hoy? ¿Voto a la izquierda, a la derecha o no voto? ¿Hago para fin de año el cordero de siempre o innovo con un rosbif a las hierbas que sé que les gusta a todos?

Que decidan las margaritas.

martes, 3 de diciembre de 2013

Dar gracias




Nos han invitado un amigo americano y su mujer este domingo a una comida de  Acción de Gracias que llevan celebrando hace más de 20 años en Tegueste, en la preciosa casa de Juan y Carmen, unos amigos comunes, y a la que yo he acudido por primera vez con la curiosidad de una neófita.

Por supuesto, allí estaba todo lo típico de la celebración norteamericana: el pavo, las frutas del relleno, la salsa de arándanos, la tarta de calabaza… Pero también estaban las risas y la complicidad de los que se conocen desde hace tiempo, un curioso y divertido concurso-test, con premio incluido, a los invitados para ver cuánto sabían del evento y las palabras del anfitrión recordando aquel hecho lejano, cuando los peregrinos del Mayflower y los indios se reunieron para compartir una primera comida, allá por 1621, celebrando que las cosechas estaban salvadas y que estaban vivos.

Los americanos, tan amantes de las tradiciones y tan exagerados, han magnificado el hecho de tal manera que son capaces de atravesar medio mundo para estar junto a la familia ese Día, el ultimo jueves de noviembre (son como los palmeros con la Bajada de la Virgen). Tengo una amiga, ahora en Michigan, que en la semana pasada ya ha asistido a cuatro comidas de Acción de Gracias y que dice que por el momento no le nombren más al pavo, por favor.

Pero los seres humanos, desde siempre, se han reunido para agradecer el fin de las cosechas, el fin de una sequía, de una inundación o de cualquier catástrofe que los amenace. Y es que la gratitud va más allá de dar las gracias como nos enseñaron nuestros padres cuando éramos pequeños –“Niña, ¿qué se le dice a Doña Francisca, que te ha dado ese regalo tan bonito?” “Gracias, Doña Francisca… (por este engendro horroroso de jarrón tornasolado que a ver para qué lo quiere una niña de 10 años)”-. La gratitud es un reconocimiento de nuestra indefensión y dependencia de los demás. Y es también un acto de aprecio a lo que los otros –o Dios, o los santos, o la Divina Providencia, o la vida, según las creencias- han hecho por nosotros. Y de esos actos de agradecimiento han salido fiestas, con sus correspondientes flecos económicos, cuyos orígenes religiosos se pierden con el tiempo, procesiones, romerías, celebraciones y hasta iglesias levantadas en honor de santos y vírgenes que han protegido al indefenso.

Aunque, aquí entre nosotros, yo estoy más de acuerdo con otro americano, Benjamín Franklin, que, una vez que se salvó por los pelos de un naufragio, escribió a su mujer diciéndole: “Acaso debería aprovechar esta ocasión para prometer construir una capilla a algún santo; pero si tuviese que prometer algo sería construir un faro”. A Dios rogando y con el mazo dando.

De todas formas, hay que dar las gracias, como en ese maravilloso “Gracias a la vida” de Violeta Parra. Gracias por la vida “que me ha dado tanto”, por estar aquí compartiendo este, a pesar de todo, hermoso mundo, y por que cualquier pretexto, aunque sea "peregrino" –cumplir años, reponerte de una enfermedad, jubilarte, que la vendimia haya producido un buen vino, o el recuerdo de una comida lejana ocurrida en otro continente siglos atrás-, sirva para celebrar la amistad y la pura alegría de vivir.

(Foto, con adorno otoñal, del pavo y su relleno)



lunes, 25 de noviembre de 2013

El encantador de serpientes




Una vez me contaron que un encantador de serpientes en la India hacía subir al son de su flauta una cuerda por el aire y que, cuando estaba erguida, un niño trepaba por ella hasta arriba. Pero alguien sacó una foto de la escena y en ella se veían cuerda y niño en el suelo y la gente, embobada, mirando hacia lo alto. Eso es lo que significa “encantar”, hechizar con cantos de tal manera que te olvidas del mundo que te rodea.

Hay gente así, personas encantadoras que te atrapan con la música de sus palabras y la fuerza y claridad de sus ideas. Si alguna vez han tenido la suerte inmensa de encontrarse con una de esas personas, saben de qué estoy hablando. Y si, como me pasó a mí, esa persona te da clase de filosofía desde los 17 a los 19 años, comprenderán por qué es una experiencia que no se olvidará nunca aunque hayan pasado 46 años.

Don Emilio Lledó, mi profesor encantador de serpientes, vino a Tenerife la semana pasada y dio una charla sobre el mundo que queremos. Y volvió a ocurrir. Allí estábamos muchos de sus antiguos alumnos –Manolo, José Carlos, Mercedes, Ana, Luisa, Pepita, Mª Eugenia, Miguel, Florencia, Lorenzo…- con cientos de personas más que llenaban el Espacio Cultural de la Fundación CajaCanarias, escuchándolo casi sin respirar para no perdernos nada. Y, cuando el moderador, Fernando Delgado, dijo que ya había pasado una hora y media, todos dimos un respingo ¿Una hora y media ya? ¿Tan pronto?

¿De qué habló Don Emilio, en una charla distendida con otra encantadora, Amelia Valcárcel, para hacernos olvidar el tiempo y hasta el espacio? Los dos hablaron de filosofía, esa materia que de tanto en tanto los responsables de Educación quieren hacer desaparecer. Don Emilio habló de nosotros, los seres humanos, que somos lenguaje, amor, naturaleza y cultura. Habló del derecho a la palabra, que ya tenían los griegos, pero que implica la libertad de pensamiento, saber pensar para poder decir. Y de la educación, que crea mentes que fluyen y enseña ideales que regulen la economía (¿Cómo es posible –se pregunta- que se quiera privatizar la sanidad para favorecer a los “amigantes”?). Sobre todo, Don Emilio habló de ser decentes y de luchar para que la educación –una educación igualitarizante, pública, que no se compre con dinero, como ya defendía Aristóteles en su “Política”- inculque como valor la decencia, que tiene que ir pareja con cualquier actuación política.

Y al final de cada intervención que hacía, como buen sabio, nos miraba y decía con humildad: “Creo”.

Don Emilio tiene ahora 86 años, pero, en la mirada y en sus manos elegantes, todo el vigor y el entusiasmo de cuando lo conocí hace ya tanto tiempo. En un momento dijo que, si volviera a nacer, le hubiera gustado ser maestro de escuela para enseñar a los niños pequeños a mirar. Cuando, al final, fui a darle un abrazo, le dije que no le hacía falta ninguna reencarnación. Ya nos había enseñado a muchos a mirar el mundo de otra manera.

Y a mí particularmente, que estudié y enseñé filosofía porque un día él empezó a compartir su saber con nosotros, me marcó. Don Emilio, el pensador cabal y comprometido con su tiempo, el filósofo de verdad, la mirada que escucha, el entusiasta que dice que “entender da mucha marcha” y que la vida es hermosa y estimulante, el vigía moral, el flautista de Hamelin, el maestro encantador… me cambió para siempre la vida.

(En la foto, Don Emilio y yo, con 20 años menos, en una fiesta-homenaje que le hicimos sus antiguos alumnos de La Laguna)

lunes, 18 de noviembre de 2013

La Fuga de San Diego y la magdalena




Hace casi un siglo, en 1919, en la mañana del 13 de noviembre, los alumnos del Instituto de Canarias, acaso futuros bisabuelos de los que yo tuve 70 años más tarde, se fugaron de clase. Lo hicieron, enfadados, ante la negativa de un profesor nuevo, Don Diego Ximénez de Cisneros, de dejarlos asistir a una romería, que existía por aquel entonces, a San Diego del Monte. Lo que ellos no sabían era que, con ese gesto, inauguraban un sano hábito –“Día de San Diego, fuga general, las buenas costumbres hay que respetar”, pintaban en las paredes- que se fue contagiando a la Universidad, a la Escuela Normal, a los demás institutos de la isla y, después, a toda Canarias, hasta hoy en que se fugan ese día incluso los de la ESO. Así nacen las tradiciones.

Tradición, por cierto, de la que yo había olvidado cómo empezó en mi caso, hasta que la semana pasada Carmen Delia, compañera de colegio y de fatigas, me lo recordó: “Sí, ¿no te acuerdas que después nos fuimos a un guachinche a comernos una ropavieja?”. Y la evocación de aquella ropavieja fue como la magdalena de Proust y arrastró consigo todos los elementos de mi primera fuga, a los 15 años, y de aquel día mágico e iniciático.

Porque fue un día de primeras veces. Era la primera vez que nos fugábamos, sorteando peligros a través de Clausura para encontrar una salida del Colegio que no fuera la puerta principal.

Era la primera vez que subía en guagua a La Laguna sin mis padres y sólo con mis amigas, expectantes y alborotadas como quien se va a una expedición al Polo Sur.

Era la primera vez que visitaba San Diego y su ermita, un lugar precioso y escondido de La Laguna, cantado por los poetas:
“Voy a ver las frescas sombras
de los montes de San Diego,
y sus seculares pinos
y sus castaños eternos.”
(Diego Estévanez y Murphy)

Era la primera vez que intentábamos contar, tal como mandaba el rito, los innumerables y escondidos botones de la casaca de la estatua de Don Juan de Ayala, el fundador del convento, para que nos diera suerte en los exámenes.

Era la primera vez que estábamos en un baile al aire libre, bajo el sol de la mañana, en la cancha de la finca de San Diego, un montón de estudiantes felices, brincando y moviéndonos al ritmo de twist, chachachá y rock and roll. Supimos más tarde que al año siguiente los dueños, asustados por la afluencia, cerraron su casa y nunca más se pudo ir a San Diego.

Y era la primera vez que fui a comer a un guachinche. Pero no a uno cualquiera sino al célebre “Dos y una”, que estaba en la calle Viana haciendo esquina con el Callejón de las Monjas, y en el que comimos la susodicha ropavieja proustiana por el módico e increíble precio de 1,50 pesetas. La excitación y las risas del día, sintiéndonos jóvenes y libres, fueron tantas que una de mis amigas llegó orinada a su casa cuando nos retiramos a las 7 de la tarde.

Y al día siguiente nos pusieron un cero como una catedral a todas. Como tiene que ser.

Fugarse es, según el diccionario, “escaparse o huir alguien de un sitio en donde está encerrado, sujeto o vigilado”. Y una fuga tiene que implicar la posibilidad de un castigo. Si no, se convierte en vacaciones, en un día libre (a veces se han cogido dos, o una semana), en un tiempo sin gracia ninguna, sin chicha ni limoná. Una fuga tiene que ser, como lo fue para nosotras, algo así como “La gran evasión”, corriendo riesgos, emocionándote porque has conseguido esquivar peligros, disfrutando después del pecado cometido, y sabiendo que al final -¡que me quiten lo bailado!- va a caer sobre ti la maldición de Satanás.

Por eso, estoy con Don Pablo Pou, otro profesor que allá por aquellos años, imitando a los estudiantes, ponía en la pizarra: “Día de San Diego, cero general. Las malas costumbres han de terminar”.

Yo pondría también un cero. Pero un cero redimible con, por ejemplo, un escrito sobre cómo fue tu primera Fuga de San Diego. Sería curioso reunirlos todos en un volumen de miles de hojas con los primeros San Diego de todos los laguneros y canarios que alguna vez se arriesgaron a pasar un día prohibido.

Este, por lo pronto, es el mío.


(En las fotos, mi Instituto, el Instituto de Canarias, hoy llamado también Canarias Cabrera Pinto. El claustro, en la foto inicial, y , en la final, la portada que los alumnos de entonces, sorteando al bedel, tenían que pasar para fugarse)



lunes, 11 de noviembre de 2013

El Tour Moore y los cubiletes




Anda por las redes una “propuesta” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía de darle a cada niño 3 cubiletes para conocer su nivel de comprensión. Uno, rojo, que pondrían sobre su pupitre si no se enteran de nada; otro, verde, si lo cogen todo a la primera; y uno, amarillo para los que lo capten a medias. El resultado del experimento en una clase es el siguiente:
-         Maehtro, ¿er cubilete amarillo pa qué eh?
-         Maehtro, er Yozua ma quitao loh cubileteh.
-         Maehtro, la Yeni eh una empollona, que ziempre tiene er cubilete verde.
-         Maehtro, me zan perdío loh cubileteh, ¿puedo ir ar zervicio?
-         Maehtro, zi zaco er cubilete verde, ¿maprueba?
-         Maehtro, mira cómo toco la batería con loh cubileteh.
-         Maehtro, er Crihtian ma escupío en er cubilete.
-         Maehtro, yo lo primero lo he entendío, pero aluego no… ¿qué cubilete pongo?
-         Maehtro, zi traemoh loh cubileteh, ¿hay que traé también er libro?
-         Maehtro, yo er cubilete roho no lo pongo, que me disen zurnormá.

Me he acordado de los cubiletes este jueves pasado en el que las “niñas” del colegio fuimos a hacer un Tour por la exposición de las esculturas de Moore en Santa Cruz: el Tur-mur, para los amigos. Pusimos al frente a impartir sabiduría a Conchi, la especialista en Historia del Arte -que nos hizo hasta un tríptico precioso-, y a Chari, que hizo Bellas Artes y que nos informaba de las técnicas para hacer esas enormes esculturas sin que te dé una ciática cuando vayas a trasladarlas del saloncito al recibidor. Transcribo parte del Tur-mur:

Conchi: … “El Guerrero de Goslar”, nuestro Moore, está inspirado en las figuras del frontón del templo de Egina, guerreros tumbados con su escudo…
A: … es una perla que me regaló mi hija y nunca me la pongo, pero hoy…
P: .. y las visitas culturales debían ser después de las 2…
CD: Me tengo que poner auriculares, estoy sorda perdida…
Pasa Doña Gaudencia, su marido y su hija, vecinos de E. Se va E. a saludarlos.
Va D. a saludar a sus cuñadas que están de aperitivo en el Kiosco Numancia.
Nos encontramos todas con Delia, otra “niña” del colegio, perdida de vista hace tiempo. Parada, alborozo y fotos con ella.
Conchi: En esta escultura, “Óvalo con dos puntas”, el bronce se muestra muy pulido…
AM: Yo, las lentejas las hago con su choricito, su jamón…
CM: … y ahora tengo la garganta fatal.
A: Se me endurmió un pie. Oye, ¿existirá “endormirse”?
I: Mi nietita, preciosa, ya dice “agjooo, guguag, bababa”… ¡Es más lista!
Pasa Rosi, otra jubilada que viene de gimnasia y que dice que le pareció ver una bandada de gaviotas calle abajo (“Ah, no, que eran ustedes”)
Conchi: La escultura se llama “Filo de cuchillo” pero está inspirada en “La Victoria de Samotracia”. Transmite ingravidez… (Esto lo dice a grito pelado porque hay un grupo de alumnos de Instituto al lado cuya profe está diciendo, también a grito pelado, algo parecido mientras ellos están tecleando en el móvil o comentando cosas, hay que ver).
D: En Carnavales no se puede dormir aquí. Desde mi casa oigo todas las actuaciones de “las Hermanas Yonatan, nobleza del Toscal”
Conchi: Moore prefiere las figuras reclinadas por la libertad de composición. Esta recuerda las figuras toltecas…
E: Parece una postura de pilates.
A: …y en “La Posada”, unas gambitas de Huelva que te puedes morir.
Ch: … eso depende de los megas.
L: Yo el teléfono lo tengo para un apuro y punto.
Pasa una manifestación - ¡¡¡Piiiii, chunda, chunda!!!- por la Plaza de Candelaria.
Conchi: La “Pieza de bloqueo” es una maravilla, cada lado es una estatua distinta… el juego con los volúmenes y los huecos…
U: Una empresa pública no tiene por qué gastar más que una privada si tiene un buen gestor.
C: ¿No llevas gafas de cerca? ¡Qué suerte!
P: Yo me apunté a Cerámica. Ya tengo la jarra de vino decorada pa San Andrés.
Ch: Hijo de gato no caza ratones.
L: La próxima en mi casa en enero ¿Vale?

El verdadero problema de la enseñanza –aparte de los nefastos ministros que hemos tenido, salvo honrosas excepciones, y de la falta de acuerdo entre partidos- es lo dispersas que somos las personas.
Eso sí, a a pesar de todo, la experiencia es un grado. Si ahora nos preguntaran sobre la Exposición de Moore, todas las “niñas” del colegio, sin excepción, sacaríamos el cubilete verde.

(En la foto -hecha por un amable señor que pasaba por allí-, las "niñas del colegio", ante el Guerrero de Goslar, única escultura de Moore que es patrimonio de los santacruceros desde 1978)

lunes, 4 de noviembre de 2013

Tinieblas




Otoño llega con su acompañamiento de hojas arrastradas por la lluvia, de noches tempranas y de fiestas oscuras. Halloween, Todos los Santos y finados se rodean de misterio y llamadas a las puertas del Otro Mundo, haciéndome remontar a noches en las que se apagaban las luces de la casa, y se encendían, flotando en cuencos llenos de aceite, lamparillas (“palomitas” las llamábamos, o acaso “mariposas”) por cada miembro que hubiera muerto de la familia.

Recuerdo que en esa noche de tinieblas, con la sola luz de las velas, mientras los adultos rezaban y recordaban a la bisabuela María, a Mamá Pepa o a Papá Gabriel, los niños nunca sentimos miedo en esa oscuridad acogedora y especial. Incluso, después, la recreábamos jugando a “tinieblas” en el cuarto oscuro (así lo llamábamos, El Cuarto Oscuro) que estaba al final del pasillo. Era, en realidad, un trastero y, entre cajas, armarios y baúles, nos escondíamos esperando a que entrara el que se quedaba fuera, que tenía que clamar con voz lúgubre y cavernosa: “¡¡¡Tinieeeeeblaaaaassss!!!” y alargar las manos a ver a quién cogía. Todos dábamos chillidos, nos moríamos de miedo y lo pasábamos pipa: un halloween de los de antes, muy sui generis.

Le pregunto a mi marido si él también jugaba a eso de chico, y me dice: “Yo no jugaba a tinieblas, yo vivía en tinieblas” ¡Vivir sin luz! Muchos pueblos de las islas, cuando yo era pequeña, vivían, apropiadamente, a dos velas (o a más, si tenían). Se levantaban y se acostaban con la luz del día. Eran tiempos de chimeneas, braseros y luz del hogar, alrededor de los que se sentaban familias y amigos a alegar, a contar los sucedidos del día o a rezar. Eran tiempos de hablar de historias de la oscuridad que producían escalofríos, como la que me contó mi amiga Luci que le pasó a su padre de pequeño, cuando murió un niño amigo suyo. Una vez que pasó de noche, solo, con la única luz de las estrellas, por el camino donde vivió su amigo, lo vio, mirándolo, a la altura de su casa, en medio de la negrura total, envuelto él solo en medio de una luz potente. Nunca más quiso pasar por allí después del atardecer.

De vez en cuando, la semana pasada sin ir más lejos,  en mi casa se va la luz. Tenemos ya palmatorias y velas preparadas para la contingencia y nos lo solemos tomar con calma. Hablamos, cocinamos (tengo todavía cocina de gas) y cenamos a la luz de las velas y hasta hacemos chistes con el romanticismo de la situación. Pero suspiramos con alivio cuando se hace la luz y nos damos cuenta de cuánto dependemos de la electricidad. Como aquel que decía que se le había ido la luz y, al no tener ni tele, ni ordenador, tuvo que ponerse a hablar con la familia y concluía con “Oye, parece buena gente…”.

Vivir en tinieblas, alumbrados por el fuego del hogar, podrá favorecer las relaciones humanas y ser muy romántico, natural y apacible, pero no hay vuelta atrás. Mi abuelo tenía hace casi un siglo una carpintería en Los Sauces y consiguió traer e instalar la luz para su negocio pero también para todo el pueblo. Cuando este verano fui a La Palma, encontré a gente mayor que todavía lo recordaba como “el hombre que trajo la luz”. Mi abuelo fue un hombre curioso y creativo, que hizo muchas cosas, pero me gusta recordarlo así, como el hombre que consiguió iluminar, igual que hizo con nosotros, un rinconcito del mundo poniéndolo en el camino de la luz y desterrando para siempre las tinieblas.




(La foto inicial la hice el lunes pasado, cuando se fue la luz. Atardecer desde mi ventana. La imagen final es el cuadro que veo cada mañana en mi dormitorio cuando me despierto. Obra de Charo Borges, habla del antes y el después frente a las tinieblas)

martes, 29 de octubre de 2013

La vida normal





Mis consuegros, cuando ya eran abuelos, se liaron la manta a la cabeza, vendieron su piso del centro de Santa Cruz y se fueron a vivir a una finca en las montañas de Anaga. Este domingo los cazadores de la zona nos han invitado, a ellos y a nosotros, a una parranda para celebrar el fin de la temporada de caza.

La cosa fue en un pajero perfectamente equipado para eventos de este tipo: suelo de tierra y palmas por encima por si al cielo le diera por abrirse en estos comienzos del otoño. Y, dentro, grandes mesas y fogones donde comer y cocinar un montón de viandas: carnes, garbanzas, paellas enormes de perdices y conejos, tartas descomunales… Un vinito de la tierra colándose por los gaznates y luego una guitarra, un acordeón y una sandunga –ese palo que arranca música a una lata de aceite y a unas chapas-  y muchas voces para celebrar la amistad y la afición compartida. Y, por un lado, una chica se lanzaba a cantar con voz clara lo de:
“A los hombres los comparo
con los gatos mamelones
que teniendo carne en casa
salen a cazar ratones”
Y más allá otro cantaba, inventándose letras para la ocasión:
“Tengo la garganta ronca
y ya sé por qué será:
perdices que no cazamos
me dan ganas de llorar”.
No conocía a nadie de las casi 30 personas que había allí pero nos invitaron, generosos, a compartir su comida y su bebida, a cantar juntos el “yo no me caso, compadre querido” y a participar en un momento especialmente grato de su vida normal.

La vida normal. Hace poco leí una entrevista a Malala Yousafzai, la niña a la que los talibanes, robándole la infancia, tirotearon por defender la educación igualitaria. Malala ha vivido una vida atroz, entre el hambre y el desprecio a los derechos humanos. Pero a ella le gustaba ver los DVD de Betty la Fea, “pensar en otro mundo donde el mayor problema era la moda, quién viste qué ropa, qué sandalias, qué color de lápiz de labios usa tal chica…”.

La vida normal. Agatha Christie se casó con un arqueólogo, Max Mallowan, que sacó a la luz la antigua ciudad de Nimrud, la capital militar de Asiria. Pero, mientras que todo el mundo se extasía cuando en unas ruinas arqueológicas aparecen coronas, copas de oro, un sepulcro real…, para Agatha el verdadero interés es la respuesta a la pregunta “ven y dime cómo vivías”, respuesta que te llega desde el fondo de la tierra excavada: “estos eran nuestros pucheros”, “con estas agujas de hueso cosíamos nuestras ropas”, “en este pequeño pote están los cosméticos”, “este era nuestro cuarto de baño”, “aquí, en esta vasija, están los pendientes de oro de la dote de mi hija”…

Cuando echamos una mirada a los periódicos -espionajes digitales entre dirigentes, países en guerra, diásporas, viceministerios de la Suprema Felicidad Social…- , parece que hablan de otro tipo de vida, no de esta en la que uno se levanta por la mañana, se desayuna, se busca la vida, ama, sufre o ríe, va a la compra, habla con los demás y celebra lo que hay que celebrar, aunque sea en un chamizo de los montes de Anaga.

La vida normal. No hay persona en el mundo que no aspire simplemente a esto. Incluso cuando, como ayer,  haya en ella cortes de luz durante todo el día y me haya impedido, como todos los lunes, hablar con ustedes de la vida normal.




(Las fotos son de los Montes de Anaga desde la finca de mis consuegros y la sandunga, instrumento típico donde los haya. No ha entrado en la Filarmónica por un fisco)


lunes, 21 de octubre de 2013

A jecho




“A jecho” es una expresión canaria que quiere decir algo así como “sin hacer distingos, a lo que te toque”.

A jecho recojo las acelgas de la huerta, que en estos días claros de principios de otoño lucen grandes y lustrosas como hojas de ñamera. Las voy arrancando y metiendo en la cesta todas juntas y añado un par de puerros por aquí y un manojo de cilantro por allá.

A jecho le decían a los forasteros cuando llegaban al baile de los pueblos. Por ejemplo, un caso real: Andrés por las fiestas se había venido de la ciudad con otros amigos y, nada más llegar al baile, miró alrededor y se quedó prendado de Luisa, la más guapa del pueblo. Sin pensárselo dos veces se fue derechito como un rehilete, atravesando la pista, a invitarla a bailar, pero en medio se encontró con el muro de tres chicos del lugar que le pusieron la mano en el pecho: “¡Eh,eh,eh!¿Dónde vas tú? ¡¡¡A jecho!!!” Es decir, nada de elegir la mejor para ti que vienes de fuera, hombre, por Dios, hasta ahí podíamos llegar, saca a bailar a la que te toque cerca y santas pascuas.


A jecho llegamos a la vida, aceptando todo lo que nos ha tocado: la familia en la que nacemos, el país, el tiempo en que vivimos, nuestra condición de hombre o mujer.

Y a jecho también nos cargamos de obligaciones y trabajos, dando cuenta de todo lo que nos toca hacer o de lo que nos propongan o nos impongan o de lo que va saliendo.

Pero, mira por donde, yo a las acelgas, luego en la cocina, las voy eligiendo y lavando. Y las sanas, con los puerros, van a un puré, que a mis nietos les encanta, servido en tazones con cilantro menudito adornando; y las menos verdes, rotas o con agujeros van, picadas, al cuenco de las gallinas que también se pirran por ellas y no se andan con tiquismiquis.

Y Andrés no hizo mucho caso del “a jecho” de los del pueblo y, al ver que los ojos de Luisa también brillaban mirándolo, encontró la manera de acercarse a ella y se entendieron como sólo los jóvenes saben hacerlo.

Y hay quien, si no está conforme, cambia de país, de familia, de sexo y hasta de época (porque existen comunidades que viven en un tiempo prehistórico o medieval, y también existen locos o frikis que las prefieren).

Y siempre, siempre, siempre, podemos decir “no” a ese trabajo indigno y extenuante o a cargarte de obligaciones que no te están proporcionando alegrías. Como dijo Maruja Torres en un artículo: “Decidir “esto no”, “por aquí no paso” y “hasta aquí hemos llegado” sienta bien para el cutis, hidrata las partes bajas y hace que uno viva a gusto consigo mismo, lo cual implica dormir bien”.

Porque no podemos olvidar que el hombre es el único animal que puede decir “¡no!”. Es el único animal que no está obligado a actuar a jecho.

lunes, 14 de octubre de 2013

Canción de cuna




“Adiós, mundo cruel” cantaba Enrique Guzmán allá por los días de nuestra juventud. Y a pesar de la alegría con la que lo secundábamos y de la melodía pegadiza, es una verdad como un templo que éste es un mundo cruel. Vivimos protegidos en la isla amable de lo cotidiano, pero ahí fuera convivimos con los crímenes inexplicables, con las extorsiones al Grupo Delorean en México (esas 30 horas de pavor), con los niños robados en la cuna, con la violencia en países (Egipto, Siria, Somalia…) hechos para vivir en paz bajo el sol.

En estos días nos ha sacudido, además, la doble catástrofe de Lampedusa, como una ola gigantesca que de repente se levantara en la plácida playa de la existencia y nos arrojara historias, como la de esa madre siria que dio a luz en el barco asistida por su marido y seis médicos sirios, también fugitivos de su tierra, y que, tras celebrar el nacimiento como un signo de buena fortuna, muere abrazada a su hijo al irse el barco a pique. “¿¡Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla!?” clamaba al mundo la alcaldesa Giusi Nicolini. Y he llorado por todos esos niños y por esas madres desesperadas que se juegan la vida, porque un espejismo en tierra extraña es mejor que la miseria más atroz en la propia.

Y, sin embargo, en medio del llanto hay belleza y humanidad. El gesto de un guardia que pone cariñosamente una manta sobre los hombros de un hombre perdido; el que se afana en organizar grupos para llevar agua y alimentos al que no los tiene; la mujer que se manifiesta con una cruz hecha de restos de naufragios; el que lleva un cartel que reza:”Queremos acoger a los inmigrantes vivos, no muertos”; el periodista que se la juega para abrirnos los ojos a otra realidad que sin él no conoceríamos; o esta “Canción de cuna”, tan bella, que Macu Marrero, una de las mejores poetas que conozco, escribió, sintiendo el dolor y la ternura de una madre a bordo de ese barco que se hundió a media milla de la tierra prometida:

No te duermas, amor; canta conmigo,
mira como mis manos hacen risas.
No hace frío; las olas son las llamas
de un fuego embravecido que te acuna.

Te contaré los cuentos más queridos,
aquellos de países muy lejanos
donde los niños juegan con estrellas
y la luna los mece si hace sueño.

Aquellos donde el hambre no se nombra
y la guerra es un juego de cobardes,
donde las niñas crecen sin oír
el grito de los hombres en la selva.

Aquellos donde babu va a arrullarte
con historias de miel y de caricias
y bibi cantará bordando nubes
en el cabello de kidogo dada.

Allá lejos, amor, no tendrás frío,
ni miedo, soledad ni sed de agua.
Allá lejos, ¿la ves?, está la puerta
de ese mundo que evoco con mi llanto.

Se llama Lampedusa, no te duermas,
ya pronto beberás mis pechos secos,
los hombres hacen fuego, no te asustes,
es para que nos vean los hermanos,
esos que van en barcos de colores
con leche y yuca dulce para ti,
mi niño, mi tesoro, mi alegría,
no, no lloro, amor, cierra los ojos,
hace calor, descansa, maisha yangu…

Hoy he visto en la carretera una pintada que decía: "¡Que sólo los besos te cierren la boca!". Tal vez las palabras sirvan para algo.



lunes, 7 de octubre de 2013

El Palo




En La Graciosa, en la Caleta del Sebo, hay un banco llamado por todos El Palo, donde se han sentado desde siempre los viejos y no tan viejos, tocados con su sombrero graciosero, a ver pasar el mundo y a hablar sobre él.
El Palo se llama así porque, donde ahora hay un banco hecho de tablas, antes había un palo, más bien un tronco apropiado para sentarse, que tal vez llegó hasta allí arrastrado por una marea caprichosa. El sitio estratégico donde está situado –frente a la playa y al muellito por donde viene toda conexión de la isla con el exterior y al lado de la Pensión Girasol- lo hace especialmente apto para ser el centro desde donde se distribuyen por la isla los hechos, los rumores, los cotilleos, los chistes y las anécdotas.
En todos los sitios del mundo, ya sea la Plaza del Rossio en Lisboa, el antiguo ágora ateniense o el banco de piedra en La Esquina en Chío, hay –o había- un lugar similar. Incluso Goscinny y Uderzo retrataron a los viejos corsos enterándose de todo desde otro “Palo” parecido en “Astérix en Córcega”. Pero la vida moderna, las prisas, la televisión… han hecho que –excepto en lugares privilegiados como La Graciosa- estos sitios se vayan perdiendo. Pero no la capacidad que tenemos los humanos de generar rumores, transmitir cuentos y noticias y difundir cotilleos y que se ha trasladado, magnificándola, a Internet, ese “Palo” universal.
Por ejemplo, un amigo me cuenta por email un caso que le sucedió hace un tiempo a un médico de La Palma, conocido suyo. Este médico, cuando un día va a salir con prisa de la consulta, se encuentra, después de una tarde sin apenas gente, con que en la sala de espera hay sentados una mujer y un hombre. Vuelve a entrar, se pone la bata y les dice que pasen. El hombre le empieza a contar que sangra por detrás y el médico le dice que eso seguramente es una almorrana pero que lo va a comprobar. “Vaya detrás del biombo, bájese pantalones y calzoncillos y póngase de pie al lado de la camilla” El paciente obedece y el médico, mientras se coloca los guantes de látex, le indica que debe abrir las piernas lo máximo posible y recostarse sobre la camilla boca abajo. Lo explora y le dice: “Efectivamente, nada grave. Es una almorrana. No se mueva”. Va a la vitrina, elige un gel y, dirigiéndose a la mujer que estaba sentada frente a la mesa del despacho, dice: “Señora, venga y acérquese aquí”. La señora se levanta, se pone al lado del médico que le dice: “Mire para que vea cómo hay que poner la crema”. Y con la mano izquierda abre las nalgas del hombre y con la derecha le unta y le empuja la almorrana dentro. La mujer mira todo con ojos desorbitados. El médico le dice: “Esto mismo tiene que hacérselo al señor una vez al día, a ser posible después de evacuar”. La mujer, anonadada, se lleva la mano al pecho y dice: “¿Quién? ¿Yooooo? ¡Pero si a este señor no lo conozco de nada!”.
El cuento tiene gracia y está bien para contarlo con ese empezar de “¿te has enterado de lo que le pasó a Fulanito?”. Lo curioso es que me ha llegado, con ligeras variantes, por lugares diferentes y siempre a través de Internet. En un caso le había pasado a un médico en Lanzarote, en otro en Gran Canaria, y otra versión me la contó otro médico de aquí diciéndome que le había pasado a él personalmente.
Las ocurrencias, los chistes, los rumores son como un virus. Se propagan y hacen difícil a veces localizar cómo empieza todo y por qué cambia. Es como el juego aquel que hacíamos de chicos. Decíamos muy deprisa y al oído, por ejemplo, “cucuruchos de frambuesa” al primero de una fila, éste se lo decía al siguiente y, cuando llegaba el dicho al último, lo había reconvertido en “sustitutos de mayonesa”.
Pero, desde que los hombres se sentaron por primera vez a la caída de la tarde a descasar en “Palos” prehistóricos, es prerrogativa humana la de ponerse a hablar de lo que les pasa a los demás. Y la de reírnos a carcajadas si lo que les pasa a los demás es casi un chiste. Puedo imaginar a muchos de esos hombres, levantándose del Palo y regresar a sus casas a cenar, pensando que, a pesar de todo, la vida puede llegar a ser muy, muy divertida.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Las bicicletas no son para el verano



Sí, sí, ya sé que las bicicletas son ya la imagen del siglo XXI, que nos sumergen en los territorios inexplorados de las ciudades que no recorreríamos con los pestilentes coches. Ya sé que desde hace 150 años (Ernest y Pierre Michaux hicieron las primeras en 1860) es el medio de transporte más ecológico, sano y sostenible.
Ya sé, no hace falta que me lo repitan, que hay ciudades, como Amberes, Copenhague o Ámsterdam, en las que una se maravilla de ver tanta bici aparcada y pululando, o en las que te encuentras hasta con ganas de ser aquel ciclista que, con ritmo pausado, cruza la ciudad llevando detrás un ramo de tulipanes.
Ya sé también que hasta los escritores festejan y colman de poesía a la bicicleta a la que definen como “un vehículo movido por el deseo cuyo motor son los sueños” (Eloy Tizón). En la “Misericordia” de Galdós uno de sus personajes alquila una bicicleta –un sobresalto ágil de vida moderna en medio del atraso y la pobretería, dice Muñoz Molina- para ir de Madrid a El Pardo. Proust habla de “las muchachas en flor” montadas, gráciles y sin perifollos, en bicicletas. Fernando Fernán Gómez le hace decir a un padre, en medio de la guerra, que “las bicicletas son para el verano”. Y nuestro Nijota la muestra en su “Amor en bicicleta” como símbolo de estatus social.
Pero yo, qué quieren que les diga, soy un desastre en bicicleta. Me siento más bien, ya que hablamos de autores, como Henry James que intentó aprender a montarla y perdió el control atropellando a una niña que, casualidades de la vida, de mayor sería Agatha Christie. O como Luis Mateo Díez que a su ineptitud añadía el miedo y la osadía del descontrolado y que se llevó por delante, cuando cogió por primera vez la bici, al abuelo Perto, a su hija Pura, a un caldero de puchero y al perro de Tomás, antes de acabar estrellado contra un chopo. Casi, casi como yo.
Y mira que me gustaba, de chica, mi triciclo rojo… Pero estaría feo ahora ver a una señora de 65 años en triciclo, por más que yo hablara de las delicias de sentir el pelo y la tela del vestido agitados por la brisa de la velocidad. Y no crean que no lo he intentado. En Preu algunas veces nos subíamos toda la pandilla a La Laguna, alquilábamos bicicletas en Morales, nos íbamos al Camino Largo y allí uno de mis amigos, que sentía debilidad por mí (si no, no me explico su paciencia) intentaba enseñarme mientras yo oía “¡¡¡No!!! ¡¡¡Noooo!!! ¡¡¡Así no!!! ¡¡¡Frena!!! ¡¡¡Endereza!!!... ¡¡¡Plooofff!!!”.
Tengo amigos que suben, aguerridos, a Las Cañadas un domingo sí y otro también ¡Hasta hablan y cantan cuando van en bici! Vi el otro día una foto de Humphrey Bogart pedaleando con la mano en el bolsillo y mirando al tendido como pensando en sus cosas ¿Cómo puede parecer tan sencillo y relajado? Yo me aferro con las dos manos al manillar, se me trabucan los pies en los pedales y, aunque mire al frente, la bicicleta va por otro lado. Ni siquiera pienso en eso que dicen de que la vertical favorece el perfil ¿Vertical? ¡Yo tiendo más a la horizontal!
Por eso me dio pena y ternura a la vez cuando este verano le regalaron a mi nieta por su 10º cumpleaños una bicicleta ya de niña mayor, sin las rueditas de detrás. En su mirada de aprensión, en su gesto de temor, en lo patoso de su primer recorrido, me vi a mí misma y pensé: “¡Vaya por Dios! ¡Mira lo que iba a heredar de mí!”.
¡Ya podía haber heredado una finca, la verdad!

lunes, 23 de septiembre de 2013

Esto es amor




Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso.

No sé si la culpa es de este septiembre luminoso con atardeceres de ensueño y parejitas viendo la puesta de sol con embeleso. O de este verano en el que en muchos libros de los que leí, así fueran de novela negra, se colaba una historia de amor. El caso es que, como si hubiera una predisposición natural a ello, me he encontrado escuchando, en esas charlas distendidas de los días largos, dos historias de encuentros y desencuentros amorosos con la misma atención y pasión con la que algunas de mis amigas oyen los culebrones de sobremesa.
Una es una historia tipo García Márquez. En un pueblo pequeño chico y chica se enamoran perdidamente. Pero ¡ay! ella es rica y él, pobre como una rata. El padre no permite que su hija se rebaje y la obliga a casarse con uno de su misma clase. Cuando se entera del compromiso, el enamorado, rabioso, protesta y ruega, pero ella no se atreve a desafiar la voluntad paterna. Al final, la va a rondar y le canta unos versos que no se han olvidado:
“Yo te quería sutil,
linda cual una violeta,
pero eres una coqueta,
mentirosa, falsa y ruin”.
¡Toma ya! Pero a pesar de todo, de la pena, el rencor y la tristeza, de que cada uno se casa con otra persona, de los hijos y nietos, del paso de los años y del día a día rutinario, todo el pueblo sabe (porque en los pueblos se sabe todo) que ella sigue enamorada de él y que él sigue enamorado de ella. No se hablan –apenas un saludo al pasar que es casi una caricia- pero en sus miradas hay todo un mundo de amor y pérdida. Ella enviuda, ya mayor, pero él sigue casado y muere poco después.

No hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso.”

La otra historia es tipo León Tolstoi. En una ciudad grande chico y chica se enamoran perdidamente y esta vez se casan. Pero hay una guerra y él tiene que marchar. Llanto, desconsuelo, indefensión. Al tiempo se le da por desaparecido y, con los años, por muerto. Ella se casa con otro y se va a vivir a una isla lejana, buscando una nueva vida que le haga olvidar. Pero una vez, cuando vuelve a su ciudad a visitar a la familia, se entera de que él ha regresado después de haber estado prisionero muchos años. Pero ¡ay! vuelve enfermo. Ella se va a vivir con él y lo cuida hasta el final. Luego regresa a la isla y se separa del marido.

Huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño…”

Me las contaron distintas personas. Son historias de distintas épocas, lugares y actitudes. Pero tienen en común que son reales. No son novelas en las que él y ella acaban en un barco por un río caribeño amándose toda la vida. Aquí no hay final feliz ni música de violines ni el “para siempre”. Las historias reales tarde o temprano terminan mal porque siempre hay un final en el que se llora.
Pero también son historias de amor del bueno, de las que hay que “creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor; quien lo probó lo sabe”
(Lope de Vega)

lunes, 16 de septiembre de 2013

Historias de Los Sauces: la historia de la Miss




El Charco Azul, en Los Sauces, es de los que crean adicciones inquebrantables. Podrán hacerles playas al lado, en Puerto Espíndola, podrán montar piscinas naturales y más grandes en La Fajana, pero los que se han criado bañándose en sus aguas, claras y frías, entre espumas de olas retumbantes, le permanecerán fieles por siempre jamás. Y es que este rincón, a ratos apacible, a ratos sacudido por ese mar del norte que te limpia hasta el aliento, tiene una cualidad especial: es pequeño, hecho al tamaño de un pueblo y sus habitantes.
Por eso, todos los sauceros, los oriundos y los de fuera tenemos un montón de historias compartidas al amparo de mañanas y tardes de juegos y risas.
Recuerdo a mi prima Mª Elena, que ya murió, bajando por las escaleras y cantando a grito pelado “O sole mío”, llevada por el entusiasmo de saberse joven y de vivir un momento impagable. Recuerdo tardes de coger lapas y burgados por el Varadero para comerlas, a veces crudas, a veces asadas con mojo verde. Recuerdo la vez que mi primo Pepe y los amigos recogieron billetes del agua como si hubieran caído del cielo… Pero, sobre todo, recuerdo la historia de la Miss.
Eran los años 60. En el pueblo teníamos, veraneando, una Miss España guapísima. Si hay expectación y chismorreo cuando íbamos pelagatos como nosotros, imaginen cuando aparece ¡una Miss! Se analizaban sus espectaculares trajes, su peinado, sus compañías, sus gestos… En la Plaza, en las ventas, en el Casino, hasta en la Iglesia, no se hablaba de otra cosa.
Y en esas, una mañana que estábamos todos en el Charco a nuestras cosas, se presenta la Miss con un look playero de esos que sólo salían en las revistas, no como el nuestro que era más bien de toalla y cholas. Ella, no; ella iba con su cacho pamela, con su pareo multicolor, con sus tacones y con su bañador último modelo (bikini, no, que no eran los tiempos todavía). El tipazo era de los que quitaban el hipo.
Se apagaron los gritos, las conversaciones, las bromas y los chapoteos. Disimulábamos pero todos estábamos pendientes de ella, que lo sabía perfectamente. Entonces se tiró al agua. Y, en el instante en que lo hacía, lanzó un gritito estridente y ridículo, un “¡¡¡Iiiiiiiiiii!!!”, que sonó como una nota falsa. Nadie dijo nada y ella siguió, guapa y maravillosa, tirándose a cada poco con sus “¡¡¡Iiiiiiiiii!!!” ratoniles y desajustados. Al rato, salió, se envolvió en el pareo, sacudió su dorada melena, los que la acompañaban recogieron, serviles, las toallas y cestos de la diosa y ella desapareció.
En ese momento, sin ponerse de acuerdo, como obedeciendo a una señal invisible, todos los chicos que estaban en el Charco se tiraron a la vez al agua y lanzaron un “¡¡¡Iiiiiiiiii!!!”, que esta vez sonó a coña marinera.
Han pasado 50 años de eso y todavía me río al recordarlo.
Los chicos de Los Sauces eran (y espero que sigan siéndolo) así de divertidos, así de ingeniosos, así de burleteros.