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lunes, 20 de julio de 2026

La herencia


Este verano -que me ha cogido el toro y que si una cosa, que si la otra- no he ido a bañarme en el mar hasta el 15 de julio, la semana pasada, cosa totalmente inusual en mí. Pero no importa porque sé que, una vez cogida la carrerilla, puede que hasta diciembre estemos remojándonos en estas benditas aguas del norte de la isla. Y además, el primer bañito mereció la pena. Imagínenselo: 25º de temperatura, el agua a 23º, un cielo azul con alguna nube dispersa, la brisa fresquita en la cara, el mar de las piscinas naturales de Bajamar oliendo a algas marinas, y nosotros, tumbados en hamacas, respirando paz y calma y diciendo la obviedad clásica y típica de "¡pero qué bien se está aquí!". Con razón mi amigo Quique, que reposaba su humanidad en una hamaca cercana, nos contó que su padre siempre les decía, a él y a sus hermanos, que les dejaba en herencia dos cosas: una carrera universitaria y vivir en Tenerife.

Don Enrique, el padre de Quique, era un hombre sabio y no puedo estar más de acuerdo con él. Es lo que todo padre desea para sus hijos. Una carrera, sí, pero quien dice carrera puede decir también un oficio, un modo de vivir que permita tener una vida y una jubilación digna. Y ¡qué mejor sitio para vivir  que en Tenerife! Yo después de 4 años en Madrid, ni me lo pensé. Y mi hija, igual. ¿Se acuerdan de aquella publicidad de Cerveza Dorada, llena de canarismos, que se veía en carteles y camisetas? Decía así: "Me alongo por la ventana y veo el mar, el sol, los pibes en la plaza, el calufo...De repente se me pasa el jareo porque lo que de verdad me apetece es ir a la playa, al monte o a un guachinche donde jartarme a lapas con mojo. Lo tengo claro, ahora mismito me voy pa la calle, chicharrero o canarión sabemos que una garimbita fresquita es lo mejor! Sea en el chiringuito, en la chuletada en la azotea del chozo, una doradita con la peñita es nuestro mejor plan. Y ahora es cuando siempre me viene esa frase al tormo... ¡Qué suerte vivir aquí!"

Yo también les he dejado a mis hijos esa herencia. Junto, claro, con unos principios morales de sentido común: ser buena persona, no hacer daño a nadie, saber que puedes dormir sin remordimiento... Ser decente. Si eres así, tienes tu medio de vida y vives aquí ya tienes medio camino ganado a la felicidad. Donde esté eso que se quiten otras herencias materiales que solo dan quebraderos de cabeza.

Y espero que ellos, mis descendientes, estén tan contentos con la herencia como estaba la semana pasada mi amigo Quique, tumbado en la hamaca bajo el sol de julio, mirando las olas del mar.

lunes, 15 de junio de 2026

La cuestión de los tenedores


Una amiga me manda esta guía de tenedores para ¡13! usos diversos, no sea, digo yo, que me inviten a una comida de estado y me vea en un apuro, tipo el de Pretty Woman, sin saber qué tenedor usar. El saber no ocupa lugar, me dice.

Pero a mí sí que me parece que el saber sí ocupa lugar, habida cuenta de todas las veces que no puedo dormir con la cabeza llena de majaderías. Recuerdo oírle a Simone de Beauvoir que lo que más rabia le daba de morirse era pensar en que todo lo que ella tenía en la cabeza, que era mucho, se esfumaría. Y yo también a veces me lo planteo. Sin tener la gran sabiduría de Doña Simone, sino una de andar por casa, ¿a dónde irá a parar todo lo que hemos aprendido en la vida, el mínimo común múltiplo, la lista de los reyes godos, la España húmeda y la España seca, el bárbara-celarent-darii-ferio, las conjugaciones latinas, las canciones francesas, los disparates que decían algunos filósofos medievales...? Aunque sea poca la sabiduría guardada en el cerebro, es demasiada y todo desaparecerá, todo se perderá como lágrimas en la lluvia (Blade Runner dixit). No quiero añadir a ese equipaje una guía de tenedores, quita, quita.

Y además, ¿total para qué? ¿Qué necesidad tenemos de tanto tenedor si no vamos a ir jamás ni a la Casa Blanca ni al Palacio de Buckingham? ¡Si yo el queso lo cojo con las manos, mis tenedores naturales...! Y no es por nada, pero una gran parte de la humanidad come con los dedos. Según la cultura hindú, es bueno para la salud porque se dice que en cada dedo se concentran los cinco elementos: el espacio, el aire, el fuego, el agua y la tierra y eso crea una conexión con los alimentos y con las divinidades. Pero sin tanta filosofía, seguro que en el fondo lo hacen porque se ahorran fregar con agua del pozo miles de cubiertos al día. Si lo sabremos bien las mujeres, que hemos sido las grandes freganchinas de la historia...

En el fondo de todo eso está el que a los humanos nos gusta complicarnos la vida. Pero cuanto más viejos nos hacemos, más caemos en la cuenta de que son las cosas más sencillas y naturales las que importan.

Que los agapantos se estén abriendo todos  a la vez salpicando el césped con la maravilla de su azul estrellado. Que una amiga te coja la mano cuando le cuentes tus penas. Regar los rosales. La niebla que baja del valle y ahoga sonidos. Reír ante un chiste bobo. Una tarde de cine. Un beso. El vermut del mediodía con su rodajita de limón sutil de la huerta. La llamada de mi hija cada tarde para ponernos al día. La primera mariposa monarca de la primavera. Saber que te quieren. Un bombón de licor a media tarde. Ver al palomero feliz con sus palomas...

Al final, no son las cenas de 13 tenedores ni la sabiduría de saber usarlos las que construyen la vida, sino las cosas minúsculas del día a día. Ellas son, siempre, las que ocupan lugar.

lunes, 2 de marzo de 2026

Mujeres con tanchel


Hay personas que, cuando se jubilan, hacen borrón y cuenta nueva y no quieren saber más de su trabajo ni de sus compañeros de curro y no los ven ni aunque les ofrecieran las joyas de la corona. Y hay otros, como yo por ejemplo, para los que es un evento muy agradable reunirse a hablar, a reír y a disfrutar con aquellos que fueron nuestros colegas durante bastantes años de nuestra vida.

Las profes de mi instituto, el Canarias Cabrera Pinto de la Laguna, el primer instituto que hubo en Canarias, ya nos reuníamos antes de jubilarnos y lo hemos seguido haciendo después dos veces al año. La semana pasada tocó, como en años anteriores, encontrarnos en el Casino en torno a un buen puchero, que pegaba porque el día estaba lagunero. Y fue como en los recreos de entonces, cuando salíamos desaladas de las clases a ese descanso de media mañana en el  que recargábamos pilas, un rato estupendo en el que no hablamos de trabajos, sino de todo lo demás: la familia, los viajes, una receta de cocina por allí, el comentario de un libro por allá... La vida. El Casino, además, nuestro sancta sanctorum, se presta para ello, tan luminoso y tranquilo. Además, nos reímos porque (como se ve en la imagen inicial, si la amplían) teníamos al obispo comiendo al lado y todas felicitamos a las organizadoras por haber tenido el detalle de tener cerca a quien pudiera bendecir la mesa (si tal cosa hubiera hecho falta).

Javier Marías hace unos años publicó un artículo en el que hablaba de las mujeres como el elemento civilizatorio, las que han hecho la vida más amable. Contaba que iba por la calle y a la salida de una chocolatería oyó a tres señoras de mediana edad (como nosotras, ejem), que se reían con ganas y una de ellas dijo: "¡Qué bien estamos las mujeres!"; otra contestó rápida: "Ay, y que lo digas". Y la tercera apostilló: " Y nos lo pasamos genial". A Marías le encantó verlas y pensó que sería difícil escuchar esos comentarios en boca de un hombre y alabó la suerte, la enorme suerte de disfrutar con las amigas.

Lo recordé cuando nosotras salíamos de la comida. Habíamos hablado de los achaques, claro, pero íbamos tan contentas comentando lo bien que lo habíamos pasado como aquellas tres mujeres que él escuchó. Y también una de las nuestras dijo: "Pero estamos estupendas". Entonces yo comenté: "Y como decía mi abuela, tenemos tanchel". Nadie conocía esa palabra y con razón, porque yo no se la he oído a nadie sino a ella, a mi abuela Mamá Lola que murió hace ya 53 años. Les expliqué que tanchel  significaba seso, cabeza, y que ella lo empleaba muchas veces en sentido negativo: "Esa chica no tiene tanchel", como diciendo que no piensa, que tiene menos seso que un mosquito.

Como mis amigas y yo fuimos todas profesoras (y con tanchel), al día siguiente en el chat común, ya habíamos hecho los deberes. Una encontró la palabra en el Léxico de El Paso como "lo que tiene la persona que obra con fundamento, seriedad o consistencia". Otra lo encontró en el Diccionario de canarismos como "cada una de las tablas que forman el témpano del tonel". Otra encontró Tanchel como apellido. Yo lo hallé en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias como indigenismo hispánico reseñado por Don Juan Régulo en La Palma (de donde era mi abuela) como juicio o seso... Al final, nos gustó tanto la palabra que cambiamos el nombre de nuestro chat Cosas de mujeres, que era más sosito, por Mujeres Tanchel. 

El cambio me encantó por un montón de razones. Particularmente, porque la palabra me trajo también la voz de mi abuela Lola con su fino sentido del humor. Pero también porque el nombre del chat se vuelve más original (seguro que no hay otro igual) y porque es al mismo tiempo una forma de resucitar y volver a dar vida a una palabra antigua que merece vivir. Tanchel es una palabra redonda, con personalidad, una de esas palabras expectantes de las que hablaba en un poema Ida Vitale: airosa, aérea, aireada, ariadna.

Y también les gustó a todas. Una de las compañeras hasta hizo un cuento, muy inspirado, que tituló El rescate de Tanchel, e incluso un poema que dice así: " Ni modelos de revista, / ni cuerpos de mujer diez, / aquí lo que hay es ingenio, / alegría y sensatez. / ¡Un brindis por este grupo / de mujeres con tanchel!".

Al final, quien puso la guinda fue Antoñita, una de las organizadoras: "¡¿Qué le pondrán a los pucheros en el casino que aviva la creatividad de las mujeres del grupo?!".




lunes, 8 de diciembre de 2025

Tiempo de regalos



Hay dos maneras de recibir un regalo, ya saben. Una es la de mis nietos que, ante la promesa que encierra el paquete cerrado, se lanzan a abrirlo con furia, rompiendo los papeles y tirando alegremente al suelo lazos y adornos varios. Lo que importa es el objeto regalado que suele recibirse con más o menos asombro, risas e ilusión. Siempre recuerdo a mi nieto más pequeño que a los 6 o 7 años, al ver un regalo inesperado, exclamó: "¡Madre del amor hermoso!".

La otra manera es la sosegada, la mía, por ejemplo, que saboreo el momento de abrir el paquete, fantaseo con qué será y, despacio, voy apartando con mimo las florituras y doblando el papel de regalo (¿cómo arrugarlo con lo bonito que es?) y valoro, no tanto el objeto sino el ritual del descubrimiento. Bueno, y a veces, también digo: "¡Madre del amor hermoso!".

Diciembre es tiempo de regalos. Irene Vallejo cuenta que el rito de regalar nace del pensamiento mágico, como una manera de invocar la abundancia, y cuenta: "Los romanos veneraban el primer día del año a Strenia, la diosa latina de la salud. Así nació la costumbre de ofrecer presentes a los seres queridos, como un rito que vinculaba el "estreno" de los regalos con el deseo de un dulce porvenir". Ese día al emperador se le regalaban ramos de laurel y pasteles y a los amigos y parientes, monedas de latón que servían para desearles prosperidad. Y es que lo de regalar viene de antiguo y, aunque probablemente se empezó a hacer regalos por el interés (como hacían los fenicios con aquellos con quienes querían comerciar), seguro que pronto se pasó la costumbre al ámbito familiar ¡Buenos somos los humanos para una sorpresa!

Mi familia es muy regalona. Hace más de 40 años que hacemos un calendario de adviento (en la imagen inicial), muy sui generis, eso sí, porque ahí puede caer de regalo, aparte de los adornos nuevos de navidad para colgar en el árbol y la agenda de 2026 sin la cual no puedo vivir, un bolígrafo, un paquete de chicles, un turrón, un abanico que encontré sin estrenar en un bolso, unos zarcillos con dos árboles de navidad... Cuidado con perder algo o no estrenarlo porque puede aparecer por arte de magia en el calendario de adviento.

Además, también alrededor del 1 de diciembre, mi hermana y yo, con nuestras familias, organizamos una bienvenida a la Navidad en la que probamos el turrón y nos regalamos un detalle navideño, Por ejemplo, este año les regalé a los mayores una lata de navidad con rosquetitos y a los pequeños un nacimiento de figuras de madera con imán para poner en la nevera. Yo recibí flores de Pascua, un farolito, galletas de jengibre, un cuadrito...Otra cosa no, pero a noveleras no hay quién nos gane.

Yo sé que hay mucha gente a la que eso de regalar se le hace cuesta arriba y hablan mucho del materialismo de la vida moderna. Pero fíjate tú que a nosotros no nos pasa. También porque somos muy agradecidos y valoramos, aparte del objeto, el gesto, el detalle, el saber que pensaron en ti cuando lo compraron o lo hicieron. Conmigo lo tienen fácil porque aciertan siempre con libros (aunque tampoco le diría que no a un buen jamón), pero a edades como la mía, cuando a una lo que le sale es irse desprendiendo de cosas, me encantan los regalos inmateriales, que solo ocupan lugar en el corazón: una invitación a un buen restaurante, un viaje con la gente que quiero, una buena experiencia en la  que se aprenden cosas, la visita de mis hijos y nietos... Agradezco sobre todo que me regalen tiempo.

Y hay veces en que me siento regalada por el hecho de estar viva. Esta semana, al abrir la ventana por la noche pude ver en el cielo la superluna de diciembre, la luna fría que la llaman, una luna grande y brillante iluminando el mundo y anunciando las noches más largas y gélidas del año, esas en que lo que nos apetece es estar al lado de un fuego con la gente cercana hablando de historias. A veces la vida también te regala un instante único y te ofrece la luna como regalo.


lunes, 10 de noviembre de 2025

Nos van a chiflar



Una tiene que reconocer que ya no es la que era, que a veces confundo fechas y caras, me olvido de nombres y me veo con la nevera abierta buscando un destornillador. Pero es que ahora, al lógico deterioro de las facultades físicas y mentales, se suma el hecho de que la naturaleza y la sociedad cooperan para que todo vaya a peor y nos armemos un lío.

Lo que una jubilada desea, porque a estas alturas somos hijas de la costumbre, es un universo ordenadito, un entorno donde sepamos a qué atenernos, donde todo esté en su sitio. ¡Qué menos, después de años de corre corre! Y resulta que de eso nada. Mi marido decía a veces este chascarrillo: "Ahora que aprendí a decir pelíucula me lo cambian a flim". Y eso, que parece un chiste, es exactamente lo que pasa ahora: cuando parece que dominamos nuestra vida , van y nos la cambian a flim.

Miren, si no, el tema de la hora. Cuando ya estamos acostumbrados a esas tardes largas en las que el sol se pone cerca de las 9 de la noche, van y nos las cambian, sin pedirnos permiso ni nada, a una hora más temprana. Y si antes la cena se preparaba a una hora prudente, las 8 y pico, ahora me ven pelando papas para una tortilla a las 6 de la tarde. Eso no es fundamento ni es nada, ni que fuéramos extranjeros. Oh, a veces veo a mi marido ahora, que se escabulle a la cocina a las 11 de la noche, con hambre otra vez, a hacerse un bocata de chorizo...

¿Y qué me dicen del clima? De repente, hace muy poco, nos anuncian que un chorro polar llega en cuestión de horas a Canarias y yo empiezo a sacar pellizas, abrigos, bufandas, botas, edredones... Y cuando estoy así de pertrechada, ahora que vengan fríos, me veo sudando la gota gorda con 25º. A cualquier cosa llaman chorro polar. Alguien debe estar carcajeándose por ahí.

Hasta a los supermercados llega el desajuste. Cuando ya me aprendí el Mercadona y hacía la compra en un plisplás, el otro día voy a buscar mis tisanas de té verde y de tila y no están al lado de las galletas como siempre. Le pregunto a uno de los que reponen y me dice que las vaya a buscar enfrente del papel higiénico, a 1 km. de allí (en el Mercadona a veces llego a los 8000 pasos). Le digo al mozo: "¿Lo hacen adrede, verdad?", y él me contesta: "¡Ay, señora, si yo le contara!". Ese día todo estaba rebujado e intercambiado, y convivían en fraternal compañía turrones, huevos de Pascua y esqueletos de Halloween.

Porque esa es otra. Les juro que desde principios de octubre ya están colgadas por mi pueblo las luces de Navidad (apagadas todavía, eso sí); que en el Chino ya hay árboles plateados en los escaparates; que tengo amigos que ya se han comido 4 o 5 turrones... Hasta yo me oí a mí misma el 30 de octubre, mientras picaba ajos distraída en la cocina, cantando: "¡Ya vienen los panderos y las tamboras porque viene llegando la Navidaaaad...!". ¡El 30 de octubre! ¡Dos meses antes! Y cada vez más se mezclan navidades con carnavales, semana santa y romerías. Al final, nos va a pasar como a los hijos pequeños de unos amigos míos, que vivían en la calle San Agustín de La Laguna, por donde pasan todos los desfiles, carretas y procesiones, y que se liaban tanto que, cuando pasaban las de Semana Santa, ellos gritaban: "¡Melchor! ¡Gaspar! ¡Baltasar!".

Y sí, ya sé que hasta Heráclito decía, hace ya 27 siglos, que todo cambia y nada permanece, pero ¿tanto?. Llámenme conspiranoica, pero estoy convencida de que hay oscuras maniobras (¿el Gobierno? ¿La CIA? ¿Trump? ¿Putin? ¿Míster X?...) que, no se sabe bien por qué, quieren volvernos majaretas con tanto cambio.

Nos van a chiflar.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Soy Matusalén



Yo hay días en que me siento Matusalén. Los niños de ahora, que no han estudiado Historia Sagrada como hacíamos nosotros, no tienen ni idea de quién era este señor pero, si buscan en Google, sabrán que fue un personaje bíblico antediluviano, abuelo de Noé (por lo que supongo que también estuvo en el Arca), y que vivió 969 años, una edad nunca más registrada. Claro que nada que ver con Iago del Castillo, el personaje principal de La Saga de los Longevos de Eva Gª Sáenz de Urruti, que tiene 10300 años y que nos puede informar de la prehistoria con todo lujo de detalles. Pero bueno, al margen de estos abuelitos, repito, yo hay días en los que me siento así, muy muy muy mayor.

Y es que no es solamente que me duelan todos los huesos (mi abuela diría: "Eso es pa calor..."), o que no pueda dormir a pierna suelta como en mis años mozos, o que tenga una flojetud que me lleve a que sean las 11 de la mañana y no he vendido una escoba (mi abuela también diría: "Eso es gandulería, palanquina, qué flojetud ni flojetud..."). 

No, no es todo eso (que también), sino que a veces me doy cuenta de toda la historia que arrastro. Y es que el año en que yo nací solo habían pasado 3 años del final de la Segunda Guerra Mundial y 9 del final de la Guerra Civil española. Nadie tenía televisor, aunque en junio se había hecho una demostración en una Feria de Muestras en Barcelona (a mí me llegaría 15 años más tarde). Todavía la Reina Isabel era princesa y no la coronarían hasta 5 años después. El año en que yo nací se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, asesinaron a Mahatma Gandhi, se independizó la India del Imperio Británico, se inició la Guerra Fría entre EEUU y la Unión Soviética, se fundó la Organización Mundial de la Salud (OMS), se creó el Estado de Israel, se inventó el transistor y el LP. Todos los niños estudiábamos en los colegios Historia Sagrada y conocíamos quién era Matusalén. Y Lola Flores cantaba en la radio lo de "Qué tiene la Zarzamora, que a todas horas llora que llora por los rincooones..."

Entonces, una echa la vista atrás, a esos largos 77 años, y es consciente de que ahora, igual que entonces, hay masacres, corrupción, golpes de estado, gente cruel y guerras por doquier que terminan como el rosario de la aurora, dejando atrás solo desolación. Y una piensa que no hemos aprendido nada y una se siente Matusalén.

Pero no se preocupen, que no me he vuelto pesimista, así de repente. Son momentos pasajeros que pasan porque envejecer no es fácil (vas perdiendo amigos, padres, pelo, dientes, dioptrías, ganas, memoria...), pero tampoco es para blandengues. Sentirse Matusalén tal vez sirva para liberarnos de miradas atrás y de pamplinas y para darle importancia a lo que verdaderamente la tiene, al día a día, diseñado con mimo y con la conciencia de estar vivo. En una entrevista a Manuel Vicent, después de confesar que ahora está muy tocado, dice "Eso es porque uno está llegando al final del río y, en su desembocadura,  las aguas dejan de ser turbulentas y describen curvas suaves. Pero me gusta que en esa desembocadura haya muchos pájaros, gaviotas, patos. Y de pronto, todo ese enredo psicológico se cura con la llamada de un amigo".

Quizás solo necesitamos algo como esos detalles para que cada día se convierta en una obra de arte.

lunes, 7 de julio de 2025

Sana, sana, culito de rana



¿Ustedes se acuerdan de una serie de los años 80, Cheers, sobre un bar de Boston y de su canción inicial que decía que "a veces quieres ir donde todo el mundo sabe tu nombre"? Pues a mí me pasa eso mismo, pero no con un bar sino con la farmacia. La de mi pueblo, a la que voy creo que todas las semanas, es casi mi segunda casa. No solo las farmacéuticas saben mi nombre y yo me sé los nombres de sus hijas y hermanas, sino que conocemos hasta la vida y costumbres de todas. ¿Será ese uno de los síntomas de hacerse mayor?

¡Y pensar que hace pocos años, cuando mi ginecóloga me preguntó por los medicamentos que tomaba, yo le dije tan orgullosa que ninguno! Ahora tomo 9 pastillas al día, más dos mensuales de vitaminas, más las eventuales de paracetamol y similares. Y a los de mi generación les pasa lo mismo, no crean. Tendrían que ver cuando nos juntamos a comer en los viajes del IMSERSO y cada uno saca sus pastilleros, que van desde el minicofre hasta otros que parecen cajas de caudales. Hasta presumimos de ellos: "El mío es mejor porque separa las pastillas por colores", "Pues el mío por momentos del día: estas para la mañana, estas para la noche..." Y dentro, píldoras con todos los colores del arco iris. Una juerga, oye.

La semana pasada leí que en el anteproyecto de ley de consumo sostenible se veta el ecopostureo, eso de recomendar cosas sin más ni más con etiquetas como "respetuoso con el medio ambiente", "verde", "ecológico"... Yo estoy de acuerdo, ojo, porque a veces las empresas se pasan, pero no puedo por menos de acordarme de lo ecológico que era este tema de las medicinas en la casa de mi niñez. En lugar de tener una caja de medicinas como la que yo tengo ahora a mano en la cocina (en la imagen inicial), el patio de mi casa abundaba en macetas y jardineras llenas de plantas medicinales, que perfumaban el aire y que tanto servían para aromatizar un guiso como para curar un catarro. ¿Que la niña tosía, moqueaba y le dolía la garganta? Agüita de salvia, orégano y tomillo con una cucharada de miel y un chorrito de limón. ¿Que no podías dormir porque tenías un examen? Allí venía mi abuela, después de recoger hierbaluisa, tila y melisa, con su tisana (agüita para nosotros) salvadora y reconfortante. Las flores doradas de la manzanilla florecían todo el año y en infusión calmaban las dolencias de barriga y en paños empapados, las de los ojos. Los gajos del aloe  servían para quemaduras y la piel en general, la cola de caballo y el anís para contracciones del estómago, y para las piedras de riñón, nada como la rompepiedras. Había plantas -el pasote, el llantén, el tomillo, la hierbabuena, el poleo, la ruda...- que parecían servir para todo. Se conocían las hierbas y hasta recuerdo un dicho que decía: "Algoritofe, tofe y tomillo suben la güeleja al ombligo" (Aclaro: el algoritofe es una planta canaria con olor a anís que abunda en el monteverde y a la que se atribuyen propiedades como bajar la tensión; la güeleja se llamaba a un órgano femenino que se creía situado en el vientre; lo de subirlo al ombligo ya es para nota, ni idea).

La naturaleza es sabia. Al mismo tiempo que hay grandes males, hay grandes remedios que las selvas de la Tierra esconden. Nos corresponde descubrirlos e incorporarlos a nuestras medicinas actuales. Y no puedo menos que pensar que los patios y huertas del  mundo fueron (y son) pequeñas y humildes réplicas de esas grandes selvas y que tanto estas como aquellos son poderosos aliados para sanar las dolencias del cuerpo y del alma. 

Los remedios de mis abuelas no son el arsenal de Farmacia de Guardia que yo tengo en mi cocina, pero iban más allá del "sana, sana, culito de rana" y eran muy eficaces. Brebajes, cataplasmas, agúitas, masajes, tónicos... hacían su papel: curaban y aliviaban. Por eso, ahora también, y recordándolas,  esas plantas florecen en mi jardín.

lunes, 16 de junio de 2025

Cuando sea una mujer mayor



Me gusta un poema muy conocido de la escritora Jenny Joseph (Birmingham, 1932) escrito en 1961, que se llama "Advertencia" y dice así:

Cuando sea una mujer mayor, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni vaya a juego ni me quede bien
y gastaré mi pensión en brandy y guantes de verano
y sandalias de raso, y diré que no me llega para mantequilla.

Me sentaré en la acera cuando esté cansada
y engulliré muestras en las tiendas y apretaré los botones de alarma.
Y pasaré mi bastón por las barandillas,
y compensaré la sobriedad de mi juventud.

Saldré a la calle en zapatillas cuando llueva,
y recogeré flores de los jardines de otros.
Y aprenderé a escupir.

Puedes llevar camisetas horribles y ponerte gorda,
y comer tres libras de salchichas de golpe.
O sólo pan y pepinillos durante toda la semana.
Y almacenar bolígrafos y lápices y posavasos y cosas en cajas.

Pero ahora tenemos que tener ropa que nos mantenga secas,
y pagar la renta y no maldecir en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos tener amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez debería practicar ahora un poco?
Así la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea mayor y comience a vestir de morado.

Fue votado como el "poema de la posguerra más popular" del Reino Unido en un sondeo que hizo la BBC en 1996 y entiendo por qué. Es la perfecta reivindicación de una vejez rebelde en la que ya te importan poco las convenciones y te puedes permitir hacer lo que te dé la gana. Ese toque medio gamberro de apretar los botones de alarma, escupir, robar (recoger, qué eufemismo) flores de otros jardines puede ser el sueño de una vida en la que siempre se ha sido buenita y modosa, un himno a la alegría de vivir a cualquier edad, un canto a la libertad. Y, además, me parece un detalle muy delicado que se advierta de ello a los que nos rodean para que sepan a qué atenerse.

Así que siguiendo el ejemplo de Jenny Joseph y de otros mayores que he conocido, he estado pensando en cosas que no he hecho y que me gustaría hacer y hoy les cuento mi advertencia para cuando yo también sea una señora mayor.

Cuando sea una mujer mayor, dejaría de conducir (que no me gusta nada de nada) y me gastaría la pensión en pagar a un chófer que me lleve a cualquier sitio, como en la película "Paseando a Miss Daisy", e iría toda contenta saludando desde la ventanilla a todo el mundo, como si fuera la Reina de Inglaterra.

Cuando sea una mujer mayor, terminaría de desterrar todos los zapatos e iría a las bodas y a las ocasiones solemnes con los tenis más cómodos que tenga.

Cuando sea una mujer mayor, mezclaré sabores, como hacía mi padre que de repente untaba mayonesa en el bizcocho, "para ver a qué sabía".

Cuando sea una mujer mayor, llamaré a los niños palanquín, papafrita, tolete, canchanchán, totorota, guanajo, sorullo, machango, tollo, tortolín... para que se porten bien. No me harán caso pero aprenderán insultos de la lengua antigua.

Cuando sea una mujer mayor, dejaré el árbol de Navidad todo el año, iluminando de luz y color los rincones del salón.

Cuando sea una mujer mayor, me subiré a los cochitos locos un día de primavera...

Y ya iré pensando más cosas, porque todavía me quedan tres años para ser una mujer mayor. Tómenlo como una declaración de intenciones porque el que avisa no es traidor.

Lo que no haré es sentarme en las aceras cuando esté cansada porque vete a saber si después me podré levantar.



lunes, 5 de mayo de 2025

¿Cómo se habrán enterado?



A principios de la semana pasada pasé por uno de los rituales de la tercera edad: la operación de cataratas. Todos los que se han sometido a semejante majadería saben de qué va: el oftalmólogo se entretiene un rato trajinando con tus ojos y, al final con la misma, hala, a casa a descansar y a estar tranquilito una semana. Lo que yo no me esperaba es que iba a estar después gran parte del día envuelta en la niebla viendo solo bultos alrededor. Parecía que el mundo había perdido color, luz y nitidez. Un gran apagón.

También me extrañó que nadie me llamara, oye, porque una tiene sus amigos y una familia que parece una división del ejército y fue raro que, en el lecho del dolor (ejem, sí, ya sé que exagero y que no fue para tanto, pero para una vez que me operan con bata, gorro y patucos, se nos permite un poco de postureo ¿no?), casi nadie mandara ni un triste cómo estás.

Eso sí, al cabo de unas horas empezaron a aparecer mensajes, hablando todos del gran apagón, mensajes que yo apenas veía envuelta en sombras nada más, como dice la canción. Y no solo eran mis amigos sino todo el mundo, hasta en las noticias, que si el apagón por aquí y el apagón por allá. Como si me consolaran los oía decir que unas horas en medio de las tinieblas, sin ver tele, sin el móvil, sin leer las noticias en el periódico, sin mi novela... no significaban nada. Que también quedarse en casa puede ser una experiencia gratificante, aunque camines a tientas. Incluso empezaron a aparecer memes, como en los grandes acontecimientos, cosa que me llenó de estupor ¿Tan evidente era que yo no veía casi nada? Me hizo gracia uno que me contaron en el que aparecían tres imágenes: la primera era una imagen de la cantante Malú con su nombre debajo; la segunda, la misma imagen pero más oscura y poniendo debajo "Menolú"; y la tercera una imagen en negro donde ponía "Sinlú". Y qué gráfico era porque así estaba yo, sin lu, fané y descangallada, como en un tango cualquiera.

Ahora que veo los colores brillantes y la luz resplandeciendo por doquier, estrenando ojos, todavía me estoy preguntando asombrada: ¿Cómo fue que se habrá enterado todo el mundo de que a mí me operaron de cataratas y pasé un día sumida en el gran apagón?

lunes, 31 de marzo de 2025

Los alegres despertares



En la casa familiar de mi niñez no había despertadores. Mi abuela era nuestro despertador natural. Ella abría los ojos al alba y preparaba el café moliéndolo y, antes de las cafeteras exprés, colándolo gota a gota en aquellos coladores de tela. Si no nos despertaba el maravilloso olor mañanero del café, lo hacía mi abuela que, durante el curso, nos traía a la cama un café con leche. Y después de vestirnos, ya desayunábamos como es debido en la cocina, generalmente una leche con gofio y un trozo de los  esponjosos bizcochos que ella hacía.  Pero los días de fiesta y las vacaciones nuestro despertar era más musical. Mi madre nos despertaba cantándonos una canción sin sentido de Bonet de San Pedro que decía: "Arriba con el tirolirolílorí, abajo con el tiroriloleiro, se juntaron las dos esquinas a tocar la mandolina y a bailar el solirón, pompón". Y a veces mi padre también lo hacía, pero él, curtido por dos años de cuartel que le tocó hacer después de la guerra, lo que nos cantaba era: "Quinto, levanta, tira de la manta, que viene el sargento con el cinturón". Otra cosa, no, pero entretenidos sí que eran los despertares en mi casa.

Y es que el invento del despertador, aunque no lo parezca es de ahora mismo. Aunque fue por el año 1787 cuando el estadounidense Levi Hutchins lo inventó, su producción masiva no ocurrió hasta 1947, un año antes de que yo naciera. ¿Cómo se despertaban antes? Con el sol, claro, igual que las gallinas, pero también con las campanas de las iglesias, que fueron la única referencia horaria hasta que las sirenas de las fábricas empezaron también a marcar la hora con sus silbidos. Antes funcionó un servicio de personas-despertadores que, por unos céntimos, hacían la ronda despertando sobre todo a panaderos y campaneros. A finales del XIX todavía quedaban en París una docena de mujeres con este oficio y, en la Inglaterra de la Revolución Industrial, los knocker-up iban con una vara larga golpeando las ventanas de sus clientes. Y había otros trucos, como poner un clavo en una vela, calculando el tiempo en que se derretía y, cuando lo hacía, el clavo caía sobre una chapa de metal haciendo que el ruido despertara al bello durmiente. Mira que el ser humano es ingenioso...

Cuando pensamos en toda esta historia, hasta nos sentimos orgullosos de haber domesticado al tiempo. Aunque siempre nos queda la duda: ¿No será al revés y es el tiempo el que nos ha poseído a nosotros? Porque, al inventarse despertadores, cronómetros, relojes que cuantificaban las horas, surge también la idea de que se podía perder el tiempo, que había que aprovecharlo bien porque era algo valioso, que se podía comprar y vender. En "Momo", el libro de Michael Ende, los hombres grises lo saben bien y toman posesión de los hombres, robándoles el tiempo como sanguijuelas. En el libro la lucha de Momo es contra ellos porque en él se concluye que el tiempo es la vida y no hay nada más valioso que nuestras horas irremplazables.

Hoy creo que los jubilados, que tenemos menos futuro que pasado, somos los más conscientes de esa idea. Y, aunque ahora los despertadores forman parte del escenario normal de cualquier casa, sabemos que el verdadero lujo está  en que podemos prescindir de ellos ¿Qué mejor despertar que hacerlo al oír a los pájaros anunciar un nuevo día, o el sonido del viento en las ramas o de la lluvia en los cristales? ¿O que quien vive contigo te despierte, si ya no con canciones como hacían mis padres, con un beso de buenos días? Es la mejor manera de abrir la mañana con una sonrisa y de hacer de cada día una obra de arte.

P.D.: Aunque me ha dado mucha rabia que este fin de semana pasado, el último de marzo, nos hayan robado una hora de nuestro tiempo ¿Serán los hombres grises?

lunes, 18 de noviembre de 2024

Un vermut con un famoso



Una de las miserias de esta longevidad a la que he llegado es el insomnio. Podría contar que no duermo debido a que me preocupa el sentido de la vida y que es eso lo que me hace dar vueltas en la cama sin ton ni son algunas noches. Vestiría mucho, pero no nos engañemos: no dormimos por la edad. Así que si se me ocurre decir en el chat de mis amigas (todas más o menos de mi quinta) lo de que no pegué ojo en toda la noche, los remedios abundan porque a todas les pasa lo mismo. Que si las pastillas de melatonina, que si una tisana de Mercadona que se llama Dormir y es mano de santo, que si glicinato de magnesio (sea lo que sea eso), que nada de siestas... ¡Señor! Ahí nos ven tomando de todo un poco. Y si nos aconsejaran que hiciéramos el pino una hora antes de acostarnos, igual también lo hacíamos (o lo intentaríamos hacer). 

Por eso, no fue raro que leyendo un artículo de Manuel Vicent la semana pasada me quedara con lo que él hace: "A veces durante los insomnios paso lista de los autores con los que me hubiese gustado tomarme una copa. Y así hasta que cojo el sueño". Según él hay autores que no querría conocer por nada, así escriban como los ángeles, y otros que sí. Incluso hay algunos, fatigosos de leer, pero que "su ingenio los convierte en una fuente inagotable de chismes y anécdotas que ayudan a hacer una buena digestión". Tal vez Jack el Destripador, dice, tenía un trozo de alma muy sensible y San Francisco de Asís , en cambio, era muy atravesado. Vicent se decanta por tomarse esa copa con Jantipa, la mujer de Sócrates, que lo iba a buscar al ágora para que viniera a cenar. También le hubiera gustado con Ovidio, Catulo, Maquiavelo o Voltaire.

Tal vez esto no sea mal consejo para dormir, oye. De perdidos, al río. Pero yo impondría una condición: si la copa es al mediodía, que sea un vermut, un Yzaguirre, por ejemplo. Y que sea un gin-tonic, si es viendo la tarde caer.. Así habría un ambiente propicio para encontrarme, por ejemplo, con Úrsula K. LeGuin y darle las gracias por lo bien que lo he pasado con sus mundos fantásticos. O con alguien divertido de mis autores preferidos, como P. G. Wodehouse o Sophie Kinsella  (Con esta, que vive, todavía estoy a tiempo. Querida Sophie, ¿te das una vuelta por La Laguna y nos vemos?). O con Van Gogh para hacerlo feliz, contándole que se hará famoso y venderá cuadros al precio más alto, él, que murió pensando que era un fracasado por vender un solo cuadro en su vida. O con Jane Austen, por supuesto, a la que le contaría cómo Colin Firth hizo de su Mr. Darcy ideal. De los filósofos me tomaría una copa con Spinoza, el más noble y el más amable de los grandes filósofos, según Bertrand Russell ("Intelectualmente, algunos lo han superado, pero éticamente, es supremo. Como natural consecuencia, fue considerado, durante su vida y un siglo después de su muerte, como de una perversión aterradora"). Y también me gustaría Voltaire, sobre todo por esa frase que se le atribuye: "No estoy de acuerdo con su opinión, pero daría mi vida por defender el derecho que usted tiene de exponerla". Y de personajes que nunca existieron (o tal vez sí), ¿a quién no le encantaría tomarse una copa con Scherezade, la más lista de las cuentacuentos?

Dormir, no he dormido mucho y coger el sueño, tampoco. Pero ¿y lo que me he divertido pensando en los famosos con los que me tomaría, encantada, una copa? Una noche mucho más entretenida que una pastilla de melatonina. Las próximas de insomnio seguiré repasando la lista de ilustrísimos.

lunes, 4 de noviembre de 2024

La edad sí perdona



Una de las palabrejas que en mis tiempos mozos no existía y ahora se oye a cada rato es edadismo: "Discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas". No es que esa discriminación no existiera antes. Recuerdo a mi primo de adolescente en una discusión con mi abuela, que entonces tendría 60 y pico años, diciéndole: "Abuela, es que tú eres una anciana". Y no era solo lo que decía sino el tonito de suficiencia con que lo decía. Claro es que buena era mi abuela que le espetó enseguida: "Anciana, tú".

Siempre ha existido edadismo, lo que pasa es que ahora (desde el 2022 en el Diccionario de la RAE) se le ha puesto nombre.. Es verdad que en la actualidad se ve más edadismo, con su carga de prejuicios y discriminación, en el entorno sanitario, cuando ya a nuestra edad no nos hacen tratamientos preventivos (revisiones ginecológicas, por ejemplo) o en la industria cosmética y estética que se aprovecha del miedo a parecer mayor y perder la juventud.

Pero también siempre los jóvenes se han sentido los amos del mundo, los que saben de todos los temas más que nadie. ¡Hay que ver la cara que ponen cuando nos ven trajinar con el ordenador! "Ah, ¿pero es que tú sabes lo que es un e-mail?", "Ah, ¿pero manejas el GPS?", "Ah, ¿pero estás en Instagram?"... Y a veces, hasta cuando dicen un piropo, son edadistas, como una chica que trabajaba en casa y que me decía: "Ay, Doña Isabel, usted está muy bien...", pero añadía la coletilla: "... pa la edad que tiene".

Y es que se puede ser edadista para lo malo, pero también para lo bueno. Mi amiga Ani, una mujer de mi quinta, inteligente y capacitada para todo, se me quejaba el otro día porque iba a salir y su hija le decía: "Pero ¡si está lloviendo! ¿No lo puedes dejar para otro día? ¿Qué zapatos te vas a poner para que no te resbales? Lleva una rebequita...". Y Ani, toda agobiada, me decía: "¡Parecía más mi madre que mi hija! ¿Se pensará que soy una vieja decrépita?". Yo la consolaba con lo de que mis hijos a mí, ni caso y que no sé que es peor, pero ella me contestaba: "¡Qué suerte tienes!".

Hace poco un amigo me mandó la foto que ven al inicio del post. Es de unos compañeros de los Escolapios (ellos se llaman a sí mismos los pibes del... Bueno, el año es lo de menos, no voy a ser edadista yo también) que van todos los meses a mandarse juntos una comilona. En la foto se ve a 3 de ellos cuando iban al tema, calle de La Carrera arriba. Se podría decir que son mayores y lo son. Pero yo, que los conozco y los conocí entonces, más que el bastón y el pelo blanco, lo que veo , igual que antes, es su sentido del humor y su alegría de vivir.

Y es que la edad, queridos pipiolos, (les diría yo a los menores), habría que usarla positivamente, motivo por el que yo siempre celebro mis cumpleaños como si fueran las bodas de Benijos: "Mira hasta dónde he llegado; vamos a celebrarlo tirando la casa por la ventana". Y si no lo haces, si solo ves lo negativo, lo que la edad no perdona, si actúas en función de la edad con otros... ¡ay, m'hijo! no me queda otra que decirte que ¡a la bajadita te espero!.


lunes, 16 de septiembre de 2024

Pa lo que hay que oír...



Me mandan esta semana uno de esos memes en el que alguien supuestamente de mi edad se percata de algunas amargas realidades: que todo está más lejos, que los peldaños de las escaleras son mucho más altos, que la ropa la hacen ahora más apretada, que la gente joven es más joven que cuando yo lo era y que la gente de nuestra edad es mucho más vieja que yo, que los espejos ya no son tan nítidos como antes... En fin, todo eso que acompaña al paso de los años y de lo que eres consciente cuando el futuro se te achica.

Y a ver, no digo que no sea verdad para algunos, pero creo que todos deberíamos fijarnos y emular a Clint Eastwood que acaba de cumplir 94 años y sigue  tan pimpante trabajando delante y detrás de las cámaras. Cuando el cantante de country Toby Keith le preguntó que qué hacía para seguir activo y brillante a su edad, le contestó: "Cuando me levanto todos los días, no dejo entrar al viejo". Con esa frase, "No dejes entrar al viejo en ti", Keith compuso una canción. Y esa canción debería acompañarnos cada vez que nos levantamos por la mañana y nos miramos al espejo. Deberíamos prescindir de ojeras, despelujes y arrugas y decirnos lo de: "¡Mecachis, qué joven soy!".

Eso sí, de la lista de cosas que nos mandaron hay un cambio en la realidad con el que estoy totalmente de acuerdo: que no sirve de nada pedirle a la gente que hable más claro y más alto, porque todos hablan ahora tan bajito que no se les entiende casi nada. ¿Se acuerdan de aquella canción que decía: "Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor..."? Pues yo no sé si son palabras de amor, pero musitar, ya lo creo que musitan.

Luego, a los amigos bienintencionados que me dicen que por qué no me pruebo un audífono, les tengo que aclarar que yo no es que esté sorda sino que son los demás los que musitan, murmuran y hablan como si estuvieran en la iglesia. ¡Si hasta los fuegos del Cristo de la semana pasada que para mí en otros tiempos eran atronadores y que los he oído siempre desde mi casa, 8 km. más lejos, ahora que los presencié cerca (imagen inicial), musitaban y eran ruiditos suaves...!

Y como si el universo conspirara para hacerme creer que estoy sorda, encima me mandan cartas a casa diciéndome que vaya a hacerme pruebas de audífonos gratis y me fríen a propaganda en revistas y redes. ¡Pero si yo tengo la sensibilidad auditiva de un zorro del desierto, que según me han dicho oye a sus presas en sus madrigueras!

Y, además, pa lo que hay que oír...

lunes, 15 de julio de 2024

Suspiros de España



Hay una historieta de Mafalda en la que Miguelito le dice a Manolito: "He notado algo curioso en mi papá. De noche cuando se acuesta apaga la luz ¿no? y desde mi cama lo oigo suspirar muy preocupado: ¡¡Ay, Dios!!... Luego de un ratito otra vez: ¡¡Ay, Dios!!..." Y Manolito le contesta: "Y más se acerca fin de mes, más místico se pone ¿no?".

Me acordé de este diálogo genial porque estos días a cada rato y sin venir a cuento, me sale un suspiro desde lo hondo de la caja del pecho y un "¡Ay, Dios!", del que casi no hubiera sido consciente si no fuera porque, como un eco, lo oigo también a mi alrededor. La otra noche, en la cena de los viernes con los amigos, hasta nos reímos cuando caímos en la cuenta de que era la décima vez que uno u otro lo decía. Y si se fijan, la gente por ahí también lo repite, como si fuera un mantra. Oh, incluso la semana pasada en la Caixa la empleada que me atendía lanzó una par de "¡Ay, Dios!" entre tampón y tampón con el que me iba sellando un papel. Le comenté, riendo, la ola de "¡ay, dioses!" que había notado en el ambiente y me confesó que no había caído en que los decía y que realmente no tenía motivos para suspìrar de esa manera.

Y la verdad es que, además, hay variaciones. Está el ¡Ay, Dios! el más extendido (y supongo que se corresponde en inglés con el ¡Oh, my God! de Janice la de Friends), pero también está el ¡Ay, Jesús!, el ¡Ay, Señor! y sus extensiones, ¡Ay, Señor de la Cañita y Virgen de la Manzanilla!, el ¡Ay, Cristo del Gran Poder! y algunos más dentro del espectro eclesiástico.

¿Les pasa a ustedes también? Y si es así, ¿a qué vendrá ese muro de lamentaciones que salpican una y otra vez las conversaciones? ¿Serán suspiros económicos, como parece indicar Manolito? De hecho, Mafalda se lo reprocha en la siguiente historieta llamándolo pedazo de bestia por lo que le ha dicho a Miguelito. "¿Yo? ¿Qué le dije?", pregunta él. "¡Que cuando alguien suspira "¡Ay, Dios!" es porque tiene líos económicos! ¿Vos creés que todo el mundo tiene esa idea de Dios?", Y él, mirando a lo alto, responde: "No, por supuesto. Están los que lo molestan por tonterías".

¿Será entonces por tonterías románticas y amores contrariados? ¿Será por líos políticos o por exceso de trabajo? Pero el verano está para olvidarse de esas cosas y gandulear y no complicarse la vida ¿no? Y sin embargo los ¡Ay, Dios! no solo no cesan sino que parecen aumentar. A lo mejor es por una mezcla de todas esas razones y por la vida en sí con todo lo que conlleva. Y en el caso de mis amigos y yo , puede ser por culpa de que vemos menos tiempo por delante que el recorrido que hemos hecho ya y que, cuantos más años cumplimos, más místicos nos ponemos.

¡Ay, Dios!

lunes, 1 de julio de 2024

Como el sol cuando amanece

Vista desde la sotea

Tal día como el viernes se acabó el curso escolar y, aunque hace 16 años que me jubilé, todavía puedo sentir la increíble alegría de los primeros días de julio. Ahí es nada, dos meses enteros de libertad, de mañanas de mar y de sol, del vermut al mediodía con sus aceitunitas, de tardes de relax, lectura o el dulce hacer nada de nada. ¡Días sin horarios ni despertador! La vida se presentaba los meses de julio y agosto como un largo río de festejos, regocijos y placeres varios. Y a una le daban ganas de cantar a grito pelado aquello de Nino Bravo: "Libreee, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar...".

Cuando me jubilé me prometí a mí misma que la cosa seguiría un camino parecido, sin tanto jolgorio, sí, pero respetando el no tener horarios, el no apuntarme sin ton ni son a clases de chino, manualidades o vainica doble, el saber decir no a todo lo que no me apeteciera. Obviamente no lo he podido cumplir porque la vida tiene sus normas que te van llevando por caminos reglados. ¿O le vas a decir que no al médico que, por tus achaques, te manda a pilates y a caminar?

Ordenando papeles el otro día (tarea fascinante donde las haya), me encontré con un papel escrito por mi nieta pequeña  hace tiempo (supongo que con 6 años, cuando tenía faltas y la letra grande). En la parte alta del papel pone NORMAS, así subrayado, y debajo lo siguiente:

. no saltar por las terrasas

. no subir a la sotea

.no sentarse ni acostarse en la yerba

. no entrar en el guerto

Me sorprendió toda esa autoimposición normativa porque, excepto lo de la sotea (tiene el pretil bajo y puede haber peligro para los niños), no recuerdo haberles prohibido nada: han saltado por donde han querido, se han tumbado en el césped a voluntad y han recogido frutos en el huerto. ¿Será que en el fondo nos gusta la vida ordenada y hasta los niños pequeños lo captan y juegan a no ser libres?

En uno de los últimos libros que he leído ("La casa en el mar más azul" de TJ Klune), Linus, un trabajador social que tiene que hacer una inspección en un orfanato de niños mágicos, se pasa la vida aferrado a un librito de Normas y Reglamentos. Las peculiares características de los miembros del orfanato le hacen cambiar, soltar amarras e ir olvidando que alguna vez no pensó por sí mismo. A la porra las Normas y Reglamentos.

Este fin de semana en que he tenido a mis nietos conmigo, comprobé que también ellos habían olvidado aquel manifiesto escrito hace tiempo: corrieron y brincaron por todos lados, jugamos al rummy y al baloncesto, cogieron del árbol los primeros duraznos... Incluso subimos a la azotea (alias para siempre la sotea) para disfrutar de la vista de todo el valle iluminado por el sol. Dentro de un orden, sí, pero como todos los primeros de julio, sigue sonando el eco de la canción de Nino Bravo: "Libreeee, como el sol cuando amanece yo soy libre, como el mar..."

Mi amigo Juancho siempre nos decía estos días (y sigue haciéndolo) que septiembre estaba ahí mismo. Pero nadie nos puede quitar la alegría de una vida y un verano libre.



lunes, 15 de abril de 2024

Un buen mutis


Mi Instituto el jueves pasado

Hace unos 20 años, en un abril primaveral, las profesoras del Instituto acordamos irnos de comida alrededor del Día de la República. El evento nos gustó tanto que decidimos instituirlo para años posteriores y esta última semana volvimos a reunirnos, como cada abril y ya todas jubiladas, alrededor de un puchero en La Laguna. Siempre lo pasamos muy bien porque nos ponemos al día, rememoramos el pasado sin acritud y nos reímos un rato con anécdotas y vivencias compartidas. Además esta vez, cuando ya nos íbamos, se nos acercó una chica diciendo: "¡Pero si están aquí juntas mis profesoras preferidas!", dándonos un abrazo a las de lengua, inglés, música y filosofía ¿Qué mejor broche que saber que hemos dejado un buen recuerdo?

Quiso la casualidad que ese mismo día la periodista Luz Sánchez-Mellado publicara un artículo titulado "Saber irse", precisamente sobre la jubilación y los jubilados. Habla de los que se van jubilosamente sin pena ni gloria, de los que aparecen por el curro alguna que otra vez y de los que se creen tan imprescindibles que no aceptan pasar a un segundo plano y creen que después de ellos, el caos. Ella dice: Personalmente, aspiro a hacer un discreto mutis por el foro, disfrutar de la bolsa y la vida que me queden, y dejar un buen recuerdo en la gente a la que di, y me dio, lo mejor de mí misma. Creo que todas mis compañeras jubiladas y yo suscribiríamos sin dudarlo sus palabras.

Es verdad que se necesitan fuerzas para dejar algo que consideras tuyo, el entorno que has creado y al que le has dado tus mejores años. Pero, si lo pensamos, nos pasamos la vida haciéndolo. Primero, abandonamos el colegio con todo lo que significaba; después, la universidad y la casa familiar que de repente deja de ser "tu casa", ya sin tus cosas, ni tu cama, ni tu habitación; luego, el lugar de trabajo, años y años (en mi caso, 22 en el último) sintiéndolo propio, llenándolo de proyectos, fabricando recuerdos, conociendo a gente que te importa, Como dije con el poema de Angel González al final de la charla con la que me despedí en mayo de 2008, todo esto será un día / materia de recuerdo y de nostalgia. / Volverá, terca. la memoria una y otra vez a estos parajes, / lo mismo que una abeja / da vueltas al perfume / de una flor ya arrancada. / Inútilmente.

Muchos fuimos alguna vez por algo puntual al centro a poco de jubilarnos y, cuando se nos ocurrió pasar por la sala de profesores, ya no conocíamos a nadie. No es por nada pero Heráclito tenía toda la razón. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río, decía. Si cambiamos "río" por "instituto", no podemos ir después de la jubilación otra vez al mismo instituto en que dimos clase porque ya no es aquel instituto y, lo que es peor, nosotros ya no somos tampoco los mismos.

Y es que la vida al final consiste en una sucesión de mutis que nos preparan para el mutis final. Habría que planearlo entonces con dignidad, no desperdiciando el tiempo generoso que se nos ha concedido, celebrando la amistad con comidas de pucheros o lo que se tercie y procurando dejar buena huella en aquellos que nos han conocido. Lo mejor de un actor o actriz en el gran teatro del mundo es hacer, después de una interpretación memorable, un buen mutis por el foro.


El puchero de la última comida


lunes, 27 de marzo de 2023

Pajaritos y silencio



Hace poco uno de nuestros amigos nos comentó en un chat común que había estado 8 días en Suiza sin móvil. Se le quedó en su casa al marcharse y, cuando, horrorizados, le dijimos: "¡8 días sin móvil!", nos contestó: "Pues sí, DDD: Desconexión y Desintoxicación Digital". Y mira por dónde, algo parecido, aunque no tan drástico, me pasó a mí esta semana, que nos fuimos con mis hermanos y unos amigos dos días a un caserío en el norte de la isla y allí no había cobertura, ni wifi, ni nada de nada. Como le contesté a mi amigo, solo pajaritos y silencio.

Y todo esto me hace reflexionar, oye. Estamos tan acostumbrados a depender del móvil que este se ha convertido en una extensión de nuestra mano y de nuestro cerebro. A él le regalamos lo más preciado que tenemos: nuestro tiempo. La escritora Irene Vallejo avisa en un artículo que "los dispositivos digitales y sus voraces pantallas batallan por secuestrar nuestras horas". Un estudio de 2022 asegura que en España cada persona pasa cinco horas diarias con el cuello doblado arrastrando el dedo por una pantalla, quién nos lo iba a decir. Y lo peor es que no nos damos cuenta y a veces hasta nos quejamos de que no sabemos cómo se nos ha escurrido el tiempo.

Y de repente, la catástrofe, vernos desconectados, sin esos aparatos que llevamos a todas partes ¿Qué hacer entonces? Bueno, en principio es bueno para la salud mental librarse por un tiempo de chistes conocidos, de memes, de citas y textos falsificados, de artículos que te quieren convencer de sus ideas políticas y religiosas, de chorradas. Y luego, cuando uno se da cuenta de que se pueden hacer muchas otras cosas, hacerlas. Esto fue lo que hicimos, en esos dos días, perdidos en el Tenerife profundo:

Leer. Yo me llevé para releer, recordando Florencia, "Una habitación con vistas" de E.M. Forster. En papel, por supuesto.

Reunirnos a hablar con los que íbamos, en torno a una chimenea (había mucho frío). Allí salieron chistes (hablados y con risas compartidas) e historias hasta de los tiempos en los que no había ni tele.

Caminar por el campo entre tagasastes que ahora lucían maravillosos, completamente en flor.

Acercarnos a acariciar los caballos que había en el caserío. Dóciles, se acercaban a nosotros sin miedo y nos miraban como diciéndonos que ellos sí tenían todo el tiempo del mundo.

Dormir por la noche mientras veíamos por la claraboya del techo la estrella Sirio brillando imperturbable.

Oír el silencio por la mañana. solo interrumpido por el canto de los pájaros.

Irnos de comida todos juntos sin tener que estar pendientes del móvil todo el rato. Ya nos enteraremos de las noticias al llegar a la civilización, léase, un lugar con cobertura.

Celebrar el cumpleaños de dos del grupo (75 y 80 años) con risas, soplada de velas, cantos y regalos, sabiendo que el tiempo nos pertenece.

Sí, estuvimos DDD, desconectados y desintoxicados digitalmente. Pero fueron dos días especiales y lo pasamos muy bien. Y es que al final nos damos cuenta de que la vida es que lo que pasa mientras uno está entretenido mirando wasaps y de que hay vida, mucha más vida, más allá de Internet.

lunes, 8 de agosto de 2022

El silencio sagrado de la siesta



Dicen que la siesta la inventaron los españoles. Y hasta en un artículo de Ignacio Peyró que leí sobre España y las cosas buenas que nos despertaban nostalgia cuando estábamos fuera ("el olor escandaloso del jazmín, una fuente, los arcos de las plazas, el estallido de la fiesta, convertir en arte mayor un arroz, la sociabilidad..."). el autor incluía "el silencio sagrado de la siesta".

Confieso que durante mucho tiempo no fui de siestas. Cuando terminaba de comer y antes de ponerme a corregir o preparar clases, era el ratito para leer el periódico con toda la calma del mundo, sudokus incluidos, y poco más. Pero de un tiempo a esta parte, los últimos 14 años, domino como nadie el arte de quedarme traspuesta. Que no consiste, como hacen muchos de mis amigos, en considerar los programas de la 2 como los mejores inductores del sueño, ahí frente a la tele medio oyendo cómo los leones se zampan a las pobres gacelas. Ni en lo que hacen otros, que se quedan dormidos sentados tal cual en la silla mientras casi no han terminado de comer, que no sé ni cómo no se caen. Ni siquiera en cómo hacía Dalí, que consideraba la siesta como el mejor mecanismo para la creatividad. El pintor, mientras mantenía con la izquierda una llave pesada sobre un plato, se dejaba invadir por el sueño "como la gota espiritual del anisete de tu alma creciendo en el cubo de azúcar de tu cuerpo" (Dalí siempre tan exagerado). Total, que se amodorraba y en ese momento la llave caía en el plato y, al despertar sobresaltado, también lo hacía la creatividad, decía. Para él en ese momento surgían las ideas más geniales (Y tal vez tenía razón: tras una breve siesta mañanera, Descartes imaginó su "pienso, luego existo"; y Kekulé descubrió que el benzeno era una molécula circular después de una cabezadita...)

Pero no. La siesta no sabe de sobresaltos, ni se da bien en sillas ni sillones frente al sonsonete de la tele. No. La siesta como es debido es en una cama cómoda con una almohada igual. Donde yo la disfruto mejor es en mi habitación con la ventana abierta a la huerta (imagen inicial) y sus sonidos -ramas, brisa y el arrullo de las palomas al fondo-, leyendo lo que me gusta en ese momento, hasta que poco a poco lo voy abandonando y el libro cae a un lado de la cama. Y, si no estamos como ahora en un verano radiante, también en otras estaciones la lluvia mansa en los cristales, junto con una mantita apropiada, son buenos acompañantes. El "silencio sagrado de la siesta" incluye sonidos que apaciguan el alma.

Así que, como San Pablo cuando se cayó del caballo, he visto la luz y me he convertido en una adicta a la siesta. Frente a los que nos ven como unos gandules, me he dedicado a coleccionar sus bondades. Aparte de la idea de Dalí sobre que nos hace más creativos (refrendada al parecer por la neurociencia), es también saludable y necesaria para nuestro bienestar, según los higienistas del sueño.  Hay autores, como Miguel Ángel Hernández (El don de la siesta, Anagrama), que la ve como un regalo, un refugio interior en el que nos resguardamos de las actividades febriles que la vida nos exige hoy, una pausa que uno elige libremente. La siesta "sin más fin que el placer puro, que la detención y la interrupción de un tiempo que nos devora. La siesta como refugio de la luz, el ruido y la actualidad. La siesta, en fin, como tiempo propio conquistado".

Nos merecemos ese descanso. No sé si es verdad que fue invento español o no, pero siempre fue parte del modo de vivir meditérraneo. Leí una vez que era el subrayado perfecto a la ceremonia del comer. Una buena comida y una buena siesta ¿qué más se puede pedir para estar en paz con el mundo?.

lunes, 6 de junio de 2022

De noveleros



Novelero
y noveleriar son canarismos que muestran el espíritu jaranero de nuestras islas, en las que nos apuntamos a lo que sea antes que quedarnos en casa con la pata quebrada. El "Diccionario básico de canarismos" de la Academia Canaria de la Lengua define al novelero como el "muy aficionado a las fiestas". Y es que lo somos , la verdad. En mi Instituto, en aquellos tiempos en los que trabajaba, teníamos hasta una "Tutoría de Festejos y Regocijos", con eso se lo digo todo.

Son noveleros los cientos de hinchas del Tenerife y del Las Palmas que no han dudado en coger el barco para asistir a los partidos en los que se jugaban ascender a Primera División (¡Ganó el Tenerife!). Algunos aprovecharon tal particular festoleo para aplaudir vestidos de dragqueen en el Estadio. En una foto que mandaron mis sobrinos (otros noveleros) y que pongo como imagen inicial, se ve a aficionados de Las Palmas (todos de amarillo), camino del Estadio, tras un cartel -qué casualidad- en la que pone la palabra "novelera". La novelería dominó la semana.

Son noveleros los de mi pueblo que, cuando se enteraron de que en el prado que hay detrás de la iglesia estaban aparcados tres helicópteros destinados a hacer una película sobre la isla, se arremolinaron a verlos aterrizar y despegar, horas y horas allí mirando solo eso. No se dirá que no extraemos diversión de cualquier bobería (un día voy a hablar del verbo bobiar).

Es novelera mi amiga Eli, la de Las Palmas, que se fue a Agaete a comer un pescado con sus amigas y les bastó ver allí el barco que venía para Tenerife, para cambiar de opinión, embarcarse y venirse a comerlo en Santa Cruz.

Y es que mucho novelero hay suelto por ahí. Y yo la primera. Me despedí de mayo el Día de Canarias con una chuletada con sus mojos y con sus papas y con canciones de la tierra, como tiene que ser, en casa de buenos amigos en La Laguna. 

A media semana novelerié en una comida con mis hermanos para celebrar la venida por unos días de mi ahijado Javi desde México. Lo hicimos en Casa Tomás el de las costillas, que estos días ha sido muy nombrado porque el crítico gastronómico de El País, José Carlos Capel, lo ha seleccionado como una de las tres comidas más memorables de su vida. "El sitio en el que más disfruto del mundo", dice. Y está en mi pueblo.

De novelera fui el primer domingo de este junio a la Romería de Guamasa, que llevaba tres años sin celebrarse: bostas de vaca, trajes de mago, olor a carne fiesta, sonido de timples y chácaras, un San Isidro pequeñito presidiéndolo todo, parrandas cantando todas lo de "... y tampoco el ombligo redoooondo, ay, sorongo, sorongo, soroooongo..."...

De novelera, aparte de las cenas de los viernes que son sagradas, tengo este mes dos comidas familiares de las grandes, es decir, nosotros con toda la parentela, cerca de 30 personas. En una celebramos todo lo que no hemos podido celebrar por la pandemia, incluso las Navidades. Mi hermana -que es la novelera mayor del reino- nos pide que llevemos hasta gorros de Navidad. Tengo que comprar turrones... La otra es por el 50 cumpleaños de mi hija ¡Tengo una hija que va a cumplir 50 años! ¿Será posible? Si yo los tenía hace nada...

Y de novelera también, me iré este mes tres días a El Hierro a curarme el estrés frente al Mar de Las Calmas.

Y es que al final la vida, créanme, consiste en noveleriar.

¿Y tú? ¿Qué has hecho o esperas hacer de novelero/a en estos días en los que acecha el verano?

lunes, 18 de abril de 2022

¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?



Nosotros, de jóvenes, no sabíamos lo que era o no políticamente correcto. Tanto nos ponían en el colegio a pedir por las calles el Día del Domund con aquellas alcancías con forma de cabezas de negritos o de chinitos -por cierto, ¿serán ahora los chinos la primera potencia económica mundial gracias a nuestras cuestaciones de entonces?-, como cantábamos en una rueda aquello de "¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?", mientras una de nosotras cojeaba ostensiblemente en el centro con cara de magdalena. Y debe ser por un resabio de esos tiempos por lo que los de mi generación no tienen empacho ni vergüenza para hablar de esos temas, como voy a hacerlo yo hoy.

Porque, vamos a ver, ¿quién de nosotros, bípedos que, en un pasado remoto, bajamos de los árboles e hicimos un esfuerzo enorme por ponernos a dos patas, no ha sufrido un traspiés, una torcedura, un esguince? El primero de los míos fue jugando al baloncesto en el 68 con el equipo de mi Colegio Mayor. Me caí y me fracturé la cabeza del 5º metatarsiano (todavía, cuando cambia el tiempo, siento un ligero dolor) y anduve un mes renqueando y con una faja elástica y pegajosa en toda la pierna que, cuando me la quitaron, como si fuera una cera general, me hizo ver las estrellas.

Una vez un grupo de mis alumnos de Ética, muy imaginativos, centró el trabajo de curso en los obstáculos que los minusválidos se encuentran en su deambular diario. Y ni cortos ni perezosos, se pasaron un fin de semana en una silla de ruedas unos y con muletas otros, apuntando todos los problemas con los que uno se puede encontrar en una ciudad como La Laguna: escaleras, aceras sin rebaje o demasiado estrechas, adoquines rotos, socavones, raíces de los árboles que levantan el pavimento... Una carrera de obstáculos. Fue un ejercicio de empatía que les sirvió para concluir, con Terencio, que somos humanos y que nada de lo humano nos es ajeno. Cualquiera puede encontrarse en la misma situación.

Algo de todo esto se lo he contado a mi nieta mayor, Eva, esta semana en que ella y yo hemos sido compañeras de fatigas: ella con una fractura de cadera que la obliga a llevar muletas durante un mes, y yo con un dolor en la pierna que me ha hecho cojear por toda la casa, que, otra cosa no, pero escaleras ¡ay! tiene para dar y regalar.

También la consuelo con los cojos célebres de la Historia, que vivieron y soportaron alegremente y con paciencia el traqueteo: Julio Verne, Frida Khalo, Ignacio de Loyola, Quevedo, Shakespeare, Tayllerand, Walter Scott, Lord Byron, Roosevelt, Daddy Yankee... Y también le cuento que el niño que descubre al flautista de Hamelin y salva a los demás niños fue el cojito que se quedó atrás. (En esta lista no cuento a Descartes del que una vez una amiga me aseguró que era cojito. Le tuve que explicar que el "cogito, ergo sum", va con "g" y significa "pienso, luego existo").

El último de los famosos cojos (o tal vez el primero), del que los periódicos hablan esta semana, es del dinosaurio cojo de 6 a 7 m. de longitud, que dejó su huella para la posteridad en la serranía de Cuenca hace 129 millones de años. Nos lo podemos imaginar a partir de los tres dedos de la pata izquierda (dos deformados y uno dislocado), caminando el pobre por los humedales de la zona en busca de sabrosas hierbas y de agua clara. Tal vez sus compañeros también le cantaban,  para animarlo a ir al mismo ritmo que ellos, el "¿Dónde vas, cojo, cojito, minuflí, minuflá?". ¿Les contestaría él, como mi cojita de la infancia, "Voy al campo a por violetas, minuflí, minuflá"?.

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