lunes, 16 de octubre de 2017

Los jallos de las mareas




El Diccionario de Canarismos define jallo como "objeto que arrastra la marea y que generalmente se encuentra en playas y callaos". La palabra jallo es un equivalente a "hallazgo", un derivado deformado del verbo hallar. Es lo que encuentro cuando voy caminando lentamente a la orilla del mar y me detengo para recoger algo sorprendente que las olas han arrojado a la orilla.

Toda la vida los niños hemos buscado jallos en las mareas, pero la primera persona a la que oí llamarlo así, con ese nombre, fue a mi amiga Marianela, cuando hace 3 años partí de sus recuerdos infantiles en el Faro de Alegranza -en cuyas aguas reposan ahora sus cenizas- para publicar el post "Los hijos del farero". Ella me hablaba de los jallos allí encontrados entre los que había hasta botellas con mensaje (echadas a lo mejor por algún Capitán Grant, como en la novela de Julio Verne), y yo le contaba de los míos en El Arenal de Bajamar o en Las Teresitas de antes: una gargantilla de cuentas minúsculas con el nombre de "Singapore", que evocaba historias fascinantes; piedras brillantes y pulidas que parecían preciosas, allí reluciendo bajo el sol; una tabla pequeña y labrada que los niños estábamos convencidos de que era el resto del naufragio de un galeón; una enorme caracola que guardaba dentro el bramar de las olas... Tesoros que guardábamos como si fuera el cofre perdido de algún pirata.

Con las maderas que encontraba en la playa hacía mi tío Aldo esculturas fantásticas. Mi hermana también, en las playas de La Graciosa, ha "jallado" troncos y trozos de remos con los que se ha hecho repisas y marcos de espejos, hoy en la pared de su casa graciosera (en la imagen inicial). Encontrar jallos valiosos -el "costeo" se llamaba esta ocupación- fue siempre un trabajo supletorio para los marineros, una forma de aumentar sus ingresos con los regalos del mar. Viera habla de las preciadas pellas de ámbar gris -una sustancia grasa que se forma en el intestino de los cachalotes y que se usa en productos cosméticos y farmacológicos-, que hicieron ricos a quienes los encontraban. Playa Lambra en La Graciosa es una deformación de Playa del Ámbar.

Y es que el mar, cuando no le da el pronto, es bastante generoso y guarda en su interior lo que no está escrito. Ya lo decía el Capitán Nemo, otro gran descubridor de "jallos" (solo que en los fondos marinos) en "Veinte mil leguas de viaje submarino": "El mar provee a todas mis necesidades", tanto alimenticias ("mis rebaños, como los del viejo pastor Neptuno, pacen tranquilamente en las inmensas praderas del océano"), como hallazgos personales, productos del mar y de despojos de naufragios: perlas, conchas, lingotes de oro..., que dejaban boquiabierto al profesor Aronnax, el protagonista del libro.

E igual pasa en la vida. Si buscamos con cuidado, vamos encontrando los jallos que las mareas del destino van arrastrando cerca de nuestro camino: un trabajo que nos gusta, un amor verdadero como en los cuentos, un lugar en el que encontrarnos bien, un libro o un poema que nos impacta y conmueve, el recuerdo luminoso de los que se fueron y la compañía de los que aún estamos aquí... Tesoros que nos hacen volvernos shakespearianos ("Hay una marea en la vida de los hombres cuya pleamar puede conducirlos a la fortuna...") y que guardamos como si fuera el cofre del pirata. Igual que cuando éramos niños.


lunes, 9 de octubre de 2017

En el ombligo del mundo: un viaje a Grecia


(La Sibila de Delfos, de Miguel Ángel)

En aquellos lejanos tiempos en los que los dioses dominaban la Tierra, Zeus -que, a pesar de ser el rey de todos ellos, no lo sabía todo- quiso averiguar en qué lugar estaba el centro del mundo. Para ello puso a volar a dos águilas desde cada extremo del universo y lanzó desde los cielos una piedra, el omphalós, el ombligo del mundo. Águilas y piedra se encontraron  en Delfos, una zona de aires limpios en la ladera del Monte Parnaso, cercado por rocas centelleantes, las Fedríades. Allí se levantó un templo a Apolo y, no sólo se guardaban los Tesoros de las Ciudades-Estado (era tierra sagrada e inviolable), sino que también se resolvían las preguntas e inquietudes sobre el futuro que ricos y pobres llevaban a los pies de la Pitia o Pitonisa. Esta, medio colocada por extrañas emanaciones que brotaban de la tierra, daba enigmáticas respuestas que los sacerdotes traducían e interpretaban.

He estado en estas dos semanas anteriores allí, en Delfos, en el ombligo del mundo, un lugar bellísimo que transmite paz y hace pensar en la Grecia original. Hemos subido la montaña sagrada igual que los miles de peregrinos que antaño tenían tanta fe en las respuestas del Oráculo ¿Qué le hubiéramos preguntado entonces sobre el tiempo por venir? ¿Vislumbraría algo de lo que esperaba al mundo como para dar una respuesta sabia?

¿Habría adivinado la Pitia este futuro en que los nombres de los dioses y de los filósofos han sido degradados a carteles en hoteles y restaurantes (Hotel Hermes, Hotel Poseidón, restaurante Epikouros, Taberna Panta Rei, Shop Artemisa...)? ¿Habría pre-visto las riadas de japoneses llegados en cruceros de alturas imposibles contaminando el aire con flashes y selfies y llenando las calles de los pueblos blancos del sur y de las islas? ¿Le habría dado un pasmo la visión de los pueblos convertidos en un enorme escaparate de ofertas repetidas? ¿Habría soportado la carga de las desapariciones de tantas bellezas: ciudades enteras que una vez fueron poderosas, como Micenas y la propia Delfos; estatuas consideradas maravillas del mundo como la de Zeus en Olimpia o la de Atenea en el Partenón; tesoros de los que nunca más se supo...? ¿Sufriría una depresión muy grande al darse cuenta de que ya no era el ombligo del mundo?

Si la Pitia -la Sibila de Delfos que Miguel Ángel inmortalizó en el techo de la Capilla Sixtina- fuera verdaderamente sabia y vislumbrara la Grecia actual, me atrevería a decir que no quedaría decepcionada porque lo importante se ha conservado. Vería que en los griegos de hoy sigue latiendo el mismo ingenio y tesón de aquellos inventores y constructores que edificaron enormes templos e idearon los primeros artilugios de la ciencia (hasta un "cine" capaz de presentar un mito en movimiento). Sus descendientes han hecho la maravilla del Canal de Corinto que cercena un istmo en dos o el Museo Nacional frente a la Acrópolis, un edificio hecho de inteligencia y luz. Y se hacen fuertes frente a las crisis.

Comprobaría que sigue habiendo fiesta y risas y magia en las tasquitas frente al Mar Egeo, en donde se siguen sirviendo los mismos alimentos que comía Platón: aceitunas, queso, berenjenas, higos, pepinos, pescados... y un vino fresco y dorado que te puedes morir. Que los paisajes tienen, igual que antes, el color del verde de los olivos que les regaló Atenea y del azul transparente del mar de Poseidón. Y que el sol sigue tiñendo de naranja el cielo y congregando adoradores en cada atardecer.

No, nosotros sabemos (igual que esa Sibila clarividente hubiera adivinado si lo fuera) que allí ya no está el ombligo del mundo, si es que estos existen.  Pero, igual que el sonido radial de una campana, las ondas de aquella civilización prodigiosa han llegado hasta nosotros: la filosofía, la ciencia, la idea de la democracia o de unos juegos universales (todavía se llaman olímpicos)... allí nacieron y se propagaron hasta hoy. Hasta en el fondo de nuestro lenguaje viven las raíces griegas. Por eso, como en un rito, mis compañeros de viaje y yo, al final de cada comida, hemos alzado una copa de ouzo, el licor griego hecho de uvas maduras y anís, y hemos brindado por esa Grecia eterna que forma parte de lo que somos.


Delfos
El omphalós, el ombligo del mundo
Lepanto
El Canal de Corinto
Hasta el vino alude a mitos. Este (delicioso) al León de Nemea

Atenas desde la Acrópolis


lunes, 18 de septiembre de 2017

Había una vez un pueblito que quiso ser independiente




Había una vez un pueblito que quiso ser independiente... y no hablo de quienes ustedes piensan. Ya bastante guineo tenemos con ellos en televisiones y periódicos. No, lo que yo quiero contarles hoy, ocurrió hace mucho, mucho tiempo y no en una galaxia muy lejana. Para no andarnos con rodeos, fue en 1925 y en un pueblito, más bien un pago, de Los Llanos de Aridane en la isla de La Palma: Tazacorte.

El porqué a este pueblo le dio en ese momento por desear la independencia, no ya de Los Llanos, no ya de la isla de La Palma, no ya del Archipiélago Canario, sino de España entera, yo creo que habría que buscarlo en un hecho ocurrido unos 14 años antes. En 1911, Tazacorte era un pueblito pesquero con 2500 habitantes y, ya entonces, lo que más querían estos, sobre todo los progresistas, era no tener que depender de Los Llanos, que desde lo alto los miraba paternalista (en la imagen, puede verse). El caso es que, según cuenta el periódico "El Apurón", solicitaron al gobierno de la nación, con el correspondiente papeleo y la intercesión de Pedro Pérez Díaz, líder republicano y abogado del Consejo de Estado, que les concedieran el privilegio de ser ciudad y ¡se lo concedieron! El edicto del rey Alfonso XIII decía así: "Queriendo dar una prueba de mi Real aprecio al pueblo de Tazacorte, provincia de Canarias, por el desarrollo de su agricultura, industria y comercio, y su constante adhesión a la Monarquía Constitucional. Vengo a concederle el título de Ciudad. Dado en palacio el 23 de marzo de 1911. Alfonso"

¡Para qué fue aquello! Los palmeros no se cortan un pelo a la hora de hacer una buena celebración y esta lo fue ¡Nada menos que ser una ciudad! ¡Igual que Santa Cruz de La Palma, igual que Madrid, igual que Nueva York! Cohetes voladores, manifestaciones con bandas de música, banderas, gritos de euforia y cánticos hasta altas horas de la madrugada... ¡Una juerga monumental de varios días, vaya, que hasta el guardia tuvo que ir a pedir que se cortaran un poco, que había gente durmiendo!

Pero no a todo el mundo le gustó la decisión. El diputado conservador por La Palma en Madrid empezó a dar la lata allí poniendo a los de Tazacorte a caer de un burro: que si eran un barrio de barqueros salvajes y peleones, que si eran anticlericales y antimonárquicos, que si daban gritos subversivos... Y tanto manejó amistades y tanto susurró maquiavélicos comentarios en oídos compinches que consiguió que el gobierno diera marcha atrás, poniendo como excusa que se habían equivocado de nombre y que a quien habían querido nombrar ciudad era a Tacoronte en Tenerife. Tacoronte, sin comerlo, ni beberlo, ni haberlo solicitado, se vio convertida en ciudad ¿Se imaginan, después de las celebraciones, el desinfle, la afrenta y la indignación de los bagañetes (así llaman a los tazacorteros)?

Esa rabia tiene que haberles durado unos cuantos años más, en los que cualquier minucia se sumaba a la malquerencia de España. Y en 1925 dijeron que hasta aquí llegamos y ¡hala! se declararon unilateralmente independientes de España. "Con bicheros, palos y cañas / gritamos con voz de calibre: / ¡Viva Tazacorte libre / e independiente de España!" cantaban por las calles, mientras con escopetas de caza guardaban las "fronteras" y no dejaban entrar a ninguno de los "extranjeros" palmeros que los rodeaban. La independencia les duró 3 días. Al tercero, las autoridades, que no se andaban con muchos miramientos, aparecieron en la costa en forma de buque de guerra y ni cortos ni perezosos les mandaron un obús que, pasando limpiamente sobre el pueblo, fue a dar a la montaña de Argual (obuses tenían pero lo que es puntería, poca). Los de Argual eran extranjeros, claro, pero hasta hace 3 días eran sus vecinos y parientes. No les quedó más remedio que rendirse, abrir fronteras y proclamarse otra vez españoles. La buena noticia fue que ese mismo año les dejaron independizarse de Los Llanos y desde entonces Tazacorte es un municipio (que era lo que siempre quiso ser desde el principio).

En esta historia curiosa que todos los palmeros conocen (gracias, Enrique y José Vicente, por contármela) hay mucho material de reflexión: las pasiones por las que luchamos, las puñaladas traperas que se dan en política, las prioridades, lo malas que son las decisiones unilaterales, lo disparatada que es la naturaleza humana... Errores y aciertos forman parte de la historia de los pueblos. También de este, cuyas gentes hablan de ellos con humor en las parodias que representan en las fiestas de San Miguel. Hoy los de Tazacorte siguen siendo luchadores, apasionados y avanzados en todo (no por nada en La Palma a su pueblo se le llama "el París chiquito"). Y en estos tiempos que corren, más de uno habrá que recuerde, sentado tranquilamente en la Avenida, la gesta de hace un siglo, mientras se come un pescado fresquísimo frente a ese mismo océano, ancho y sereno, desde el que una vez les disparaban obuses con mala puntería.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Irma y los tres cerditos




Hay gente que piensa que habría que censurar los cuentos infantiles, por ejemplo, "Pippi Calzaslargas" porque incita a la desobediencia, o "Charlie y la fábrica de chocolate" porque puede animar a tomar drogas, o "Caperucita roja", que en la Guerra Civil fue transformada en el bando falangista en "Caperucita azul". A pesar de eso, no hay que olvidar que los cuentos avisan a los niños de los peligros del mundo, como no fiarte de desconocidos (sobre todo si son peludos y tienen dientes enormes), no ser muy codicioso como el hermano de Alibabá o huir de las labores de aguja como "La Bella Durmiente".

Uno de los cuentos preferidos de mis nietos pequeños es el de "Los tres cerditos", en el que la casita de piedra que se hace el cerdito más listo es la que resiste a los soplidos del lobo, lo que no le pasa a la casita de paja ni a la de madera de sus otros dos hermanos, que vuelan por los aires. Entre nosotros, yo creo que a mis nietos les gusta tanto que se lo cuente, no por la enseñanza moral, sino porque se parten de risa de verme soplando a carrillo inflado imitando al lobo feroz. Pero a lo que iba es a que la moraleja de este cuento ha calado hondo en las sucesivas generaciones que lo han oído. Por ejemplo, en mi padre, que aunque no era consciente de la influencia del cuento, lo seguía a rajatabla cuando construía una casa. Era aparejador y contratista de obras y, cuando hace 37 años hizo la casa en la que vivo, fueron tan fuertes los cimientos que, una vez que hubo un terremoto de madrugada del que todo el mundo se enteró, en mi casa no se despertó ni el perro. Ya puede el lobo soplar y resoplar ahí fuera que a nosotros, como al barco de Chanquete, no nos moverán.

He recordado a mi padre y a este cuento cuando he visto, sobrecogida, los desastres del huracán Irma, el mayor que se conoce en la historia del Océano Atlántico, un nuevo lobo feroz que, como una maldición bíblica, ha venido acompañado de dos tifones más, de un terremoto cercano y hasta de una plaga de langostas, por si fuéramos pocos. El resultado se resume en islas que fueron paradisíacas destruidas totalmente, en muertos y heridos por doquier, en 7 millones de personas evacuadas y dejando sus casas atrás sin saber si volverán a verlas igual, en grúas volando por los aires, en compañías aéreas subiendo abusivamente en cuestión de minutos los precios (por ejemplo, Delta Airlines, de 457 dólares a 3500... ¿Cómo los dejan?): el miedo y la impotencia en la mirada de muchos ante la fuerza poderosa e indiferente de los elementos. "Es la madre naturaleza, no hay nada que discutir con ella. Viene hacia aquí", decía, asustado, un turista. Aunque también una camarera entrevistada, Azucena Mayorga, decía: "Yo en nombre de Dios espero que solo sea una lluvia fuerte". ¡Ay, Azucena, lo mismo dijeron los parientes de Noé!

Y lo peor es que muchas casas eran de madera, que para un tipo de huracán como este de nivel 5, es como si fueran de papel. Muchos americanos dicen que se las hacen así por muchos motivos: son baratas, por allí hay mucha madera, son acogedoras, pueden cambiar su distribución más fácilmente que las de piedra... Pero yo me pregunto: ¿A esta gente nadie les ha contado nunca el cuento de los tres cerditos?

lunes, 4 de septiembre de 2017

Nada es nada


Juancho, de pequeño, antes de devenir en filósofo y poeta (pero ya apuntando maneras)

A mi amigo Juancho -que, aparte de ser buen actor y buen profesor de biología, tiene una de las voces más bonitas y cálidas que he oído- le ha dado últimamente por ser un verseador. Como quien hace croquetas, él compone rimas sobre todo aquello en lo que su mirada, sabia y guasona, se posa: Barcelona, el mar, la próstata, su (y mi) barrio del Toscal, la discriminación de la mujer, Dios, el vino Don Simón, los recalcitrantes, los desatinos alimenticios ("Que no le gusta el jamón, / ni siquiera el de bellota, / no tiene otra explicación: / O  es usted un idiota / o es de otra religión"), los árboles, los personajes de "Cien años de soledad"...

Pero la semana pasada nos mandó un poema precioso que me dejó preocupada. Decía así: 
TODO ES NADA
Hace poco no era nada
y en nada cumplí diez años.
Con los dedos de la mano
conté los cuarenta en nada.
Ya he pasado los sesenta
y dentro de nada ochenta.
Y dentro de nada: NADA.
Como antes de la cuenta

 ¿A qué viene ahora, en medio de la vida y de un verano radiante hablar de esa cosa tan resbalosa como es la nada? ¿Qué es la nada? ¡No es nada! Y mira que han intentado definirla. Carmen Laforet tituló así su libro más famoso, "Nada", concluyendo que es el sinsentido de una vida aburrida. Para Rosa Montero en "Temblor", la nada es el olvido de las cosas y personas, que no existen si no te acuerdas de ellas. Y para Michael Ende en "La historia interminable" es el vacío que produce la falta de imaginación y creatividad. Pero nada de esto puede afectarle a Juancho, que pienso que ha tenido una buena vida, a veces muy divertida, en la que ha hecho lo que le ha dado la gana. Nada de sinsentidos, nada de olvidos (todavía podemos hablar largo y tendido de los "¿te acuerdas...?") y, sobre todo, nada de falta de imaginación, que a él le sobra hasta para guardar para la cena.

¿Entonces...? ¿Le estará dando una crisis existencial a estas alturas? Es verdad que tiene ilustres precedentes que parecen jalearle y darle la razón desde los celajes. Quevedo en "Los sueños" ya dijo que "la vida es un momento entre dos nadas". Benedetti cambió lo de "momento" para decir "la vida es un paréntesis entre dos nadas" y Jorge Guillén lo dejó consignado en dos versos: "Entre dos nadas por fortuna soy, / resignado a mi suerte pasajera". Sartre, un paso más allá y sumido en la angustia existencialista, dijo que "el hombre es una chispa entre dos nadas", que después de todo le da un poco más de energía a la cuestión.

Ganas me han dado de recordarle a Juancho lo de que nada es nada y que, igual que no pertenece a su vida la nada anterior, no debe llenarle de melancolía la nada posterior de la que tampoco se va a enterar. Medito si animarle para que se quede con esa chispa vivaz de la que hablaba Sartre y que a él nunca le ha faltado. Pero luego, a los pocos días veo que no va a hacer falta: ha puesto en las redes este otro poema -rompedor, vital, irónico- que me ha gratificado y aliviado porque significa que la crisis ha pasado y que la angustia existencial se va diluyendo por el horizonte:

POR TONTO
Me quise acostar contigo
y te recité a Neruda.
Cuando ya estabas desnuda
acostada al lado mío,
yo te cantaba al oído
a Benedetti, sin duda,
a Lorca y Rubén Darío.
El tiempo, como un suspiro,
se diluyó en un instante.
Con tanta rima asonante
quedé en tus brazos dormido.
Tú te enfadaste conmigo,
me llamaste petulante,
te pusiste tu vestido
y te fuiste, tan campante,
por donde habías venido.
Soy un tonto, un ignorante;
me lo tengo merecido.


Respiro ¡Ese es mi Juancho!



lunes, 28 de agosto de 2017

La buena vida




Me dice mi hija, que de blogs y de marketing sabe mucho, que yo, en lugar de ser tan dispersa en este blog y de hablar de lo primero que se me ocurre, debería tener un tema-estrella, como hacen muchas blogueras de pro que hablan solo, por ejemplo, de recetas de bacalao, o solo de consejos para estar divinas de la muerte, o solo de literatura fantástica, como hace ella... A eso se le llama "tener un nicho" -que no me digan que no es un nombrecito con mal fario- y es la manera de convocar a millones de seguidores.

Aparte de que lo de los millones de seguidores no es algo que me haga especialmente ilusión (¿se imaginan el trabajazo contestando a todos?), le tengo que dar la razón en que es verdad que hablo de lo que me da la gana. Que si las bodas, que si los bikinis, que si protesto por la burocracia y por los muros, que si cuento batallitas, que si recomiendo un libro, que si le escribo a Mark Zuckerberg... ¡Hasta inventé una venganza de la reina Isabel I de Inglaterra a España por un desaire de Felipe II! Y por supuesto, han caído aquí también algunos de los filósofos que me han acompañado casi toda la vida ¿Habrá algún tema-estrella entre tanto batiburrillo? ¿Algo que una los diferentes rollitos que, semana tras semana, desde hace 9 años les endilgo? Leyéndolos, me da que tal vez lo común a todos ellos es la buena vida.

Y es que yo debo ser especialista en darme la buena vida porque me lo dicen todos. Me lo dicen mis hijos cuando los llamo al trabajo mientras estoy tomando un aperitivo o paseando por esas cumbres: "¡Hala, uno aquí trabajando y tú viviendo la buena vida...!".  Me lo dicen mis amigas del colegio, cuando les digo que proyecto un viajito o que me voy, como esta semana, al sur a relajarme, ooooommmm: "¡No paras! ¡Tú sí que te das la buena vida!". Me lo dicen los amigos de los viernes cuando les cuento que me fui de fiesta de pijama con las anteriores: "¡No se pegan ustedes una buena vida ni nada!". Me lo dice hasta mi marido cuando ve que algunas mañanas me hago una siesta pos-desayuno y me tumbo a leer un ratito (también lo hacía Descartes, oye): "¡Eso sí que es buena vida!".

¿Lo es? Hojeo un "Hola", que se supone que habla de gente que vive una buena vida y me encuentro... Bueno, me encuentro de entrada con 3 faltas de ortografía en la misma página: "En la parcela hay un arrollo...", "El distanciamiento de la pareja se empezó a hacerse evidente...", "Un política esta..." (ya el "Hola" no es lo que era). Pero, aparte de estos deslices, veo que Beyoncé se acaba de comprar una mansión con 4 piscinas, helipuerto y ¡cristales antibalas!, que Neymar da gracias al Señor porque ni en sus mejores sueños imaginó que su fichaje (222 millones de euros) fuera el más caro de la historia del fútbol, que el vestido de Happy Birthday de Marilyn Monroe se vendió por 4,2 millones (que yo hay días que no los gano)... ¿Será el dinero la buena vida? Pero luego me entero de que Selena Gómez estuvo 90 días de retiro espiritual para curarse la depre ¡y sin teléfono, horror, dónde se ha visto eso! Y que hay muchos que se divorcian, o se enferman ("Jesulín, al límite, se desmorona en la plaza", es un titular), o se mueren (la familia real británica siempre carga en la maleta con ropas de luto por si las moscas). Me da que los millones no son la respuesta correcta a qué es la buena vida.

De tan edificante lectura, me paso, tumbada en la hamaca frente al mar, a releer la "Ética para Amador" de Fernando Savater, una voz más autorizada, dónde va a parar (y sin faltas de ortografía), que nos habla de la buena vida de verdad.

La buena vida, dice Savater, es un arte que cada cual se inventa a su medida. No es elegir algo por capricho (como Esaú cuando cambió su derecho de primogenitura por un plato de lentejas), ni elegir cosas por encima de las personas, como algunos ricachones que presumen de yate en el "Hola".  Es elegir libremente lo que queremos, comprender lo que nos conviene y lo que no, disfrutar en cuerpo y alma. "Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros" (Montaigne). Y además la buena vida no es solitaria, sino humana, una vida de complicidad con los demás, teniendo intereses que nos pongan en relación con los otros (eso es lo que significa "interés", inter esse, lo que está entre varios). El resultado de tener una buena vida es la alegría, "un sí espontáneo a la vida que nos brota de dentro".

Al final pienso que sí, que algo de todo eso, que va más allá de un pequeño disfrute o de que sea verano, hay en mi blog ("Bien predica quien bien vive"): el amor de los que me quieren, las aficiones, los valores que defiendo, la curiosidad, el humor que termina salvándonos siempre de todo resentimiento, los pequeños placeres, el aprendizaje de vivir sin recetas ni prospectos, el compartir historias y vivencias con ustedes... Mi tema-estrella, el nexo común de lo que escribo: la buena vida.


lunes, 21 de agosto de 2017

Las bodas de Benijos




A mi amiga Carmen Delia la invitaron una vez en los años 70 a una boda en Benijos, un barrio de La Orotava en el que ella daba clases de adultos. La boda fue tan larga en el tiempo -con prolegómenos en los que la gente iba a ayudar y con tenderetes posteriores después en los que se iba a terminar con las sobras-; tan abundante en viandas consistentes en caldos, carne de cabra, cochino con castañas, conejos en salmorejos, papas bonitas, y toda clase de rosquetes y bizcochones; tan llena de gente que ayudaba, acompañaba y disfrutaba; tan prolija en detalles de todo tipo... que, cada vez que se hace entre amigas una celebración en la que nos pasamos un poco más del mero festejo, ya Carmen Delia está diciendo: "¡Esto se parece a las bodas de Benijos!".

Me he acordado de ella y de las bodas de Benijos en la boda a la que fui el sábado pasado porque, hasta llegar a la celebración, también amigos y familiares se han ido reuniendo todos los martes desde enero, en la casa familiar donde se celebró, para ayudar a que fuera una boda personal y entrañable. Allí se diseñaron, cortaron y montaron banderines de telas floreadas que luego adornaron el camino que sube hasta la casa; allí se cosieron manteles de hasta 10 metros y cortinas y lazadas blancas; allí se subieron vueltos de trajes de fiesta, se bordó, se pespuntó, se tuneó. Durante ese tiempo, y después de la vendimia del año pasado, se reservaron 400 botellas de vino y champán para el convite. Mi hermana, que es una artista, pintó motivos florales que adornaron las invitaciones, las botellas y los menús. Yo que, como saben, no sé coser sino botones, fui pocas veces pero también recorté y monté banderines y planché cortinas. En esos divertidos martes pre-boda los hombres destilaron aguardiente para chupitos y, luego, se metían en los fogones y servían suculentas cenas -un atún asado envuelto en sésamo, una fideuá, unas tortillas...-, que ponían el broche final a las tareas.

Una boda hecha así, en comandita, tiene por fuerza que salir bien. Cuando vi el sábado a los novios guapísimos y radiantes, a toda la familia como una piña alrededor, a los amigos sintiéndose cómplices y bailando como locos al final; cuando te encantan las mesas sencillas al aire libre y la comida exquisita y la música y lo que cada uno de los que quieren al nuevo matrimonio dice mientras todos aplaudimos a rabiar; cuando aprecias todo eso, te das cuenta de lo mucho que significan en todas las culturas las bodas, ese momento especial para congratularse y ser testigos de un cambio gozoso en la vida de una pareja.

Incluso, aunque no seamos románticos, todos, en un momento así, tenemos presentes las bodas felices de la historia, la literatura y el cine: las bodas de Caná, donde los milagros eran posibles; las prodigiosas y opíparas de "Las mil y una noches"; las de "Mucho ruido y pocas nueces" de Shakespeare, que superan malentendidos y terminan en alegres bailes; las bodas de Camacho del Quijote, tan parecidas en abundancia de platos a las de Benijos y a esta; la boda india del monzón, alborozo y color bajo la lluvia... Todas, las narradas y las que hemos vivido, tienen ese algo en común que nos conmueve y nos arranca sonrisas y risas.

En un mundo inseguro y en el que el odio parece despertarse a cada paso, es bueno que las personas se congreguen para festejar un acto en el que se habla de amor. Afortunadas son estas bodas como las "de Benijos", en las que la gente participa y alarga, dichosa, la celebración. Afortunados son Miriam y José María, la pareja de mi boda del sábado, por concentrar tanto cariño en torno a ellos. Afortunados todos nosotros, los que estamos seguros de que, mientras siga celebrándose con un gran fiestón el que dos personas se quieran y decidan pasar el resto de su vida juntos, nada se habrá perdido y el mundo seguirá teniendo una esperanza.







lunes, 14 de agosto de 2017

Serendipias, retazos de lo inesperado




Ayer me asomé desde mi ventana al jardín y, al mirar el drago, me llevé la sorpresa de verlo florecido. Aparte de empezar a hacerle fotos como una loca a distintas horas del día y de mandárselas a mis amigos -los dragos son muy suyos y no florecen en muchas ocasiones hasta que pasan 30 años de sembrado-, lo consideré un ejemplo de serendipia, un hallazgo casual y sorprendente, una nota de color naranja donde solo esperaba encontrar las lanzas verdes de sus hojas.

La palabra serendipity la acuñó con este uso en 1714 Horacio Walpole basándose en un cuento tradicional persa, "Los tres príncipes de Serendip" (nombre en persa de la isla de Ceilán), cuyos sagaces protagonistas tenían también una suerte increíble para resolver sus problemas. Hoy, desde 2014, la Real Academia la incluye en el Diccionario como "Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual". Los post-it, América, la Viagra, el celuloide, la estructura de la molécula del benceno (descubierta en un sueño), el teflón, el velcro, el LSD, el principio de Arquímedes o la floración de mi drago son serendipias, descubrimientos o hallazgos inesperados, accidentes afortunados cuando buscabas otra cosa.

Esta palabra, serendipity, la vi yo por primera vez en una colección de cuentos preciosa, "Serendipity books", que les regalé a mis hijos, aunque solo uno de ellos se llamaba específicamente "Serendipity". Era la historia de una serpiente de mar rosa, a la que una foca y una morsa encontraban tan sorprendente que la llamaron así. Pero que conste que yo siempre he usado más la palabra chiripa, casualidad favorable ("Aprobé el examen del carnet de conducir de chiripa", por ejemplo). Son casi sinónimos, pero mi admirado Álex Grijelmo dice que chiripa es más de andar por casa (yo me la imagino con bata y cholas), mientras que serendipia suena más fino, casi como un vocablo científico (con bata blanca y gafas de concha).

A lo mejor es por eso por lo que estoy encontrando  la palabra serendipia por todas partes. La veo en publicidad: "Serendipia en Volkswagen. Descubre el efecto de ir a buscar algo y encontrar algo mejor"; en el discurso de Félix de Azúa como académico, que versó sobre la serendipia y las casualidades que lo llevaron hasta ese momento; en la deliciosa película de 2001, "Serendipity", en la que los protagonistas (interpretados por John Cusack y Kate Beckinsale) juegan con que el destino los premie con casualidades afortunadas; en el alias de mi amiga, la escritora Mónica Gutiérrez Artero, Mónica Serendipia, para su blog de reseñas literarias de obras feel good. Cuando le pregunté la razón por la que lo había escogido, me dijo que una vez su profesor de griego le habló de una musa llamada así que inspiraba al Destino para que ocurrieran sucesos imprevistos y felices, y le pareció apropiado para lo que ella hacía. "Cuando abres un libro, nunca sabes lo que te vas a encontrar. Puede ser un horror o que te guste mucho. En este caso, es una serendipia".

Así que aquí me ven convertida totalmente a la teoría de la serendipia y la chiripa, al convencimiento de que toda nuestra vida está llena de ellas y solo hace falta descubrirlas y asombrarse por que aparezca un inesperado estallido de color al abrir la ventana o vea en una historia la mano del destino (como, por ejemplo, la de Luis Diego Cuscoy, desterrado después de la guerra como maestro en Cabo Blanco, un barrio de Arona, donde el descubrimiento fortuito de una cueva funeraria guanche lo condujo a convertirse con el tiempo en uno de los mejores antropólogos de Canarias).

A lo mejor, las mejores cosas de la vida son las que pasan por casualidad.








lunes, 7 de agosto de 2017

Vivencias en la cumbre




Igual que en "Cien años de soledad" el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, "había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", los de mi generación, durante toda la vida, recordaremos la primera vez que subimos a la cumbre y vimos la nieve. La cumbre para nosotros es el Teide y Las Cañadas, un lugar próximo y lejano a la vez en aquellos tiempos de malas carreteras y en los que solo unos pocos disponían de un coche que pusiera el mundo a su alcance. Yo tenía 9 años cuando mis padres alquilaron el coche de Dámaso, como siempre que salíamos más allá de La Laguna, y subimos al Teide, casi pensando, yo por lo menos, que, como en la canción de Lima Quintana y Llopis, habitaba Dios allí.

Precisamente de vivencias en la cumbre como estas habla el libro que he leído esta semana, titulado así y presentado el mes pasado en el Cabildo por sus autores, Montse Quintero García y Juan Antonio Núñez Rodríguez, dos personas que aman el Teide como aquellos que, desde siempre, han abrazado su paisaje inabarcable y han respirado su aire limpio. Por eso, este es un libro precioso (y con una edición exquisita), pero sobre todo es un libro sorprendente.

Sorprenden la cantidad, calidad y belleza de las casi 200 imágenes y fotografías antiguas que Montse, habitante privilegiada de Las Cañadas, ha ido recopilando en archivos y colecciones públicas y privadas.

Sorprenden, por lo completo y detallado, las cinco partes en que los autores han estructurado el libro: 1º, el camino al Teide, el difícil ascenso por aquellos senderos que cruzaban la isla de banda a banda desde antes de la conquista, salpicados de "descansaderos" con nombres como la Fuente del Dornajito, el Pino de la Carabela, el Pino de la Merienda, el Montón de Trigo o la Cueva de Diego Hernández; 2º, los recursos de la cumbre (¿quién podía imaginar en esa inmensidad casi desierta la cantidad de gente que ha vivido de lo que el Teide ofrecía y ofrece: el hielo, el azufre, la piedra pómez, la miel, la caza, el paisaje, el cielo sin contaminación...?); 3º, las construcciones de ayer y de hoy, desde las cabañas de los guanches a las torres blancas del Astrofísico; 4º,los protagonistas en Las Cañadas, guías y arrieros que llevaban y traían, pintores, científicos, escritores, periodistas, fotógrafos...; y la última parte, una selección de vivencias (Sabin Berthelot, Esmeralda Cervantes, Leoncio Rodríguez...), todos tan maravillados como nosotros ante el "Teide gigante, bello, majestuoso, gallardo rey de la feliz Nivaria", como lo saluda Nicolás Estévanez.

Y me ha sorprendido también el texto redactado por Juan Antonio, que ha sabido buscar las explicaciones puntuales a las imágenes, la anécdota precisa, los personajes populares (véase en la página 63 la descripción del proceso de fabricación de carbón, hecha por un carbonero. El habla del "mago", transcrita tal cual -"salíamos por aquí parriba, tumba, tumba..."-, no tiene desperdicio), los hechos específicos, los datos curiosos... ¿Sabían ustedes que existió el proyecto de hacer un tren desde La Laguna a Las Cañadas (que menos mal que se quedó en proyecto)? ¿O que se les prohibió estar en la cumbre a tres astrónomos alemanes durante la I Guerra Mundial no fuera que se les ocurriera usar los telescopios para espiar a los barcos enemigos?

He estado entretenidísima con este libro sugerente que me ha despertado recuerdos, no solo de aquella primera vez que hundimos nuestros dedos infantiles en la nieve, sino de tantas y tantas ocasiones en que hemos ido de excursión, de las dos subidas al cráter haciendo noche en el Refugio y levantándonos de madrugada para ver el amanecer iluminando las siete islas desde allá arriba, de las excursiones escolares, de las veces que llevábamos a los niños a ver la nieve y las Perseidas y los tajinastes y las retamas en flor, de las noches llenas de estrellas infinitas cuando acompañaba a mi marido en el Astrofísico, de las caminatas por senderos escondidos.

Y cuando lo termino, con las bellísimas imágenes todavía en la retina,  hallo la presencia del Teide en mi casa. En la acuarela de Guillermo Sureda que adorna la pared del vestíbulo; en la piedra de obsidiana que reposa junto a mis libros,  recuerdo de alguna vez lejana en la que la recogí; en las fotografías de los álbumes familiares; en los poemas de mi abuelo el poeta, el titulado "Volcán" que empieza con "¡Brama, infierno!... Plutón aviva el fuego / con el fuelle estridente de tu boca / y así, sin alma, sordo, mudo y ciego, / remueve las entrañas de la roca..."; o "Infancia" que dice "Para colgar mi columpio / de dos fúlgidas estrellas / al Teide subí una vez. / Estaba claro el sendero, / sobre mi frente el azul, / la nieve bajo mis pies.". Y, ahora, en este libro, "Vivencias en la cumbre", ya en la estantería de los libros especiales de los que no me voy a desprender nunca y que más de una vez releeré. Una joyita.


Acuarela de Guillermo Sureda

Con mi madre y mis hermanos probando el hielo el día en que subimos a la cumbre por primera vez. Febrero 1957


lunes, 31 de julio de 2017

El baile del esqueleto



Mis nietos pequeños saltan y brincan mientras cantan una canción que dice: "Este es el baile del esqueleto, mueve la cintura, no te quedes quieto, y, si este ritmo para de sonar, yo me congelo en mi lugar". Y en ese momento, se callan y efectivamente se "congelan" quedándose inmóviles, tal como el cese de la música los encuentre: con los pies separados o uno en el aire, las manos quietas en una pirueta, la boca abierta con gesto de piedra... Y así, hasta que se reanuda la canción y empiezan a bailar otra vez.

Me he acordado estos días del baile del esqueleto cuando veo el cese de actividad que supone agosto. En el herbolario donde compro un pan integral con pipas de calabaza que me encanta para mis desayunos me anuncian que hasta septiembre no lo traerán; voy a comprar tela para un mantel a "El Kilo" y, al ver que les queda poca, pregunto si me pueden mandar a pedir más y ya sé, por la cara de la dependienta, que hasta septiembre no hay nada que hacer; la licencia por obras que estamos esperando del Ayuntamiento, ya ni pregunto; mi peluquería echa el cerrojo durante este mes y yo con estos pelos; también cuando paso al lado de mi antiguo Instituto sé que a partir de hoy, 31 de julio, estará cerrado a cal y canto, con lo que van dados los que necesiten un título o un certificado durante este mes. Y roguemos a los cielos para que no nos dé un jamacuco o no se nos estropee la lavadora... ¿Hay alguien trabajando ahí fuera?

Agosto es por excelencia el mes de las vacaciones, una de esas palabras que siempre alegra el ánimo y hace sonreír. Viene de los verbos latinos vaceo y vacare, que significan vaciar o estar vacío, y es algo así lo que se hace en este tiempo bendito: vaciarse de todo lo que nos tiene sujetos en los meses de trabajo, desconectar, desenchufarse, estar ociosos. También otros derivados son vagar y vaguear y vagabundear, otras muchas cosas que también se hacen en vacaciones.

¡Y bienvenidas sean! Porque ya saben que lo de tener vacaciones es de ayer mismo, como quien dice, aunque Platón y Aristóteles (siempre ellos) ya insistieron hace miles de años en la importancia del ocio para desarrollar el coco. Pero luego, durante siglos, eso de no trabajar y que encima te pagaran, estaba pero que muy mal visto, con eso de que esto es un valle de lágrimas y que aquí se viene a trabajar y sanseacabó. Eso sí, los ricachones tenían bula y a ellos lo de penar, como que no. Fue solo hace un siglo, en la revolución de 1917 en Rusia cuando el gobierno bolchevique introduce en sus leyes el derecho a gozar de vacaciones y, un año más tarde, en España una ley contemplaba 15 días libres para los funcionarios. Pero eran intentos más teóricos que prácticos. El 1º que lo puso eficazmente en práctica y para todos los trabajadores fue en Francia el gobierno del Frente Popular de Leon Blum en 1936. Y luego poco a poco se fueron incorporando los demás estados europeos. Costó ¿eh? Pero ahora tener días libres que permitan oxigenar el cerebro y recargar pilas es una de nuestras señas de identidad y uno de los pilares del Estado de Bienestar europeo (Estados Unidos, por ejemplo, no lo contempla en sus leyes, siendo un asunto a negociar entre empresa y empleado. Y los pocos que tienen vacaciones son por solo 10 miserables días).

Alegrémonos, pues, porque es un logro irrenunciable y nada más lejos de mí hablar en contra de ellas. Pero ¿es necesario paralizar el país durante el mes de agosto? ¿Nos lo podemos permitir? ¿No podría contratarse a más gente, hacer más turnos, organizar la cosa un poco más racionalmente? Vayan pensándolo las sesudas cabezas que nos gobiernan, que para eso están, porque me da que no es de recibo este "baile del esqueleto" en el que se engolfa el país trabajando como locos durante todo el año para luego, en agosto, de repente "congelarse" y que aquí no se mueva ni el Tato. Vamos, digo yo.

lunes, 24 de julio de 2017

Mafalda y su tortuga




Llevo un tiempo acordándome mucho de Mafalda y de su tortuguita Burocracia y ahora les explico por qué.

En tiempos de nuestros abuelos, cuando querían construirse una bodega en la que guardar las barricas de vino o las papas de la cosecha, reunían a unos cuantos amigos mañosos y, entre todos, sin más allá ni más acá, la levantaban en unos días y a la semana ya estaban bajo su tejado estrenando la barriquita especial de las celebraciones.

Ahora, cuando los nietos heredan esa bodega que ya el tiempo y el abandono han dejado p'al arrastre (cosa que también nos pasa a nosotros, para qué nos vamos a engañar) y, en lugar de permitir que se siga deteriorando hasta desaparecer, tienen el deseo de devolverle viejos esplendores, las pegas, dislates y zancadillas que la burocracia nos impone recuerdan a lo que hace 2 siglos Larra escribía en su artículo "Vuelva usted mañana" sobre la manía española de no resolver los papeleos rápida y eficazmente.

Esto nos está pasando a mi marido y a mí con la bodega de su abuelo, un cuarto pegado al muro de una huerta con el tejado hecho polvo después de 30 largos años en los que sol, lluvia y desidia hicieron de las suyas. Nada, de todas formas -según mi hermano, que es arquitecto-, que un buen carpintero no pueda arreglar.

Así que, con la mejor de las disposiciones, nos presentamos en el Ayuntamiento para pedir una licencia de obras, pensando, tan ingenuos, que la cosa era algo así como pedirla y dárnosla casi sobre la marcha. No escarmentamos, no. De entrada, nos pidieron que hiciéramos un proyecto hecho por un arquitecto y sellado por el Colegio de Arquitectos de unas 100 y pico hojas con cálculo de estructuras, estudios básicos de seguridad y salud y gestión de residuos, planos hasta del pueblo, presupuestos... "Pero ¡si es un cuartucho, no el Tajmahal!" -le decíamos a la imperturbable aparejadora del Ayuntamiento- "¡Si solo vamos a poner bien el tejado y a hacerle un lavado de cara para que no se venga al suelo!". Pero con la Burocracia hemos topado, Sancho.

Y luego, venga a ir a cada rato, que ya me conozco el Ayuntamiento de ese pueblo como si fuera mi casa: que si falta un dato, que si hay que hacer dos copias, que si una tiene que ir en disquete... ¡Señor! Y al final, cuando ya hemos reunido una ristra de papeles y vamos ufanos a presentarlos, se me ocurre preguntar: "¿Estará ya esto resuelto la semana que viene?" y la técnica me responde que la cosa estará en 3 meses "¿¿¿3 MESES???" "Es que tengo que leerlo y hacer un informe", se justifica ella cuando me oyó el grito ¡3 meses! ¡Si yo me leía 200 exámenes en una semana y me daba hasta tiempo de poner anotaciones!

Hace 5 meses que empezamos todos estos trámites y diligencias. Supongo que alguna vez empezaremos a arreglar la bodega. Tal vez en un día muy, muy lejano bajo un tejado en condiciones descorcharemos una botella de vino y nos beberemos un vaso (si el médico para ese entonces nos deja beber vino), brindando por el abuelo que levantó la bodega en un mundo mucho más sencillo que este que vivimos. Pero entretanto y mientras pasa el tiempo ¿entienden por qué me acuerdo de Mafalda y de su tortuga Burocracia?


lunes, 17 de julio de 2017

¡Huy, qué miedo!




Anda mi nietita Julia, de 3 años, armando jaleo a la hora de acostarse porque dice que tiene miedo. Cuando le preguntamos que de qué, nos habla de la bruja Piruja que viene a pincharle los deditos. Y no hay manera de que acepte que la bruja Piruja no existe y que se duerma de una vez. Solloza y sigue, erre que erre, pidiéndonos en su mejor papel dramático que no la dejemos sola a merced de los monstruos.

Y ahí nos ven arropándola, tranquilizándola, razonando con ella, mimándola... porque en el fondo nos corroe la culpa. Y no es para menos si lo pensamos bien. Empezamos, cuando era pequeña, cantándole el arrorró con esa letra tan apropiada como quitamiedos de "duérmete, mi niña chica, duérmete que viene el coco, y que se lleva a los niños, los niños que duermen poco". Después seguimos con cuentos truculentos, pero que a ella le encantan y que nos pide una y otra vez que le contemos: el de la "Casita de caramelo", en la que yo la pongo de protagonista junto con su hermano, en lugar de a Hansel y Gretel. Y sí, hay una bruja pero, al final, ella la empuja dentro de la chimenea y luego se quedan los dos con toda la casita para montar fiestas de cumpleaños con los amigos, que mejor final, imposible; el de "Los siete cabritillos", con ese lobo tomando yemas de huevo para afinarse la voz y metiendo las patas en harina para parecerse a Mamá Cabra y poder comerse a los cabritillos; el de "Caperucita roja", donde también hay un lobo que se come a abuelitas y nietas, pero con un cazador antilobos al acecho; el de Pulgarcito, con ese ogro comeniños... Y, al final, además, terminamos llevándola al cine y dejándole ver películas en la tele: "Monstruos S.A.", llena de bichos horrorosos en forma de cangrejo de mil ojos o de serpientes viscosas; "Vaiana", que se la sabe de memoria, con Te Ka, un monstruo del tamaño de una isla, que vomita fuego (en la imagen); o "El libro de la selva", con el tigre Shere Khan rugiendo a todo rugir... Julia se conoce a todas las brujas: la de la Bella Durmiente, que le debe haber inspirado lo de los dedos pinchados; la de Blancanieves, más fea que Picio; la madrastra de Cenicienta, tan ruineja ella; la Cruella de Vil de "101 dálmatas"... Vamos, que si a mí me someten a todo ese visionado, me pondría al lado de Julia a llorar también y a implorar que alguien venga a quedarse con las dos porque ¡tenemos miedoooo!

Pero, después de meditar un poco, se me pasan los remordimientos. Cuando sea mayor, le explicaré, como han hecho todos los padres y abuelos del mundo, que lo hicimos por su bien. Que los miedos nos preparan para la vida y nos enseñan que no vayamos solos a un bosque infestado de lobos, que no hablemos con desconocidos, que no nos fiemos de las apariencias porque un lobo con voz dulce y patas enharinadas sigue siendo un lobo. En los cuentos aprendemos que las casitas de caramelo pueden no ser buenas para vivir en ellas; que sí, que las brujas existen, y que el bien es distinto del mal. Le diré que conocer el peligro la hará más fuerte y, en todo caso, la preparará para la huida. Los miedos son, aparte de un estimulante de la imaginación, un excelente mecanismo de defensa.

En el fondo, lo que estamos haciendo entre todos es convertirla en una mujer valiente, que seguro que estará de acuerdo con la frase de mi abuela: "Del hombre bueno líbreme Dios, que ya del malo me libro yo". Y que, si alguien, un presidente de una Generalitat, por ejemplo, dice algo así como "Damos miedo, y más que daremos", ella podrá decir, gracias a esa perfecta educación que le hemos dado: "¡Mieditos a mí! ¡Que te zurzan!".

lunes, 10 de julio de 2017

Y entonces llegó el bikini


Las chicas en bikini de la Villa romana del Casale (foto de Melchor Padilla))

Hace exactamente 71 años, un día de julio de 1946 en Estados Unidos se presentó en sociedad, ¡tachaaán!, el bikini. Louis Reard fue quien hizo enseñar el ombligo, ese desconocido, a las mujeres, señalando que iba a ser un invento tan explosivo como una bomba. De hecho, lo llamó así por el atolón Bikini en las Islas Marshall en donde en ese momento se estaban realizando pruebas para la bomba atómica ¡Y vaya sí lo fue! Me puedo imaginar perfectamente el escándalo y la conmoción que se armó la primera vez que se vio en una playa a una mujer en bragas y sujetador, como si tal cosa.

No hay que olvidar que las faldas se habían acortado en el segundo tercio de siglo y que un poco antes, en tiempos de la Reina Victoria, se forraban con telas floreadas las patas moldeadas de los pianos para esconderlas y que no les recordaran a los hombres, tan libidinosos ellos, las redondeces femeninas.

Por estos lares, las mujeres durante muchos años más siguieron escondiendo sus encantos bajo metros y metros de tela que, a la hora de nadar, no nos llevaban de milagro al fondo de los mares procelosos. 19 años después de aquel día de julio, en el verano de 1965 aquí todavía no se había visto un bikini. Ese año en Bajamar, una vez que me fui a bañar con mi pandilla a un charco que estaba alejado de las piscinas públicas, una de mis amigas, que tendría entonces 14 años, se atrevió a estrenar el primer bikini que vi en persona. Fue un acontecimiento sobradamente comentado (y criticado) que nos dio tema de conversación para todo el mes. Yo me puse mi primer bikini durante mi luna de miel en octubre del 71 y, desde entonces, es casi mi uniforme de verano.

Y, sin embargo, el bikini ya había sido inventado hacía siglos por los romanos, que siempre fueron tan modernos. El año pasado, cuando estuve en Sicilia, fuimos a ver en Piazza Armerina la Villa del Casale, un coto de caza romano del siglo IV, cuyos suelos estaban cubiertos de preciosos mosaicos. Y allí estaban, un grupo de chicas en bikini, más contentas que unas pascuas practicando deportes ¿Cómo dejamos las mujeres que después nos entullaran en ropa?

Bañarte en el mar, sintiendo el agua fresca en la piel, es una de las sensaciones más placenteras que existen. No sientes el impedimento de ropa que te arrastra y eres libre para nadar, zambullirte y jugar con las olas: es un momento de dicha total. Hay una escena de principios del siglo XX en el libro de E.M.Forster "Una habitación con vistas", que me recuerda cada vez que la leo ese gozo liberador que se siente en el agua. La protagonizan dos chicos jóvenes y un reverendo joven de espíritu que van paseando por un jardín un día de verano de mucho calor y se encuentran con un estanque. Sin apenas pensarlo se desnudan y se meten "dentro de la divina agua", se zambullen, se salpican mutuamente, se empujan jugando, disfrutan del momento glorioso. A la mañana siguiente, el hecho para todos "había sido como un grito de la sangre y una relajación de la voluntad, una pasajera bendición cuya influencia no se había perdido, una comunión, un hechizo, un momentáneo cáliz para la juventud".

Hace poco en la Playa de la Arena llamaba la atención una mujer en la orilla forrada de la cabeza a los pies con un burkini oscuro. Su marido y sus hijos llevaban bañadores normales y entraban y salían del agua saltando y riendo. Sin embargo, ella no se movió, ni se bañó. Quieta en la orilla. solo los pies mojados, se la veía francamente incómoda, sudando y atosigada bajo kilos de ropa y bajo la mirada de todo el mundo que no podía dejar de reparar en ella, un manchón negro entre la multitud. Mirándola me acordé de unas palabras de la filósofa Amelia Valcárcel sobre el velo: "Cuando el pañuelo no tenga carga ética, solo estética, yo no tendré nada en su contra; pero mientras alguien me diga que para ser una mujer honrada yo debo velarme y que, si no voy velada, no soy una mujer honesta, eso no es estética sino ética, y además inadmisible". La miré con empatía, de mujer a mujer, y le deseé mentalmente fuerza e inteligencia para ser ella misma. Y después, me tiré al agua, en bikini por supuesto, a disfrutar de la maravilla del mar.


Ursula Andress, el bikini más famoso del cine, en "007 contra el Dr. No" (año 1962)

lunes, 3 de julio de 2017

Mr. Chips y yo




La gente de ahora no la conoce, pero "¡Adiós, Mr. Chips!" de James Hilton fue una novela clásica escrita en los años 30 que nos encantó a muchos en nuestros años mozos y que fue llevada, por lo menos en dos ocasiones, al cine. Sus protagonistas (Robert Donat en 1939 y Peter O'Toole en el 69) fueron candidatos al Óscar y el primero lo ganó.

Mr. Chips es un profesor jubilado de latín y griego en la escuela inglesa de Brookfields que, a la altura de sus 80 y pico años, rememora los 50 cursos que le ha dedicado a la enseñanza. Vive enfrente del colegio y mide sus días por los signos de antaño, prefiriendo la hora de Brookfields a la de Greenwich. Es "un buen viejo, blanca la cabellera, un tanto raleada, vivo y activo para sus años, muy aficionado al té, cariñoso con sus visitantes, ocupado siempre de reunir datos para las memorias anuales del colegio (...) Había adquirido el derecho a esas excentricidades que son frecuentes en los viejos profesores y los antiguos sacerdotes. Usaba sus capas hasta que estaban tan remendadas, que apenas se tenían unidas. Y cuando pasaba lista a los niños, después de los juegos del mediodía, parecía entregarse místicamente a un ritual.". Mr. Chips es un profesor severo en la disciplina, pero también bondadoso, cercano, ocurrente y entrañable.

En épocas especiales -como esta de fin de curso- a muchos jubilados de los que hemos disfrutado con nuestra profesión nos da el síndrome Mr. Chips, "un estado introspectivo, lleno de niños, de rostros y de voces".  

Como él, recordamos todavía el susto del primer día en que empezamos a dar clases a los 22 años: "Cuando entré en el Gran Hall y vi todos esos niños, me temblaron las piernas. Creo que no he estado tan asustado en mi vida. Ni siquiera cuando nos bombardearon los alemanes. Pero ese malestar no duró mucho. Luego me sentí aquí como en mi casa.".

Como él también todavía medimos el tiempo por cursos y, si pasamos cerca de nuestro centro de trabajo y oímos el timbre entre clases, nos da un estremecimiento, como pasa ante un hecho conocido, asumido y vivido como en otra vida.

Como él, el recuerdo, en estos años de jubilación, mezcla rostros con esas listas que recitábamos a diario (formando hermosos hexámetros y combinaciones rítmicas, según Mr. Chips), y que servían sobre todo en mi caso para, desde el primer día, poder retener sus nombres y dialogar en clase.

Como él, recordamos anécdotas -divertidas, evocadoras, trágicas a veces-, y sobre todo, recordamos caras. Y es un placer irte encontrando ahora con muchos de aquellos alumnos con los que compartimos un tiempo y un espacio en la vida. Eduardo, Ana, Víctor... son médicos que me tratan, Antonio es mi notario, a Belén la veo en el mercadillo vendiendo flores, Pablo es profesor de Derecho en la Universidad, Alfonso se metió a político... Hasta tuve un alumno, Alex García, que es actor de cine y que igual ahora ni se acuerda de Platón. Hay un montón de ex-alumnos en Facebook  -Susana, Vero, Yasmina, Pedro, Beatriz, Fernando, Jorge, Saray, Elena, Tamara, Berta, Alicia, Domingo, Carlos, Isabel, Fran, Mónica, Juan Carlos, Javi, Estefanía, Daniel, Carmina, Sabina...- que, de vez en cuando, entran en este blog para dejar un comentario o un "me gusta", un contacto virtual pero que me dice que no están lejos. Y están los que siguieron mi camino -José, Rosario, Santi, Gabriel, Toni, Dani, Rocío, Isaac...- y que ahora son profesores de filosofía, hecho que me hace sentir muy orgullosa.

Pero también, como le pasa a Mr. Chips con todos los que desde Brookfields pasan a nutrir los batallones ingleses durante la Gran Guerra, en mi recuerdo están aquellos que ya no veré más, que sé que no encontraré por casualidad ni a la vuelta de una esquina ni en un aeropuerto ni en una fiesta: Inés, Adrián, Santiago, Luis, Pilar, Walter, José Luis, Alejandro... Rostros que permanecen jóvenes para siempre: "Yo tomé las instantáneas para mi memoria en la clase, en el patio, en la cancha de juegos, y allí siguen siendo siempre niños, con las miradas brillantes, las risas y los cabellos al viento, ingenuos y alegres".

Y es que Mr. Chips nos dio una gran lección a todos los que nos dedicamos a la enseñanza. El gran secreto para que nos guste tanto esta profesión es que, como él hizo, por encima de todo queramos a nuestros alumnos.




lunes, 26 de junio de 2017

Malagueando


Málaga desde el Muelle 

Ahora que empieza el verano, me encuentro por todos lados artículos periodísticos que hablan de los viajes y me he fijado en que muchos animan a ser viajeros y no turistas. Para ello, los hay que te sugieren que te vayas a destinos exóticos, como recorrer el Serengueti en globo, cabalgar sobre olas en Indonesia, subir a un glaciar o retirarte del mundanal ruido a un monasterio en Nepal. Luego están los que añoran encontrar una tierra virgen que no haya pisado el hombre blanco. "La gente se aprieta en un hormiguero mundial", dicen, y echan de menos los tiempos en que Stanley partió en busca del Dr. Livingstone por el África profunda y en los que Shackleton pudo poner en un anuncio: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Y al final también hay otros (como Enrique Vila-Matas) que, ante ese panorama, te exhortan a quedarte en casa -¿dónde se está mejor?- y, si te apetece salir, te lees un libro de viajes. igualito que hacía Kant, el viajero más inmóvil de la historia.

Dado que ninguno de esos consejos me atrae lo suficiente, esta semana he optado por otro camino,  nunca mejor dicho. Me he ido, ligera de equipaje, con mi amiga Cae a su casa de Málaga, ciudad que no conocía y me apetecía mucho conocer. Ir a casa de una amiga de toda la vida sin planes preconcebidos, sin saber muy bien cómo es la ciudad, sin mirar durante esos días el ordenador ni consultar una guía de viajes, ni "ya que estoy aquí" alquilar un coche para ver los alrededores, se me antoja ser lo más parecido a un viajero que malaguea que a un turista sudoroso.

Es verdad que hemos subido a la Alcazaba y hemos imaginado la vida de los árabes que una vez la habitaron; que también visitamos el Museo para conocer algo de la historia de esa ciudad, que fue fenicia, mora y cristiana; que nos llamaron la atención los edificios de altas ventanas y miradores de forja y esa catedral tan impresionante, "la Manquita", como ellos la llaman porque nunca se terminó la segunda torre.

Pero también es verdad que le cogimos el pulso a la ciudad. Fuimos al mercado a comprar fruta, verduras, pescado (y también cigalas, chirlas, gambas frescas...). Paseamos con calma por el Parque, por las calles del centro y de algunos barrios remozados y por las callitas de Pedregalejo, donde antes vivían los pescadores. Un día vimos una procesión a tambor limpio y otro, unos novios saliendo trajeados y guapos de la iglesia. Nos bañamos en La Malagueta, oyendo a la gente que estaba cerca hablar de volver la noche de San Juan a quemar un "Júa". Nos tumbábamos todos los días una buena siesta en las horas de calor, como hace cualquier malagueño en su sano juicio. Hasta nos dio tiempo de ver una exposición temporal en el Museo Picasso sobre la Escuela de Londres y, a mí, de leerme un libro intimista y evocador -"El mar" de John Banville- , cuya lectura irá siempre unida al recuerdo de estos días de junio en Málaga. Hubo cenas de marisco fresco en casa y de espetos de sardinas en la playa, gintónics a la caída de la tarde -una vez mientras oíamos una guitarra que tocaba bajito en una mesa cercana una música flamenca conmovedora-, y mucha, mucha conversación. Hablamos con la gente de la calle (con el frutero que nos hablaba de su huerto y sus melocotones, con el que nos contó que tenía dos cochinos que eran la niña de sus ojos, con aquel chico que había dejado su trabajo de abogado por tener un bar ("mucho más entretenido, dónde va a parar"), con el que había pasado su infancia y juventud en el Toscal en Tenerife...), pero sobre todo, hablamos muchísimo Cae y yo, porque los que nos conocemos desde hace 60 años tenemos que ponernos al día.

Por eso, el viaje no ha sido exótico sino tan normal y entrañable como la vida misma; no ha consistido en pisar tierra virgen porque, si algo hay en Málaga, es gente y vida; y, aunque me he sentido como en mi casa, también existió la emoción de conocer una ciudad nueva, "Málaga cantaora", como la nombró Manuel Machado. Málaga bella, Málaga viva.

A veces, para ser un viajero, no importa el sitio. Tan solo hay que cambiar la mirada.


Vida en la Plaza del Carbón
La Malagueta
La casa de mi amiga, desde la Alcazaba, entre el Museo de Málaga y la Catedral

Espeto de sardinas en la playa

lunes, 19 de junio de 2017

Una muralla que vaya...




A mucha gente le gustan los muros. Sin ir más lejos a uno de mis amigos, con el que de vez en cuando mantengo rifirrafes (respetuosos, eso sí) a cuenta de que pensamos totalmente distinto. Al contrario que a mí, a mi amigo le dan grima palabras como multiculturalismo, progre, cosmopolita o globalización, le encanta Trump al que considera el salvador del mundo, y es partidario de aquello que decíamos de pequeños "calabaza, calabaza, cada uno pa su casa".  Y si para mantener a cada uno en su casa, hay que levantar muros costosísimos, pues se levantan, como hace su amigo Trump, y santas pascuas.

El caso es que, igual que él, ha habido un montón de hacedores de muros. Por ejemplo, al emperador Adriano entre los años 122 y 128 antes de Cristo se le ocurrió partir en dos Inglaterra de este a oeste: "Yo fui el primero -dice- que trazó un muro de ochenta mil pasos para separar a los bárbaros de los romanos". "La erección de una muralla -cuenta Marguerite Yourcenar en "Memorias de Adriano"- que dividía la isla por su parte más angosta sirvió para proteger  las regiones fértiles y civilizadas del sur contra los ataques  de las tribus norteñas". Pero realmente era, sobre todo, una barrera comercial para cobrar impuestos y peajes a todo el que quisiera pasar por allí (la pela es la pela) y una demostración del poder de Roma ¡Aquí, a este lado, estoy yo y allí estás tú!

Los chinos hicieron otro tanto. Para protegerse de los pueblos nómadas del norte, empezaron desde el siglo V a.C. a construir una muralla que llegó a tener 7000 Km. de largo. El emperador Yangdi en el siglo VII d.C. compuso este poema: "El viento otoñal levanta gemidos, / mientras marchamos muy lejos miles de millas ./ A través del desierto reconstruimos la Gran Muralla / pero esta no fue idea nuestra, / fue construida por sabios emperadores del pasado: / establecieron aquí una política que durará miles de siglos / para asegurar las vidas de sus millones de súbditos / ¿Cómo podríamos, pues, evadirnos de preocupaciones / y descansar en paz en la capital?". Se ha dicho que es la única obra humana que se ve desde la Luna, pero no es verdad. Desde allá arriba solo se ve un hermoso planeta azul sin divisiones de ningún tipo.

También los berlineses del Berlín Este construyeron en una sola noche de 1961, como si fuera una hazaña de un cuento de terror mágico, un muro entre las dos Alemanias. Lo llamaron "muro de protección antifascista"; pero para el resto del mundo fue siempre el "muro de la vergüenza", que separó familias y segó las vidas de quienes querían escapar. El escritor Cees Nooteboom, en una entrevista que le hicieron en Madrid sobre su vida en un Berlín dividido, dijo: "Imagina que sales de casa y puedes andar solo hasta el Retiro porque hay un muro por todas partes. Imagina que tu familia vive al otro lado de Atocha y allí hay una vida totalmente diferente, con colas, con policías que te ponen espejos bajo el coche para pasar a verlos. Era muy, muy extraño".

Pero hoy en el Muro de Adriano pastan las ovejas y muchas de las antiguas piedras romanas que lo formaron fueron aprovechadas por los lugareños para hacer sus casas y sus establos. La Muralla China corre el riesgo de desaparecer por los más de ocho millones de turistas venidos de todo el mundo que la visitan y que se llevan poco a poco piedras de souvenir, al tiempo que se hacen un selfie. Y en Berlín cada año se celebra la caída de su muro desde aquel otoño de 1989 que fue, según los que lo vivimos, la revolución más hermosa del mundo. "No hay que olvidar -decía hace 3 años el escritor Ferdinand von Schirach- que en esta ciudad se produjo hace 25 años un verdadero milagro. una revolución pacífica, sin derramamiento de sangre y sin ejecuciones...". En las paredes que quedan hay pintados graffitis que hablan de paz.

Y es que no hay muro que detenga al hombre. A mí me gustaría recordarles a mi amigo y a los Trump y Adrianos de este mundo que ante las murallas, los hombres siempre han encontrado medios para sortearlas (debajo del muro de Trump que separa EEUU de México hay cientos de pasadizos subterráneos), si piensan que tras ellos pueden tener una vida mejor.

Siempre ha habido deseos de esconderse y de mantener alejado al otro que se siente como una amenaza, pero no ha existido nunca un muro en el que el cartel de "no pasarán" fuera eterno.

A mí no me gustan los muros.



(En las imágenes un fragmento del Muro de Adriano, y la famosa foto del soldado Conrad Schumann saltando las alambradas del Muro de Berlín, obra del fotógrafo Peter Leibing)



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