martes, 28 de diciembre de 2010

El villancico cruel




Los villancicos no deben ser crueles. Deben hablar de San José, la Virgen, el Niño, los pastorcillos, los ángeles, paz, amor, felicidad y campana sobre campana. Y, sin embargo, uno de los villancicos de toda la vida tiene una estrofa que siempre me ha parecido especialmente cruel. Además, porque el estribillo es todo lo contrario:

Alegría, alegría, alegría,
alegría, alegría y placer,
que esta noche nace el niño
en el portal de Belén.

La estrofa a la que me refiero es la que dice así:

Esta noche es Nochebuena,
noche de comer pasteles,
y el que no pueda comerlos
que se arrime a las paredes.
Y después venga otra vez, hala, el “alegría, alegría, alegría”…

En mi tierra los pasteles típicos de Nochebuena son esos redondos de hojaldre con un corazón de guayaba o cabello de ángel en su interior. A mi madre se los venía a vender por estas fechas una señora que iba por las casas con su aromática cesta de exquisiteces (¿existe todavía esa venta a domicilio?). Los más famosos ahora son los de Los Realejos y mi amiga Margarita, que es de aquellas tierras, me regala siempre una caja por navidad.

A mí esas capas doradas, crujientes y riquísimas del hojaldre me saben a navidad y me recuerdan otras navidades pasadas. Pero también me traen a la memoria el villancico cruel. No dejo de imaginarme, cuando los como, lo mismo que cuando era pequeña: yo, zampándomelos y un montón de niños pegados a las paredes, mirándome con ojos tristes. O peor, con ojos resentidos, como diciendo la frase infantil de entonces: “A ver si invitas, marrón”.

Mi brindis de este año nuevo va por que esta escena no exista ni pueda existir. Por que todo el mundo tenga una vida digna que te permita tener todas tus necesidades satisfechas, incluido el placer de comerte en navidad un pastel de hojaldre.

No más hambre. No más insolidaridad. No más villancicos crueles. 

martes, 21 de diciembre de 2010

Arretrancos




Ante la Navidad hay dos tipos de personas. Están las que, como yo, disfrutan de ella, compran árbol de los de verdad, hacen calendario de adviento y romances para el amigo invisible, les encanta regalar, preparan nacimientos y adornos por toda la casa y hacen cenas especiales a tutiplén. Y luego están los que rezongan, como mi marido. A partir de octubre, que es cuando yo empiezo a calentar motores comprando regalos de reyes, se le oye de vez en cuando murmurar por lo bajo: “…follón… qué necesidad…¿Más regalos?... y ahora, qué rollo… ¡Dios mío, otra comilona!... ya no puedo más”, y así.

Pero este año he encontrado la solución: pintar la casa por dentro dos semanas antes de la Nochebuena. Es que es estupendo porque pintar no es solamente pintar. Hay que desmantelar todo, habitación por habitación, quitando todos los arretrancos que se habían ido acumulando a lo largo de los años, tapando paredes y llenando estanterías y trasteros.

La palabra “arretranco” según el Diccionario de canarismos es “trasto viejo e inútil que estorba”, con lo cual no me explico por qué, si es trasto, si es viejo, si es inútil y si estorba (y no me estoy refiriendo a personas, ojo), todos tenemos la casa llena de ellos. Pero así es, y te das cuenta cuando haces machuca y limpia.

Del trastero han salido las primeras tumbonas que tuvimos cuando nos mudamos hace casi 30 años. Eran de aquellas de hierro con el asiento de tela y, cuando se nos rompieron, las dejamos por si alguna vez las arreglábamos. ¿Y cómo íbamos a tirar, aunque fuera un trasto, esa máquina enorme para hacer hasta jugos de zanahorias, aunque nunca hicimos ninguno? ¿Y la vajilla de diario, ahora diezmada y sin brillo, que nos regalaron en la boda y que cobijó mis primeros pinitos en la cocina? O la pantalla del primer ordenador que tuvimos o el equipo de música de la era analógica, que es como decir antidiluviana. O una caja llena de Barbies despelujadas de mi sobrina, que me quedé para adecentarlas y dárselas a mi nieta cuando la tuviera y, ahora que la tengo, ni me acordaba. Y marcos de cuadros, y libros, libros, libros que ya no leeré más, y los apuntes de la carrera o las fichas de la tesis que no terminé ni pienso terminar.

Y también te vas encontrando a lo largo de la casa lo que te traes de los viajes. A mí me pasa lo mismo que a Sócrates, que le encantaba llegar a una ciudad y pasear por los mercados y mercadillos. Pero, mientras él, mucho más sabio, cuando los visitaba decía: “¡Hay que ver la de cosas que hay que no necesito!”, yo me pongo a comprar arretrancos. Pero ¿quién se resiste a una bola de cristal que parece tener en su interior el pasado, el presente y el futuro? ¿O a esa jarrita de un mercadillo de Karlovy Vary, con una forma especial para beber el agua (asquerosa) que mana de las fuentes de ese balneario checo? ¿O la tetera y los vasos de té que me trajeron de un mercado marroquí?

Así que aquí estamos ahora, exhaustos y polvorientos, cantando villancicos mientras ordenamos y ponemos todo otra vez en las habitaciones recién pintadas y tiramos tantos arretrancos que en el “Punto limpio” ya me dicen: “Oh, Jane ¿tú por aquí otra vez?”.

Pero eso sí, este año he conseguido dos cosas. Una, empezar el año nuevo con la casa limpia y mucho más vacía, para volverla a llenar el próximo con nuevos arretrancos. Y otra, que mi marido, por primera vez, en estos días no ha rezongado nada por las navidades. 

martes, 14 de diciembre de 2010

Mi compañera de habitación


Esta semana he estado en Madrid para asistir a la investidura como académica de Ana Crespo, mi amiga y compañera de habitación del colegio mayor en mis años de estudiante. En aquel salón de la Academia de Ciencias, presidido por un enorme retrato de la Reina Isabel II (que no sé qué pintaba allí) y arropada por un montón de señores vestidos de chaqué, me pareció fresco y joven el discurso de Ana que tituló "El discurrir de una Ciencia amable y la vigencia de sus objetivos: de Linneo al código de barras de ADN se pasa por Darwin". En él habló de sus amados líquenes pero también de sus bisabuelos, Pedro J. de las Casas y Rita Pérez, que alfabetizaron a media isla de La Palma y guardaban entre los documentos de su Biblioteca una copia manuscrita de "La boda de las plantas", una oda a Linneo de nuestro Viera y Clavijo, que empieza así:
"Los Desposorios de la amable Flora
cantar en un vergel es mi deseo; 
templa su voz mi lira y suave implora
para el epitalamio no a Himeneo
sino al que la Botánica ya adora
por numen fiel, al inmortal Linneo,
al primero que vio en las plantas todas
los sexos, los amores y las bodas..."





Y esta fue la entrada que yo escribí hace 2 años, cuando la nombraron académica, y que suscribo hoy como entonces. 

Eso de tener una habitación propia que pedía Virginia Woolf no va mucho conmigo. Soy capaz de abstraerme leyendo o escribiendo en un cuarto lleno de gente. Y, para dormir, desde siempre lo he hecho cómodamente acompañada: en casa de mis padres, con mi hermana; y en mis años de Madrid, en el Colegio Mayor, con Ana, mi compañera de habitación, por quien le puse el nombre a mi hija.

Tener una compañera de habitación que conecte contigo es una suerte y un privilegio. Ana estuvo ahí en el día a día, pero también cuando me llamaron por teléfono para decirme que mi abuela había muerto o la mañana en la que hubo un terremoto en Madrid y me despertó de un sueño inquieto en que me mecían en una cuna, para salir corriendo al pasillo. Pero también estuvo en las partidas de cartas entre examen y examen, en las lecturas comentadas, en una conversación que tuvimos con Buero Vallejo después de ver “El tragaluz”… Estuvo en las buenas y en las malas, como hacen las amigas de verdad.


De ella ya he hablado en este blog, cuando les conté en “El gen coleccionista” que me había traído de China 10 marcadores de libros preciosos, o cuando hablé de mi momento estelar, que también fue el de ella. Pero momentos hubo muchos. Con Ana y José Ramón, su entonces novio y hoy su marido, descubrí Madrid: los paseos a Rosales a tomarnos un helado después de una tarde estudiando, las visitas al Museo del Prado a sentarnos delante de “El jardín de las delicias” de El Bosco, las mañanas de domingo en la Cuesta de Moyano rebuscando entre libros… Mis mejores recuerdos de aquellos años los incluyen a los dos, compartiendo música y risas y hablando, hablando, hablando de todo lo que en ese momento teníamos o pensábamos tener.

Gracias al 600 de José Ramón (¡bendito 600!) nos íbamos a merendar a Chinchón o a Aranjuez y, sobre todo, nos íbamos a la montaña a hacer caminatas, alguna vez incluso durmiendo en una cabaña de pastores al lado de las fuentes del Lozoya.

En todas ellas, Ana, que ya se estaba aficionando a la Botánica, recogía líquenes y nos los hacía recoger a los demás. Si caminas por la montaña con una forofa de los líquenes, de repente empiezas a descubrir que toda la naturaleza está tapizada de ellos. A los árboles y a las rocas sus colores –verde agua, tejas, cobrizos, dorados- los embellecen y sabes que, aunque hasta ese momento eran invisibles, a partir de entonces ya no dejarás de verlos nunca más. Y, mientras los recogíamos, Ana los iba nombrando –parmelia perlata, umbilicaria postulata…-, bellos nombres latinos que todavía recuerdo.
 
Las dos nacimos en marzo del 48, yo unos días antes que ella. Las dos somos de Tenerife y empezamos la carrera en la Universidad de La Laguna y terminamos en la Complutense al mismo tiempo. Las dos tuvimos vivencias comunes en aquellos años convulsos desde el 67 al 70: las asambleas, las manifestaciones, los grises a caballo, la censura, el estado de excepción, la primera conciencia política.

Pero después la vida nos llevó por caminos diferentes. Ella continuó en Madrid –allí están su casa y su trabajo- y yo me vine para Tenerife. Nos vemos muy de vez en cuando pero, aunque pase tiempo, cuando la veo, a ella y a José Ramón, siento la comodidad que sólo se tiene con la gente cercana, aquella con la que no sólo has compartido una parte de tu vida, sino con la que también has soñado el resto. Sé que puedo contar con ella y ella sabe que puede contar conmigo.

Y ahora yo me he jubilado y ella no creo que lo haga en mucho tiempo. Ana es Ana Crespo de las Casas, Catedrática de Botánica de la Complutense, un hacha en su especialidad, reconocida en todo el mundo. Y sé que seguirá, cuidadosa, paciente, inteligente y curiosa, como toda buena investigadora, enseñando a nuevas generaciones a observar la naturaleza y que los líquenes están ahí.

Hace muy poco la han nombrado Académica de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, la primera canaria que ingresa en ella y una de las tres mujeres que lo han hecho en toda su historia. Y yo no puedo evitar sentir una enorme alegría y también el orgullo de haber compartido ronquidos con ella hace ya 40 y pico años. Porque es como si una parte de mí –aquella que convivió con plantas de todo tipo envueltas en periódicos y bolsitas desperdigados por toda la habitación común- también estuviera con ella, formando parte ya para siempre de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales.

(La foto en color es del acto académico el pasado 28 de noviembre de 2012. En la foto en blanco y negro estamos Ana y yo rebuscando entre libros usados en una de las casetas de la Cuesta de Moyano un domingo de abril del 69. La foto la sacó José Ramón)



martes, 7 de diciembre de 2010

Entonces, ¿a qué volver?




Ya los pueblos no son lo que eran. Cuando vuelvo a los pueblos de los veranos de mi niñez -Granadilla, Los Realejos, Los Sauces- me dan ganas de cantar aquella canción de Los Chalchaleros: “La casa ya es otra casa, el árbol ya no es aquel…”. El paisaje ha cambiado, las casas en las que viví –casas de tejado, con suelo y techos de tea, cálidas y acogedoras- ya no existen. Tampoco están mis padres, mis tíos o mis abuelas, las personas con las que estuve en ellas, dando por seguro que la vida era eterna.

En esos pueblos, todo el mundo se conocía y las fuerzas vivas eran individuos únicos: el cartero, el guardia, el barrendero, el boticario, el sastre, incluso el tonto o el ladrón del pueblo. Y también el maestro, como mi tío abuelo Cándido, que enseñó a muchas generaciones de sauceros, por lo que hoy el Instituto de Los Sauces lleva merecidamente su nombre. Yo le tenía terror. Cada vez que en mi niñez iba a Los Sauces, mi tío abuelo me cogía por banda, a pesar de mis esfuerzos por escaquearme, y me hacía un examen en toda regla. Perdí muchos puntos a sus ojos cuando, a los 8 años, no me supe la lista de los Reyes Godos. Me la aprendí de memoria al año siguiente y, nada más verlo, sin saludarlo ni nada, le espeté: “Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico, Turismundo…”.

La canción de Los Chalchaleros sigue diciendo: “Si han volteado hasta el recuerdo, entonces, ¿a qué volver?”. Yo pienso que hay que volver porque siempre algo perdura. Me encantan los saludos educados que todos nos damos en los pueblos, la mirada orgullosa del “yo soy de aquí”, los poyos en los que se sientan todo el día los jubilados a hablar de lo divino y lo humano, el que todavía algún anochecer de verano saquen las sillas a la calle y hablen mientras contemplan las estrellas. Me gustan las señoras que barren a la puerta de su casa, dando por hecho que lo público también les pertenece y que hay que cuidarlo; me gusta que todos sepan quién es quien y con quién pueden contar o el que hagan piña en momentos determinados. Me gustan hasta los personajes extravagantes que existen siempre en todos los pueblos, como Toribia, que, cuando nos veía a las niñas en Los Realejos, se empeñaba, ante el horror de mi tía, en hacernos con saliva caracolillos en el flequillo.

Y, bien mirado, tal vez la cosa no haya cambiado tanto. Me contaban el otro día que, cuando llamaron a un pueblo de Tenerife para investigar un robo, le contestaron: “El de aquí no fue”. Y cuando en otro pueblo del sur desaparecieron las gallinas y los pollos de un vecino, todos supieron enseguida quién había sido el ladrón. Máxime cuando éste al día siguiente ponía un cartel en su casa que decía:”Se venden huevos”.

Y es que también no hay nada como un pueblo para reírse un rato. 




(La imagen inicial es de una de las casas en las que viví, la casa de mi tía Agustina en Los Sauces. La imagen final es el busto de mi tío abuelo Cándido -el que me hizo sufrir con la lista de los reyes godos- en la Alameda de Los Sauces)

martes, 30 de noviembre de 2010

El principio de la sabiduría



Dicen los filósofos que el principio de la sabiduría es la ignorancia. Ningún enterado de esos que creen que se lo saben todo se pone a buscar, a indagar, a caminar en pos de la verdad (si es que ésta existe). Este es el sentido del “sólo sé que no sé nada” socrático, que muchos continúan con “y todavía no estoy muy seguro de ello”.

Es lógico, entonces, pensar que detrás de la ignorancia vienen las preguntas ¿verdad? Y, sin embargo, parece haber en el sexo masculino una increíble tendencia a no preguntar nada. Ya pueden estar en un pueblo perdido en medio de la estepa castellana sin saber qué rumbo tomar para volver a la civilización y, por supuesto, sin GPS, que antes muertos que preguntar al lugareño más cercano cosas tan elementales como “¿cómo se sale de aquí”, “¿hay alguna gasolinera cerca?” y “¿dónde se puede comer bueno, bonito y barato por estos andurriales?”.

Por eso me encantan mis nietos. No se cortan un pelo a la hora de preguntar y, aunque a veces sean tan pesados como el crío que en la canción de Les Luthiers pregunta, machacón, por qué la gallinita dijo “eureka”, por qué, por qué y por qué, su repertorio de preguntas, inacabable, demuestra que están en el camino de la sabiduría. He aquí una muestra de ellas, recogidas este verano pasado en que los he tenido conmigo casi a tiempo completo:

¿Por qué el dedo gordo del pie está al lado de los demás?
¿De qué están hechos los ojos de los peluches?
¿Por qué los mosquitos no pican a los zorros en lugar de a los humanos?
¿Las ratas se lavan?
¿Por qué las hormigas no se caen al subir por las paredes?
¿Cuántas servilletas de papel hay en el mundo?
¿Por qué las gotas de agua se ponen redondas en el espacio?
¿Las gaviotas viven en una “gavietita”? (Con esta creo que pretendían hacer un chiste)
¿En el tiempo de los dinosaurios ¿existían las montañas?
¿Por qué hay restaurantes chinos si a todo el mundo le gusta la comida normal?
Cuando explote el volcán ¿qué habrá después de los humanos?
¿Por qué todas las casas no son hinchables?
¿Dónde viven las mariposas?
¿Qué trajes se pone el Ratoncito Pérez? ¿En serio es un ratón?

Ahora el único problema que tenemos los abuelos es encontrar las respuestas.  

martes, 23 de noviembre de 2010

Adivinanzas en la oscuridad




Este título lo he tomado prestado de uno de los capítulos más memorables de “El hobbit” de J.R.R. Tolkien, sólo que adaptado al habla canaria, en la que usamos más “adivinanzas” que “acertijos”. En este capítulo Tolkien nos dice que los torneos de adivinanzas son sagrados y de una antigüedad inmensa, y el que se plantea entre Bilbo Bolsón, el hobbit, y el tramposo Gollum, lo es. Hallar la solución es, además, para Bilbo la llave para salir de la oscuridad literal de una cueva llena de seres malignos hacia la luz exterior.

Del mismo modo, todos los que hemos jugado desde chicos a las adivinanzas hacemos el mismo camino: estamos en las tinieblas y de repente se hace la luz (la bombillita sobre la cabeza de los colorines) y decimos, como un amigo mío que a todas responde lo mismo: “¡La gallina!”.

Las clásicas (“Alto, alto como un pino y pesa menos que un comino”, “Oro parece, plata no es…”, “Adivina, adivinanza ¿qué tiene el rey en la panza?”…) ya nos enseñan de pequeños a usar las metáforas y a jugar con las palabras. Con el tiempo, nos van gustando cada vez más complicadas (“En medio del cielo estoy / sin ser lucero ni estrella, / sin ser sol ni luna bella. / Adivina tú quién soy.”, “Caja sin llave, / tapa o bisagra, / pero dentro un tesoro / dorado guarda”…). Y siempre, siempre, intentamos llegar a la luz aunque sea para que no se cumpla “y el que no la acierta bien tonto que es”.

¿Juegan todavía los niños y los jóvenes a las adivinanzas, como lo hacíamos nosotros? A veces, lo dudas cuando los ves, zombis, con las maquinitas, abstraídos en su mundo, sin intervenir en la conversación. Pero a mis nietos les encantan, y a veces las inventan, y mi amiga Lolina me contó que, en la playa, un grupo de chicos y chicas estaba entretenidísimo la otra tarde oyendo a uno de ellos que les proponía una: “Tú tienes 3 por delante y ninguno por detrás; tú, uno por detrás; a ti no te conozco lo suficiente para saber si tienes o no; tú no tienes ni por delante ni por detrás...”. Y ella veía en todos el acicate de la curiosidad, el entusiasmo por encontrar la respuesta, las risas, las tentativas, los razonamientos…: el cerebro a pleno funcionamiento. Cuando ya se iba, no pudo evitar acercarse y rogarles que, por favor, le dijeran la solución, o se iba a pasar el día y la noche dándole vueltas. “Los hermanos”, le dijeron.

Durante mis años de profesora di una asignatura que se llamaba “Aprender a razonar” y dediqué siempre una clase a las adivinanzas (incluyendo el capítulo de “El hobbit” sin las respuestas) y puse muchas. Una de mis preferidas era un poema de García Lorca, que él plantea como adivinanza, dando en el último verso la solución. A mis alumnos les costaba pero al final, con ayuda, la adivinaban. Si no la saben, traten de hacer lo mismo sin hacer trampa. Y no vale decir: “¡La gallina!”:

En la redonda
encrucijada,
seis doncellas
bailan.
Tres de carne
y tres de plata.
Los sueños de ayer las buscan
pero las tiene abrazadas
un Polifemo de oro.
¡?? ????????! 

martes, 16 de noviembre de 2010

Acompáñame





Mi bautizo en la Universidad de La Laguna a los 17 años, allá por 1965, estuvo unido a tres hechos. El primero fue que por primera vez allí mismo, en los jardines de la Facultad, asistí al rodaje de una película. Se llamaba “Acompáñame” y estaba protagonizada por Rocío Dúrcal y Enrique Guzmán, que evidentemente, como actores, no aspiraban al Óscar.

Me imagino que algunos días de aquel noviembre no hubo clase porque ¿cómo estaba allí toda la universidad, sin perderse ni una escena? O mejor dicho, gozándonos la repetición de la misma escena veinte veces, la bajada de la tuna por la rampa del jardín, con Rocío y Enrique delante, cantando “Ninguna como mi tuna que al Teide le quiere robar una a una las luces que van a estrellar mi fortuna”.

 Después hablamos en el bar con Enrique Guzmán, uno de mis cantantes preferidos en esa época, y comprobamos que era tan agradable como parecía. Y, por supuesto, nadie se perdió más tarde la película, no sólo para constatar que, en la escena de la tuna, aunque no se nos ve, al otro lado de la cámara 3000 curiosos estábamos allí, como el dinosaurio de Monterroso, sino también para ver a los extras conocidos: a aquella chica de 2º que hizo de inglesa aunque no lo era, a mi entrenador de baloncesto bajando por las escaleras de una piscina o a mi amigo Chano que estaba en la tuna.

El segundo hecho fue encontrarme con un joven profesor de Filosofía, Don Emilio Lledó, que cambió mi visión de las cosas y nos dejó a todos encandilados. Nos enseñó filosofía, pero también a pensar, a ser críticos, a leer a los filósofos, o a analizar frases como la de “Hoy es siempre todavía” o “La Tierra es azul como una naranja”.

Uno de los primeros días de aquel curso de 1965, cuando subía en la guagua desde Santa Cruz a la facultad, se sentó a mi lado y todavía recuerdo la emoción ante su presencia, pero sobre todo el asombro de que me reconociera, me preguntara cosas y me escuchara (y de que usara la guagua). No estábamos acostumbrados a profesores así.

El tercer hecho fue que me enamoré. Los de Ciencias organizaron para el 15 de noviembre una excursión al Lago Martiánez, en el Puerto de la Cruz, y en ella un chico de ojos azules que tocaba la guitarra me miró y me sonrió. Fue un día precioso: baño en el Lago, comida junto al mar y baile al atardecer. A la vuelta, ya íbamos juntos en la guagua hablando sin parar.

Hoy tiene 64 años. La profesora de mi nieta le dijo a ésta este principio de curso: “¡Qué abuelo más guapo tienes!”, y ella contestó: ”Sí, pero no tiene pelo”. A pesar de esto, sigue teniendo los mismos ojos azules y la misma sonrisa que me enamoraron. Y sigue tocando la guitarra.

Yo me especialicé en Filosofía y de vez en cuando tengo la suerte de volver a ver a Don Emilio. Hoy es uno de los más importantes filósofos europeos, miembro de la Real Academia y autor de varios libros. Pero sigue siendo joven y entusiasta a sus 83 años, y sigue gustándole escuchar a los demás. En uno de sus libros me puso esta dedicatoria: “Para Isabel, en la ya larga memoria de nuestros años en La Laguna, soñando una nueva Universidad”.

De “Acompáñame” me queda una copia desvaída en un vídeo. Algunos de los que intervinieron en la película, incluyendo a la protagonista, han muerto ya, y los escenarios –el Puerto, la Universidad, Las Caletillas, la Rambla- han cambiado totalmente.

Pero tal vez su título sea lo más actual. De alguna manera, en mis recuerdos de aquel otoño de hace 45 años están mezclados los primeros paseos de la mano, las risas y las canciones, las discusiones y los debates profundos sobre el sentido de la vida después de las clases de filosofía, los nuevos descubrimientos, las complicidades con las amigas y amigos, lo jóvenes que éramos. Y esas vivencias, que dirigieron mi camino en una dirección determinada, sí que realmente me han acompañado toda la vida. 

martes, 2 de noviembre de 2010

Pomporrutas imperiales




Yo siempre he sido muy de himnos, qué se le va a hacer. Me encanta ese tachántachán, que anima a cuadrarse, levantar la cabeza y andar erguida cantando a grito pelado como si estuviera marchando en un desfile. Y me gustan casi todos los himnos patrióticos, desde el nacional hasta la Internacional o la Marsellesa. Nadie es perfecto.

De hecho, me enamoré de los libros de Harry Potter cuando en el primero (que mi hija me regaló nada más salir porque pensó que me interesaría aquello de “la piedra filosofal”) vociferan el Himno de Hogwarts, cada uno a su aire: “Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts, / enséñanos algo, por favor. / Aunque seamos viejos y calvos / o jóvenes con rodillas sucias, / nuestras mentes pueden ser llenadas / con algunas materias interesantes. / Porque ahora están vacías y llenas de aire, / pulgas muertas y un poco de pelusa. / Así que enséñanos cosas que valga la pena saber, / haz que recordemos lo que olvidamos, / hazlo lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto / y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman”. Grandioso ¿verdad? Hasta Dumbledore, el director, dice, al terminarlo, enjugándose los ojos: “¡Ah, la música! ¡Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí!".

En mi colegio nos tupían a himnos religiosos, como el de Santo Tomás (Doctor angelical, sol de la Iglesia…), y patrióticos, como ese Montañas nevadas, banderas al viento, a cuyo compás marchábamos en las tablas de gimnasia. Era la posguerra y, en crisis continua y a falta de cosas mejores, las canciones nos hablaban de glorias pasadas, no dudando en recular hasta los Reyes Católicos (De Isabel y Fernando el espíritu impera…) o en animarnos con reivindicar imperios perdidos en la noche de los tiempos, como ese “Voy por rutas imperiales, caminando hacia Dios…”, que para nosotros pronto se convirtió en Pomporrutas imperiales.

A mi hermano y a mi primo les enseñaban, además, en el colegio el “Cara al sol”. Recuerdo una vez, caminando desde San Andrés a Las Teresitas, que iban cantándolo a todo trapo con sus voces infantiles, y una viejita que pasaba se quedó mirándolos y les dijo: “¿Cagas al sol? ¡Caga a la Luna que nadie te ve!”. A ellos y a mí, que estábamos en el periodo caca-pedo-culo-pis, nos hizo una gracia tremenda y nos partíamos de la risa.

¿Ha pasado ya la época de los himnos? Tal vez sí. Hace años me invitaron a una comida multitudinaria con mi colegio, un puchero en casa de Pedro el Cruzantero. Fue un rato estupendo porque siempre se pasa bien comiendo una buena comida y recordando viejos tiempos. Pero al final se levantaron las mayores, que eran quienes lo habían organizado todo, y a una señal, todas se pusieron a cantar el himno del colegio (uno de los pocos que no me gustan) con un entusiasmo digno de mejor causa. Lo más que recuerdo es, al mirar alrededor (a ver dónde podía meterme), ver la mirada estupefacta y la boca abierta de Pedro el Cruzantero viendo a todas aquellas señoras de 70 años o más, desgañitarse cantando que "al entrar en el colegio de las Madres Dominicas hay un letrero que dice ¡viva Santa Catalina!". No he vuelto más.

Aunque a lo mejor sí hay espacio para himnos hoy en día. Después de todo el Tenerife, que está en la cola, tiene su “Tenerife, adelante, tu coraje y tu valor no conoce rival…”, aunque esos rivales le metan goles a porrillo. Pero para mí elegiría otra clase de himno: uno, menos marcial y aguerrido, muy alejado ya de las “pomporrutas imperiales”, sin desfiles, ni clarín de trompetas.

Simplemente, tal vez sea el momento de cantar suavito en esta tibia tarde de otoño, con el único acompañamiento de la guitarra, un Himno de gratitud: Gracias a la vida, que me ha dado tanto… 

martes, 26 de octubre de 2010

Cría cuervos




Me ha llamado la atención este 8 de octubre pasado la publicación de dos noticias que aparecieron a la vez en “El País”. Una era que un alcalde de un pueblo de Pontevedra destituyó a su padre, número dos del gobierno local, que llevaba 40 años en el Ayuntamiento. La otra, cinco páginas después, decía que a Llongueras, el peluquero, lo ha echado su hija de la empresa que él fundó, con un burofax en el que lo trata de usted, como a los padres de antes, y en el que le da el finiquito. ¡Pues sí que viene pisando fuerte esta generación!, me quedo pensando.

Y no digo que no haya padres que merezcan esa patada por el trasero, como diría tan finamente Ana Oramas, la diputada. Uno de mis amigos, cuando le decía a su hijo pequeño que se tirara sin miedo a la piscina, que él lo recogería en sus brazos, siempre se quitaba en el último momento, dejando al pobre niño, después del planchazo, chapoteando desesperado. Al final lo recogía y le decía: “Eso es para que no te fíes ni de tu padre”. Y se quedaba más ancho que Pancho, pensando que le había dado la lección de su vida, sin darse cuenta de la aviesa mirada del crío, que contenía toda una declaración de intenciones: “Te vas a enterar tú cuando yo mida 1’90 y te mande el finiquito…”

Y es que hay muchos que no aprenden de la Historia, donde encontramos a cada paso a hijos y parientes que defienden eso de quítate tú pa’ponerme yo. Ahí tienen a Nerón que se cargó, sin que se le moviera una ceja o una fibra filial, a su madre, Agripina; a Pedro I de Portugal que echó del trono a su padre, Alfonso IV, provocando una guerra civil; o a los Medici, que celebraban las meriendas familiares con té y galletitas de arsénico.

Pero, después de todo, hay que entenderlos. Agripina era más mala que un dolor y también tenía su cuota de asesinados; Alfonso IV había mandado matar a Inés de Castro, la amada de su hijo, al que, con toda la razón del mundo, eso no le sentó nada bien; y los Medici debieron pensar que a cuenta de qué tú tienes un ducado y yo no, oye.

A lo mejor, eso es lo que les pasa a los políticos, los pobres: que arrastran un enfado desde niños por alguna buena nalgada recibida de un adulto. Y ahora se están vengando.

 Por eso, si alguna vez hago el decálogo del futuro jubilado (que no lo haré porque no me gustan los decálogos), pondría como uno de los principales preceptos Mimarás y tratarás con guantes de seda a los tiernos infantes. Porque si no, nunca se sabe si alguno de ellos, cuando crezca, te va a mandar un burofax, quitándote la pensión. 

martes, 19 de octubre de 2010

Con los pelos de punta
























Mis nietos, cuando se quedan en casa, se despiertan alguna noche diciendo ¡tengo miedo! Nosotros les acariciamos la cabecita, le damos un vaso de agua y un beso suave, les dejamos encendida la luz del pasillo y les decimos “cierra los ojos, mi amor, yo estoy aquí”.

Todos hemos sentido miedo. No somos como los normandos de aquel cómic de Astérix que no conocían el miedo y bajaron hasta Bretaña a conocerlo. Al final, les hacen oír las espantosas y desafinadas canciones del bardo de la tribu y el jefe normando termina gritando: “¡Bastaaa!... ¡me tiemblan las piernas, me castañetean los dientes, sudores fríos cubren mi frente y se me hace un nudo en el estómago!”En resumidas cuentas –le dice Astérix- , ¡tienes miedo!”.

Y sí, todo eso, más los pelos de punta y el frío helado por la espalda, es exactamente lo que sentimos cuando tememos algo. Pero ¡qué cosa más imprecisa y, a veces, absurda es el miedo! Te lo puede dar la oscuridad, lo desconocido, una sombra vaga, un ruido… Incluso algo tan tonto como una imagen en un papel. A mí, de pequeña, me asustaba este programa antiguo de película, tan normalito, simple y cursilón él, pero ¡ay! con un inquietante título, “Mil ojos tiene la noche”. Esas cinco palabras me transmitían la sensación de estar constantemente vigilada por algo desconocido. Recuerdo estar por las noches en mi cama, sin apenas moverme y con los ojos muy, muy cerrados porque pensaba que, si los abría, vería los mil ojos a mi alrededor. ¡Qué miedo!

Pero el caso es que también a veces, de masoquistas, queremos tener miedo, lo buscamos, como cuando nos poníamos a oscuras, preferiblemente un día de difuntos, iluminados sólo con velas, mis primos, mis hermanos y yo a contarnos, con voz cavernosa (se nos daba bien esa voz), historias de fantasmas y de muertos que salían de la tumba a tocar en la puerta. Nos inventábamos cosas horripilantes, hasta que mi madre nos lo prohibió porque teníamos a mi hermana pequeña en un sinvivir.

Pero eso debe estar en nuestra naturaleza porque, de mayores, seguimos en esa vena, viendo con deleite películas como las de Hitchcock o “El sexto sentido”, o leyendo a Poe, Lovecraft o Stephen King, que luego nos tienen la noche en vela y en vilo, mirando de reojo la sombra que está tras la puerta o escuchando qué demonios será ese ruido. O incluso, como un verano en que a todo Tenerife le dio por ahí, jugando a la ouija o a las voces psicofónicas (“sinfónicas” las llamaba mi hermano), que también te dejaban el estómago con mariposas y el cuello torcido de tanto mirar hacia atrás.

Y es que los humanos somos complicados. Vale que el miedo es un mecanismo de defensa; vale que la descarga de adrenalina nos prepara para la huida (el “pies para que os quiero”); vale que compartimos con los animales esta emoción básica… Pero, ya puestos, ¿por qué tener miedo de sombras nocturnas y seres etéreos? Les Luthiers lo vieron clarísimo cuando alertaban en uno de sus números, “Consejos para padres”, de no asustar a los niños con el coco, brujas u ogros, terribles personajes imaginarios, sino con realidades: ¡un lobo, una araña, una buena víbora!

Porque, si lo pensamos bien, el mundo está lleno de cosas, sucesos, personas… reales, demasiado reales, ante las que gritar con los pelos de punta y la cara de horror ¡¡¡Sálvese el que pueda!!!

(Para Agroteide, que me sugirió hablar del miedo, con la esperanza de que nos cuente las leyendas venezolanas de la Sayona y el Silbón) 

martes, 5 de octubre de 2010

De higos a brevas




Mi amiga Irma me trajo este último septiembre una caja de dulcísimos higos y brevas, recogidos por su abuela en las tierras altas de Santiago del Teide. Yo los dispuse amorosamente en una bandeja sobre grandes hojas de higuera, y, al compartirlos con los amigos y la familia, he descubierto que, aparte de recetas, todos tenemos una historia de higueras en nuestra vida.

Mientras los comíamos, allí salieron vivencias de los pueblos de nuestra infancia, cuando los niños colocaban trabajosamente el falsete, con sus correspondientes flores de col machacadas, en lo alto de las higueras, llenas de pájaros desde el amanecer.

Se habló de una vez en que, viniendo un grupo de una fiesta, se pararon a comer higos de una higuera al borde del camino y, cuando el dueño los sorprendió, echaron la culpa a la más pequeña (“Comprenda, señor, es que a la niña se le antojó un higo”), tapándole la boca antes de que la niña dijera “a mí no me gustan los higos”.

Allí salió también una historia de mi padre, que pensaba siempre bien de todo el mundo, y de una vez en que íbamos por la antigua carretera del sur y vimos a unas personas con el coche aparcado y robando higos. Cuando lo dijimos, mi padre nos sermoneó y nos recordó que no hay que hablar mal de nadie, que no teníamos pruebas y que probablemente la higuera era suya. Un poco más adelante nos pasaron (porque mi padre siempre iba despacio) y los vimos unos kilómetros más allá debajo de otra higuera. Entonces la juerga estuvo servida. De hecho, “la higuera era suya” es una frase que se ha quedado en el vocabulario familiar para describir esas situaciones en las que piensas mal de alguien y aciertas.

Las higueras han brindado desde siempre su generoso espacio para jugar al escondite, para echar un sueñecito, para comer bajo ellas, incluso para alguna furtiva cita. Tienen ese aire cercano y antiguo a la vez que despierta recuerdos bíblicos: esa higuera tan injustamente maldita por no dar higos fuera de temporada (¿qué culpa tiene ella?) o el poema del Cantar de los Cantares: Levántate, amada mía, hermosa mía y ven…Que en nuestro país se escucha la voz de la tórtola, apuntan los brotes de la higuera y las viñas en flor exhalan su fragancia”. O también de “Las Mil y una noches”: ¡Sólo vosotros, oh jugosos higos, sabéis dejar brillar, en el instante del deseo, la gota hecha con miel y sol!.

Hace poco hemos sembrado una higuera en un rincón de la huerta. Por ahora, es sólo una promesa, una vara fina con cuatro hojas mal contadas pero llena de yemas. Y, aunque hay un dicho que previene de su sombra, el futuro trae imágenes de siestas en veranos dorados, amparados y adormecidos por el susurro de sus anchas hojas verdes.

Debe ser algo muy parecido al Paraíso. 

martes, 28 de septiembre de 2010

Mis tres Jane favoritas III: Calamity Jane


























Aunque parezca que no, los niños de mi generación vivimos en el lejano Oeste, donde los hombres son hombres. En aquellos tiempos de no-tele, antes muertos que perdernos los domingos el cine de las 4, en el que las películas de indios y vaqueros nos transportaban a un mundo diferente y fascinante.

Visto desde la distancia de los años, ahora el lejano Oeste me parece tan cercano como aquella cocina de mi casa. Yo juraría haber ido a caballo en un rojo atardecer a los pies del Gran Cañón y me suena haber tenido una amistad antigua, de tú a tú, con Gary Cooper, John Wayne y James Stewart, el hombre que no mató a Liberty Valance.

Nosotros fuimos el forastero que empuja la puerta del saloon, lo cruza ante la mirada de los jugadores del fondo, llega a la barra y pide, chulo, un vaso de leche. Nosotros estuvimos en todos los duelos, con el alma en vilo, pendientes hasta el último segundo del dedo a punto de apretar el gatillo. Antes de que vinieran los tiempos en que los indios ya no eran los malos y no te iban a arrancar la cabellera (Cantinflas los anticipó en “Por mis pistolas”, ligando con Wynona, la hija del Gran Jefe, a la que él llamaba “Güenona”), a nosotros se nos erizaba el pelo cuando, yendo por las inmensas llanuras, atisbábamos allá a lo lejos, sobre la escarpada montaña, la figura impertérrita de un indio a caballo. O, más amenazante, un penacho de humo que auguraba la guerra. Toro Sentado, David Crockett, el General Custer, Billy en Niño, el 7º de Caballería, todos los sioux juntos… eran como de la familia.

¡Y las mujeres! Al pescante de las diligencias, allá iban, a la conquista del Oeste, sucias, sudorosas pero guapísimas, arre p’alante. Y entre todas ellas, la historia nos ha dejado en un lugar privilegiado el nombre de Calamity Jane.

Así como mi primera Jane favorita es totalmente real y la segunda, totalmente irreal, esta tercera Jane es a medias real y a medias ficción. Existió realmente desde el año 1852 a 1903 con el nombre de Martha Jane Cannary-Burke, y fue una de esas mujeres pioneras que lucharon codo con codo, de igual a igual, con los hombres en gestas heroicas, allá en las praderas. Disparaba, vestía chaqueta y pantalones, mascaba tabaco y se acostó con quien quiso. Fue exploradora, buscadora de oro, trabajadora en la construcción del ferrocarril y soldado del ejército. Se le atribuyen historias más o menos confirmadas, como cruzar a nado un río y viajar después 90 millas, empapada, para entregar un parte; o salvar una diligencia del ataque de los indios. Y así se convirtió en leyenda y, como todas las leyendas, mucho de lo que se dice de ella es producto de relatos transmitidos boca a boca, incluso de las muchas versiones, a veces distintas, que ella misma inventaba, historias imaginadas y contadas en noches frías alrededor de un fuego de campamento.




Yo la conocí en una película musical y edulcorada del año 53 protagonizada por Doris Day y que aquí se llamó “Juanita Calamidad”. La han interpretado después en películas y series de televisión Anjelica Huston, Jane Birkin, Carol Burnett, Ivonne de Carlo, Jane Russell… Pero mi Calamity Jane es la del cómic de Lucky Luke, escrito por Goscinny e ilustrado por Morris en 1971, que incluye también su vena fabuladora: después de contarle a Lucky Luke su vida, advirtiéndole: “Hay que decir que soy bastante embustera”, la vuelve a contar en el saloon animándolo con un “¡Únete a nosotros, es una versión nueva!”. La Calamity Jane de Goscinny no dice una frase sin palabrotas; si la llaman dama, contesta “No suelte burradas”; llega a regentar un saloon en el que hace tragar a golpe de escopeta las galletitas incomibles que prepara: “¡Las galletitas o las balas!¡Elegid!”, a lo que uno de los presentes, abriéndose la camisa, dice: “¡Dispara!”; y el resultado de recibir lecciones de modales de un desternillante personaje igualito a David Niven es “¡Si no me haces un besamanos te doy con la culata de mi carabina en tu cxzy/&h cabeza!”. Pero es leal y valiente y hace huir a los indios que huyen despavoridos al grito de “¡Squaw majara!”. Al final, se va porque “a mí me van el movimiento, la aventura… ¡No estoy hecha para estarme quieta!”.

Las Calamity Jane abrieron un camino por el que muchas otras mujeres han caminado después, un camino en el que no iban tras los hombres, sino al lado, responsabilizándose por igual de logros y de fallos en la construcción de nuestro mundo. Y, si aún quedan personas que se permitan olvidarlo, las Calamity Jane actuales las mirarán severamente y dirán, sin levantar la voz pero con un acento en el que laten los ecos amenazantes de aquel Oeste lejano: “¡Yo de ti no lo haría, forastero!”



martes, 21 de septiembre de 2010

Mis tres Jane favoritas II: Jane la de Tarzán





De mis tres Jane preferidas, Jane, la de Tarzán, es la única irreal pues nace de la imaginación de Edgar Rice Burroughs a la sombra del increíble Tarzán. Y digo increíble porque nadie se lo cree.

Por lo menos yo no me creo a un Tarzán que está como un tren. Se le describe con “figura erguida y perfecta, musculosa como pudiera ser la de los antiguos gladiadores romanos y, no obstante, con las suaves y sinuosas curvas de un dios griego…”. Y Jane, nada más verlo, “admiró la gracia majestuosa de sus andares, la elegante simetría de su figura magnífica y el equilibrio de su espléndida cabeza sobre los anchos hombros”.

O sea, que pasando su infancia y juventud con una alimentación de lo más insana, sin yogures, ni actimeles, y quedándose sin cuero cabelludo a cada rato por las peleas con los gorilas y demás bichos de la selva (una de las veces la piel le cuelga sobre un ojo), en lugar de ser un alfeñique lleno de cicatrices, es un dios griego. Anda ya.

No me creo tampoco a un Tarzán que, tras encontrar la cabaña donde sus padres perdieron la vida y curiosear en los libros, aprendiera a escribir y a leer ¡solo! ¡sin saber inglés! lo cual le sirve para poner este tipo de carteles en la puerta: “Esta es la casa de Tarzán, el que ha matado fieras y muchos hombres negros. No se os ocurra estropear las cosas de Tarzán. Tarzán vigila.” (y ¡ojo! no pone “vigila” con “b”, “ocurra” con “h” ni “hombres” con “v”).

No me creo a un Tarzán que se come crudas y sin empacho a sus víctimas, sean monos o no, pero que, cuando mata al primer negro, no se lo come porque “el sello de su cuna aristocrática, el producto de muchas generaciones de educación refinada” no podía ser erradicado así como así por una crianza y formación en un ambiente salvaje.

No me creo que en un par de meses Tarzán aprenda perfectamente francés e inglés. Nada de “Yo Tarzán, tú Jane”. En la novela original es un hacha para los idiomas y dice cosas como “Mais, oui” y se le declara a Jane de esta guisa que ya quisiéramos las civilizadas: “He venido a través de los siglos, desde un pasado nebuloso y remoto, desde la caverna del hombre primitivo, con objeto de reclamarte para mí. Por ti me he convertido en hombre civilizado. Por ti he cruzado océanos y continentes. Por ti llegaré a ser lo que quieras que sea. Puedo hacerte feliz, Jane, en el mundo y en la vida que mejor conoces y quieres. ¿Te casarás conmigo?”.

Y no me creo a un Tarzán que, cuando va a buscar a Jane (que se ha ido a Baltimore, dejándole antes el recadito de que, si la quiere ir a buscar, allí estará), llega a su casa conduciendo su propio coche, que ya es suerte aprobar en un par de días y a la primera el carnet de conducir. Y además, para llevarse unas calabazas tremendas porque Jane, que se ha quedado prendada de él en cuanto lo vio saltando de liana en liana con su taparrabos último modelo, va y se compromete con otro, la muy pánfila.

¿Por qué, entonces, Jane, la de Tarzán, es una de mis favoritas?

Porque en el imaginario de mi generación Jane, la de Tarzán, no es esa jovencita mojigata e indecisa de las novelas, a la que hay que estar salvando todo el rato de gorilas que la raptan, de leones que se meten por su ventana, de incendios y catástrofes varias, e incluso de pretendientes indeseables. No, afortunadamente esta vez, y al contrario de lo que siempre pasa, Jane, la de Tarzán, tuvo para nosotros el dulce semblante de Maureen O’Sullivan, la compañera de Johnny Weissmuller en las películas que iluminaron nuestra infancia.

La Jane de las películas no es una tonta damisela en apuros, sino una mujer real de carne y hueso que tiene a Tarzán, a Chita y, si la dejan, a toda la selva, comiendo de su mano. Serena, fuerte y contentísima de su lugar en el mundo, Jane es el eje familiar y, a la vez, el nexo que une a Tarzán con el resto de la civilización. Y el grito de Tarzán, descrito como “alarido que ponía los pelos de punta y helaba la sangre” y que, cuando lo oye la Jane de las novelas dice: “¿Qué fue ese ruido tan espantoso?”, es para la Jane cinematográfica la llamada del hogar.

Mientras la Jane de las novelas se casa, faltaría más, y vive en su mansión londinense como Lady Greystoke, la Jane de las películas vive alegremente en pecado, se supone, en la casa del árbol que todos quisimos de niños (con su sistema de agua, ascensor y ventilador) y protagoniza una escena tan bella y libre como la que hoy les brindo y que, por supuesto, fue censurada.

Aunque, pensándolo bien, también las películas de Tarzán y Jane son increíbles, con una selva con todos los animales a su disposición y donde no hay mosquitos ni paludismos, como si fuera el lugar ideal para unas vacaciones al aire libre.

Pero para eso, para inventar cosas increíbles y hacernos disfrutar con ellas, están precisamente los libros y las películas. 


martes, 14 de septiembre de 2010

Mis tres Jane favoritas I: Jane Austen




Ya que amablemente, desde los celajes en los que nos está contemplando, Jane Austen ha accedido a prestarme su nombre y su rostro para este blog, justo es que empiece esta serie sobre mis tres Jane favoritas por ella, una escritora inglesa nacida en el siglo XVIII (como está claro nada más ver el modelito de la foto, que no es lo último de la Pasarela Cibeles), que me ha deleitado, divertido y entretenido con sus novelas muchas noches de mi vida.

De aquellos que la han leído, hay quienes se quedan con que sus novelas son de amor. De pudorosos amores habría que puntualizar porque "besos besos" no se ve ninguno. Y si a alguna, como Lidia Bennet, la hermana pequeña de Orgullo y prejuicio, le da por fugarse con su galán, el oprobio, el escarnio y la vergüenza caen sobre las cabezas de las demás, que ven disminuidas sus posibilidades de casarse.

Porque eso sí, más que de grandes amores, sus novelas van de casarse, que no es lo mismo. El inicio de Orgullo y prejuicio, su novela más famosa, así lo proclama: “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita casarse”. Y es que esa es otra: no basta con casarse sino que hay que casarse bien. Y, cuando lo consiguen, ¡ay, es como llegar a la Luna! La madre de Elizabeth Bennet, cuando ella le comunica que va a casarse con Mr. Darcy, que tiene más dinero que el Tío Gilito, exclama: “¡Elizabeth de mi corazón! ¡Una casa en la capital! ¡Todo lo apetecible! ¡Diez mil libras al año! ¡Madre mía! ¿Qué va a ser de mí? ¡Voy a enloquecer!”.
 
Otros lectores se quedan con las curiosidades (esos bailes tan alejados del hip-hop…) y el complicado protocolo de una sociedad en la que marido y mujer se dirigen uno al otro como señor y señora y en la que a la hermana mayor no se la llama por su nombre como a las demás sino señorita+apellido (y una siendo hermana mayor toda su vida, sin saber que, de haber nacido en esa época, me hubieran correspondido tamaños privilegios).

Pero, sobre todo, con lo que muchos nos quedamos es con la ironía con la que trata a sus personajes. Debajo de esa puritana toca, yo me la imagino con mirada brillante y media sonrisa mirando a su alrededor y vacilándose de todo el mundo. Retrata personajes impagables: la Isabella de La abadía de Northanger, coqueta, interesada e hipócrita, haciendo siempre lo contrario de lo que dice, como cuando flirtea con dos chicos y “se hallaba tan lejos de desear atraer su atención que sólo se volvió a mirarlos tres veces”; o el inteligente y pasota Mr. Bennet de Orgullo y prejuicio que proclama “¿Para qué vivimos sino para entretener a nuestros vecinos y reírnos de ellos a la vez?”; o el clérigo Mr Collins, que se pasa tres pueblos de pelota y obsequioso; o la quejica e hipocondriaca Mary, de Persuasión; o la taimada Lucy, de Sentido y sensibilidad, que con tal de casarse le da igual ocho que ochenta. ¡Qué retrato de familia hace, en esa novela, con esta frase: “Sir John era cazador y lady Middleton, madre. Él cazaba y disparaba, ella atendía y acariciaba a sus niños; a esto quedaban reducidos los recursos de sus vidas”!


Jane Austen vino a este mundo para ser una de las grandes novelistas inglesas. Pero yo creo que sobre todo vino para divertirse y, de paso, divertirnos a nosotros, observando y haciendo un formidable retrato de su entorno y descubriendo, a la vez, lo absurdo, lo terriblemente absurdos, que muchas veces somos los humanos. 

martes, 7 de septiembre de 2010

El cuarto de costura




La casa de mi niñez tenía dos ejes, la cocina y el cuarto de costura. Este último, una habitación pequeña y luminosa, era por las tardes el reino de las mujeres. Mi madre, mis abuelas, mis tías y alguna amiga tomaban posesión de él y allí, mientras bebían sus cafecitos acompañados de un trozo de bizcochón o de los dulces de mi abuela, cosían vestidos y bordaban colchas, manteles, cortinas… entretejido todo con el fondo amortiguado de la radio y el hilo de las conversaciones.

Allí se tricotaban y se remendaban todos los proyectos familiares, las idas y venidas de Venezuela, las cartas, las bodas, los amoríos, las enfermedades y los entierros.

Allí se festoneaban las historias de conocidos o desconocidos, como la de una tía abuela que había muerto joven y a la que le negaron el día anterior unas sardinas fritas, no fueran a sentarle mal. “A un enfermo hay que darle todo lo que le apetece, que no es cuestión de que se vaya con las ganas”, remataba mi abuela, con las gafas en la punta de la nariz y cortando el hilo con los dientes.

Allí se hilvanaban las risas contando hechos, como cuando otra pariente, que no quería casarse pero sí tener “pretendientes” (y ya se le iba pasando el arroz), recibió una llamada desde el Mirador Don Martín de Güimar, y, toda emocionada, tapando el teléfono, dijo a todas: “Dice que es un admirador, Don Martín…”.

Allí se hacían bodoques con lo oído por la radio o leído en los periódicos, con los amores y desamores de las estrellas o la realeza (María Callas, Ingrid Bergman o Fabiola de Bélgica pasaron por allí), con las llegadas y partidas de los barcos en el puerto, con los chistes sobre los políticos, con los libros leídos y las películas vistas.

En el cuarto de costura rehilé mis primeros seriales de la radio, o, por lo menos, parte de ellos, cuando no se daban cuenta de que yo (“la ropa tendida”) estaba en un rinconcito con los oídos de par en par. Me acuerdo de uno en el que a la chica, tan buenita y virtuosa, la engañaba el malvado de turno que organizaba una boda falsa, se “aprovechaba” de ella y luego si te he visto no me acuerdo, la dejaba embarazada, soltera y sola en la vida. Después él se reformaba y se enamoraba de verdad pero le costaba 2700 días de serial volver a reconquistar el amor de la buenita. Suena a conocido ¿no?

Podría parecer que los cuartos de costura han desaparecido en esta época de vestidos de usar y tirar, en la que los bordados vienen de China y en la que a nadie se le ocurre hacerse una dote de sábanas con calados.

Pero no. Los cuartos de costura siguen existiendo en la necesidad que todos tenemos de contar y escuchar historias, de discutir temas de actualidad o de reírnos hasta de nosotros mismos. Lo único que pasa es que han cambiado de nombre.

Ahora se llaman blogosfera.

(La imagen está tomada en La Granja de Esporles, en Mallorca, y es de un cuadro situado en el cuarto de costura. No sé el autor)

martes, 31 de agosto de 2010

Comprar una isla




Todos tenemos una isla desierta en la imaginación desde que leímos “Robinson Crusoe”, o incluso antes, con las islas del país de Nunca-Jamás que James M. Barrie describía en la deliciosa novela “Peter Pan y Wendy”: “(la isla de Juan) tenía una gran laguna con flamencos que volaban sobre ella (mientras la de Miguel, que era más pequeño) tenía un flamenco con lagunas que volaban sobre él”. O islas de oro, como las que soñaba Ignacio Aldecoa, en los días de biblioteca y de pereza cálida, “dulces islas nunca nombradas en los mapas”.

Los canarios, además de esas islas ideales, tenemos y disfrutamos las islas reales y, a veces, las confundimos en el cerebro cuando, por ejemplo, estamos en el centro de Madrid y, encerrados y rodeados por tanta tierra, la mirada se nos desvía a lo lejos en busca del azul.

Tal vez los ricos-ricos envidian este sentimiento de comunión con el mar que tenemos los isleños porque, en cuanto pueden, se compran una isla. Ahí tienen a Nicolas Cage o a Johnny Depp con sus islas en las Bahamas, a Richard Branson con otra en las islas Vírgenes, a Mel Gibson con la suya en las Fiji, o a Celine Dion con un islote en Quebec.

Pero una vez, hace años, a mí y a mis amigos, gente de a pie como quien dice, nos propusieron comprar una isla. Y no una roca vulgar cualquiera, no, sino una isla hecha y derecha, más o menos del tamaño de La Gomera. Estábamos reunidos de festejo, cuando mi amigo Jose, que acababa de llegar de su viaje anual a la Antártida, nos dijo que en Chile vendían una isla situada en medio del Pacífico por 20 millones de pesetas. ¿Y si nos reuníamos los 20 que en ese momento estábamos allí y la comprábamos poniendo cada uno un millón de pesetas?

Las ilusas, optimistas e inconscientes, como yo, dijimos que por supuesto y, sintiéndonos Onassis, empezamos a proyectar los viajitos, los bungalows, los atracaderos de las barquitas, las hamacas y las flores en el pelo.

Los sabios, que conocían el estado de nuestras finanzas y las limitaciones de nuestros ahorros, proponían que podríamos comprarla entre 20 millones de personas a peseta cada una.

Los realistas y prácticos empezaron a hacer cálculos de cuánto costaría hacer un muelle, un aeropuerto, casas, carreteras, supermercados, instalaciones de agua, luz y teléfono… y después pasaron y siguieron hablando de fútbol.

Los catastrofistas decían ¿y qué hacemos cuando pase por allí el huracán de las 3?

Los artistas hicieron un dibujo de la isla con su río (¡tenía un río con truchas y todo!) y sus 20 cantones, uno por cada dueño.

Pero la reacción más categórica y que, después de una carcajada, nos bajó los humos y nos hizo olvidar los sueños, fue la de mi amigo Andrés, que vive a ratos en Tenerife y a ratos en La Gomera, y que, serio y sin decir palabra, nos miraba a todos tomándose un whisky con toda su calma. Al final, en un momento en que se hizo un silencio después de tanta excitación, dijo:

“Yo de islas estoy hasta los c……. ¡Si al menos fuera una península…!”  

martes, 24 de agosto de 2010

Transformación





Me ocurrió este verano. Estaba tendida en la arena de la playa, después de un baño reconfortante en un mar que se estaba encrespando por momentos. Había bandera amarilla pero, por el lado de las rocas, estaba ya puesta la bandera roja.

Yo oía, porque no me quedaba más remedio, al socorrista de la playa –nada que ver con Los vigilantes de la playa de la tele- que hablaba con un extranjero. No sé por qué, hay algunos paisanos que creen que con los de fuera se tiene que hablar a grito pelado y con infinitivos, como en las películas de indios. Así que yo, y cuantos estaban en un radio de 20 metros, nos enterábamos de que se había separado y de que se había quedado sin casa y sin coche.

- MI EXMUJER SER DE CHÍO –decía- Y LAS DE CHÍO SER MUY CUADRADAS.

¿Cuadradas?, pensaba yo, divertida.

- ELLA DECIR VEN, YO IBA. ELLA DECIR VETE, YO ME IBA…

Y allá estaba yo (y todos los de alrededor) tan entretenidos oyendo el serial, mientras el extranjero le contestaba en perfecto español que lo que tenía que hacer era buscarse 3 o 4 mujeres a la vez, cuando le oí una exclamación.

No tuve casi tiempo de ver lo que pasaba. En el extremo de la playa, muy cerca de las rocas, un adolescente con síndrome de Down, en un flotador, era arrastrado hacia ellas por las olas cada vez más grandes. En menos de un minuto el socorrista ya había volado, se había quitado la camiseta, que dejó sobre la arena, y, nadando con una agilidad asombrosa, se acercaba al niño en medio del oleaje. Cogió el flotador y lo vi acariciarle la cabeza mientras lo llevaba a la orilla donde lo esperaba su madre (que no sé en qué estaría pensando al dejar a su hijo campar en mares procelosos, que dirían los palmeros).

Todo fue un visto y no visto. Cuando el socorrista volvía como si nada hubiera pasado, hasta más alto parecía. Ya no era aquel tipo medio ridículo que contaba su vida. Había sufrido a mis ojos una transformación, una metamorfosis tan increíble que ahora lo veía como una mezcla de Tarzán y de Supermán, un superhéroe capaz de jugarse la vida por un desconocido. Ya sé que ese era su trabajo, pero muchos, ni por un millón de euros, seríamos capaces de hacer algo así.

Y me quedé pensando (y probablemente todos los de alrededor también) en las falsas impresiones a primera vista, en los juicios precipitados, en el paso tan breve que puede haber de una comedia a una tragedia, y en la miseria y grandeza del ser humano. 

martes, 17 de agosto de 2010

Lluvia de estrellas




Mi padre recordaba siempre una noche, de niño, en la que vio una lluvia de estrellas. Pero no una estrella fugaz ahora y otra más tarde, no. Era una verdadera lluvia, 20, 30 o 40 estrellas una tras otra en la noche quieta. Y, cada vez que lo contaba, los ojos le volvían a brillar con la ilusión de aquel que ha visto algo mágico.

He pasado muchas noches en el Teide esperando ver el milagro que mi padre vio. La última, en este agosto cálido que en esas alturas se vuelve frío. Con mis hermanos  y algunos amigos caminábamos por esas cumbres hablando en voz baja de esas historias que se cuentan en noches oscuras. Hablábamos de veranos lejanos -en una de las casas del Portillo o en pueblos, cuando se sacaban las sillas a la puerta después de cenar- y del recuerdo de aquellas noches luminosas. Contábamos experiencias de objetos voladores no identificados, mi marido y yo de cuando él estaba en el Astrofísico o un amigo, de unas fiestas en Valverde en las que vieron una luz extraña y quieta sobre ellos durante largo rato. Incluso alguien habló de unos seres altos y vestidos de blanco (¿vestidos de blanco?) que habitan en el subsuelo de Tenerife y que unos obreros vieron una vez en Güimar al cavar un pozo…

Caminábamos con calma por los caminos de las Siete Cañadas, teniendo sobre nuestras cabezas la Vía Láctea, la espina dorsal de la noche, como la llamaban los antiguos. A un extremo estaba Scorpio con Antares, el corazón del escorpión, latiendo, amarillo. Al otro Casiopea, la W del cielo. No vimos esa noche a Orión, el cazador, persiguiendo a las Pléyades. Júpiter, el rey, brillaba intenso pero Perseo y sus hijas, las Perseidas, las estrellas fugaces, se resistían a aparecer.

Al final no vimos la lluvia de estrellas de mi padre. Tal vez sólo una docena, brillantes y espaciadas, y algunas, apenas vislumbradas, que dejaban una estela tenue en el cielo. Pero ver, a la subida, el sol ponerse detrás de la Caldera de La Palma sobre un mar de nubes; dibujar el perfil oscuro del Teide en compañía de la luna creciente y de la estrella de la tarde; caminar sintiendo en la cara el aire de la noche; ver a lo lejos luces que se acercaban en la oscuridad y cruzarnos con los peregrinos que desde Guía, Playa de San Juan o El Tanque iban hacia Candelaria (¡Buen camino!, les decíamos); tenderte en el suelo de Las Cañadas en la madrugada con los ojos maravillados hacia arriba… tuvo suficiente magia como para poder contarles alguna vez a mis nietos: “Yo una noche subí al Teide a ver una lluvia de estrellas…” 

martes, 10 de agosto de 2010

Una boda alemana




Hace 4 años, en julio, formé parte del cortejo de una boda en Alemania. Y allá me fui con mi sombrero y mi flor fucsia.

"No hay parto sin dolor, ni hortera sin transistor”, decíamos antes, aludiendo a esos insufribles personajes que nos hacen compartir, a todo trapo, en playas y montes, sus gustos musicales. Y a este sabio refrán yo añadiría: “Ni hay un viaje al extranjero sin su boda y su cortejo”.

Porque es verdad, mira que hemos visto novios y casorios al completo cada vez que salimos por ahí. La más colorista y divertida fue una boda de negros en Toulouse, con diez damas de honor preciosas, todas vestidas de colorines, tirando corazones rojos de papel sobre los novios. La más fantasmal, una en el norte de Hungría, en la catedral de Esztergom, en la que una comitiva de novios e invitados pasó por el centro de la inmensa iglesia, en silencio y a toda velocidad, para desaparecer cuando llegaron al lejano altar como si éste se los hubiera tragado. La más húmeda, una en la que los novios y el cura, vestidos de punta en blanco como corresponde, se metieron en el mar hasta la cintura, en una playa del norte, mientras los invitados, más prudentes, aplaudían desde la orilla.


Hemos visto colas de novios esperando para fotografiarse debajo del reloj de la Plaza Vieja de Praga y hemos fotografiado a todas esas novias guapísimas y, a veces, apuradísimas ante tanta expectación. Pero por primera vez este mes de julio he formado yo parte del cortejo de una boda en el extranjero y he sido yo la fotografiada por los turistas. Para estar a la altura, me agencié un sombrero negro con una flor fucsia, que parecía talmente la Reina de Inglaterra en las carreras de Ascot .

¿Qué decir, pues, de una boda en tierra extraña de la que una forma parte? Tengo una amiga eslovena que me contó que en su pueblo la novia y su familia esperan dentro de la casa a que el novio, que viene con los suyos, toque a la puerta y diga: “Vengo buscando a una chica muy bonita para casarme con ella”. Entonces sale la más vieja de la familia, vestida como una bruja, y dice: “¡Yo, yo!”. Pero el novio insiste e insiste y al final sus esfuerzos se ven recompensados porque le entregan a la novia con panegírico incluido: que si es guapa, que si habla tantos idiomas, que si tiene tal carrera…

Yo me esperaba también algo así de exótico en Freiburg, esta ciudad de la Selva Negra alemana donde mi sobrino Jesús se casó con su novia de siempre, Corina. Pero, en principio, la boda fue divertida, entrañable, llena de ¡qué vivan los novios! y de ¡que se besen!, orden esta última que, con una paciencia infinita, cumplían obedientemente los novios. Es decir, fue una boda como todas las bodas españolas.

Excepto, claro, que hubo dos bodas, la civil y la religiosa, y en las dos hubo su correspondiente bebida y comida, servidas con la prodigalidad alemana (un kilo y medio más a la vuelta ¡Uf!).


Excepto que los novios tuvieron que aserrar entre los dos, bajo un sol inclemente, un pedazo de tronco, como símbolo tal vez de que en el matrimonio no queda más tu tía que afrontar los retos (y sudar) a dúo.

Excepto que, según una leyenda de Freiburg, aquel que mete el pie en alguno de los canalillos de agua clara y limpia que surcan el centro de la ciudad, se queda para siempre allí. Con lo cual, las friburguensas, como me confesó Corina, se ven obligadas a darles un empujoncito a sus novios, como quien no quiere la cosa.

Excepto que el baile fue antes que la tarta y los postres, lo cual, bien mirado, viene muy bien para hacer la digestión y sentar las madres.

Excepto que hubo test a los novios con preguntas comprometedoras, manualidades (un cuadro a pintar entre todos, barquitas de papel con deseos para los novios y velitas que se fueron hundiendo poco a poco en el laguito que había a la salida del restaurante…) y corazón de fuego, y fuegos artificiales, que me encantan.

Así que realmente sí que fue distinta y, sin ser la de Chelsea Clinton, que también se ha casado ahora, fue bastante internacional: una japonesita con su quimono, un chico de Sudán con su turbante o una canaria, yo, con mi sombrero.

Y para el verano que viene tengo otra boda en Londres. Voy a empezar desde ya a buscarme otro sombrero.


(Para Jesús y Corina, cuya hospitalidad, paciencia y generosidad con 50 vociferantes y escandalosos parientes canarios que fuimos a la boda, nunca podremos agradecer lo bastante) 



martes, 3 de agosto de 2010

Sabores perdidos




Era una imagen habitual en mis tiempos muy mozos la de las lecheras por la calle con la cántara en milagroso equilibrio sobre las cabezas y, por supuesto, recibirlas en casa. Como quien dice, de la vaca a la taza. Recuerdo los cuencos de nata que mi madre recogía después de hervir la leche y los riquísimos resultados, unos bizcochones esponjosos que sabían a gloria. También recuerdo, eso sí, que, cuando las lecheras llegaban, mi madre, previniendo la picaresca que creo que era mucha, metía en la leche un aparatito que medía si le habían añadido agua.

Muchos años después, en un verano, con los hijos ya crecidos, alquilamos una granja en el corazón del Perigord, en la Francia profunda. El pueblo más cercano tenía 200 habitantes y nuestros vecinos eran los dueños de la granja, que todos los días llevaban a pastar a las vacas. Nos vendían la leche y nos regalaban tomates y huevos. Me reencontré entonces, como si fuera una revelación, con el sabor olvidado de la leche de mi infancia.

Hay una escena en una película deliciosa de dibujos animados, “Ratatouille”, a la que llevé a mis nietos para disfrutarla yo sobre todo, que me recuerda todo esto: un crítico gastronómico espera, escéptico, a ver con qué plato lo van a sorprender y le sirven ratatouille, una especie de pisto. Al probarlo, sus ojos se agrandan y se llenan de deleite anticipado y se ve a sí mismo, pequeño, en la cocina de su madre, aspirando y gustando los aromas y sabores de su niñez.

Alguna vez en nuestras vidas aparece un atisbo de lo que fueron esos sabores perdidos y, tal vez, nunca olvidados: los merengues y marquesotes de mi abuela materna, la carne que nos ponía mi madre los domingos -¿por qué sabía distinta a la de ahora?-, el Orange Crush que tomábamos de vez en cuando en Los Paragüitas o en la Plaza de Weyler con almendritas saladas, el arroz amarillo de mi abuela paterna, las sopas de miel de carnavales…

“Nostalgiosa tengo el alma”, dice la canción. Tal vez la nostalgia consiste sobre todo en eso: cerrar los ojos y tener en la punta de la lengua, como si se fuera a hacer presente, un sabor perdido que ya pertenece al pasado. 

martes, 27 de julio de 2010

Mareando hasta la perdiz




La verdad es que, si la naturaleza hubiera querido que viviéramos en el mar, nos habría hecho con aletas, escamas, branquias y, lo más importante, con un cerebro a prueba de bamboleos de olas que vienen y van. Todavía me acuerdo de un viaje que hice a los 7 años, en el año 55, a la Bajada de la Virgen de La Palma, en uno de aquellos correíllos infames que hacían el trayecto desde Tenerife. Ahora que lo pienso, mira que mis padres eran noveleros. A quién se le ocurre embarcarse con 3 niños pequeños y una abuela en una cáscara de nuez repleta de gente (porque los palmeros, antes y ahora, no se pierden una Bajada de la Virgen ni que los maten). El barco se movía tanto, hacía un calor tan grande y había un olor tan nauseabundo que decir que mareamos es un eufemismo. Unos melocotones en almíbar que alguien me ofreció generosamente me duraron en la barriga el tiempo de un estornudo. Desde entonces no he vuelto a la Bajada y no como melocotones en almíbar.

Pero claro, viviendo en una isla, no nos queda más remedio que subir de vez en cuando a un barco. Por ejemplo, cuando fui con mis alumnos a finales del año 71 otra vez a La Palma a disfrutar de un espectáculo excepcional: la erupción del volcán Teneguía. Entonces una era lo suficientemente joven para atreverse a tanto (y no lo digo por el volcán). Por supuesto, mareé a la ida y mareé a la vuelta y, cuando después seguí una semana más mareando, me di cuenta de que no todo era achacable al mar: tenía un embarazo de narices.

También he hecho el trayecto Tenerife-Cádiz unas 4 veces, siempre dopada con Biodramina hasta las cejas. Pero era un papelón quedarse dormida en medio de cualquier conversación con amigos.

Y mira que nos han querido vender las bondades de los cruceros. Como en aquella serie de los años 70, “Vacaciones en el mar”, en el que todo eran ligues a bordo, cenas opíparas en la mesa del apuesto capitán, bailes al anochecer y atardeceres de ensueño. No nombraban, no, el mareo, ni la claustrofobia, ni las tormentas marinas que pueden hacer bailar al barco al ritmo del cha-cha-chá. No se recordaban allí las vicisitudes de Ulises que caía de un peligro a otro, de una sirena a un Polifemo. O, poniéndonos más actuales, las noticias del marzo de este año, que hablaban de una ola que rompió los cristales ¡de la quinta planta! de un crucero, o de 50 barcos que quedaron atrapados por el hielo en el mar Báltico.

Hace un tiempo recibí un e-mail en el que una jubilada aconsejaba pasar la jubilación de crucero en crucero. Costaba lo mismo que una residencia, decía, y siempre habría barcos que zarparan con destino a Australia, Sudamérica o Hawai. Espectáculos todas las noches, jabones gratis y gente diversa eran, entre otros, los atractivos de esta jubilación de lujo. Y, como colofón, si te morías, al mar y sin gastos.

Vista así la cosa, y suponiendo que una tuviera el estómago de un lobo de mar, no estaría nada mal. Pero me da que voy a pasar. No es cuestión de cenar todas las noches tortilla de biodramina. 

martes, 20 de julio de 2010

Un gol metafísico


Hace 4 años, ante el gol de España en el Mundial, me puse metafísica y hablé del dilema: ¿Sobriedad o desmelene?

Nietzsche, según mis alumnos, es un filósofo al que, de vez en cuando, se le iba la olla. Todavía me acuerdo una vez que uno de ellos, cuando yo les explicaba la teoría del superhombre, me dijo: “No sé, no sé, profe, pero a mí ese superhombre que ni vuela ni nada…”. Aparte de eso, el caso es que Nietzsche tuvo también muchos destellos de sabiduría que lo hacen uno de los filósofos más geniales que han existido.

Él fue quien dijo que en el alma humana coexisten dos principios, dos fuerzas, a cual más distinta, luchando entre sí. Una es lo irracional y lo instintivo que nos hace apasionarnos y desmelenarnos. Es el animal que llevamos dentro y que, si lo dejamos suelto, puede hasta rugir. Tipo, por ejemplo, los brincos que vemos en cualquier concierto de Metallica o los gritos en el Congreso de los Diputados.

La otra es la serenidad, la moderación, la razón poniendo las cosas en armonía. Un ejemplo podría ser Phíleas Fogg , el protagonista de “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne, que, ante las mil perrerías que le pasan, a lo más que llega es a levantar una ceja.

Mi Jane Austen, tan sagaz ella, también se dio cuenta de esas dos formas de ser y las plasmó en dos de sus heroínas, Elinor y Marianne, las protagonistas de “Sentido y sensibilidad”. Las dos se llevan el gran chasco amoroso, las dos constatan que los hombres no son de fiar y que, por menos de nada, se largan a por tabaco. Pero, mientras Elinor se comporta como una dama victoriana, “con una imperturbable serenidad”, no dejando traslucir toda la indignación que tiene por dentro, Marianne se desespera como una ménade, reniega del mundo entero y llora a moco tendido.

Y, mira tú por dónde, también en el Mundial, ante el gol más famoso de los últimos años, hemos visto las dos actitudes. Por un lado, Vicente del Bosque, que se limitó a apretar los puños como diciendo ¡Bien! y siguió paseando como quien no quiere la cosa, parecía un sabio estoico de aquellos que decían: “Si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido”. Séneca o James Bond, por poner otro ejemplo de personas que, aunque salten de un avión en llamas, no se les mueve ni un pelo, hubieran reaccionado igual.

Y, por otro lado, el resto de la humanidad, yo incluida, que, un pelín exagerados, gritamos, saltamos, lloramos, reímos, nos abrazamos, nos achuchamos, agitamos banderitas, tiramos cohetes y berreamos ¡¡¡que viva España!!! (¡hip!) como posesos, dejándonos arrastrar por la desmesura de la que Nietzsche hablaba.

No me imaginé nunca que un balón pudiera tener tanta metafísica dentro.