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lunes, 7 de julio de 2025

Sana, sana, culito de rana



¿Ustedes se acuerdan de una serie de los años 80, Cheers, sobre un bar de Boston y de su canción inicial que decía que "a veces quieres ir donde todo el mundo sabe tu nombre"? Pues a mí me pasa eso mismo, pero no con un bar sino con la farmacia. La de mi pueblo, a la que voy creo que todas las semanas, es casi mi segunda casa. No solo las farmacéuticas saben mi nombre y yo me sé los nombres de sus hijas y hermanas, sino que conocemos hasta la vida y costumbres de todas. ¿Será ese uno de los síntomas de hacerse mayor?

¡Y pensar que hace pocos años, cuando mi ginecóloga me preguntó por los medicamentos que tomaba, yo le dije tan orgullosa que ninguno! Ahora tomo 9 pastillas al día, más dos mensuales de vitaminas, más las eventuales de paracetamol y similares. Y a los de mi generación les pasa lo mismo, no crean. Tendrían que ver cuando nos juntamos a comer en los viajes del IMSERSO y cada uno saca sus pastilleros, que van desde el minicofre hasta otros que parecen cajas de caudales. Hasta presumimos de ellos: "El mío es mejor porque separa las pastillas por colores", "Pues el mío por momentos del día: estas para la mañana, estas para la noche..." Y dentro, píldoras con todos los colores del arco iris. Una juerga, oye.

La semana pasada leí que en el anteproyecto de ley de consumo sostenible se veta el ecopostureo, eso de recomendar cosas sin más ni más con etiquetas como "respetuoso con el medio ambiente", "verde", "ecológico"... Yo estoy de acuerdo, ojo, porque a veces las empresas se pasan, pero no puedo por menos de acordarme de lo ecológico que era este tema de las medicinas en la casa de mi niñez. En lugar de tener una caja de medicinas como la que yo tengo ahora a mano en la cocina (en la imagen inicial), el patio de mi casa abundaba en macetas y jardineras llenas de plantas medicinales, que perfumaban el aire y que tanto servían para aromatizar un guiso como para curar un catarro. ¿Que la niña tosía, moqueaba y le dolía la garganta? Agüita de salvia, orégano y tomillo con una cucharada de miel y un chorrito de limón. ¿Que no podías dormir porque tenías un examen? Allí venía mi abuela, después de recoger hierbaluisa, tila y melisa, con su tisana (agüita para nosotros) salvadora y reconfortante. Las flores doradas de la manzanilla florecían todo el año y en infusión calmaban las dolencias de barriga y en paños empapados, las de los ojos. Los gajos del aloe  servían para quemaduras y la piel en general, la cola de caballo y el anís para contracciones del estómago, y para las piedras de riñón, nada como la rompepiedras. Había plantas -el pasote, el llantén, el tomillo, la hierbabuena, el poleo, la ruda...- que parecían servir para todo. Se conocían las hierbas y hasta recuerdo un dicho que decía: "Algoritofe, tofe y tomillo suben la güeleja al ombligo" (Aclaro: el algoritofe es una planta canaria con olor a anís que abunda en el monteverde y a la que se atribuyen propiedades como bajar la tensión; la güeleja se llamaba a un órgano femenino que se creía situado en el vientre; lo de subirlo al ombligo ya es para nota, ni idea).

La naturaleza es sabia. Al mismo tiempo que hay grandes males, hay grandes remedios que las selvas de la Tierra esconden. Nos corresponde descubrirlos e incorporarlos a nuestras medicinas actuales. Y no puedo menos que pensar que los patios y huertas del  mundo fueron (y son) pequeñas y humildes réplicas de esas grandes selvas y que tanto estas como aquellos son poderosos aliados para sanar las dolencias del cuerpo y del alma. 

Los remedios de mis abuelas no son el arsenal de Farmacia de Guardia que yo tengo en mi cocina, pero iban más allá del "sana, sana, culito de rana" y eran muy eficaces. Brebajes, cataplasmas, agúitas, masajes, tónicos... hacían su papel: curaban y aliviaban. Por eso, ahora también, y recordándolas,  esas plantas florecen en mi jardín.

lunes, 9 de junio de 2025

Niños, a jugar



Encontré en Facebook, en una página que se llama "Yo amo los 80s y...", esta imagen que inmediatamente me hizo sonreír. ¿Recuerdas cómo se llama este juego? ¡Pues claro que todos los que fuimos niños en los años 50 lo recordamos! Mientras los niños pasaban bajo ese puente hecho de brazos infantiles, cantábamos: "¡Que pase misín, que pase misán, por la Puerta de Alcalá, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán". Cuando terminaba la canción, apresaban bajando los brazos al que pasaba en ese momento y en secreto se le daba a elegir entre dos opciones (colores, o frutas, o sitios...). Entonces el niño pasaba al bando elegido cogiéndose de la cintura del de delante y al final, cada bando tiraba para que el bando contrario sobrepasara la raya dibujada en el suelo.

Una vez leí que este juego se inventó durante las guerras napoleónicas, allá por los inicios del siglo XIX, y que ese misín y ese misán eran deformaciones de monsieur y madame. La finura afrancesada y el que tan finamente también se propusiera elegir bando contrastaban con la fuerza que cada uno hacía desde su fila para que el otro perdiera. Muchas veces acabábamos todos en el suelo entre risas.

Esa imagen tenía tropecientos comentarios en Facebook, sobre todo de Hispanoamérica. Desde Perú y Colombia decían que el juego era "El puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos?, con cáscara de huevo y burritos al potrero. Pase el Rey que ha de pasar, que el hijo del Conde se ha de quedar". En Chile, "El puente está quebrado, ¿quién lo quebró? La hija del Rey, la tomaremos presa por uno, por dos y por tres". En Argentina, "Martín pescador, ¿me dejará pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará". En Venezuela, "Alalimón, alalimón, el puente se ha caído, alalimón, mándalo a componer, alalimón, ¿con qué dinero?, alalimón, con cáscara de huevo, sol y luna, déjame pasar con todos los niños a la capital, el de alante corre mucho y el de atrás se quedará". En México, "A la víbora, víbora de la mar, por aquí pueden pasar, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán tras, tras, tras"... Incluso hay una versión en Euskadi del "que pase misín" en el que los de atrás se quedarán "a limpiar el orinal con azúcar y aguarrás".

De todo este batiburrillo me llaman la atención tres cosas. Lo primero es lo copiones que somos. Basta que algo venga de fuera para que nos lo apropiemos. Aunque el extranjero nos esté invadiendo, "que pase monsieur, que pase madame".

Otra es el poder de la difusión, la transmisión del juego, el boca a boca, la línea que lleva desde el "que pase misín" original hasta sus versiones en todos los países de habla hispana ¡durante dos siglos!. Que sí, que son versiones distintas, pero en todas se habla de pasar por un puente en el que todos corren y se queda uno.

Y lo tercero que me parece digno de atención es: ¿Cómo podíamos estar tan entretenidos la media hora del recreo jugando sin parar a este juego tan simple? Y no solo en el colegio, también recuerdo jugarlo niños y niñas en la calle en los veranos de Los Realejos. Pero es que era divertido, inocente, gratuito y todas las demás connotaciones de un juego. Hablábamos, discutíamos (sobre todo, cuando alguno se pasaba al plantear la elección: "¿Qué prefieres, un riquísimo helado de chocolate o un asqueroso frangollo?"), hacíamos ejercicio, cantábamos y nos reíamos a carcajadas. Desde luego, no estábamos inmóviles y pasivos ante una pantalla. ¿Habrá algún niño de ahora que le pregunte a sus amigos: "Oye, ¿jugamos a que pase misín?"

lunes, 1 de mayo de 2023

El cine de las 4




Uno de los momentos gloriosos de las semanas de mi infancia era el cine a las 4 cada domingo. En él para nosotros, niños sin televisión, todo era trigo para nuestro molino: las películas de vaqueros, las de Marisol, las clásicas de romanos y, sobre todo, los dibujos animados. Allí lloramos a mares con la madre de Bambi, reímos a carcajadas con las escaramuzas de Tom y Jerry y, en general, nos congratulábamos del triunfo del bien sobre el mal. Todo estaba bien en el mundo.

Este domingo regresé al cine de las 4. Una cosa buena de ser abuela es que se puede ir a ver dibujos animados con los nietos así, sin sonrojos ni remordimientos, tal como si fuese a una conferencia sobre el estoicismo, poniendo cara de intelectual, en plan "aquí, analizando el cine infantil desde la perspectiva fenomenológica, oye". Pero la pura realidad es que entro en el cine con las mismas expectativas y la misma curiosidad por sumergirme en una historia que en aquellos tiempos remotos. 

Esta vez invité a 3 de mis nietos (la mayor de 19 años y los dos pequeños, de 9 y de 8) a ver "Mavka, guardiana del bosque". Un poco distinto a lo de antes, sobre todo en el precio, que fue 55 euros por 5 entradas, 3 vasos de cotufas y 2 botellitas de agua, mientras que antes con 5 pesetas compraba la entrada y me sobraban 2 pesetas para chucherías en el Carrito del Abuelo del Parque. Pero también yo tengo 70 años más, así que no va una a reparar en minucias. La película nos espera.

La de este domingo es una historia basada en una leyenda ucraniana en la que hay un bosque oscuro al que no pueden entrar los humanos y que está habitado por ondinas, espíritus ancestrales de los cuatro elementos, personajes arbóreos llenos de excrecencias varias, animales de todo pelaje... y Mavka, que es una especie de hada del bosque, una Perséfone menudita ucraniana que, cuando despierta al principio de la película, hace despertar del invierno también a la naturaleza y empieza la primavera: flores, cascadas y animalillos trotando por doquier, a la espera de que la cosa se trunque con los humanos, como suele pasar.

Cuando salimos, mi nieta mayor le hizo una crítica feroz a la película. Que si la protagonista era la clásica Mary Sue, la clásica buenita, la única guapa entre tantos espíritus feos, qué injusto, puaj; que si el cuento rompe las reglas de la magia porque, cuando se pide algo, se paga un precio y aquí se van de rositas, puaj; que si la mala que busca la fuente de la eterna juventud, los dos matones gemelos y el truco de la lagrimita mágica están copiados de Rapunzel, puaj; que la chica conoce al chico y a los 3 segundos es el amor de su vida, puaj; que hasta el título es un spoiler porque con él ya se sabe que la van a nombrar guardiana del bosque, puaj: que, para colmo, la frase final del chico es "la única magia que tenemos los humanos es el amor", puaj, puaj, puaj.

Mi nieta de 9 que, asombrada, oía despotricar a su prima, dijo tímidamente que, aunque el chico parecía un poco empanado, a ella le gustó la magia que hacía ella y el perrito del chico que se parecía a Gofio, el suyo. Ah, y las cotufas. A mi nieto de 8, tal como hubiéramos dicho nosotros en el cine de las 4, le gustó todo, menos las ninfas horrorosas, todo dientes y uñas, y la mala de la película.

¿Y a mí? Yo tuve en cuenta que Animagrad, su promotora, tuvo que parar el montaje por la guerra de Ucrania y terminar el proyecto en casas particulares, así que salió muy bien para todos los problemas que tuvieron. Aunque mi nieta mayor diseccionó la película como un verdadero crítico, a mí me gustó la música, el dibujo que es precioso y el cuento, que tiene los ingredientes de todos los cuentos: el triunfo de los buenos, la magia, la defensa del amor (sí, es improbable, pero ¡es un cuento!) y del medio ambiente, y la música reparadora. Pero, sobre todo, me gustó volver por un par de horas al cine de las 4. Tanto que ya les dije a mis nietos que la próxima vez volveré a hacer el sacrificio y los llevo a ver "Super Mario Bros"

lunes, 30 de enero de 2023

Hubo una vez un telegrama. Stop.




Pues sí, queridos míos -les digo a mis nietos cuando quiero instruirlos acerca de las peculiaridades del pasado-, cuando yo era tan pipiola como lo son ustedes ahora, si querías dar una noticia rápida a alguien, le mandabas ¡un telegrama!. "¿Y por qué no un wasap?", pregunta Julia. No había wasap, no había móviles, no había Ipads... Por no haber no había ni televisión, les contesto. Ellos me miran horrorizados y como con pena, imaginando las penurias que Aba (yo) ha tenido que sufrir en el erial de la vida.

¿Y qué era un telegrama? Era un papelito azul muy curioso en el que el mensaje se escribía en frases cortas separadas no por un punto, no, sino por la palabra "Stop". Por ejemplo: "Feliz cumpleaños. Stop. Besos. Stop". ¿Y por qué ese Stop? Ah, ni idea, ese es uno de los grandes misterios de los telegramas. El caso es que, como cada palabra costaba dinero, se mandaban solo en casos de estricta necesidad y había que poner el menor número de palabras posible. ¡Fuera artículos, adjetivos, pronombres, verbos, metáforas y demás zarandajas del lenguaje! ¡Al grano! Los telegramas tenían que ser modelos de concisión... y baratos.

Cada pueblo tenía su propia oficina de telégrafos porque había que ir allí y contarle al telegrafista lo que querías poner (que a veces hasta daba corte ¡La de cosas que se enteraba!) Recuerdo en Los Realejos a Don Pepe, enfrente de mi casa. A los niños nos encantaba ver la máquina funcionando -bip, bip, bip- y transmitiendo tus palabras a través del espacio. Era una cosa muy misteriosa. ¿Cómo era posible?

Los telegramas tenían también una cualidad admirable: asustaban. De hecho, si recibías uno, los vecinos venían rápido a preguntar si todo iba bien. Uno podía pensar que eran como cuervos azules portadores de desgracias. Acabo de leer un libro ("El diccionario de las palabras olvidadas" de Pip Williams) en el que describe el momento en el que durante la 1ª Guerra Mundial entregan un telegrama  que solo podía traer una noticia trágica: El hombre era viejo, demasiado viejo para la guerra, y por eso le habían encomendado el reparto de su dolor. Cogí el telegrama y lo vi alejarse de nuevo. Con los hombros hundidos bajo el peso de la cartera.

Pero tampoco todas las noticias eran malas. ¿Se acuerdan de "Sissi"? En la película se acababa de inventar el telégrafo y Sissi quiere estrenarlo mandándole un telegrama a su padre pidiéndole que viniera a cazar: Me encerraron y salté por la ventana. Papitín, ven con los rifles. Emperador llega hoy a las 4. Por supuesto el jefe de policía, que busca conspiraciones contra el Emperador, lo intercepta y lo interpreta mal.

O también hay un montón de telegramas de felicitación. Recuerdo una vez que le regalamos telegramas a un amigo por su 40 cumpleaños. Él, del disgusto, había cogido cama a los 30 y para evitarlo otra vez le hicimos una fiesta en la que cada 5 minutos recibía un telegrama felicitándolo: el Papa, el presidente del gobierno, el hombre que le cavaba el huerto... todos ponían su granito de arena para levantarle el ánimo.

Los telegramas han aparecido en chistes, como el del seísmo: El alcalde de un pueblo de La Gomera recibe un telegrama avisándolo de un seísmo: "Seísmo en su zona. Stop. Localicen epicentro y manden posición. Stop". Al cabo de un mes reciben la respuesta: "Seísmo desarticulado. Stop. Epicentro y sus secuaces encarcelados. Stop. No avisamos antes por terremoto de mil pares de narices. Stop".

Hasta en las canciones hubo telegramas. Hubo una, llamada así, "El telegrama", en la que diseccionaban cada una de sus partes: "Destino: tu corazón / Domicilio: Cerca del cielo / Remitente: Mis ojos son / Y texto: Te quiero, te quiero..." El 2º "te quiero" sobraba porque con el 1º ya la cosa estaba clara y hay que ahorrar.

Cuando termino de instruirlos, mis nietos me miran sobrecogidos ante una realidad tan necesaria en tiempos antediluvianos y que ahora se ha vuelto innecesaria. Y, si son un poco filósofos y sacan conclusiones, se estarán preguntando: "Dios mío, entonces, cuando seamos mayores, lo de Tiktok, los Reels, Spotify, YouTube... ¿desaparecerán en la noche de los tiempos, igual que ha pasado con los telegramas?

Seguro que sí. Como lágrimas en la lluvia. Stop.


martes, 27 de diciembre de 2022

El coraje de mi generación


La Rambla, años 50

No es por nada pero yo presumo un montón de mi generación. Tengan en cuenta los años en que nacimos, los 40-50 del pasado siglo, en  plena posguerra nacional y mundial, en medio de una crisis tremenda en la que la mitad de la población se veía obligada a emigrar, en una dictadura en la que no te enterabas de la misa la mitad y, lo que es peor para un españolito de a pie, en la que no podías protestar, con lo que nos gusta eso. En aquellos tiempos, cuando alguien de fuera preguntaba que qué tal nos iba y contestábamos: "No me puedo quejar", significaba exactamente eso: "No. Me. Puedo. Quejar".

Bueno, pues con ese panorama, mi generación aprendió a quejarse, a manifestarse, a correr cuando te iban a pegar, a conseguir metas, a mostrar coraje. Dos botones de muestra, de cuando todavía éramos niños:

Uno, en los Escolapios, octubre del año 56 en clase de gimnasia a niños de 13-14 años. . El profesor, un teniente del ejército, no había venido los días anteriores y, además, estaba lloviendo. Todos supusieron que no habría clase y no llevaron el traje de gimnasia. Pero sí que la hubo y el profesor obligó a todos a hacer la gimnasia y tirarse al suelo en medio de los charcos. Yo creo que ahí hubo un conflicto de intereses y de mandatos. Por un lado, la obediencia a la autoridad del profesor y, por otro, la obediencia a la autoridad materna que dictaminaba que, como te ensuciaras la ropa, te mataba. El caso es que esta última prevaleció y los niños empezaron la revolución, al principio más suave - Nos ponía a marchar y cuando mandaba girar, no girábamos sino que tropezábamos unos con otros", me dijo un informante amigo- y después, cuando el profesor fue a llamar al prefecto,  más alborotada: salieron a la Rambla, aporrearon la puerta, dieron gritos de "fuera, fuera" y desinflaron las ruedas del Fiat del profesor. Pero les pareció poco contundente la cosa y cogieron entre todos el coche y lo subieron a la Rambla. La revolución al poder.

Segundo botón de muestra: colegio de las Dominicas, año 1962. Desde hacía semanas se había anunciado que el transatlántico France haría en su viaje inaugural su primera parada en España en el puerto de Santa Cruz. Como a noveleros no hay quien nos gane tampoco, no se habló de otra cosa en esos días sino de ir a ver el barco. Las niñas internas del colegio, que oían todo el día la misma cantinela, France va, France viene, pidieron a las monjas que las llevaran a verlo, o si no, que las dejaran verlo desde la azotea. Pero ni caso le hicieron. ¿Qué iban a hacer ellas? Cinco internas decidieron fugarse, saliendo confundidas entre las externas y, privadas, vieron lo que todo el mundo: el barco de pasajeros más largo del mundo que lucía espléndido en un muelle engalanado con banderas francesas y españolas, mientras la señora del presidente francés, Madame De Gaulle, descendía por la escalerilla entre aplausos (entre ellos, los de mis amigas internas).

Los dos casos mostraron resolución, creatividad, iniciativa y, sobre todo, encontraron un modo de protestar ante una situación que consideraron injusta. Y claro que recibieron su castigo. Los escolapios estuvieron castigados las tardes de los jueves y los domingos hasta navidades en la sala de estudios. Y como no se chivaron de quiénes fueron los cabecillas, como Fuenteovejuna el castigo recayó en todos a una. Y las 5 internas dominicas (que tampoco se chivaron de quién fue la idea, aunque lo sabíamos todas) fueron condenadas al ostracismo: ni dormir ni comer con las demás, ni postres, ni recreos durante un par de meses. Pero tanto los unos como las otras, cuando se reúnen hoy en comidas de compañeros, recuerdan esos momentos con risas y orgullo, conscientes de que, si quieres algo y haces por conseguirlo, aceptas también las consecuencias.

En estos días de fin de año en los que se mira al futuro y se desempolvan profecías, muy optimistas ellas, hasta de Nostradamus (guerras, bombas, hambrunas...), yo me siento orgullosa de pertenecer a esta generación mía, que votó una Constitución, que protagonizó una transición a una democracia (en la que sí se puede protestar y quejarse) y que ha mostrado coraje cuando había que hacerlo.

¡Feliz 2023! (¡Nostradamus a nosotros...!).


El France



lunes, 26 de abril de 2021

Los largos caminos



Los canarios parecemos vivir volcados hacia el mar. Nos gusta que desde nuestras casas podamos verlo, un resplandor azul allá a lo lejos, y podríamos permanecer durante horas absortos contemplando las olas - a veces encrespadas, a veces mansas- como si fuera un espectáculo nunca visto que nos sosiega el alma. Como decía Tomás Morales en un poema que me gusta mucho, el mar es como un viejo camarada de infancia, / a quien estoy unido con salvaje amor; / yo respiré de niño su salobre fragancia, / y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor.

Curiosamente, en estos días recibí dos mensajes relacionados con el mar y los largos caminos a través de él. Mi amigo Alfa me manda una noticia sobre la recuperación y conservación del correíllo "La Palma", del que el capitán dice que, con sus 109 años, entre sus cuadernas se respira la historia de nuestras islas. Apenas algunos privilegiados pueden contarlo, dice. Leyéndolo, me invade la nostalgia y pienso que fui de esos privilegiados que en los años 50 y 60 subíamos a este y otros correíllos rumbo a La Palma, cargados de regalos para los parientes de allí y decididos a pasar la gran aventura náutica de nuestras vidas... para terminar gimiendo en el camarote por el mareo ¡Bien se movían! Recuerdo que , en al año 55 al ir a la Bajada de la Virgen, una señora, apiadada de ver que no levantaba cabeza, me ofreció melocotones en almíbar. Cada vez que los veo me acuerdo del olor del barco, del balanceo de las olas y del ruido del mar.

El otro mensaje, de mi amigo Juan, es sobre testimonios de los jóvenes que iban en barcos de emigrantes clandestinos a Venezuela. Juan me dice sobre el "Anita": Encontrarás una historia que me toca de cerca. En él iba mi padre. Los relatos de los pasajeros de estos barcos que salieron desde distintos puntos de las islas son muy parecidos. Iban cargados de personas (286 en el "Nuevo Teide" donde cabían muchos menos) huyendo del hambre, de las penurias de la posguerra y de las represalias, y el viaje duraba aproximadamente mes y medio. Dormían sobre sacos o telas en el suelo, las necesidades las hacían en el mar colgados de una cuerda, comían mal (gofio con gusanos, cuentan los del "Doramas") y con el agua racionada hasta tal punto que alguna vez atacaron al que guardaba el único bidón que tenían. Mes y medio en condiciones infrahumanas para luego llegar y que los recluyesen en la isla de La Orchila donde dormían con las vacas. Un pasajero le dijo a otro que lloraba sin parar: Sufra, pero calle.

A todos los canarios nos suenan estas historias porque todos tenemos parientes que hicieron la travesía en mejores o peores condiciones: el padre de Juan que tuvo que pagar 6000 pesetas de las de entonces por el viaje; mi abuelo, que nunca volvió; el abuelo de mi marido, que se fue con un hijo de 15 años y este murió en el viaje; mi marido que, con 10 años, tuvo que estar 3 días y 3 noches con el chaleco salvavidas puesto porque el barco estuvo a punto de zozobrar...

Desde que el mundo es mundo, o mejor, desde que estamos en él, los humanos no hemos parado de caminar. Primero, nos marchamos de África, que es la que parece ser nuestra cuna primitiva. Nos repartimos por el mundo y, aunque nos íbamos asentando en sitios, muchas veces, por hache o por be, teníamos que salir escopetados de allí. Como dice Irene Vallejo, todos los imperios se edifican sobre cimiento mestizo de civilización y barbarie. Somos descendientes de los andariegos que tuvieron que dejar su hogar buscando una vida mejor. Para los canarios, en particular, los largos caminos pasaron por aquí, llegados del mar y de vuelta al mar. Ahora que vemos a otros caminando con el mismo afán de buscar la fortuna, sería bueno que nunca lo olvidáramos.


El Telémaco, que viajó de la Gomera hasta Venezuela en 1949. 


lunes, 19 de octubre de 2020

Una historia de mangos



Odio el viento del sur, sobre todo por lo selectivo que es. Mientras que en Santa Cruz no se mueve ni una hoja, él elige bajar ululando por el Valle del Portezuelo, donde vivo, tapizándome el patio con las flores rosas de la bignonia, rizando las hojas de las plataneras y llenando la huerta de aguacates y frutos caídos. Este octubre la ha tomado con los mangos y todos los días pongo en la nevera trozos de mangos en cuencos de cristal para comer frescos a cada rato y ya he hecho mermeladas y sorbetes de mango para un regimiento.

Haciendo sorbete, precisamente, estaba yo la otra tarde cuando me llamó mi amiga Lali para alegar un rato. Ni qué decir tiene que le ofrecí si quería alguna tonelada que otra de mangos, y ella, que es, como dice la canción, "entradita en cintura y dispuesta", al ratito estaba en casa con una botella de vino blanco frío, al que le hicimos los honores acompañándolo con una tortilla de papas y un jamón serrano que te puedes morir. Y habla que te habla, me contó una historia de mangos.

Ya dije hace poco que, cuando yo era pequeña, no conocía los mangos ni había oído hablar de ellos. Pero Lali, sí. Ella recordaba que una vez que estuvo enferma con difteria, su abuelo había ido a caballo por los caminos escondidos de Anaga, desde La Laguna a Igueste de San Andrés y, de vuelta, traía leche y una caja de mangos. Entonces, aunque yo no lo sabía, había un lugar en la isla en el que se cultivaban mangos y otras frutas exóticas. La gente que volvía de Cuba y Venezuela no había querido renunciar a su sabor dulce y especial y escondían en los baúles, como si fueran pepitas de oro, semillas de mango, zapote y papaya que plantaron en las laderas protegidas de los barrancos de Igueste de San Andrés. Allí, el microclima mima la fruta y hace que, todavía hoy, sea famosa por su sabor y dulzura.

La historia que me contó Lali fue sobre su madre, Teresa, una mujer guapísima que tenía una venta frente a la casa de mis abuelos en La Laguna. Un día, cuando ya Lali estaba casada con Jose, le ofreció mangos y, mientras los comía, Teresa, que entonces rondaría los 80 años, se echó a llorar. Les contó entonces que su sabor le recordó cuando de joven ella se iba los veranos a casa de su tía en Igueste de San Andrés y que se había enamorado de un joven, su primer amor, que le recogía mangos dulcísimos en el barranco y se los llevaba a ella como una ofrenda dorada. Lloraba por el recuerdo, tal vez por el amor o la juventud perdida. Lali le propuso llevarla a Igueste de San Andrés, y fueron, y allí encontraron la casa derruida de la tía, el barranco donde crecían los mangos y el lugar de los encuentros. Fue para Teresa un día memorable y, al final, dijo que no quería volver más. Pero Lali y Jose, hasta que Teresa murió, iban todos los años a Igueste a comprarle una caja de mangos, dulces como ninguno.

¡Qué bueno rememorar una historia de tiempos pasados e imaginar otras vidas! ¡Qué bueno renovar el ritual de la amistad una tarde de octubre frente a un vaso de vino fresco y un picoteo! ¡Qué bueno que se hayan caído los mangos para obligarme a regalar y a repartir! 

Casi estoy por amar el viento del sur...


lunes, 21 de septiembre de 2020

Las chicas guapas son las del Toscal

Callejón Pisaca en el Barrio del Toscal (Foto de Clari Delgado)

 "Dice Marichal, dice Marichal que las chicas guapas son las del Toscal..." ¿Qué chicharrero no conoce esta copla? Lo que no sabemos es quién fue el tal Marichal, aunque no cabe duda de que fue un hombre sabio y clarividente. Lo atestiguamos todas las que somos del barrio del Toscal, uno de los barrios con más solera de Santa Cruz: mis amigas Esther, Mari Carmen, Clari, Marian, Conchi, Pili, Rosaura, Marisa, Chari, Rosi, Iris.. y yo, por supuesto (sin falsa modestia, oye). Hasta la chicharrera que fue Miss Europa, Noelia, era del barrio del Toscal.

Uno de mis amigos (también toscalero y también guapo, aunque Marichal no dijo nada de ellos) me ha propuesto estos días que por qué no me animo y escribo una historia del Toscal del siglo XX "en este momento en que aún quedamos vivos muchos que todavía tenemos los recuerdos en la memoria". Yo le respondí que no tengo memoria, ni ánimos para una tarea así, ni mucho tiempo tampoco. Pero que, si alguien se decide, me parece una idea estupenda y yo sería de las primeras que compraría un libro que me toca el corazón, un libro que recorra la historia de un barrio que empezó siendo marinero y que luego creció mucho hasta convertirse en una parte fundamental de mi Santa Cruz.

Viví, es cierto, hasta los 12 años al filo del barrio, en la calle del Pilar, pero recorría todos los días la calle de la Amargura (con la fábrica de caramelos Yumbo y la Ciudad Juvenil) e iba al Colegio de las Dominicas, a aquel hermoso edificio  entre la calle Santa Rosalía y San Vicente Ferrer. A partir de los 12 nos mudamos a la calle San Miguel, en pleno corazón del barrio. Y no a cualquier sitio, no. Nos mudamos al edificio que mi padre (aparejador y contratista de obras) hizo en los años 50 sobre la antigua Cárcel de mujeres. A mí siempre me emocionaba pensar que en ese lugar, donde hubo tanto llanto, estallaran después tantas risas de niños (éramos 15 niños en un edificio de 4 viviendas) y tanta vida. Fue un tiempo feliz.

Teníamos 5 cines: San Martín, Royal Victoria, Parque Recreativo, El Toscal y el Ideal Cinema, que hacía de cine al aire libre en verano y de cancha de baloncesto el resto del tiempo. Recuerdo una vez ir con mis hermanos y primos al San Martín y no encontrarnos con nadie más, solos en el enorme patio de butacas. Le dijimos entonces entre risas al que nos ponía la película que por nosotros no se molestase en ponernos el NODO, que ya lo habíamos visto.

Comprábamos caramelos, el pan, los cigarrillos y los periódicos en los carritos, sobre todo en el de Doña Nati, que era algo así como el Club del barrio, por donde todo el mundo pasaba, igual que por la terraza frente a la Farmacia de García Morato. Los chicos jugaban en el futbolín de Don Federico (tabú para las chicas) y todos hacíamos vida social en la venta de Doña Juana o en la de Transi, en el estanco Gopi, en Miguel el de las papas, en el Horno de pan de Agustín Cabeza o la Molienda la India, que llenaban las calles de aromas maravillosos por las mañanas. Nos peinábamos nosotras en la Peluquería de Jesús en la calle de la Rosa y los chicos iban a la Barbería My friend, en donde había un cartel que decía "Aquí se viene a hablar de fútbol". De aquellos años nos llegan los sabores de los calamares de Casa Servando frente al Royal,  de los churros de San Martín los domingos, de las primeras pizzas que probamos en la Dulcería Victoria o de los fabulosos helados y horchatas de "La flor de Alicante" y "La alicantina".

¿Y qué me dicen de aquellos personajes tan típicos del barrio? Había un tal Martín que no se perdía un entierro; el Tocatodo, que iba efectivamente tocando todo, farolas, coches, paredes; Julián el Bizco; Quico el tapicero que nos cantaba borracho todos los sábados por la noche, calle Tribulaciones abajo, aquello de "Tengo una debilidad..."; Miguel el Mudo que ganaba todos los años el primer premio de disfraces del Carnaval...

Pero lo mejor de todo era saber que estabas en tu terreno, que conocías a todos y todos te saludaban, que pertenecías a ese mundo. Viví allí hasta los 25 años y no es raro recordar aquellos buenos momentos cada vez que nos encontramos 2 o 3 toscaleros de los de entonces. No escribiré la historia del barrio, pero que vaya mi homenaje hoy en este post a ese tiempo que siempre va conmigo. ¡Qué bueno fue ser adolescente en un barrio y saber, que por ser del Toscal, era además una chica guapa! Y entre nosotros, el tal Marichal ¡qué ojo clínico tenía el tío!

lunes, 16 de diciembre de 2019

Mujeres de este planeta




Fernando El Pariente era un pescador de La Graciosa que presumía de ser el único graciosero que había nacido en La Playa bajo El Risco. El Risco es el Risco de Famara en Lanzarote, ese farallón impresionante que, protector, vigila desde enfrente a La Graciosa. Antes, las mujeres de los pescadores, después de pasar El Río que separa las dos islas, subían por esa pendiente a vender o a cambiar por otros productos en Haría los pescados frescos que sus maridos o padres pescaban. Y luego (como ven en la imagen) regresaban por el mismo camino cargadas de papas, verduras, granos, aceite y todo lo que en su isla no había.

La madre de El Pariente se puso de parto justo en La Playa bajo el Risco. Allí, atendida por las otras mujeres y acunada por el ruido eterno del mar familiar, dio a luz un hermoso varón. Luego, se repuso un poco, lo dejó en los amorosos brazos de una de las chicas más jóvenes y cogió su carga, se la puso en la cabeza y, hala, allá que se fue a vender la pesca. A la vuelta, con la nueva carga, recogió a su niño y volvió a La Graciosa a recibir los parabienes y sin pensar que había hecho algo extraordinario. Y de hecho a mí esa historia tampoco me extraña nada porque, cuando yo tuve a mi hijo en un parto un poco difícil que me dejó unos días un poco debilucha, Paca, la mujer que venía a ayudar a mi madre en la casa, me echó un sermón terrible, diciéndome que era una floja gandula y que ella, el mismo día en que tuvo a su hija, ya estaba por la tarde lavando a mano un quintal de ropa que le habían encargado. ¡Así se las gastaban las mujeres de antes...!

¿Eran mujeres de otro planeta? ¿O es que ahora hemos perdido fuelle? No. Es verdad que en La Graciosa afortunadamente ya las mujeres hace tiempo que no se pegan esas pechadas risco arriba y que pueden permitirse un día relajado mirando romper las olas en la arena dorada. Pero nunca han dejado de trabajar. Y como ellas, todas las mujeres trabajadoras que conozco, que no paran. Y hasta las jubiladas como yo, en esta época navideña, después de ajetreados días hechos de compras-preparación de comilonas-cuidado de nietos, acabamos agotadas como si hubiéramos subido el risco, con ganas de coger la cama y suspirando por un día ¡un solo día!, libre como el viento, sin cosas por hacer.

" No es cierto -cuenta Ángeles Caso en un artículo de hace años- , como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida...". Nosotras somos las nietas de aquellas mujeres luchadoras y valientes que trabajaban tanto como los hombres y que además lo hacían sin grandes aspavientos: lavando ropa, hilando, arando, cuidando niños, inventando artilugios, ayudando a parir, vendiendo pescados aunque haya que subir riscos... De sexo débil, nada de nada. Que lo sepan.

lunes, 4 de noviembre de 2019

La casa del abuelo y el ángel de la guarda




Hace 5 años publiqué un post titulado "La casa del abuelo". El abuelo era el abuelo Antonio, el abuelo de mi marido, un hombre recio y bondadoso con unos increíbles ojos azules. Y la casa es una casa de campo, tal vez del siglo XVIII, nada pretenciosa, llamada "El Naranjero", que albergó a generaciones de campesinos que se levantaban al alba y se acostaban al ponerse el sol. Entonces escribí que "esas casas de gruesos muros y buenos cimientos que llevan en pie más de dos siglos, son sólidas y desafían al tiempo. Y, si hay alguien que las ame, siempre hay esperanzas de que renazcan. A nuestra casa le ha llegado el tiempo de revivir. Hemos empezado por el tejado antes de que se viniera abajo, y por el granero y el balcón. Y ahora, poco a poco, le toca al resto."

Por fin, cinco años después, en este noviembre inusualmente cálido, la casa no está terminada porque una casa viva nunca se termina, pero ya es vivible. En estos años hemos ido dibujando sueños que, más tarde y paulatinamente, un grupo de obreros animosos han hecho reales. Y ahí está, como la Puerta de Alcalá, en pie, con el suelo de tea recuperado, su tranca en la puerta como antaño, su bodega -ay, sin el vino del abuelo-, su huerto de la lata, su tejado de tejas antiguas y el aljibe y el lagar pintados y remozados. Ahora toca amueblarla e irla viviendo. Y en principio ir celebrando el milagro de verla así, cuando casi la hemos visto en el suelo.

Este sábado hicimos uno de los primeros estrenos, una comilona en la bodega con los artífices de la obra, una gente tan orgullosa de su buen trabajo que hasta uno de los contratistas tiene en su foto de perfil del wasap el techo de madera de la bodega. Allí estaban los contratistas, Miguel y Efraín que después de años de hablar y proyectar, ya son como de la familia. Allí estaban los trabajadores -Juan, Felipe, Jose, Padro, Vicente...-, unos profesionales como la copa de un pino, a los que siempre les vimos una sonrisa de bienvenida y una mente creativa para solucionar los problemas. Y allí estaba también Álvaro Fajardo, el amigo que nos recomendó a este grupo entusiasta y que, conocedor de la restauración de casas antiguas, nos aconsejó, y bien, en muchas ocasiones. Nos trajeron (¡encima!) regalos preciosos: vino y flores y una tarta, pero también una escultura de Álvaro hecha con raíz de castaño centenario, digna de un Giacometti, y unas fotos preciosas de la casa en los 80 cuando parecía que nadie le iba a hacer caso.

Comimos, brindamos por los trabajos bien hechos y hablamos sin parar de todo, en una sobremesa larga y cómoda entre amigos que se entienden. Hablamos de la casa y de quienes la habitaron, de las infancias de cada uno, de perros y gatos, de historias del pasado y del presente. Álvaro , tan desmitificador que incluso dice que los fantasmas de las casas antiguas son simples crujidos de la madera seca, nos contó una teoría suya sobre los ángeles de la guarda. Según él, las leyendas siempre aseguran que los niños están especialmente protegidos por los ángeles de la guarda. Todos dimos fe de ello y nos acordamos que de pequeños rezábamos por las noches lo de "Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día". Bueno, pues Álvaro dice que el ángel de la guarda es en realidad el sistema inmunológico que cuida, protege y ampara a los niños, haciendo que, aunque sean unos mataperros y amantes del peligro, generalmente y "milagrosamente" nunca les pasa nada.

Al final, por la noche, me quedé pensando en el día tan estupendo que habíamos pasado y en las teorías de Álvaro. Tal vez, me dije, pase algo parecido con las casas antiguas, guardianas de sueños y recuerdos de quienes las quisieron y habitaron.  Tal vez Álvaro, los contratistas, los albañiles, el carpintero, el electricista, el fontanero, nosotros mismos... hemos ejercido de ángel de la guarda de la casa, de sistema inmunológico, aportando ilusión y ganas para protegerla y hacer que reviva y vuelva a albergar comidas, como esta alrededor de una mesa, en las que haya risas y nuevas historias. Ayer, qué quieren que les diga, hasta un poco arcángel me sentí. 

lunes, 4 de marzo de 2019

Perdido y hallado




No hay nada más reconfortante que encontrar a un amigo largo tiempo perdido, como me pasó a mí el jueves pasado con mi amigo Juanma. ¿Se acuerdan de uno de los Misterios Gozosos del Rosario que decía: "5º Misterio: Jesús perdido y hallado en el Templo"? Pues igual pero más a lo bruto. Después de todo, Jesús estuvo perdido unas horas y yo a Juanma no lo veía desde hacía por lo menos 50 años.

Estábamos en el Auditorio oyendo a la Sinfónica que interpretaba música de Los Beatles y en estas que mi marido, señalando al señor que estaba sentado delante, me dice bajito: "¿Este no es Juanma?". Al principio no me lo creía pero luego, mientras sonaba Penny Lane, Help!, Yesterday  y She Loves You (ye, ye, ye), fui reconociendo el perfil, las manos cuando aplaudían y la risa... ¿Cómo era posible que viviendo en la misma isla hubieran pasado 50 años sin encontrarnos ni una sola vez? ¡Tenía que ser con Los Beatles, que nos gustaban a los dos!

Juanma fue mi vecino desde los 12 años a los 20 en la casa del Barrio del Toscal, una casa de 3 pisos sin ascensor con una vivienda en cada uno. En el 3º vivía la familia de Juanma con 5 hijos, en el 2º había 4 niños, igual que nosotros en el 1º. Una escalera llena de niños y adolescentes, todo el día subiendo y bajando, riéndonos, llevándonos de maravilla. Con una excepción: en el bajo vivían Don Protesto y Doña Protesta a quienes todos odiábamos. Y luego todo se disolvió: nos fuimos a otros pisos, a otros destinos, a otras vidas y solo mis padres continuaron unos años más viviendo allí. Hace unos años me encontré a la madre de los del 2º y me habló de aquellos tiempos: "Éramos felices y no nos dábamos cuenta".

Juanma era el más cercano a mí por edad. Estábamos en el mismo curso aunque en distintos colegios y hasta estudiábamos francés juntos. Era mi colega, el que aguantaba con paciencia y bondad mis confidencias y con el que más me reía. Él fue el que, cuando vino de un verano en París, me llevó aparte y con gran secreto me susurró por primera vez una verdad que yo entonces desconocía (teníamos 14 o 15 años): "¿Sabes? ¡España es una dictadura!".

Cuando al final del concierto le toqué el hombro -"Juanma, ¿te acuerdas de mí?"- la alegría de su cara fue un reflejo de la mía. Hablamos un minuto de lo que nos queríamos, de todo el tiempo increíble que había pasado, de te presento a mi mujer, de saludar a mi marido al que también conoció en aquellos tiempos... Pero el Auditorio será mucho Calatrava pero es lo más incómodo del mundo para entrar y salir de las butacas o para pararte un momento. La gente de detrás empujaba y a ellos los llevaba por una puerta y a nosotros por otra y tal como nos habíamos encontrado nos volvimos a perder. No hubo manera de verlos a la salida y de seguir con la conversación.

Me quedé desconsolada. Pero ya estoy pensando hacer pesquisas y llamar a una amiga de una prima de otra amiga que tal vez lo conozca y quedar para vernos todos y hablar largo y tendido de entonces y de ahora. Si no ¿tendrán que pasar otros 50 años para volverlo a ver?

lunes, 30 de julio de 2018

Yo confieso




Ahora que han pasado 50 años y creo que ya el delito ha prescrito, yo confieso. Me cuesta hacerlo porque a nosotros nos educaron para no salirnos de los cauces de la ley por nada del mundo, y nada más lejos de mi intención que entrar en la misma bolsa que los Urdangarines, Ratos y demás calaña. Pero el caso es que... Bueno, mejor lo cuento para que lo entiendan. Aunque no sé si lo entenderán bien los que han nacido en la era del móvil, aquellos que, con el teléfono en el bolsillo, les basta un click para hablar con Alaska, Siberia o Tegucigalpa. El móvil ha puesto el mundo entero a nuestro alcance.

Pero hace 50 años llamar por teléfono tenía su enjundia. Los primeros teléfonos públicos llegaron a España a finales de los años 20 y mucho tiempo funcionaron a través de centralitas. Las cabinas se generalizaron en los 60, justo en los años en que salí de casa para ir a estudiar fuera. Para hablar con mi novio, por ejemplo, íbamos los dos una vez a la semana (los sábados, porque no había clase) a la Telefónica, él en Valencia y yo en Madrid a la misma hora y hablábamos, cuando una operadora nos ponía en contacto, 6 minutos y va que chuta. Para hablar con mis padres, igual, otros 6 minutos cuando ellos me llamaban al Colegio Mayor. Las llamadas telefónicas eran un artículo de lujo. A veces, cuando ahorraba lo suficiente, llamaba desde una cabina a casa para sacudirme la añoranza.

Y entonces ocurrió el milagro. Nos llegó a todos el rumor de que había una cabina en la Ciudad Universitaria, al lado de Medicina, en la que por una peseta podías llamar a cualquier parte y pegarte hablando todo el tiempo del mundo ¿Quién podía resistirse a algo así? Allá nos fuimos todos los canarios a hacer cola (porque evidentemente el rumor corrió como la pólvora) y casi todos los días me pasaba por la milagrosa cabina a echar una parrafada con mi madre, con mi abuela, con mis hermanos, con mis primos... Hasta si estaba la vecina por allí tomándose el cafecito con mi madre, le pedía que se pusiera para saludarla. Era una gozada.

Desde entonces les veía un encanto especial a las cabinas. No me extrañaba que Tippi Hedren se refugiara en "Los pájaros" en una de ellas, que Superman se cambiara en ellas para dejar de ser Clark Kent (¿dejaría allí tirados su traje de ejecutivo y sus gafas?), que Audrey Hepburn en "Charada" pidiera ayuda agachada en una de ellas... Me encantaba un chiste bobo -que tuve recortado en mi corcho algún tiempo- en el que se veía a un borrachito en la típica cabina roja londinense con sus letreros encima, mirándolos e informando por teléfono: "Estoy en la esquina de las calles Telephone y Telephone". Las cabinas -ahora objetos extraños y sin sentido- formaban parte de nuestra vida cotidiana y aquella de mis años universitarios, cercana a Medicina, más que ninguna.

La cosa duró un par de meses. Y fue precisamente una compañera mía, muy virtuosa ella (pero que no tenía a nadie lejos), la que se chivó a la Telefónica. "¿Se han enterado? ¡¡¡Hay una cabina desde la que pueden hacerse llamadas gratis!!! ¿Lo sabíais?" -nos decía mientras todos negábamos como san Pedro, poniendo cara de póker- "¡Eso hay que denunciarlo!". Porque era un fraude -nos arengaba muy acalorada en plan mitin-, un robo a una empresa seria, a saber cuánto habrían perdido los pobres accionistas... Éramos precisamente nosotros, los que estudiábamos Ética, los primeros que teníamos que velar por la integridad moral de nuestros universitarios. Creo que hasta llegó a hablar de los valores eternos.

Y unos días después acabó todo: las largas charlas con la familia y mi vida criminal. Sí, mi compañera tenía razón. Éticamente era lo que había que hacer. Pero ¡cómo la odiamos todos!





lunes, 2 de julio de 2018

El verano del espíritu burletero




Este año lo de "hasta el 40 de mayo no te quites el sayo" (sea lo que sea ese sayo que nadie se ha puesto hace siglos y que ni siquiera venden en el "El Corte Inglés") ha habido que pasarlo al 80 de mayo. Pero ¡loado sea el cielo! por fin es verano. Ya he desempolvado sandalias y blusas de manga corta, he guardado edredón y calefacciones y me he bañado ya dos veces en el mar limpísimo de la Playa de la Arena, llena de cuerpos al sol. Hay ya, como pide Leonard Cohen en "Verano ¿cuándo llegarás?", melocotones sobre la mesa, sandías coloradas y el cálido sol arrastrándose a través de la ventana...

Cada verano el que más y el que menos retoma los ritos propios de la estación, y en mi caso hay uno que no falta: cenar en la terraza -mesa con mantel a cuadros y una vela encendida- cara a la puesta de sol y a la aparición de las estrellas. Hay un sosiego distinto en esas noches, en las que no hay vez que no rememoremos otros veranos benditos, otros tiempos de placidez y vacaciones. Y siempre, siempre, recordamos como los mejores los veranos de Bajamar en los años 70.

En ese entonces, entre varios alquilábamos dos bungalows con cuatro apartamentos y un jardín común con césped en el que podíamos soltar tranquilamente a los niños durante el día. Y nos dedicábamos a disfrutar: nos bañábamos, por supuesto, en ese mar inigualable de Bajamar, pero también nos veo haciendo cometas y soltándolas al viento de la tarde, cazando canarios con falsete en las mañanas antes de desayunar, yendo a coger lapas y asándolas con mojo de cilantro recién salidas del mar... Y sobre todo, recuerdo las noches, aquellas noches cuajadas de estrellas en las que nos reuníamos todos a la fresca y hablábamos de lo divino y lo humano, o nos poníamos a cazar estrellas fugaces, o a buscar ovnis, o a reírnos de cualquier cosa, porque éramos jóvenes y estábamos en paz.

Hubo un verano de esos en el que a todo el mundo le dio por jugar a la "ouija". Igual que en los patios de los colegios se dan rachas en que solo se juega al brilé o a las "piedritas" o a los boliches o al hula-hoop o a los cromos,  aquel julio y agosto se dio una fiebre espiritista que nos sentó a todos alrededor de un tablero de "ouija" (artesanal, por supuesto) con un dedo rozando encima de un vaso boca abajo y aprestándonos a interrogar a los espíritus. "¿Estás ahí?" preguntábamos con voz cavernosa, como es preceptivo hacerlo cuando se intima con seres del más allá. Y siempre estaban, claro. Podía contestarnos un espíritu egipcio, o una enfermera victoriana, o uno que luchó con Napoleón, o un indio sioux... El elenco era variado y entretenido, la verdad.

Una noche convinimos en preguntarle algo que ninguno de los demás supiera. Mi hermana preguntó: "¿Cuál es el apellido de mi amiga Lourdes?". La amiga se apellidaba Ramallo y el espíritu puso "Gamallo". Siguió discusión (y risas) acerca de la sabiduría y despistes de los espíritus. Y luego otro preguntó algo más práctico: "¿Qué número de lotería saldrá el siguiente sábado?". El espíritu, que también suponíamos que conocía el futuro (ellos son así), trazó con el vaso el número 14379. Ni qué decir tiene que al día siguiente más de uno hizo una peregrinación buscando el número. Salió sorprendentemente el número 14378 ¿Era un espíritu despistado o nos estaba vacilando? Todavía mi hermana (que entonces acababa de terminar la especialidad de Pediatría y estaba pendiente de destino) preguntó al espíritu que en qué centro le tocaría. La contestación fue que en Adeje, casi lindando con el que en realidad fue, el Valle de San Lorenzo. Decididamente era un espíritu burletero, como decimos aquí.

Cada vez que recuerdo aquel verano de la ouija, me vienen a la memoria las conversaciones después de la cena, con la noche estrellada sobre nosotros o la luna llena rielando en el mar como en una canción de piratas; las preguntas cada vez más estrafalarias que se nos ocurría hacerles a los seres de ultratumba y las dudas sobre si tomarnos en serio o no a esos espíritus tan poco de fiar que, estábamos seguros, en su fuero interno y etéreo estarían partidos de risa.  Pero todo, el vacilón, la puesta en escena, las carcajadas ante preguntas y respuestas, el aire de la noche, formaban parte de la esencia de todos los veranos. "El mar, el campo, el río, las montañas palpitan (...), mientras corren en la noche de estío fugaces las estrellas" (Rafael Alberti)

¡Que el verano les sea tan feliz como los guardados en la memoria!




(A todos los que vivimos aquel verano de la ouija: Chari, Miguel, Marisa, Ovidio, Toni, Javi. Y a Mingo y a Pilo)

(La imagen inicial es "After Van Gogh - Starry Night over the Rhone" de June Hethorn. La imagen final es desde mi terraza)

lunes, 28 de mayo de 2018

Antártida a la vista





Hay ciudades y pueblos a los que he viajado y que permanecerán para siempre en mi memoria: Monpazier en el Périgord, Bath en Inglaterra, Aix-en Provence, Dublín, Viena, Atenas, Estambul, Estocolmo, Guimaraes en Portugal, Praga, París -siempre París-...

Hay otros a los que espero ir algún día: Teruel y la Ribera Sacra en España, Normandía en Francia, la Toscana, Escocia y sus brumas, tal vez cruzar el charco...

Y hay muchos, muchos otros lugares a los que nunca iré pero que conozco como si hubiera estado allí en un sueño imposible. Uno de esos es la Antártida, el sexto continente, donde nunca me verán.

Y, sin embargo, si pienso en la Antártida, no se me aparece como Terra Incognita. En mi mente tiene montes de roca y de hielo, enormes llanuras blancas habitadas por focas y pingüinos, un mar bravo en el que hay ballenas y olas gigantescas, un cielo tempestuoso que cambia rápidamente y un silencio que tiene su propia voz. He leído y me han contado tanto de ella que es como si la hubiera conocido ¿En otra vida, quizás?

Sobre la piel de la Antártida se han escrito mil historias por parte de aquellos que la amaron y la desafiaron. Como la de Shackleton, que puso un anuncio que decía: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". O como las de Amundsen y Scott, en su duelo por ser el primero en llegar al Polo Sur (y total, ¿para qué?). De todas ellas, a mí la que más me gusta (porque nos toca de cerca a los canarios) es la de su descubrimiento.

Oficialmente la Antártida la descubrieron los ingleses el 16 de octubre de 1819. William Smith se llevó los honores de ser el primero cuyos pies hollaron un continente helado y poco habitable pero nuevo a estrenar. Pero la verdadera historia es otra y a mí me la contó mi amigo Jose Darias, una de las personas que más conocen la Antártida, un científico gomero que cada cierto tiempo -desde que lo conozco, hace más de 30 años- arrancaba la caña y se iba a investigar a aquellos mares procelosos. Se pasaba dos o tres meses estudiando los organismos marinos, conviviendo con algas, corales, esponjas, moluscos y estrellas de mar en aquel paisaje sin color. Solo el gris de cielos y mares, el blanco del desierto helado y desolador y el negro de algunos picachos, producto del deshielo en verano.

Él fue quien me contó que hasta principios del siglo XIX la Antártida no se conocía. Los mares que la separaban del continente eran lo suficientemente terribles como para que nadie se apuntara a un crucero de placer por allí. Pero a 3 barcos españoles -el "San Telmo", el "Mariana" y el Prueba"- no les quedó más remedio que pasar cerca en septiembre de 1819, cuando iban rumbo a Perú en auxilio de los que intentaban contener las insurrecciones coloniales. El que los mandaba a bordo del "San Telmo" se llamaba Rosendo Porlier y era hijo de Antonio Porlier, Marqués de Bajamar y nacido en La Laguna (paisano mío, oigan). Los barcos estaban tan hechos polvo, tan mal pertrechados y en un estado tan lamentable, que Rosendo Porlier se despidió en Cádiz de un amigo diciéndole: "Adiós, Francisquito, probablemente hasta la eternidad...". 

Como era de esperar, el "San Telmo" desapareció de la vista del "Mariana" en el fatídico Cabo de Hornos y probablemente muchos de los 644 tripulantes se ahogaron, pero el resto fue a parar a tierras antárticas, a lo que luego se llamó las Shetlands del Sur. Allí vivieron un tiempo alimentándose de focas. Pero ya saben, estaban en una tierra límite y fueron muriendo de frío y otras carencias.

Mes y medio después aparecen por allí William Smith y sus muchachos y se encuentran el panorama. Saben que los restos son del "San Telmo" y saben que son españoles ¿Qué hacer entonces, con el trabajazo que les ha costado llegar hasta allí y proclamarse los primeros? Callarse la boca, le dicen los de arriba, y llevarse la gloria y la posesión de la tierra para los ingleses. Pero hay cartas sobre ese mandato de silencio y hay otros testigos que cuentan la verdad ¡Buenos somos los humanos para guardar un secreto!

Así que ya saben: el verdadero descubridor de la Antártida fue hijo de un lagunero, nada menos. Fue por chiripa y no sé para qué sirven en realidad esas carreras para llegar el primero y poner la banderita. Pero algo de fascinación tiene que producirnos para que una lagunera como yo se sienta orgullosa de que uno de los nuestros haya sido el que por primera vez pisó el sexto continente. Aunque le haya costado la vida y aunque sea un lugar donde nunca me verán.





(La imagen inicial es del navío "San Telmo", en un grabado de Agustín Berlinguero. La de la Antártida está tomada de un "Muy Interesante"))

lunes, 2 de abril de 2018

La infancia me envió una postal




"A veces la infancia me envía una postal" es un verso del poeta Michael Krüger en su libro "Previsión del tiempo" ¡Qué verdad más grande! Yo no sé a ustedes, pero a mí a cada rato se me llena el buzón de la memoria de postales de mi niñez. Miren, si no, la que me mandó esta Semana Santa pasada sin ir más lejos.

En una familia tan religiosa como la mía, en Semana Santa los niños asistíamos a todas las misas, visitábamos todos los monumentos, coleccionábamos estampitas hasta de San Dionisio Areopagita, veíamos en el cine "La túnica sagrada" y "Los diez mandamientos" y no había procesión a la que no asistiéramos como una santa obligación y como si fueran a pasar lista. Y de todas, la más importante para nosotros era la del Señor de las Tribulaciones porque pasaba por mi casa, por la calle estrechita y entonces de callaos del Barrio del Toscal que lleva su nombre: calle del Señor de las Tribulaciones.

A nosotros, los niños, nos encantaba la vida del barrio. Enfrente de casa había un pasaje y una ciudadela con mucha vida y muchos niños, y casas terreras a lo largo de la calle, con tejado unas y  con azotea otras, en las que veíamos gallinas, conejos y hasta una cabra. Estaba el estanco de Gobi, el futbolín de don Federico , la carpintería de Vicente, la venta de Bartolo en la esquina, el carrito de doña Nati más arriba...En el taller de mecánica de enfrente de mi casa estuvo mucho tiempo un King Kong de una carroza de carnaval que medía 5 o 6 metros de alto  y que nos daba un susto de muerte cada vez que abríamos la ventana del despacho de mi padre (vivíamos en el primer piso) y nos encontrábamos frente a frente con la cabezota negra y amenazadora. En el centro de Santa Cruz el Toscal tenía entonces un aire de pueblo. Todos nos conocíamos.

Había muchos personajes pintorescos. Estaba el Tocatodo, que iba tocando coches, paredes, puertas y farolas; o el del Transistor, al que no vimos nunca sin él a la oreja; o el Cartucho, que dirigía el tráfico; o Quico, el borrachito que todos los sábados por la noche nos despertaba con una canción de Machín arrastrada: "Tengo una debilidá, ay qué calamidá, mi vida es un disgustoooo. Yo no sé qué voy a haserrrr, o me curo de este mal o me voy a enloqueseeeeerrr".

El día de la Procesión, el martes de Semana Santa, el barrio se vestía de fiesta. Se hacía una alfombra de flores de la que todo el mundo se sentía tan orgulloso como si fuera la del Corpus de La Orotava. Las ciudadelas se baldeaban, se ponían las más perfumadas y floridas macetas en las ventanas y todo el mundo preparaba sus galas. En mi casa ese día se montaba una merienda especial porque toda la familia y las amigas de mi madre venían a ver la procesión desde las 8 ventanas que daban a la calle. Desde por la mañana los olores de los marquesotes, los bollos de manteca y los almendrados que hacía mi abuela se notaban antes de subir la escalera. Recuerdo las torrijas y unos sandwichs que me gustaban mucho y que preparaba mi madre con una pasta hecha de sardinas en lata, pimientos, huevo duro y aceitunas. La mesa se vestía con el mantel bordado de La Palma y a los niños nos ponían desde temprano a deshojar rosas para echárselas al Cristo cuando pasara bajo nuestra ventana.

Y a la hora de la procesión, allí estábamos todos, acodados para ver al Cristo, las caras expectantes, las manos agarrando una cesta llena de pétalos de flores, preparados, listos, ya, para tirarlos; la música vibrando cuesta arriba, la calle llena de gente con sus trajes de fiesta, las mujeres de la ciudadela de enfrente alegando... y Quico, el borrachito, que va y les dice con la misma voz tronante con la que nos despertaba los sábados: "¡¡¡Chissst!!! ¡¡¡A callar todas ustedes!!! ¿No ven que está pasando el Señor de las Tres Purgaciones?"

Esta fue la postal que este martes pasado de Semana Santa me envió mi infancia.

(Gracias a Javi, Isa, Pepe y Clari, que en este martes de Semana Santa de 2018 me sirvieron de corresponsales y me fotografiaron la procesión del Señor de las Tribulaciones. Y a Iris, por compartir recuerdos)

lunes, 19 de febrero de 2018

Alta alcurnia




Me encanta cuando mis nietos mayores vienen a quedarse a casa y pasamos, como el lunes pasado por la noche, un rato tranquilo después de cenar: mi nieta mayor con sus dibujos, el de 12 poniendo leña a la chimenea y haciéndole fotos, mi marido poniendo música de jazz de fondo, yo leyendo... Una gozada. Al día siguiente, después de un desayuno tardío, me encantó también quedarnos hablando un rato, sin tener prisa por nada. Entonces fue cuando mi nieta me preguntó si teníamos árboles genealógicos de nuestra familia. "Por supuesto -le dije-, somos descendientes de palmeros y los palmeros son como los hobbits". Les enseñé, para que lo vieran, el prólogo de "El señor de los Anillos" de Tolkien, donde dice: "Todos los Hobbits eran, de cualquier modo, gente aficionada a los clanes, y llevaban cuidadosa cuenta de sus parientes. Dibujaban grandes y esmerados árboles genealógicos con innumerables ramas. Cuando se trata de los Hobbits es importante recordar quién está relacionado con quién, y en qué grado.". Pues lo mismo se puede decir de los palmeros. A mí más de una vez, cuando he ido a Los Sauces, me han parado en medio de la calle para preguntarme: "¿Y tú de quién eres?".

Así que saqué la carpeta de los Rollos Ancestrales y empezamos a sumergirnos en el complicado mundo de los parentescos. Resultaba divertido para mis nietos ver hasta dónde llevaban algunas ramas. Una línea de mi abuela Lola llega hasta un maestro de azúcar de principios del siglo XVI que se llamó Diego Machín; otra de mi bisabuela Pepa nos emparenta, allá por el XVI, con los Díaz Pimienta, que eran portugueses llegados a La Palma. Hay hasta una antepasada casada con Diego Rodríguez de Talavera, que desembarcó en Barlovento para ayudar a la conquista de La Palma y que dio nombre al puerto de Talavera. Por los Duques y mi abuelo Gabriel hay un árbol (salió en el periódico "El Día" en un reportaje sobre nuestra familia, maestros constructores y carpinteros a quien se debe la construcción de muchas casas y obras en La Palma) que llega hasta principios del siglo XIX con Estanislao Duque Domínguez, que tuvo 10 hijos, uno de los cuales fue mi tatarabuelo. Hay hasta otra genealogía de mi bisabuela Natalia que llega hasta un rey indígena de El Hierro llamado Osinisa y nacido en 1380. Mis nietos leían asombrados, buscaban en Internet (a su retatarabuelo Estanislao le encontraron ascendencia en Fernando de Castilla, Regidor de La Palma) y hacían un montón de preguntas ¿Tenemos sangre guanche? ¿Y eso por qué se sabe si en 1380 ni siquiera la isla estaba conquistada? ¿Por qué mis abuelos tuvieron 3 hijas que se fueron muriendo de pequeñas (menos la última) y a las 3 las llamaron Lolita? 

Yo les contaba que, aunque muchos de esos trabajos se hacen con seriedad, no hay que fiarse enteramente de ellos porque la historia muchas veces se ha desfigurado a favor de intereses privados;  que lo de las Lolitas seguro que era un antojo; les recalqué que no se fijaran mucho en pamplinas y relumbrones, y que de lo que tenían que sentirse muy orgullosos es de ser descendientes, no de famosos ni de altos personajes, sino de los fuertes. En épocas en que la mortalidad infantil era tan grande, en que había guerras, inseguridad y epidemias, nuestros antepasados sobrevivieron a todo eso, llegaron a adultos y procrearon. Por eso estamos aquí. Hasta le conté una noticia que encontré en "La Opinión de Tenerife", del 12 de octubre de 1896 en la que hablan de que a mi abuelo Gabriel, entonces con 3 años, lo había atropellado un caballo en la calle del Cantillo de Los Llanos. Si llega a matarlo, ninguna de las 80 y pico personas que hemos descendido de él hubiera existido.

Tan entretenidos estábamos con todos estos tejemanejes que, cuando miré la hora, eran cerca de las 2 de la tarde y no había empezado a hacer las albóndigas para la comida. Les dije entonces una frase que mi madre soltaba cuando también se le hacía tarde: "Los que de alta alcurnia descendemos o comemos tarde o no comemos".

lunes, 29 de enero de 2018

Ya nadie borda en La Palma




Nosotras, las mujeres que ahora rondamos los 70, no hacíamos como nuestras madres y abuelas, que reunían su dote a lo largo de los años previos a casarse (destino casi obligado en aquellos tiempos). Pero sí es verdad que todas aportábamos a la futura casa juegos de sábanas, mantelerías, toallas y hasta alguna bolsa de pan, preferiblemente bordado todo en La Palma.

Y es que entonces todas las mujeres bordaban. En las casas que visitaba en mi infancia, siempre había un cuarto de costura (ya he hablado aquí del de mi casa) en el que se hablaba de bodoques, de bordados richelieu, de matizado indefinido, de punto cruz, de presillas, vainicas dobles y calados. En mi recuerdo está la imagen de mi abuela con las gafas sobre la punta de la nariz, sentada con los pies en un escabel y la almohadilla de bordar sobre el regazo, transformando una tira de tela en un prodigio de flores realzadas. Todas sabían bordar divinamente, cosa que a mí (que, como saben, no sé coser sino botones) me llenaba de una profunda admiración. Los prodigios que salían de las manos palmeras y tinerfeñas eran únicos y famosos en el mundo. Isabel Allende, hablando de un sarao en "El Zorro: comienza la leyenda", lo describe así: "Hubo comida por tres días para quinientas personas, separadas por clases sociales: los españoles de pura cepa en las mesas principales con manteles bordados en Tenerife, bajo un parrón cargado de uvas; la gente de razón con sus mejores galas en las mesas laterales a la sombra; la indiada a pleno sol en los patios, donde se asaba la carne, se tostaban las tortillas y hervían las ollas de chile y mole". ¿Llegaría un tiempo en que nadie bordara aquí? Inconcebible.

De todo esto hablaba hace poco con mi amiga palmera Nievitas (que tampoco borda), cuando yo le comentaba que estas navidades jubilé el mantel que mi madre me regaló hace más de 20 años, un mantel blanco bordado entero en richelieu, que yo ponía religiosamente en cumpleaños y nocheviejas. En los tiempos de mi abuela, muchas de esas prendas no se usaban y se dejaban amarillear en baúles, esperando ni se sabe qué. Pero tanto mi madre como mi hermana y yo nunca hemos guardado el reposo a nada: a usarlo y a recrearnos en ello, que para eso está. Y en este caso, le decía yo a mi amiga que, aunque me daba mucha pena porque fue uno de los últimos regalos de mi madre, el mantel de rechi (como lo llaman allí) no aguantaba ni un lavado más ¿Se podría encargar otro?

Entonces fue cuando me dijo que ya nadie borda en La Palma. Bueno, sí, se dan cursillos para unas pocas personas y todavía queda alguna bordadora de las de antes. Pero ha desaparecido como trabajo corriente y ahora resulta bastante difícil encontrar quién te borde un mantel y no digamos un ajuar completo (si es que todavía eso existe). ¿Las razones? El precio prohibitivo frente a los bordados chinos; lo "detenoso" de un trabajo manual tan fino, ajeno al ritmo de la vida actual; o la interrupción de la cadena de aprendizaje de madres a hijas por el cambio en la educación y en el papel de la mujer hoy (antes, apenas levantabas un pie del suelo, ya te daban aguja, hilo, dedal y un trapito para que fueras tomando recortes). Ahora los cuartos de costura se han quedado vacíos.

Y en esas estábamos cuando quiso el destino que, el mismo día en que hablé con Nievitas del tema, ella se encontrara con una señora que estaba vendiendo su ajuar sin estrenar y que le ofreció un mantel blanco precioso, también bordado en richelieu. Mi amiga, que cree en las señales, entendió que ese era un guiño que mi madre le enviaba desde el más allá, y entonces lo compró y me lo regaló, casi considerándolo como un milagro.

A mí lo que me parece un milagro es que pueda seguir celebrando comidas con mi gente sobre una obra de arte y brindando (¡con cuidado de que no caiga una sola gota en el mantel, eh!) por que todavía podamos gozar de esos bordados legendarios. Pero, sobre todo, lo más milagroso es contar con amigas así de sensibles y generosas. Y que además crean en los milagros.






lunes, 11 de diciembre de 2017

Tiempos Heroicos





Hay un dicho, creo que de Alfonso X el Sabio, que reza:  "Viejos leños para quemar, viejos libros para leer, viejos vinos para beber, viejos amigos para conversar". Si ustedes se identifican con esta cita es porque también han vivido Tiempos Heroicos, unos tiempos que siempre salen a colación cuando nos reunimos esos viejos amigos (a lo mejor, mientras nos tomamos uno de esos viejos vinos y hay un viejo leño quemándose en la chimenea). Los Tiempos Heroicos pueden ser la mili, o el tener que ir caminando de Vallehermoso a Valle Gran Rey a través de las montañas (como me cuenta mi amiga Consuelo), o la guerra para nuestros mayores, o los primeros años en que nos buscamos la vida lejos de la protección de nuestros padres...

Esta semana cenamos en casa de Miguel Ángel, uno de esos viejos y queridos amigos. Mientras comíamos una carne a la piedra en el bello comedor acristalado de su casa guamasera -noche de luna llena sobre el césped y el perfil sombreado del Teide al fondo-, mi marido y él (ante el regocijo de Ana, su pareja, y mío) rememoraban los Tiempos Heroicos en los que compartieron la carrera de Físicas en Madrid y, sobre todo, la estancia en el Colegio Mayor San Juan Evangelista.

El San Juan, el Johnny para todos, entonces, allá por el año 66, ni estaba terminado. El director reunió a los 400 alumnos que estaban apuntados y les dijo que les habían cortado los créditos y que, si ellos aceptaban pagar las mensualidades y vivir allí en las condiciones precarias en que estaba el colegio, tal vez podrían seguir adelante y sobrevivir. De los 400, sólo ciento y pico valientes dijeron que sí y empezaron el curso 66 en noviembre, con las escaleras en construcción, sin calefacción ni agua caliente. No había ascensor, ni cafetería ni comedor, y ni, mucho menos, canchas. La habitación solo tenía la cama y el armario, pero sin baldas ni gavetas. No estaba ni la mesa ni la silla ni las estanterías que tan necesarias son para estudiar. Los cristales de las ventanas estaban con los papeles pegados y sucios de la obra, que ellos tuvieron que despegar y limpiar. El Johnny fue el primer colegio que instauró el autoservicio: nada de personal de limpieza, sino que eran los propios alumnos los que limpiaban su habitación y se lavaban su ropa, incluida la de la cama. Ese año pasaron más frío que vergüenza, pero el Colegio se terminó y se inauguró oficialmente en el curso 67-68.

Pero incluso así, el San Juan tuvo desde ese inicio intrépido el sello que lo caracterizó siempre: una vida cultural plena que lo convirtió en uno de los espacios de libertad del Madrid de la época. Miguel Ángel, que fue uno de esos ciento y pico fundadores (mi marido llegó un año después), recordaba ver ese año a Nuria Espert, sentada en una de las salas (supongo que bien abrigada, eso sí), recitando las "Nanas de la cebolla" de Miguel Hernández. Otra vez fue Ramón Tamames, que hizo una crítica encendida al capitalismo, con lo cual inmediatamente se pidió que fuera un banquero a defenderlo. Todas las charlas acababan en diálogo, en exposición de otras ideas, en nuevas preguntas y no se aceptaba nada porque sí. Se veían películas que estaban superprohíbidas (yo vi allí "El acorazado Potemkin" de Eisenstein, que por otra parte me aburrió) y, al lado de portería, había un punto de venta de libros que no encontrabas en ningún otro sitio (no necesariamente "peligrosos": Neruda, sin ir más lejos). Mi marido y yo recordábamos que fue en el San Juan, en el año 70, auspiciado por el Club de Música y Jazz del Colegio, donde oímos uno de los primeros festivales de jazz de España. Allí estaban Teté Montoliú, Donna Hightower, Pedro Iturralde... Una gozada.

Fue una noche memorable, para recordarla y para recordar Tiempos Heroicos. Sí es verdad que parecíamos los abuelos Cebolleta, resucitando hechos de hace 50 años que, sin embargo, no veíamos muy lejanos. Un Tiempo Heroico es siempre aquel en que hicimos cosas que ahora no haríamos, ni siquiera con una pistola en el pecho. Pero qué bueno es saber y recordar que alguna vez las hicimos y, sobre todo, que nos lo pasábamos pipa haciéndolas.

(En la foto inicial, el Colegio Mayor San Juan Evangelista. El Johnny para los amigos)

lunes, 22 de mayo de 2017

Sí, quiero






Yo nací en una generación en la que los momentos íntimos eran eso, íntimos, y en la que dichas intimidades no se pregonaban a diestra y siniestra. Nosotros, como en la canción de Armando Manzanero "Somos novios", procurábamos "el momento más oscuro para hablarnos, para darnos el más dulce de los besos...". Pero no hablo sólo de besos y demás arrumacos, sino que a la hora de decidir casarnos, de decirnos un "te quiero", de esos momentos tiernos que sólo pertenecen a dos personas, era imprescindible la soledad.

lunes, 8 de mayo de 2017

Nosotros, los de entonces




Esta semana mi primo Néstor ha creado un grupo de wasap, conmigo y mis hermanos, los 4 niños que crecimos juntos en la calle del Pilar y de San Miguel en Santa Cruz. Es un chat para la nostalgia y le puso por nombre "Nosotros". Ya mi hermano mandó una foto de unos niños jugando al fútbol en una calle sin coches -"Esto era vida", dice-; mi hermana, una foto de Marisol en "Ha llegado un ángel" -"Aquella época..."-; y yo subí las tres primeras fotos en las que se nos ve juntos a los 4, para que eligieran el icono del grupo. Optaron por la que pongo al inicio hoy, hecha en la primera comunión de mi primo, todos serios y vestidos de domingo, yo con gorro de casquete y todo. Hasta mi hermano, que tenía ahí 6 años, posa con corbata, como un señor.

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