lunes, 11 de mayo de 2026

Semana de película



Nosotros, los que no fuimos niños de tele, fuimos, sin embargo, niños de cine. Religiosamente, de chicos, el domingo nos daban 5 pesetas que todos gastábamos en ir al cine (3pesetas) y el resto en chucherías del carrito más cercano. Allí, en los cines, nuestra sed de historias quedaba satisfecha y maravillada ante las escuelas de sirenas, los ben-hures, las ternuras de Charlot y las pelis del oeste, donde descubríamos leyes y actitudes de otros tiempos. El cine era una gozada.

Les cuento esto porque esta semana ha sido de película. Primero, cuando el jueves salí de casa, me encontré el portal del jardín de mi amiga Agur abierto de par en par con un montón de gente que salía y entraba y una ambulancia negra y enorme aparcada al lado. Agur es mi amiga del alma desde hace 50 años cuando el destino nos hizo vecinas en Santa Cruz. Luego, nos pareció estupendo seguir siéndolo y compramos solares cercanos para hacernos una casa en el campo. Imagínense el susto que me llevé cuando vi todo el jaleo montado. Paré el coche y al primero que pasó corriendo le pregunté que si había pasado algo. El hombre se rio al ver mi cara de alarmada y me dijo: "No se preocupe, estamos rodando una película". Y luego me fijé en que el aparcamiento cercano y el prado detrás de la iglesia estaba lleno de furgonetas y carromatos y hasta había toldos bajo los cuales instalaban mesas con bebidas y picoteo. Por supuesto, cuando llamé a Agur por la tarde, le pedí un autógrafo. La película se va a llamar "Míster" y la darán por Netflix.

Y siguiendo con el cine, la casualidad hizo que me hija me regalara por el Día de la Madre un libro, Mis días en la librería de la felicidad de Moira Macdonald (sabe lo que me gustan los libros sobre librerías), que me leí esta semana. La librería en cuestión se llama Entre líneas y en ella la dueña, emocionada, anuncia un día: "¡Vamos a salir en una película!". Pero la emoción deja paso al estrés cuando se van tropezando con expertos en localizaciones que quieren mover estanterías o cambiar los mostradores o poner libros con colores más llamativos; con maquilladores que pasan las brochas por la cara de todos para "minimizar los brillos"; con los de la iluminación recolocando luces una y otra vez, y con los raíles y cámaras rayando el suelo de madera. Un aspecto más de lo que es el cine.

Para acabar de cerrar el círculo, el viernes volví a ver por enésima vez Notting Hill (¿Hay alguien que no la haya visto?) en la que sale además el proceso de promoción de una película, ya saben, entrevistas, ruedas de prensa, anuncios enormes... Un despistadísimo Hugh Grant va a un hotel a ver a Julia Roberts (en estado de gracia interpretando a una actriz famosa) y confundido con un periodista lo hacen pasar a entrevistar a todos los actores de una peli, cosa que hace de mala manera.

Mi semana de película -el rodaje en casa de mi amiga y en la novela y en un Notting Hill repasado- me hizo reflexionar en que nunca te paras a pensar en todo lo que conlleva una película, en la cantidad de personas, material y dinero que contribuyen a que una historia llegue hasta nosotros. Una vez oí que el cine es silencio, oscuridad y una pantalla grande. Y es verdad. Pero el cine es mucho, muchísimo más. Sobre todo y más allá de todos estos entresijos que lo hacen posible, para nosotros, los que fuimos niños a mitad del siglo pasado, el cine es y seguirá siendo para siempre puramente magia.

lunes, 4 de mayo de 2026

Adiós al folvanguito

En la formidable película de John Ford Un hombre tranquilo, el conflicto entre los protagonistas (John Wayne y Maureen O'Hara) aparece porque ella, al casarse, quiere que su hermano, que se opone a la boda, le dé "sus cosas". Siempre imaginó una casa para vivir en donde colocaría esas cosas: su estantería para la vajilla, su mesa, sus sillas, su cama... Pero él no la entiende y le dice que son solo objetos y que eso no es lo importante. Cuando la vi por primera vez, yo estaba más de acuerdo con él, a lo mejor influida por mi madre que, cuando algo se rompía, así fuera una estatua antigua de cristal chino, nunca lo lamentaba mucho y siempre decía: "Es solo material".

Pero con el tiempo me he dado cuenta de que hay cosas a las que se les coge cariño y a las que a veces cuesta renunciar. Javier Marías incluso llegó a escribir que "tal vez no sea tan descabellado imaginar que los objetos inanimados tienen algo de vida". Y en un libro titulado Estimados objetos sus autoras, Luz Sánchez-Muro y Belén Feduchi, pedían que eligieras aquel objeto de tu ámbito cotidiano con el que más te identificaras, ese del que no te desprenderías ni loco que estuvieras. Entre las respuestas, muchas y curiosas, hubo quien, por ejemplo y dándole la razón a Marías, escribió una carta de amor a su Vespa.

En la misma línea, en mi familia también ese objeto, que vemos como si fuera un viejo amigo que nos ha acompañado toda la vida, es el primer coche que tuvimos, un Volkswagen escarabajo que los niños siempre llamaron el folvanguito. En uno de los primeros posts de este Blog hace 18 años ya hablé de él y lo definía así: "Es un coche color naranja, de trote alegre y natural afable, el primero que cogí nada más sacar el carnet y con el que fui cantando a grito pelado por toda la carretera de Tegueste cuando vi que podía conducirlo yo sola".

El folvanguito nos ha llevado en las bodas de la familia, empezando por la mía, subía al Teide con determinación por las noches los 8 años que mi marido estuvo en el Astrofísico, me llevó sin problemas durante muchos años al Instituto de La Laguna, cargó hasta con un colchón en la baca al mudarnos a esta casa y nunca nunca nos dejó tirados en la carretera por propia intención. En aquel post contaba que hubo dos veces que eso pasó pero la primera vez fue culpa mía y se quedó sin batería, y la segunda, de un aprendiz de mecánico que le dejó un tubo suelto y se incendió en la carretera de Las Canteras. Pero como si el coche tuviera línea directa con el cielo, la primera vez apareció el mecánico del coche que lo conocía como si lo hubiera parido, y la segunda, detrás de nosotros circulaba un camión de una empresa de extintores y me lo apagaron en un pispás. Un milagro.

Pero el folvanguito tiene 56 años ahora y hace tiempo que languidece en el garaje. Ya no lo sacamos a pasear porque también nosotros languidecemos. Los hijos y nietos tienen su vida y sus coches y no se acuerdan mucho de él, y un coche quieto es un coche moribundo. Por eso, por el cariño que le tenemos, le hemos dicho adiós, aunque no es un adiós definitivo. Se va a otra casa donde lo van a reparar y tratar con amor. Mi sobrino Pablo, que sabe de motores todo lo que hay que saber, que le apasiona la mecánica, que tiene mil repuestos, piezas y accesorios localizados por todo el mundo y que ama los coches antiguos, se encargará de él y lo va a dejar como un pincel.

A nosotros solo nos queda, mientras lo vemos marchar con la dignidad de aquellos que saben lo que valen, agradecerle todas las horas felices que nos dio. El folvanguito ha sido para nosotros ese objeto favorito al que cuesta renunciar y lo recordaremos siempre como un viejo amigo, achacoso ahora pero siempre fiel, generoso y dispuesto. 

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