lunes, 25 de mayo de 2026

¿Derrotas a mí?


Las palabras tienen un pasado y un significado profundo que hay que conocer porque nos ayuda a entender nuestro entorno y a nosotros mismos. Por eso, contra el parecer de las administraciones, siempre defenderé la enseñanza de las lenguas clásicas, de las que deriva la nuestra, en la formación de nuestros jóvenes. Viene todo esto a cuento porque me encontré esta semana con un escrito luminoso de la escritora y filóloga Irene Vallejo (autora de El infinito en un junco, uno de los libros más interesantes que he leído en la última década), en donde nos ilustra sobre la palabra derrota.

Dice en él que derrota es una palabra que nos da miedo porque significa fracaso. Pero que, si atendemos a su origen, se refiere a un camino. "Deriva del verbo "romper" como "ruta", porque en la vegetación los senderos se abren rompiendo la maleza y los obstáculos". A partir de esta definición se formó la palabra "derrotero" en el sentido de rumbo. Por eso en la acepción náutica, el barco rompe las aguas para abrir caminos, y en el lenguaje militar, la derrota es la fuga de un ejército cuando el enemigo rompe sus filas.

Eso hace que miremos las derrotas de la vida bajo otro ángulo. Y pensé en los momentos en que nos hemos sentido derrotados y en las circunstancias que los han provocado. ¿A quién no le ha pasado alguna vez? Todos hemos visto muchos casos: el amigo que perdió el trabajo, pero que ahora reconoce que fue lo mejor que le pudo pasar porque encontró otro en el que está más a gusto; o aquella que lo pasó fatal al separarse del marido, y salió adelante, más sabia y más fuerte, con una vida llena y sin un majadero que se la hacía imposible; o aquel que por suspender una asignatura en un selectivo tuvo que pasar un año sin adelantar curso, pero que aprovechó para aprender alemán y hacer un curso de informática que le vino bien para su curriculum... Incluso en la derrota peor, la de la muerte, me acuerdo de la viuda que después se dedicó a viajar y a salir con las amigas y que siempre decía: "Él está en el cielo, pero yo estoy en la gloria".

Es verdad que las derrotas nos rompen la vida, pero siempre hay caminos por los que transitar. Su mismo origen nos hace ver la derrota como un rumbo y no como un final, como una ruptura que nos lleva a recorrer otras veredas. Porque vivir es viajar y un fracaso puede ser también una oportunidad para cambiar y buscar otros derroteros.

Así que esta semana va aquí mi gratitud por este escrito de consuelo y esperanza. La derrota como "un episodio en una vida navegante. Nada más dramático ni más terrible. No hay que temer, solo caminar o izar las velas". Grande Irene Vallejo.

lunes, 18 de mayo de 2026

No me puedo quejar


En los tiempos de la dictadura se contaba siempre (bajito, eso sí) que, cuando alguien de fuera preguntaba qué tal se vivía aquí, se le respondía: "No me puedo quejar". "Estupendo", le decían. "No, no me ha entendido", y susurrando seguían: "Es que no-me-puedo-quejar".

Yo estoy en esa tesitura pero de verdad. Pienso que no me puedo quejar porque, entre las penumbras de esta vida puñetera de la que ahora todos se quejan sin problema, destacan, como puntos de luz, momentos que uno va atesorando a lo largo del camino para paladearlos con deleite al final del día y para pensar que, después de todo, la cosa no pinta tan mal. Hagan la prueba, estén atentos a lo que les pasa y encuentren esos momentos. Yo lo hice esta semana y reuní aquí unos cuantos como ejemplo:

El momento sorpresa. El encuentro el jueves, después de muchos años sin vernos, con uno de mis mejores alumnos, que ahora es catedrático de latín y que me confesó que, cuando hizo las prácticas en Lanzarote, tuvo que dar filosofía y usó mis apuntes tal cual. Una alegría inesperada que me alegró el día.

El disfrute con un libro y una película que me gustaron. El libro fue La corresponsal de Virginia Evans, una novela epistolar sobre una mujer que cuenta toda su vida a través de sus cartas, incluso de algunas que nunca envía. La película fue ¿Bailamos?, con Richard Gere, Susan Sarandon y Jennifer López, que te deja con ganas de ponerte a bailar cha-cha-chá (de hecho, lo intenté).

El rato con mi hijo viendo jugar a mi nieta de 12 la final de baloncesto en el Polideportivo de La Matanza (foto inicial de ella tirando al aro). Perdieron ("fuerte paliza les dimos, ellos a nosotros"), pero fue estupendo ver el entusiasmo y las ganas que le ponían y estar allí animándolas con la ola y el riquirraque.

Un momento mágico un atardecer: ver volar lentamente una bandada de aves (¿gaviotas? ¿garzas?) brillando al sol que se ponía frente a las montañas oscuras. Todo estaba en silencio y el tiempo casi se detuvo...

Tarde de chicas con mi hija y mi nieta mayor que aprovechó el San Isidro festivo en Madrid para venir el fin de semana. Comida, confidencias y la serie actual de la BBC en 3 capítulos Sentido y sensibilidad, que, vista en compañía, es más divertida.

Carcajada con Las chicas de oro una noche. Rose cuenta de un ex-novio de St. Olaf que, cuando iban los veranos al cine al aire libre en coche, la metía en el maletero para no pagar sino una entrada, veía la película y, al salir, la sacaba del maletero y le contaba la película. :-D

Momentos de amigos: las charlas por wasaps y teléfono, el café con mis amigas de pilates o la cena de huevos fritos, papas fritas y morcilla canaria (la mejor comida del mundo) en casa de amigos queridos.

Mover las neuronas. Lo hago cada día buscando La palabra y la frase del día, jugando 2 rummy contra el ordenador y una vez a la semana haciendo el Damero maldito. Bueno, y escribiendo este post.

Si meditamos cada noche sobre lo que nos ha regalado el día, claro que también hay momentos no tan gratos, pero ¿quién se acuerda de ellos? Busquemos lo que nos reconforta porque, como decía Jane Austen en Orgullo y prejuicio, "a falta de... el buen filósofo solo saca beneficio de dónde lo hay".

No me puedo quejar.


lunes, 11 de mayo de 2026

Semana de película



Nosotros, los que no fuimos niños de tele, fuimos, sin embargo, niños de cine. Religiosamente, de chicos, el domingo nos daban 5 pesetas que todos gastábamos en ir al cine (3pesetas) y el resto en chucherías del carrito más cercano. Allí, en los cines, nuestra sed de historias quedaba satisfecha y maravillada ante las escuelas de sirenas, los ben-hures, las ternuras de Charlot y las pelis del oeste, donde descubríamos leyes y actitudes de otros tiempos. El cine era una gozada.

Les cuento esto porque esta semana ha sido de película. Primero, cuando el jueves salí de casa, me encontré el portal del jardín de mi amiga Agur abierto de par en par con un montón de gente que salía y entraba y una ambulancia negra y enorme aparcada al lado. Agur es mi amiga del alma desde hace 50 años cuando el destino nos hizo vecinas en Santa Cruz. Luego, nos pareció estupendo seguir siéndolo y compramos solares cercanos para hacernos una casa en el campo. Imagínense el susto que me llevé cuando vi todo el jaleo montado. Paré el coche y al primero que pasó corriendo le pregunté que si había pasado algo. El hombre se rio al ver mi cara de alarmada y me dijo: "No se preocupe, estamos rodando una película". Y luego me fijé en que el aparcamiento cercano y el prado detrás de la iglesia estaba lleno de furgonetas y carromatos y hasta había toldos bajo los cuales instalaban mesas con bebidas y picoteo. Por supuesto, cuando llamé a Agur por la tarde, le pedí un autógrafo. La película se va a llamar "Míster" y la darán por Netflix.

Y siguiendo con el cine, la casualidad hizo que me hija me regalara por el Día de la Madre un libro, Mis días en la librería de la felicidad de Moira Macdonald (sabe lo que me gustan los libros sobre librerías), que me leí esta semana. La librería en cuestión se llama Entre líneas y en ella la dueña, emocionada, anuncia un día: "¡Vamos a salir en una película!". Pero la emoción deja paso al estrés cuando se van tropezando con expertos en localizaciones que quieren mover estanterías o cambiar los mostradores o poner libros con colores más llamativos; con maquilladores que pasan las brochas por la cara de todos para "minimizar los brillos"; con los de la iluminación recolocando luces una y otra vez, y con los raíles y cámaras rayando el suelo de madera. Un aspecto más de lo que es el cine.

Para acabar de cerrar el círculo, el viernes volví a ver por enésima vez Notting Hill (¿Hay alguien que no la haya visto?) en la que sale además el proceso de promoción de una película, ya saben, entrevistas, ruedas de prensa, anuncios enormes... Un despistadísimo Hugh Grant va a un hotel a ver a Julia Roberts (en estado de gracia interpretando a una actriz famosa) y confundido con un periodista lo hacen pasar a entrevistar a todos los actores de una peli, cosa que hace de mala manera.

Mi semana de película -el rodaje en casa de mi amiga y en la novela y en un Notting Hill repasado- me hizo reflexionar en que nunca te paras a pensar en todo lo que conlleva una película, en la cantidad de personas, material y dinero que contribuyen a que una historia llegue hasta nosotros. Una vez oí que el cine es silencio, oscuridad y una pantalla grande. Y es verdad. Pero el cine es mucho, muchísimo más. Sobre todo y más allá de todos estos entresijos que lo hacen posible, para nosotros, los que fuimos niños a mitad del siglo pasado, el cine es y seguirá siendo para siempre puramente magia.

lunes, 4 de mayo de 2026

Adiós al folvanguito

En la formidable película de John Ford Un hombre tranquilo, el conflicto entre los protagonistas (John Wayne y Maureen O'Hara) aparece porque ella, al casarse, quiere que su hermano, que se opone a la boda, le dé "sus cosas". Siempre imaginó una casa para vivir en donde colocaría esas cosas: su estantería para la vajilla, su mesa, sus sillas, su cama... Pero él no la entiende y le dice que son solo objetos y que eso no es lo importante. Cuando la vi por primera vez, yo estaba más de acuerdo con él, a lo mejor influida por mi madre que, cuando algo se rompía, así fuera una estatua antigua de cristal chino, nunca lo lamentaba mucho y siempre decía: "Es solo material".

Pero con el tiempo me he dado cuenta de que hay cosas a las que se les coge cariño y a las que a veces cuesta renunciar. Javier Marías incluso llegó a escribir que "tal vez no sea tan descabellado imaginar que los objetos inanimados tienen algo de vida". Y en un libro titulado Estimados objetos sus autoras, Luz Sánchez-Muro y Belén Feduchi, pedían que eligieras aquel objeto de tu ámbito cotidiano con el que más te identificaras, ese del que no te desprenderías ni loco que estuvieras. Entre las respuestas, muchas y curiosas, hubo quien, por ejemplo y dándole la razón a Marías, escribió una carta de amor a su Vespa.

En la misma línea, en mi familia también ese objeto, que vemos como si fuera un viejo amigo que nos ha acompañado toda la vida, es el primer coche que tuvimos, un Volkswagen escarabajo que los niños siempre llamaron el folvanguito. En uno de los primeros posts de este Blog hace 18 años ya hablé de él y lo definía así: "Es un coche color naranja, de trote alegre y natural afable, el primero que cogí nada más sacar el carnet y con el que fui cantando a grito pelado por toda la carretera de Tegueste cuando vi que podía conducirlo yo sola".

El folvanguito nos ha llevado en las bodas de la familia, empezando por la mía, subía al Teide con determinación por las noches los 8 años que mi marido estuvo en el Astrofísico, me llevó sin problemas durante muchos años al Instituto de La Laguna, cargó hasta con un colchón en la baca al mudarnos a esta casa y nunca nunca nos dejó tirados en la carretera por propia intención. En aquel post contaba que hubo dos veces que eso pasó pero la primera vez fue culpa mía y se quedó sin batería, y la segunda, de un aprendiz de mecánico que le dejó un tubo suelto y se incendió en la carretera de Las Canteras. Pero como si el coche tuviera línea directa con el cielo, la primera vez apareció el mecánico del coche que lo conocía como si lo hubiera parido, y la segunda, detrás de nosotros circulaba un camión de una empresa de extintores y me lo apagaron en un pispás. Un milagro.

Pero el folvanguito tiene 56 años ahora y hace tiempo que languidece en el garaje. Ya no lo sacamos a pasear porque también nosotros languidecemos. Los hijos y nietos tienen su vida y sus coches y no se acuerdan mucho de él, y un coche quieto es un coche moribundo. Por eso, por el cariño que le tenemos, le hemos dicho adiós, aunque no es un adiós definitivo. Se va a otra casa donde lo van a reparar y tratar con amor. Mi sobrino Pablo, que sabe de motores todo lo que hay que saber, que le apasiona la mecánica, que tiene mil repuestos, piezas y accesorios localizados por todo el mundo y que ama los coches antiguos, se encargará de él y lo va a dejar como un pincel.

A nosotros solo nos queda, mientras lo vemos marchar con la dignidad de aquellos que saben lo que valen, agradecerle todas las horas felices que nos dio. El folvanguito ha sido para nosotros ese objeto favorito al que cuesta renunciar y lo recordaremos siempre como un viejo amigo, achacoso ahora pero siempre fiel, generoso y dispuesto. 

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