Es verdad, mi querida Julia, mi nietita de ojos brillantes y curiosos, que viajas más que el cartero del Zar. Toda la familia sabe que mantengo contigo un pique a cuenta de los sitios que has visitado por esos mundos, sin ir más lejos este verano. Me enumeras que has estado en Oxford, en Asturias, en Málaga, en La Gomera, en Navarra... Y cuando yo te contesto que yo he ido también a todos esos sitios, siempre me contestas: "¡Pero, Aba! ¡Tú has estado en todas partes!". Por eso te encanta "ganarme", como cuando fuiste a Escocia, mi asignatura pendiente.
Lo que no sabes, niña del siglo XXI, es lo afortunada que eres por las facilidades que hay ahora para conocer este planeta que es nuestro hogar... ¡A Phileas Fogg lo quisiera ver yo ahora dando la vuelta al mundo, no en 80 días, sino en 80 horas! Tú, con tus 13 años recién cumplidos, has estado ya en gran parte de España y en muchos otros países, mientras que yo salí por primera vez de Canarias a los 19 años, cuando fui a estudiar la especialidad a Madrid. Y no vi ni por el forro el extranjero hasta los 30, en que hicimos un viaje familiar en camping por Portugal. Pero si nos remontamos más atrás, mi abuela solo conoció en su vida Tenerife y La Palma, y tampoco fueron muy lejos otros grandes personajes, como Kant, que nunca salió de su Koenigsberg natal, o Emily Dickinson, que apenas salió de su casa. (Eso sí, dejó escrito que "para viajar lejos no hay nave mejor que un libro").
Sin embargo, hay un territorio común que todos, los humanos de antes y de ahora, hemos vivido: los cielos. A veces, como este agosto, los cielos nos regalan maravillas: el eclipse total de sol en parte del mundo; la lluvia mágica de las Perseidas que rasgan las noches de verano; el alineamiento este mes también de 6 planetas (Júpiter, Mercurio, Marte, Urano, Saturno y Neptuno), como un rosario de perlas en el amanecer estival; y la llegada de un cometa, el 220P/McNaught, un viajero en el espacio. Todo un derroche.
Pero, además, el cielo nos sorprende siempre, por ejemplo, con atardeceres de nubes rojas entre las que incluso, si hay suerte, puede aparecer el rayo verde del crepúsculo; o con una tormenta de truenos y relámpagos vista detrás de los cristales, como quien ve un apocalipsis; o con un cielo azul resplandeciente que pregona que todo marcha bien; o con una noche estrellada sin luna... Los cielos son un espectáculo universal, como si todos estuviéramos en un balcón privilegiado asomados al infinito.
Y si alguna vez, Julia, cuando tengas mi edad tienes la oportunidad de mirar, con sofisticados aparatos que el hombre haya fabricado para ese entonces, más allá del cielo cercano, más allá del sol y las estrellas, y veas un atisbo de la Vía Láctea o un planeta cercano como Saturno y sus anillos, tal vez te llegue desde los celajes el eco de mi voz que, risueña, te diga: "Julia, yo también estuve allí".


.jpeg)

