Uno de los primeros libros que leí, a los 12 años, fue "Robinson Crusoe" de Daniel Defoe. Todavía conservo el libro de entonces, de Editorial Bruguera, edición de 1960, cuya portada, obra de Vicente Roso, pueden ver en la imagen inicial.
"Robinson Crusoe" es un canto a lo que ahora se llama resiliencia, pero que siempre ha sido superación de obstáculos o capacidad de adaptación que tenemos los humanos frente a las situaciones adversas que nos encontramos en la vida. A mí siempre me maravilló la historia de ese hombre que se ve arrastrado por el mar a una isla desierta (que con razón llamó la isla de la Desesperación) y es capaz, desde cero, de vivir en ella, de construir su casa, de alimentarse y protegerse. En un primer momento incluso hace una lista de Males y Bienes y escribe entre los primeros: "Me encuentro abandonado en una isla desierta, sin esperanzas de salir de ella"; y en los segundos: "Pero estoy vivo y no me ahogué, como mis compañeros". O "No tengo vestidos con que cubrirme" y "Pero vivo en un clima caluroso, donde, si los tuviera, no podría usarlos". Por esta defensa de los pros frente a los contras, es el protagonista de novela más positivo de toda la literatura.
Pienso en él muy a menudo porque creo que todos hemos pasado por un "momento Robinson", momento en que parece que nuestra vida cambia por completo, en que nos planteamos, abatidos, el "¿Y ahora qué hago?" y, sin embargo, nos ponemos de pie y salimos adelante.
Rosa Montero una vez habló de que el escritor Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura, fue internado a los 15 años en el campo de exterminio de Auschwitz y mucho tiempo después escribió: "Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente tan insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración". Aquel adolescente, comenta Rosa Montero, estaba tan lleno de ganas de vivir que consiguió acostumbrarse al infierno.
Y una escritora canaria, Cristina Arvelo, escribió hace poco un libro titulado "¿Y si no vuelvo? Aventuras y desventuras de una antimochilera en el paraíso", en el que narra su experiencia vital, la de una apasionada por los viajes, una mochilera que se ha recorrido el mundo y que de repente ve que una enfermedad grave puede cortarle las alas. Pero lo que hace es no renunciar a sus sueños sino cambiar la forma de viajar, desechar las cosas que no podía hacer pero disfrutar de las que sí podía. Es decir, adaptarse. Siempre hay otros caminos.
Sorprende ver cómo se superan las personas que han sufrido un incendio, un terremoto, una erupción de un volcán, una pandemia, una desgracia... Gente que lo pierde todo, pero remontan y con el tiempo vuelven a ser felices. Como mi abuela, chapó por ella, que se vio en la calle con 4 hijos, sin su casa y sin la tienda que era su medio de vida, y, sin embargo, salió adelante haciendo los dulces más ricos de La Palma y dando educación a sus hijos.
Si buscan, también ustedes pueden haber visto de cerca un momento Robinson. Porque así somos los humanos: adaptables, resistentes, tenaces, supervivientes. Ya lo dijo Darwin: no es la ley del más fuerte la que nos hace evolucionar como especie, sino la capacidad de adaptación a los cambios. Afortunadamente, la vida siempre se hace un lugar.