En la casa familiar de mi niñez no había despertadores. Mi abuela era nuestro despertador natural. Ella abría los ojos al alba y preparaba el café moliéndolo y, antes de las cafeteras exprés, colándolo gota a gota en aquellos coladores de tela. Si no nos despertaba el maravilloso olor mañanero del café, lo hacía mi abuela que, durante el curso, nos traía a la cama un café con leche. Y después de vestirnos, ya desayunábamos como es debido en la cocina, generalmente una leche con gofio y un trozo de los esponjosos bizcochos que ella hacía. Pero los días de fiesta y las vacaciones nuestro despertar era más musical. Mi madre nos despertaba cantándonos una canción sin sentido de Bonet de San Pedro que decía: "Arriba con el tirolirolílorí, abajo con el tiroriloleiro, se juntaron las dos esquinas a tocar la mandolina y a bailar el solirón, pompón". Y a veces mi padre también lo hacía, pero él, curtido por dos años de cuartel que le tocó hacer después de la guerra, lo que nos cantaba era: "Quinto, levanta, tira de la manta, que viene el sargento con el mosquetón". Otra cosa, no, pero entretenidos sí que eran los despertares en mi casa.
Y es que el invento del despertador, aunque no lo parezca es de ahora mismo. Aunque fue por el año 1787 cuando el estadounidense Levi Hutchins lo inventó, su producción masiva no ocurrió hasta 1947, un año antes de que yo naciera. ¿Cómo se despertaban antes? Con el sol, claro, igual que las gallinas, pero también con las campanas de las iglesias, que fueron la única referencia horaria hasta que las sirenas de las fábricas empezaron también a marcar la hora con sus silbidos. Antes funcionó un servicio de personas-despertadores que, por unos céntimos, hacían la ronda despertando sobre todo a panaderos y campaneros. A finales del XIX todavía quedaban en París una docena de mujeres con este oficio y, en la Inglaterra de la Revolución Industrial, los knocker-up iban con una vara larga golpeando las ventanas de sus clientes. Y había otros trucos, como poner un clavo en una vela, calculando el tiempo en que se derretía y, cuando lo hacía, el clavo caía sobre una chapa de metal haciendo que el ruido despertara al bello durmiente. Mira que el ser humano es ingenioso...
Cuando pensamos en toda esta historia, hasta nos sentimos orgullosos de haber domesticado al tiempo. Aunque siempre nos queda la duda: ¿No será al revés y es el tiempo el que nos ha poseído a nosotros? Porque, al inventarse despertadores, cronómetros, relojes que cuantificaban las horas, surge también la idea de que se podía perder el tiempo, que había que aprovecharlo bien porque era algo valioso, que se podía comprar y vender. En "Momo", el libro de Michael Ende, los hombres grises lo saben bien y toman posesión de los hombres, robándoles el tiempo como sanguijuelas. En el libro la lucha de Momo es contra ellos porque en él se concluye que el tiempo es la vida y no hay nada más valioso que nuestras horas irremplazables.
Hoy creo que los jubilados, que tenemos menos futuro que pasado, somos los más conscientes de esa idea. Y, aunque ahora los despertadores forman parte del escenario normal de cualquier casa, sabemos que el verdadero lujo está en que podemos prescindir de ellos ¿Qué mejor despertar que hacerlo al oír a los pájaros anunciar un nuevo día, o el sonido del viento en las ramas o de la lluvia en los cristales? ¿O que quien vive contigo te despierte, si ya no con canciones como hacían mis padres, con un beso de buenos días? Es la mejor manera de abrir la mañana con una sonrisa y de hacer de cada día una obra de arte.
P.D.: Aunque me ha dado mucha rabia que este fin de semana pasado, el último de marzo, nos hayan robado una hora de nuestro tiempo ¿Serán los hombres grises?