lunes, 11 de julio de 2016

¿Qué tengo en los bolsillos?




Esta pregunta, así tan simple ella, es, sin embargo, el eje central en los libros de Tolkien. Es la pregunta-adivinanza que le hace el hobbit Bilbo  a Gollum -"¿Qué tengo en el bolsillo?"-, y que éste (que en sus bolsillos llevaba "espinas de pescado, dientes de trasgos, conchas mojadas, un trozo de ala de murciélago,, una piedra aguzada para afilarse los colmillos, y otras cosas repugnantes") no supo contestar: Bilbo llevaba en el bolsillo el anillo de poder que había encontrado poco antes en el suelo y alrededor del cual gira toda la acción de "El Señor de los Anillos".


Los bolsillos (diminutivo de "bolso") fueron precisamente inventados para guardar esos tesoros: anillos de poder ("Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras") ; carteras y pañuelos, que de los bolsillos de los señores pasaban a los de Fagin, el judío que enseñaba a robar a los niños de Londres en "Las aventuras de Oliver Twist" de Dickens; cartas de amor (Pablo Neruda le escribe a Matilde Urrutia. "Amor mío, vida mía, es tarde aún, tu única carta en el bolsillo, no quiero romperla, la leo en los momentos más curiosos". O Pedro Salinas a su amante Katherine: "Antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida"); o las galletas, trozos de cuerda o huevos de pájaro que llenaban los bolsillos de Guillermo el Proscrito de Richmal Crompton...

¿Qué guardaba yo en los bolsillos cuando era pequeña? Me acuerdo de que en el colegio, en la "pocha" (como llamábamos al bolsillo del uniforme, afrancesándolo), guardábamos el bocadillo o las galletas de media mañana, dejándolo todo perdido de migas. Pero lo que más recuerdo guardar, en aquellos veranos largos y dorados de las vacaciones infantiles, era piedras planas y pulidas, de tacto cálido y suave, encontradas a la orilla del mar, y que usaba para hacer "cabrillas", esos rebotes que estremecían las aguas tranquilas.

Después, durante mucho tiempo ni acostumbraba llevar bolso ni llevaba casi nada en los bolsillos. Una vez, durante el Estado de Excepción en Madrid en el año 70, dos guardias grises nos detuvieron a mi novio y a mí, que volvíamos paseando hacia el Colegio, y nos pidieron el DNI (entonces esas cosas se hacían). Les dije con toda tranquilidad que nunca se me había ocurrido llevarlo y que lo único que tenía era un pañuelo porque tenía un catarrazo de aúpa. Les debí hacer gracia porque nos dejaron ir (después de echarnos un rapapolvo por ir indocumentados).

Luego, la cosa se fue complicando, como se va complicando la vida. Los bolsillos se convirtieron en bolsones enormes con pañales, biberones, juguetes... cuando mis hijos eran pequeños, o bolsos llenos de bolígrafos, libros y libretas, cuando trabajaba. Y ahora, por ejemplo, esta semana, en la que tuve una comida con mis ex-compañeras, me fijé que, aunque no tengo bolsillos, sí iba cargada con un bolso como el de un cartero de los de antes. En él llevaba monedero, gafas de sol, una libretita y un bolígrafo por si tengo que apuntar algo, un paraguas, una pashmina y una rebeca (que La Laguna es muy traicionera), peine y brillo de labios, un libro que quería prestar, pañuelos... ¡Señor! ¡Así me dolía la cintura!

De repente deseé librarme de lastres, simplificar la vida y encontrarme ahora, como en los primeros tramos de la vida, ligera de equipaje como los hijos de la mar. Y  recobrar aquellos tiempos felices y desembarazados en los que, por toda carga, una llevaba una piedra pequeña y lisa que, al rebotar en el agua, nos devolvía el sol.

(La ilustración es del genial Thomas Henry, en los libros de Guillermo Brown de Richmal Crompton)

24 comentarios:

  1. Me encanta cómo relacionas esos pequeños detalles literarios (a veces también cinéfilos) con lo que quieres contar. A mí me cuesta mucho ir sin bolsillos, aunque sea para llevar únicamente un pañuelo. Cuando llevo ropa sin bolsillos, me siento desnuda. Y de la mochila (mi bolsillo convertido en bolsón) qué voy a decir, que es un bolso de Mary Poppins más.

    Un abrazo.

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    1. ¡Es verdad, Dorotea!¡El bolso de Mary Poppins, el bolsón por excelencia! Ese es el que todas desearíamos tener, capaz de llevar hasta una lámpara de pie. Ahora que, si viajamos en compañías de bajo costo, no te dejan llevar casi nada, sería perfecto para poder traer todas esas cosas preciosas y ricas que una se encuentra por ahí y que no nos caben en la maleta. Yo tengo una mochila también medio mágica que llevo siempre a los viajes. Parece pequeña por fuera pero ni te imaginas todo lo que cabe... De los bolsillos casi me olvidé ya.
      Un abrazo y gracias.

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  2. Esa piedra en el bolsillo me hizo recordar que yo también recogía "piedritas" y las guardaba porque les encontraba algún motivo especial. Lo hice de pequeña y también cuando visitaba otros lugares. Mis hijos, que fueron Boy Scouts durante muchos años y acamparon en innumerables lugares, también lo hacían. Ya hace tiempo que en un “arrebato de racionalidad” tiramos esas cajitas llenas de tesoros. Como siempre tus escritos una delicia.

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    1. Nosotros de pequeños, mis hermanos y yo, cada vez que salíamos los domingos con nuestros padres, íbamos buscando "tesoros": un botón, un imperdible, una piedra de un curioso color, una caracola en la playa... Todo era susceptible de considerarse "un tesoro", y el juego era ver quién recogía más
      ¿Y te acuerdas de Neruda en la Isla Negra? Recolectaba todo lo que el mar le traía a la orilla y lo ponía en las ventanas, entre mascarones y anclas: "El océano es incesante proveedor de tablones carcomidos, bolas de vidrio verde o flotadores de corcho, fragmentos de botella ennoblecidos por el oleaje, detritus de cangrejos, caracolas, lapas, objetos devorados, envejecidos por la presión y la insistencia". Cada vez que leo estas palabras de "Una casa en la arena" de Neruda, me acuerdo de nuestra recopilación de tesoros. Ellos también siguieron el mismo camino "racional" de los tuyos (y probablemente de los de Neruda).
      Gracias, Nélida, y un abrazo grande.

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    2. En Alegranza hay un topónimo La Caleta de los "Jallos". Así llamamos por allí a lo que nos regala el mar y encontramos en sus orillas. Todas esas cosas que Neruda nombra.

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    3. ¡Qué buen topónimo, Nélida! Me encanta.
      De las que cosas que el mar trae, las más bonitas son las piedras, las ágatas que también nombra Neruda, "misteriosas gotas de luz redonda, color de la miel o de ostra, parecidas a uvas que se petrificaron..." (la poesía las embellece todavía más). En La Graciosa, rara es la mujer que no tenga un collar de ellas. También me encantan las conchas de erizos. Vi muchas casas adornadas con ellas en los pueblos pescadores de Gran Canaria.
      Neruda ,y también el capitán Nemo, tenían razón: el mar es un incesante proveedor.

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  3. Yo de joven tampoco llevaba bolso y ahora es cómo tú dices, llevo de todo, tanto que me carga los hombros. Y en realidad la mitad de lo que llevamos no lo necesitamos.
    Besos y feliz semana, Isabel.

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    1. Hace un tiempo, Celia, vi un vídeo en el que 3 monjes budistas, a bordo de un jet privado, sacaban del bolsillo (entre los pliegos de la túnica hay sitio para todo) un móvil, una tablet y otros objetos poco afines al austerismo budista. Cuando fueron amonestados, uno de ellos dijo que en tiempos de Buda "no había coches, ni teléfonos móviles, ni cámaras, ni Vuitton, por lo que era más fácil adherirse a las normas". Así que nosotras lo tenemos difícil para hacernos austeras en estos tiempos. Ya me veo, como los caracoles, cargando con la casa entera :-D
      Feliz semana para ti también. Un abrazo.

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  4. Cada semana me obligo a mí misma a vaciar mi bolso... que no mi bolsillo... allí guardo de todo... flores, plantas, pañuelos, cigarrillos hechos puré o rapé según se mire... Me has hecho recordar algo que acabo de buscar de Cortázar... Pobre cronopio... ;) Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos, y hasta la cuenta de los días. (El canto de los cronopios).

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    1. ¡Claro que los cronopios pierden lo que tienen en los bolsillos! Y la cabeza también, por supuesto. Están más allá del orden y de las convenciones y probablemente no tienen ni siquiera bolsillos. Eso sí, son sensibles a más no poder.
      Termino el cuento para no quedarnos con la intriga:
      "Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito."
      ¡Grande Cortázar!

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  5. Carmen María Duque Hernández11 de julio de 2016, 17:02

    Muy evocador, gracias y salud para todos

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    1. Ni te imaginas, Carmelita, la cantidad de gente que tiene historias evocadoras de bolsos y bolsillos. Por ejemplo, la escritora Ángela Becerra se encontró un bolso abandonado con una cartera vacía y una carta llena de reproches, amor y dolor. Fue el germen de su primera novela, "De los amores negados".
      Un abrazo.

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  6. Ja,ja.Qué bueno! Me has hecho reír.Besos

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    1. Hay gente que dice que aprendamos de los hombres, que ellos sí que saben, llevando sólo el pañuelo, las llaves y, si acaso, la tarjeta de crédito (o un minimonedero que no abulte mucho). Pero ya los ves como son ellos los que se copian de nosotras con mariconeras y bolsitos. Al final, eso me hace reír a mí.
      Un besote, Begoña.

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  7. A mí me siguen gustando los bolsillos,Isa, y los bolsos grandes, esos en los que a veces es difícil encontrar lo que buscas. Manuel, me ha regalado un organizador para el bolso, se accede así fácilmente a él, y a todo lo que llevas.
    Yo sigo llevando siempre mi DNI,hay cosas que no se olvidan. Besos.

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    1. Yo, como las reinas, muchas veces ni llevo DNI ni dinero, que ya me dirás cómo se puede andar de esa manera por la vida. Pero cuando llevo dinero lo que me encanta es llevar calderilla, al revés que mi marido que se la suele quitar de encima. Total, que es verdad que a veces con bolso una va un poco escorada por el peso. Oh, una amiga mía una vez llevaba hasta un secador de pelo... Como leí en un artículo de Pilar del Río, el bolso es la habitación propia que tantas veces no se tiene en casa.
      Besos.

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  8. Cómo me ha gustado tu entrada, querida Jane, con tus referencias literarias tan bien hiladas a lo que querías llegar. De pequeña no me gustaban los vestidos, porque a parte de no darme libertad de movimientos, no tenían bolsillos. Luego llevaba pantalones sin bolsillos, y guardaba las llaves y el dni dentro del plástico del paquete de tabaco. Alguna vez casi pierdo el dni... Lo llevaba en la cinturilla del pantalón, o en la caña de la bota. De ahí empecé a llevar bolsos, grandes, muy grandes, llenos de cosas inútiles, y cuando fui madre (el horror del tabaco abandonado hace tiempo), fui feliz llevando el bolso atado al carro. Ahora, que también tengo necesidad de llevar cierto número de cosas, entre ellas suele ir incluído un libro, uso mochilas. Son más cómodas. Aunque la libreta la he sustituido por el móvil, desde que descubrí Evernote ya me volví digital del todo.
    ¡Besotes!

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    1. A mí también me gusta mi mochila (sólo tengo una negra, que combina con todo). En una entrevista sobre bolsos que leí una vez (le preguntaban cosas a varios famosos sobre sus bolsos) sí que vi que muchos llevaban cosas rarísimas: un taladro (!!!), una batuta, una piruleta pegajosa sin papel ni nada, un termo... Yo, por ahora, como digo, tengo ganas de simplificar y llevar lo imprescindible. Lo que pasa es que a veces lo imprescindible (tu libro, por ejemplo) también pesa :-D
      Muchos besos.

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  9. Según te iba leyendo, me veía retratada, pero, què manera de hacerlo.....buenìsimo, me ha gustado un montón, un abrazo

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    1. ¿También has pasado por varias etapas, las primeras de austeridad y las últimas de prodigalidad? No tenemos remedio.
      Gracias y un abrazo, Ursulita.

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  10. Muy prácticos que son los bolsillos. Si los perros tuvieran, no escarbarían para guardar sus grandes tesoros cuando no les interesen de manera inmediata. Los bolsillos siempre han sido muy socorridos, en el cole... Un pañuelo en el baby, otro en la rebeca y uno más en el pantalón, pues aun así, mi nieto traía medallas de su resfriado en su camiseta de la guardería... Cuando somos mayorcitas y el paseo es breve, bien cabe una barra de labios y las llaves. La calderilla también tiene cabida ¿cómo no?, sobre todo si la cartera del caballero sólo está hecha para llevar billetes, en qué estarán pensando estos fabricantes. Las personas mayores llevan sus pañuelos de tela, junto a algún caramelo por si sorprende la tos. Sin duda, son un gran aliado a lo largo de nuestra vida porque nos aportan seguridad, dejando libres nuestras manos para llevar cosas también importantes pero seguro menos ligeras.

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    1. Lo ideal sería dejar siempre las manos libres para no llevar nada. Yo me imagino al hombre primitivo, cuando se enderezó y empezó a usar sus manos, el engorro que debió ser que si un palo, que si un cuchillo, que si una piedra... Y el gran invento de los bolsillos para poder correr libremente y empezar a usar las manos para fabricar, modelar, acariciar. Así que estoy de acuerdo contigo en que aportan seguridad, pero también libertad de acción. y cuando hay que cargar con más cosas, una mochila. Las manos libres siempre.
      Gracias, Cande, por tu comentario. Me gustó lo de los perros.

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  11. Esta entrada es de lo más bonito que he leído últimamente. Pero, además,e ha hecho pensar en mi propio dolor de espalda por culpa de un bolso cargado de miedos: agua por si me da picor de garganta, neceser con medicamentos por si me da dolor de barriga, de cabeza o ansiedad, cartera con la documentación hasta del perro por si pasa algo... Y un libro, fiel escudero, no sea que tenga que esperar en algún sitio y me pille sin nada que leer. Y si salgo de casa sin bolso es casi como si se me hubiera olvidado ponerme la camiseta, como si no tuviera nada tras lo que esconderme.
    Tienes razón, como tantas veces, al añorar la despreocupación de los bolsillo de nuestra infancia. Quizá vaya reduciendo el tamaño del bolso poco a poco y dejando algún miedo en casa, a modo de terapia.
    Un abrazo.
    Carmen

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    1. Hola, Carmen. Te he contestado un poco tarde porque hasta anoche estuve fuera, sin ordenador, sin wifi... y sin bolsos cargados de miedos. Me ha encantado esa expresión y ¡cuán cierta es! Y no te digo nada en aquellos tiempos en que una tenía regla y todo: compresas, tampax, pastillas para el dolor, una muda... Ya ese miedo lo dejé hace tiempo, pero es verdad que a veces parecemos viajeros al Polo, caminantes hacia sitios inhóspitos donde no hay tiendas ni nada de nada.
      Vayamos despreocupándonos, aligerando equipaje, soltando lastres. Liberándonos.
      Un abrazo y gracias.

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