El miércoles leí en las redes que los meteorólogos, tal como si anunciaran las rebajas, ponían fecha ya al fin de las lluvias en España. Que sí, que todavía habría frentes, precipitaciones irregulares, rachas de viento destacables, borrascas con curiosos nombres, nieve en muchos sitios..., pero que ya, por fin, se ve que algo va a cambiar y que, al final del túnel, nos espera una temporada de sol y mariposas. Qué bien se guardan las espaldas los muy ladinos...
Porque ¡mira que ha llovido!. Todos los que tenemos una cierta edad hemos comentado (igualito que todos los años) que nunca había llovido tanto y tantos días seguidos, y que está bien que la naturaleza y los dioses hayan hecho caso tan generosamente a nuestras rogativas, pero que podían hacerlo con más moderación, que siempre se pasan, no hay más que ver el Diluvio. También es verdad que, gracias a ello, hasta los de Lanzarote han mandado fotos a todo el orbe mostrando campos llenos de flores, cosa nunca vista allí. E incluso los montes del sur de nuestra isla, siempre marrones y resequidos, lucen un verde lustroso que da gusto verlos.
Para celebrarlo, también me mandan unas viñetas -que me encantan- de filósofos bajo la lluvia. Los escépticos, aquellos que hicieron de la duda su centro de atención, se preguntan, mientras se enchumban: "¿Realmente llueve?". Los peripatéticos, los que, como Aristóteles, propagaban sabiduría paseando por los jardines del Liceo (peripatetikós significa "que pasea"), caminan y caminan sin parar bajo la lluvia buscando soportales. Los cínicos que predican la austeridad, como Diógenes, que vivía en un barril y tiró su vaso cuando vio que un niño podía beber con la mano, se mofan de los demás: "Solo los tontos necesitan paraguas". Los eclécticos, que seleccionaban lo mejor y más útil de cada doctrina para hacer la suya propia (Cicerón, por ejemplo), ante la lluvia están abiertos incluso a la idea de sombrero. Los estoicos, que decían tan serios aquello de "si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido", proclaman -efectivamente, impávidos- que hay que aceptar el clima, vamos, anda. Y los epicúreos, que abrazan el placer como principio, como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, gritan contentos chapoteando: "¡Yuhuu! ¡¡Charcos!!".
¿Qué podemos concluir? Todo, las lluvias, los campos floridos, las cumbres verdes, los mayores y sus comentarios y el hecho de que hasta los filósofos, tan encerrados siempre en sus aulas y bibliotecas, se hayan atrevido a triscar y a mojarse bajo la lluvia, todo eso habla de la realidad que nos ha acompañado estos meses, de las distintas apreciaciones que ha tenido (¡Bendita lluvia! ¡Cochina lluvia!) y de que, como predicen los meteorólogos, ya es hora de despedirla como a una de esas visitas que duran demasiado.
Este domingo, cuando salí al patio, había cielo azul y el jazmín había florecido. Y como un eco, me llegó desde lejos la voz de Machado: "Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida , / otro milagro de la primavera".


No hay comentarios:
Publicar un comentario