lunes, 17 de septiembre de 2018

Los tiempos del templero




Acabo de leer una novela policiaca (no digo cuál es para que no me acusen de eso que ahora se llama "spoiler" y que en mis tiempos era "chafar el final") en la que una mujer muere envenenada por ahorradora. Antes hay un señor al que envenenan y su hermana recoge todas sus pertenencias para aprovecharlas, entre ellas la pasta de dientes, ¡no va a tirarla casi llena!. Y mira tú por dónde, ahí es donde el asesino había puesto el veneno (nicotina) inyectándolo con una aguja fina. Así que cuando ella se lava los dientes, muere también. En la novela todos dicen: "¡Le está bien empleado por roñosa!". Pero yo digo que nosotros, los de mi generación, también la hubiéramos palmado. A nadie se le ocurre tirar la pasta de dientes a la mitad. Es más, la solemos exprimir tanto que la dejamos boqueando.

Y es que para nosotros, los que vivimos una posguerra, el derroche era pecado mortal. Lo de dejar comida era tan impensable que los platos quedaban relucientes como salidos de un lavaplatos; las botellas se reciclaban y se devolvían vacías a las tiendas; teníamos bolsas de tela para ir a la compra y todavía conservo las del pan, bordadas en casa como corresponde a las mujeres palmeras; los botes de mermelada se lavaban y se usaban otra y otra y otra vez; las medias se llevaban a coger los puntos cuando tenían una carrera (tirar unas medias ¡qué disparate!); las camisetas rotas se tornaban trapos del polvo... Tengo hasta un libro del año de la pera titulado "Las sobras. Las 125 mejores recetas para prepararlas", del que hoy dudo que haya una editorial que ose publicarlo. Antes se aprovechaba todo  y las verdaderas sobras (las sobras de las sobras) se ponían en un cacharro para que las recogiera un chico que iba por las casas a por "la comida del cochino".

Y es más: aunque mucha gente no lo sabe, nosotros pertenecimos a la época del templero. El templero es, según el "Tesoro lexicográfico del español en Canarias", un rabo de cerdo con un poco de tocino adherido que sirve para templar, para darle sustancia a un potaje o un caldo que sin él no sabría a nada. Para eso le ponen una cuerda por un extremo y lo meten en la olla donde lo tienen unos minutos. Yo no conocí nunca esa actividad tan pintoresca, pero mis amigas de La Gomera me aseguraron que, cuando niñas, eso era así en los pueblos de la isla. "M'hija, vete a pedirle a Agustina que te preste el templero". Y el templero, que era un bien familiar como cualquier otro, que se guardaba colgado en las cocinas y que hasta se heredaba y todo, iba pasando de casa en casa engañando el hambre de la gente pobre.

Y luego, con el tiempo, nos volvimos ricos y empezamos a derrochar y a tirar alimentos, ropas o muebles que ya no queríamos, y a llenar el mar de plásticos y los montes, de basura y los niños a volverse caprichosos con las comidas...

Sophie Kinsella tiene una serie de libros con una compradora compulsiva ("Shopaholic") como protagonista. Compra cosas que no necesita, se encandila ante las rebajas y los escaparates atractivos, se vuelve loca por los zapatos y, si alguno le hace tilín, se compra otro par igual de otro color. En uno de los libros le sale una hermanastra a la que no conocía y que es todo lo contrario a ella, una persona austera y frugal. Por ejemplo, cuando se van a tomar un café, Becky (la derrochona) le propone a Jess (la austera) que vayan a una cafetería preciosa con mesas de mármol y se pidan un capuchino. Jess le dice que las cafeterías son carísimas, que sus márgenes de beneficio son vergonzosos y que mejor se sienten en un banco del paseo, que ella tiene un termo (de 2ª mano) con café del frugal, hecho usando los posos dos veces. Sabe un poco peor pero se ahorra muchísimo.

¿Entonces, qué? ¿Nosotros debemos ser como Becky, que disfruta de la vida aunque a veces esté en números rojos? ¿O como Jess, que sabe lo que vale un peine y que por eso no se gasta los peniques sin más ni más?

Como siempre, hay que acudir a los clásicos y a Aristóteles en particular: él y su término medio. O como dice mi amiga Conchi, "ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre". Celebremos la nueva conciencia ecológica que busca proteger el medio ambiente y volver a reciclar dentro de un orden. Pero lo que hay que tener muy, muy claro es que nunca jamás vuelvan los tiempos en que alguien tenga que pedirle un templero a su vecina para que la sopa sepa a algo lejanamente parecido a la carne. Y que nada nos impida disfrutar de un buen café no frugal.

Sean felices.

24 comentarios:

  1. Charo Borges Velázquez17 de septiembre de 2018, 9:34

    Curiosa costumbre pasada y buenas recomendaciones, para estar en medio del disfrute sin dispendios, pero tampoco sin excesivos ahorros.
    Abran y lean, que Jane nos lo cuenta...

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    1. Sí que es curiosa, Chari. Yo nunca la conocí ni en mi casa ni en la de mis amigas y, aunque tal vez sea porque éramos niñas de ciudad, lo cierto es que tampoco lo vi nunca en mis veraneos en La Palma o en Los Realejos. Me enteré hace unos años por mis amigas gomeras.
      O quizás existía y nosotras no hacíamos mucho caso. Pero no. Estoy segura de que me hubiera llamado la atención ver por la calle a alguien cargando con un rabo de cochino, igual que me la llamaba el ver llevando a un San Antonio o a una Virgen en una urna de casa en casa.
      ¡Qué cosas! Como dice el tanguillo "Los duros antiguos", "¡Válgame, San Cleto, lo que es la miseria!".

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  2. Carmen María Duque Hernández17 de septiembre de 2018, 9:34

    Muy bueno.

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  3. Me ha encantado tu reflexión y el término "templero", cuando era pequeña me contaban que por San Juan de la Rambla, se pasaban los huesos del cochino para hacer sus potajes o pucheros, entre las casas de la misma familia...
    Ah, dejar algo en el plato es una de las programaciones educativas que no puedo borrar, por un sentimiento de culpa , comparándome con los pobres niños de África, ya que leía siempre una tebeo llamado Aguiluchos sobre los misioneros. !!Gracias por la evocación!!

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    1. Siiií, los niños de África eran el recurso de todas las madres para que no dejaras nada en el plato: "¡Y los niños de África muriéndose de hambre y tú dejando el bacalao! ¡Vergüenza debería darte!". Todavía hoy me cuesta dejar algo en el plato. La educación dada nunca se olvida.
      Gracias, Mara.

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  4. Buenas tardes Jane: y te has olvidado del uniforme con amplio dobladillo que con vuelta, cintura y hombros con remitido que duraba todo el Bachillerato. Y por supuesto el abrigo azul marino que después de hacer las ampliaciones necesarias a cada estirón de la niña, todavía lo hacían renovar colocando terciopelo en el cuello, los puños y las tabletas de los bolsillos.
    ¿Se acuerda alguna de la falda tubo con cuatro costuras?. Yo sí. Fue la primera que me hice yo con un pantalón de mi aita.

    Un abrazo muy cariñoso.

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    1. Jajaja, Rosa María, me hiciste recordar mi traje de primera comunión. Nosotras en las Dominicas la hacíamos de monja con un vestido de lana blanca. Ese vestido fue después de remozado mi traje de gala durante todo el Bachillerato, alargándose por donde tenía que alargarse. Yo estaba tan hartita de él que mucho me temía que iba a ser también mi traje de novia.
      Menos mal que aquí no se usaba mucho el abrigo... Si no, me temo que igual que tú. No se tiraba nada. Y por supuesto que me acuerdo de la falda tubo ¡Nos veíamos ya tan mayores con ella!
      ¡Qué tiempos!

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  5. Te iba a decir que para mí lo ideal es buscar un equilibrio entre Becky y Jess, pero los puesto mucho más bonito en el último párrafo. Qué curioso lo del templero, me ha recordado a la bota de Charlot, pero encima sin comerlo.
    Un abrazo.

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    1. Ay, sí, Charlot en sus películas, igual que Carpanta en los cómics, o Gila en sus monólogos al teléfono, retrataban una sociedad que pasaba más hambre que vergüenza. Siempre me acuerdo de uno de los monólogos de Gila en el que decía que en un restaurante picaban todo lo que sobraba en las mesas para croquetas y un día se encontró con un retrato de una tía que se le había caído una vez.
      Un abrazo, Dorotea.

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  6. Begoña Pérez Fernández17 de septiembre de 2018, 17:08

    ¡Buenísima historia, Isa!

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    1. Muchas gracias, Bego. La verdad es que a mí también me lo pareció, sobre todo, por lo natural que parecía eso de pedirlo prestado. Quien tenía un templero tenía un tesoro, oye.
      Un beso.

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  7. Magdalena Lorenzo Santos17 de septiembre de 2018, 18:58

    Muy agradable lectura y muy cierto.

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  8. José Antonio Díaz Díaz17 de septiembre de 2018, 22:32

    En mi casa se ataba "el cacho de tocino". Y de esas recuerdo algunas , como por ejemplo, el menú del dia: de primero caldo y gofio; y de segundo caldo solo. O pasar por la sartén las sobras de las papas guisadas del mediodía para la cena. Salud,

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    1. De ahí venimos, José Antonio, de los tiempos de escasez. Es bueno no olvidarlos para no volver a ellos.
      Lo de los dos potajes, uno con gofio y otro no, lo hacían también en la familia de mi marido. Y lo de las papas lo sigo haciendo yo porque me encantan (y a mis nietos también). Debe ser cosa de familia porque mi abuela me contaba que a mi abuelo le gustaban tanto que las guisaba para freírlas después.
      Un abrazo.

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  9. Bella descripción de cómo se vivía en aquellos tiempos, nada que ver con los que corren, donde abunda la abundancia y escasea la relación, si no humana, sí entre nosotros.
    Quizá para el templero sea algo joven, aunque ya peino y pinto calva, pero sí recuerdo el trozo de hueso que guardaba, con esmero, el chacinero para que las gentes, previo pago, se llevara su trozo a casa y practicara el mismo rito. Las mamás de mi época lo llamaban el "codillo", que no era más que un trozo de la pata del cochino cortado con machete y martillo.
    A la vez, tu relato me ha hecho recordar la letra de un poema de Antonio Machado, que recuerda a las gentes que pululaban por estas y otras tierras...
    He andado muchos caminos,
    he abierto muchas veredas;
    he navegado en cien mares,
    y atracado en cien riberas.

    En todas partes he visto
    caravanas de tristeza,
    soberbios y melancólicos
    borrachos de sombra negra,

    y pedantones al paño
    que miran, callan, y piensan
    que saben, porque no beben
    el vino de las tabernas.
    Y que al final endulza, para que el mundo sepa que no se era tan malo...
    Son buenas gentes que viven,
    laboran, pasan y sueñan,
    y en un día como tantos,
    descansan bajo la tierra.
    Aclarando que cada uno vivía según podía y según tenía...
    Saludines...

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    1. Precioso, como todos los de él, el poema de Machado, tan sensible a las "buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan.
      El trozo de hueso, de jamón sobre todo, todavía lo usamos para darle buen sabor a un puchero o a un caldo. Lo que pasa es que lo usamos una vez y después a la basura (en mi caso, al perro) y no como aquel templero de repetición, préstamo y herencia.
      Un abrazo, J. Gerardo y gracias.

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  10. Mary Carmen González Zamorano18 de septiembre de 2018, 17:34

    Isa tienes la virtud de hacerme recordar cosas ya olvidadas.Los arreglos de las ropas de unas para otras.los huevos para surcir los calcetines. las medias. Cosas q ahora ni se nos ocurren.Salimos compramos nuevo y ya.Pero éramos felices y vivimos una niñez maravillosa a pesar de la escasez que nosotras pequeñas ni nos entrábamos.

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    1. ¡Los huevos de madera! Me encantaban, tan suaves y cálidos ¿Dónde habrán ido a parar? Igual que todo lo que formaba parte del cuarto de costura: las cajas de botones (¿tirar un botón? Ni loca), las almohadillas para bordar, la caja de las madejas... Hasta los bolillos para hacer encaje. Material que era preciado y precioso para las mujeres que reinaban en él.
      Y tienes razón. Ni nos enterábamos de las estrecheces ni de la realidad que se vivía entonces.

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  11. ¡Hola Jane!
    Un lunes más he disfrutado con tu blog, y he aprendido cosas nuevas. No tenía ni idea de eso del templero, y reconozco que me ha impactado. Me recuerda a l"Las cenizas de Ángela", cuando ésta usaba el mismo té una y otra vez.
    ¡Ah! Se decía también "destripar", cuando alguien te chafaba el desenlace de una película, novela o lo que fuera ¿no? Pero con tal de usar un anglicismo... me da mucha rabia, con lo completa y expresiva que es nuestra lengua.
    Besos

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    1. Ahora cuando en junio estuve en Irlanda recordé muchas de las cosas de "Las cenizas de Angela". El espíritu de la miseria y de la Gran Hambruna no se ha olvidado.
      Y tienes razón con los anglicismos. Se pasan.
      Un beso y muchas gracias.

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  12. Rosa María Fuentes Herrera19 de septiembre de 2018, 18:15

    Me encanta tu relato...

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    1. Muchas gracias, Rosi. Que no se pierda lo que cuentan los que recuerdan otras épocas. De esas historias venimos y me da pena de no haber preguntado lo suficiente a los que ya se fueron.
      Un beso.

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