Hay personas que, cuando se jubilan, hacen borrón y cuenta nueva y no quieren saber más de su trabajo ni de sus compañeros de curro y no los ven ni aunque les ofrecieran las joyas de la corona. Y hay otros, como yo por ejemplo, para los que es un evento muy agradable reunirse a hablar, a reír y a disfrutar con aquellos que fueron nuestros colegas durante bastantes años de nuestra vida.
Las profes de mi instituto, el Canarias Cabrera Pinto de la Laguna, el primer instituto que hubo en Canarias, ya nos reuníamos antes de jubilarnos y lo hemos seguido haciendo después dos veces al año. La semana pasada tocó, como en años anteriores, encontrarnos en el Casino en torno a un buen puchero, que pegaba porque el día estaba lagunero. Y fue como en los recreos de entonces, cuando salíamos desaladas de las clases a ese descanso de media mañana en el que recargábamos pilas, un rato estupendo en el que no hablamos de trabajos, sino de todo lo demás: la familia, los viajes, una receta de cocina por allí, el comentario de un libro por allá... La vida. El Casino, además, nuestro sancta sanctorum, se presta para ello, tan luminoso y tranquilo. Además, nos reímos porque (como se ve en la imagen inicial, si la amplían) teníamos al obispo comiendo al lado y todas felicitamos a las organizadoras por haber tenido el detalle de tener cerca a quien pudiera bendecir la mesa (si tal cosa hubiera hecho falta).
Javier Marías hace unos años publicó un artículo en el que hablaba de las mujeres como el elemento civilizatorio, las que han hecho la vida más amable. Contaba que iba por la calle y a la salida de una chocolatería oyó a tres señoras de mediana edad (como nosotras, ejem), que se reían con ganas y una de ellas dijo: "¡Qué bien estamos las mujeres!"; otra contestó rápida: "Ay, y que lo digas". Y la tercera apostilló: " Y nos lo pasamos genial". A Marías le encantó verlas y pensó que sería difícil escuchar esos comentarios en boca de un hombre y alabó la suerte, la enorme suerte de disfrutar con las amigas.
Lo recordé cuando nosotras salíamos de la comida. Habíamos hablado de los achaques, claro, pero íbamos tan contentas comentando lo bien que lo habíamos pasado como aquellas tres mujeres que él escuchó. Y también una de las nuestras dijo: "Pero estamos estupendas". Entonces yo comenté: "Y como decía mi abuela, tenemos tanchel". Nadie conocía esa palabra y con razón, porque yo no se la he oído a nadie sino a ella, a mi abuela Mamá Lola que murió hace ya 53 años. Les expliqué que tanchel significaba seso, cabeza, y que ella lo empleaba muchas veces en sentido negativo: "Esa chica no tiene tanchel", como diciendo que no piensa, que tiene menos seso que un mosquito.
Como mis amigas y yo fuimos todas profesoras (y con tanchel), al día siguiente en el chat común, ya habíamos hecho los deberes. Una encontró la palabra en el Léxico de El Paso como "lo que tiene la persona que obra con fundamento, seriedad o consistencia". Otra lo encontró en el Diccionario de canarismos como "cada una de las tablas que forman el témpano del tonel". Otra encontró Tanchel como apellido. Yo lo hallé en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias como indigenismo hispánico reseñado por Don Juan Régulo en La Palma (de donde era mi abuela) como juicio o seso... Al final, nos gustó tanto la palabra que cambiamos el nombre de nuestro chat Cosas de mujeres, que era más sosito, por Mujeres Tanchel.
El cambio me encantó por un montón de razones. Particularmente, porque la palabra me trajo también la voz de mi abuela Lola con su fino sentido del humor. Pero también porque el nombre del chat se vuelve más original (seguro que no hay otro igual) y porque es al mismo tiempo una forma de resucitar y volver a dar vida a una palabra antigua que merece vivir. Tanchel es una palabra redonda, con personalidad, una de esas palabras expectantes de las que hablaba en un poema Ida Vitale: airosa, aérea, aireada, ariadna.
Y también les gustó a todas. Una de las compañeras hasta hizo un cuento, muy inspirado, que tituló El rescate de Tanchel, e incluso un poema que dice así: " Ni modelos de revista, / ni cuerpos de mujer diez, / aquí lo que hay es ingenio, / alegría y sensatez. / ¡Un brindis por este grupo / de mujeres con tanchel!".
Al final, quien puso la guinda fue Antoñita, una de las organizadoras: "¡¿Qué le pondrán a los pucheros en el casino que aviva la creatividad de las mujeres del grupo?!".
