lunes, 15 de junio de 2015

Un respetito es muy bonito




Soy un árbol, y esto ya es decir mucho. Pertenezco a una especie noble y antigua, que vive en la Tierra desde el principio de los tiempos. Antes del hombre, antes de los dinosaurios, nosotros estábamos aquí.


Desde luego, yo particularmente no soy tan viejo como el árbol sagrado, la higuera o ficus religiosa bajo la cual Shidarta Gautama, Buda, alcanzó la iluminación hace 2500 años. Tampoco soy el drago milenario de Icod que vio desembarcar a guanches y a castellanos, ni pertenezco a la clase del Garoé, el tilo santo que surtió de agua a la isla de El Hierro. Pero soy de su especie. De la especie de los pinos que en la isla causan mares de nubes; de la especie de los sauces que acarician la superficie de lagos remotos, de los abetos que alimentan leyendas, de los robles a prueba de humanos. Y, aunque soy un árbol de la calle, un árbol joven con solo unos cuantos años encima, sé que, como ellos, iluminamos el mundo.

Mis compañeros y yo somos flamboyanes, los árboles de la llama o del fuego. Damos sombra fresca en los veranos cálidos y color a las vidas grises. Y, sin embargo, desde nuestra altura vemos pasar a las gentes de la ciudad sin que ninguno de ellos repare en nosotros. Cada mañana pasan a mi lado funcionarios del Ayuntamiento que van a desayunar hablando de fútbol o de plenos, madres agobiadas que llevan a los niños al colegio, señoras jubiladas que van a comer hablando sin parar al restaurante cercano, jóvenes ensimismados en sus móviles, personas a todo correr, con el ceño fruncido y papeles bajo el brazo, camino a diligencias... Sabemos que, con solo detenerse un minuto y mirar hacia arriba y ver las floras rojas entre el follaje verde y oír la brisa que juega en las ramas, se les ensancharía el alma, sonreirían y, durante un buen rato, los acompañaría una sensación placentera. Pero ni se dignan hacerlo: ni nos ven ni nos oyen.

Pero hace poco ocurrió algo que nos ha sacado de la invisibilidad pero también de quicio. Estamos acostumbrados a la indiferencia, sí. Incluso a oír noticias adversas, que nos trae el aire, sobre nosotros, como la tala de los jacarandás que sombreaban de azul la vecina calle o el lamento angustioso de los pinares de Vilaflor, quemados hace una semana... Pero, ¡esto! ¡Esto es indignante! ¡Decorarnos con ganchillo! ¡Ponernos croché en los troncos como si fuéramos la butaca del abuelo! Nuestra naturaleza no es de enfadarse demasiado, pero créanme, crece un murmullo de cólera entre todos nosotros.

Es verdad que, por primera vez, parece que se dan cuenta de que existimos. Incluso vi al vecino, que todos los días sale casi dormido de la casa de la esquina, pegar un respingo cuando me vio  abrigado con esa colcha alrededor (¿ese árbol estaba ahí?). Hemos oído decir que esto es arte efímero (cuando, para nosotros, todo arte es efímero) y que es algo parecido a lo que hace un tal Christo Javacheff, que vestía puentes y estatuas para llamar la atención sobre ellos. Pero ¡nosotros somos seres vivos, seres que hemos repoblado el mundo desde aquellas lejanas selvas de Madagascar en las que nacimos, seres que nos enorgullecemos de nuestro tronco, ramas, flores, semillas y frutos! Y nos sentimos abochornados, dolidos y menoscabamos en nuestra dignidad ¡Nos sentimos vestidos!

Señores humanos ¿saben que les digo? Que sigan sin mirarnos, sin poner una mano en nuestros troncos desnudos para sentir la savia purificadora, sin agradecer que somos el pulmón de la ciudad, sin darse cuenta de que humanos y árboles estamos hechos de la misma sustancia y de que, si retrocedemos lo suficiente, nos encontraremos con un antepasado común... Pero respétennos, porque un respetito es muy bonito.

(Gracias a mis amigas, Conchi -que me habló por primera vez de estos árboles "encrochetados"- y Chari, que me los fotografió. Nunca hubo mejores corresponsales)

42 comentarios:

  1. Hola. una gran reflexión sobre la importancia de la naturaleza. Seguimos en contacto

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    1. Gracias, Marta. Creo que también somos naturaleza e ir contra ella es dispararnos dardos a nosotros mismos.
      Un saludo.

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  2. Espero que la que haya puesto el ganchillo en los árboles no te lea, porque se va a coger un cabreo de mil pares jajajajajaja. Muy bueno :D

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    1. Esta es una iniciativa del Ayuntamiento de Santa Cruz que ya se ha hecho otros años como parte de un festival de decoración urbana que se llama Santa Cruz Urban Knitting (el porqué se denomina a un proyecto canario con un nombre en inglés se me escapa). El objetivo parece ser revitalizar el comercio de la zona, en donde abundan muchas mercerías (creo que ellas ponen la lana). Sé que otros años han participado más de 50 personas que se han puesto a tejer como locos en Asociaciones de vecinos o en sus casas, y les valoro el trabajo. Yo en la vida, como sabes, no habría hecho una artistada así ni que me hubieran dado clase. Lo único que hice en croché una vez fue una corbata porque era lo más pequeño que se despachaba (así y todo me quedó un churro). Que quede claro, entonces, que la queja del árbol no va a las manualidades, que son muy bonitas, ni a sus autores, sino a la utilización del árbol como soporte, que me chirría bastante. A mí me gustan los árboles-árboles.

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  3. Buenos días Jane: Creo que los tejedores se han inspirado en el Bosque de Oma del Sr. Ibarrola. En otras ciudades han vestido bancos, barandillas, etc. Un saludo.

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    1. Buenos días, Rosa María. Hace justo un año pasamos unos días en el Urdaibai e intentamos uno de ellos ir a ver el Bosque Pintado de Oma. Pero no supimos llegar y nos perdimos. Me quedó pena porque creo que es muy bonito.
      A lo mejor se inspiraron en ellos los tejedores de Santa Cruz. Pero me da que los objetivos eran distintos y la mirada sobre los árboles, también. Agustín Ibarrola intentó crear una obra de arte jugando con los colores y las perspectivas, y fue siempre consciente de que el soporte utilizado no era un lienzo inerte sino un organismo vivo. El objetivo principal de los "árboles vestidos" de Santa Cruz es promocionar el comercio de la zona, con lo cual los árboles funcionan más bien como paneles publicitarios.
      Un abrazo.

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  4. Marta Isabel Mendoza Contreras15 de junio de 2015, 16:13

    Tampoco se fija casi nadie cuando llegan las golondrinas...

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    1. Y hay tantas cosas alrededor, Marta, en las que no nos fijamos... Un nido en un árbol, un atardecer, el cielo estrellado, unas garzas que pasan camino de un embalse, la expresión de una cara, la belleza de un objeto vulgar, una ventana con un adorno curioso... Creo que "Enseñar a mirar" tendría que ser una asignatura obligatoria.

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  5. Marilú Díaz Estrada15 de junio de 2015, 16:14

    Cuanta razón tienen los árboles....No hay razón para adornarlos, la naturaleza ya se encarga de ellos. Pero los flamboyanes, ellos no pasan desapercibidos.. Han comenzado a vestirse de gala, está en su mejor tiempo del año, que el ser humano se deleita al verlos. Son preciosos !!!

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    1. Tienes razón, Marilu, son de los árboles más bonitos que hay, con esa copa ancha y acogedora y las flores rojas como llamas. Tenemos suerte de que Canarias sea uno de los lugares del mundo en que abundan. Recuerdo de pequeña cuánto me gustaban y recoger las vainas para que hicieran de maracas (creo que en el Caribe también se usan y se llaman "shak-shak"). También las flores tienen propiedades medicinales. Bello y útil, ¿hay quién dé más?

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  6. Decía mi viejo profesor de Botanica, que a un hombre, ante un árbol, casi siempre se le ocurre cortarlo o troncharlo, empujado por un impulso ancestral. Por lo que yo veo, no andaba muy equivocado.

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    1. Pues no entiendo muy bien esos impulsos ancestrales, Juancho. Si estuvieran inscritos en los genes, tendrían que ir dirigidos a nuestra supervivencia como especie. Y mal podremos sobrevivir destruyendo lo que nos da vida. Deberíamos habernos quedado con lo de tallar corazones de enamorados. O hacer lo de tu perrita, que eso después de todo es abono.

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  7. Estoy de acuerdo con los árboles, para mí es una cosa fuera de lugar, ellos no necesitan que los forren con esas rosetas de croché para estar bonitos. En el Puerto de la Cruz,ha pasado lo mismo en una plazoleta que era encantadora. Es mi opinión y respeto la de los que le gustó.

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  8. El año pasado alrededor de un taller de manualidades cerca de la plaza de Irineo González los vi así por primera vez... le pregunté a la dueña de la mercería/taller y me dijo que era una forma de publicidad de la tienda... Este año los he vuelto a ver por la Gallega... Necesidad?... Pero también recuerdo al final de las Ramblas, cerca del monumentito unos carteles colgando de las ramas de los laureles de indias con nombres de pintores... Magritte, Klimt...

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    1. Gladys, por lo menos los carteles hacían que muchos se preguntaran quienes eran esos señores y los más inquietos, lo averiguaran. Una manera de hacer cultura pero ésto ¿a que conduce? Que alguien me lo explique. Como no sea a una mayor venta de lanas, no veo otra cosa.

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    2. Por eso lo puse Esther... Dos ejemplos dispares!!!

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    3. Charo Borges Velázquez15 de junio de 2015, 18:50

      Lo de los laureles del final o principio, según se mire, de nuestra Rambla de Santa Cruz, más que carteles, son pequeñas cajss de luz que, en su día, la tuvieron y formó parte de la Exposición Internacional de Esculturas en la Calle, por lo que su autor la concibió como tal. La pena es que haya perdido aquella peculiaridad que obligaba a mirarlas y leer los nombres de ilustres pintores y escultores que, como bien dice Gladys, al menos pican la curiosidad por saber quiénes son los nombrados de manera tan original y contribuir, así, a adquirir cultura, cosa nada desdeñable, por otra parte...

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    4. Estoy de acuerdo con todas, Esther, Gladys y Charo ¡Qué necesidad! Y lo que la dueña de la mercería le dijo a Gladys corrobora lo que pensamos, la utilización del árbol como cartel publicitario e incentivo para vender más lanas, como dice Esther. Otra cosa es lo de los laureles, integrados en una obra artística, "Islas" del escultor Jaume Plensa, con los nombres de artistas colgando que se iluminaban por la noche. Como apunta Charo, forma parte de un verdadero Museo de Arte al aire libre.

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    5. Lo de la luz no lo sabía... Siempre me han llamado la atención... hasta tal punto que más de una vez he rozado un bordillo!

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    6. Charo Borges Velázquez15 de junio de 2015, 19:44

      A mí me gustó muchísimo, desde la primera vez que las vi. Cuando se encendían, al atardecer y durante la noche, daban un aspecto mágico a las copas de los árboles. Es una pena que no lo hayan cuidado y mantenido, para seguir disfrutándolas.

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  9. Que bueno Isa !!! Yo no lo entendía , pero nunca me paré a pensar en lo que podía sentir el árbol !!

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    1. Gracias, Nina. En "Cosmos", la obra de Carl Sagan, éste nos dice que no hay duda de que percibimos el mundo de modo diferente a como lo hace un árbol. "Pero en el fondo de todo, en el núcleo molecular de la vida, los árboles y nosotros somos esencialmente idénticos". En esa identidad me baso para pedir respeto, de ser vivo a ser vivo.

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  10. ¡¡Muy bueno!!
    Sólo quiero decir que al menos yo (y los míos, especiamente mi nieto mayor que desde los 2 años se sabía los nombres de los árboles "se puede llamar flamboyán o flamboyano" me dijo tía...) no sólo reparamos en ellos, sino que hablamos de ellos, los mimamos, los contemplamos, los disfrutamos. Y has nombrado dos especies particularmente bonitas, espectaculares, diría, usando un adjetivo que se ha puesto de moda, lo sé.
    En mi casa tengo una acacia que este año va por la segunda floración, y me paso las horas mirándola.
    Seguiría nombrando árboles y más árboles, pero se haría muy largo.
    Muy bueno, sí.

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    1. Según Wikipedia, el flamboyán tiene varios nombres, los que has dicho, más framboyán o flamboyant. Su nombre científico es "Delonix regia", que viene del griego "delos"= evidente; "ónix" = garra, y del latín "regia" = regia, real. O sea que, mientras el nombre popular hace alusión a la llama de sus flores, el científico a la forma de garra regia que tienen. Curioso ¿verdad?
      En mi casa siempre ha sido así también. Sobre todo el falso pimentero que tenemos al lado del columpio ha sido compañero de juegos de mis hijos y nietos. Está precioso siempre, pero es en esta época cuando está más bonito ¡Bendita primavera!
      Gracias por tu comentario. Un beso.

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  11. A mí me dan un poco de pena los árboles vestidos. Igual que las mascotas vestidas... Así que comparto la indignación del señor árbol.

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    1. Esa es otra, Caminante. Las mascotas vestidas, algunas hasta con lazos en el pelo, se me antojan ridículas. Es como aquellos hipopótamos que aparecían en la película "Fantasía" con un tutú puesto. No pegan ni con cola. Y también me dan pena.

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  12. Se me llevan todos los demonios con las cosas absurdas que inventamos. ¿A quién se le habrá ocurrido vestir a los árboles... y a los perros? Resulta obvio que los unos y los otros ya vienen vestidos "de fábrica", como el resto de seres del planeta, a excepción nuestra, claro está...
    A ver si resulta que no somos de aquí, y por eso ponemos tanto empeño en liarla.

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    1. Es verdad, somos complicadillos. Incluso para vestirnos nosotros. Se supone que la función del vestido es proteger de las inclemencias del tiempo a los humanos que no tenemos esas pieles tan cálidas como osos, ciervos, perros y demás parentela. Y, sin embargo, esta misma mañana, que llovía y hacía un poco de pelete, cuando fui a llevar a los nietos al cole, una madre con pantaloncitos minis y un top-tira de tela sobre el pecho enseñaba alegremente el ombligo. Hasta escalofríos me dieron de verla :-D
      Si nosotros ya le ponemos imaginación a nuestra vestimenta, imagínate cuando se nos ocurre pensar en vestir a nuestros parientes (animales y plantas)... La cosa puede ser asombrosa.

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  13. Francisco González16 de junio de 2015, 15:19

    Bonito y bien trenzado relato.Felicidades.Hoy mismo,reparé en lo bellos que están los flamboyanes de La Noria.Desde el Serrador se ven que da gusto.Feliz semana a todos-as.Cs

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    1. Están preciosos ahora, Francisco. Hoy mismo Juancho Aguiar pone una foto en la que se ven uno al lado del otro: uno totalmente rojo en flor y otro, verde sin ninguna ¿Estarán enfadados y el verde no quiere seguir la tendencia?

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    2. Francisco González16 de junio de 2015, 22:43

      Son muy sensibles,no te extrañe nada que sea como dices.Cs

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  14. Buen post, como no podía ser menos. Me hizo reflexionar y pensar sobre el tema. Mira que llevo tiempo viendo los árboles "adornados", porque no es uno solo, son muchos. Los cambia de árbol y de calle, como prestándose la ropa. A veces le cuelga unas bolas blancas de croché, cual bolas de Navidad, que, por cierto, el otro día estaban quitando los de parques y jardines. Será por si se caen encima de alguien. En ningún momento pensé en algo hiriente para los árboles, sino como "chiquita trabajera" y chiquito gasto de hilo.
    En mi reflexión pensé también en los perros, gatos y demás mascotas, a las que visten con abrigos, gorritos y joyas, divinos de la muerte. Y no sé qué me parece peor. Pero creo que paso menos de los animales. No soy amante de ellos y a veces los encuentro hasta graciosos con las ropitas, pero a saber lo que "piensan" tanto los animales como los árboles.

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    1. Isa, elevo al cuadrado el comentario de Dulce, pues estoy de acuerdo con lo que dice y yo no lo sabría expresar tan bien. Geniales los dos.

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    2. Dulce, si yo a mi perro Rebo (un bardino) tuviera la feliz idea de ponerle un gorrito, estoy segura de que se sacudiría armando un follón de mil pares de demonios. La naturaleza los ha equipado con lo suficiente para que sobrevivan cómodamente. No sé por qué les (y nos) complicamos la vida con accesorios totalmente innecesarios ¿Una manera de querer equipararlos a los humanos? ¿Un resabio de las películas de Disney? ¿Un sentimiento cursi que anida en el fondo del alma?
      Gracias, Úrsula, tú que nos quieres.
      Un beso a las dos.

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  15. Antonio Francisco Cáceres Duque16 de junio de 2015, 22:41

    Bueno. Seamos positivos. Charo Borges ya comentó algo de las esculturas en los árboles. Pobrecillos, soportando pesos variados, sin conexión con su naturaleza. Pero, estos árboles de la calle de Viera y Clavijo, bajo el Ayuntamiento capitalino (donde se ayuntan los políticos, no los ciudadanos), eran unos enclenques árboles que nadie miraba salvo cuando estaban en flor (flanboyanos). La gente ya no mira al cielo, no sé si es por miedo a los excrementos de las palomas o porque nadie cree en ningún ser superior que ande por allá arriba. En fin que tanto estos pobres y bellos árboles como los comercios de la zona se encontraban totalmente abandonados, de la mano del Ayuntamiento. Poca vida en la zona, salvo para ir a mandarse las viandas a cualquiera de los bares, pero de comprar nada. En definitiva, los comerciantes han tenido una idea genial porque vistiendo a los árboles con esos trajecitos tan floreados, los arropan de todo fenómeno atmosférico y de los golpes de los niños que bajan de los colegios situados en la parte alta. Y fíjense ustedes por donde, esa falta de respeto a los árboles, que mi respetada Jane reclama, ha hecho posible que todos los domingos, y algún que otro día, me pare en uno de ellos para apreciar su hechura y colorido, desviando posteriormente mi mirada hacia la frondosa cúspide de estos árboles, los cuales tengo entendido que los trajo el Doctor Guigou y Costa (Hospitalito de Niños), desde la Cuba de mis antepasados a nuestra Isla. Si los humanos nos ensortijamos para hacernos notar o disimular nuestras carencias o resaltar nuestros valores, ¿por qué, me pregunto, no podemos engalanar a nuestros queridos árboles para que presten algún que otro servicio más a la comunidad dislocada en la que les ha tocado vivir? Saludos y buenas noches.

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    1. Ya estaba yo echando de menos, Antonio, una defensa de la iniciativa. Sí, señor, no todo va a ser ponernos en el lugar del árbol, por muy abochornado que éste esté vestido de tapete. Si ha servido para revitalizar la zona y para que alguien se pare a mirarlos, bienvenido sea el disfraz.
      Es verdad lo que dices (ya me lo puso el flamboyán en sus confesiones): nadie mira hacia lo alto. ni cielos estrellados, ni sol radiante, ni una bandada de golondrinas que pase, ni mucho menos, árboles frondosos (y mira que en Santa Cruz los tenemos a montón). A ver si así. a base de llamar la atención (¡¡¡eh!!! ¡¡¡aquí hay un árbol con unas flores rojas que da gusto mirarlas!!!), empezamos a apreciar más la naturaleza.
      Gracias por el dato del Dr. Guigou. No lo conocía.
      Más saludos y buenas noches.

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  16. Jajajajaja, qué bueno. La gente es que tiene mucho tiempo libre.

    Pobre arbolito.

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    1. Es verdad, Ana. Yo, que soy muy torpe con esto de las manualidades, tardé no sé ni cuanto en hacer una corbatita de ganchillo allá en los lejanos tiempos de mi juventud. Imagínate lo que tardarían en vestir un árbol ¡Y para nada! (la corbatita de ganchillo tampoco servía para nada porque a ver quién se pone una corbata de ganchillo, pero por lo menos se le suponía una utilidad. La hice porque eso o una bufanda era lo más pequeño que se me ocurrió). Y el pobre árbol aguantando el disfraz ¡Paciencia!

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  17. De nuevo, Jane, me parece que te has propuesto, por lo menos para mí, sumirme de nuevo en ese océano de dudas que mencioné en tu anterior post. En este me debato entre la estética y la ecología, como no podía ser de otro modo.
    Según leemos en el diccionario, definiciones válidas para las dos, podrían ser éstas: para la primera, la disciplina filosófica que estudia las condiciones de lo bello en el arte y en la naturaleza y, para la segunda, la parte de la biología que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven. Como se puede deducir, menuda controversia la mía. Y, entre ambas, los flamboyanes "crocheteados", dicho a la "maniera" francesa o a la anglosajona...
    No es que pretenda llegar a ese proverbio latino de la casi perfección, "In medio, virtus", pero me pones en esa inevitable tesitura, ante la razón que te acompaña defendiendo el derecho del árbol a ser tan respetado como cualquier otro ser vivo, pero también ante el derecho que tienen los amantes de la belleza a descubrirla, encontrarla y plasmarla, doquiera que vayan. Y, claro, aquí llega el conflicto. Conflicto que me veo incapaz de solucionar en mi fuero interno, porque ambas razones tiran, por igual, de mi permanente duda...
    Después de tanta disquisición creo que voy a intentar una solución salomónica: disfrutar de la belleza que de forma natural ya nos transmiten los árboles, pero sin renunciar a que, de vez en cuando y sin que se sientan precedentes, se les dé un refuerzo, o una visión distinta, a esa belleza que les caracteriza. ¿Por qué habrían de estar reñidas la una con la otra? ¿Por qué no intentamos lo del proverbio latino?.
    Como puedes comprobar, y siguiendo mi línea, comencé este comentario sumida en un océano de dudas y lo termino tirándome a un mar de preguntas, aunque, de momento, sólo vayan dos...

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    1. Me encanta la reflexión, Cehachebé. Y me gusta ese otro punto de vista que aportas. muy ecléctica y moderada, queriendo lo mejor de los dos mundos, el de la naturaleza y el arte, dos mundos que sé que están muy cerca de tus intereses..
      Leí en un artículo de Luis Miguel Ariza ("¿De qué hablan las plantas?") que las plantas tienen su inteligencia. Por lo pronto tienen vista (extraordinariamente sensibles a la luz y luchan por ella); oído (detectan vibraciones tanto en el aire como en el suelo); olfato (producen una infinita variedad de olores y aromas); gusto (degustan el suelo para encontrar humedades y sales minerales) y tacto (reconocen cuando entran en contacto con algo sólido y reaccionan ante ello). Un investigador florentino, Stefano Mancuso, dijo en "Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal" que a esos 5 sentidos hay que añadir 15 más. Son seres vivos como tú y como yo, de eso no cabe duda. Y por lo que dice Mancuso, magníficos comunicadores que pueblan el aire de miles de mensajes en forma de moléculas volátiles.
      Otra cosa es que el ser humano intente hacer arte hasta con su propio cuerpo (hay tatuajes muy bellos, por ejemplo) y que ese deseo lo intente llevar más allá, a otros seres vivos. Te entiendo perfectamente pero no sé por qué sigue sin gustarme verlos encrochetados. Sigo teniendo la sensación de que, si pudiéramos entender el lenguaje del flamboyán, oiríamos algo parecido: un respetito es muy bonito.

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  18. Ay, Isa, menuda controversia con esta cuestión. Hay los que dicen que dan color a la ciudad y protagonismo a la artesanía. Están las feministas que buscan formas femeninas en sus troncos y critican la similitud. A mí me recuerdan las calles de Portugal que las adornan de lado a lado con las más bellas rosetas y cubren los bancos de las plazas con tapetes muy alegres. No sé qué decir... Creo que mostrar el arte siempre enriquece, aunque no sé si cubriendo el esplendor de la naturaleza que lo inspira la estamos respetando como merece.

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    1. Creo, Cande, que la respetamos más dejando a los árboles libres y desnudos. He visto estos días un montón de fotos de flamboyanes totalmente en flor en las calles de Santa Cruz y es un espectáculo digno de verse. No necesitan más colorido que el que traen en este junio generoso.
      Sí que es bonito de todas formas adornar las calles. Es lo que solemos hacer en todas las fiestas. Recuerdo de pequeña, en los pueblos de las vacaciones de mi infancia, como todo el mundo sacaba a la ventana o al balcón mantones, colchas bonitas o tapetes multicolores. Se hacían banderitas y se ponían flores por todos lados para el Día Grande. En ese sentido estas artesanías serían herederas de aquellas. Pero mejor no ponerlas sobre seres vivos. O por lo meos eso es lo que yo creo.
      Un beso.

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