lunes, 1 de mayo de 2017

Historias de Los Sauces: la historia de Frasquín


Antiguo edificio de Correos en Los Sauces

En aquellos tiempos en los que las cartas eran el principal medio de comunicación entre las personas y eran esperadas con toda la ilusión del mundo, el cartero de un pueblo formaba parte de las fuerzas vivas, junto con el maestro, el alcalde, el cura, el boticario y los cuatro o cinco ricachones que se reunían por las tardes en el Casino a jugar al dominó y a hablar de sus cosas.



En Los Sauces, en Correos estaba un señor a quien todos saludaban con deferencia, llamándolo Don Frasco cuando estaban delante de él; pero, cuando no estaba, todos por detrás lo llamaban Frasquín, porque era muy bajito. Eso sí, se cuidaban muy mucho de que no se les escapara el Frasquín en su presencia porque la bronca que podía caerle al imprudente era de las que marcaban hitos en la historia.

Don Frasco era muy respetable y muy serio. De misa y comunión semanal, siempre que había procesión con palio, él era de los fijos que llevaban el palio con toda la pompa y ceremonia que eso trae consigo. Y, si alguno de los chicos o las mujeres cotorreaban, molestándolo, en la procesión o en la iglesia, se enfadaba mucho y no dudaba en llamarles la atención. "¡No hagas enfadar a Frasquín, que tiene muy mal genio!" podría ser perfectamente la consigna que sobrevolaba en el pueblo.

Sin embargo, alguna anécdota que cuentan de él denota un cierto sentido del humor que lo convierte en un personaje entrañable. Como aquella vez que un amigo fue a la Oficina de Correos a ver si le habían llegado cartas y lo saludó: "Buenos días, Don Frasco ¿Tengo hoy algo aquí?" "Buenos días -contestó él-. Sí, tiene algo". Y siguió tranquilamente con lo que estaba haciendo sin decir nada más. Y así estuvo un rato hasta que el amigo se impacientó y preguntó: "Pero bueno, Don Frasco ¿no me dijo que tenía algo aquí?". Don Frasco levantó la cabeza, miró al señor, le tendió una mano y le dijo: "Sí, tiene algo aquí. Tiene usted a un amigo". Y riéndose por lo bajinis, continuó con su trabajo.

A mí me recordaba un poco a Hércules Poirot, el detective de las novelas de Agatha Christie, no sólo por el físico -bajito y algo regordete-, sino también por su obsesión por el orden. Como Hércules Poirot, cada cosa tenía que estar en su sitio correspondiente. Y, si el desorden afectaba a las cartas, y la dirección, el remite y el sello no estaban donde siempre, entonces se subía por las paredes. Los chicos del pueblo más de una vez lo oían lanzar juramentos y palabrotas si, al matasellar, encontraba que el sello lo habían puesto a la izquierda del sobre en vez de a la derecha.

Fue a uno de ellos al que se le ocurrió poner cinco sellos en un sobre, cuatro en cada esquina y uno en el centro. Puso la carta  en la cesta de los sobres y, después, todos se quedaron  por allí cerca a esperar el terremoto. Don Frasco cogió todos los sobres, los apiló y empezó a ponerles matasellos, como un rehilete, de manera automática. Pero cuando llegó a la carta de los cinco sellos, se puso lívido, se le salieron los ojos de las órbitas y se puso a lanzar cinco "me cago en la puta de su madre" por cada sello que matasellaba. Y entonces aquel señor tan serio, tan responsable, tan Don Frasco, por primera vez en su vida cogió el sobre y gritando -como un Frasquín cualquiera- "¡¡¡Me da igual que me denuncien!!!", rompió la carta en pedazos.

Hércules Poirot lo habría comprendido.

(Para mi prima Nieves María, que se ha ido -demasiado pronto- esta semana. Como buena saucera, hubiera disfrutado con una historia de allá. Va por ti)

20 comentarios:

  1. Historias de los pueblos siempre entrañables

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    1. Sí que lo son, Mandi. Y ya que nombro a Poirot, Agatha Christie decía que la naturaleza humana es la misma en un pueblo que en una gran ciudad y que, muchas veces, en aquel es más fácilmente perceptible. Los personajes de los pueblos son, como dices entrañables, cercanos y, sobre todo, humanos.

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  2. Hola Jane.Hoy me ha venido a la memoria una gran parte de mi niñez y la añoranza se ha apoderado de mí.
    Yo conocí a Frasquín, ¡huy que digo! a D. Frasco y tras leer tu historia, me parece estarlo viendo cuando llegaba a mi casa a entregar una carta, muy serio y circunspecto.A veces, cuando hacía frío mi madre lo invitaba a pasar y le invitaba a un café, pero él muy serio lo rechazaba.
    Tenía relación con mi familia pues un pariente de su esposa estaba casado con alguien de mi familia, y algunas veces se detenía a preguntar por nuestros familiares que teníamos en común, y que por aquellos tiempos estaban en Venezuela.
    A mi me impresionaba su seriedad y con el paso de los años, ya jubilado de Correos, aprendí que muchas veces era socarrón.
    Gracias Jane. Esta tarde haz logrado que vuelva a mi niñez,y recuerde a mis amigos. Uno de ellos fue el que le puso los 5 sellos en la carta y tuvimos risas y fiesta durante un buen rato, pero eso sí, bajito para que "Frasquín" no nos oyese. Un gran beso Jane. Juan

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    1. Tú me has hecho revivir a mí muchas veces las historias oídas entonces en el cuarto de costura de mi madre, o volver a ver, en el cristal de la memoria, a las personas que en los veranos sauceros, en casa de mi abuela, pasaban por casa (entre otros, Don Frasco que, como dices, era, por lo menos a mis ojos, más serio que un sello de correos, valga la redundancia :-D). Tienes todo mi agradecimiento por compartir tus historias conmigo y por hacer que siga queriendo y recordando ese trocito de isla, tan unido a mis raíces.
      Un abrazo grande.

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  3. Nieves María, no serīa una que trabajaba con Esther en su comercio?

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    1. No, Esther. Nieves María fue profesora y ha ejercido en Tenerife desde que se casó, hace ya muchos años.

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  4. Marcelo Rodríguez Fuertes1 de mayo de 2017, 19:20

    Bueno, tanto como edificio no, solo la puerta de la izquierda.

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    1. Muchas gracias, Marcelo, por tu anotación precisa. Efectivamente, era la puerta de la izquierda por la que entraba yo a ponerle las cartas a mis padres todas las semanas (era la condición para que me dejaran ir a pasar los veranos con mi abuela y con mi tía Nena). Esa foto la hice hace 2 veranos en una escapada que hice a Los Sauces y recordé que fue un sitio visitado varias veces. Además, enfrente estaba la tienda de mi tío Antonio. Pero nunca me planteé (ni pensé siquiera) que Correos sólo fuera una habitación.
      Un saludo.

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    2. Marcelo Rodríguez Fuertes1 de mayo de 2017, 23:03

      Efectivamente, recuerdo el correo de niño, y profesionalmente atendí a don Carlos y doña Paulina hasta que fallecieron, eran un matrimonio entrañable y en tu magnífico artículo le tratas con mucho respeto. Saludos.

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    3. Por ese respeto, he disfrazado su nombre (aunque todos en Los Sauces saben de quién hablo). Normalmente, si hablo de alguien en mis escritos, le pido permiso, cosa que desgraciadamente en este caso no es posible.
      Yo sólo lo conocía de verlo pasar por casa cuando nos traía las cartas y poco más (era una adolescente entonces), pero sé que todo el mundo lo respetaba y le tenía estima. Era todo un personaje.

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    4. Marcelo Rodríguez Fuertes1 de mayo de 2017, 23:24

      Si claro lo he captado desde el primer momento, pero lo que quiero decir es que podrías haber usado su nombre real sin problemas.

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    5. Supongo que sí. A él le gustaría que se le recordase así, como todo un personaje de Los Sauces.

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  5. Candelaria Rojas1 de mayo de 2017, 23:18

    Qué bonito, los carteros que eran de confianza, como otra profesión que también tiende a desaparecer, el portero.
    Ya no se escriben cartas como antes.
    Virginia Adela y yo siempre hemos mantenido el contacto por esta vía a pesar del desarrollo de la comunicación. Era una forma de no olvidar la técnica de la redacción, y, por supuesto, más personal que cualquier mensaje de teléfono.
    Don Frasco debió ser todo un personaje con su aspecto y su orden riguroso.

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    1. Sí, todo tiende a desaparecer: profesiones, objetos, comercios de toda la vida, y esa particular manera de relacionarnos que eran las cartas. Nos obligaban a cuidar la escritura, la limpieza y, sobre todo, la amistad ¡Qué bien que lo sigas cultivando con Virginia Adela! La emoción de recibir una carta es algo que las nuevas generaciones no han sentido. A mí ya no me escribe nadie (el Corte inglés e Ikea, sí, pero de vez en cuando), pero todavía espero alguna que me haga sentir lo mismo. En el recuerdo, "El coronel no tiene quien le escriba" de García Márquez.

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  6. ¡Entrañable historia y personaje!

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    1. Las historias y personas de Los Sauces son prototípicas de cualquier pueblo de nuestras islas. He reunido unas cuantas porque es un lugar muy cercano a mí: crecí oyendo sus historias y conociendo a sus gentes. Y ahora, a pesar de la distancia, incluso cuando oigo a alguien de allí reconozco el acento y el deje particular y sé que es un pueblo de esos que una lleva en el alma. Entrañable, sí.

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    2. Gracias por es forma tan entrañable de contar historias olvidadas de San Andrés y Sauces. Me ha transportado usted a un tiempo que viví. Conocí a nuestro cartero, un poco cascarrabias, y, la verdad, lo ha descrito usted con una precisión asombrosa. He vuelto a rememorar su rostro, incluso el de su esposa. Ha conseguido usted sacarme una sonrisa nostálgica. Gracias , de nuevo.

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    3. Yo también lo recuerdo con su mujer a todos lados. Parece mentira como determinado recuerdo trae enredado con él otros recuerdos más de aquellos tiempos. Le agradezco sus palabras porque de eso se trataba, de echar una mirada nostálgica (y si es una sonrisa, mejor) a un pueblo que queremos y a sus habitantes.
      Gracias a usted por acompañarme en el blog.

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  7. Manuel David Brito Pérez4 de mayo de 2017, 20:46

    Por cuestión de años yo recuerdo a D. Martín, el cartero que repartía a domicilio. Cuántas veces llegaba a mi casa,-algunas veces incluso de noche en función del volumen de la correspondencia- y se le invitaba a comer alguna cosa o a un vinito o un café que él aceptaba siempre encantado. Como curiosidad su nombre y apellidos era Martín Martín Martín. Una bromita de sus padres supongo.

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    1. Sí, esas bromas son muy típicas de La Palma. Les encanta jugar con los nombres (y poner nombres raros). Nosotros se lo decíamos a Armando Guerra.
      Y también ¡qué propio de un pueblo es invitar al cartero a un cafecito! En las ciudades es un desconocido al que ni se saluda. Da la impresión de que algo se ha perdido.

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