lunes, 27 de enero de 2020

Cuando todas éramos Marisol




Nosotras, las de mi generación, hemos nacido el mismo año que Marisol, 1948 (año más, año menos), lo cual significa que hemos crecido con ella. Con ella cantábamos a los 12 años el "Adelante, mis valientes, con la espada, con los dientes..." cuando interpretó "Un rayo de luz", Con ella seguimos en "Ha llegado un ángel" (copiándole, de paso, el pañuelo azul que se ponía en la cabeza y que pronto llevamos todas), en "Tómbola", en "Marisol rumbo a Río"... Y al mismo tiempo que a ella ("La nueva Cenicienta") nos empezaron a gustar los chicos. En el fondo todas la considerábamos una de las nuestras. Más guapa, más rica, más artista... pero una de las nuestras.

Dábamos por hecho también ingenuamente que su existencia era idílica. Aclamada por todo el mundo, viviendo en casa de ricos, teniendo el mundo a sus pies, sería de tontos no ser feliz. Pero ya en nuestra adolescencia más de una vez nos planteábamos si se lo estaría pasando tan bien como nosotras cuando íbamos a la playa o a un guateque o simplemente al cine con los amigos. Sabíamos que vivía en Madrid, lejos de su familia malagueña, que no iba al colegio, que tampoco iría a la Universidad después y que toda su vida parecía estar encaminada y programada. Incluso cuando se casó con Carlos Goyanes, el hijo de su jefe, la cosa parecía seguir una pauta organizada de antemano por alguien que no era ella.

Hay un libro de P. G. Wodehouse -"El gas de la risa"- en el que se habla del mundo de Hollywood y de un actor infantil, Joey Cooley, de largas pestañas y dorados rizos, "el Ídolo de las Madres Americanas". Joey me recuerda a Marisol. Cuando el protagonista se encuentra con el actor infantil, este le cuenta que es un esclavo pataleado y oprimido: "No me dejan jugar porque puedo hacerme daño. No puedo tener un perro porque podría morderme. No me permiten ir a una piscina porque corro peligro de ahogarme. Y por si fuera poco... ¡agárrese! no puedo comer dulces porque aumento de peso." Y anhela marcharse con su madre, que hace un pollo frito al estilo del sur estupendo, a Chilicothe, Ohio, pero no puede porque tiene un contrato que estipula que tiene que vivir con su productor y obedecer lo que este le diga. Igualito que le pasó a nuestra Marisol, que lejos de tener una buena infancia y adolescencia, se convirtió en un instrumento para hacer dinero.

Por eso nos gustó tanto su época rebelde. Más tarde que nosotras, eso sí, pero también fue a manifestaciones, también se decantó por ideas políticas, también se fue a vivir con quien quiso, también empezó a elegir como quería vivir. Y cuando mucho más tarde, hace 35 años, fue más allá y decidió romper con la fama, los autógrafos, las entrevistas, los conciertos, el barullo y los focos, entonces nos gustó todavía más. Marisol, al mismo tiempo que decía adiós para siempre al escaparate público, ganó el derecho a ir a la panadería a buscar el pan, a salir con su gente a tomarse un vermut, a vivir, igual que nosotras, una vida normal.

Las mujeres de mi generación pasamos de una dictadura a una democracia, de una vida en la que teníamos que pedir permiso para todo a otra en que nos las agenciábamos por nosotras mismas. Marisol lo hizo pasando a ser Pepa y en ese viaje creció en valentía y en dignidad.

El sábado pasado por la noche, en la Gala de los Premios Goya, le dieron el Goya de Honor en su Málaga natal. Cuando a principios de este mes estuve allí, vi como el paseo delante del Teatro Romano estaba lleno de cartelones preciosos con su imagen. La Gala estaba preparada para que el Teatro se viniera abajo si ella, menuda, frágil y siempre hermosa, se presentara allí, otra vez ante los focos. Pero no lo hizo y fueron sus hijas quienes recogieron el Goya. Coherente con la decisión que había tomado hace tanto tiempo y por la que decidió ser libre para perderse, lo vio, igual que nosotras, desde un sitio en calma, como dijeron sus hijas. "Pepita, este Goya es para ti", dijo su hija María. "Va por ti", repetimos todas las que hemos crecido con ella, las que también somos abuelas de 71 años, dueñas de nuestro futuro. Esa noche, más que nunca, todas, orgullosas de su fortaleza, volvimos a ser Marisol.





lunes, 20 de enero de 2020

Que salga el sol por Antequera


(Antequera al ponerse el sol. Al fondo, la Peña de los Enamorados)

Siempre me ha gustado el dicho "Que salga el sol por Antequera y que sea lo que Dios quiera" (o "y póngase por dónde quiera"), porque es en realidad un grito de guerra, una frase para que no nos desanimemos ante los escollos, piedrecitas y toniques que la vida nos va poniendo en el camino y para que nos lancemos a la aventura.

El origen está en que allá por el siglo XV en Granada, cuando estaba de moda conquistar ciudades al moro, el Infante Fernando estaba dudando de si merecía la pena meterse en tamaño berenjenal o no, cuando se le apareció Santa Eufemia (los santos eran entonces muy de aparecerse, ahora ni se asoman), rodeada de leones y ángeles (qué menos) y le animó a ir a por todas y ¡que salga el sol por Antequera (sitio por donde nunca sale visto desde Granada)! El Infante Fernando sacó pecho, se decidió y terminó tomando Antequera que hoy, agradecida, le tiene dedicada una de sus calles principales y a Santa Eufemia, el patronazgo de la ciudad.

La casualidad es que aquí, en Tenerife, también tenemos nuestra Antequera, una playa escondida y estupenda al pie de la cordillera de Anaga a la que habré ido tres veces en mi vida. Y más de una vez he oído completar el dicho y hacerlo nuestro con "Que salga el sol por Antequera y en Guamasa se pose". Hay que tener en cuenta que en una isla el sol sale y se pone por el mar (según donde te pongas) y que en Guamasa, siempre tan nublada, no es visitante habitual. En los dos casos de las dos Antequeras, significa lo mismo, otra manera de decir "p'alante" más allá de las indecisiones.

El caso es que esta semana he dormido 5 noches en la Antequera de Málaga en un viaje de Turismo Social (que es como se llama ahora el Imserso) y me ha encantado. Vamos, que le diría al Infante Fernando que tuvo buen ojo. "Antequera" significa "la Antigua" y algo de eso se siente si nos metemos en la cueva de Menga, una galería dolménica de piedras gigantescas levantada por los antequeranos de hace 6000 años. Lo curioso de esta cueva es que tiene un pozo del que casi no se ve el fondo (19,5 m.) y que, en lugar de que la salida esté orientada al sol como las demás, mira hacia la Peña de los Enamorados, una curiosa formación montañosa en forma de cabeza de indio narigudo de la que también se cuentan leyendas. Me puedo imaginar a los que construyeron Menga arrastrando la losa más pesada (180 toneladas) y diciendo: "No puedo con esto", "Sí, hombre sí, empuja tú un poquito por ahí que yo tiro otro poco por aquí... ¡y que salga el sol por Antequera!". Una cosa estupenda es que el pueblo tiene casi tantos bares como iglesias y conventos, y eso dice mucho de un pueblo. Y dulcerías donde comer el bienmesabe o restaurantes donde probar las migas o la porra antequerana, uno de mis platos preferidos.

Es, además, una buena base para acercarnos a Málaga, siempre tan luminosa; o a la Costa del Sol, con sus yates y su barco de Chanquete; o a pueblitos andaluces de callitas empedradas y de rejas de las de enamorar en las ventanas: Frigiliana, Mijas la de los burritos tristones, Setenil de Las Bodegas bajo las rocas, Nerja o Ronda, la de los bandoleros, asomada a ese tajo impresionante que solo un también impresionante puente puede salvar. Y todo eso en medio de un paisaje de olivos y almendros en flor, salpicado de lagunas que sobrevuelan las garzas y los flamencos. Momentos para el recuerdo: dos guitarristas tocando delicadamente "Recuerdos de la Alhambra" de Tárrega al lado del tajo de Ronda; un vermut en una terraza sobre el mar transparente de Nerja; o la lápida puesta en la tumba de Torrijos en Málaga (tapada durante la dictadura): "A vista de este ejemplo, ciudadanos, antes morir que consentir tiranos".

Fue un viaje bonito y entretenido. Y corto como nos gustan ahora que nos cansamos más. Pero da igual. Alguno de mis compañeros de viaje hasta llevaba muletas ¿Y eso fue acaso un obstáculo? Que nos salgan muchas ocasiones como esta para disfrutarlas... ¡y que salga el sol por Antequera!

(Para María José, Edu, Ana 1 y Ana 2, nuestros guías, que nos explicaron estupendamente los dimes, diretes, datos, fechas, historias, leyendas, personajes... de una tierra única. Gracias.)

lunes, 6 de enero de 2020

Pertrechada para el 2020




Una de las tradiciones de mi casa (y de miles de casas más) es oír la mañana del 1 de enero el Concierto de Año Nuevo que la Filarmónica de Viena nos regala todos los años. El concierto es como el turrón, las peladillas, el nacimiento, el pavo de Navidad, las uvas de Nochevieja, la cabalgata de Reyes... Algo sin lo cual no se concibe la Navidad y que habla en un lenguaje universal.

El ritual de esa mañana es fácil. Empieza después de los jolgorios de la noche anterior que hacen que nos acostemos a las 4 de la madrugada lo más temprano y que nos levantemos, un poco resacados, hacia las 10 o por ahí. Entonces hay que hacerse un té, acompañarlo por ejemplo de un trozo de torta francesa, que hace mi amiga Carmeliña y que sobró de anoche, y sentarse, mientras lo vas tomando despacio, todavía en pijama y zapatillas y chaqueta peludita y amorosa, en el sillón de la sala con los pies reposando en una butaca apropiada. El mundo, fuera, está en silencio. Tú abres la tele y a gozar ¡Ya estamos en Viena!

De joven, cuando estudiaba en un Colegio Mayor en Madrid, había dos hermanas que habían ido a estudiar Virtuosismo allí. Mi amiga Ana y yo las llamábamos "las virtuosas", claro. Bueno, pues que conste que yo no soy ninguna "virtuosa", que no entiendo de música (solo hice 3 años de solfeo y uno de piano hasta que convencí a mi madre de que aquello no era lo mío), que no tengo mucho oído cuando canto... pero que todo eso no es obstáculo para emocionarme con la música, para cantar también y para disfrutar de un buen concierto. Y más de uno como este, el concierto más visto del mundo, tan familiar que ya me parece conocer -como si lo hubiera visto por dentro y no solo por fuera- el Musikverein y su Sala Dorada con sus cisnes, sus columnas y cariátides, sus preciosos arreglos florales y sus brillantes lámparas de cristal.

Como siempre, me encantó. Al Director de este año, Andris Nelsons, lo encontré cercano, cómplice con los músicos, hasta divertido. Tocó la trompeta, bailó y jugó con la orquesta, sonrió con la mirada y nos deleitó con las oberturas, polkas, valses y marchas de los Strauss y parentela. Y también con el Homenaje a Beethoven. 2020 es su año, el 250º aniversario de su nacimiento. En el descanso, mientras sonaba la música del maestro, se proyectó una historia en la que una joven recorre la estela del músico y va encontrando, en los lugares en los que vivió, hojas -perdidas y llevadas por el viento- de una desconocida Décima Sinfonía. Bella y original.

El concierto me inundó de música: el vals exquisito "Donde florecen los limoneros" de Johann Strauss hijo; la obertura de "La caballería ligera" de Franz von Suppé, tan vibrante que, si cierras los ojos, tienes la impresión de caballos yendo a la batalla con el viento en las crines; la alegre polka "Tritsch-Tratsh" (que quiere decir algo así como "¡a mí, plin!"), que Johann Strauss escribió para acallar los chismorreos sobre una supuesta infidelidad; el vals "Disfrutad de la vida", para que no se diga; y las de siempre, el vals "En el bello Danubio azul" y la "Marcha Radetzky", sin las  cuales parece que no puede empezar el año.

También, de paso, el concierto me llevó a los preciosos pueblitos del sur de Austria que conocí con mis amigos de Viena, Walter y Suzana, por Salzburgo, por los lagos, por el Danubio (que no es azul), por la catedral de San Esteban y por esa Viena que no puede entenderse sin las notas de una melodía de fondo.

Pero lo mejor es que, cuando termina el concierto, siempre queda la sensación de que el mundo está en paz. Atrás quedan, por el poder de la música, los malos ratos del año anterior y te encuentras de pronto preparado para afrontar los retos del nuevo año. En una novela de Hanif Kureishi un niño pregunta: "¿Papá, para que sirven las canciones?". Y el padre responde: "Para que seas feliz, aunque sea por unos minutos". Ese es el sentido de la música, que nos blinda y nos deja pertrechados para lo que venga. Pase lo que pase, siempre nos quedarán momentos mágicos como este Concierto con el  que todos los años empiezo el Año Nuevo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Momentos felices para 2020: no sin mi agenda




Yo sin mi agenda no soy nada. En ella está mi vida entera: citas, cumpleaños, comidas, menús, diligencias... A veces me dicen que qué memoria tengo. Memoria, narices. Lo que tengo es cada año una agenda en la que escribo todos los días de Dios. Si no fuera por ella no me acordaba ni de quién soy. Me la quitan o se me pierde y entonces sí que me verían haciéndome las eternas preguntas filosóficas: ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué tenía que hacer mañana por la mañana, por Dios?

Por eso, por mi querencia a mi agenda (milagro no le hago una loa... o una ola), fue por lo que me llamó la atención la propuesta que la semana pasada publicó mi hija Ana en Instagram. Decía así:
"Mi agenda está vacía. Vacía no de sueños, ni de planes. Está vacía de prejuicios, de ideas preconcebidas. Sus páginas están en blanco. Vaciarse significa disponerse a cambiar y a crecer. A madurar y avanzar.
No quiero que este sea un año más en el que, al finalizar diciembre, la agenda esté llena solo de trabajo, citas de médicos o revisiones del coche. Escribiré en las páginas de cada día algo bonito que haya pasado: una lectura que me haya gustado, una frase, una llamada que me haya llenado de alegría, un beso... Llenemos los días de 2020 de momentos felices".

Conociéndome y sabiendo que todos mis propósitos de año nuevo se me quedan a la mitad, no sé si podría realizar lo que Ana propone. Así que esta semana hice una especie de ensayo y me puse a apuntar en los últimos días de esta agenda que me ha acompañado en todo 2019 los momentos felices de cada día. La cosa quedó tal que así:

Lunes 23 de diciembre: Comprando las viandas de Nochebuena nos dio hambre a mi marido y a mí y entre Supercor y Mercadona recalamos en "La Thuya". Buen rato y buena comida.
Música de la pianista Clara Haskill al anochecer junto a la chimenea encendida.
Conversación con mis amigas en el chat antes de acostarnos.

Martes 24 de diciembre. Los nietos pequeños me ayudan a poner la mesa para Navidad.
Nochebuena muy divertida con la familia: un mercadillo gratis, caretas graciosas mientras bailamos, una búsqueda del tesoro, un Papá Noel que parece el Tío Cosas, un amigo invisible robado...

Miércoles 25 de diciembre: Mi nieto de 4 años me recita de pe a pa el poema "A Margarita Debayle" de Rubén Darío ("Margarita, está linda la mar...").
Pavo de navidad relleno de frutas compartido con los que quiero.
Rato estupendo después de la comida, al atardecer, mi marido y yo con un amigo de siempre hablando de la vida y sus cosas.

Jueves 26 de diciembre: Hago un regalo ("Fotos antiguas de Tenerife") a un amigo al que le encanta.
Me encuentro a una amiga en La Laguna a la que hacía años que no veía.
Leo un libro de P. G. Wodehouse que me hace reír.

Viernes 27 de diciembre: Consigo entradas para invitar a todos mis nietos a ver en enero en el Teatro Guimerá "Cuento de Navidad" de Dickens.
Cena con los amigos en un restaurante a la orilla del mar.

Sábado 28 de diciembre: Día claro y luminoso.
La brevera  que sembramos hace un par de años en El Tanque ha dado sus primeras cuatro brevas. Dulcísimas.
He visto por centésima vez como todas las navidades "¡Qué bello es vivir!". Como siempre, lloro a mares de la emoción.

Domingo 29 de diciembre: Comida en la casa de El Tanque con hijos y nietos y con mi familia política de Madrid que llegaron hoy. Risas y buena conversación en una mesa de 15 personas.

No ha resultado difícil. Sin darme cuenta tengo la última semana de mi agenda de 2019 llena de ratos bonitos. Y claro que también ha habido ratos que no lo son. Esta es la vida y no un musical de Hollywood. Alguna majadería, tomar un día Ibuprofeno porque la edad no perdona, las compras y el tráfico son un horror, se nos pinchó una rueda el jueves, un par de noches tuve insomnio, esta Nochebuena tocó cenar sin hijos ni nietos... Y además el tiempo ha estado de sur y calima -¿Dónde se ha visto unas Navidades con 26º?- y por supuesto no nos tocó, como corresponde, nada en la lotería.

Pero si cada día no nos regodeamos en lo que nos sale mal y estamos atentos a lo que nos gusta, a final de cada mes la agenda estará repleta de hechos que nos han alegrado el día, puntos de luz que iluminarán nuestra vida ¿Quién se va a acordar de lo malo? Así que, a un día de terminar el año, hago mía la propuesta de mi hija: Llenemos los días de 2020 de momentos felices.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Una iguana en Bajamar




Ante esta foto, ¡una iguana en Bajamar!, me dieron ganas de emular a Caco Senante que, hace muchos años, cantaba lo de "¿Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid?". Yo te preguntaría a mi vez, iguana mía: ¿Qué es lo que haces tu acá, una iguana en Bajamar? ¿Cómo recalaste por estos rincones, nada parecidos a tus selvas del otro lado del Atlántico? ¿Qué te llevó a abandonar los grandes árboles y los ríos caudalosos en cuya ribera pasabas los días? ¿Viniste, como muchos animales o semillas antes que tú, a bordo de un madero arrastrado por la tibia corriente del Golfo? ¿Viniste empujado por una nostalgia repentina a visitar a tus parientes, los lagartos gigantes de Salmor, que viven en El Hierro, un poco más allá? ¿O fue la curiosidad natural que un descendiente de los ancestros tiene inscrita en sus genes para seguir viajando y yendo cada vez más lejos?

Tal vez -más prosaica la causa- fue un depredador humano el que te cazó en un momento en que, despistada, admirabas las formas de las nubes desde el árbol más alto. Te podría querer para consumo o carnada. O, lo más seguro, para venderte a otro depredador, coleccionista de mascotas exóticas, que te trajo hasta aquí como si fueras un adorno que los demás admiran y luego se convierte en estorbo. Lo que no sabía es que tú, quizás un tataranieto de los últimos dragones, estás tan vivo como él ¿Te soltó para no hacerse responsable? ¿Te escapaste?

Lo cierto es que estás ahí, frente al mar que une tu costa y la mía, y a gusto por lo que parece. Sé que hay dos cosas que te encantan, la soledad y tumbarte al sol en lugares altos para mirar hasta donde se pierde la vista. Juraría incluso que estás sonriendo...

Pero estamos en Navidad y esta es mala fecha para los solitarios, te lo advierto. La gente no quiere ver a nadie solo y se organizan hasta encuentros en Nochebuena para los que lo están. Pero ¿y si ellos no quieren el tumulto, las voces extrañas, los villancicos desafinados? ¿Y si son como tú, amantes del silencio y de la observación?

Tal vez los demás piensan, como en la canción de la gaviota de Senante, que "no te consigues habituar a esta manera de vivir y ya te invade la añoranza". Pero no. Eres un animal de los antiguos que, además, conserva un tercer ojo en la frente, símbolo, dicen, de una sabiduría especial. Sé que te adaptarías fácilmente a vivir en esta costa norteña de mi isla, cerca de las olas y de la luz del sol, alimentándote de tabaibas y tarajales. Y que, quieto en lo alto de un cardón, mirando el mar infinito y respirando el aire de un océano que te es familiar, te pasarías las horas como quien solo tiene pensamientos dulces. Hasta cara de filósofo te veo.

Estoy segura de que es otra forma de pasar una navidad feliz.

(La imagen la hizo mi amiga María Victoria Tejera en Bajamar el día 10 de diciembre)


lunes, 16 de diciembre de 2019

Mujeres de este planeta




Fernando El Pariente era un pescador de La Graciosa que presumía de ser el único graciosero que había nacido en La Playa bajo El Risco. El Risco es el Risco de Famara en Lanzarote, ese farallón impresionante que, protector, vigila desde enfrente a La Graciosa. Antes, las mujeres de los pescadores, después de pasar El Río que separa las dos islas, subían por esa pendiente a vender o a cambiar por otros productos en Haría los pescados frescos que sus maridos o padres pescaban. Y luego (como ven en la imagen) regresaban por el mismo camino cargadas de papas, verduras, granos, aceite y todo lo que en su isla no había.

La madre de El Pariente se puso de parto justo en La Playa bajo el Risco. Allí, atendida por las otras mujeres y acunada por el ruido eterno del mar familiar, dio a luz un hermoso varón. Luego, se repuso un poco, lo dejó en los amorosos brazos de una de las chicas más jóvenes y cogió su carga, se la puso en la cabeza y, hala, allá que se fue a vender la pesca. A la vuelta, con la nueva carga, recogió a su niño y volvió a La Graciosa a recibir los parabienes y sin pensar que había hecho algo extraordinario. Y de hecho a mí esa historia tampoco me extraña nada porque, cuando yo tuve a mi hijo en un parto un poco difícil que me dejó unos días un poco debilucha, Paca, la mujer que venía a ayudar a mi madre en la casa, me echó un sermón terrible, diciéndome que era una floja gandula y que ella, el mismo día en que tuvo a su hija, ya estaba por la tarde lavando a mano un quintal de ropa que le habían encargado. ¡Así se las gastaban las mujeres de antes...!

¿Eran mujeres de otro planeta? ¿O es que ahora hemos perdido fuelle? No. Es verdad que en La Graciosa afortunadamente ya las mujeres hace tiempo que no se pegan esas pechadas risco arriba y que pueden permitirse un día relajado mirando romper las olas en la arena dorada. Pero nunca han dejado de trabajar. Y como ellas, todas las mujeres trabajadoras que conozco, que no paran. Y hasta las jubiladas como yo, en esta época navideña, después de ajetreados días hechos de compras-preparación de comilonas-cuidado de nietos, acabamos agotadas como si hubiéramos subido el risco, con ganas de coger la cama y suspirando por un día ¡un solo día!, libre como el viento, sin cosas por hacer.

" No es cierto -cuenta Ángeles Caso en un artículo de hace años- , como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida...". Nosotras somos las nietas de aquellas mujeres luchadoras y valientes que trabajaban tanto como los hombres y que además lo hacían sin grandes aspavientos: lavando ropa, hilando, arando, cuidando niños, inventando artilugios, ayudando a parir, vendiendo pescados aunque haya que subir riscos... De sexo débil, nada de nada. Que lo sepan.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Un árbol como Dios manda




Como todos los años esta semana he hecho el árbol de Navidad. Compré un abeto natural el martes y este fin de semana, que he estado más libre, me puse la gorra roja con la borla blanca a ver si se me pegaba algo de la ligereza de los elfos de Papá Noel y me metí en faena. No se me pegó nada y tuve el salón un par de días patas arriba pero poco a poco lo monté. Afuera llovía y había frío, pero dentro el fuego de la chimenea y la música de los villancicos clásicos aportaban calor al cuerpo y al espíritu.

Primero puse los adornos de cristal nuevos de este año y después los que he ido trayendo cuando voy de viaje por ahí, y los dos corazones de plastilina con los nombres de mis hijos que me hizo mi hermana cuando nacieron y las bolas que mi amiga Conchi hace y que son únicas. Y por supuesto, parte de los adornos que en 48 años desde que tuve casa propia he ido reuniendo. Es mi opción, un abeto tradicional como el que sembró San Bonifacio allá por el siglo VII, equiparándolo a la vida y a la eternidad, y natural como a mí me gusta, que adorne y perfume mi casa durante este mes de la Navidad.

Y ya sé que hay otras opciones y las respeto. Es mucho más sencillo tener un abeto artificial y sacarlo de la caja al principio de diciembre y volverlo a plegar y meter después de Reyes. Sin tener que estar llamando al vivero un día sí y el otro también para saber si ha llegado o lo han subido del muelle, sin cargarlo en el coche a duras penas, sin estar buscando macetas, clavos y piedras para sostenerlo, sin plantearte qué hacer después con él... Tener un árbol artificial es la opción más fácil, pero no estoy de acuerdo en que sea la más natural.

Mi amiga Ani tiene dos hijos amantes de la naturaleza que la han convencido de que un abeto natural es un crimen contra natura porque no se deja crecer al árbol y que, por eso, debe comprar un abeto artificial. Pero para mí lo que es contra natura es lo artificial, los miles de árboles de plástico que vi también esta semana en los bazares chinos que están cerca de mi casa.

Yo amo los árboles, símbolos de sabiduría y permanencia. Recuerdo el poema de Juana de Ibarbourou: "Yo duermo en un árbol. / Es un árbol amigo del agua, / del sol y la brisa, del cielo y del musgo, / de lagartos de ojuelos dorados / y de orugas de un verde esmeralda.". En casa hemos sembrado muchos árboles frutales y también un drago, una palmera y un falso pimentero que hacen amable mi entorno. Sé que los humanos somos anécdotas en sus vidas (el naranjero que da nombre a la casa de los abuelos de mi marido tiene casi 200 años y ha visto pasar a muchas generaciones) y que lo deseable es no interferir. Peto la opción es peor ¿Se imaginan un mundo solo de plástico, no tener camas, sillas, mesas, puertas... de madera sino de plástico? En Suecia vi campos en los que se crían abetos de Navidad y campos de árboles madereros destinados al consumo humano. Nada más talarse un árbol se planta otro porque los árboles son el pulmón de la Tierra y nadie desea que esta sea un desierto.

Cuando dentro de un mes, el 7 de enero, termine la Navidad, mi árbol será quemado y convertido en cenizas que se verterán en el compost de la huerta. Junto con los restos de otros vegetales y la palomina de las palomas abonará al resto de los árboles que es, según el ciclo biológico, una manera de seguir viviendo. Y entretanto, cada vez que pase por el salón, no podré evitar una sonrisa cuando, entre tanta estrella falsa, vea un árbol de verdad, como Dios manda. Qué quieren que les diga, me encanta la Navidad.


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