lunes, 27 de junio de 2016

Un cuento del futuro




"Había una vez una criatura monstruosa y letal, llamada Nicotina, que, despertada y manejada por hombres despiadados, se infiltraba entre las gentes y les quitaba la voluntad y la vida. A cambio de dinero, el monstruo repartía sus infinitos dedos entre las personas, que los quemaban y aspiraban sin darse cuenta del veneno que encerraban. Y así pasaron muchos años en los que cada vez más la humanidad enfermaba mientras los despiadados engordaban sus fortunas. Hasta que llegó el día en que los hombres cayeron en la cuenta de que el tributo que pagaban- enfermedad, molestias, dinero, dependencia- no compensaba el efímero y cada vez más adictivo placer, y se fueron apartando poco a poco y con gran esfuerzo de Nicotina. Tras una lucha larga y feroz, en el que muchos cayeron pero otros muchos la vencieron, llegó el momento de dormirla para siempre y de hacer de este mundo un lugar más sano y más libre".

Así podría ser un cuento del futuro, aunque todavía no lo es. Muchos de nosotros crecimos en un mundo de humo. En mi casa, casi todos -mi padre, mis tíos, mis primos, mi hermano...- fumaban, y mucho. Era el tiempo de Sarita Montiel y su "Fumando espero al hombre que más quiero tras los cristales de alegres ventanales y mientras fumo mi vida no consumo...", que todo el mundo cantaba sin fijarse en la mentira de ese "mi vida no consumo". Era el tiempo del jinete de Marlboro, mirando las anchas planicies del oeste, mientras se fuma un cigarro al fin de la jornada, para engañarnos con la unión cigarro-vida sana-descanso del guerrero. Era el tiempo en el que Clint Eastwood o Humphrey Bogart no se quitaban el cigarrillo de la boca, o en el que, cuando la actriz principal de una película iba a fumar su pitillo (a veces con una larga boquilla para darle más glamour), aparecía la mano del galán (o de dos galanes) con un mechero para encendérselo ¡oh, oh, ligue a la vista! Y todo gracias al insidioso monstruo.

Cuando yo estudiaba, todos las residentes en mi Colegio Mayor, menos yo, fumaban. Aunque claro, aunque no lo sabía, yo también fumaba. Mi ropa, mi pelo y supongo que también mis pulmones estaban impregnados del humo del tabaco. En clase, profesores y alumnos fumaban y, hasta si ibas al médico, no era raro que la ceniza de su cigarrillo te cayera encima mientras te auscultaba y te decía: "Diga 33".

¿Por qué empezaba a fumar la gente? Por sentirse mayor cuando eres adolescente, me decían; por tener algo en la mano (que ya podían tener un lápiz, digo yo); por romper el hielo con alguien que te interese (¿fumas, vida?); por sentirse parte de una comunidad y no el bicho raro; sobre todo, porque aunque la primera calada no suele gustar, luego en las siguientes Nicotina te capta y crea adicción. Y es el momento en que sus tentáculos te agarran tan firme que ya no te ves sin un cigarrillo en la mano.

He conocido la lucha de todos mis amigos por zafarse de la presa. Y casi todos lo han conseguido (hasta Lucky Luke cambió su eterno cigarrillo por una ramita). Ahora, cuando hacemos una fiesta en casa, ya no hay necesidad de tener al día siguiente todas las puertas y ventanas abiertas para que se vaya el olor pestilente y entre, desde el huerto, el aroma del tomillo y el azahar, limpiando la atmósfera. Ya no vacío, después, ceniceros repletos de colillas. Ya todos los que lo han conseguido me dicen que no se han arrepentido nunca, que no tosen por las mañanas, que pueden saborear mucho mejor los alimentos, que sienten el aire fresco oreándoles los pulmones, que tienen la piel más suave, que aspiran olores olvidados...

Desgraciadamente, algunos de mis seres queridos perdieron la batalla, y en este momento uno  de ellos está peleando por su vida con los pulmones destrozados. Por eso, mi escrito de hoy va dirigido a aquellos que aún están a tiempo de librarse, para que lo hagan ya y recobren su libertad y su vida. Y para que la humanidad derrote de una vez por todas al monstruo y a los despiadados y haga realidad presente ese cuento del futuro.

(Para Ani, Agur, Marisita...)

lunes, 20 de junio de 2016

Dominando los finales




El domingo pasado, en la Romería de Guamasa, a la que hospitalariamente nos invitan cada año Mingo y Marian, contamos con la compañía y maestría de un amigo llegado de Venezuela, Leonardo Quijada, que nos alegró la tarde. Leonardo es un virtuoso del cuatro, ese pequeño instrumento de cuatro cuerdas que suena como la brisa en la ribera del Arauca vibrador. Cuando lo toca, ni se le ven los dedos pero la música fluye, serena y alegre, acompañando a las guitarras y timples, como si siempre hubiera estado ahí.

En un momento de esa tarde memorable, nos hizo gracia su teoría de los finales. Él, que está en una orquesta en Caracas y que sabe mucho de eso, nos dijo que si terminábamos las canciones arriba, en notas altas, y como si nos fuera la vida en ello, el éxito estaba garantizado. Lo comprobamos repetidas veces y ¡oye, es verdad!. No es lo mismo terminar, por ejemplo, "Amalia Rosa", cantando, como quien no quiere la cosa, "esa es la que yo me llevo por ser la más buena moza" (todo el mundo pasando) que terminar con "¡¡¡esa es la que yo me llevo por ser LA MÁS BUENA MOOOOOZAAAA!!!" (aplausos encendidos y enfervorizados).

Dominar los finales es una buena táctica en la vida. Manuel Rivas comentaba hace un par de años que una eurodiputada, Carmen Fraga, que nunca hizo nada mencionable en los 20 años en el Parlamento Europeo, se despidió diciendo: "Llevo aquí más años que la orilla del mar", y ese adiós la consagró. Por eso me gustan tanto los buenos finales de las historias. En las películas, ese "Nadie es perfecto" de "Con faldas y a lo loco", ese "Después de todo, mañana es otro día", de "Lo que el viento se llevó", ese "Este es el comienzo de una hermosa amistad" de "Casablanca"...

O en los libros. García Márquez es un maestro de los finales: el "Mierda" de "El coronel no tiene quien le escriba", el "Toda la vida" de "El amor en los tiempos del cólera" o el de "Cien años de soledad": "...todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Me gusta el final melancólico de "Memorias de Adriano" de Yourcenar ("Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos"); el final resignado y aliviado, después de 7 libros de violencia y magia, que J.K.Rowling nos brinda en las historias de Harry Potter ("La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerle. No había nada de qué preocuparse"). Y por supuesto, el final, irreal y gastronómico, de todos los cuentos: "Y fueron felices y comieron perdices".

Dado que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar (qué hermoso y salado final), propongo que, cuando ya fluyamos perezosamente hacia esa fusión con el todo, vivamos las últimas etapas dando, como decía nuestro amigo Leonardo, la nota más alta: despedidas gozosas (como la de Truman en "El show de Truman"), momentos memorables de disfrute,  piruetas dignas de buenos equilibristas... Hagamos todo aquello que merezca un aplauso apoteósico.
Que no se diga que no dominamos los finales.



lunes, 13 de junio de 2016

El gozo en un pozo: la reválida




En el álbum familiar me he quedado contemplando esta foto que hoy les pongo al inicio. Está fechada el 16 de junio de 1962, hace 54 años, y en ella estamos mis compañeras de clase y yo en el Parque.No llevamos uniforme pero sí algún libro en la mano. Y lo que más me llama la atención es lo serias que estamos (¡qué cara de trastornadas!, dijo mi amiga Nievitas cuando la vio). Y eso que no nos dolía, como ahora, alguna parte del cuerpo y no nos sentábamos y levantábamos en un ¡ay! Todas veíamos perfectamente sin necesidad de gafas de cerca, conservábamos todos los dientes y no teníamos ni canas, ni arrugas ni michelines ¡Por Dios, teníamos 14 años! ¿Cómo no estallábamos en alborozadas carcajadas, bailando hasta una conga, celebrando ese momento gozoso de nuestra vida?

La razón es que veníamos de examinarnos de la reválida de 4º, de pasar ese miedo que Goscinny supo definir tan bien en "Asterix y los normandos": "Sólo de pensar en ello, me tiemblan las rodillas, me castañetean los dientes, sudores fríos cubren mi frente y se me hace un nudo en el estómago". Sólo que él con ese ello se refería a lo que sentían los normandos ante los cantos del bardo de la tribu, Asuranceturix; y para nosotras ese ello abarcaba los padecimientos de días anteriores, en los que estudiábamos como locas mucho y dormíamos poco, y el encuentro, en las aulas extrañas del Instituto, con aquellos profesores de chaqueta y corbata que parecían próceres de la patria subidos en el pedestal de la sabiduría (8 años más tarde serían colegas míos y ya no me parecerían tan imponentes, pero eso , en ese momento, yo no lo sabía).

Un examen, ya de por sí, es una prueba aterradora que todos odiamos. Un examen de reválida, en el que tenías que embutirte entre pecho y espalda los conocimientos reunidos durante 4 años, lo era mucho más. Y sobre todo porque estaba adobado, además, con bulos e historias de gente que nunca había aprobado y que siempre sería señalada como "el que no aprobó la reválida de 4º", con leyendas urbanas sobre lo que les hacían a los que pescaban copiando y con los temores de quedarte en blanco y no recordar nada de nada.

De nuestra reválida, aunque no me acuerdo de lo que nos preguntaron, sí se me han quedado en la memoria curiosamente dos momentos de duda. Uno fue en el examen de francés, en el que la traducción empezaba con algo así como "Huían como el viento los días de mis vacaciones de Pàques" ¿Qué sería ese Pàques? Para nosotros, que nunca llamábamos "vacaciones de Pascua" a las de Semana Santa, era un término desconocido. Como estaba con mayúscula lo dejé así, como si fuera el nombre de un lugar estupendo en el que el autor del texto se lo había pasado pipa en las vacaciones.

El otro momento de duda fue en el examen de latín, en el que nos pusieron en números romanos la cifra CCCC ¿Cuatro ces? Siempre nos habían dicho que sólo se podían poner tres letras: CCC, trescientos. Y que 400 se ponía CD ¿Qué hacer? Igual podría ser hasta una errata. Venciendo el temor de que me miraran severamente y me mandaran a callar, levanté temblando la mano y uno de aquellos terribles profesores vino a mi lado. Le comenté mi duda y me dijo que algunos autores lo ponían así, que pusiera 400 tranquilamente. Entonces, tapó una C con el dedo y me dijo: "Es que así, CCC, igual se confundían ustedes y traducían "Compañía Cervecera Canaria"", y me sonrió. Fue tal el alivio que sentí que, a partir de ese momento, todo fue más fácil ¡Eran humanos! ¡Y tenían sentido del humor! ¡Y a lo mejor a ellos tampoco les parecía bien esa tortura china a la que nos estaban sometiendo!

Quizás por eso, en la foto, a pesar de la seriedad, en mi cara (soy la que se apoya en la farola) aparece un atisbo -muy tímido, eso sí- de sonrisa.

lunes, 6 de junio de 2016

Pongamos que hablo de Madrid




Ciudad de mis noches, 
del viento del pueblo,
de la resistencia, 
del "No pasarán",
¿qué hiciste en mi ausencia?
(Ismael Serrano, "Vuelvo a Madrid)

El regalo que mi marido me hizo este año por mi cumpleaños fue un viaje a Madrid. Madrid fue la ciudad de mis días y mis noches en aquellos años de universidad, en los que por primera vez salí de la sombra protectora de mi casa y de mis padres. Estos sitios que nos acostumbraron a movernos por el mundo, moldeando nuestras alas, marcan para siempre una impronta en la memoria. Y, cuando, como esta semana, volvemos, recibimos el abrazo amigo de una ciudad que llamamos nuestra.

La última mirada desde aquí
será saltar al cielo y ver Madrid
(Juan Sin Miedo, "La última mirada")

Encontramos Madrid igual y cambiada, reconocible y sorprendente. Y aunque, como decía Neruda, "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", sí lo son sus asombrosos cielos y ese aire intemporal, entre cosmopolita y pueblerino, que es su seña de identidad. Ahí está, ahí está, viendo pasar el tiempo (Víctor Manuel y Ana Belén, "La Puerta de Alcalá"). 

Es el Madrid que me gusta
y es el Madrid que me entrego,
es el Madrid que yo quiero
conmigo siempre llevar.
(Alberto Cortez, "Hay un Madrid")

Porque de lo que no cabe duda es de que hay muchos madriles. Está el de la Ciudad Universitaria donde viví 4 años dorados; el de Cuatro Caminos con sus tasquitas; el del exquisito Barrio de Salamanca en donde tuve mi primer trabajo; el Madrid de los Austrias con sus palacios y parques pero también con el recuerdo del pueblo que fue, allá por el Medievo; los barrios castizos de siempre, como Chamberí o Chueca; o los alejados y tranquilos, como Vicálvaro, en donde vivo cada vez que vuelvo... Todos forman el Madrid que yo quiero.

...Por el sabor que tienen tus verbenas, 
por tantas cosas buenas que soñamos desde aquí,
y vas a ver lo que es canela fina
y armar la tremolina cuando llegues a Madrid.
(Agustín Lara, "Madrid")

Ha sido un viaje gastronómico, porque hemos disfrutado de pescados fresquísimos como si hubiéramos estado a la orilla del mar, de cordero asado al estilo castellano, de los huevos estrellados de Casa Lucio, de un riquísimo arroz caldoso en una tasca escondida, de la carne de "El buey" al que siempre vamos, de tapas y cervecitas en donde se terciara.

Ha sido un viaje cultural, porque aunque no fuimos esta vez a ninguno de sus preciosos museos, sí visitamos la Feria del Libro, a la que no iba desde hacía cerca de 50 años; vimos una obra de teatro buenísima, "Si la cosa funciona" de Woody Allen; y nos hemos surtido, en las grandes librerías, de discos, libros y vídeos.

Ha sido un viaje etnográfico, de descubrimiento de rincones y gentes: las colas, larguísimas, en la Iglesia de San Antón, de "los heridos de la vida, los que están solos, los alejados de la Iglesia por las razones que sean"; las protestas de los vecinos porque dejan el barrio lleno de basura; la procesión del Corpus en Chinchón, todos de domingo, que me recordó cuando estrenábamos traje en nuestra infancia... Y sobre todo, las conversaciones. Hablé en Chinchón con un jubilado nostálgico sobre casas solariegas que él conoció espléndidas y ahora se están viniendo abajo. Hablé con Lucio, el de los huevos estrellados, que me dijo que él era el español más conocido en el mundo, más que el Rey o que Julio Iglesias. Hablé con César Pérez Gellida, uno de mis autores preferidos, que me puso una dedicatoria preciosa en su último libro, "Sarna con gusto". Hablé de política con los taxistas, de la vida con la señora que nos servía cada mañana los churros, y de libros con los que hacían cola conmigo en las casetas de la feria.

Pero sobre todo ha sido un viaje de encuentros con amigos queridos, de esos que han compartido conmigo un tiempo de mi vida, algunos allí en Madrid. Gracias, Esperanza y Mane, por la hospitalidad, por un cariño que tenemos guardado desde los 12 años y por esa tarde contemplando desde vuestra casa los tejados de Chueca. Gracias, Loque, mi querida Belén, por el rato tan bueno ante una merlucita largo tiempo pospuesta, por las risas y por la complicidad. Gracias, Michael y Nieves, que nos abrieron las puertas de su casa para disfrutar juntos de la conversación y de la final de la Copa de Europa. Gracias, Ana y Serra, mis amigos de siempre desde aquellos años madrileños en los que en un 600 nos creíamos los amos del mundo, por el reencuentro. Gracias también a Floren, mi querida compañera del Colegio Mayor, porque, aunque esta vez no pudimos vernos, sí hablamos, nos pusimos al día y sabemos que ya habrá otra visita a Madrid. Gracias a Miguel Ángel y Ana que nos acompañaron, a mi marido y a mí, en el viaje, y que nos regalan siempre su amistad y su humor. Y gracias a Toni, mi compañero en la vida, por un regalo de esos que se guardan en el corazón.

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.
(Joaquín Sabina, "Pongamos que hablo de Madrid")


Limpiabotas en la Glorieta de Bilbao
Ventana adornada para el Corpus en Chinchón
Procesión del Corpus en Chinchón
Aperitivo patriótico en el Retiro
Feria del Libro
El relojero de la Calle de la Sal
Dedicatoria de César Pérez Gellida en "Sarna con gusto"

lunes, 30 de mayo de 2016

¡Pon un dragón en tu vida!



En tiempos grises ¡pon un dragón en tu vida! No un dragón tipo Smaug, el de "El hobbit" de Tolkien, dormido en sueños de avaricia y violencia sobre un enorme tesoro; ni un dragón robadoncellas, como el que alanceó San Jorge; ni ninguno de esos dragones que más parecen reptiles asquerosos y perversos allá, en las entrañas de la tierra. No. Ya puestos a buscar fantasía, qué mejor que un dragón como Fújur, el que monta Atreyu en "La historia interminable" de Michael Ende, un dragón de la suerte con escamas de color madreperla, "criaturas del aire y del buen tiempo, de una alegría desenfrenada y, a pesar de su colosal tamaño, ligeros como una nubecilla de verano". O como Saphyra, sabia y divertida, la dragona de ojos azules que cautiva a Eragon en el libro de Christopher Paolini. O como Lung, de "El jinete del dragón" de Cornelia Funke, el dragón compasivo que se alimenta de luz de luna. Cualquiera de ellos puede dar color a la existencia y hacernos olvidar que tenemos que hacer la declaración de la renta, o que hay que ir a votar otra vez o cualquiera de las cosas absurdas y majaderas con las que uno entretiene sus días.

Este mes mi hija, Ana González Duque, publica su 6º libro, la segunda parte de "Leyendas de la Tierra Límite", dedicada esta vez a las Tierras Oscuras. Es la historia de un pueblo dividido por barreras infranqueables; de las decisiones que pueden cambiar el destino de un país; de las viejas pasiones de siempre dominándolo todo -la ambición, el ansia de poder, el miedo, el amor...- y dibujando, sin embargo, un mundo diferente con su propio lenguaje y sus distintas razas: las physii, hermafroditas de cabellos de Medusa, para las que los sentimientos no cuentan; las seheyilth, la raza de asesinos que habitan la Ciudad Cambiante; las Sanadoras, que poseen un Don poderoso; los Guerreros del Alba; los Ladrones de Almas... Y, por supuesto, como toda novela de fantasía que se precie, los dragones. Hay un viejo Rey dragón de ojos insondables que arrastra una historia de amor truncado; hay un pueblo de dragones, los Draco, que vive desterrado en los pantanos después de una vergonzosa rendición; y hay un joven dragón, Zack, con alas transparentes y escamas irisadas en azul, que cambia de forma y a veces es el rey de los cielos, y a veces, un inseguro muchacho pelirrojo.

No sé por qué me gustan tanto los dragones. Quizás es porque vivo en la tierra de los dragos, los árboles que guardan su recuerdo. O tal vez porque alguna vez habitamos en un mundo donde la magia es posible y  siempre hay un buen momento para sumergirnos en ella, en un libro de fantasía. Un libro como éste en el que, como el de "La Princesa prometida", hay "esgrima, peleas, tortura, venganza, gigantes, monstruos, persecuciones, fugas, amor verdadero, milagros..."Y dragones.

(Víctor Conde, Premio Minotauro de Fantasía, presentará el libro de Ana el 10 de junio a las 5,30 de la tarde en la Librería Lemus, Avda de la Trinidad, en la Laguna. Si tienes un ratito, pásate por allí)
(Ah, y el libro puede leerse sin haber leído la primera parte)


lunes, 23 de mayo de 2016

La bacinilla de oro

Wáter en Uddevalla, Suecia. Daba gusto sentarse entre tanto libro
¡Mira que los seres humanos somos rebuscados a la hora de hablar y de jugar con el lenguaje! Tan pronto proferimos palabrotas salpicándolas en la conversación como quien siembra margaritas, como embellecemos o disfrazamos toda aquella palabra que pueda incomodarnos, asustarnos o simplemente aburrirnos ¡Ah, los eufemismos ("hablar bien")! En este uso cosmético del lenguaje los usamos para todo, pero particularmente a la hora de referirnos al sitio en el que hacemos nuestras necesidades más primarias. Eufemísticamente hablando, al wáter o retrete.

¡Y con toda la razón! Resultaría muy feo que, cuando -un suponer- nos invitaran al palacio de Buckingham y nos diera un apretón o tuviéramos una necesidad, le preguntáramos al mayordomo que dónde está, please, el cagadero o meadero. Mucho mejor embellecer el término, que luzca bonito y que no parezca lo que realmente es.

Y así empezamos a decir letrina (que viene del latín latrina, baño), excusado (mi marido recuerda que su abuelo lo llamaba así), y retrete, que era el nombre que usábamos cuando niños. Significó desde el siglo XV "aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa" y, en principio, era un término muy poético, no en vano aparece en un comentario a San Juan de la Cruz que habla del "retrete interior del espíritu". Pero parece que tampoco nos pareció muy fino porque sucesivamente han ido apareciendo tocador, toilette (los extranjerismos son muy socorridos), cuarto de baño, aseo, lavabo, inodoro, servicios o water-closet (WC) (cuartito provisto de agua), que recortamos a wáter. 

De todo este tejemaneje de palabras que han proliferado para designar uno de los lugares más frecuentados por el ser humano me he enterado por un librito delicioso, que leí hace poco, de José Antonio Millán titulado "El candidato melancólico". Pero todavía hay más. Las monjas de la Asunción en aquellos tiempos de nuestra infancia enseñaron a decir a sus alumnas que, cuando quisieran ir al wáter, pidieran sortir, salir en francés, Pero ellas, identificando la acción con el lugar, terminaron llamando sortir al retrete ("Madre ¿puedo ir al sortir?"). Mi amiga Ani, que trabajó en el Ayuntamiento, me cuenta que allí lo llamaban "la depositaría". Otros nombres más de andar por casa fueron pipiroom (que ya es cursilada) o Wenceslao Cabrera (por lo de WC). Y hasta Agatha Christie en "El tren de las 4,50" se refiere a él, crípticamente, como arriba, cuando  Miss Marple monta una escena con su amiga Elspeth y le pide que vaya al wáter en un determinado momento:

- ...lo que yo te digo, Juana, es que todo parece muy extraño.
- No tiene nada de extraño- dijo Miss Marple.
- Bueno, a mí me parece que sí. Llegar a la casa y preguntar casi inmediatamente si puedo... ejem... ir arriba.
- El tiempo está muy frío -indicó Miss Marple- y, después de todo, puedes haber comido algo que te ha sentado mal y... en fin... puedes necesitar ir arriba. Quiero decir que estas cosas suceden. Recuerdo a la pobre Luisa Felby, que vino a verme un día y tuvo que ir arriba cinco veces en menos de media hora. Aquello fue un pastel de carne de Cornualles que salió malo.".

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que las palabras encierran realidades y que, por mucha cirugía estética que se les haga, la realidad siempre está ahí, inamovible. Los wáteres, retretes, excusados, etc, etc.,, están para lo que están y a ellos se va a lo que se va. García Márquez lo dejó clarísimo en "Cien años de soledad":
"... de verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha heráldica, pero lo que tenía dentro era pura mierda...".
Pues eso.

lunes, 16 de mayo de 2016

Con flores a porfía




El mes de mayo en mi colegio era especial. Se hacían misas de gala, procesiones internas por el patio, ofrendas florales y cántigas varias, entre las que estaba la de "venid y vamos todas con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es". Esta canción nos llenaba de perplejidad por la intriga de quién sería la tal Porfía. Yo estaba convencida de que si María era nuestra madre, Porfía sería nuestra tía, por lo menos.

Pero de todo ello, lo que nos ha quedado impreso en la memoria  es la idea de que mayo es el mes de las flores y de que no hay nada más precioso que una flor, por más que nos puedan tachar de cursis y de antiguos.

Recuerdo el verano de mis 7 años en que descubrí la devoción que se puede tener por las flores. Estaba en La Palma con mi abuela y mis tíos. En la casa de al lado vivía un señor llamado Don Elías que tenía un jardín. Era un jardín "para aquellos que aprecian las glicinias y el sol", como el de "Un abril encantado" (Elizabeth von Arnim). Mi primo Mingo y yo nos sentábamos muchas mañanas en uno de los muros y nos extasiábamos contemplando a Don Elías trajinar, injertar, plantar, regar, podar y cuidar con esmero miles de flores que caían por los bancales como cascadas de colores. A veces nos dejaba ayudarlo y allí conocí las rosas, los mimos, los geranios, los gladiolos, las hortensias, las margaritas... Y sobre todo, los pensamientos, sus flores preferidas, que tapizaban, coloreaban delicadamente y perfumaban casi todo el jardín. Cuando terminó el verano, mi abuela se mudó y no lo volví a ver nunca más, pero, a pesar de que han pasado más de 60 años, cada vez que veo pensamientos me acuerdo de Don Elías y de la pasión que su jardín le inspiraba.

Después no he conocido a nadie así, jardineros de vocación, personas que viven por y para su jardín, con una sensibilidad especial para saber transformar un trozo de terreno en un espacio lleno de belleza y luz. Pero, aunque no en la vida real, sí me los he encontrado en la literatura.

Por ejemplo, Mr. Chance, el protagonista de "Desde el jardín" de Jerzy Kusincski, un hombre que ha pasado toda su vida encerrado en una casa cuidando del jardín. No conoce ninguna otra realidad y toda su visión del mundo, y por tanto su lenguaje, se reduce al ciclo vital de árboles, arbustos y flores. Cuando por fin conoce lo que hay más allá de los muros de su jardín, todo lo interpreta a través de lo único que conoce, la jardinería, pero los que lo oyen creen que está hablando con sabias metáforas. Si le preguntan por la crisis económica del país él dice: "En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el verano. Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien". Y los deja a todos con la boca abierta ante tanta sabiduría.

Otro es Lord Emsworth, el dueño del Castillo de Blandings, que es descrito en las novelas de P.G.Wodehouse  de esta manera: "Cincuenta y pico de años de placidez serena y tranquila habían dado a Lord Emsworth el aspecto extraño de una persona cubierta de musgo. Pocas, muy pocas cosas, podían sacarlo de su tranquilidad". Pero incluso las personas más tranquilas pueden tener pasiones y la de lord Emsworth eran las flores. Miren, por ejemplo, su visita a una floristería: "El florista era una persona simpatiquísima, perfectamente informada en el asunto de los acebos y tan dispuesta a dar informes sobre delfinias, aquileas, coleopsis, eringias, altramuces, bergamotas y pasionarias, que lord Emsworth se abandonó completamente a aquella fiesta de la imaginación y a aquel desahogo del alma (...). Dos veces llegó hasta la puerta y dos veces volvió atrás para oler las flores y decir algo que había olvidado respecto a la Clematis gigante. Finalmente, con una última y ardiente mirada hacia atrás, se marchó de aquel paraíso...".

De todas formas, aunque sin la vocación jardinística de un Don Elías, de un Mr. Chance o de un Lord Emsworth, sí hay mucha gente que ama las flores y que, si puede, tiene un jardín. En el mío este mes, con sus campanas blancas y rojas han florecido los amarilis que plantó mi madre hace más de 20 años; el jazmín perfuma el rincón de la escalera; las rosas de pitiminí, en ramilletes amarillos, se han abierto todas a la vez, haciendo la competencia en colorido a las buganvillas- blancas, naranjas, moradas- en las que casi no se ven las hojas verdes; cuelgan los mimos y los claveles de aire; y las calas se alzan orgullosas, anunciando que ha llegado mayo y con él, esta primavera atrasada.

Ya, ya sé que hablar de flores en estos tiempos tan materialistas puede ser considerado una cursilada. Pero díganme la verdad: ¿Quién dice que no a que te regalen un precioso ramo de rosas, o un centro de delicadas violetas, o una altiva orquídea, malva y blanca? Yo creo que a eso no se resiste ni la mismísima tía Porfía.