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lunes, 21 de abril de 2014

Cuéntame una noctalia




Así se llama -"Cuéntame una noctalia"- una deliciosa novela de Mónica Gutiérrez que me he leído hace poco. Habla de un pueblito de Transilvania, Mic-Napoca, de 323 habitantes y que ni siquiera figura en los mapas, una aldea de piedra gris al que vuelve la protagonista, Gracia Bratianu, tras dejar detrás una brillante carrera de cirujana en Londres.

Mic-Napoca es el pueblo de nuestros sueños, lo cual no quiere decir que sea perfecto -después de todo está ocupado por humanos. Pero unos humanos entrañables: un abuelo sabio que lee a los clásicos, un boticario cotilla, un locutor sui géneris que todas las mañanas retransmite en directo su boletín de noticias desde su pajar ("Os recuerdo que el señor Visi sigue teniendo las zanahorias de oferta..."), un niño que huele a natillas y en cuya sonrisa bailan los ángeles... O Teresa, la propietaria del Sinaloa, el café del pueblo, que conoce los gustos de cada uno aunque tú no lo sepas ("En el Sinaloa nadie pide, Teresa adivina").

Pero el verdadero protagonista es ese pueblo, arrullado por el sonido del río, que huele a aire limpio, a madera quemada en las chimeneas, a heno recién cortado, a pan... Con el horizonte de los Cárpatos nevados y el aullido de los lobos de fondo, el pueblo es el refugio al que los desorientados -Teresa, Lena, la propia Gracia- llegan. Es el hogar: "Tú naciste aquí -le dice Teresa a Gracia-. Tu infancia todavía corre por estas calles. cada una de estas piedras lleva grabados tus recuerdos y tu risa. Creo que podrías ser feliz en cualquier otro sitio. Pero sólo aquí es imposible que seas desgraciada.".

El mismo día en que la terminé de leer -con una sonrisa en los labios; es de esas novelas- , leí un artículo en una revista en el que se hablaba de Pekín. En Pekín, decían, es normal ir con mascarilla por las calles por la alta contaminación y los padres ricos llevan a sus hijos a guarderías con purificadores, cubiertas de burbujas hinchables, en un intento de que los niños respiren aire sano ¿Quién quiere vivir así? ¿No estaremos pagando un precio muy alto por la civilización? ¿A qué tendríamos que renunciar para respirar mejor, más bien para vivir? ¿No sería mejor poner un Mic-Napoca en nuestras vidas?

Cuando yo era pequeña, en aquellos tiempos en los que no había casi coches en Santa Cruz, nuestro médico de cabecera, Don Agustín Pisaca, le dijo a mi madre que nos llevara en el verano al campo, lejos de la contaminación y los calores de Santa Cruz. Mis padres alquilaron una casita en la Finca España (que, aunque parezca mentira ahora, entonces era el campo, con sus rebaños de cabras por las calles y sus huertas), y después vinieron veranos en Bajamar, Los Realejos, Los Sauces..., siempre siguiendo el sabio consejo de Don Agustín.

Y, en mi caso, cuando hubo que elegir un hogar, mi Mic-Napoca es ahora el pueblo donde vivo y la casa en las afueras en donde se criaron mis hijos, la Casita Blanca, como la llaman mis nietos. Es verdad que sólo pasan cinco guaguas al día y que colegios y tiendas están lejos, pero me despierto con el ruido del viento en los árboles y vivo en el silencio.

La "noctalia" del título se refiere a "los cuentos que se explican desde siempre alrededor de un buen fuego. Para que sea una verdadera noctalia, deben darse tres condiciones indispensables: que sea de noche, que haga frío y que todos los que están sentados escuchando estén cansados. Sólo así la noctalia da consuelo, porque siempre encierra un mensaje de esperanza. Como un faro, una luz cálida, para los que están perdidos y exhaustos, en busca del camino.".

Tal vez ya no quedan Mic-Napocas en este mundo de bocinas, polución y media locura. Pero las noctalias -y esta novela lo es- señalan el camino de los buenos sueños y enseñan "que el hogar está allí donde una desea volver al final del día".


(Para los que quieran descargarse la novela pueden pinchar aquí. No hay mejor autorregalo para esta semana del Libro)

lunes, 14 de abril de 2014

Historias de Los Sauces: la historia de Víctor




Víctor y los demás niños de Los Sauces estaban pasando por un lamentable estado de falta de liquidez. No es que se necesitara mucho dinero para pasarlo bien en el pueblo. Tenían los boliches, el fútbol, los baños en el Charco y todos los juegos que huertas y calles podían brindar. Pero, ah, estaba también el cine y eso era algo que no podían dejar de lado. Más cuando, para colmo, Juan Pulga a cada rato tronaba por el altavoz del cine anunciando las películas:
- ¡¡¡"Ahí viene Martín Corona"!!! El sábado en el cine Sauces gran estreno de la película "Ahí viene Martín Corona". Con Pedro Infante y Sarita Montiel. ¡¡¡"Ahí viene Martín Corona"!!!
¿Quién puede resistirse a tal llamado? Ellos, desde luego, no.

Bien es verdad que, en anteriores ocasiones, Víctor y sus amigos se habían colado audazmente, subiendo por el tejado de al lado, saltando al techo del water del cine y de allí al suelo. La maniobra les había salido bien una vez pero no contaron con lo endeble del techo del water y la siguiente vez que lo intentaron, cuando estaba pasando Adalberto, el techo del water se vino abajo y él cayó sobre el mismísimo Julián Marante, el dueño, que estaba en ese momento ocupándolo. El susto de ambos fue mayúsculo y ni qué decir tiene que Don Julián habló con cada uno de los padres y, aparte de que no pudieron sentarse en una temporada, las asignaciones se recortaron todavía más.

Fue entonces cuando, movidos por la urgencia de la situación, decidieron dedicarse a los negocios.

Empezaron vendiendo estampitas de santos, que recolectaban en sus casas o en la iglesia y enmarcaban "artísticamente" (Mariano era el que tenía mejor mano para ello), y que por una perra gorda ofrecían en las casas de Las Cabezadas, allá por Barlovento, lejos de los oídos paternos.

Pero pronto comprendieron que no era por la vía piadosa como se iban a hacer pudientes, no. Igual que Al Capone hizo con el alcohol, Víctor y sus amigos cayeron en que lo único que les iba a dar dinero era el vicio y pusieron sus miras comerciales concretamente en los cigarrillos Kruger.

Trabajosamente diseñaron la estrategia: invertir el escaso capital que entre todos reunieron en comprar los cigarrillos y luego vendérselos por media peseta más a Maruca la Recovera, que tenía una ventita al lado de las de Gregorio el Trajinero y de Eusebio el de La Jara (era algo así como el Centro Comercial de entonces), cerca de la Alameda. Pero su gozo en un pozo cuando Rafael, el marido de Maruca, les dijo que allí no vendían esos cigarrillos.

Más pobres que antes y con todo el capital invertido en una mercancía sin salida, los niños estaban desesperados ¿Qué hacer? Y debe ser que la necesidad aguza el ingenio porque entonces se les ocurrió una campaña de marketing impecable. Convencieron a amigos y hermanos mayores de que pasaran por la venta de Maruca como quien no quiere la cosa y preguntaran al marido: "Oye, Rafael ¿tú tendrás cigarrillos Kruger?".

Después de un par de días en los que le pidieron una docena de veces lo mismo, Rafael, en cuanto vio pasar a uno de los compinches (que se dejaban caer de tanto en tanto frente a la tienda), lo llamó y le dijo: "Mira, véndeme esos dichosos cigarrillos del otro día, que me los están pidiendo a cada rato".

Y así fue como aquellos niños -que el sábado siguiente contemplaban felices, desde su butaca pagada en el cine Sauces, a Martín Corona en su caballo- aprendieron, sin que nadie se lo hubiera enseñado nunca, la ley de la oferta y la demanda.



(En las fotos, el lugar en donde estuvieron las ventitas. En la foto inferior, se ven al fondo desde la Plaza. Eran los años 50-60, más o menos cuando Víctor y sus amigos se hicieron negociantes)

lunes, 7 de abril de 2014

Oleadas de pánico




Hace pocos días leí en el periódico el vaticinio que hace un filósofo americano (con pinta, además, de filósofo, un Hegel redivivo casi), llamado Dan Dennett: "Internet se vendrá abajo y, cuando lo haga, viviremos oleadas de pánico mundial". Dennett piensa que es cuestión de tiempo que la red caiga, que cualquier experto en el tema te dirá lo mismo y que nunca en la historia de la humanidad hemos sido tan dependientes de algo. Jamás.

¿Qué solución ve él ante este naufragio total que se nos viene encima? Estar preparados, dice. Que el cataclismo nos coja confesados.

Como los filósofos han sido los que me han dado de comer, yo les hago caso en todo, faltaría más. Así que en eso estoy ahora: preparándome, tomando conciencia del presente y buscando en el pasado los botes salvavidas que Internet arrambló ¿Qué depende de Internet? ¿Qué había antes?

Están los bancos, claro. En ese momento futuro, nada de ir con tu ClaveCard a esa ventanita mágica en la que pones un número y ¡tachán! ella te da dinero. Entonces ¿qué hacemos? No pasa nada, cuando yo empecé a trabajar nos pagaba un "habilitado" -en mi caso, Don Gregorio- que contaba cuidadosamente las 18.000 pesetas que cobrábamos (éramos cieneuristas), nos hacía firmar un papel y ya está. Así pues, volveríamos al habilitado y ¡más puestos de trabajo!

Está la cultura, que ahora se baja de Internet tan ricamente y así tenemos libros, música y películas gratis. Pero tampoco pasa nada, empezaríamos otra vez a ir al cine, desempolvaríamos el viejo tocadiscos, compraríamos discos de 33 revoluciones y libros de papel y los artistas verían recompensado el fruto de su trabajo.

Está el tema de mi blog, pero lo escribiría en hojas y con ellas haría un libro muy gordo que a lo mejor algún día alguien leería. La pena es que no tendría los comentarios de ustedes pero todo no se puede tener.

También el tiempo que hace lo conocemos ahora con tanta precisión que los antiguos chistes de meteorólogos no tienen ningún sentido. Los satélites nos transmiten corrientes marinas, borrascas y anticiclones, haciendo que sepamos sin ninguna duda cuándo se avecina una tormenta (o "se atormenta una vecina", como ponía hace un mes en el cartel de la autopista). Pero tampoco habrá problema. Sacaremos del baúl de los recuerdos al monje aquel que predecía el tiempo con un bastón o le haremos caso a la tía Juana, que sabía que iba a llover por el dolor de los juanetes.

La investigación sería de verdad, nada de poner en San Google, por ejemplo, "Homero, Iliada, primeros versos" y verlos aparecer en un pispás, no. Ahora tendrás que ir a una biblioteca, hacerte el carnet de lector, pedir el libro y leer con deleite lo de "Canta, oh Diosa, la cólera del Pélida Aquiles, cólera funesta...". Y, si quieres saber más del caballo de Troya, de Patroclo, de Héctor, de la bella Helena, de Schliemann...hale, a leer libros y libros que te consumirán horas de tu tiempo pero que te abrirán, con tu esfuerzo, la mente a un mundo ya desaparecido.

Los viajes, ahora que los aviones ya no tendrán sofisticados mecanismos digitales, igual recuperarán el sabor de los antiguos trayectos oceánicos, tan largos que daba tiempo hasta a mantener un romance con Cary Grant (véase "Tú y yo"). Todo, como ven, serán ventajas sin Internet.

¿Y los teléfonos? ¿Volveríamos a las centralitas?... Un momento, un momento ¿No tendría móvil? ¿No tendría el guasap con los amigos? ¿No hablaríamos diariamente de recetas, de los nietos, de libros leídos, de lo que nos pasa? ¿No nos mandaríamos las fotos de las comilonas ("Hoy tocó comida basura ¡Qué rico!) y de los viajes ("Yo delante de la Giralda y olé")? ¿Y los chistes y chorraditas? ¿No tendré ese contacto cotidiano que sabe igual que una palmadita en el hombro? ¿No habrá nada de eso?

¡Cielos, me está llegando la primera oleada de pánico!

(La imagen es "El grito" de E. Munch)

lunes, 31 de marzo de 2014

Novia del viento




La novia del viento. Así llamaba Max Ernst a Leonora Carrington, pintora y escritora inglesa, un espíritu libre que no aceptaba moldes y que "nunca guardó la fachada", como dice Elena Poniatowska en su biografía sobre ella. 

También todos conocemos a gente así, que sabe lo que quiere y lo que no quiere, que supera prejuicios, o que, por ejemplo, se pone el mundo por montera y vende su casa de toda la vida, diciendo adiós a seguridades y rutinas, y se pone a construir otra en medio del campo (ya saben, permisos, proyectos, contratistas y toda la pesca), en busca de un viejo sueño. Gente que dice "no".

Que renunciar no es fácil, eh. Nos pasamos la vida acumulando obligaciones y compromisos hasta que llega ese momento supremo en que te planteas: "Pero ¿qué demonios estoy haciendo yo aquí?". Y ese es el momento de los noes.

No a los cuellos duros almidonados del uniforme de nuestra infancia; no a los cancanes; no a las fajas de nuestra juventud.

No a aquellas interminables clases de solfeo y piano, cuando es más que evidente que nunca serás Mozart.

No a los tacones de aguja ni a los zapatos en pico que nos comprimen los pies y no nos dejan saltar y brincar.

No a tener cargos o a hacer trabajos que no te aporten nada y en los que sólo consumes tiempo y energía.

No a leer libros por obligación (te lo digo yo que me vi leyendo "La fenomenología del espíritu" de Hegel)

No a ver, oír, gustar, sentir, vestir, lo que está de moda aunque no vaya contigo.

No a hacerte "selfies", léase autorretratos. Siempre hay alguien que te puede sacar una foto en la que milagrosamente salgas bien.

No a aceptar a tu lado a alguien  que no te acepte como eres, que te exija y no te dé..

No a las majaderías (las justas, como dice un amigo mío)

No a...

Porque estamos en tiempos en los que hay que tragar mucho y en los que las circunstancias te meten en carriles ineludibles, hay que reivindicar los noes y emular a las novias del viento.

Como a Tracy, por ejemplo.

Tracy fue la madre de una amiga mía americana, una persona encantadora de ojos azules y sonrisa de esas que iluminan días. A ella fue a la primera a quien oí decir eso de que a los hijos -tuvo cinco- hay que darles raíces y alas. Y ella también las tuvo. Cuando su marido se jubiló, vendieron todo, se compraron un barco y se dedicaron a navegar por esos mares, visitando a hijos y nietos , desparramados por el mundo. Siguió sus propias reglas y supo ver lo realmente importante de la vida, sin hacer caso de lo que llamaba "pequeñeces".

Tracy murió hace poco, a los 80 y largos años, aquí en Tenerife, lejos de su tierra natal, cuando pasaba un tiempo, ya viuda, con su hija. Salió con una amiga a una de esas comidas agradables en las que hablas de todo mientras saboreas un buen plato. En una pausa de la conversación, acercó una copa de vino a los labios, la saboreó, cerró los ojos y murió. Vivió como quiso y murió como quiso, como querríamos todos morir: celebrando la vida.

Eso es ser, por encima de todo, una novia del viento.

(La imagen es un detalle de "Los novios" de Marc Chagall)

lunes, 24 de marzo de 2014

Había una vez un circo...




"¿Qué proyectos tienes para tu vida?", preguntaba yo a mis alumnos del último curso de Bachillerato en ese primer contacto en el que empezábamos a conocernos. Había unos pocos que me decían "no lo sé", otros enumeraban un montón de posibilidades (que es otra forma de decir "no lo sé") y otros lo tenían clarísimo y me contaban su opción: arquitecto, mecánico de coches, actriz, médico, profesor... Muchas veces después me he preguntado si esos sueños se cumplieron o no. Y, si no lo hicieron, si fue para mejor. Por ejemplo, mi alumna Beatriz hace unos 20 años me dijo aquel día que quería ser piloto. Hoy, sin embargo, tiene un trabajo en el que nunca se le hubiera ocurrido pensar: trabaja en un circo.

Beatriz tiene los dos lados del cerebro en perfecto equilibrio: es creativa e intuitiva pero también ordenada y lógica. Sería -y eso es una sugerencia que hago a los políticos- una excelente gestora cultural. Estudió al final diseño y periodismo, ha estado en Etiopía trabajando en un orfanato (pero esa es otra historia) y también lo ha hecho en agencias de diseño. Pero el destino la llevó hasta el Circo "Gran Fele" de Valencia del que lleva desde hace años las relaciones públicas, aunque me cuenta que ha hecho de todo, desde vender entradas hasta recoger trajes.

El circo de Beatriz es pequeño pero lleva años de andadura. Es un circo como los de antes, sin animales (que a mí, por lo menos, nunca me gustaron. Me daban mucha pena, ahí encerrados y obligados por sus domadores a hacer un numerito que no les apetecía y a ponerse ridículos disfraces que mermaban su dignidad). Tiene payasos -cómo no-, números de equilibrio, malabares, escapismo, acrobacias, títeres... A mí me hace gracia de él, especialmente, la Feria de las Maravillas con su Barraca de Fenómenos de Madame la Parca ("Un descenso al Hades, al inframundo...", el miedo, en definitiva) y su Gabinete de Curiosidades  del aventurero Baltasar Poc que, en un carromato de finales del siglo XIX expone ¡objetos asombrosos! Allí está el cráneo de Cleopatra a los 12 años y el cráneo de Cleopatra a los 30, una huella del Yeti, un pelo de Rasputín, la cabeza de un basilisco o la auténtica navaja de Jack el Destripador con su propio autógrafo (que dice "Vayamos por partes...")

¿Por qué nos atrae tanto un circo? Nos hablan de él y se nos ponen soñadores los ojos y risueña la boca. Y es que todos tenemos un circo en nuestras vidas. Todos hemos estado debajo de una carpa emocionados y asustados por las piruetas de los trapecistas (en mi caso, por Pinito del Oro, tan espectacular), asombrados al ver a un mago serruchar en dos a una mujer o partidos de risa con los payasos. Y, si fuiste de los niños que nunca vieron un circo porque, por ejemplo, nunca pasó por tu pueblo -cosa rara-, seguro que de todas maneras el circo también forma parte de tu vida.

De los de mi edad porque crecimos con aquellas maravillosas películas llenas de colorido y oropel: "El mayor espectáculo del mundo" con James Stewart y Charlton Heston, el "Candilejas" de Charlot ("Una historia triste sucedió...") o "Lilí" (¡Ay, Lilí, ay, Lilí, ay, Lo!), en la que Leslie Caron hablaba con las marionetas de un atribulado Mel Ferrer y se enamoraba sin esperanzas del atractivo mago Jean-Pierre Aumont.

Y de los de la edad de los más jóvenes, como mis hijos, porque todos se criaron con el "¿Cómo están ustedeeees?" de Gaby, Fofó y Miliki, y el circo se colaba por todas las casas entre bocadillos de merienda y tareas del colegio.

Hoy Beatriz no vuela en un avión siendo la comandante González. Pero me da que no se arrepiente. En medio de proyectos de su circo, basados en el "Viaje a la Luna" de Verne y Méliès o en escuelas de circo, se la ve feliz en ese mundo donde cabe todo, "desde las cosas más científicas y sesudas hasta las mentiras más increíbles", desde el arte a la risa. Donde lo que tiene alas de verdad es la imaginación.

(Para Beatriz, por supuesto)


lunes, 17 de marzo de 2014

Ramos de olivos en el aire




Soy un olivo. Mi nacimiento en la vega murciana, muy cerca del río Segura, fue saludado con alborozo como corresponde a quien vale mucho. Los olivos lo sabemos. Somos regados, podados y abonados con mimo por los huertanos y cantados por los poetas. "Que todo sea ramos / de olivos en el aire", dijo Blas de Otero. Y también los demás nos admiraron y nos vieron soñolientos bajar al llano caliente (Lorca), y coloridos y rebruñidos, bellos y erguidos "bajo este azul cobalto / como un árbol silvestre espeso y alto" (Machado), o con la luna enredada entre las ramas (Emilio Prados). Aunque a mí, particularmente, me gusta lo que dijo Miguel Hernández, que nos conoció muy bien: "El olivo a tiempo sabe".

Porque es así. Los olivos nos preparamos con todo el tiempo del mundo para, con los años, dar ese aceite, perfumado y especial, que se derrama como oro verde y que casi se come, como dicen los entendidos. Y mientras, disfrutamos del sol, del aire que baja de la sierra y de esta tierra seca y polvorienta que tanto nos gusta.Y así vivía yo, confiado y feliz, entre otros olivos, sin saber que la vida tenía otro destino para mí.

Mi destino se llamó Gabriel. Es un murciano, de Lorca, que vive muy lejos de su tierra, en una isla canaria, pero que añora los campos en los que correteó en su infancia y que cada vez que viene nos mira y nos huele con deleite. Esta vez se fijó en mí y le dijo a su mujer, Carlota:

- ¿Y si nos llevamos este olivo? - tanteó.

- ¿Cómo lo vamos a llevar en el avión? -objetó ella, enumerando contras- Tiene más de medio metro, necesitaríamos un recipiente con tierra, pesaría un montón, igual nos ponen pegas... Además, son dos viajes, Alicante-Madrid y Madrid-Tenerife ¿No es demasiada lata?

Pero ustedes ya saben que ante un amor a primera vista no hay contras que valgan. Y así fue como me vi, en una bolsa de deportes llena de mi cepellón de tierra, camino de la incertidumbre.

El aeropuerto de Alicante es pequeño. Cuando llegamos sólo había dos vuelos programados esa mañana. Uno iba a Barcelona y el otro, el nuestro, a Madrid. En la sala de espera, antes de embarcar, Gabriel y Carlota decidieron irse a tomar un café. "¿Y el olivo?", preguntó ella. "Mujer, déjalo al lado del sillón, no vamos a estar arrastrándolo por toda la sala ¿Quién se va a llevar un olivo?", contestó Gabriel. Y allí me quedé, solo, mirando con curiosidad un ambiente tan distinto al mío. Creo que pensaba en ese momento "¡Estoy viendo mundo!", cuando noto que una señora extranjera, dos bancos más allá, me mira, mira alrededor, agarra mi bolso y se me lleva al avión de Barcelona. Asustado, la oigo hablar con la azafata contándole que dos pasajeros me dejaron olvidado. La azafata pregunta por el altavoz por el dueño de un olivo. Nadie responde. Y ahí fue cuando se armó el follón. 

Luego me enteré que Gabriel y Carlota estuvieron, angustiados, buscándome por todo el aeropuerto hasta que llegaron a quien sabía que los dos vuelos habían sido cancelados de momento, que los pasajeros del de Barcelona habían bajado protestando y que había un área acordonada, todo por culpa de un olivo sospechoso. Y me encontraron, temblando, rodeado de artificieros que me miraban con suspicacia, como si yo llevara en mis entrañas un arma de destrucción masiva ¡Yo, que desde que la paloma voló al Arca de Noé con una rama de olivo en en el pico, soy símbolo de paz!

Pasado el susto, ahora estoy en Tenerife, acostumbrándome  a inviernos suaves y a veranos que parecen primaveras. El primer año, agradecido a Gabriel y a Carlota, les di una aceituna casi tan grande como un melocotón. Pero, después de ese esfuerzo, llevo 4 años sin dar nada, preparándome, respirando el olor cercano y extraño del mar, aclimatándome a la soledad  y a la ausencia de los míos, y a esta tierra oscura y fresca. Con paciencia.

Ya saben, el olivo a tiempo sabe.

lunes, 10 de marzo de 2014

¿Me conoces, mascarita?




El ser humano es el único animal que se disfraza y que organiza unos pifostios tan aparatosos como el de los carnavales. Ahora que han pasado los ruidos y las furias, los pitos y las flautas, el chundatachún de estos, constato que un tema recurrente en casi todas las conversaciones que he tenido con los amigos es que estos carnavales ya no son lo que eran.

Yo no voy a entrar en si antes eran más divertidos que ahora (yo me he divertido como una mona en una fiesta de carnaval que organizó mi hermana este sábado de Piñata en que fuimos mi marido y yo vestidos de Zipi y Zape). Pero sí que he llegado a la conclusión de que hay grandes diferencias entre los dos.

En el carnaval de ahora la figura es la Reina del Carnaval y todos los demás seguimos su estela. No es que nos disfracemos con toda la parafernalia que ella arrastra -ese edificio de plumas, oropeles y colgajos que tiene que llevar ruedas, un motor o alguien que empuje porque si no, no hay quien lo mueva-, pero todo el mundo, imitándola, idea su disfraz buscando la originalidad. Semanas antes uno se va a los Chinos o a El Kilo a buscar material y en el día de la salida se viste y se pinta la cara esmeradamente con colores, brillos y lentejuelas.

En el carnaval de antes no había reina y la figura era la Mascarita. Se decidía en el mismo día qué te ibas a poner, buscabas todos los trapejos que pudieras en tu armario y en de la familia y amigos y te los ponías todos encima. El objetivo era que no te conociera ni la madre que te parió y que sólo se vieran los ojos (después de todo, poca gente mira a los ojos), así que llevabas antifaz o una careta que te cubrieran hasta el cogote, sombreros, guantes, sábanas..., hasta parecer un bulto ambulante.

En el carnaval de ahora vas a bailar y a reírte con los amigos, pero sobre todo a que te vean.

En el carnaval de antes también querías el baile y la diversión, pero, además, la mascarita iba a dar la lata. Armada con un abanico, un plumero, una escoba o algo similar, se metía con todo dios, daba golpes, vacilaba y con voz de pito preguntaba una y otra vez: "¿Me conoces, mascarita?". Más que a que te vean, vas a ver tú con qué incauto meterte.

El carnaval de ahora es de gran ciudad y un evento turístico al que vienen de todas partes del mundo. Es un megacarnaval en el que todo el mundo se disfraza, hasta mi pequeña nieta Julia que, en sus primeros carnavales, ha ido de panterita, chupa incluida.

El de antes era un carnaval de pueblo en el que todo el mundo se conocía. Sólo se disfrazaban las mascaritas. Bueno, y en Santa Cruz, Domingo el Mudo y unos pocos que se presentaban a concursos de mejor disfraz.

Pero hay otra gran diferencia más. En el carnaval de ahora, como pasa cada vez que nos reunimos los humanos, hay un montón de historias que podríamos contar. Pero estoy segura que de que sólo en el carnaval de antes puede pasar una tan deliciosa como ésta de Santa Cruz de La Palma que me contó mi pariente y amigo Enrique, al que le cedo la palabra:

Carnavales de 1965. Dieciséis años. Por aquel entonces nada de disfraz, sólo polvos talcos, que nos tirábamos según nos encontrábamos. Las mujeres que salían iban casi todas disfrazadas con máscaras. El carnaval se basaba principalmente en los bailes de salón y en las risas de las mascaritas.
Una vez cenado, me dispuse a salir para ir al baile del Casino. Mi madre me dijo que no llegara tarde, que se iba a acostar, puesto que estaba mala y le dolía mucho la cabeza. Yo me encontré con los amigos y nos dieron las horas en que no nos comíamos un rosco porque todo lo que andaba por allí estaba comprometido. 
De repente, hacia las doce de la noche, entraron y subieron por la escalera una docena de mascaritas, todas ellas saltarinas, divertidas y gritonas. Por sus formas, algunas eran jóvenes y otras no tanto. Nosotros, con el cubalibre en la mano, estábamos pendientes, más bien tensos, y nos movilizamos para sacarlas a bailar. Yo le hice el clásico gesto con la cabeza señalando la pista de baile a una que estaba algo alejada y que me miraba fijamente de vez en cuando. Bailó conmigo tres o cuatro piezas y descubrí que era una gran amiga mía, ya que sus bonitos ojos azules la delataron. Cuando me dejó, vino otra mascarita y me hizo gestos para ir a bailar. Estuvimos más de una hora bailando y yo de vez en cuando le preguntaba cosas para intentar saber con quién estaba. Ella se evadía con su voz falseada. No había forma. Eso si, yo estaba completamente seguro que era una amiga de mi amiga.
Cuando dieron las dos de la madrugada, la mascarita, con su voz natural, me espetó: "Pa casa que son las dos".
Era mi madre.     

¿Me conoces, mascarita?


(Dedicado a Enrique y a su madre, María Nieves, que el día 20 de marzo va a cumplir 98 lúcidos años)

(Las imágenes son de la Reina del Carnaval de este año, imagen de los Carnavales de ahora, y un grupo de mascaritas, imagen de los Carnavales de antes)