lunes, 2 de mayo de 2016

Madre coraje


Imagen de Claudia Trembay

Todas las madres deberíamos ser llamadas madre-coraje. Se necesita eso, mucho coraje, para decidir traer un niño al mundo y hacerte cargo de él durante toda la vida, incluso cuando son ya hombres y mujeres hechos y derechos. Un hijo es para siempre, y una no puede evitar, aunque ya vuelen por su cuenta, preocuparse por sus problemas, alegrarse con sus triunfos, aliviarlos en sus penas.

Pero las llamadas madres-coraje han tenido. además, que luchar contra circunstancias adversas que, lejos de acobardarlas, las han fortalecido.

Yo conozco a una madre coraje que, como todas ellas, ha tenido una existencia difícil. Se casó muy jovencita, antes de los 20 años, y tuvo cuatro hijos. Su marido, alcohólico, perdió por ello su trabajo y ella sacó adelante a todos (incluido al marido: "¿Cómo iba a dejarlo en la calle? ¡Era el padre de mis hijos!"). Por el camino lo perdió a él y también a un nietito. Pero lo que nunca ha perdido es la entereza ni la ilusión por vivir.

"Mi" madre coraje tiene ahora 80 años, pero aparenta muchos menos, como si la naturaleza la quisiera compensar con un cutis terso, unos ojos chispeantes y de largas pestañas y una sonrisa fácil (le pega esta imagen de Claudia Trembay que he puesto al inicio: una mujer mayor arropando bajo una manto de alegría a una joven). Es una persona extraordinariamente simpática y cercana, a la que todo el mundo quiere.

Se ha pasado la vida defendiendo lo que es justo y aportando sentido común  en las situaciones absurdas de este mundo. Hasta con el Capitán General fue a hablar una vez cuando comprobó que el calabozo del cuartel, en donde habían arrestado al hijo cuando hacía la mili, era infecto. Y no sólo consiguió que lo adecentaran, sino también cambiar el arresto -estar encerrado unos días mano sobre mano- por algo más productivo, como pintar paredes o arreglar jardines.

También en su Hospital (fue auxiliar de clínica) todos recuerdan el primer día en que llegó y se sentó en una silla cualquiera en la Sala de reunión. Pero, ay, esa silla era la que siempre usaba un médico jefazo y prepotente que quiso que se levantara inmediatamente ante la famosa frase "Usted no sabe quién soy yo". Lo que no sabía el médico era quién era ella. Como una moderna Rosa Parks, la trabajadora que se negó a ceder el asiento a un blanco en un autobús de Alabama, ella no se levantó y le espetó: "Usted es un trabajador de esta clínica como lo soy yo. Y esta silla no tiene nombre". Al final, fue el médico el que pidió disculpas y el que a partir de ese momento la saludó con respeto.

Los nietos, que la adoran, cuando oyen sus historias, le dicen que ella debería escribir un libro. Y ella dice que sí, que tiene mucho que recordar y mucho que contar, y que, en cuanto pueda (tiene también demasiado que atender), se pone a ello.

Este mes pasado ha muerto su hija. Y allí estaba en el velatorio, entera como siempre, consolando a hijos y nietos y agradeciendo a la vida por la hija tan bondadosa que tuvo.

Mientras hablábamos bajito, su mano entre las mías, me contó  que su paisaje preferido era el Teide y que, cuando muera, quiere que la incineren y dejen allí, entre retamas y lavas negras, sus cenizas. "Pero en un sitio por donde nadie pueda pasar, porque, si no me han pisoteado en vida, menos quiero que lo hagan muerta".

Y allí estará alguna vez, seguro, aunque espero que sea tarde. Cuando la miro, me acuerdo siempre de unos versos de mi abuelo el poeta, que dicen:
Como el Teide soy altivo;
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y es que ella, mi madre-coraje, es también como el Teide, bella y serena por fuera, pero en su interior y ante el mundo, vive el espíritu de un volcán.


lunes, 25 de abril de 2016

Viaje al pasado


Fuente del Monasterio de Poblet en la que los monjes se lavaban las manos antes de entrar al comedor

La semana pasada los dejé descansar sin mi habitual escrito de los lunes porque estuve por tierras catalanas en un viaje que, en muchos momentos, me pareció un viaje en el tiempo.

Hay viajes para ver y llenarte de sensaciones, hasta el punto en que te parece que ojos y oídos no van a poder abarcar todo lo que quieren. Y hay otros -como este último, por el Baix Camp (Reus, Tarragona, el delta del Ebro, la costa Daurada, la ruta del Císter...)- en que los ecos de voces y pisadas antiguas te llevan a épocas ya pasadas.

Anfiteatro y Vía Augusta en Tarragona
En Tarragona, la Tarraco romana, todavía parece oírse el correr de los carros por las arenas de un circo que, sepultado casi completamente por casas y calles, quiere de vez en cuando revivir con gritos de multitudes y sueños de aurigas. Un poco más abajo, los que recorren el trazado de la antigua Vía Augusta se asemejan a aquellos que lo hacían 2000 años atrás. Y las piedras, reutilizadas en casas y catedrales a través de los siglos, nos hablan, como testigos del vivir cotidiano, de los hombres y mujeres que poblaron y amaron estas tierras, a las que la caricia del Mediterráneo dota de afabilidad.

Monasterio de Poblet (mezcla de estilos en sus torres)
En Poblet, en ese maravilloso monasterio, morada última de reyes, el jardín del claustro, abierto y luminoso, tiene una simbología propia que los monjes jardineros han seguido a través del tiempo: en la parte derecha, la más cercana a la puerta, flores azules para significar la sociedad de fuera a la que han renunciado; en el lado de la iglesia las flores blancas representan la espiritualidad; en el de la cocina y el refectorio, donde los monjes comen en silencio mientras uno de ellos lee escritos religiosos, las flores son rojas porque están cerca del fuego y del calor de lo que han escogido como hogar; y en el lado de la Biblioteca, las flores amarillas simbolizan la inteligencia y la sabiduría. Es fácil en este recinto de hace nueve siglos, imaginar los rezos y la vida dura de los monjes del Císter, y oler incluso el humo de los libros quemados en su momento más negro, durante la desamortización de Mendizábal ¿No es posible, acaso, vislumbrar por el rabillo del ojo -y aplaudir- al fantasma de aquel monje, amante de los libros, que escondió en ese momento siete incunables para salvarlos del odio y la estupidez de los bárbaros?

Ventana del Instituto Pere Mata en Reus
En Reus -cuna de Gaudí- y en los pueblos de esta comarca, el sello de los arquitectos geniales del modernismo ("Vendrá gente de todo el mundo a ver lo que estamos haciendo") se ve por todos lados: en las casas y palacetes de los burgueses, en los proyectos ideados e inconclusos que recoge el Gaudí Centre o en el Instituto Pere Mata, el psiquiátrico para ricos que el arquitecto Lluís Domènech i Montaner ideó para la ciudad, con todas las comodidades y lujos posibles, que no oculta, sin embargo, la amargura y la sinrazón que se escondió entre sus muros.

El río Ebro encontrándose con el mar
Mientras recorro las fértiles tierras, las playas doradas, los últimos kilómetros del Ebro en el momento en que se une al mar, veo la obra de muchas manos a través del tiempo: de los pescadores del delta, de los payeses que cultivaban los campos, de los que plantaban los arrozales, de los carreteros que llevaban las mercancías a través de los caminos, de los zapateros, herreros, cordeleros, pastores..., que hicieron posible una vida basada en la tierra y el agua; y también, de las mujeres que cocinaban cocas, escalibadas y dulces de avellanas y almendras, y de los que, después de las cosechas, se reunían a celebrarlo.

Calle de Montblanc
En Montblanc, el pueblo medieval, "el de muros y cantiles, el de casas señoriales y las calles ancestrales, lugar de reyes y princesas, la noble villa ducal" ("Montblanquina" de Josep M. Poblet), las gentes preparan estandartes, gallardetes y banderolas de otros tiempos para revivir torneos y leyendas que nos pertenecen a todos, como la de San Jorge y el dragón. Y me siento en este viaje -pese a esteladas- parte de ellos y de esta humanidad que trabaja, reza, ríe, habla con el vecino, cocina y come con deleite lo cocinado, compite para ver quién cultiva la rosa más hermosa, se regocija ante lo bello y disfruta en las fiestas.

Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

lunes, 11 de abril de 2016

Liarse la manta a la cabeza


Petra Hartlieb en su maravillosa librería

Mi hija, que sabe cuánto me gustan los libros sobre libros, me regaló el mes pasado "Mi maravillosa librería" de Petra Hartlieb, una historia que me encantó. La autora habla en ella de las peripecias que pasaron ella y su marido cuando cambiaron de oficio, de ciudad y de manera de vivir para ser dueños de una pequeña librería: "Hemos comprado una librería. En Viena. (...) Hemos pujado, con un dinero que no tenemos, por una librería que está en una ciudad donde no vivimos. Y la hemos conseguido ¿Y ahora qué?". Ahora todo el mundo les dice que están locos (ellos también lo piensan así), pero, porque aman los libros, arriesgan, arreglan a su manera el local y se convierten en los libreros que ellos querrían para sí. Y a aquel primer día en que la puerta se abre "y empieza a entrar gente que no tiene la menor idea de que estamos a punto de derretirnos a causa de los nervios", le suceden muchos otros de continuo trabajo y de cero vacaciones, pero que les merece la pena. Petra y su marido, Oliver, irradian entusiasmo y goce por lo conseguido. Y su historia nos deja con una sonrisa en los labios porque habla de sueños cumplidos, de trabajar a gusto, de superar desafíos. y también de caer, de levantarse y de volver a caer para seguir luchando por conseguir lo que se quiere.

¿No tendría que ser esto -un trabajo en el que uno se sienta feliz y realizado- lo normal? Pienso en algunos casos de mi entorno familiar y de amigos -personas jóvenes y bien preparadas-, que van por ese camino y que me reconfortan.

Como Elena, que es licenciada en ADE, y que, después de 2 años en paro y de no encontrar un trabajo a su gusto, se ha embarcado con su amiga Cati en montar su propia asesoría. Han alquilado un local y el pasado enero lo abrieron, decididas a arreglarles la vida laboral, fiscal y contable a la gente ¿Problemas? Claro que sí, el primero, que después de acogerse a una Ley de mujeres emprendedoras, ahora no le dan la subvención prometida por la provisionalidad del Gobierno. Pero ahí están las dos, animosas y decididas a luchar contra los elementos. Y, por ahora, van para delante.

O como Liza, que es psicóloga, y que en una reunión se encontró con otras tres que no conocía. Y entonces una dijo: "Algún día montaré una consulta o algo así". Y las otras dijeron "y yo", "y yo", "y yo". Y entonces se miraron y se dijeron: "¿Y si lo hacemos entre todas?". Y desde hace 3 años el Centro de Psicología y Coaching Tenerife Sur "Arbona" funciona muy bien, demostrando que a veces solo hay que dar un pequeño paso para que todo empiece a ser.

Jackie y Sema lo tuvieron peor porque tuvieron que emigrar con los niños hace unos 4 años. Jackie es Licenciada en Inglés y Sema, aparejador, Pero como siempre se les ha dado muy bien la cocina, montaron en Utrech un restaurante al que llamaron -ahí queda eso- "La casita del mojo". Los problemas fueron miles (conseguir permisos, aprender el idioma, los colegios de sus hijos, el alquiler y arreglo del local...), Pero ahora, gracias a ellos, los holandeses saben lo buenos que son  el gofio escaldado, las papas arrugadas, el mojo picón... y también las tablas de ibéricos, las tortillas de papas, el arroz negro o los hojaldres con chistorras. Tienen siempre el local lleno.

Los más veteranos en su trabajo ideal son Michael y Nieves, economistas los dos, que -igual que los protagonistas de "Mi maravillosa librería"- dejaron hace 8 años unos magnífícos trabajos para montar su propia empresa, "Beruby". Yo la llamo una empresa de conseguidores, pero en realidad es un gran centro comercial virtual donde te reembolsan dinero cada vez que compras (y compras de todo: viajes, hoteles, modas, informática, ocio...). Michael me dice que cometieron todos los errores clásicos al principio, pero ahora tienen 14 empleados, mueven 25 millones de euros y tienen 3 millones de clientes en todo el mundo. En este momento están con un nuevo proyecto (Aprendoaprogramar.com) para niños entre 7 y 13 años ¿Y después? A disfrutar y a por otro reto.

Eduardo Sacheri, el último Premio Alfaguara de novela, decía hace poco en una entrevista que a los países los salvan las personas de a pie, no los gobiernos. Conectando con esa idea, Antonio Banderas en "El hormiguero" contaba que, en una encuesta a universitarios andaluces, el 75% hablaba de que su sueño era ser funcionario. En cambio en Estados Unidos, para el 75% de los universitarios preguntados, el sueño era ser emprendedores, es decir, dueños de sus propias vidas, Y Banderas concluía: "Con un 75%  de gente que quiere ser funcionaria no se hace país. Se hace país con gente que se la juega".

Y yo (como Hernández y Fernández, los de Tintín), aún diría más: aunque los funcionarios son necesarios, se hace país con gente que tiene ideas y pelea por ellas y cumple su sueño. Con gente que se lía la manta a la cabeza.

(Por si alguna vez las necesitan, la asesoría de Elena y Cati es LK Asesores en Ctra. Tacoronte Tejina, 19, Tacoronte.
El Centro de Liza y sus compañeras es Centro de Psicología y Coaching Arbona en C/ Modesto Hernández González, 3. Las Chafiras.
"La Casita del Mojo", de Jackie y Sema está en Utrech en una calle de difícil escritura pero que se encuentra en las redes.
Lo mismo para la empresa "Beruby" de Michael y Nieves. Hay abundante información (y hasta artículos de prensa) sobre su web)

lunes, 4 de abril de 2016

Una chica formal



Una de las cosas más divertidas de tener un wasap de amigas es ver al alimón un mismo espectáculo e irlo comentando. El último, la película de Rocío Dúrcal y Enrique Guzmán, "Acompáñame", que puso la tele el pasado Viernes Santo (y de la que ya les hablé una vez aquí). No es que la película sea una maravilla, ni que los actores nos volvieran locas, ni nada de eso. Pero está rodada en Tenerife, cuando todas teníamos 17 o 18 años, y nos tocaba muy de cerca: los paisajes, los extras conocidos, la Universidad, la Rambla...

- Esa que habla en francés, era en realidad una de 2º de Derecho, muy guapa.
- ¡Y ese del bañador azul, mi entrenador de baloncesto!
- ¿Oyeron? "Desde Tenerife, la hermosa capital isleña" ¡Toma ya! ¡Qué desconocimiento de estas islas, señor!
- La película no sólo es mala. Es tonta, tonta...
- Pues a mi me está gustando. Me encanta por los sitios en que se rodó.
- Esa escena final es en el Guimerá.
- ¿Seguro? Porque las barandillas de los palcos no son así.
- ¿Ustedes creen que, entonces, nosotras bailábamos así, como si estuviéramos boxeando?
- ¿Te imaginas hoy en día a alguien cantando que busca "una chica formal"?

Esta última pregunta me la hacía, desde Madrid, mi amiga Belén, que, aunque es mucho más joven, se apuntó al revival. Se refiere a la canción que canta Enrique Guzmán al principio y en la que dice que "aunque no sea fácil" tiene que encontrar una chica formal (y "aunque no sea rica, me tendré que conformar").

Las condiciones que la canción pone para alcanzar el grado ideal de formalidad son: "Quiero que tenga un aire inteligente (no que sea inteligente, fíjense, sólo que tenga el aire ¿?), que tenga clase y vista bien (nada de trapejos hippies: faldita por la rodilla y, si hay que ir a la playa, como Rocío en la escena de la piscina, nada de bikinis: bañador y con una blusita encima para que no se diga), que se distinga siempre entre la gente (y ¡ojo!) y que no sea muy yeyé".

El diccionario define la formalidad como "seriedad, manera sin bromas de obrar" ¿Eramos nosotras chicas formales? ¿Éramos yeyés, signifique lo que signifique eso? ¿Éramos tan pánfilas y antipáticas en nuestras relaciones con el sexo opuesto como Rocío Dúrcal en la película? Al final concluimos que la película no retrata en absoluto a las chicas de la década de los 60. Más que chicas formales, éramos chicas normales, con su punto de informalidad si hacía falta que para eso estábamos en la edad. Y en ese momento fuimos, además, todo hay que decirlo, protagonistas de cambios sociales profundos. La imaginación al poder.  

Y es que para chicas formales la generación anterior, las de los años 40. Entre los papeles de mi padre encontré una estampita de un Cristo con su corona de espinas y todo, fechada en el 41, en la que, según me dijo él, un amor de juventud le escribió lo siguiente (vayan a saber qué proposición deshonesta pudo haberle hecho mi padre a los 20 años que tenía él entonces, pero les juro que nunca he leído un rechazo tan formal):
"Ante la presencia de esta estampa, acuérdate de la muerte y di con San Gregorio: Inmenso es lo que seguirá sin término y poco es todo cuanto fuese. Y ¿cómo no sufrimos cuanto hay que sufrir en esta vida por no sufrir un solo tormento en la eternidad? Pues como dice San Agustín, "mejor es una poca de amargura en la garganta, que eterno tormento en las entrañas"; y nosotros digamos con los siervos de Cristo: muramos ahora a la carne, para gozar siempre los bienes eternos, y despreciemos lo que dicen los necios del mundo cuando exclaman ¡holguémonos ahora!".

Para que no piensen que me lo invento, les escaneo la estampita en cuestión, quitando el nombre de mi padre y de la interfecta, que ¡esa sí que era una chica formal!




lunes, 28 de marzo de 2016

¡Esto es mío!




Anda Julia, mi nieta de 2 años, apropiándose por la cara de todo lo que ve. Los cochitos que le regalaron al hermano por su cumple son "míos"; y son "míos" mamá y papá y el avión que pasa y la Peppa Pig de la amiga. Cuesta trabajo despegarle los deditos alrededor de cualquier nueva posesión a la que se aferra como una lapa, mandando gritos desesperados: "¡¡¡Mío, mío, mío!!!".

Algo parecido debe pasarle a una señora de Vigo, que se ha plantado ante un notario (al que le dio la risa) y ha reclamado el sol como propiedad exclusiva suya ¿Nos pedirá impuestos por el disfrute cuando caliente el sol aquí en la playa? ¿Planea parcelarlo y vender cachitos de sol? ¿O vender el derecho a ponerle nuestro nombre a una llamarada de sol, como sé que se hace con otras estrellas?

Cuando veo y oigo estas cosas me pregunto si será algo genético ¿Tendremos en nuestro ADN un gen de la propiedad privada? Porque en algún sitio tiene que sustentarse el artículo 17 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente".

 Y, sin embargo, Rousseau opina que no, que de genética nada; que andábamos todos como buenos salvajes en una especie de paraíso primitivo, cogiendo una frutita de aquí, una lechuguita de allá o recostándonos al sol en la roca que nos diera la gana, cuando a algún descerebrado se le ocurrió la idea de cercar un cacho de tierra y decir: "¡Esto es mío!". Y ahí empezó el pifostio al que hemos llegado: el Estado, el Derecho, las guerras, la Ley de la Propiedad, los Bancos, los registradores... Y a partir de ese momento, marcamos nuestros libros y posesiones, colocamos tarjetas con nuestros nombres en la puerta de la casa, ponemos vallas, registramos bienes, escondemos joyas y dinero, no sea que venga el caco Bonifacio, y reclamamos con pasión lo que pensamos que nos pertenece. Y todos queremos decir también: "¡Esto es mío!". Tengo un amigo que vive al lado del mar y me cuenta que, cada vez que se asoma al ventanal, abre los brazos a todo lo ancho queriendo abarcar la inmensidad del océano y, como mi nieta y la señora de Vigo, grita: "¡Esto es mío!".

Pero tal vez no deberíamos decirlo. En 1854 el Jefe indio Seattle da esta respuesta al Presidente Franklin que quería comprar para Estados Unidos las tierras de los suquamish:
"El Gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra (...) Pero... ¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros ¿Cómo podría alguien comprarlo? (...) Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la tierra. Lo sabemos muy bien. Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma...".

Esta es una carta que, aparte de abundar en imágenes bellas, parece sensata e invita a la reflexión. Si quieren leerla entera basta poner en Google "Respuesta del indio Seattle al presidente Franklin". O también pueden verla, si alguna vez vienen a mi casa, en mi biblioteca, y allí está también en alguno de mis libros de Ética, a los que he puesto en la página inicial mi nombre y mi dirección. Ya saben.

lunes, 21 de marzo de 2016

Una joven y una perla




De vez en cuando una se tropieza con una obra de arte tan bella que te seduce y te cautiva para siempre. Y eso es lo que me pasa a mí con "La joven de la perla".

La primera vez que me encontré con ella fue a mis 17 años en 1º de carrera y en clase de Historia del Arte. Don Jesús Hernández Perera, nuestro profesor, nos habló de Jan Vermeer, un pintor holandés del siglo XVII del que no sabíamos nada y que, sin embargo, es uno de los grandes. Sus cuadros, de una difícil sencillez, capturan la luz y la detienen en cualquier momento del día: una lechera vertiendo la leche, una mujer leyendo una carta, un oficial y una muchacha sentados y sonriéndose junto a una ventana, una dama de pie frente a una espineta... Y la joven de la perla.

Mírenla bien, iluminada sobre el fondo oscuro, la luz bañando en cascada la extraña toca, el cuello blanco, la perla central, el rostro puro y limpio de la joven, casi una niña ¿Qué vio el pintor en ella? Inocencia, candor, sin duda, pero tal vez también un algo inquietante en la mirada y en los labios entreabiertos. Belleza pura.

Desde entonces, se hizo un hueco entre mis cuadros preferidos, esos que no me importaría nada de nada que estuvieran en un rincón bien iluminado de mi casa: "Le moulin de la Galette" de Renoir, la "Noche estrellada" y los "Lirios" de Van Gogh, "El jardín de las delicias" del Bosco, "Los novios" de Chagall...

Vermeer es el pintor de Delft, un hombre inaprensible que pintó muy pocos cuadros, unos 35 en total que se sepa. Tuvo un montón de hijos y, tal vez por eso, problemas económicos a pesar de haberse casado con una mujer acomodada. Murió joven a los 43 años.



Siglos más tarde, en 1999, la escritora Tracy Chevalier, que también se enamoró de "mi" cuadro, investiga sobre Vermeer y su época y se inventa una historia sobre ellos. Ahora la joven de la perla tiene un nombre, Griet,  y es una criada de la casa con una especial sensibilidad para los colores. Por eso, el pintor se fija en ella, la escoge como ayudante y un día, como modelo. Y en esa relación entre los dos hay atracción, fascinación y quizás, amor.



En 2003, la novela se transforma en película. Un Colin Firth en estado de gracia hace de Vermeer, y la joven de la perla es una Scarlett Johansson, un poco jadeante para mi gusto, pero que responde al tipo y al encanto imaginado. Ahora, ante nuestros ojos, desfilan escenas de aquella Holanda de 1600 y pico, los trajes, las tabernas, el modo de vida de aquel entonces, recreado todo gracias al poder mágico del cine.



En 2007, en un viaje que hicimos a Holanda ¿cómo no ir a La Haya, al precioso Museo Mauritshuis, un museo pequeño como los que me gustan a mí? Allí está "La joven de la perla", un cuadro también pequeño pero que emociona y sobrecoge, como lo hacen aquellos sueños que se hacen realidad.

En ese momento pensé: "He visto este cuadro en fotos, lo he estudiado en clase, he leído una novela y visto una película sobre él, y ahora estoy viéndolo realmente, no en diferido ¿Me falta algún plano más de la realidad para conocerlo bien?". Y sí, claro que sí. Faltaría un "Ministerio del Tiempo", como ese de la serie que están poniendo ahora en la tele, que me llevara al pasado y pudiera pasearme por el Delft del siglo XVII, con faldones y tocas. Y luego allí, conocer a Vermeer, hablar con él en persona, preguntarle por ella, buscarla, hacerme amiga suya... Sobre todo, saber cuál es la pregunta que asoma en su mirada y tiembla en sus labios.

Pero ni aun así. Nunca conoceríamos todo sobre ellos ni sobre nadie. Pueden mentirnos, pueden comportarse como mandan los cánones y no como manda el corazón, pueden dejarnos fuera. Al final, "tanto bregar" y ¿saben que es lo último que he sabido de ella? Que tal vez ni siquiera existió y fuera un tronie ("rostro" en holandés), una composición inventada por el pintor, hecha sin intención de hacer un retrato y solo para demostrar su pericia. Y tampoco la perla sería tal perla, dicen, sino un pendiente de plata pulida o una esfera de cristal veneciano barnizado. Así que ni hay joven ni hay perla. Decididamente, ya los símbolos no son lo que eran.

Pero, cada vez que la contemplo, me pongo en plan Casablanca y me digo que siempre nos quedará la paz que irradia el cuadro y esa pregunta sin respuesta, apenas formulada, apenas entrevista, en el fondo de unos ojos que nos miran a través de los siglos.

lunes, 14 de marzo de 2016

Oídos sordos


Mary Poppins tampoco oía muy bien

Una de las miserias de cumplir años es irse quedando sorda, un inconveniente que se une a los fallos de visión, a los alimentos que ya no se pueden comer o beber, a las cimas que no se pueden coronar y a tantas majaderías de esta edad que no perdona. 

El dejar de oír es, para los demás que nos acompañan en la vida, una lata y una de las cosas que más nerviosos les pone. Por ejemplo, les cuento un caso que presencié allá por mis tiempos mozos (cuando oía muy bien). En la guagua una chica le dice algo a su madre en voz baja y la madre grita: "¿QUÉÉÉÉ?". La hija habla un poco más alto, mientras mira apurada alrededor, y la otra sigue con el QUÉÉÉ, el ceño fruncido y la mano en la oreja. Al final, la hija termina gritando: "¡QUE SE TE ASOMAN LAS ENAGUAS!". Bueno, pues yo, que hasta hace poco era como esa hija ruborosa, voy camino, si esto sigue así, de ser como la madre y sus QUÉÉÉS.

Menos mal que en Canarias hay una palabra muy suave para designarnos. En lugar de decir que estamos sordos como una tapia o compararnos con la abuela de Gila que, cuando tiraban bombas salía toda contenta gritando "¡champán, champán!" como una loca, aquí decimos que esa persona está "distraída", un término mucho más presentable, dónde va a parar.

Como todas las cosas, estar "distraída" tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Puedes perder alguna conversación interesante pero también puedes ahorrarte otras muchas. Como se dice por ahí, ¡para lo que hay qué oír! Y también puede proporcionar algunas risas, como hace poco, a mi amiga Elena con su madre. La madre de Elena tiene 93 años y está estupenda, pero "distraída". Ella se queja de que los demás musitan (cosa de la que me quejo yo también) y, cuando le dicen que es que ella no oye, protesta con pasión que ella oye mejor que nadie. Para demostrarlo, el mes pasado, cuando estaban anunciando por la radio, puesta a todo meter, la noticia de que había muerto David Bowie, llamó toda sofocada a Elena y le dijo: "¡¡¡Acaban de decir por la radio que se ha muerto Mary Poppins!!!".

Yo me veo llegando a la vejez igual que la madre de Elena (y ojalá) ¡Y es que todavía hay tantas cosas que se pueden, no sólo oír, sino también escuchar! Así que estaré "distraída", pero pondré todos los medios que hagan falta -la mano en la oreja, la trompetilla, las radios y teles a todo volumen, los más modernos audífonos del mundo- y seguro que seguiré disfrutando de un buen concierto, de una buena conversación con mis amigos, de las noticias de la radio, de los sonidos de la naturaleza, de las risas de mi gente.

Como decía Indro Montanelli, hay que ir envejeciendo amablemente, sin catástrofes. Porque, después de todo -y eso son imponderables que una puede ir asumiendo y apuntando en el anecdotario familiar-, lo peor que puede pasar es que matemos a Mary Poppins.