lunes, 20 de octubre de 2014

Perplejidad en el Convento



La perplejidad puede tener varios matices: asombro, extrañeza, desconcierto, sorpresa, confusión, incertidumbre... Este sábado todos ellos se me mezclaron al hacer una visita con el grupo "Lo que las Piedras cuentan" al Convento de clausura de las Claras de La Laguna.

Hay asombro en cuanto cruzas el umbral del Convento -una mansión de gruesos muros que ocupa una manzana entera en el centro de la ciudad- y sorpresa al pisar las amplias salas abiertas al patio. Las recorres casi con reverencia, deteniéndote en sus nombres, tan sugerentes - De Profundis, Sala Regina Coeli, Sala Seráfica, Sala de la Redención, Sala Quién como Dios, Sala Corpus Christi-, y admirando un altar de plata impresionante con el que se viste el de la iglesia en días de fiesta, o los cuadros y esculturas de la Virgen, del Cristo y de los santos, o los retratos mortuorios -un poco espeluznantes, la verdad- de las Venerables, madres abadesas que murieron dando ejemplo de santidad. Como, por ejemplo, Sor Catalina de la Esperanza, de la que cuentan que, cuando murió, las palomas vinieron a posarse sobre su ataúd, lo que se consideró señal de virtud.

En los pasillos, limpios y silenciosos, descansan los baúles de cedro antiguos que en un tiempo trajeron dotes y pertenencias de las novicias. Hay relicarios de plata dorada, atriles de marfil, áureos cálices, crucifijos, navetas, patenas, casullas. Aquí y allá vemos libros, muebles y objetos de otra época; un tenebrarium magnífico; y un bombo y una colección de castañuelas de madera que resultan algo incongruentes. Todo, cada detalle de este convento, que suponemos callado y ajeno al ruido exterior cuando no lo invade el barullo de un grupo que comenta aquí la delicadeza de un Niño Jesús y allá el lujo de una corona con piedras preciosas, nos asombra y nos deleita.

Y mientras recorremos las salas, los patios, el ajimez que se levanta orgulloso sobre la ciudad... aparece otro tipo de perplejidad: la extrañeza  ante el hecho de que este sitio, que es parte de la historia de La Laguna y que guarda tan rico patrimonio artístico y documental, haya estado 4 siglos cerrado al pueblo en general, en la más estricta clausura, desde su fundación en 1577 hasta hace solamente un año.  El convento, que en todo ese tiempo permaneció en pie desafiando el tiempo, los incendios o los rayos -como el que el año pasado lo dejó trastabillando pero entero-, cerró siempre sus puertas a los que alguna vez pretendieron el privilegio del que ahora gozamos: recorrer sus pasillos y vislumbrar sus tesoros.

Al final, cuando ya nos íbamos, otra perplejidad asoma en las conversaciones en forma de desconcierto: ¿Qué es lo que lleva a mujeres de hoy en día -algunas, universitarias- a meterse entre cuatro paredes para no salir jamás? ¿Tiene sentido la clausura, por más que Aristóteles haya cifrado la felicidad en la vida contemplativa?

Entiendes que, en los comienzos y hasta nuestra época, los motivos eran más económicos y sociales que religiosos. Olalla Fonte del Castillo, la aristócrata que en el siglo XVI cedió su casa para que en ella se instalaran las monjas clarisas, lo hizo a cambio de que admitieran a tres de sus hijas (ya tenía otras dos dentro). Las ventajas eran muchas: se quitaba de encima y les resolvía la vida a cinco hijas de una tacada; las dotes del convento eran menores de las que tendría que reunir para un matrimonio del mismo status (y casar a cinco hijas ventajosamente tampoco sería muy fácil); además, tendría asiento preferente en la iglesia, un buen entierro y, por supuesto, enchufe para entrar en el Cielo. No es de extrañar que el Convento -que en la actualidad alberga a 13 monjas- haya llegado a tener más de 150.

¿Pero ahora, en el siglo XXI, es compatible la clausura con el valor que damos a la libertad? Ellas se sienten el corazón de la Iglesia, dedicadas al "vuelo místicamente azul de la plegaria", que diría Rubén Darío. La paz de los claustros conventuales tiene su atractivo para las personas a las que el mundo exterior les viene grande. Aquí cavan el huerto, hacen hostias para la Misa, bordan y cosen, preparan comidas para los necesitados e incluso -nos dijo la Madre Abadesa al final, mientras nos invitaban amablemente en el Locutorio a un licor dulce de misa, galletas y recortes de hostias- escuchan a quienes vienen a contarles sus problemas: son "psicólogas sin sueldo", dicen. Ellas han hecho su elección en la vida, una elección muy respetable, y se las ve felices.

Pero ¿no tendrán dudas o deseos de estar alguna vez en una alegre reunión familiar o de amigos? ¿No añorarán los largos paseos a la orilla del mar? ¿No sentirán anhelo alguno cuando miren a través de la reja del ajimez a la Calle Viana y a la Plaza del Cristo y oigan las risas de los niños y el discurrir de la vida en la ciudad?

Perplejidad. Perplejidad.Perplejidad.



(La calle Viana y, al fondo la Plaza del Cristo desde el ajimez)



(Sala Regina Coeli)



(Pasillo)



(Maqueta del Convento)

(Todo mi agradecimiento a la Madre Abadesa y a las demás Madres que nos acompañaron, a Margarita Gallardo que fue una guía estupenda, a Melchor Padilla que organizó la visita y a Alejandro Carracedo que me dejó sus fotos)

lunes, 13 de octubre de 2014

Estar de morros




Es una verdad mundialmente reconocida que yo no me enfado (casi) nunca. Y que, si lo hago, se me pasa enseguida. Incluso mi marido, que vive conmigo y aguanta mis despistes y majaderías (y se enfada), admite ante todo dios que tengo mejor carácter que él. Aunque sigue rezongando, después, que con mi "fue sin querer" lo quiero arreglar todo.

Pero es que es la verdad de la vida ¿Para qué iba yo a querer ofenderlo, si firmé papeles con eso de que "hasta que la muerte nos separe"? Y, además, poniéndome como Neruda, ¡es tan corta la vida, y tan largo el olvido! ¿Para qué perder el tiempo enfadándose y desenfadándose? Onetti decía : "Es mejor perder una discusión que perder el tiempo", ese tesoro dorado de días, horas y minutos que se nos escurre entre los dedos sin apenas darnos cuenta.

Tal vez habría que hacer como el de aquel chiste viejo:
- Y tú, ¿de qué estás tan gordo?
- De no discutir.
- ¿Cómo va a ser por eso? ¡Será de otra cosa!
- Bueno, pues será de otra cosa...

Miren, por ejemplo, uno de los enfados más tontos de la literatura, el de Ana Shirley, la protagonista de "Ana, la de Tejas Verdes" de L. M .Montgomery. Ana es, al principio de los 8 libros, una niña huérfana de 11 años adoptada por los hermanos Marilla y Matthew en la idílica isla del Príncipe Eduardo en Canadá. Es una niña inteligente, creativa y generosa, pero también muy quisquillosa, sobre todo en lo que se refiere a su pelo, de un rojo subido ("Nadie que tenga cabellos rojos puede ser feliz", dice). Así que, cuando Gilbert Blythe intenta atraer su atención en la escuela y no se le ocurre otra cosa mejor para ello que tirarle de la trenza roja y decirle: "¡Zanahorias! ¡Zanahorias!", Ana monta en cólera y, aparte de llamarlo "niñato mezquino y odioso", le parte la pizarra que llevaba en la mano en la cabeza. Y aunque él le pide perdón enseguida, Ana decide odiar a Gilbert hasta el fin de sus días. Tuvieron que pasar 5 años para que Ana empezara a darse cuenta de que la vida no era tan atractiva si no estaba cerca su amigo el enemigo. Y otros 5 más (de hecho en el tercer libro), hasta que descubriera que él era el hombre de su vida y se olvidara definitivamente de las zanahorias ¡Cuántos ratos perdidos, cuántas risas que pudieron ser y no fueron, cuántos momentos gloriosos no compartidos, todos por culpa de una estupidez!

Así que, antes de hacer como Ana Shirley, o como el cartaginés Amílcar Barca que hizo que su hijo Aníbal jurara ante los dioses odio eterno a los romanos (y miren lo que la lió con las guerras púnicas), yo -que hoy me dio la vena consejera tipo Elena Francis-  propondría relativizar, hablar cuando hay malentendidos o hacer como mi amigo Manolo que, una vez que salió a hacer un recado y tardó en llegar unas cuantas horas, cuando vio a su mujer enfadada (¿dónde has estado?, ¿por qué no llamaste? y todo eso), le contestó con una frase que ya ha sido incorporada al léxico de los amigos para momentos así:
- ¿Pues yo robo? ¿Pues yo mato? Pues entonces...

lunes, 6 de octubre de 2014

La casa en la que durmió Mozart




En Austria, en donde estuve la semana pasada, te puedes sentir como Heidi, si subes hasta los pueblitos de los lagos alpinos, con sus praderas verdes, sus vaquitas y sus montañas, ahora ya coronadas de nieve. Te puedes sentir como Sissi, si te tomas un café en la terraza del palacio Fuschl -el Possenhofen de la película- en una mañana radiante sobre el lago. Te puedes sentir Fräulein María, la protagonista de "Sonrisas y lágrimas", si paseas por Salzburgo, donde hasta puedes imaginar –ya mi hijo me advirtió de que tuviera cuidado– que te cae un niño de los árboles al compás del horriblemente mal traducido "Do es trato de varón". Pero por encima de todo, en Austria lo que te sientes de verdad  es un espectador de un gigantesco espectáculo musical.

Porque hay ciudades de agua, de niebla, de fuego o de humo. Pero Viena y muchas ciudades austriacas son ciudades hechas de música. La música –"inagotable fuente a escanciar cada día", que diría Marilina Rébora– te sale al paso en cada esquina. Allá, un acordeón que toca valses en una cava en los bajos del Albertina, o tres violines que ofrecen canciones húngaras en la Kärntner Strasse. Acá, un clarinete vibrante en el mercado, entre olores a especias, flores y wienersnitchel, o un arpa en un jardín de rosas, o un saxo frente a la iglesia de San Miguel, en la noche fría y lluviosa, siguiendo el ritmo de tus pasos de retirada. En la calle, en el Teatro de la Ópera, hay una pantalla gigante en la que se ve y oye la ópera que están representando en ese momento, Manon, mientras la gente, sentada en sillas en la acera amplia, escucha entregada, extasiada e inmóvil.

Hay música de un circo cercano, mientras tomas cerveza y salchichas en ventorrillos instalados en el marco incomparable de la Plaza del Ayuntamiento, frente al Burgertheater; o, cuando en el Café Central te sientas a por un apfelstrudel, y de un piano van fluyendo canciones de cine. Todavía más allá: la música en Austria la sientes también en el sonido sobre los adoquines de los cascos de los caballos de la Escuela Española de Equitación o de los que llevan en carrozas a los turistas; en el agua de las fuentes; en el viento en los árboles de los bosques de esta Centroeuropa, donde nacieron los cuentos; en el quedo rumor  de las aguas del Danubio –que efectivamente no es azul– y de los lagos, en los que no permiten motores que lo perturben. 

Sí, te sientes un espectador que te vas dejando inundar poco a poco por el ambiente y las melodías. Es imposible ir al Prater y no escuchar el eco de "El tercer hombre" en la Noria; o ir a Salzburgo y no acordarte del "Sube montañas", el tema que la abadesa canta en "Sonrisas y lágrimas". Allí te dan ganas de ponerte uno de esos preciosos y favorecedores trajes típicos y asistir a las Fiestas de la Cerveza o colarte en Bad Ischl en unas reuniones llenas de risas y canciones dedicadas a los que nacieron en el año 50, que nos queda cerca. Al final, hasta me vi –era inevitable– coreando con Suzanna, mi amiga austriaca, la opereta "El Caballo Blanco del Lago St. Wolfgang".

Tampoco puedes sustraerte a la presencia de los grandes músicos: Strauss, Listz, Beethoven... Y Mozart, sobre todo Mozart, presente en estatuas, cuadros, nombres de tiendas, casas en las que nació y vivió, cementerios en los que tal vez esté enterrado o no, e incluso en los más famosos bombones de Viena –chocolate y mazapán–, que llevan su nombre.

Para no ser menos, me he quedado en Viena en una casa donde también durmió Mozart desde septiembre de 1781 hasta julio de 1782. Allí terminó de componer "El rapto en el serrallo", y desde su ventana tal vez oyó, como yo, el despertar rítmico de una ciudad llena de vida y la cadencia de las voces hablando en distintos idiomas. Tal vez escuchó, como yo, a una chica solitaria que, sentada en los escalones de una fuente cerca de la catedral de San Esteban, cantaba ópera llegando a las notas más altas con una voz clara y limpia. O a otra que tocaba en la esquina Cosi fan tutte al piano -nada menos que al piano, con lo que pesa-. Tal vez aquí Mozart se sintió feliz y se reía, como lo hice yo, con las típicas historias vienesas, como la de "El querido Agustín", el borracho que tres veces fue tirado entre los muertos de la peste y que –al igual que Blanco Herrera, el de la canción de Peret, que "no estaba muerto, que estaba de parranda"– se levantaba de la sepultura y seguía bebiendo (y viviendo).

Hasta me pareció oír una noche, acostada en la casa en la que durmió Mozart, una carcajada lejana parecida a la del Amadeus de la película.

Es fácil, en esta ciudad musical, mágica e increíble, que te acompañen fantasmas risueños.


(La imagen inicial es "Gustav Mahler dirigiendo la Filarmónica de Viena", óleo de Max Oppenheimer en el Belvedere)



(El Hotel Sacher y la Ópera desde el Albertina)




(Ventorrillos en la Plaza del Ayuntamiento de Viena)




(Calle de Salzburgo. Al fondo, el Castillo)




(El Lago St. Wolfgang)




(El pueblito de Hallstatt)




(Prado y bosques de Kaiservilla, en Bad Ischl)




(El Danubio desde el coche)

lunes, 22 de septiembre de 2014

La casa del abuelo




La casa de los abuelos de mi marido, en El Tanque, al norte de la isla, es una casa de campo de las de aquí: una casa de planta cuadrada, con su tejado, su balcón corrido, su lagar, sus bodegas, su corral de las cabras, su cuarto de las papas y, en la huerta, lo que ellos llamaban "la lata", un palo tendido sobre otros dos en el que ponían a secar las piñas de millo.

En esa casa nació mi marido y vivió una infancia feliz. Después, tras el paréntesis de los dos años de Venezuela, fue el refugio adonde iba a parar en todas las vacaciones de su juventud. La casa, entonces, estaba llena de risas y de vida, animada por los tres hermanos más jóvenes de mi suegra, que formaban parte de las rondallas del pueblo y llevaban a todas partes al sobrino. Para siempre a él le ha quedado el recuerdo de las fiestas de la Virgen del Buen Viaje en El Tanque Bajo y las del Cristo en El Tanque Alto, de las verbenas, de los grupos que en navidad recorrían las calles cantando villancicos, de las noches hablando alrededor de un fogón sobre el que estaba el cañizo de los quesos.

Luego, todos se fueron marchando. Hace 50 años que la abuela, una mujer menuda que nunca paraba quieta en un sitio, murió. El abuelo, al que yo conocí, un hombre recio y callado con una mata de pelo blanco y unos increíbles ojos azules, le sobrevivió 10 años más. Murieron también todos los hijos, y la casa lleva 40 años vacía, cayéndose y desmoronándose poco a poco. Tengo en casa las cajas de cedro que los antepasados traían de Cuba; y el cabecero de la cama de los abuelos hoy, pintado de banco, es el de la cama de mi nieta mayor. Pero todo lo demás, las cómodas, las mesas, sillas y alacenas se picaron y formaron parte de hogueras de San Juan. Sólo el suelo y las vigas del techo, las puertas y ventanas, de madera de tea, permanecen.

Sí, la casa decae. Pero esas casas de gruesos muros y buenos cimientos que llevan en pie más de un siglo y medio, son sólidas y desafían al tiempo. Y, si hay alguien que las ame, siempre hay esperanzas de que renazcan. A nuestra casa le ha llegado el tiempo de revivir. Hemos empezado por el tejado, antes de que se viniera abajo, y por el granero y el balcón. Y ahora, poco a poco, le toca al resto.

La semana pasada, que estábamos en el sur, decidimos volver a nuestra casa en Tegueste, en lugar de por la Autopista, aburrida y previsible, por el norte, subiendo hasta el Puerto de Erjos y de allí a El Tanque, una carretera mucho más bonita y desde la que vimos en una tarde inusualmente clara, las siluetas de las tres islas occidentales, La Gomera, El Hierro y La Palma.

Llegamos a la casa de El Tanque sobre las 7 de la tarde y nos entretuvimos midiendo habitaciones, imaginando, proyectando una escalera del salón al granero o poniendo mentalmente una puerta de cristal grande hacia la huerta. Eran las 8 y media cuando arrastré a mi marido -que cada vez que va allí se le pasan las horas- para irnos antes de que se hiciera de noche y nos quedáramos a oscuras. Además, íbamos a estrenar la nueva carretera desde El Tanque a Icod que, aparte de ahorrarnos todas las curvas de La Culata y Genovés, nos descubre paisajes desconocidos y nuevas visiones de El Teide. También, decíamos contentos mientras volvíamos y le dábamos adioses para siempre a La Culata y a Genovés, tardamos menos: tres cuartos de hora en lugar de una hora.

Eran, efectivamente, las 9 y cuarto y ya de noche, cuando cansados y pensando ya en la cena, llegamos a la puerta de casa. Y entonces descubrimos que mi marido se había dejado en El Tanque su bolso con las llaves, cartera, documentos, móvil y toda la pesca. Y así nos vimos tres cuartos de hora otra vez para allí (¡Adiós, La Culata! ¡Adiós, Genovés!) y tres cuartos de hora otra vez de vuelta a casa (y sin cenar).

Cuando llegamos a El Tanque, en la oscuridad total de la casa, encontramos (¡qué alivio!) todo dentro, gracias a mi móvil. Mi marido, que se movía allí dentro con la seguridad de lo conocido, seguía el sonido de la llamada de su teléfono, mientras yo esperaba fuera sola, con miedo a despertar a los fantasmas. Pero todo continuó en silencio. Y, al levantar los ojos a lo alto, allí estaba la espina dorsal de la noche, la Vía Láctea. dividiendo en dos un cielo que, en los pueblos altos del norte de la isla, aparece limpio y sembrado de estrellas brillantes. Verla me sosegó: ella había velado el sueño de todos los que en aquella casa nacieron, sufrieron, rieron, vivieron y murieron. Y estaría allí siempre para los que en el futuro la volvieran a llenar de vida.

Sólo por ese momento mereció la pena el despiste.



lunes, 15 de septiembre de 2014

Helarte por el arte

A veces, como en este título, hacemos malabarismos con el lenguaje: "helarte por el arte" juega con los distintos significados de dos palabras con una misma pronunciación. Pero al mismo tiempo, esconde una propuesta, la de que de vez en cuando hay que hacer lo que se pueda -incluso morirte de frío, cosa que por ahora no es que vaya a pasar- por disfrutar de las obras de aquellos que nos muestran que todavía el mundo es mágico: los artistas.

El jueves pasado dediqué al arte todo el día, yendo a tres exposiciones, totalmente distintas entre sí -un fotógrafo, una ilustradora, un pintor-,  pero las tres,  igual de sugestivas. 
















La primera -"Génesis", del fotógrafo Sebastiao Salgado- fue por la mañana en el Espacio Cultural CajaCanarias de Santa Cruz. "Génesis", nos dice el folleto explicativo, "es un canto a la majestuosidad y fragilidad de la Tierra". Es un retrato, fruto de un viaje de 8 años, de ese 46% de la Tierra que todavía está virgen, igual que en sus orígenes. En cinco secciones, Salgado nos acerca a "La Antártida y los confines del sur", para mostrarnos, por ejemplo, un iceberg-castillo de hielo traslucido sobre un cielo tempestuoso, o la muchedumbre de pingüinos en las islas Sandwichs del Sur; a "África", y a sus cataratas Victoria, o a campamentos dinka en los que el humo de las boñigas (casi se huele) ahuyenta a los insectos, o a los elefantes y cebras huyendo del hombre en las sabanas de Bostuana; a "Las Tierras del Norte", en las que impresionan los grandes cañones o la vida de los esquimales nenets; a "La Amazonia y el Pantanal", con sus caimanes yacarés, sus majestuosos tepuys como torres trepando a las nubes, o sus tribus, como los zo'es de Pará en Brasil, que parecen vivir en el Paraíso Terrenal; y, por último, a los "Santuarios" de la Tierra: las Galápagos, Papúa occidental con sus hombres de la Edad de Piedra y las mujeres yali que se ponen en el pelo bolsas tejidas con fibras de orquídeas, o Madagascar y sus bosques de baobabs. Fue una experiencia de 2 horas, inesperada -a pesar de que conocíamos el trabajo de Salgado en "Trabajadores y "Éxodos"- impactante, espectacular y única.





La segunda exposición -"Yo mimo mi mar"- la vimos al mediodía en el Club Naútico de Santa Cruz, antes de un almuerzo en la terraza a la orilla del mar. Es de una joven ilustradora, Alicia Borges, que maneja con maestría los pinceles en láminas llenas de color y luz. Son dibujos infantiles, llenos de encanto, que ella agrupa por parejas, como cara y cruz de una misma realidad: la degradación del mar y su conservación como un elemento limpio y gozoso. Allí están los niños que ayudan con todas sus fuerzas a una ballena para que no quede varada en la orilla y los mismos niños leyendo al sol sobre la ballena que nada feliz; o el dibujo del que riega a un delfín para que no se seque o salva a un pingüino de los desechos que los hombres tiran al mar... Fue una exposición didáctica y crítica, pero también fresca, divertida, tierna.



La tercera exposición, a la caída de la tarde -"Tegueste con Manolo Sánchez"- fue en mi pueblo en la hermosa casa reformada del Prebendado Pacheco, frente a la Plaza. El pintor Manolo Sánchez hace aquí una impresionante Antología -más de 50 años- con todas sus acuarelas, dibujos y plumillas sobre Tegueste: las antiguas calles y fuentes, el Convento de El Socorro, la perspectiva de El Portezuelo perdiéndose ladera abajo, el detalle de un portón o de una planta en un patio, sus gentes, los juegos de lucha canaria, las casas de tejados y escaleras exteriores que ya no existen... La realidad de un pueblo que sólo un artista que lo ame y haya recorrido cien veces sus rincones sabe plasmar. Me gustó porque es entrañable, cercana, viva, luminosa.

Cuando, ya por la noche, descansaba en la terraza de mi casa en una oscuridad sólo iluminada por las estrellas de este cielo de septiembre, me recreé un rato en todo lo vivido durante el día, en todas las cosas hermosas o no hermosas que tenemos alrededor, en todos los seres humanos que tienen el poder de saber atrapar la luz, el movimiento, la ternura o la belleza, y la saben transmitir. Pensé en el goce compartido y en que merece la pena dedicar de vez en cuando un día al arte (sin helarte) y en disfrutar de la emoción absoluta de mirar. Pensé en las grandes tierras vírgenes; en el mar que rodea mi isla y que amenaza y protege; en la vida, la historia y las gentes de mi pueblo... Y, como Mafalda, ante los impresionantes bosques y lagos de Bariloche,  me dije que los hombres se las tendrán que ver en figurillas para echar a perder tanta belleza.


(Imágenes de Salgado: 
1: Iceberg entre la isla Paulet y las islas Shetland del Sur en el mar de Weddell. Península Antártica
2: Elefante asustado ante la proximidad de humanos. Parque Nacional de Kafue, Zambia.
3: Baobab sobre una isla hongo en Madagascar.

Imágenes de Alicia Borges:
1. ¡Vamos a sacarte de aquí...!
2. Cuando estamos juntos...

Imagen de Manolo Sánchez:
El Portezuelo)

lunes, 8 de septiembre de 2014

La era de los descubrimientos




Recibo por guasap un correo -de esos que van y vienen y que supongo que todos han visto- donde defienden la hipótesis de que Colón descubrió América porque era soltero. Si hubiera tenido mujer, ésta le hubiera dicho cosas como "¿Y por qué tienes que ir tú? ¿Y por qué no mandan a otro? ¡Todo lo ves redondo! ¿Estás loco o eres idiota? ¡No conoces ni a mi familia y vas a descubrir el nuevo mundo! ¡Ni siquiera sabes a dónde vas! ¿Y sólo van a viajar hombres? ¿Quién se lo va a creer?¿Y por qué no puedo ir yo si tú eres el jefe? ¡A mí nunca me llevas de viaje! ¿Y quién es esa tal María? ¿Qué Pinta? ¿Y dices que es una Niña?... ¡A mí me vas engañar! ¿Qué la Reina va a vender sus joyas para que viajes? ¿Me crees tonta o qué? ¡A saber qué tienes con esa vieja! ¡No permitiré que vayas a ningún lado! ¡Siempre te las apañas para dejarme sola!  No va a pasar nada si el mundo sigue plano. Así que ni te vistas porque ¡¡¡no vas!!! ".

El caso es que, si lo piensan, algo de razón tiene ¿Qué se les habría perdido a Colón y a todos esos descubridores para poner todos sus afanes en partir con rumbo desconocido y surcar mares procelosos que se supone que son el fin del mundo, caminar por polos inhóspitos y muy, muy fríos, o explorar selvas llenas de hombres o animales salvajes que igual comen de aperitivo "Explorador al pilpil"? ¿De qué pasta estaban hechos esos hombres y esas mujeres (que también las hubo a pesar de fajas y corsés)?

Esa pasta, en realidad, es de lo que estamos hechos los seres humanos desde que nacemos. Ahora que ejerzo de abuela de mi nieta de un año -ya saben, quedarte embobada mirándola descubrir el mundo-, veo en ella la pasión, la curiosidad y el coraje de un Livingstone. Está disfrutando ahora de uno de los descubrimientos más asombrosos, capaz de dejar chiquitos a Hillary y al sherpa Tenzing en su primera subida al Everest: la de empezar a caminar. De pronto se suelta de la pata de la silla de la que estaba agarrada. Y luego pone un pie delante del otro tendiéndome las manitas y da sus primeros pasos ¿Has visto?, parece decirme ¡Ni Armstrong en la Luna lo hizo tan bien! Y ya nada podrá pararla ¡A pasear, a saltar, a bailar, a independizarse de los mayores que la llevan y la traen sin pedirle permiso!

Y luego vendrá el otro maravilloso descubrimiento, el salto entre la palabra que está en la mente y la realidad de ahí fuera, el descubrimiento del significado ¡Ríete de quienes descubrieron la Piedra Rosetta, los manuscritos del Mar Muerto o el tesoro de Tutankhamon! En la película "El milagro de Anna Sullivan", hay una escena emocionante (yo siempre lloro) entre Anne Bancroft (Anna Sullivan) y Patty Duke (Helen Keller): el momento en que la niña ciega, sorda y muda de nacimiento descubre, guiada por su maestra, que la palabra "agua" responde a una realidad que corre y moja sus manos. Como le pasa a Helen Keller a partir de ese momento, también a mi nieta se le abrirá el mundo y todas las posibilidades del lenguaje, desde recitar un poema a hacer un chiste malo.

Y, entretanto, venga a seguir descubriendo y maravillándose de lo que siente alrededor. Una traba azul de la ropa ¡oooohhh! Un frasquito con su tapa ¡oooohhh! Y otro montón de ¡oooohhhs! para una nuez, para una pluma blanca de paloma, para una flor que encontró en el suelo, para un saltamontes, para un trino que oye o el ruido de un avión lejano... El mundo es asombroso y constituye una aventura, como les pareció a todos los Pizarros y Hernán Cortés que encontraron otras tierras y otras gentes.

Tal vez sea cierto o no que Colón estaba soltero cuando fue a América, pero lo que sí es seguro es que conservaba la curiosidad, la osadía y la capacidad de asombro de los niños. Ellos, los protagonistas de la verdadera era de los descubrimientos, saben que el secreto de no envejecer es mirar el mundo con ojos nuevos, como si fuera la primera vez.

(La foto es de los primeros pasos, un poco escorados todavía, de mi nieta Julia)




lunes, 1 de septiembre de 2014

La foto antigua



En toda casa hay una gaveta, un armario o un baúl al que van a parar las cosas perdidas. Son lugares para rebuscar y encontrarte de pronto con fotos olvidadas, con recortes antiguos (¿Para qué querría yo ese artículo sobre la guerra del Vietnam en el año 70?), o con objetos que alguna vez ocuparon un lugar mejor.

Me tropecé con esta foto hace poco mientras buscaba otra. Es del año 55, tomada en un garaje de coches de la Avenida del Cementerio en Caracas, y en ella aparece un grupo de chicos jóvenes emigrantes en Venezuela. Como en la canción de Braulio, son "canarios que siguieron la llamada de la América remota". Todos son veinteañeros; todos son de Tenerife -y algunos del mismo pueblo-; todos salieron de la isla porque no encontraban salidas ni metas hacia las que encauzar la energía que les hormigueaba en las venas; todos llegaron con la maleta llena de ilusión y esperanza y todos sueñan con regresar con fortuna. Entre ellos hay lazos familiares y de amistad. Incluso tres comparten casa, una quinta grande cerca de Los Cármenes.

El niño es el centro de la foto. Su sonrisa confiada nos dice que no sabe nada de las historias que hay detrás de cada rostro. No sabe cómo su padrino Antonio -que lo protege con su brazo en el hombro- echa de menos a la mujer y a la hija que dejó en la isla y a quienes jamás volverá a ver. No sabe de las puertas cerradas que cada uno encontró para atreverse a abandonar el hogar seguro ni de los sacrificios que tuvo que hacer la familia, allá en el pueblo, para ello. No sabe de lloros ni de despedidas ni de la dureza de abrirte camino sólo con tu coraje y tu trabajo en un lugar desconocido.

No, el niño no mira al pasado. De este país, hermoso y acogedor, él está ahora atesorando momentos que recordará para siempre: los niños, en la isla Margarita, que bajaban al fondo del agua a coger las monedas que les tiraban desde el barco durante el viaje; la unión que se forja entre los exiliados; las tardes en el patio de una carbonería jugando a las bolas criollas; los asados en El Junquito; los baños en Maiquetía, en playas llanas con cocoteros casi cayendo sobre la arena blanca; los viajes hasta Barlovento acompañando a su padre a repartir cervezas en un camión enorme del que le permitían alguna vez coger el volante...

Tampoco el niño se plantea el mañana. No sabe que, de este grupo, sólo cuatro volverán a su tierra: Cosme, el del bigotito tipo Errol Flynn; Alfredo (al centro, arriba), que hará fortuna y se comprará una finca en el sur; Federico (a la izquierda, de pie), que será alcalde democrático de su pueblo; y Paulito (a la izquierda, en cuclillas) que todavía vive y que acaso recuerde el momento en que alguien, tal vez el dueño del garaje, los reunió para hacerles una foto que mandar a casa.

Pero incluso para los que se quedarán en Venezuela, amándola y haciéndola su patria, el niño representa el futuro. Los que lo rodean parecen arroparlo como si supieran que en él y en otros como él se cumplirán los sueños de una vida mejor. 

El niño tiene pecas, ojos azules y la mirada curiosa y a la expectativa, tan semejante a la de mi nieto. Volverá a casa al año de esta foto; estudiará y hará la carrera de Ciencias Físicas; se casará y tendrá hijos y nietos. Y no tendrá que emigrar nunca más ni conocerá el desarraigo. 

"Venezuela siempre ha sido para el hombre de mi tierra la esperanza que convoca..."