lunes, 11 de mayo de 2015

Un tesoro en una maleta




El padre de mi amiga Nieves, José Salguero, no se separaba nunca, en los continuos viajes que hacía, de una pequeña maleta en la que decía que guardaba un tesoro. El tesoro era motivo de bromas en la familia, y unos apostaban por las joyas de la corona, poco menos, y otros, por flejes de billetes bien colocaditos, como se ven en las películas. Cuando el padre de Nieves murió y abrieron la maleta, encontraron, sí, un tesoro inesperado: cuatro poemas inéditos y manuscritos de Ramón Perelló.

A la mayoría de nosotros no nos suena de nada el nombre de Ramón Perelló. Pero en la memoria colectiva permanecen los poemas que plasmó en canciones. Todos hemos oído (y algunos hasta cantado) el pasodoble más famoso: "Mi jaca galopa y corta el viento cuando pasa por El Puerto caminito de Jerez...". Yo me compré hace poco una película del año 36, "Morena clara", solo por oír a Imperio Argentina, sentada en una ventana, cantando desde la tristeza "Gitana que tú serás como la falsa monea, que de mano en mano va y ninguno se  la quea...". O animando a todo un patio andaluz con "Échale guindas al pavo que yo le echaré a la pava azúcar, canela y clavo...". "La bien pagá" (una de las coplas que más me gustan), las bulerías de "Los Piconeros", "Adiós a España", "Soy minero"... todas esas canciones archiconocidas fueron escritas por Ramón Perelló, un poeta muy cercano en el estilo a García Lorca y su "Romancero gitano", y a la generación del 27.

Ramón Perelló nació en Murcia en 1903. Era ya famoso cuando empezó la Guerra Civil. En ella sus ideas libertarias y anarquistas ("Ay, si la luna sintiera, la luna sería anarquista...") lo llevaron a defender en apasionados artículos la causa republicana ("... el poema es no solo arte, sino también arma, instrumento..."). Al final de la guerra, precisamente por pensar distinto, fue detenido y encarcelado durante 5 años.

Allí en la cárcel de Uclés, en Cuenca, conoce a José Salguero y se hace amigo suyo, una amistad en principio curiosa, porque José Salguero, con 29 años, era el Director de la cárcel. Ramón lo apodaba "Filigrana", porque era delgado, fino, elegante, con la gracia y el nervio de Jerez y un corazón en el que cabían todos. El primer poema que le regala lo retrata fielmente:

El segundo y el tercer poema son poemas de evasión: Ramón le propone a José una salida virtual de la cárcel, a la Cava madrileña en el segundo, y a una venta entre Sevilla y Jerez en el tercero. Ya no hay muros que los encierren, ya no son un preso y un carcelero, ya no hay una posguerra amarga y represora. Solo son dos amigos jóvenes que han olvidado las penurias para hacer lo que más les gusta: correrse una buena juerga, beberse unos vinos, oír un cante, hacer un repaso a todas las coplas. Y aunque en el segundo poema "está la tarde muy triste, está la tarde muy agria..." y se acusa el pesimismo de la prisión, al tercero -muy lorquiano y muy sensual- lo llama "Romance de la alegría" y se lo dedica a su amigo Joselito Salguero, "como anticipo de algo que mañana pueda ser para mí una grata realidad".


Solo en el cuarto poema asoma la amargura, la incertidumbre sobre el futuro, la hora amarga de la despedida, también dedicada a Oselito Salguero, "hombre bueno -el mejor entre los mejores-". La letra del poema ya no es tan cuidada y faltan algunos versos. Parece hecho a toda prisa, como si lo estuviera esperando a la puerta un destino incierto. Ramón va a ser trasladado al penal de Ocaña. Es en los principios del año 43.


Ramón Perelló salió al año siguiente de la cárcel. Paradójicamente, su vida no va a ser ni la de un represaliado ni la de un amargado. Triunfará en la España franquista (hasta que muere en el año 78), igual que lo hizo en la republicana. Y todavía hoy Almodóvar, Bebo Valdés, Carlos Cano, Diego el Cigala y mucha otra gente del cine y del teatro, han recurrido a las letras y a la música que él nos legó.

¿Y José Salguero, Filigrana? Fue destinado, como militar, a la isla de La Palma. Y allí un día vio en una ventana a una mujer palmera de la que se enamoró. Se casó con ella en el año 45 y tuvo dos hijas. Y, aunque murió joven, a los 52 años, siempre tuvo algo de aquel joven alegre y generoso que supo, a pesar de las circunstancias, inspirar a un poeta y que consideró su legado como el mayor de los tesoros. En el fondo de aquella maleta se guardaba la amistad.





(En la imagen inicial, una de las dedicatorias de Ramón a José. En la imagen final, la foto de los dos amigos: Ramón Perelló y José Salguero)

lunes, 4 de mayo de 2015

El hombre que hablaba en gerundio:




Mi profesor de Historia de la Filosofía en la Complutense de Madrid se llamaba Don Adolfo Muñoz Alonso y era todo un personaje. Bajito, pero con una mirada fiera de gigante y una personalidad arrolladora, protagonizó alguna de las escenas más curiosas de aquellos años. Como cuando en pleno mayo del 68, en un vestíbulo de la facultad de Filosofía repleto de asamblearios en huelga, se presentó, más chulo que un torero, con la camisa azul de falange. O como cuando, el primer día de clase, nos decía que, si solo veníamos a por el aprobado, ya nos podíamos ir porque él nos lo daba, "Junto con mi desprecio", añadía. Ninguno se atrevió nunca a pedírselo.

Eso sí, era, como todos mis profesores, un cultivador de la palabra precisa, un excelente orador que soltaba sus frases mirándonos fijamente, vocalizando con una voz clara y tonante y haciendo las pausas justas, como aquel que echa una piedra al agua y se queda después mirando las ondas resultantes. Preocupado por el buen hablar, un día nos dijo: "¡Cuidado con los gerundios porque son el servicio doméstico del lenguaje! Y ya sabemos que el servicio doméstico es el que menos servicio presta".

Me acordé de Muñoz Alonso y de su frase la otra noche , en la cena de los viernes con los amigos, en la que Manolo nos contó que su dentista hablaba en gerundio. "Sentándose", dice nada más verlo entrar en la consulta. "Abriendo la boca...", "Encontrando una caries...", "Enjuagándose...", sigue desgranando después gerundio tras gerundio. Según la teoría de Manolo, el padre del dentista repartió entre sus hijos las funciones gramaticales e, igual que a éste le tocó el gerundio, a otros el participio o el pretérito perfecto.

Todos nos reímos, claro, pero luego pensé que la teoría de Manolo no es tan disparatada. Nada más echar un vistazo alrededor y oír a los que nos rodean, es fácil sacar un catálogo de tipos que tienen también una especialidad gramatical definida. Les pongo una muestra, elegida al azar:

El hombre que habla en esdrújulas: Las reparte alegremente en escritos, discursos y, sobre todo, panegíricos: "Es un autor prolífico, honorífico y de carácter libérrimo", dice, por ejemplo. Es, por supuesto, más partidario de la república que de la monarquía, y su héroe es Don Mendo, en la escena en la que dice: "Siempre fuisteis enigmático, y epigramático, y ático, y gramático y simbólico. Y, aunque os escucho flemático, sabed que a mí lo hiperbólico no me resulta simpático".

El hombre que habla en adverbios: Se le llena la boca con todos los terminados en "mente", cuanto más largos, mejor: trascendentalmente, ultraexclusivamente, escatológicamente, transgenéricamente, pluscuamperfectamente...De esta manera consigue alargar un discurso que duraría 5 minutos en uno de media hora. Su heroína sería la "Heredera con demasiado tiempo libre" del libro de Belén Barroso (lo comenté aquí), que en un determinado momento dice: "No tengo excusa, lo sé, pero había amanecido un día extraordinariamente soleado, me pareció que el campo de batalla se encontraba inusualmente tranquilo y me sentí súbitamente aventurera, además de profusamente adverbial, como habrás advertido".

El hombre que habla en infinitivos: Su terreno son los discursos políticos y, ahora que estamos en elecciones, está en su salsa, soltando infinitivos a granel al empezar sus frases, como quien siembra margaritas: "Decir que vamos a arreglar esto y lo otro, decir que vamos a regalar hasta las cotufas del cine a quien nos vote, decir que los otros lo hacen peor..." Su personaje favorito es, lógicamente, Lola Flores y su frase lapidaria en la boda de Lolita: "¡Si me queréis, irse!".

El catálogo se haría mucho más largo con "el hombre del ya si eso", "el hombre de las palabrotas", "el hombre der sordado y la farda", "el hombre de los emoticonos", "el hombre del dequeísmo y el queísmo" (y quien dice "hombre" dice "mujer", eh) y con todos los que asesinan impunemente la lengua, esa herencia que se nos entrega de pequeños y que son "las manos con que amasamos el mundo de las relaciones humanas". Aristóteles -otro cuidador de las palabras- ya nos dijo que el hombre es social precisamente porque se le ha dado el tesoro del lenguaje, que nos sirve para hablar de lo justo y lo injusto, de lo bueno y de lo conveniente. Y en vez de cuidarlo con esmero, como se cuidan todas las herencias, lo destrozamos y ninguneamos. "Hemos olvidado el privilegio de esa conquista por la que somos una especie distinta entre los animales", que diría otro de mis profesores, don Emilio Lledó.

Así que decir que enfureciéndome yo sobremaneramente con estos mayúsculos despropósitos.



(En recuerdo de su frase sobre los gerundios, traigo aquí a mi profesor de Historia de la Filosofía Don Adolfo Muñoz Alonso)

lunes, 27 de abril de 2015

¿Qué me pongo mañana?




Me manda mi cuñada una foto de los tiempos del colegio. Ahí entre esa multitud de niñas vestidas con el uniforme de gala en el patio de mi colegio, estoy yo, hormiguita entre las hormiguitas. Ni siquiera ampliando la fotografía puedo reconocerme (y diría que de eso se trata, de perdernos entre la hojarasca).

Lo que a lo mejor sí se ve bien es ese horror que era el uniforme de gala: traje blanco, cinto y lazo negro al cuello, y un velo de tul en la cabeza que una vez, cuando íbamos en fila, con velas encendidas, cantando muy pías el "Cantad a Catalina plegarias fervorooooosas...", se incendió en la cabeza de Fina Santos y chamuscó sus rizos, casi a punto de que sucediera una desgracia mayor.

El uniforme de gala se hacía -nuestro tiempo era el reino del reciclado- con la lana del traje de primera comunión, que en mi colegio también era uniforme: todas de monja con toca y todo. Y los días de trabajo íbamos de negro con cuello blanco almidonado y gorra de plato. No nos privábamos de nada ¡Y, ay, cómo a alguna se la viera a la salida del colegio con un chico a la vera! ¡Estábamos mancillando el uniforme! ¡Mancillándolo! Y era, por supuesto, motivo de expulsión inmediata. Cómo lo odiábamos...

Por eso nos encantaba ir de calle algún día ¡Ah, el placer de distinguirnos unas de otras, de ponernos nuestras faldas y zapatos preferidos, de ir, por ejemplo, con una blusa azul semáforo, lo más alejado de grises y negros...! Es verdad que todas podríamos ir de azul semáforo cuando se puso de moda ese color, pero era "nuestro" azul semáforo y no el de las otras.

Desde que los romanos arramblaron con las sábanas de sus casas para vestirse todos igual, con toga blanca, los humanos estamos empeñados en la manía de la uniformidad. Legionarios, druidas, reyes, guardias, azafatas, soldados, turistas, capitanes generales, curas y obispos, monjas, bomberos... visten clónicos, como si fueran chinos de Mao: uno igual a otro. Y yo creo que, con ello, se ha pretendido ir más allá, a que esa uniformidad se contagie a las actitudes y al pensamiento: un mundo único y gris.

Pero buenos somos. Cuanto más presionan los poderes establecidos en ponernos uniforme, más imaginamos formas de diferenciarnos. Igual que hacíamos en el colegio acortando la falda, alargando los calcetines o llevando unos zarcillos brillantes con piedras rosas (el caso era ser "la de la mochila azul"), también vemos ahora a las cajeras del supermercado con una flor en el pelo o con un broche precioso sobre la blusa común. Incluso las brujas no se ponen ya su uniforme -nariz ganchuda, escoba y sombrero cónico- ni los niños de primera comunión van de marineros sino de niños (Misterio para otra ocasión: averiguar qué relación hay entre la marina y la primera comunión).

De aquellos clones vienen estos individuos y viva la diferencia. Propongo reivindicar la personalidad y desterrar de una vez por todas los uniformes. Eso sí, el único inconveniente (y no es pequeño) es la pregunta obligada de cada noche antes de acostarnos: "¿Y qué me pongo mañana?"

lunes, 20 de abril de 2015

Pasiones que no comprendo




Mi peluquero Sebas es un apasionado de las motos y, a veces, entre champús y masajes capilares, me cuenta sus odiseas de motero. Como cuando se fue desde Cádiz al Cabo Norte -19.000 km. de ida y vuelta- a ver el sol de medianoche y las auroras boreales. Estuvo montado en la moto durante 11 días a una media de 1.700 km. diarios, sin pararse apenas, solo para dormir y comer un poco. Una vez, incluso, no encontraron albergue ninguno en medio de la noche noruega y se quedaron, él y sus compañeros, debajo de un puente con las motos en círculo alrededor, dándoles calor.

Yo supongo que ese momento en el que al fin llegaron a su destino y vieron las luces, como un tapiz de colores en movimiento desplegándose en el cielo, tiene que haberles compensado el molimiento de estar todo el día sin mirar sino hacia el frente, sin oír sino el ruido del motor, sin tener otro objetivo que la llegada.

Es, desde luego, una pasión (y de las gordas) lo que empuja a Sebas y a otros como él a estas aventuras llenas de molestias, imprevistos, temperaturas gélidas, peligros inesperados, fastidios y mortificaciones. Una pasión que yo, que no he montado nunca en moto (ni creo que a estas alturas me vaya a convertir en un “ángel del infierno”), no comprendo.

Me acordé de Sebas cuando leí últimamente que Ángel Gabilondo se iba a presentar a las elecciones municipales de Madrid por el PSOE. Ángel Gabilondo tiene un año menos que yo y es catedrático de Metafísica, la asignatura más profunda de mi carrera, aquella que hace las preguntas finales. Ya saben, eso de qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Ha escrito varios libros de filosofía y también tiene (o tenía hasta febrero) un blog, “El salto del Ángel”, que es “un espacio de reflexión, de pensamiento, sobre la dimensión social y política de los asuntos públicos”. En el blog reivindica la tarea de pensar y habla de “la necesidad de tejer ciudad” (me gustó la metáfora), de la transparencia como tarea colectiva, del arte de la palabra, de encontrar un sitio fecundo de que disponer, del reconocimiento de nuestros límites… De bloguera a bloguero, se lo debe haber pasado pipa escribiéndolo. Y, sin embargo, ahora deja todo para meterse a político.

¿Por qué? ¿Qué debe llevar a un hombre de mi edad y de mi profesión, que podía estar jubilado desde hace tiempo  (como  yo), dedicado a su blog y a sus cosas (como yo), a meterse –y por segunda vez- en los pantanos de la política? Ya conoce el patio y sabe que, aunque él tenga las cosas claras, y por muy honrado, justo e inteligente que sea, se va a encontrar con que sus planes pueden frustrarse por la inoperancia, la incomprensión, la mala fe o la puñalada trapera, vete tú a saber ¿Por qué lo hace? Él, tan kantiano, dice que lo hace porque es su deber. Pero yo creo que lo que lo mueve es la pura pasión. Y es que, tal vez, entrevea, allá en la lejanía, a través de los escollos de las traiciones y las marrullerías, el espectáculo de una ciudad que funcionará y brillará como un sol de medianoche. O el engranaje de administraciones y consejerías que interactuarán con la suavidad y precisión de una aurora boreal… Y, por verlas, merece la pena cualquier dificultosa travesía.

Yo -que, cuando una vez me propusieron participar en política, rehusé con un “¿tú estás tonto o qué?”- tampoco comprendo esta pasión. Ni loca me embarcaría en una aventura semejante, igual que ni “jarta” de linimento me iría en moto a ver las auroras boreales, por muy maravillosas que sean. Son pasiones peligrosas y una ya tiene su edad.

Pero, así y todo, qué quieren que les diga, me parecen pasiones admirables.

lunes, 13 de abril de 2015

Horizontes lejanos




Hay personas, nómadas y aventureras, viajeros intrépidos (Herodoto, Livingstone...), que viajan por viajar, hablan un montón de idiomas para comunicarse con el otro y se meten en lugares recónditos y desconocidos, donde el diablo perdió los calzones, para, al cabo del tiempo, volver y contárnoslo.

Hay otros, nómadas inmóviles ("Solo las imaginaciones limitadas necesitan los viajes al extranjero", nos dice Vila-Matas), que no precisan salir de su casa para volar mentalmente a países lejanos. Como Kant, por ejemplo, que nunca salió de Koenigsberg, pero al que le encantaban los libros de viajes y estudiaba las peculiaridades de cada país con tal minuciosidad que más de un inglés, al oírle hablar del puente de Westminster, pensó que había vivido mucho tiempo en Inglaterra. O como Emily Dickinson, más encerrada todavía en su casa de Massachusetts, pero que escribió sobre sitios ignotos, Tenerife y el Teide, sin ir más lejos ("¡Ah, Tenerife! Monte apartado, honor de Edades para tu altitud, el sol revive sus puestas zafiro..."). Ella fue quien dijo que no hay mejor nave que un libro para viajar lejos.

Y, en medio, estamos los demás: los que viajamos -nunca muy lejos- y disfrutamos del camino, pero también nos apetece, al poco tiempo, volver a nuestra casa y a nuestra cama; los que también pensamos que un libro nos puede llevar hasta los confines del universo; los que, a cambio de no hacer trayectos largos, oímos ávidamente las vivencias de los audaces que se han aventurado por tierras exóticas...

Como Leo, que me cuenta haber visto en un mercado de Hanoi a una chica dormida entre telas multicolores. O Gelos, a quien le chocó ver, en una plaza de Anchorage (Alaska), el letrero "Cuidado con los osos". O Ana, que viajó hasta la China profunda y se encontró con hombres y mujeres, tan herméticos y extraños que parecían venidos de otra galaxia.

A Chari le sorprendió la vida en el agua de los habitantes del Lago Inle en Birmania; a Patri, el desprecio hacia la mujer que observó en la India; a Dani, en Kenia, comprobar que el ecuador existe realmente y que en el norte el agua gira en el sentido de las agujas del reloj, y en el sur, a unos metros, al contrario; a Bea, en Addis Abeba, el hecho de que esparcieran agua bendita con una manguera; a Nicolás, en Java, la venta de dentaduras postizas por las calles, como quien vende zanahorias; a Mita, la amabilidad de los tailandeses; a Pedro, los tepuy de Venezuela, lo más parecido al paraíso...

Mis amigos viajeros han tenido experiencias curiosas y, a veces, estremecedoras o fascinantes: ir, como Marian, por debajo de una catarata en Canaima agarrada a una soga; las excursiones nocturnas de Álvaro, con luna llena y la pesca de pirañas en el Río Negro; los funerales que vio Carmen en Bali, más parecidos a un carnaval que a una ceremonia luctuosa; la vez que Leslie fue a las Ozarks Mountains, donde viven gentes con su propio código de honor, y fue recibido (y despedido al instante) a balazos; cuando Cris pidió en Bangladesh, en un bar en medio de la nada, ir al servicio y le señalaron el ancho campo, pero, eso sí, le dieron una lata de agua para que se lavara después; bañarse, como Mingo, en el Parque Nacional de Morrocoy en una piscina natural acotada por una barrera de coral, en plena naturaleza, y ver aparecer a un heladero caminando por el agua con helados y langostas; quitarse, como Lety, sanguijuelas de las piernas durante una caminata por la selva de Taman Negara en Malasia...

¡Ancho, espléndido, insólito, maravilloso mundo! Un mundo para disfrutar y mirar -en persona, en libros o en relatos de viajeros- con los ojos abiertos, sin barreras ni prejuicios. Porque al final, cualquier horizonte cercano o lejano forma parte del mismo exótico viaje. El de la vida.




(En la imagen inicial, el lago Inle en Birmania. En la final, timket en Addis Abeba con mangueras de agua bendita, foto de Beatriz González)

lunes, 6 de abril de 2015

Carta de Jane Austen a Belén Barroso, autora de "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre"





Querida Belén:

Mi amiga Jane Jubilada amablemente me ha hecho llegar tu libro "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre". No sabes lo que le agradezco este detalle, porque, si a ti te parecía sumamente aburrida la Inglaterra de mis tiempos, imagínate cómo serán estos celajes en los que moro desde hace 198 años. Ni siquiera tenemos el entretenimiento (del que tú te has percatado) de llevar a las familias necesitadas lengua en salsa o huevos en salmuera, Una juerga es esto, te lo digo yo.

Muchas secuelas de mis obras me han llegado en este tiempo (incluso una espeluznante que se llama "Orgullo y prejuicio y zombis", que ya me dirás tú...). Pero te puedo asegurar, querida Belén, que con ninguna me he sentido tan identificada y me he reído tanto como con la tuya.

Para empezar,  lágrimas de emoción me arrancó tu dedicatoria: "Y, por supuesto, a Jane Austen, porque si ella no hubiera escrito ningún libro, ¿a quién copiaríamos los demás?". Me abrumas, querida amiga. Es verdad que tu Lady Hawthornetone-Williamsmith se parece ligeramente a mi Emma Woodhouse, con su pobre (o humilde o sencilla) a rastras. Pero ahí acaba el parecido y tu heroína vuela por su cuenta entre los entresijos de la vida en la campiña inglesa.

Y es que, además, lo que más me ha asombrado  del libro, debo confesarlo, es el perfecto dominio que tienes de los tales entresijos. Incluso me he preguntado si no será verdad que la reencarnación existe para algunos y realmente tú habrías estado en aquellos tiempos allí, observando y anotando todos los rasgos que conformaban nuestra idiosincracia: las viudas cotillas, los marinos de la Gloriosa Marina de su Majestad, los parientes pobres, las ricas herederas, los saludos, los sombreros... Y, por encima de todo, has sabido captar dos características de las que pocos se dan cuenta en mis novelas.

Una, lo puritanos y carcas que éramos para las manifestaciones externas del cortejo amoroso (porque besos, lo que se dice besos, no se ven en mis libros, la verdad) y para todo lo relacionado con el cuerpo serrano. Como en tu página 70: "...lo primero que se debe llevar es una camisa fina de algodón que vaya pegada al cuerpo y que... Veo que se está congestionando, ¿se ha atragantado o algo?
- Es que ha dicho cuerpo.". Y es que nosotros nos pasábamos tres pueblos con eso ¿Sabías que forrábamos las patas torneadas de los pianos porque se parecían a las piernas? (¡Huy, he dicho piernas!).

Otra, que el verdadero objetivo y deporte no era la caza del zorro sino la caza del marido rico. A veces, hay quien piensa que mis novelas son románticas y en ellas arde la llama del amor, pero sí, sí. Mi Elizabeth Bennet no se hubiera fijado en la vida en Mr. Darcy si éste no estuviera forrado. Los consejos que tus personajes dan sobre el matrimonio dan en la diana con toda puntería: "El matrimonio, querido soltero, si me permite llamarle así, es una obligación sobre todo cuando uno es un joven con una inmensa fortuna y no demasiado repugnante físicamente...".

Sin embargo, hay en tu protagonista una inocencia, una habilidad para conocer al otro (y encontrarle semejanzas con cualquier especie animal), una ternura... que te hace tenerle simpatía de inmediato y desear que de verdad pueda ser feliz en la vida que le ha tocado vivir. Me ha conmovido profundamente, querida autora.

Una última cosa debo confesarte: te he envidiado la presentación de tu novela. En mis tiempos, una portada (color avena) con el título y el nombre del autor, y va que chuta. En cambio, ahora es un gozo ver la imagen tan lánguida de la portada, con todos los detalles, el precioso sombrero, los abejorros rondando, la taza de té (que no falte), el rizo suelto... Y dentro, la letra de buen tamaño (mis ojos, después de 198 años ya no son lo que eran), los dibujos de la época y ¡mis frases! Un acierto, un verdadero acierto.

No me cabe, por lo tanto, otra cosa que darte la enhorabuena por tu obra. Estoy segura de que estás en el camino del éxito (y de las superventas). Cuentas con mi bendición, con mi agradecimiento y con todo el afecto cordial de
Jane

PD: Perdona la impertinencia, pero ¿qué nombre es ese tan raro de Belén? ¿Por qué tus padres no pensaron en otro más normal, qué sé yo, algo así como Edwina?




(La imagen final es del blog From Isi)

lunes, 30 de marzo de 2015

La tela de araña




Esta semana el mundo occidental se ha tragado, con un nudo en la garganta, la tragedia de 149 personas asesinadas, sin escrúpulos de ningún tipo, por quien tendría que haberlos conducido con mano firme a su destino. La catástrofe de los Alpes franceses nos ha sacudido, atemorizado y sumido en el estupor de lo incomprensible. Los que vivimos en islas y dependemos del avión para cualquier traslado, los que tenemos hijos a los que, por motivos de trabajo o estudios, no les queda más remedio que estar del tingo al tango (mi hijo vivió un tiempo en Düsseldorf e hizo más de una vez ese viaje), los que, incluso después de tantos años viajando, sentimos que eso de estar suspendidos entre el cielo y la tierra no es normal, no podemos evitar el escalofrío y el temor ante próximos viajes.

Durante esta semana éste ha sido el tema principal en los medios de comunicación, en las conversaciones y en el pensamiento. A mí, el que los destinos de unas personas se cruzaran y condujeran al día 24 de marzo a las 10,41 de la mañana, me hizo pensar en Agatha Christie y su "Hacia cero": "Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes (...) Todos cogidos y atrapados en la red (...) El asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado". Algo de eso hay, si pensamos en los chicos de la ESO que pudieron haber perdido el avión, pero no; o en la madre con su bebé que no consiguió pasaje a Londres y tuvo que coger ese viaje fatídico alternativo; o en los que iban a una feria de alimentación en Colonia, que podría haber sido convocada en otro momento del año... "Todos dirigiéndose, sin saberlo, hacia la hora cero".

Me hizo pensar también en la indefensión del ser humano y en cómo ponemos nuestra vida diaria en manos de los demás: de los que conducen guaguas, coches y aviones en los que vamos, sí, pero también del médico que nos atiende; o de los dirigentes que pueden decretar guerras que pueden cambiar lo que somos. El infierno pueden ser los otros, que diría Sartre.

Pero, sobre todo, me hizo pensar en las telas de araña. En mi jardín abundan entre las rosas. Como las telas de araña, las relaciones entre nosotros parecen ser hilos finos que unen nuestras suertes. Basta un golpe en uno de los puntos para que la tela entera caiga y parezca que todo se viene abajo. He oído estos días frases desanimadas del tipo de "Ya no se puede uno fiar de nadie", "Vamos a terminar sin poder viajar" y cosas así.

Pero no. Tengo un amigo que, por trabajo, viaja cada mes a varios países (por ejemplo, en marzo estuvo aquí, pero luego iba a París, Dublín, Berlín, Dubai y Río de Janeiro) y que me decía: "Me niego a vivir con miedo". Y tiene toda la razón. El miedo inmoviliza y no deja vivir. Las telas de araña de mi jardín, al día siguiente de quitarlas, están otra vez reconstruidas brillando al sol. Y ni siquiera un granizo como el que hubo hace unos días ha podido abatirlas.

En mi cocina, desde donde, a través de la puerta de cristal, veo mis rosas bajo este cielo de primavera, he puesto una vela encendida por todas esas personas desconocidas a las que, en su muerte, me siento tan cercana; por sus familiares a los que el dolor debe resultarles insoportable; y por la humanidad, en la que hay tanto loco suelto, pero en la que hay muchísimas más personas generosas que siguen tejiendo hilos de unión, de compasión y de solidaridad entre todos. Ellos conservan intacta la tela de araña.