lunes, 31 de agosto de 2015

Fiesta de pijama




Les juro que no he encontrado ni en Malinowski, ni en Marvin Harris, ni en Margaret Mead, reputados antropólogos y estudiosos de las costumbres humanas, ninguna referencia a las "fiestas de pijama". Sí es verdad que en todas las sociedades hay "ritos de pubertad", como, entre los okrikas de Nigeria, bajar las chicas al río a cantar días y días hasta que las rescatan; o el afilarse los dientes de las jóvenes mantuwai; o los niños que, en el Amazonas, tienen que ponerse un guante lleno de hormigas poroponeras, más piconas que una pimienta de la mala palabra, y aguantar 10 minutos sin gritar. Pero no hay nada parecido a esas fiestas que, de un tiempo a esta parte, hacen nuestros preadolescentes, o cocacolos, como los llama mi hija.

En mis tiempos juveniles no se estilaba nada de eso. Quedarse una amiga o dos a dormir en tu casa con el pretexto de estudiar, sí. Comprar pipas y chucherías para, aparentemente, despertar las neuronas, también. Pero mi madre, antes clarisa que meter en su casa a 9 o 10 niños y niñas de 10 a 12 años, que se pasasen la noche hablando, riendo y cantando. A gritos. Le pregunté a mi nieto de 10 años, al día siguiente de una de esas fiestas, que qué era lo que hacían durante toda la noche, y me contestó, mientras me miraba como un zombi cayéndose de sueño, que de lo que se trataba era de aguantar todo el tiempo sin dormir.

Con ánimo investigador y científico y para que los antropólogos del futuro no tengan esa laguna en sus escritos, la semana pasada mis amigas del colegio y yo -60 años más o menos desde que nos conocemos-, viendo que faltaba en nuestra educación tan fundamental experiencia, decidimos, nosotras también, hacer una fiesta de pijama. Trabajo de campo, que le dicen, y en el que fuimos anotando concienzudamente las diferencias que encontramos entre los cocacolos y nosotras. Helas aquí:

1.- Ellos solo están una noche: cena, noche sin dormir, desayuno y despedida aliviada a la mañana siguiente de los padres organizadores. 
Nosotras decidimos, en aras de la ciencia, que qué menos que pasar 2 días en la casa de la playa. Incluimos ahí desayunos, comidas y cenas en la terraza oyendo el mar, un paseo hasta el mirador de Los Gigantes para ver la puesta de sol más espectacular de la isla, baños en un mar transparente por las mañanas, una comida en un restaurante de Alcalá viendo pasar barcos que se despedían de agosto... Y largas, larguísimas sobremesas hablando de peripecias, lances y vicisitudes.

2.- La dieta de los cocacolos es sobre todo pizza o hamburguesas para cenar y chucherías para la noche en vela. Y, como su nombre indica, bebidas como cocacola o fanta.
Nosotras hicimos gazpacho de beterrada, ensalada de melón y cilantro, potas recién pescadas en salsa, papas negras arrugadas, tres clases de postres, baklavas caseros para el café, dos bizcochos para el desayuno... Y nos tomábamos unos chupitos o unos gintónics que te podías morir (Es que estas sesiones de estudio suelen ser agotadoras y hay que ir bien pertrechadas, no vaya a ser que nos dé un jamacuco o una inapetencia)

3.- A nosotras nadie nos chistó (y que se atrevan). Sin embargo, mi hija se levantó 3 o 4 veces en la última fiesta de pijamas de sus niños a imponer, sin conseguirlo, orden.

4.- El principal objetivo de ellos -no dormir en toda la noche- nosotras lo pasamos por alto. Y lo de dormir todas juntas en colchonetas en el suelo, también. Decidimos oír al cuerpo, que nos pedía camas y 8 horas de sueño (¿tendrá algo que ver la edad?).

Conclusión: existen ligeras diferencias entre cocacolos y jubiladas a la hora de celebrar una fiesta de pijama. Las causas de estas discrepancias las dejamos que las busquen los científicos del futuro (no se lo vamos a dar todo hecho ¿no?). Sin embargo, hay también semejanzas constatables, como son que todos vamos en pijama o camisón por la noche, que todos hablamos al mismo tiempo y nos entendemos, y que todos queremos repetir.
Y, por encima de todo, que todos, tanto ellos, los que comienzan a vivir y a valorar el sentido de la amistad, como nosotras, que ya lo sabemos, nos lo pasamos pipa.



(Las fotos son de mi amiga Chari: mesa del desayuno y un atardecer desde el sur)

lunes, 24 de agosto de 2015

Sin noticias de Armenia




¿Ustedes han oído hablar de Armenia? ¿Verdad que no? Por lo menos, yo no sabía casi nada de ella -solo que era un país caucásico perdido entre Turquía, Rusia e Irán- hasta que mi amiga Ana, de la que ya les he hablado aquí, se marchó hace un par de meses a recoger líquenes a la Armenia profunda con unos cuantos locos como ella ¡y con 43º! (ya sé que parece exagerado pero Ana es capaz de ir hasta las mismas puertas del infierno si le dicen que allí es probable que haya parmelias perlatas). Y, cuando vino, me trajo noticias de Armenia.

Ahora sé que es un país con un paisaje insólito de laderas peladas, valles profundos de un verdor imposible y abruptas cumbres coronadas de nieve; que te puedes encontrar de repente en pleno campo con lápidas como la de la imagen, restos de pueblos y civilizaciones antiguas que nadie recoge porque forman parte del paisaje; que allí no hay pobres; que presumen de ser el primer país cristiano del mundo; que quieren ser europeos; que han sufrido un genocidio brutal que el mundo occidental no les reconoce; que hay miles de armenios desperdigados por el mundo (en Estados Unidos, cerca de 400.000); y que muchos famosos - como el coleccionista de arte y filántropo Calouste Gulbenkian, el compositor Aram Jachaturan a quien le debemos la banda sonora de "2001: una odisea del espacio", Charles Aznavour, Cher, el escritor William Saroyan...- son de origen armenio.

¿Y la gente de a pie, qué tal?, le pregunto a Ana. Y entonces ella me cuenta lo de su muela y el dentista.

Como suele suceder, "lo imprevisto siempre ocurre en lugares imprevistos"-principio de Peter que me acabo de inventar-. A Ana se le rompió una muela, comiéndose un tomate, en medio de las montañas. Gracias al BW (Bendito Wasap), pudo mandar un mensaje a su dentista de aquí y esta le dijo que se pusiera un producto cementante para que la muela mellada no le molestase tanto. Ana tuvo que ir a Yerevan, la capital, en busca de una farmacia, pero no encontró el producto. La dependienta, sin embargo, amablemente le indicó que enfrente vivía un dentista y que posiblemente él lo tendría. Lo menos que Ana quería era un dentista armenio pero la necesidad manda y allá que se fue. 

La consulta era bastante peculiar: una habitación llena de gente, le pareció a ella. Había uno haciéndose rizos ante el espejo, una mujer que entraba y salía de la habitación hablando por teléfono, un joven contemplativo fijándose en todo, y el dentista con su bata blanca. Cuando Ana le contó el caso, él insistió, a pesar del canguelo de ella, en que se sentara en el sillón y, sobre la marcha, le hizo un empaste provisional  para que le durara hasta que la viera su dentista de aquí. Ana, bastante aliviada, le preguntó cuánto le debía, y él contestó al traductor que la acompañaba: "Ella no ha requerido mis servicios. Soy yo el que se los ha prestado ¿Cómo le voy a cobrar?". Como Ana insistió en pagarle por lo menos el material gastado, él, mirando el envase, dijo que servía para 20 dosis, dividió lo que le había costado entre 20 y le cobró poco menos de un euro.

Hay muchas cosas que pueden impresionarnos de Armenia, "fría, monótona e inolvidable", según la descripción de la escritora y viajera Ella Maillart. Por ejemplo, que en el 6000 antes de Cristo, cuando a mis islas no había llegado ni un alma, allí ya estaban los armenios fabricando y comercializando hachas, lanzas y baratijas de cobre, hierro y bronce. O que en el Monte Ararat, un símbolo para ellos, se posó el Arca de Noé cuando cesó el Diluvio Universal. O que se dice que es el emplazamiento probable del Jardín del Edén (Ana, por lo menos, me cuenta que, desde el punto de vista evolutivo, una gran cantidad de verduras, frutas y cereales europeos, como el trigo y el albaricoque, provienen de allí).

Pero a mí, que vivo en un mundo dominado por el dinero, qué quieren que les diga, lo que más me ha impresionado es esta sencilla historia de un profesional honrado y justo que podría ser perfectamente un digno descendiente de Noé. Que siga habiendo hombres así, como este dentista armenio, es la verdadera noticia.

lunes, 17 de agosto de 2015

Bajo el signo de Géminis




La semana pasada -de tormentas inesperadas sobre la isla- han nacido las mellizas. Son hijas y nietas de amigos muy queridos que se estrenan de padres y de abuelos. Los que lo somos desde hace tiempo sabemos que este es un momento-joya, un regalo para guardar, atesorar, regodearse y recordar con mimo cuando pasen los años. Y en este caso está, además, el añadido de que el milagro es doble, porque los gemelos y mellizos parecen tener un estatus especial.

Durante toda su vida se les conocerá por estar bajo el signo de Géminis, hayan nacido en junio o en cualquier otro mes del año. No les quedará otro remedio que ser "las gemelas" o "las mellizas", oír otras historias curiosas de gemelos y tolerar más comparaciones de las que habitualmente se dan entre hermanos. Comprobarán que los humanos somos así de poco originales y de plastas.

Pero también tendrán el privilegio de tener una compañera de fatigas, una coleguita con la que reírse de las morisquetas que les hacemos los adultos, una amiga de su edad con la que compartir el asombro ante una pompa de jabón o con la que aprender a caminar y a caerse y a hacer trastadas ¡Alguien con la que repartir culpas, qué hallazgo!

Cuando ya sean mayorcitas, seguro que su abuela les hablará de los primeros Géminis, Cástor y Pólux, los Dióscuros. Ya, ya sé que su historia no es muy edificante que digamos, pero las niñas de ahora -todo el mundo lo dice- vienen más preparadas que las de antes para los avatares de la vida moderna. Cástor y Pólux eran hijos de Leda, la esposa del rey Tindáreo de Esparta, que fue seducida por Zeus -ese rijoso- bajo la forma de un cisne, y hermanos, por tanto, de Helena de Troya. Como muchos semidioses se divirtieron de lo lindo y vivieron una vida de peripecias y aventuras, pasándoselo pipa (la vida en la Grecia antigua era tan insegura como la de la Grecia de ahora). Rescataron a Helena que había sido raptada por Teseo, navegaron con Jason y los Argonautas en busca del Vellocino de Oro, ayudaron alegremente a Peleo a devastar el país de Astidamía, reina de Yolco, y los muy golfos se fugaron con las hijas de Leucipo que se iban a casar al día siguiente con sus primos, también gemelos, Idas y Linceo. Estos, muy ofendidos con toda la razón los persiguieron y retaron. Idas mató a Cástor, y Pólux lloró tan amargamente ante la pérdida de su hermano que Zeus, compadecido, los colocó a ambos, juntos para siempre, entre las estrellas.

Ahí están todavía, velando por que todos los gemelos y mellizos que vengan al mundo tengan una vida plena, se lo pasen en grande como ellos y nunca digan lo de "me aburro". Me da que fueron ellos los que la semana pasada anunciaron el nacimiento de las mellizas con redobles de truenos y relámpagos. Y luego, después de la tempestad, en la calma de la noche de agosto, iluminaron el cielo con una lluvia de estrellas. Nunca una pareja de niñas tuvo una mejor y más luminosa bienvenida al mundo.

(Para Melchor y Lolina, Rita y Virgilio, que saben ahora la maravilla que es ser abuelos. Y a Carlos y Naima, padres novatos, que van a conocer, a partir de ahora, lo que vale un peine)

lunes, 10 de agosto de 2015

El año del pedo




Supongo que muchos de ustedes conocen el cuento de "Las mil y una noches", "El año del pedo". Por si no se acuerdan, ahí les va. Un honrado y rico beduino llamado Abul-Hussein decidió un día casarse y eligió a una jovencita, hermosa como la luna llena. El día de la boda en Bagdad ofreció un espléndido banquete y todo el mundo, incluido el novio, bebió y comió hasta saciarse. Al final, las mujeres llevaron a la novia a la habitación nupcial y la prepararon para la llegada del esposo. Abul-Hussein entró con su séquito y se sentó un momento en el diván con dignidad. Pero al levantarse, tal vez por todo lo que había comido, se le escapó un pedo "terrible e inmenso". Todos disimularon hablando o tintineando ajorcas, pero Abul-Hussein, avergonzado, montó en su caballo y no paró hasta llegar a la India. Al cabo de 10 años, pensando que ya el hecho estaba olvidado y acuciado por la añoranza, volvió. Cuando iba llegando a su casa, vio a una niña a la que una anciana estaba despiojando y la oyó preguntar: "¿Cuántos años tengo, abuela?". La abuela contestó: "A ver... naciste en el año del pedo, así que tienes ¡10 años!". Abul-Hussein se quedó paralizado. Su pedo, su único fallo en una vida honorable, ¡había hecho historia! Se volvió y nunca más se le vio por allí.

Hace poco leí este cuento y me hizo preguntarme sobre ese error único y fatal que puede destruir una vida ¿Tendrían razón los curas que, en el colegio, nos daban los ejercicios espirituales? Siempre nos contaban esta otra historia: "Borja Mari, de las mejores familias de Bilbao, hijo del Corazón de María y Angelito de Cristo, con una vida irreprochable. Un día se fue de copas con los amigos y cayó en la tentación (nunca nos contaron cuál fue la tentación. Era como el fundido en negro de la censura de las películas). Murió en ese momento y para siempre fue consumido por las llamas del fuego eterno (¿cómo lo sabían?)". Aparte de dejarnos con el corazón en la boca pensando en el pobre Borja Mari, todo chamuscado por una sola caída, la conclusión era clara: por muy bien que te portaras no te podías permitir ni un descuido. No se atrevía una ni a sonarse, no sea que también fuera pecado.

Y ya que hemos empezado hoy escatológicos, pongamos la carta de mi amiga Luisita. Cuando yo era chica, recibir una carta era lo más de lo más, un acontecimiento que, además en mi casa, era público. Todo el mundo leía tu carta, faltaría más. Hasta a veces la llevabas al colegio por si hubieran sido pocos los enterados del contenido. Luisita, que vivía en Los Realejos y tenía entonces unos 7 años, me escribió y empezaba así su carta: "Pedona que no te halla hescrito antes..." ¡Para qué fue aquello! Risas, carcajadas y rechiflas de mis primos y hermanos, que no se fijaron en el "halla" ni en el "hescrito" (después de todo ellos también tenían faltas de ortografía), sino en el "pedona" con el que a partir de entonces bautizaron a Luisita: Luisita la Pedona. De nada le valió hacerse adulta, tener hijos y nietos, llevar un negocio, ser una persona respetable. Un solo acto en su vida, uno solo, la condenó para siempre a llevar entre los míos la carga de La Pedona ¿Es justo eso?

No, la vida no es justa. Mi madre, de las clases de un profesor que tuvo, autor de varios libros, solo recordaba una vez que estornudó y se le salieron los mocos delante de toda la clase. De Francisco Umbral, en lugar de sus escritos, de lo que todo el mundo se acuerda es de la vez que se enfadó en la tele con Mercedes Milá porque "él había ido a aquel programa a hablar de su libro". Y aunque tú seas más buena que el pan de Arafo, ni se te ocurra perder los papeles un día que estés hasta el moño de algo, porque te llamarán "la histérica" o "la volcánica". Por un perro que maté, mataperros me llamaron, que dice el refrán.

Conclusión: seamos perfectos. Ni pedos, ni mocos, ni fallos, ni exabruptos. Eso sí, en un mundo de seres intachables, probablemente se acabarían las risas, y eso sería una pena. Porque, como dice el padre de Lizzie Bennet en "Orgullo y prejuicio" de mi Jane Austen: "¿Para qué hemos venido a este mundo si no es para entretener a nuestros vecinos y reírnos nosotros de ellos a la vez?".

lunes, 3 de agosto de 2015

Teoría del chasco




Hace poco leí la historia de un tal Steve Feltham que desde 1991 vive acampado a la orilla del lago Ness en Escocia con la esperanza de ver y capturar a Nessie, el supuesto monstruo prehistórico que, según las leyendas, vive en el fondo legamoso del lago. Steve renunció a su familia y a su trabajo, y se ha pasado ¡24 años! allí pegado día y noche (me lo imagino durmiendo con un ojo cerrado y otro abierto, por si en ese preciso momento a Nessie se le ocurriera asomar la cabeza), persiguiendo "una ilusión, una sombra, una ficción", como en "La vida es sueño". 

En todo este tiempo, el monstruo no se ha dignado ni salir a preguntar cómo le iba a nuestro hombre y este ha terminado por decir "adiós, muy buenas". Si la palabra "chasco" significa, según María Moliner, "impresión que recibe alguien cuando espera una cosa agradable, que va a producirle placer, y resulta que no ocurre o que no es agradable o que, por el contrario, es desagradable", Steve Fultham se ha llevado un chasco monumental: en lugar de la gloria, la rechifla mundial.

El caso es que, después de leer esto, me he ido encontrando con gente chasqueada, pareciéndome que son los chascos, y no las sorpresas e ilusiones, los que jalonan nuestras vidas. 
Por ejemplo, Trescatorce, una bloguera que sigo, contaba hace poco que encontró en el metro, empotrado entre dos asientos, unos folios doblados con el primer capítulo de un libro que su autor había dejado allí como quien tira una botella al mar. Trescatorce los leyó ilusionadísima viéndose ya como la descubridora de un genio de la literatura. "Sí, -le diría a Iñaki Gabilondo- yo fui quien lo dio a conocer, después de aquel hallazgo afortunado...". Pero lo escrito era tan malo que, como ella dice, su "gozo de notoriedad en un pozo".

O también, unos amigos que viajaron a Perú me cuentan el chasco que se llevaron ante el río Rimac en Lima, el río que Chabuca Granda cantó en "La flor de la canela", vecino del puente y la alameda. En lugar de "la vereda que se estremece", "la risa de la brisa del río" y "la gloria del ensueño que evoca la memoria", se encontraron un lugar maloliente y asqueroso, pegado a un mercado y lleno de basuras.

Y para chascos, uno de ultratumba, el que se debe haber llevado el viejito avaro que quería ser enterrado con todo su dinero, cosa que le hizo prometer a su mujer. Cuando esta puso una caja en el ataúd y le preguntaron, dijo que había puesto dentro un cheque por el valor de todo el dinero y que él podría ir a cobrarlo cuando quisiera.

Y hay más: amigos que pensamos que nos quieren y luego resulta que no tanto, libros que tienen una portada maravillosa y que a la página 20 constatamos que no nos atrapan, fiestas que resultan un aburrimiento, viajes en los que te prometen las siete maravillas que luego se diluyen en colas de vehículos y en mal tiempo, suéteres que te compras pensando que estarás divina de la muerte para desecharlos a la primera lavada, dietas milagrosas que sigues para bajar 100 gramos, billetes de lotería terminados en 5 que va a ser el número seguro del gordo y... ¿de dónde salió ese 3?...
¿Nos pasamos la vida en un chasco continuo? ¿Esperamos demasiado de los demás y de las circunstancias? ¿Somos unos ilusos?

Aprendamos de los clásicos. Pandora ya se llevó el chasco de los chascos cuando abrió la caja que le regalaron con la recomendación de que no la abriera. Por supuesto, como habríamos hecho todas, ella la abrió - ¿para qué están las cajas cerradas sino para abrirlas?- y, en lugar de tesoros o dones, salieron todos los males que se desparramaron por el mundo. Pero en el fondo, permaneció Elpis, el pájaro verde de la esperanza.

Ese es el que nos consuela, nos hace rebajar expectativas y nos lleva a pensar que también hay amigos, libros, fiestas, viajes, acontecimientos..., que nos salen bien y nos alegran la vida ¿Para qué queremos, después de todo, descubrir un monstruo prehistórico?


lunes, 27 de julio de 2015

Descubriendo la pólvora: los frikis




Según la RAE, la Wikipedia y las definiciones que ellos mismos se dan, un friki es:
a) una persona pintoresca y extravagante,
b) apasionada por un tema en particular, ya sean los alienígenas, el fútbol, los zombies o el planeta Plutón.
c) que tiene a gala llevar de vez en cuando indumentarias un tanto extrañas relacionadas con su afición (con lo cual carece por completo del sentido del ridículo),
d) por lo que mucha gente de la llamada "de provecho" no los ve con muy buena cara, que digamos.

A pesar, entonces, de que pueda parecer que un friki es más raro que un perro verde, lo cierto ahora (parodiando a Joan Cusack en "In&Out") ¡es que todo el mundo es friki! Lo es mi hija, metida de lleno en el mundo escrito de la fantasía; mi sobrino, que adora los soldaditos de plomo y los juegos de rol; Antonio, un amigo catalán, que me habló por primera vez del Triángulo Friki de Barcelona, la zona, punteada por las librerías Gigamesh, Norma y Freaks, en la que se concentran una quincena de tiendas dedicadas a ese mundo. Hay reuniones, clubs, festivales (Metrópoli de Gijón, por ejemplo), en los que te puedes encontrar gente disfrazada de Capitán América o tipos que pagarían tropecientos euros por una consola antigua.

Cuando me jubilé, en el acto de despedida de los alumnos de 2º de Bachillerato, la representante de los alumnos apuntó como característica esencial de su generación el ser frikis: "... todos somos algo "raritos", únicos, diferentes y extraños a nuestra manera. podemos resultar desconcertantes y extravagantes. Pero no nos juzguen, nos gusta ser así, alegres ahora e histéricos cuando salgamos a la calle, somos imprevisibles y fuera de lo común". Lo friki prolifera y se impone y hay mucho candidato por ahí suelto que aspira a serlo, tal vez viéndolo como el signo de nuestro tiempo.

Pero no se engañen. Frikis ha habido siempre. Javier Cercas, en un artículo del año 2010, Teoría del friki, nombra a miembros ilustres del frikismo de todos los tiempos: el Arcipreste de Hita con el Libro de Buen Amor, "el más libre, el más gamberro y el más subversivo"; el Cervantes de El Quijote y de El Licenciado Vidriera; Unamuno, Baroja, Kafka, Millás, Mendoza... Todos, según Cercas, por compartir la idea de que la normalidad no existe, son dignos de figurar en el universo friki.

Igual que, sin subir hasta esas alturas literarias, somos dignas de figurar en él mis amigas de la infancia y yo, que hace 60 años fuimos, ataviadas con velos de encaje, rosarios y misales, a la Iglesia de San José a bautizar a Fernandito, el muñeco de mi amiga Conchi que también llevaba su traje de cristianar, Cuando ya estábamos con Fernandito medio metido en la pila de agua bendita y todas alrededor echándole agua entusiasmadas, nos descubrió Don Jesús Cabrera, el párroco, que nos persiguió por toda la iglesia, mientras nosotras corríamos a toda pastilla.

No me digan que ahí no estaban ya todos los ingredientes de la cultura friki: personas pintorescas (nosotras), apasionadas por un tema (los muñecos y su salvación eterna), ataviadas con ropajes extraños (no sé incluso si alguna llevaba los tacones de la madre), sin sentido del ridículo (a los 7 años no sabíamos qué era eso) y perseguidas por la gente de provecho (Don Jesús, que en gloria esté).

¡Si eso no es ser friki, que baje Harry Potter y lo vea!

(En la imagen, un graffiti friki dedicado a "La guerra de las galaxias")

lunes, 20 de julio de 2015

El sublime arte de escaquearse




Si en algo somos genéticamente especialistas los humanos es en escaquearnos de nuestras responsabilidades. Hasta mi nieta pequeña -que no llega a los 2 años y en el hablar está empezando con los verbos-, después de tirar un vaso o una figurita al suelo y causar un estropicio, ya sabe decir, con su preciosa sonrisa, un encogimiento de hombros y las palmas de las manos hacia arriba: "¡Se cayó!".

Y es que el mayor invento a la hora de dominar este sublime arte es el dominio del "se" impersonal. Los periódicos están llenos de este "se": "Se aprueba el rescate", "Se produjo un tiroteo", "Se ha caído el sistema informático"... Una vez que íbamos a viajar a Santiago a las 10 de la noche, el avión no despegó hasta las 6 de la mañana porque "se ha producido un fallo técnico". Después nos enteramos de que el fallo técnico era que pilotos y azafatos estaban cansados y se fueron a dormir, dejando gentilmente que nosotros lo hiciéramos en las salas vacías del aeropuerto (ver amanecer desde los sillones incómodos de un aeropuerto, mientras las señoras de la limpieza friegan y vacían papeleras no es mi ideal de una noche placentera).

El truco está, como señala mi admirado Alex Grijelmo, en separar gramaticalmente todo lo posible a las personas de los fenómenos que ellas mismas provocan. Detrás de ese "se", parece que nadie tiene la culpa de nada. Son esos entes incorpóreos ("el sistema informático", "las razones operativas", "las fluctuaciones económicas", "la crisis"...) los que asumen todo el marrón, mientras los demás nos quedamos limpios, inocentes y angelicales. Incluso yo, que ya saben lo honrada que soy, ayer, que se me cayó un huevo de los que mi marido acababa de traer del mercadillo, antes de que me dijera "Pronto empezaste a hacer tortilla", ya le estaba yo diciendo: "Es que el huevo se puso resbaloso". Antes muerta que culpable.

Y no crean, cuando solo son dos personas las que viven en la casa, quedar absuelto es peliagudo. Hay que hacer virguerías para que nada nos salpique: "se rompió", "se traspapeló", "se perdió", "se esfumó"... Así, el padre de un amigo mío, cansado de tanto juego lingüístico y de tanto poltersgeist, le dijo a su mujer: "Mira, Catalina, déjate de rollos. Aquí solo vivimos los dos. O fuiste tú o fui yo".

Tal vez crezcamos moralmente cuando sustituyamos ese "se rompió" por "lo rompí" y llegue el momento en que todos aceptemos nuestros actos. Porque, si no, puede darse un caso como el de Guille, el hijo de unos amigos, que llegó a su casa por la noche y le preguntó a su madre: 
- ¿Y las croquetas que sobraron del mediodía?
- Oh, se comieron.
- ¿Las unas a las otras?