lunes, 17 de noviembre de 2014

Historias de Los Sauces: los nombretes




Dicen que en los pueblos antiguos a cada persona se le imponía un nombre y, luego, el brujo de la tribu añadía otro sobrenombre, secreto y esencial, que nadie podía conocer. En Los Sauces ocurre justamente al revés: todos tienen el nombre con que sus padres los bautizaron y, además, un sobrenombre, apodo, o, como decimos aquí, nombrete, que no solo no es secreto sino que muchas veces es más conocido que aquel que figura en el Registro.

Hay una leyenda urbana -no sé si cierta o no- que cuenta que, cuando en Los Sauces hubo por fin teléfonos para casi todo el mundo, allá por los años 60, y les dieron la Guía Telefónica, los sauceros, para poder aclararse y saber de quién era cada número, la cambiaron por una Guía telefónica propia que, en los nombres, podría haber sido tal que así:





Detrás de cada nombrete hay, por supuesto, una historia. Algunas son muy obvias, pero de otras su origen puede perderse en la noche de los tiempos y sería un arduo trabajo de investigación buscarlo (de hecho, Don José Pérez Vidal estuvo intentándolo). Yo sé, por ejemplo, que a mi tío Manuel lo llamaban La Gata Parda porque tuvo una mula que se llamaba así (que ya es rebuscamiento ponerle ese nombre a una mula), pero ¿de dónde habrán salido el Salta si puedes, los Solilunas, Medio barril, Cascabullo o los Calandracos?

Cada una de estas personas tiene a gala su nombrete. Es su signo de distinción, su blasón nobiliario, su toisón de oro. Significa que eres alguien en el pueblo y que ese nombrete muchas veces desterrará el apellido y dará nombre a familias enteras (los Cañuelas, los Mazapanes, los Rancheritos...).

Francisco Lorenzo Concepción es un profesor saucero, catedrático de Instituto, del que el pueblo se siente orgulloso, tanto que le encargaron hace dos años el Pregón de las Fiestas. Pero para todos es Francisco Sonámbulo. Él mismo, muy ufano, contó en este Pregón el origen de su nombrete. Decía que, cuando era chico, siempre iba apurado corriendo a la clase del Maestro Cándido por si llegaba tarde, y siempre hacía dos gestos inconscientes y seguidos: mirar la hora al pasar por el Ayuntamiento y santiguarse al pasar por la iglesia. Y un día que iba más zumbado de la cuenta lo hizo al revés: se santiguó ante el Ayuntamiento y miró la hora en el reloj inexistente de la iglesia. Los viejos, que estaban al quite todas las mañanas sentados en el banco de la Plaza, se rieron y le dijeron: "¡Francisco! ¿Vas sonámbulo?". Y Sonámbulo se quedó para siempre.

¿Ven lo que les digo? Así empiezan las historias, las dinastías y el orgullo de ser de Los Sauces, el pueblo con más nombretes que conozco.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Buzón de sugerencias




Una de las ventajas de vivir en Tenerife es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar. Una de las ventajas de ser jubilada es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar.

Mi playa es la Playa de la Arena, al oeste de la isla y a hora y media de mi casa. Yo no la conocí hasta los 18 años porque, para mi padre, que era el único que tenía coche de la familia, todo lo que estaba más allá de Los Cristianos era entonces Terra Incognita y él no tenía espíritu de aventura. Yo fui con mis compañeras de la Universidad, cuando hacíamos el Albergue del Servicio Social en el verano del 66.

En aquel entonces se iba por caminos de tierra todavía y había muy pocas casas (entre ellas, el Bar Pancho, no ascendido todavía a "restaurante", pero que ya servía pescadito fresco al lado del mar). Pero eso sí, la playa, las calitas, el olor a mar del norte, perfumado y bravo, eran ya los de hoy. Me quedé maravillada y ni en mis mejores sueños pude imaginar que alguna vez tendría una casa aquí.

Me gusta esta playa pequeña de arena negra, como aquellas en las que aprendí a nadar. Me gusta el agua transparente, las mañanas luminosas y la mole impresionante de La Gomera enfrente, tras la que todos los atardeceres el sol monta un show como para dejar con la boca abierta al personal. Me gusta el ambiente familiar que todavía perdura, a pesar de que algunas mañanas de agosto el aire se carga de voces en cien idiomas distintos.

Sí, ya no es la playa de antes. Ahora tiene bandera azul, lo que significa wifi, servicios, un lugar especial (si quieres y tienes alma de croqueta) para enterrarte en la arena..., y este buzón de sugerencias, al que, muchas veces, cuando camino temprano por allí, veo así, desarbolado y sin bolsa recogedora, con la boca abierta hacia la nada.

Entonces, -si "sugerir" es provocar ideas, inspirar, insinuar, pero también evocar-, imagino que voy rescatando, enredados en las hojas de las palmeras, en las rocas y en los picos de las gaviotas, las ideas y evocaciones que, nacidas en la playa,  vuelan confiadas hasta el buzón y que, luego, libres, el viento marino ha ido desperdigando.

Y así, encuentro amores y promesas de verano, rotos y olvidados; castillos de arena con su foso y su puente, anegados de agua ante la risa alborozada de los niños; conversaciones de las mujeres en la tarde como pedazos perdidos de agosto; el desfile aquella vez de los calderones, en perfecta formación hacia las calitas de Alcalá, cual comitiva fantasmal; banderitas de las verbenas de San Juan, arrugadas y descoloridas; música de parranda que se va perdiendo y escuchando cada vez más lejana...

Las estaciones -todos lo hemos notado- van desplazándose, empezando cada vez más tarde y alargándose en meses imposibles. 
Y hoy "hay un aire de adiós en cada cosa:
en el mes avanzado, en los bañistas,
en el estío lento, en aquellas muchachas
que desconozco hoy, y en la luz de la playa."
(Vicente Gallego)
Este buzón de sugerencias, mirando abierto y ciego hacia el mar, tiene para mí, hoy lunes, 10 de noviembre, un sabor de final de verano.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Descubriendo la pólvora(I): Los selfies




La gente joven de ahora cree haber descubierto la pólvora con los selfies. Estés donde estés y a menos que te descuides,  cualquiera de tu alrededor saca el móvil -ese aparatito multifuncional que lo mismo sirve para echar una parrafada que para encontrar la receta de las croquetas- y hace una foto estirando el brazo hasta donde dé. En ella sale el -manco- autor de la foto y con él, tú y los que te acompañan, así sea el Orfeón Donostiarra; y más allá el paisaje -un atardecer, el Tajmahal o la Feria de Chipiona-.

Y como aquí todos somos de "culo veo, culo quiero", basta que se vea a Ellen DeGeneres haciéndose un selfie en los Óscar, o a Cameron, Obama y Thorning-Schmidt haciéndose otro en el funeral de Mandela, o a la Reina Letizia en un montón de sitios, para que toooooodo el mundo quiera tener el suyo y ser, así, lo más de lo más. Incluso se creen la última cocacola del desierto (como dice mi amiga Ligia) por llamar a esta época "la era del selfie" y por "inventar" modalidades de selfies que, por supuesto, ya estaban inventadas desde que hubo cámaras de fotos.

Por ejemplo, el "selfeet", que es sacarle una foto a tus pies, tremenda novedad. Sí, es verdad que a nosotros en tiempos pasados no se nos ocurría hacerla, pero porque, puestos a inmortalizar (y con lo caros que eran los carretes y los revelados), lo de los ñoños en la arena no nos parecía que tuviera una preferencia especial. Pero si querías, la hacías, faltaría más.

O el "teleselfie" que vi en el viaje que hice el mes pasado a Viena: un montón de japoneses acoplaban a su móvil un bastón articulado y así sacaban una foto panorámica, en la que se les vería mirando hacia arriba y, detrás de ellos, la plaza de los museos con la estatua de María Teresa con cara de pensar que estos japoneses están locos. Y sí, tampoco eso lo hacíamos nosotros, pero era porque, ante cualquier maravilla, siempre nos gustaba más verla de frente que dar la espalda al mundo.

Realmente, siempre ha habido selfies. Que no son -eso se los concedo- autorretratos, como los de Picasso, Frida Khalo, Durero, Rubens y todos los autores que se han pintado a sí mismos, mirándose horas y horas en un espejo para sacar hasta la más mínima arruga. No. Esa es otra modalidad del ego.

Yo digo selfies de verdad, con todos los ingredientes de uno de verdad. Véase, si no, este que nos hicimos mi marido y yo cuando llevábamos juntos un año, hace ya 48. Recuerdo perfectamente ese día. Habíamos ido en una excursión con los amigos al Puertito de Güimar. Hubo sol, olas, tortilla de papas, guitarra y canciones; y, después de comer, paseo a solas por la orilla del mar. Llevábamos cámara de fotos, que imagino grande y pesada, y, cuando íbamos por las calles del pequeño pueblito de pescadores que era entonces el Puertito, mi novio alargó el brazo y sacó esta foto, la única que hicimos ese día (había que ahorrar carrete y, de repetirla, nada). Sí, ya sé que salió fatal: movida, yo con los ojos cerrados, seria y despelujada por el viento, él con sonrisa de Drácula... Pero es un selfie con todas las de la ley: cámara de fotos, fotógrafo manco de un brazo y no tener a nadie que pasara por allí para pedirle que nos hiciera una foto, por favor.

Eso sí, hay otro ingrediente en el que coinciden todos, fotos, autorretratos, selfies de antes y de ahora: el deseo de detener el tiempo y hacer eterno ese momento feliz. Como éste, de hace tanto tiempo, en el que eras joven, estabas enamorada y toda la naturaleza bullía de vida alrededor. En el que se abría ante nosotros el futuro y no teníamos ni idea de que nos estábamos haciendo un selfie.



(La imagen inicial es "El último selfie" del gran Forges. Esta última podríamos llamarla "El primer selfie")

lunes, 27 de octubre de 2014

Días para guardar




Hay días para olvidar -que, sin embargo, no olvidas-: aquel en que te dijeron que a un ser querido le queda poco tiempo de vida, cuando te enteras de la traición de un amigo, cuando tuviste un dolor, también del cuerpo, y te encuentras indefenso, cuando te suspenden (injustamente, por supuesto) de Hogar y Labores en el Bachillerato...

Y hay otros días para guardar, como se guardaba antes entre papeles de seda una rosa que nos perfumó la mente, o una foto de tiempos felices, o la risa de tus niños cuando eran pequeños.

El jueves tuve un día de esos, un día perfecto, un día en La Palma con mis amigas del colegio -60 años juntas ya-. Y eso que no empezó con buen pie por culpa de una señora -muy amable de todas formas- que en el Aeropuerto de Los Rodeos, a la ida, se ofreció a hacernos una foto. Cuando me devolvió la cámara, me dijo: "¡Qué buena verlas a todas tan alegres! Lo malo de estas fotos de amigas es sacarlas del álbum al pasar los años y empezar a contar las ausencias...".

La miré como quien mira a la bicha ¡Quita, quita, pájaro de mal agüero! Ya me vi en las noticias del periódico del día siguiente con el titular: "12 amigas del colegio, ya talluditas, caídas al fondo del mar en un avión cuando iban tan contentas a pasar el día a La Palma".

Pero no. El viaje, redondo (todavía en los aviones de las islas nos ofrecen una chocolatina y una bebida), y en 20 minutos ya estábamos en tierra, olvidadas de la agorera y sin parar de alegar.

Las reuniones de amigas no tienen historia Son días felices, como el del jueves, en los que brillan momentos especiales: el recibimiento generoso -¡Bienvenido, patio!- de la anfitriona; las camisetas para cada una con la imagen del patio del colegio, aquel sitio que sólo existe ya en los corazones de todas; la comida con especialidades palmeras (los polines, el escacho -todo un descubrimiento-, las garbanzas, el mojo de queso, el conejo en salmorejo, las sopas de miel, los almendrados, piñas, marquesotes y rapaduras...); los regalos de vacilón con premios y bandas de colores como en el colegio (¡me nombraron Atenea laureada con corona y todo!); y lo mejor de todo: las risas, las conversaciones sobre lo divino y lo humano y el descubrimiento renovado de la amistad.

¡Y hay tanto que agradecer! A Nievitas, nuestra anfitriona, que tiene el corazón más grande que la preciosa casa en la que nos acogió con los brazos abiertos; a los que ayudaron para que todo saliera bien (Pedro, Chicha y Nieves, que nos fueron a buscar y a llevar al aeropuerto; Cala, con el escacho; Pepito, con las camisetas y los pins; Pablo, por hacernos pacientemente fotos cuando se lo pedíamos...); y, sobre todo, a mis niñas, mis amigas de siempre, por ser como son y por hacerme sentir cómoda con ellas. Que te acepten tal como eres, sin pedirte más de la cuenta, no tiene precio.

Una vez les escribí: "En los distintos caminos que hemos tomado en la vida, siempre nos unirán las voces de la infancia y el eco de las risas en los laureles del patio del colegio". Y eso no lo va a cambiar nadie ni nada, aunque, inevitablemente algún día no estemos. Como dijo Ángel González: "Todo esto será un día / materia de recuerdo y de nostalgia..." porque así es como funciona la vida. Pero, por ahora, es un tesoro, un día de los de "¿te acuerdas cuando...?", un día para guardar con la sonrisa en los labios.



(El patio del colegio)

lunes, 20 de octubre de 2014

Perplejidad en el Convento



La perplejidad puede tener varios matices: asombro, extrañeza, desconcierto, sorpresa, confusión, incertidumbre... Este sábado todos ellos se me mezclaron al hacer una visita con el grupo "Lo que las Piedras cuentan" al Convento de clausura de las Claras de La Laguna.

Hay asombro en cuanto cruzas el umbral del Convento -una mansión de gruesos muros que ocupa una manzana entera en el centro de la ciudad- y sorpresa al pisar las amplias salas abiertas al patio. Las recorres casi con reverencia, deteniéndote en sus nombres, tan sugerentes - De Profundis, Sala Regina Coeli, Sala Seráfica, Sala de la Redención, Sala Quién como Dios, Sala Corpus Christi-, y admirando un altar de plata impresionante con el que se viste el de la iglesia en días de fiesta, o los cuadros y esculturas de la Virgen, del Cristo y de los santos, o los retratos mortuorios -un poco espeluznantes, la verdad- de las Venerables, madres abadesas que murieron dando ejemplo de santidad. Como, por ejemplo, Sor Catalina de la Esperanza, de la que cuentan que, cuando murió, las palomas vinieron a posarse sobre su ataúd, lo que se consideró señal de virtud.

En los pasillos, limpios y silenciosos, descansan los baúles de cedro antiguos que en un tiempo trajeron dotes y pertenencias de las novicias. Hay relicarios de plata dorada, atriles de marfil, áureos cálices, crucifijos, navetas, patenas, casullas. Aquí y allá vemos libros, muebles y objetos de otra época; un tenebrarium magnífico; y un bombo y una colección de castañuelas de madera que resultan algo incongruentes. Todo, cada detalle de este convento, que suponemos callado y ajeno al ruido exterior cuando no lo invade el barullo de un grupo que comenta aquí la delicadeza de un Niño Jesús y allá el lujo de una corona con piedras preciosas, nos asombra y nos deleita.

Y mientras recorremos las salas, los patios, el ajimez que se levanta orgulloso sobre la ciudad... aparece otro tipo de perplejidad: la extrañeza  ante el hecho de que este sitio, que es parte de la historia de La Laguna y que guarda tan rico patrimonio artístico y documental, haya estado 4 siglos cerrado al pueblo en general, en la más estricta clausura, desde su fundación en 1577 hasta hace solamente un año.  El convento, que en todo ese tiempo permaneció en pie desafiando el tiempo, los incendios o los rayos -como el que el año pasado lo dejó trastabillando pero entero-, cerró siempre sus puertas a los que alguna vez pretendieron el privilegio del que ahora gozamos: recorrer sus pasillos y vislumbrar sus tesoros.

Al final, cuando ya nos íbamos, otra perplejidad asoma en las conversaciones en forma de desconcierto: ¿Qué es lo que lleva a mujeres de hoy en día -algunas, universitarias- a meterse entre cuatro paredes para no salir jamás? ¿Tiene sentido la clausura, por más que Aristóteles haya cifrado la felicidad en la vida contemplativa?

Entiendes que, en los comienzos y hasta nuestra época, los motivos eran más económicos y sociales que religiosos. Olalla Fonte del Castillo, la aristócrata que en el siglo XVI cedió su casa para que en ella se instalaran las monjas clarisas, lo hizo a cambio de que admitieran a tres de sus hijas (ya tenía otras dos dentro). Las ventajas eran muchas: se quitaba de encima y les resolvía la vida a cinco hijas de una tacada; las dotes del convento eran menores de las que tendría que reunir para un matrimonio del mismo status (y casar a cinco hijas ventajosamente tampoco sería muy fácil); además, tendría asiento preferente en la iglesia, un buen entierro y, por supuesto, enchufe para entrar en el Cielo. No es de extrañar que el Convento -que en la actualidad alberga a 13 monjas- haya llegado a tener más de 150.

¿Pero ahora, en el siglo XXI, es compatible la clausura con el valor que damos a la libertad? Ellas se sienten el corazón de la Iglesia, dedicadas al "vuelo místicamente azul de la plegaria", que diría Rubén Darío. La paz de los claustros conventuales tiene su atractivo para las personas a las que el mundo exterior les viene grande. Aquí cavan el huerto, hacen hostias para la Misa, bordan y cosen, preparan comidas para los necesitados e incluso -nos dijo la Madre Abadesa al final, mientras nos invitaban amablemente en el Locutorio a un licor dulce de misa, galletas y recortes de hostias- escuchan a quienes vienen a contarles sus problemas: son "psicólogas sin sueldo", dicen. Ellas han hecho su elección en la vida, una elección muy respetable, y se las ve felices.

Pero ¿no tendrán dudas o deseos de estar alguna vez en una alegre reunión familiar o de amigos? ¿No añorarán los largos paseos a la orilla del mar? ¿No sentirán anhelo alguno cuando miren a través de la reja del ajimez a la Calle Viana y a la Plaza del Cristo y oigan las risas de los niños y el discurrir de la vida en la ciudad?

Perplejidad. Perplejidad.Perplejidad.



(La calle Viana y, al fondo la Plaza del Cristo desde el ajimez)



(Sala Regina Coeli)



(Pasillo)



(Maqueta del Convento)

(Todo mi agradecimiento a la Madre Abadesa y a las demás Madres que nos acompañaron, a Margarita Gallardo que fue una guía estupenda, a Melchor Padilla que organizó la visita y a Alejandro Carracedo que me dejó sus fotos)

lunes, 13 de octubre de 2014

Estar de morros




Es una verdad mundialmente reconocida que yo no me enfado (casi) nunca. Y que, si lo hago, se me pasa enseguida. Incluso mi marido, que vive conmigo y aguanta mis despistes y majaderías (y se enfada), admite ante todo dios que tengo mejor carácter que él. Aunque sigue rezongando, después, que con mi "fue sin querer" lo quiero arreglar todo.

Pero es que es la verdad de la vida ¿Para qué iba yo a querer ofenderlo, si firmé papeles con eso de que "hasta que la muerte nos separe"? Y, además, poniéndome como Neruda, ¡es tan corta la vida, y tan largo el olvido! ¿Para qué perder el tiempo enfadándose y desenfadándose? Onetti decía : "Es mejor perder una discusión que perder el tiempo", ese tesoro dorado de días, horas y minutos que se nos escurre entre los dedos sin apenas darnos cuenta.

Tal vez habría que hacer como el de aquel chiste viejo:
- Y tú, ¿de qué estás tan gordo?
- De no discutir.
- ¿Cómo va a ser por eso? ¡Será de otra cosa!
- Bueno, pues será de otra cosa...

Miren, por ejemplo, uno de los enfados más tontos de la literatura, el de Ana Shirley, la protagonista de "Ana, la de Tejas Verdes" de L. M .Montgomery. Ana es, al principio de los 8 libros, una niña huérfana de 11 años adoptada por los hermanos Marilla y Matthew en la idílica isla del Príncipe Eduardo en Canadá. Es una niña inteligente, creativa y generosa, pero también muy quisquillosa, sobre todo en lo que se refiere a su pelo, de un rojo subido ("Nadie que tenga cabellos rojos puede ser feliz", dice). Así que, cuando Gilbert Blythe intenta atraer su atención en la escuela y no se le ocurre otra cosa mejor para ello que tirarle de la trenza roja y decirle: "¡Zanahorias! ¡Zanahorias!", Ana monta en cólera y, aparte de llamarlo "niñato mezquino y odioso", le parte la pizarra que llevaba en la mano en la cabeza. Y aunque él le pide perdón enseguida, Ana decide odiar a Gilbert hasta el fin de sus días. Tuvieron que pasar 5 años para que Ana empezara a darse cuenta de que la vida no era tan atractiva si no estaba cerca su amigo el enemigo. Y otros 5 más (de hecho en el tercer libro), hasta que descubriera que él era el hombre de su vida y se olvidara definitivamente de las zanahorias ¡Cuántos ratos perdidos, cuántas risas que pudieron ser y no fueron, cuántos momentos gloriosos no compartidos, todos por culpa de una estupidez!

Así que, antes de hacer como Ana Shirley, o como el cartaginés Amílcar Barca que hizo que su hijo Aníbal jurara ante los dioses odio eterno a los romanos (y miren lo que la lió con las guerras púnicas), yo -que hoy me dio la vena consejera tipo Elena Francis-  propondría relativizar, hablar cuando hay malentendidos o hacer como mi amigo Manolo que, una vez que salió a hacer un recado y tardó en llegar unas cuantas horas, cuando vio a su mujer enfadada (¿dónde has estado?, ¿por qué no llamaste? y todo eso), le contestó con una frase que ya ha sido incorporada al léxico de los amigos para momentos así:
- ¿Pues yo robo? ¿Pues yo mato? Pues entonces...

lunes, 6 de octubre de 2014

La casa en la que durmió Mozart




En Austria, en donde estuve la semana pasada, te puedes sentir como Heidi, si subes hasta los pueblitos de los lagos alpinos, con sus praderas verdes, sus vaquitas y sus montañas, ahora ya coronadas de nieve. Te puedes sentir como Sissi, si te tomas un café en la terraza del palacio Fuschl -el Possenhofen de la película- en una mañana radiante sobre el lago. Te puedes sentir Fräulein María, la protagonista de "Sonrisas y lágrimas", si paseas por Salzburgo, donde hasta puedes imaginar –ya mi hijo me advirtió de que tuviera cuidado– que te cae un niño de los árboles al compás del horriblemente mal traducido "Do es trato de varón". Pero por encima de todo, en Austria lo que te sientes de verdad  es un espectador de un gigantesco espectáculo musical.

Porque hay ciudades de agua, de niebla, de fuego o de humo. Pero Viena y muchas ciudades austriacas son ciudades hechas de música. La música –"inagotable fuente a escanciar cada día", que diría Marilina Rébora– te sale al paso en cada esquina. Allá, un acordeón que toca valses en una cava en los bajos del Albertina, o tres violines que ofrecen canciones húngaras en la Kärntner Strasse. Acá, un clarinete vibrante en el mercado, entre olores a especias, flores y wienersnitchel, o un arpa en un jardín de rosas, o un saxo frente a la iglesia de San Miguel, en la noche fría y lluviosa, siguiendo el ritmo de tus pasos de retirada. En la calle, en el Teatro de la Ópera, hay una pantalla gigante en la que se ve y oye la ópera que están representando en ese momento, Manon, mientras la gente, sentada en sillas en la acera amplia, escucha entregada, extasiada e inmóvil.

Hay música de un circo cercano, mientras tomas cerveza y salchichas en ventorrillos instalados en el marco incomparable de la Plaza del Ayuntamiento, frente al Burgertheater; o, cuando en el Café Central te sientas a por un apfelstrudel, y de un piano van fluyendo canciones de cine. Todavía más allá: la música en Austria la sientes también en el sonido sobre los adoquines de los cascos de los caballos de la Escuela Española de Equitación o de los que llevan en carrozas a los turistas; en el agua de las fuentes; en el viento en los árboles de los bosques de esta Centroeuropa, donde nacieron los cuentos; en el quedo rumor  de las aguas del Danubio –que efectivamente no es azul– y de los lagos, en los que no permiten motores que lo perturben. 

Sí, te sientes un espectador que te vas dejando inundar poco a poco por el ambiente y las melodías. Es imposible ir al Prater y no escuchar el eco de "El tercer hombre" en la Noria; o ir a Salzburgo y no acordarte del "Sube montañas", el tema que la abadesa canta en "Sonrisas y lágrimas". Allí te dan ganas de ponerte uno de esos preciosos y favorecedores trajes típicos y asistir a las Fiestas de la Cerveza o colarte en Bad Ischl en unas reuniones llenas de risas y canciones dedicadas a los que nacieron en el año 50, que nos queda cerca. Al final, hasta me vi –era inevitable– coreando con Suzanna, mi amiga austriaca, la opereta "El Caballo Blanco del Lago St. Wolfgang".

Tampoco puedes sustraerte a la presencia de los grandes músicos: Strauss, Listz, Beethoven... Y Mozart, sobre todo Mozart, presente en estatuas, cuadros, nombres de tiendas, casas en las que nació y vivió, cementerios en los que tal vez esté enterrado o no, e incluso en los más famosos bombones de Viena –chocolate y mazapán–, que llevan su nombre.

Para no ser menos, me he quedado en Viena en una casa donde también durmió Mozart desde septiembre de 1781 hasta julio de 1782. Allí terminó de componer "El rapto en el serrallo", y desde su ventana tal vez oyó, como yo, el despertar rítmico de una ciudad llena de vida y la cadencia de las voces hablando en distintos idiomas. Tal vez escuchó, como yo, a una chica solitaria que, sentada en los escalones de una fuente cerca de la catedral de San Esteban, cantaba ópera llegando a las notas más altas con una voz clara y limpia. O a otra que tocaba en la esquina Cosi fan tutte al piano -nada menos que al piano, con lo que pesa-. Tal vez aquí Mozart se sintió feliz y se reía, como lo hice yo, con las típicas historias vienesas, como la de "El querido Agustín", el borracho que tres veces fue tirado entre los muertos de la peste y que –al igual que Blanco Herrera, el de la canción de Peret, que "no estaba muerto, que estaba de parranda"– se levantaba de la sepultura y seguía bebiendo (y viviendo).

Hasta me pareció oír una noche, acostada en la casa en la que durmió Mozart, una carcajada lejana parecida a la del Amadeus de la película.

Es fácil, en esta ciudad musical, mágica e increíble, que te acompañen fantasmas risueños.


(La imagen inicial es "Gustav Mahler dirigiendo la Filarmónica de Viena", óleo de Max Oppenheimer en el Belvedere)



(El Hotel Sacher y la Ópera desde el Albertina)




(Ventorrillos en la Plaza del Ayuntamiento de Viena)




(Calle de Salzburgo. Al fondo, el Castillo)




(El Lago St. Wolfgang)




(El pueblito de Hallstatt)




(Prado y bosques de Kaiservilla, en Bad Ischl)




(El Danubio desde el coche)