lunes, 13 de abril de 2015

Horizontes lejanos




Hay personas, nómadas y aventureras, viajeros intrépidos (Herodoto, Livingstone...), que viajan por viajar, hablan un montón de idiomas para comunicarse con el otro y se meten en lugares recónditos y desconocidos, donde el diablo perdió los calzones, para, al cabo del tiempo, volver y contárnoslo.

Hay otros, nómadas inmóviles ("Solo las imaginaciones limitadas necesitan los viajes al extranjero", nos dice Vila-Matas), que no precisan salir de su casa para volar mentalmente a países lejanos. Como Kant, por ejemplo, que nunca salió de Koenigsberg, pero al que le encantaban los libros de viajes y estudiaba las peculiaridades de cada país con tal minuciosidad que más de un inglés, al oírle hablar del puente de Westminster, pensó que había vivido mucho tiempo en Inglaterra. O como Emily Dickinson, más encerrada todavía en su casa de Massachusetts, pero que escribió sobre sitios ignotos, Tenerife y el Teide, sin ir más lejos ("¡Ah, Tenerife! Monte apartado, honor de Edades para tu altitud, el sol revive sus puestas zafiro..."). Ella fue quien dijo que no hay mejor nave que un libro para viajar lejos.

Y, en medio, estamos los demás: los que viajamos -nunca muy lejos- y disfrutamos del camino, pero también nos apetece, al poco tiempo, volver a nuestra casa y a nuestra cama; los que también pensamos que un libro nos puede llevar hasta los confines del universo; los que, a cambio de no hacer trayectos largos, oímos ávidamente las vivencias de los audaces que se han aventurado por tierras exóticas...

Como Leo, que me cuenta haber visto en un mercado de Hanoi a una chica dormida entre telas multicolores. O Gelos, a quien le chocó ver, en una plaza de Anchorage (Alaska), el letrero "Cuidado con los osos". O Ana, que viajó hasta la China profunda y se encontró con hombres y mujeres, tan herméticos y extraños que parecían venidos de otra galaxia.

A Chari le sorprendió la vida en el agua de los habitantes del Lago Inle en Birmania; a Patri, el desprecio hacia la mujer que observó en la India; a Dani, en Kenia, comprobar que el ecuador existe realmente y que en el norte el agua gira en el sentido de las agujas del reloj, y en el sur, a unos metros, al contrario; a Bea, en Addis Abeba, el hecho de que esparcieran agua bendita con una manguera; a Nicolás, en Java, la venta de dentaduras postizas por las calles, como quien vende zanahorias; a Mita, la amabilidad de los tailandeses; a Pedro, los tepuy de Venezuela, lo más parecido al paraíso...

Mis amigos viajeros han tenido experiencias curiosas y, a veces, estremecedoras o fascinantes: ir, como Marian, por debajo de una catarata en Canaima agarrada a una soga; las excursiones nocturnas de Álvaro, con luna llena y la pesca de pirañas en el Río Negro; los funerales que vio Carmen en Bali, más parecidos a un carnaval que a una ceremonia luctuosa; la vez que Leslie fue a las Ozarks Mountains, donde viven gentes con su propio código de honor, y fue recibido (y despedido al instante) a balazos; cuando Cris pidió en Bangladesh, en un bar en medio de la nada, ir al servicio y le señalaron el ancho campo, pero, eso sí, le dieron una lata de agua para que se lavara después; bañarse, como Mingo, en el Parque Nacional de Morrocoy en una piscina natural acotada por una barrera de coral, en plena naturaleza, y ver aparecer a un heladero caminando por el agua con helados y langostas; quitarse, como Lety, sanguijuelas de las piernas durante una caminata por la selva de Taman Negara en Malasia...

¡Ancho, espléndido, insólito, maravilloso mundo! Un mundo para disfrutar y mirar -en persona, en libros o en relatos de viajeros- con los ojos abiertos, sin barreras ni prejuicios. Porque al final, cualquier horizonte cercano o lejano forma parte del mismo exótico viaje. El de la vida.




(En la imagen inicial, el lago Inle en Birmania. En la final, timket en Addis Abeba con mangueras de agua bendita, foto de Beatriz González)

lunes, 6 de abril de 2015

Carta de Jane Austen a Belén Barroso, autora de "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre"





Querida Belén:

Mi amiga Jane Jubilada amablemente me ha hecho llegar tu libro "Confesiones de una heredera con demasiado tiempo libre". No sabes lo que le agradezco este detalle, porque, si a ti te parecía sumamente aburrida la Inglaterra de mis tiempos, imagínate cómo serán estos celajes en los que moro desde hace 198 años. Ni siquiera tenemos el entretenimiento (del que tú te has percatado) de llevar a las familias necesitadas lengua en salsa o huevos en salmuera, Una juerga es esto, te lo digo yo.

Muchas secuelas de mis obras me han llegado en este tiempo (incluso una espeluznante que se llama "Orgullo y prejuicio y zombis", que ya me dirás tú...). Pero te puedo asegurar, querida Belén, que con ninguna me he sentido tan identificada y me he reído tanto como con la tuya.

Para empezar,  lágrimas de emoción me arrancó tu dedicatoria: "Y, por supuesto, a Jane Austen, porque si ella no hubiera escrito ningún libro, ¿a quién copiaríamos los demás?". Me abrumas, querida amiga. Es verdad que tu Lady Hawthornetone-Williamsmith se parece ligeramente a mi Emma Woodhouse, con su pobre (o humilde o sencilla) a rastras. Pero ahí acaba el parecido y tu heroína vuela por su cuenta entre los entresijos de la vida en la campiña inglesa.

Y es que, además, lo que más me ha asombrado  del libro, debo confesarlo, es el perfecto dominio que tienes de los tales entresijos. Incluso me he preguntado si no será verdad que la reencarnación existe para algunos y realmente tú habrías estado en aquellos tiempos allí, observando y anotando todos los rasgos que conformaban nuestra idiosincracia: las viudas cotillas, los marinos de la Gloriosa Marina de su Majestad, los parientes pobres, las ricas herederas, los saludos, los sombreros... Y, por encima de todo, has sabido captar dos características de las que pocos se dan cuenta en mis novelas.

Una, lo puritanos y carcas que éramos para las manifestaciones externas del cortejo amoroso (porque besos, lo que se dice besos, no se ven en mis libros, la verdad) y para todo lo relacionado con el cuerpo serrano. Como en tu página 70: "...lo primero que se debe llevar es una camisa fina de algodón que vaya pegada al cuerpo y que... Veo que se está congestionando, ¿se ha atragantado o algo?
- Es que ha dicho cuerpo.". Y es que nosotros nos pasábamos tres pueblos con eso ¿Sabías que forrábamos las patas torneadas de los pianos porque se parecían a las piernas? (¡Huy, he dicho piernas!).

Otra, que el verdadero objetivo y deporte no era la caza del zorro sino la caza del marido rico. A veces, hay quien piensa que mis novelas son románticas y en ellas arde la llama del amor, pero sí, sí. Mi Elizabeth Bennet no se hubiera fijado en la vida en Mr. Darcy si éste no estuviera forrado. Los consejos que tus personajes dan sobre el matrimonio dan en la diana con toda puntería: "El matrimonio, querido soltero, si me permite llamarle así, es una obligación sobre todo cuando uno es un joven con una inmensa fortuna y no demasiado repugnante físicamente...".

Sin embargo, hay en tu protagonista una inocencia, una habilidad para conocer al otro (y encontrarle semejanzas con cualquier especie animal), una ternura... que te hace tenerle simpatía de inmediato y desear que de verdad pueda ser feliz en la vida que le ha tocado vivir. Me ha conmovido profundamente, querida autora.

Una última cosa debo confesarte: te he envidiado la presentación de tu novela. En mis tiempos, una portada (color avena) con el título y el nombre del autor, y va que chuta. En cambio, ahora es un gozo ver la imagen tan lánguida de la portada, con todos los detalles, el precioso sombrero, los abejorros rondando, la taza de té (que no falte), el rizo suelto... Y dentro, la letra de buen tamaño (mis ojos, después de 198 años ya no son lo que eran), los dibujos de la época y ¡mis frases! Un acierto, un verdadero acierto.

No me cabe, por lo tanto, otra cosa que darte la enhorabuena por tu obra. Estoy segura de que estás en el camino del éxito (y de las superventas). Cuentas con mi bendición, con mi agradecimiento y con todo el afecto cordial de
Jane

PD: Perdona la impertinencia, pero ¿qué nombre es ese tan raro de Belén? ¿Por qué tus padres no pensaron en otro más normal, qué sé yo, algo así como Edwina?




(La imagen final es del blog From Isi)

lunes, 30 de marzo de 2015

La tela de araña




Esta semana el mundo occidental se ha tragado, con un nudo en la garganta, la tragedia de 149 personas asesinadas, sin escrúpulos de ningún tipo, por quien tendría que haberlos conducido con mano firme a su destino. La catástrofe de los Alpes franceses nos ha sacudido, atemorizado y sumido en el estupor de lo incomprensible. Los que vivimos en islas y dependemos del avión para cualquier traslado, los que tenemos hijos a los que, por motivos de trabajo o estudios, no les queda más remedio que estar del tingo al tango (mi hijo vivió un tiempo en Düsseldorf e hizo más de una vez ese viaje), los que, incluso después de tantos años viajando, sentimos que eso de estar suspendidos entre el cielo y la tierra no es normal, no podemos evitar el escalofrío y el temor ante próximos viajes.

Durante esta semana éste ha sido el tema principal en los medios de comunicación, en las conversaciones y en el pensamiento. A mí, el que los destinos de unas personas se cruzaran y condujeran al día 24 de marzo a las 10,41 de la mañana, me hizo pensar en Agatha Christie y su "Hacia cero": "Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes (...) Todos cogidos y atrapados en la red (...) El asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado". Algo de eso hay, si pensamos en los chicos de la ESO que pudieron haber perdido el avión, pero no; o en la madre con su bebé que no consiguió pasaje a Londres y tuvo que coger ese viaje fatídico alternativo; o en los que iban a una feria de alimentación en Colonia, que podría haber sido convocada en otro momento del año... "Todos dirigiéndose, sin saberlo, hacia la hora cero".

Me hizo pensar también en la indefensión del ser humano y en cómo ponemos nuestra vida diaria en manos de los demás: de los que conducen guaguas, coches y aviones en los que vamos, sí, pero también del médico que nos atiende; o de los dirigentes que pueden decretar guerras que pueden cambiar lo que somos. El infierno pueden ser los otros, que diría Sartre.

Pero, sobre todo, me hizo pensar en las telas de araña. En mi jardín abundan entre las rosas. Como las telas de araña, las relaciones entre nosotros parecen ser hilos finos que unen nuestras suertes. Basta un golpe en uno de los puntos para que la tela entera caiga y parezca que todo se viene abajo. He oído estos días frases desanimadas del tipo de "Ya no se puede uno fiar de nadie", "Vamos a terminar sin poder viajar" y cosas así.

Pero no. Tengo un amigo que, por trabajo, viaja cada mes a varios países (por ejemplo, en marzo estuvo aquí, pero luego iba a París, Dublín, Berlín, Dubai y Río de Janeiro) y que me decía: "Me niego a vivir con miedo". Y tiene toda la razón. El miedo inmoviliza y no deja vivir. Las telas de araña de mi jardín, al día siguiente de quitarlas, están otra vez reconstruidas brillando al sol. Y ni siquiera un granizo como el que hubo hace unos días ha podido abatirlas.

En mi cocina, desde donde, a través de la puerta de cristal, veo mis rosas bajo este cielo de primavera, he puesto una vela encendida por todas esas personas desconocidas a las que, en su muerte, me siento tan cercana; por sus familiares a los que el dolor debe resultarles insoportable; y por la humanidad, en la que hay tanto loco suelto, pero en la que hay muchísimas más personas generosas que siguen tejiendo hilos de unión, de compasión y de solidaridad entre todos. Ellos conservan intacta la tela de araña.

lunes, 23 de marzo de 2015

Las viejas majaderas



Esta semana pasada he estrenado tres cosas: portada de mi blog, primavera y años.

La portada del blog ha sido un regalo de mi hija, con un diseño de Virginia Manzano, que me encanta. Ahí está la lechuza (o coruja) de Minerva, sobre mi hombro; ahí están mis libros, mis guisos y mis copas con los amigos; y está también una paloma posada sobre la J de "Jubilada", que indica mi afición, si no por las palomas, por el palomero que las cuida. Y lo mejor de todo: me pone una cinturita que no tenía desde el año 80. Gracias, Ana. Gracias, Vir.

Estreno también (estrenamos, que en este caso es un estreno coral) primavera, que viene cargada de viento y lluvia, haciéndonos volver a sacar del armario los chubasqueros y abrigos que, ilusionados ante falsas promesas, habíamos guardado. Anoche el granizo repiqueteó sobre las claraboyas de mi casa. Pero con inclemencias y todo, la primavera es la primavera y ahí está, prometiendo expectativas. Como cuando José Mercé canta nombrando el frío: "Diciembre está en la calle. La primavera dentro".

Y estreno años, 67, cosa que me hace pensar por las mañanas cuando me despierto: "¿Qué pila de años dicen que tengo?" Y me vienen a la mente la vieja majadera del cuento, o la imagen de mi abuela a mi edad, con su pelo blanco, su moño, sus arrugas y su ropa oscura, o las noticias sobre "ancianos de 60"... Y me parece que no hablan de mí.

Entre todo lo que suelen mandar por Internet hay ristras de consejos para seguir a estas edades y algunas me dejan perpleja. Me dicen , por ejemplo, en "20 reglas básicas para después de los 60", una como esta (regla 16): "Hable poco y oiga más pues su vida y su pasado solo le interesan a usted mismo. Si alguien le pregunta sobre esos asuntos, sea breve y procure hablar de cosas buenas y agradables. Jamás se lamente de algo. Hable en tono bajo y con cortesía...". O esta (regla 8): "Nada de ser muy moderno. Intente ser clásico". O la regla 7, en la que después de mandarte a que te bañes, te limpies los dientes y te perfumes con moderación, terminan con "ya que ahora usted no es guapísimo, esté por lo menos bien cuidado". O esta (regla 20): "Si alguien le dice que ahora usted no hace nada de importancia, no se preocupe. Lo más importante ya fue hecho: usted y su historia, buena o mala, ¡ya sucedió!".

Tienen estas consejas un tufo tan paternalista y tan prepotente que me indignan. Nos tratan a los de mi edad como a personas con un pie ya en ultratumba y, entre líneas, parecen decirnos "no hables, no incordies, hazte invisible, no seas vieja majadera, vuelve a los moños de tu abuela, no pintas nada, tu historia ya pasó, deja paso a los jóvenes triunfadores que somos guapísimos...". Dan ganas, aparte de mandar todo a la papelera, de empezar a hacer justamente lo contrario y de lamentarnos, en tono alto y sin cortesías de ningún tipo, de tanta imbecilidad que hay suelta por ahí.

Afortunadamente, luego me habla mi primo el médico de la visita de Doña Lázara que, con 100 años de edad, vino a su consulta por un dolor en la espalda por haberle dado vuelta al colchón ella sola. O me acuerdo de una conferencia que le oí a la escritora María Rosa Alonso con 98 años donde nos hablaba de que le faltaba tiempo para todo lo que quería hacer o estudiar. O del padre de unos amigos, también nonagenario, que preparaba exposiciones de pintura para próximos años, como si siempre existiera un mañana. O me leo un artículo de Javier Marías ("Las mujeres son más jóvenes"), en el que cuenta que oyó a mujeres de mi quinta por la calle que decían: "¡Qué bien estamos las mujeres!", "¡Ay, y que lo digas!", "¡Y nos lo pasamos genial!". Podría haber estado hablando de mis amigas y yo cuando salimos por ahí a comer o hacemos alguna parranda.

También he leído el texto de Oliver Sacks, el neurólogo que escribió "Despertares" y "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", al que con 81 años le han dicho que le queda poco de vida. Pero, lejos de lamentarse, Sacks nombra a Hume (que, en una tesitura igual, dijo: "Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros") y hace planes, consciente de que, a pesar de todo, su vida no está terminada ni mucho menos: "Por el contrario, me siento increíblemente vivo; y deseo y espero, en el tiempo que me quede, estrechar mis amistades, escribir más, viajar, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento".

Así que hoy reivindico mi edad, la tercera como la llaman; abomino de reglas básicas que quieran ningunearnos y hacernos desaparecer; doy vivas a las viejas majaderas, "ni sumisas ni devotas: libres, lindas y locas", como reza la imagen de esta entrada. Y acojo con bienvenidas y parabienes mi nueva portada (tan alegre y tan vital), la nueva primavera, cuando quiera que llegue, y mi nueva edad, que trae consigo proyectos sin estrenar y modos de vivir que conformen, no solo un bienestar, sino sobre todo, como dice mi maestro Emilio Lledó, un "bienser". Ahí queda eso.

lunes, 16 de marzo de 2015

Mi casa es mi castillo




Toda persona tiene inscrito en sus genes, estoy segura, el afán de tener un lugar donde vivir que sea enteramente suyo. Un sitio íntimo, recogido, privado, en el que del mundo exterior solo entren aquellos que tú quieras.

Cuando yo era pequeña y vivía en una casa ruidosa, alegre y siempre llena de gente, hice muchos dibujos de mi casa ideal que luego descubrí que mi padre había guardado. La dibujaba como una cueva, tan arregladita ella, con cortinas y todo, en medio de la ladera de una montaña; o como un barco surcando los mares conmigo dentro, viento en popa a toda vela; o como la casita del bosque que aparece en los cuentos y en los sueños. Lo que tenían en común todas mis casas era que estaban en lugares apartados y silenciosos y que desde sus ventanas se derramaba una luz que sugería intimidad y calor de hogar. 

También mis nietos ahora están reuniendo dinero para hacerse una casa del árbol en la que pondrán, me cuentan, sus cosas y sus libros. Virginia Woolf, si no casa, reclamaba una habitación propia, un espacio en el que cimentar la independencia de la mujer en un mundo de hombres. Y Agatha Christie consiguió hacerse, cuando acompañaba a su marido en las excavaciones cerca del Tigris, una pequeña habitación de adobe para alejarse del mundanal ruido en la que el epigrafista de la excavación colocó un letrero que decía "Beit Agatha", la casa de Agatha.

Todos queremos un refugio. Y nos creemos, después de leer mucha novela inglesa y mucho cuento de hadas, lo de "mi casa es mi castillo". Hombre, no se quiere una casa con un foso maloliente rodeándola ni con almenas desde las que arrojar aceite hirviendo a las huestes invasoras, sino una que sea el reino de la intimidad y la tranquilidad.

Así que, cuando me vine a vivir a un lugar lejos de la civilización (ya saben, este sitio por el que solo pasan cinco guaguas al día), me las prometía muy felices en mi casa-castillo (es un decir): mi cueva, mi barco, mi casita del bosque con su luz cálida en el interior. Sin ruidos, sin vecinos arriba ni abajo (al lado vive mi hermana pero eso no cuenta), sin patio común por el que puedas enterarte de las intimidades de señores a los que no conoces de nada, sin paredes delgadas que te permitan oír de la mañana a la noche las canciones de Mari Trini que una vecina fan se empeñe en poner, sin taconeos sobre tu cabeza... Oh, el silencio de las tardes viendo la puesta de sol, el silencio de la mañana solo interrumpido por piares de pájaros y viento en las ramas de los naranjos, el silencio de las noches punteado por croares de ranas...

Pero sí, sí... El mundo conspira para que tu casa no sea un remanso de paz sino algo parecido a la Plaza del Príncipe en carnavales. Ataca por tierra en forma de los que vienen a tu puerta todos los fines de semana a convencerte de sus ideas religiosas o políticas, de los que quieren venderte alfombras portuguesas, de los que te piden dinero para las fiestas o firmas para no sé qué.

Ataca por aire con el tandatachunda de las verbenas todo el verano, puesto a unos decibelios imposibles, y con el anuncio de las muertes ocurridas en el pueblo y los eventos que pregona el coche del Ayuntamiento.

Y ataca -la peor intromisión- por teléfono todos los días, cuando te llaman a cualquier hora para que te cambies a Jazztel, Orange o Vodafone, para que compres un colchón viscoelástico, un filtro de agua o un bono del euromillón, para que contestes a una encuesta larguísima, o para que, con el regalo de una vajilla, te quedes con una enciclopedia.

¿Cómo defenderte? Con los que llegan hasta mi puerta es fácil (a los de las alfombras portuguesas les digo, antes de que empiecen a desplegarlas, que en casa somos todos asmáticos.  Mi hermana, que me oyó el otro día, dice que ella va a decir lo mismo). Pero ¿qué hacer con los del teléfono? Como siempre pienso que los que llaman son unos mandados, procuro no enfadarme y contestarles educadamente que no los puedo atender. Pero últimamente, cuando empiezo a decir que nunca juego a la lotería, o que le estoy dando la comida a mi nietita y no puedo ponerme a contestar preguntas, o que no quiero regalos o no me voy a cambiar de compañía, antes de que termine de hablar, me cuelgan el teléfono abruptamente, sin un "gracias", sin un "disculpe la molestia", y ni siquiera sin un "que te zurzan" que, después de todo, podría llevarnos a un intercambio gracioso de opiniones.

Me están dando ganas, a falta de aceite hirviendo, de poner un contestador, en plan Lord Pauncefoot-Jones con la ceja levantada por encima del monóculo, y soltarle a todo el que llame: "Reservado el derecho de admisión. Para usted, señor, mi casa es mi castillo"

lunes, 9 de marzo de 2015

Baby boom




Esta semana, Álvaro, mi cuarto nieto, ha nacido con la luna llena. Ha saludado al mundo con un grito que se ha oído más allá del paritorio, en la sala donde otros abuelos esperaban el milagro que es el nacimiento de un niño. Todos hemos sonreído y algunos (yo, por supuesto), llorado. No hay mejor ocasión para la risa y el llanto que ver y oír nacer a un nuevo ser.

Últimamente el mundo se ha llenado de niños. A la familia han llegado Óscar, Sofía, Daniel y, ahora, Álvaro. Pero también ha nacido Irene, la hija de una alumna muy querida, y muchos nietos de amigos: Lorena, Raúl, Diego, Alejandra, Darío, Carla, Pedro, Fernando, Lucas, Inés, Amalia, Santiago,.. Y hay cinco más ya en camino.

Ha ocurrido como una explosión, como si de pronto quisieran negar las estadísticas que dicen que en España ha descendido la natalidad. Como si sus miradas limpias que te siguen con curiosidad (¿Quién será esa loca que me dice tonterías?) y sus deditos, agarrándose a los tuyos, gritaran: “¡Eh! ¡Estamos aquí! ¡Y, lo quieran o no, somos los dueños del mañana!”.

¡Son tan diferentes ya! Está la impaciente y el tranquilo, el temperamental, el serio y el alegre, la que se fija y la pasota… Sus circunstancias son también distintas: la religión, el modelo familiar, el sitio en el que han nacido (Los Ángeles, Londres, Luxemburgo, aquí...). Han sido o serán presentados al mundo en ceremonias íntimas, o en fiestas bautismales. Pero todos coinciden en que se hacen entender enseguida y en que no tienen ningún empacho en presentarnos una lista de órdenes claras y precisas que no dudan, esos pequeños tiranos, que obedeceremos sin rechistar: “Quiero comer, quiero que me limpies, quiero que me mimes”.

Y también coinciden en que son niños queridos. Los vemos tan frágiles y, sin embargo,… Cuando mi madre me tuvo a mí, su primera hija, seguía escrupulosamente, como todas, los dictados del pediatra. Un día llegó muy contenta diciendo: “¡Ya la niña puede comer huevos! Tengo que empezar a darle primero un cuarto de yema, a los pocos días, la mitad, y así poco a poco hasta dentro de un mes…”. Mi abuela, que era una mujer de campo y que vivía con nosotros, le dijo: “Ay, hija, desde cuándo le estoy yo poniendo a la niña una yema entera batida en los biberones…”. Si yo sobreviví a mi abuela y sus regímenes, es que verdaderamente los niños son muy fuertes.

Pero de todas formas queremos protegerlos y ahorrarles todo mal. Para avisarles, les vamos a leer cuentos en los que hay lobos en el bosque, ogros y brujas que pueden engañarlos y flautistas de Hamelin que, por dinero, los pueden alejar de sus casas. Les ofrecemos un mundo hermoso pero también temible y cambiante. Y porque no sé contra qué tendrán que luchar, hoy yo, que no soy religiosa, quisiera elevar una oración por todos ellos, los niños que acaban de llegar y que todavía no hablan con palabras, pero que gobernarán el mundo que les dejemos. Una oración que exprese gratitud por que estén aquí, pero también el deseo de que encuentren la paz en su interior y elijan bien entre las opciones que se les presenten.

Podría terminarla igual que hizo Voltaire, otro no religioso, en su Oración al Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos, bendiciendo por igual, en mil lenguas diversas, su bondad que nos ha dado este bendito baby boom. O este instante en el que ha nacido mi cuarto nieto.

(En la foto Álvaro con 3 días de edad)


lunes, 2 de marzo de 2015

Pompas de jabón




Hace cosa de un par de años salió en la tele un anuncio en el que un niño abría un regalo y descubría, extasiado y maravillado, que dentro había ¡un palo! Ahí es nada, un palo. Que puede ser transformado en remo, en escopeta, en estandarte de un castillo.

El anuncio -del que sus creadores, Ángel Torres y Lucas Paulino, dijeron: "Lo que hacemos parecen tonterías, pero son tonterías muy pensadas"- revolucionó la Red con un millón de reproducciones en Youtube, y me recordó que en unos reyes, cuando mis hijos eran pequeños, se pasaron el día jugando, no con los juguetes, sino con una caja de cartón en la que cabían los dos. Aquella caja fue barco a la deriva a través de olas gigantescas, casita del árbol, isla perdida en medio del océano.

Muchas veces olvidamos que un ingrediente fundamental en los juegos es la imaginación. Hay juegos ahora que quieren darlo todo masticadito para que el niño no haga, no moleste, no recorte. Como los llama Ata Arróspide en su libro "Padres no ñoños", los juguetes que juegan solos. Los desempaquetas, pones las pilas, das al on, y hala, al crío sólo le queda sentarse y observar cómo el trasto o muñeco canta, baila y se divierte él solo, "Eso puede ser divertido 30, 45 segundos, un minuto a lo sumo. Pero a partir de ahí lo más divertido es destrozar el juguete".

Estos días mi nieta pequeña (18 meses) ha descubierto las pompas de jabón. "Pompas" nos pide en cuanto salimos al patio en días soleados. Y, cuando ve bailar en el aire de la mañana las mágicas esferas transparentes en las que brilla suavemente el color, la niña grita y se ríe, corre tras ellas, iluminada la cara, sin casi atreverse a tocarlas, aplaude cuando se disuelven al chocar contra el suelo o los árboles, y pide más y mas pompas. Éstas, más finas que el cristal, parecen encerrar la belleza. Y a los abuelos no nos importa estar horas soplando y jugando con el agua, el jabón, el aire, las pompas... enseñándole que a veces lo más sencillo es también lo más placentero.

Pero luego me quedo pensando que a lo mejor es ella, la niña, la que nos está enseñando algo a nosotros: que basta con disfrutar de esos instantes en los que eres completamente feliz. Incluso, cuando la vida te sacuda y te destroce, puede regalarte alguno de esos momentos pletóricos de belleza que te hacen respirar hondo y pensar que, así y todo, merece la pena. Tal vez, por ejemplo, eso le pasó a Antonio Machado en los días previos a su muerte. A pesar de penurias y exilios, estoy segura de que sintió la belleza y tranquilidad de Colliure, el pueblo que lo acogió, con su mar quedo y sus casas de piedra, y las intentó atrapar en el último verso alejandrino que su hermano encontró en su bolsillo: "Estos días azules y este sol de la infancia...". La niña parece decirnos que, cuando te encuentres con un momento mágico así, limítate a gozar, no pierdas los ojos infantiles, no quieras siquiera apresarlo, encerrarlo, pretender que dure. No lo captures en fotos o vídeos, no lo toques... Porque, al final, se disolverá en el aire, plof, como pompas de jabón.