lunes, 26 de enero de 2015

¡Qué pelete!




En estos días en mi isla el tema preferente de conversación no ha sido ni que Repsol haya reculado en las prospecciones, ni que los carnavales estén ya al caer. No, no, el tema -el trending topic, para que vean qué puesta estoy en el lenguaje de las redes sociales- ha sido el frío inclemente que se nos ha metido hasta el tuétano, el pelete, el biruje, el grajo que vuela bajo.

Tengo que constatar, sin embargo, que, desde el punto de vista térmico, las personas nos dividimos en calentones y frioleros. Y, mientras los primeros están todo el día sofocados (incluso con este tiempo gélido) y van por la casa abriendo ventanas y despojándose de ropas, los segundos somos los que más hemos contribuido al tema al quejarnos continuamente del pelete. Además, tenemos todo el día manos, pies y nariz helados, encendemos compulsivamente radiadores, vamos por la calle acebollados, capa sobre capa, y nos acostamos, muy sexis, con pijama de franela, calcetines gordos, y yo, hasta con guantes.

Y menos mal que vivo a unos kilómetros de La Laguna, la ciudad en la que nací y la más fría del mundo. Cuando yo contaba en Madrid, en los años en los que estudiaba allí, que el sitio en el que más frío había pasado en mi vida era la Avenida de la Trinidad al salir por las tardes de la Universidad de La Laguna, casi todos me miraban escépticos, me llamaban exagerada hablándome de Siberia, Alaska o Groenlandia, y me decían: "¡Imposible! ¡Si Canarias son las islas de la eterna primavera y Tenerife tiene seguro de sol...!". Sí sí, muchos eslóganes han oído ustedes, decía yo... Si yo les contara...

Bueno, si yo les contara, les hablaría de dormir de niña en casa de mis abuelos, que vivían en una casa terrera con huerta atrás en la calle Núñez de la Peña, y despertarme al moverme y sentir el tacto gélido de las sábanas; les informaría de los inviernos en los que se inundaba la Plaza del Cristo y había que cruzarla en botes neumáticos; les contaría los 4º  que había en mi Instituto en las mañanas de invierno y las caras ateridas de mis alumnos y mía (por supuesto, sin calefacción, hasta ahí podíamos llegar en la isla de la eterna primavera); les informaría del pozo que vi una vez en la zona de La Manzanilla, en el que, a dos palmos casi, se veía la laguna original que dio nombre a mi ciudad...

Pero, para que se convenzan, mejor que oigan voces más preclaras que la mía: las de los poetas que han cantado a La Laguna y que, a pesar de su amor por ella (lo cortés no quita lo valiente), no dejan de mencionar lluvias, vientos glaciales, nieblas y frío, frío, frío.

Escuchen al mismo Viera y Clavijo que, en su "Chulada burlona a la perdurable intemperie de la ciudad de La Laguna", dice: "Que aquí se nota / que hasta el sol tiene frío / pues se encapota". Nicolás de Saavedra apunta: "De San Roque la montaña / por cuya falda un torrente / corre en invierno con saña". Antonio Zerolo comenta: "O se escucha la mística armonía / del órgano, al pasar por Santa Clara, / en la tarde otoñal, lluviosa y fría". Luis Rodríguez Figueroa la llama "nostálgica y brumosa" y cuenta que "entre la niebla, a veces, / se torna fantasmal". Manuel Verdugo tiene un poema que me encanta: "Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas, / mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones / (...) murmura el viento rancias consejas y tradiciones". José Galán yo creo que hasta tirita cuando dice: "En las nublosas horas de la tarde invernal, / en esas horas grises de llovizna y de viento...". Nijota ve a La Laguna "bajo el frío y la lluvia de la noche inclemente" y Luis Álvarez Cruz, algo parecido: "La llovizna susurra con ritmo intermitente; / todo es brumoso, opaco, desvaído, irreal. / En los rincones húmedos de la calle silente / se posan los jirones de la niebla otoñal".  Pedro Pinto de la Rosa se fija en que "la negra noche misteriosa invade / las amplias calles frías y desiertas" y Enrique Romeu Palazuelos habla de "Tempestades y tormentas. Agua y barro" y dice una frase muy propia para esta ciudad: "La humedad se ha hecho musgo...".Rafael Arozarena, muy poético: "Laguna -madera y losa / romanceras de la lluvia- / la de las torres envueltas / en cortinajes de brumas". Antonio Reyes constata: "Llueve. Las calles se llenan de rotos espejos". Felipe Baeza recuerda que "Mi calle eran muchachas para misa / y el viento alrededor de las esquinas; / la lluvia en los cristales cuando octubre / colgaba su penumbra en los aleros". E Isidro Hernández anuncia: "Y las primeras luces / traen el céfiro frío". Hasta el mismo Unamuno, cuando vino y vio La Laguna, no pudo menos que describirla como "una calle solitaria, muy recta, muy mojada y al final de ella un cura con un paraguas".

Ahí tienen ¿Siberia, Alaska o Groenlandia han tenido tantos cantores que hayan glosado su frío? No ¿verdad? Pues por algo será ¡Qué pelete hace en La Laguna!



lunes, 19 de enero de 2015

Volare, oh, oh...




Cuando leí hace poco que en el Aeropuerto de Barajas vivía un montón de personas sin hogar, me pareció hasta lógico ¿No es un lugar público? ¿No lo pagamos entre todos? Pues para que estén muriéndose de frío debajo de un puente (otro lugar público), mejor que estén allí, calientes y con servicios.

Pero también me pareció lógico porque yo soy otra que casi vivo en el aeropuerto. Entre llevar y recoger a hijos, nietos, hermanos y amigos, quieras que no, cuando entro por allí sabiendo dónde está cada cosa o dónde puedo sentarme más cómoda a leer o a tomarme un té con una magdalena de chocolate mientras espero, me siento como si fuera Ulises llegando a Ítaca. Yo siempre llamo a Los Rodeos mi segunda casa.

Hay gente a la que no le gustan los aeropuertos. Unos, porque dicen que son anodinos, que todos son iguales y que, visto uno, vistos todos. Pero es que en los aeropuertos hay que ir a fijarse, no en el edificio o en las señales, sino en las personas. Y entonces es cuando se abre ante cada uno el gran teatro del mundo.

Allí están los que van ligeros de equipaje y los que van con el baúl de la Piquer a punto de reventar; la chica que va con sombrero, botas y grandes gafas oscuras con el porte de Paris Hilton; los que todavía vienen de las islas con cartonas oliendo a queso y a chorizos; los que van en grupos, sean equipos de fútbol, cursos de fin de bachillerato o jubilados del Imserso, tan diferentes, tan iguales; los que lloran desconsolados mientras miran más allá de las puertas de embarque; los que ríen alborozados ante la puerta de salida; la que, en el Control de equipajes, se quita las botas de tacón y, antes muerta que sencilla, sigue andando descalza de puntillas; el que discute con el guardia allí también porque le ha quitado una navajita pequeña con la que evidentemente nunca podría secuestrar un avión... Dos momentos para la posteridad: uno, ver en los servicios del Aeropuerto de Estambul, a una señora turca con el pie sobre el lavabo y los refajos y faldones arremangados para lavarse las piernas y no sé si algo más. Otro, escuchar en el Aeropuerto del Sur la pregunta de un chico: "¿Cuándo sale el próximo avión?" "¿Para dónde?" "Para donde sea". 

A otros no les gustan los aeropuertos, porque son como Cristo, el personaje que mi amigo Juancho Aguiar interpreta -magníficamente- en la obra "Aeroplanos", de Carlos Gorostiza. En un momento determinado, Cristo le dice a su amigo de toda la vida -también una actuación soberbia de José Luis de Madariaga- que él no va nunca a los aeropuertos ¡Con lo que me gusta viajar -dice-, me da mucha rabia ir a ver como los demás se van y yo me quedo!

Yo le contaría a Cristo que, cuando éramos (más) jóvenes y las terrazas de los aeropuertos estaban abiertas a las pistas, muchas tardes íbamos a sentarnos allí a tomarnos un café, por el mero placer de ver entrar y salir a los aviones.

Le diría que también tiene sus ventajas quedarse relajado viendo el trajín y no pasar por retrasos, nervios, chequeos y toqueteos, asientos estrechos y todas las incomodidades que la obsesión por la rentabilidad y la seguridad han introducido en los viajes.

Le sugeriría que mirara en el panel de salida los nombres, quizás desconocidos, de ciudades lejanas y las visualizara en la mente. Que escuche el espíritu de los grandes viajeros -Herodoto, Conrad, Colón, Humboldt...- que le susurrarán consejos al oído. Tal vez oiga también a Kerouac, hablándole de largos caminos por recorrer y diciéndole: "Pero no importa, el camino es vida". O a Andersen que confesaba que, cuando la nieve se derrite y las cigüeñas llegan, "me asalta la punzante comezón de partir". O al mismo Verne , que no viajó pero que supo llegar hasta la Luna.

Entonces tal vez podría sentirse un trotamundos y empezar a soñar con el viaje (la mitad del placer), mientras empieza a tararear aquella canción de Domenico Modugno que todos nos sabemos: "Volare, oh, oh. cantare, oh, oh, oh, oh. Nel blu dipinto di blu, felice di stare lassú...". Tal vez entonces podría reconciliarse con los aeropuertos, la antesala de la aventura.




lunes, 12 de enero de 2015

La risa, lenguaje del alma




Mi amiga Conchi me hizo hace un tiempo un regalo especial y distinto, el recuerdo, que le contó su tía Ina, de una escena vivida por mis padres en un tiempo en el que yo aún no había nacido: una reunión de amigos un día de fiesta y ocio en el Monte de las Mercedes. Entre comidas, charlas y canciones, mi madre -joven (21 años) y embarazada de mí- se sube riendo a un columpio grande que existió mucho tiempo en el Llano de los Viejos. Mi padre, temeroso, le pide que se baje, pero ella no le hace caso y sigue columpiándose gozosamente en el aire mientras ríe a carcajadas. Ina, 67 años después, todavía se acuerda de esa risa, sana y liberadora, de mi madre, y su eco todavía resuena también en mi memoria.

Algo debe haberme transmitido a mí, al proyecto de bebé que en ese momento se columpiaba con ella, porque nunca me he tomado a mí misma demasiado en serio. Igual que dijo Camus, "el sol que brilló sobre mi infancia me curó de todo resentimiento".

En el colegio, los curas que nos daban las charlas en los ejercicios espirituales nos pintaban todo un mundo infernal de terrores espeluznantes, queriendo transmitirnos la idea de que, al menor pecado, ya sobrevendría el llanto y el crujir de dientes. Pero yo siempre me acordaba en esos momentos de la película "Pollyanna", en la que la niña (Hayley Mills) le dice al cura iracundo (Karl Malden) que en la Biblia hay 800 versículos que hablaban más de la alegría que del temor. Y siempre, después, me atrajeron los autores que usaban el humor como arma y seducción: Jardiel, Wodehouse, Wilde, Cervantes, Kennedy Toole, Sharpe, Mendoza, Austen...

Siguiendo a María Zambrano que, tan filósofa ella, decía lo de "vamos a ser serios del modo más alegre", el humor y los humoristas siempre se han reído de todo lo divino y lo humano, vacilando con las cosas más serias del mundo. Con la crisis ("-¿Qué te ha dicho el psiquiatra? -Que si le podía dejar 20 euros"  de Forges); con el hambre (Escobar con Carpanta y sus pollos); con la muerte (véase Nieves Concostrina y sus libros "Polvo eres..." y "... Y en polvo te convertirás"); con la guerra (Gila y su "¿Es ahí la guerra? Que vengo por lo del anuncio del periódico..."); con la paz ("Hablaban de paz y se daban grandes estacazos con ramos de olivo" de El Roto); con las dictaduras (Franco sujetando una urna y diciendo: -¿Veis? Aquí están las urnas. -¿Y las papeletas? -¿Veis como se os da la mano y os tomáis el brazo? de Sir Cámara); con Dios ("Mándanos, Señor, agua para los campos. Pero con cuidado que siempre te pasas", Máximo); con Mahoma (tapándose la cara con las manos y diciendo: "¡Qué duro es ser amado por gilipollas!", de Cabu, uno de los humoristas asesinados estos días)...  En estos tiempos de convulsión y tristeza, basta una metedura de pata de algún personaje, una abdicación o un nuevo rey, cualquier pequeño Nicolás o evento famoso, para que al instante las redes se llenen de chistes y juegos de palabras. La risa y la imaginación al poder.

Por eso, porque el hombre es el único animal capaz de reír y sonreír, porque la risa es el lenguaje del alma (Neruda) y está grabada en nuestros genes -igual que en los míos la risa de mi madre-, es por lo que nos ha horrorizado tanto esta semana pasada la acción antinatura de los fanáticos contra los humoristas de "Charlie Hebdo". Igual que el monje que, en "El nombre de la rosa" de Umberto Eco, justifica crímenes para impedir que se conozca un tratado de Aristóteles sobre la comedia, los intolerantes, los dictadores, los poseedores de "la verdad" no soportan el humor y matan, persiguen y amenazan porque la risa, el más humano de los derechos, libera al hombre de sus miedos. 

Cuando este verano el viceprimer ministro turco dijo en un discurso que la risa en las mujeres era un pecado indecoroso, la reacción de miles de mujeres turcas fue difundir masivamente fotos suyas riéndose a carcajadas. Ojalá pudiéramos ahora hacer lo mismo y no sucumbir ante el dios del miedo. Ojalá que, en medio de la tristeza, la risa y el humor sigan siendo, como dice Manuel Rivas, una estrategia curativa del dolor.



(El diseño de la frase de María Zambrano es de Virginia Manzano, que hace con los lápices lo que quiere. Lo presentó bajo el título "Un mantra para hoy y para todos los días..." en su sorprendente blog)

lunes, 5 de enero de 2015

No nos queda nada




Una de las experiencias que mi amigo Juancho y yo hemos compartido -aparte de ser compañeros de trabajo y amigos durante muchos años- es la subida en Las Cañadas a la Degollada de Guajara, esa montaña escarpada que, en aquella excursión, debíamos coronar para después bajar al insólito e increíble Paisaje Lunar de Vilaflor. Como Juancho siempre ha sido ágil y buen escalador, llegó antes que todos nosotros a la cima. Y desde allí se quedó sentado, viéndonos a todos los que, afanados, nos agarrábamos, resoplando, a las rocas con manos, pies y hasta dientes, mientras nos decía a grito pelado: "¡No les queda nada!".

He recordado esta salida de Juancho en este principio de año en el que otro amigo, Álvaro, me ha mandado la foto que encabeza hoy este escrito y en la que aparece él inclinado sobre un niño. Hay en el gesto de Álvaro hacia ese niño -esa caricia contenida- un mucho de ternura, pero también algo más, tal vez un eco de las palabras de Juancho, ese "¡no te queda nada!" irónico y sabio. Y es que, en este caso, Álvaro lo sabe bien: la foto del niño que mira serio hacia la vida en brazos de su hermana mayor se la hicieron con pocos meses de vida en el año 1944. Y, 70 años después, Álvaro -el mismo niño- se enfrenta a quien fue, un bebé que no sabe qué montañas y riscos tendrá que subir. Álvaro tituló la foto: "Mi hermana, yo y yo".

Si pudiera nuestro yo infantil hablar con nuestro yo adulto, si pudiera saber qué tropezones, qué placeres, qué incertidumbres, qué estallidos de belleza, qué penurias... se va a encontrar en la vida, ¿tiraría la toalla -demasiados trabajos, demasiadas desilusiones, demasiadas penas-? ¿O se lanzaría alegremente a vivirla tal cual, con lo bueno y con lo malo?

Si el yo adulto pudiese hablar con el niño que fue ¿le diría que tomara otros caminos, que no metiera la pata en esto y en aquello, que dijera más veces "no" o más veces "sí"? O simplemente -sabedor de que, si el ayer hubiese sido distinto, también nosotros seríamos otros-, ¿haría lo que hace Álvaro: una aceptación de la propia existencia, un cariñito, un sentimiento de empatía hacia quien se dispone a empezar tu propia vida?

Ahora que empezamos el año no puedo evitar sentirme como el niño de la foto. No sé qué nos traerá el 2015. En lo social, los periódicos te hablan de expectativas felices o catastróficas, según quien lo diga. En lo personal, todos nos deseamos eso de feliz año nuevo o lo de "virgencita, virgencita, que me quede como estoy". Todos pensamos que nos quedan 365 días de oportunidades, de vivir la vida en toda su gloria y en toda su lucha. Pero allá en el fondo (concretamente desde la altura del 31 de diciembre de 2015), me parece oír un grito dedicado a todos los que en este momento habitamos el mundo y empezamos a subir la abrupta montaña del año: "¡¡¡No les queda nada!!!"

lunes, 29 de diciembre de 2014

La magia absurda de la navidad




El sábado pasado incorporé al blog un post de hace 4 años que llamé "El villancico cruel". Y, como andamos estos días entre villancicos, hoy voy a hablar de otro que podríamos llamar "el villancico absurdo". Y que conste que no tengo nada contra los villancicos (aparte de compadecer a dependientes y cajeros de los supermercados por tener que oírlos una y otra vez durante todo el mes de diciembre). Mi marido, que los colecciona, tiene algunos preciosos, dignos de figurar junto a la mejor música clásica. Pero esto no quita para que cuestionemos alguno de ellos.

Fue mi amiga Conchi la que me comentó por wasap del despropósito del "Rin rin, yo me remendaba, yo me remendé...", que empieza tal que así:
Hacia Belén va una burra (aquí el estribillo del rin rin)
cargada de chocolate.
Lleva su chocolatera (y vuelta al rin rin),
su molinillo y su anafe.

Conchi, sumida en dudas -¿La burra va solita? ¿Ella es la que hace el chocolate, tan pertrechada que va? ¿Cómo llevaba chocolate hacia Belén, si ni siquiera se había descubierto América ni encontrado tamaña exquisitez? ¿Sería otro tipo de "chocolate" el que llevaba la burrita? -, se preguntaba, pensando mal al final. Cosa no tan disparatada, porque las siguientes estrofas dicen:
En el portal de Belén
han entrado los ratones
y al bueno de San José
le han roído los calzones.
Y también: En el portal de Belén,
hay estrella, sol y luna,
la Virgen y San José
y el niño que está en la cuna.
Vamos a ver, ¿a San José se le ocurre quitarse los calzones (y quedarse en pelota o en calzoncillos) en un portal lleno de ratones (¡y con este frío!)? O si los tenía puestos ¿no se daba cuenta? ¿Llevaban una cuna cargando hasta Belén? ¿Veían el sol, las estrellas y la luna todo junto, allí dentro del portal? Mucho "chocolate" me parece... Por no hablar del "rin rin" (¿un despertador? ¿un timbre? ¿un teléfono?) ni del trabalenguas del "yo me remendaba, yo me remendé".

Yo le contesto a Conchi lo mismo que mis padres me contestaban a mí cuando inquiría por esos Reyes Magos con regalos absurdos, ¡oro, incienso y mirra!, para un niño: "Ah, eso forma parte de la magia de la navidad".

La misma magia que lleva a mis nietos a seguir creyendo en los Reyes Magos y a rastrear por internet el día 24 de diciembre a las 9 de la noche (ya se sabe que todo lo que sale en internet es una verdad como un templo) el trayecto de Papá Noel. "¡Ya está en Ankara! -decían- ¡De allí va a El Cairo, Nicosia y Siracusa! ¡Ya se está acercando!".

La misma magia que hizo que, por chiripa, me ganara, por primera y única vez en la historia, un premio de fotografía, en "Mugs and Books Special Christmas" (taza más libro navideño), propuesto en twitter por Mónica Serendipia (@MnicaSerendipia). Me quedé tan contenta que lo he pregonado por todos lados (me saluda el portero de una casa y le digo "¿Sabe que he ganado un premio...?").

La misma magia que nos lleva a pensar ingenuamente que durante unos días los hombres fraternizarán, como seres de una misma especie, que tienen el privilegio de compartir un espacio en el cosmos durante un tiempo determinado.

Todo -rin rin y remiendos, chocolates variados, calzones roídos, trayectos meteóricos de un papá Noel alrededor del mundo cual Phileas Fogg, fotos amateur de novata, suposiciones optimistas sobre la naturaleza humana, lo insólito, lo absurdo, lo extraordinario...-, todo puede caber dentro de unas navidades mágicas. Tal vez por eso las seguimos celebrando.

(En la imagen mi foto premiada: taza navideña con el libro "Cuentos navideños políticamente correctos" de James Finn Garner)


lunes, 22 de diciembre de 2014

Abrazos en rebajas




El otro día en el periódico -camuflado entre investigaciones por corruptelas, denuncias, problemas en la valla de Melilla, redes que usan a a menores y a mujeres, estafas, sectas...-, encontré una noticia curiosa, y sin embargo, no muy distinta: Samantha Hess, de Oregon, Estados Unidos (¿dónde, si no?), ha abierto la primera tienda de abrazos del mundo. Por 60 euros la hora, ella y sus empleados te dan unos cuantos achuchones con los que "obtendremos -dice- el nivel de contacto humano óptimo que queremos o necesitamos para ser nosotros mismos".

¿Me sorprendí? En principio, sí pero no debería. En un mundo donde se prostituyen almas y cuerpos, el que algo tan puro como es estrechar entre tus brazos a quien quieres sea también una mercancía es coherente con todas las demás noticias. Un acto muy alejado de aquella copla de Imperio de Triana que proclamaba que "no hay en el mundo dinero para comprar los quereres" y que "el cariño verdadero ni se compra ni se vende".

Lo que es increíble es que ya haya más de 100.000 reservas para disfrutar de este servicio ¿Qué nos está pasando?, preguntaba Jaume Tarascó, de Barcelona, que comentaba la noticia "¿ Con tanta tecnología y comunicación estamos perdiendo las habilidades sociales? ¿Nos da vergüenza mostrar nuestros sentimientos o que la gente pueda ver que necesitamos un abrazo?". Y yo iría más allá ¿Nos llenarían, nos llevarían a "ser nosotros mismos", esos abrazos prefabricados, automatizados, en los que el cariño no se asoma a los ojos? Recuerdo una muñeca que le regalaron a mi hija, que levantaba los brazos y pedía con voz metálica: "Dame un abrazo". Siempre me dio repelús.

Por contra, también en todos mis recuerdos hay abrazos de los de verdad. En la vida real, los de todos a los que quiero y que me quieren. En la historia, los de los enemigos que comprendieron que con el odio y la guerra no se va a ninguna parte y sellaron la paz con un abrazo. En la ficción, tantos y tantos que hemos visto y nos han tocado el corazón. Por poner ejemplos entre todos ellos, en el cine, el abrazo de Albert Finney a Audrey Hepburn en "Dos en la carretera", cuando ella vuelve después de abandonarlo. ¡"Gracias a Dios!", dice él, y le abre los brazos de par en par, significando "te quiero y te perdono". O en pintura y escultura, el de esa Virgen que abraza a su hijo desde su nacimiento (tan celebrado esta semana) hasta cuando lo bajan de la cruz. O en literatura, los de tantos amantes, amigos, hermanos, hijos pródigos  o padres pródigos, que también los hay.

Sin pasarnos (que tampoco hay que ser remelosos, eh), yo propondría que nos abrazáramos más, que crucemos puentes entre las personas y sintamos el calor del otro, que no necesitemos pagar 60 euros por algo tan natural y reconfortante. Y hagámoslo durante toda nuestra vida, no solo en estas épocas navideñas, donde parece que nos da más por la ñoñería (paz, amor y campanitas)

Yo empiezo hoy por mandar un abrazo virtual de agradecimiento y afecto para todos los que tienen la santa paciencia de leerme, de compartir este rincón y de hablar conmigo en este blog que ya lleva 6 años y pico de vida. Y, si me encuentro con ustedes en el transcurso del camino, tengan por seguro que será un abrazo real ¡Y gratis!

(En la imagen, "Madre e hijo" de Gustav Klimt)

lunes, 15 de diciembre de 2014

Con buena letra




Una de las asignaturas más importantes de la educación de mi generación era la Caligrafía, el arte de escribir a mano con hermosa letra. Eso, bella o buena letra, es lo que significa etimológicamente "caligrafía" (por lo que decir "mala caligrafía" es un contrasentido y decir "buena caligrafía" es una redundancia).

El modelo de caligrafía en las Dominicas con las que yo me eduqué era una letra grande y picuda, que yo fui abandonando poco a poco en el transcurso de los años, suavizando los trazos, tal como si fueran cantos rodados sometidos a los embates de la vida. Mi padre, en cambio, que tenía una letra preciosa, redonda, clara y muy pulida, siempre la conservó igual, desde los primeros escritos que le conocí hasta los últimos, en los que si acaso se notaba un leve temblor.

Todas las personas de mi generación éramos conscientes de la importancia de una buena letra. De hecho, mi tío Néstor, que fue secretario de juzgado, siempre decía que ganó la plaza más que nada por su cuidada escritura, una letra grande y elegante, adornada  con florituras en las mayúsculas, que parecía surgida de un antiguo manuscrito. Y a nadie, por ejemplo, se le ocurría escribir una carta de amor a máquina. En el manual del perfecto enamorado (bien lo sabía Cyrano de Bergerac) estaba implícitamente escrito que una carta tal tenía que ser a mano, sin faltas de ortografía (nada de "te hamo") y con la letra más bonita que se pudiera hacer. Igual que una comida bien presentada apetece más, una carta bien escrita llega más al corazón.

Por  eso me ha sorprendido la propuesta del Ministerio de Educación de Finladia, un país referente en materia educativa, de dejar a un lado la caligrafía para dar preferencia a la mecanografía, que se ve como una ventaja competitiva en este universo dominado por teclados. Y lo es, no digo que no; yo misma, cuando mis hijos terminaron la Educación General Básica, los puse durante ese verano en clases de mecanografía porque entendía que todo estudiante de Bachillerato debe saber escribir a máquina correctamente.

Pero ¿dar carpetazo a la caligrafía, ese proceso manual que hace que cada día cojamos el bolígrafo, el lápiz o la pluma y plasmemos, negro sobre blanco, nuestros pensamientos en papel? Todavía yo hoy escribo este blog, primero a mano en cursiva y, después, a máquina. Es, sí, un modo más lento de escribir que teclear, pero precisamente por eso nos permite pararnos, reflexionar más, ordenar lo que queremos decir, separar párrafos, crear símbolos, pensar mejor. Y también, si lo pensamos, nos hace más libres y menos dependientes de las máquinas.

En una de las novelas preferidas de mi juventud  -"La volatinera", de Dorothy Gilman- uno de los protagonistas es un psicólogo especialista en Grafología. Cuando le enseñan una fotocopia de un escrito (fundamental en la historia), insiste en ver el original para hacer una buena evaluación: "Necesito mirar las formas de unión. Tengo que analizar los grupos de trazos y los márgenes. La manera de poner los puntos en las íes y de colocar las barras en las tes es enormemente importante, así como las fluctuaciones que pueden indicar ambivalencia, la presión de la pluma sobre el papel, los rasgos y los espacios...". Del estudio de la letra deducirá rasgos del carácter de la persona que lo escribió: introvertida del tipo solitario, sensible y artista, generosa, saludable, culta, gran dosis de sentido común, dotes de mando...

En un mundo en el que desaparezca la buena letra, no habría peritos grafológicos ni existiría ese rasgo de nuestra personalidad que es nuestra letra. Aunque terminemos más rápido un informe, un trabajo o un post, no habría reflexión pausada -la pluma quieta en el aire, la mirada perdida hacia dentro-, mientras elegimos la palabra exacta que traduzca nuestra idea. En un mundo sin caligrafía, renunciar a escribir con buena letra es también renunciar un poco a conocernos a nosotros mismos.