lunes, 15 de diciembre de 2014

Con buena letra




Una de las asignaturas más importantes de la educación de mi generación era la Caligrafía, el arte de escribir a mano con hermosa letra. Eso, bella o buena letra, es lo que significa etimológicamente "caligrafía" (por lo que decir "mala caligrafía" es un contrasentido y decir "buena caligrafía" es una redundancia).

El modelo de caligrafía en las Dominicas con las que yo me eduqué era una letra grande y picuda, que yo fui abandonando poco a poco en el transcurso de los años, suavizando los trazos, tal como si fueran cantos rodados sometidos a los embates de la vida. Mi padre, en cambio, que tenía una letra preciosa, redonda, clara y muy pulida, siempre la conservó igual, desde los primeros escritos que le conocí hasta los últimos, en los que si acaso se notaba un leve temblor.

Todas las personas de mi generación éramos conscientes de la importancia de una buena letra. De hecho, mi tío Néstor, que fue secretario de juzgado, siempre decía que ganó la plaza más que nada por su cuidada escritura, una letra grande y elegante, adornada  con florituras en las mayúsculas, que parecía surgida de un antiguo manuscrito. Y a nadie, por ejemplo, se le ocurría escribir una carta de amor a máquina. En el manual del perfecto enamorado (bien lo sabía Cyrano de Bergerac) estaba implícitamente escrito que una carta tal tenía que ser a mano, sin faltas de ortografía (nada de "te hamo") y con la letra más bonita que se pudiera hacer. Igual que una comida bien presentada apetece más, una carta bien escrita llega más al corazón.

Por  eso me ha sorprendido la propuesta del Ministerio de Educación de Finladia, un país referente en materia educativa, de dejar a un lado la caligrafía para dar preferencia a la mecanografía, que se ve como una ventaja competitiva en este universo dominado por teclados. Y lo es, no digo que no; yo misma, cuando mis hijos terminaron la Educación General Básica, los puse durante ese verano en clases de mecanografía porque entendía que todo estudiante de Bachillerato debe saber escribir a máquina correctamente.

Pero ¿dar carpetazo a la caligrafía, ese proceso manual que hace que cada día cojamos el bolígrafo, el lápiz o la pluma y plasmemos, negro sobre blanco, nuestros pensamientos en papel? Todavía yo hoy escribo este blog, primero a mano en cursiva y, después, a máquina. Es, sí, un modo más lento de escribir que teclear, pero precisamente por eso nos permite pararnos, reflexionar más, ordenar lo que queremos decir, separar párrafos, crear símbolos, pensar mejor. Y también, si lo pensamos, nos hace más libres y menos dependientes de las máquinas.

En una de las novelas preferidas de mi juventud  -"La volatinera", de Dorothy Gilman- uno de los protagonistas es un psicólogo especialista en Grafología. Cuando le enseñan una fotocopia de un escrito (fundamental en la historia), insiste en ver el original para hacer una buena evaluación: "Necesito mirar las formas de unión. Tengo que analizar los grupos de trazos y los márgenes. La manera de poner los puntos en las íes y de colocar las barras en las tes es enormemente importante, así como las fluctuaciones que pueden indicar ambivalencia, la presión de la pluma sobre el papel, los rasgos y los espacios...". Del estudio de la letra deducirá rasgos del carácter de la persona que lo escribió: introvertida del tipo solitario, sensible y artista, generosa, saludable, culta, gran dosis de sentido común, dotes de mando...

En un mundo en el que desaparezca la buena letra, no habría peritos grafológicos ni existiría ese rasgo de nuestra personalidad que es nuestra letra. Aunque terminemos más rápido un informe, un trabajo o un post, no habría reflexión pausada -la pluma quieta en el aire, la mirada perdida hacia dentro-, mientras elegimos la palabra exacta que traduzca nuestra idea. En un mundo sin caligrafía, renunciar a escribir con buena letra es también renunciar un poco a conocernos a nosotros mismos.






lunes, 8 de diciembre de 2014

Leyendas de la Tierra Límite




Era justo ese momento entre el sueño y el despertar, en el que la cama todavía es un refugio cálido y la realidad, con sus aristas, aún no ha hecho acto de presencia. La despertó el tamborileo de la lluvia sobre las hojas del limonero del huerto. La habitación estaba en penumbra, pero los árboles, acusadores, proyectaban su sombra sobre el techo y la pared. A finales de ese mes, habría terminado la floración de los frutales y los pétalos más endebles caerían para dejar paso a los frutos. Pero ella ya no estaría allí para verlo.

Así empieza la cuarta novela de mi hija Ana. Tener una hija con imaginación te hace la vida muy entretenida, y Ana, en eso, siempre ha tenido para dar y regalar. Ha sido así desde que de pequeña inventaba las historias de Anita la Melódica hasta su etapa joven en la que trenzaba poemas; desde sus primeras novelas, en las que una tal Doctora Jomeini daba sentido a su vida entre quirófanos, besos, risas y lágrimas, hasta esta última en la que, sirviéndose de la prerrogativa de los imaginativos, crea un mundo nuevo: la Tierra Límite.

Más allá de la Torre de Piedra, cruzando el Bosque de los Reflejos y el desierto de Koveldar, existe una tierra donde viven los Guerreros del Alba y las Physii, un pueblo desterrado de su tierra por los Oscuros. Esa franja de tierra constituye la linde entre la Luz y las sombras. De ahí su nombre: Tierra Límite.




Esta novela es, pues, la historia de la Tierra Límite y del enfrentamiento entre el Bien y el Mal. Es la historia de las Sanadoras y de todos los que cuidan del Aura, el escudo que protege frente a los Oscuros y que, en el momento inicial, presenta una fisura peligrosa. Es la historia también de Aïa, la Elegida para suceder a la Sanadora Mayor, y de Guil, un muchacho que trabaja como cocinero y que se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una búsqueda y en una guerra.

La novela bebe de los escritores de literatura fantástica que tanto le gustan a Ana (y a mí) y a los que dedica el libro: Tolkien, Úrsula K. LeGuin, Michael Ende, J.K. Rowling, Laura Gallego. Hay, como en ellos, mundos distintos, personajes extraños (¿no recuerdan las Physii a aquellos personajes hermafroditas de "La mano izquierda de la oscuridad" de Úrsula K. LeGuin?), objetos o lugares con poderes extraordinarios -la Vara de Luz, la Fuente de los Siete Cauces, la Torre de Piedra...-, conjuros, bebedizos con consecuencias inesperadas, teletransportación... Es una novela de fantasía con todos sus ingredientes.

Pero las novelas de fantasía hunden sus raíces en la realidad y de eso, de los problemas del mundo real, también habla Ana: del conflicto entre el deber y el querer; de la amistad, pero también de los celos y las envidias que la destruyen; del amor por encima de las dificultades; de los lazos entre gentes que luchan por conseguir los mismos objetivos; de las dudas que uno se plantea ante los distintos caminos que se eligen en la vida... Hasta cuando habla de los males que aquejan a los personajes, no está lejos el mundo real ¿Qué es sino el cáncer esa "enfermedad de las mil caras" para la que no existe cura y en la que el cuerpo se ataca a sí mismo?

Lejos de los libros de la Doctora Jomeini, este cuarto libro de Ana retoma su vena poética. Debo decir (y no porque sea "la madre de la artista") que disfruté leyéndolo y que pienso que les va a gustar a todos aquellos que consideren que un buen libro de aventuras es el mejor compañero para una tarde de invierno, de esas de sillón y mantita. "Controla tus latidos. Serénate para enfrentarte a la Oscuridad", y, después, abre el libro y pásalo bien. 

PD: Ana presentará su libro el próximo viernes 12 de diciembre a las 8 de la tarde en la Librería Lemus de La Laguna. 
Firmará ejemplares en la librería La Isla de Santa Cruz los días 22 y 23 de diciembre de 18,30 a 20:00h.

Si quieres comprar el libro en ebook, puedes hacerlo aquí.
Si, como a mí, te gusta más el papel, puedes comprarlo aquí o en las librerías Lemus, La Isla y El Águila, por ahora.




lunes, 1 de diciembre de 2014

Toma castaña




Cuando yo era chica, en los veranos de Los Realejos, íbamos de vez en cuando caminando a Los Castañeros, un bosque de castaños que estaba antes de llegar a Icod el Alto. Me gustaban aquellos árboles de gruesos troncos y corteza quebrada que parecían acogerte bajo su sombra, mientras sacábamos meriendas y jugábamos a su alrededor, muchas veces a abarcar con las manos unidas, entre todos los niños, su perímetro.

No había sombra más fresca ni, tampoco, fruta más aprovechada que la del castaño ¡Cómo hemos disfrutado siempre de  las castañas, mensajeras del otoño, cayendo de los erizos para deleitarnos! Crudas y crujientes; o asadas, llenando el aire de calor y aromas en las tardes grises; o guisadas con matalahúva; o en bizcochos y guisos, poniendo en ellos el toque justo de dulzura... ¿Por qué cada vez hay menos castaños?

Hubo un tiempo en que bosques como éste poblaron la isla. Hubo un tiempo de árboles gigantescos, viejos habitantes de las cumbres del norte, como aquel castaño de las Siete Pernadas de Aguamansa, del que habla Leoncio Rodríguez en "Los árboles históricos y tradicionales de Canarias". Un árbol con fama de llevar ventura a los que enamoraban  bajo sus ramas, y tan grande que se podía subir cómodamente una mesa para sentarse a comer en lo alto.

No sé si ahora existirá este castaño o los castañeros de mi infancia, pero lo dudo. En estas  islas tan castigadas por la especulación, en estas islas en las  que, por ejemplo en mi pueblo, se va a destruir, si Dios no lo remedia, la zona más fértil y bonita , frente a la Iglesia del Socorro del siglo XVI, para hacer un polígono industrial, el valorar y amar los árboles puede ser,  para muchos, asunto de risa. Pero no para mí, y por eso me gustó tanto la actitud  de mi amiga Esperanza.

Esperanza heredó de su  abuelo en la Sierra de Aracena, allá por Huelva, casi lindando con Portugal, una finca de castaños centenarios por la que cruzan de vez en cuando ciervos y jabalíes. Esperanza cuida sus castaños. Hay que arar, limpiar, podar, talar  quitarle los chupones, injertarlos -porque, me cuenta, los castaños son árboles bravíos que, para que fructifiquen, hay que unir con un manso- ... En suma, hay que dedicarles tiempo y atención para que al final, cuando llegue el momento de la "apañada", recojan el fruto, la castaña "bruñida y preparada, endurecida y suave", tal como la vio Pablo Neruda ("Del follaje erizado / caíste / completa / de madera pulida, / de lúcida caoba, / lista / como un violín que acaba / de nacer en la altura...").

Bajo las raíces de estos castaños hay, sin embargo, una mina de plata registrada desde los tiempos de Felipe II. Han venido ingenieros ingleses a hacer prospecciones del subsuelo cercano y existe la posibilidad de explotarlo. Pero Esperanza y su marido Mane y sus vecinos aman su tierra y sus árboles, y no quieren verla  horadada, herida, arrasada y rota.

Yo no sé a ustedes, pero para mí - en estos tiempos de prospecciones petrolíferas indeseadas, de bosques esquilmados, del triunfo del cemento- el que alguien prefiera un monte de castaños (lo imagino como aquellos castañeros de mi infancia) a una mina de plata -la vida frente al metal, por  muy brillante que éste sea- es algo que me llena de consuelo y, nunca mejor dicho, de esperanza.








(Las fotos del final son de la finca de castaños de mi amiga Esperanza. Le agradezco en el  alma su aportación)

lunes, 24 de noviembre de 2014

Sirviendo a la Patria




En el verano del 66 unas 50 universitarias de alrededor de 18 años nos encerramos durante un mes en el Albergue de la Playa de San Marcos para hacer el Servicio Social.

El Servicio Social fue un invento de la Sección Femenina y de su creadora, Pilar Primo de Rivera, la hermana de José Antonio, el fundador de la Falange. Sí, aquella que nos legó, desde el año 37 al 77, el manual de la esposa ideal en el que figuran perlas como "Recuerda que él es el amo de la casa". O "Nunca te quejes si llega tarde, si sale a comer o a otros lugares de diversión sin ti. Trata de entender su mundo de tensión y estrés, sus necesidades reales". O "A su llegada, déjalo hablar. Recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos". O "Si (tu marido) sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar". Maravilloso.

El Servicio Social era obligatorio para todas las solteras de entre 17 y 35 años. Era "la mili de las chicas", sin la cual no podías trabajar ni obtener un título, ni pasaporte, ni carnet de conducir. Era una manera de adoctrinar a todas las mujeres en los principios del Movimiento Nacional, y también, de conseguir mano de obra gratuita para hospitales, bibliotecas, comedores y oficinas. Éramos secretarias, asistentes sociales, enfermeras, bibliotecarias, profesoras... sin título ni preparación alguna, naturalmente. A una de mis amigas, en el comedor de un asilo, se le murió una viejita mientras le daba de comer, y todavía recuerda el susto y los gritos que dio ante su primer encuentro con la muerte sin esperárselo.

Los destinos a los que nos mandaban eran a veces muy curiosos. Mi amiga Marian, por ejemplo, estuvo haciendo un resumen de los Milagros de la Virgen de Candelaria (¿?). A mí me tocó copiar (a mano, claro) en el Ayuntamiento de Santa Cruz el censo del barrio de Las Mimosas y de la calle Enrique Wolfson, para que el cura Don Armando Montoliú usara esa información y pidiera después, casa por casa, dinero para hacer la Parroquia del Sagrado Corazón.

Un mes copiando todas las tardes un censo en una oficina oscura del Ayuntamiento no es el trabajo ideal (¡Oh, fotocopiadoras! ¿Por qué no fuisteis inventadas unos años antes?). Así que las sufridoras no lo dudamos ante la posibilidad de acortar el tiempo del Servicio Social yendo el mes de julio al Albergue.

Si teníamos la  idea de que éste podía ser una especie de Colonia de vacaciones, tipo la de "Tú a Boston y yo a California", con sus cabañas para  tres perfectamente equipadas, su lago y su baile final con orquesta y todo, la cruda realidad nos quitó las ensoñaciones de golpe. El edificio del Albergue era un Grupo escolar bastante maltrecho y descascarillado, en medio de una barriada no muy limpia, con un patio detrás. Las 50 y pico nos acostábamos en un salón lleno de literas, adornado con la imagen de Franco. Llevábamos uniforme con blusa blanca y falda beig y no podíamos ir a casa en todo el mes. Solo los domingos nos permitían visitas.

Todas las mañanas izábamos la bandera y recibíamos clase de dos "mandos" y de un cura que intentaban hacernos "buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas y madres", previa compra del tocho de las "Obras completas" de José Antonio, que nadie leyó jamás. Por las tardes, tocaba labores y fabricamos en papel una canastilla de bebé, para prepararnos para hacerla en tela cuando fuéramos madres (cosa que ninguna hizo, estoy segura). Yo, que, como saben, no sé coser sino botones, hice también, con ayuda de compañeras "manitas" un muñeco de fieltro al que llamé Ciriaco y que regalé a mi novio en la primera ocasión. Él, no es que diera gritos de entusiasmo cuando lo vio (hubiera preferido seguramente una guitarra), pero lo aceptó estoicamente y hasta me dijo que qué bonito sin parar mientes en lo escorado que estaba por estribor.

No fue una mala experiencia. Éramos jóvenes, nos reíamos un montón, íbamos a la playa cercana todas las mañanas, aprendimos canciones, hicimos funciones de teatro y una revista hablada (yo hice la portada y un artículo) y fuimos a tres excursiones inolvidables:  a la Playa de la Arena, al Caletón de Garachico y al Pico Teide, haciendo noche en el Refugio. Teníamos a los chicos de Icod totalmente alborotados y, por las noches, se acercaban al Albergue (ante el escándalo de las Mandos, que vigilaban), para rondarnos y cantarnos canciones preciosas. Allí oí por primera vez, a la luz de las estrellas de julio, "Los ejes de mi carreta", la canción de Atahualpa Yupanqui...

El Servicio Social fue concebido como "exigencia de la Patria a recabar actos de servicio para el mantenimiento firme de la existencia nacional y la realización de su formación como Imperio". El mes del Albergue fue una experiencia divertida, memorable y repleta de anécdotas. Pero, ¿servimos a la sociedad y a la Patria?, ¿aprendimos a ser buenas cristianas, esposas y madres?, ¿contribuimos a formar un Imperio?... ¡Ni de coña!


(En la foto, un grupo de las chicas en el dormitorio. Obsérvense las literas, el mapa y la foto de Franco, que velaba nuestro sueño, no fuera que nos descarriláramos)

lunes, 17 de noviembre de 2014

Historias de Los Sauces: los nombretes




Dicen que en los pueblos antiguos a cada persona se le imponía un nombre y, luego, el brujo de la tribu añadía otro sobrenombre, secreto y esencial, que nadie podía conocer. En Los Sauces ocurre justamente al revés: todos tienen el nombre con que sus padres los bautizaron y, además, un sobrenombre, apodo, o, como decimos aquí, nombrete, que no solo no es secreto sino que muchas veces es más conocido que aquel que figura en el Registro.

Hay una leyenda urbana -no sé si cierta o no- que cuenta que, cuando en Los Sauces hubo por fin teléfonos para casi todo el mundo, allá por los años 60, y les dieron la Guía Telefónica, los sauceros, para poder aclararse y saber de quién era cada número, la cambiaron por una Guía telefónica propia que, en los nombres, podría haber sido tal que así:





Detrás de cada nombrete hay, por supuesto, una historia. Algunas son muy obvias, pero de otras su origen puede perderse en la noche de los tiempos y sería un arduo trabajo de investigación buscarlo (de hecho, Don José Pérez Vidal estuvo intentándolo). Yo sé, por ejemplo, que a mi tío Manuel lo llamaban La Gata Parda porque tuvo una mula que se llamaba así (que ya es rebuscamiento ponerle ese nombre a una mula), pero ¿de dónde habrán salido el Salta si puedes, los Solilunas, Medio barril, Cascabullo o los Calandracos?

Cada una de estas personas tiene a gala su nombrete. Es su signo de distinción, su blasón nobiliario, su toisón de oro. Significa que eres alguien en el pueblo y que ese nombrete muchas veces desterrará el apellido y dará nombre a familias enteras (los Cañuelas, los Mazapanes, los Rancheritos...).

Francisco Lorenzo Concepción es un profesor saucero, catedrático de Instituto, del que el pueblo se siente orgulloso, tanto que le encargaron hace dos años el Pregón de las Fiestas. Pero para todos es Francisco Sonámbulo. Él mismo, muy ufano, contó en este Pregón el origen de su nombrete. Decía que, cuando era chico, siempre iba apurado corriendo a la clase del Maestro Cándido por si llegaba tarde, y siempre hacía dos gestos inconscientes y seguidos: mirar la hora al pasar por el Ayuntamiento y santiguarse al pasar por la iglesia. Y un día que iba más zumbado de la cuenta lo hizo al revés: se santiguó ante el Ayuntamiento y miró la hora en el reloj inexistente de la iglesia. Los viejos, que estaban al quite todas las mañanas sentados en el banco de la Plaza, se rieron y le dijeron: "¡Francisco! ¿Vas sonámbulo?". Y Sonámbulo se quedó para siempre.

¿Ven lo que les digo? Así empiezan las historias, las dinastías y el orgullo de ser de Los Sauces, el pueblo con más nombretes que conozco.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Buzón de sugerencias




Una de las ventajas de vivir en Tenerife es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar. Una de las ventajas de ser jubilada es que hoy lunes, 10 de noviembre, puedes estar bañándote en el mar.

Mi playa es la Playa de la Arena, al oeste de la isla y a hora y media de mi casa. Yo no la conocí hasta los 18 años porque, para mi padre, que era el único que tenía coche de la familia, todo lo que estaba más allá de Los Cristianos era entonces Terra Incognita y él no tenía espíritu de aventura. Yo fui con mis compañeras de la Universidad, cuando hacíamos el Albergue del Servicio Social en el verano del 66.

En aquel entonces se iba por caminos de tierra todavía y había muy pocas casas (entre ellas, el Bar Pancho, no ascendido todavía a "restaurante", pero que ya servía pescadito fresco al lado del mar). Pero eso sí, la playa, las calitas, el olor a mar del norte, perfumado y bravo, eran ya los de hoy. Me quedé maravillada y ni en mis mejores sueños pude imaginar que alguna vez tendría una casa aquí.

Me gusta esta playa pequeña de arena negra, como aquellas en las que aprendí a nadar. Me gusta el agua transparente, las mañanas luminosas y la mole impresionante de La Gomera enfrente, tras la que todos los atardeceres el sol monta un show como para dejar con la boca abierta al personal. Me gusta el ambiente familiar que todavía perdura, a pesar de que algunas mañanas de agosto el aire se carga de voces en cien idiomas distintos.

Sí, ya no es la playa de antes. Ahora tiene bandera azul, lo que significa wifi, servicios, un lugar especial (si quieres y tienes alma de croqueta) para enterrarte en la arena..., y este buzón de sugerencias, al que, muchas veces, cuando camino temprano por allí, veo así, desarbolado y sin bolsa recogedora, con la boca abierta hacia la nada.

Entonces, -si "sugerir" es provocar ideas, inspirar, insinuar, pero también evocar-, imagino que voy rescatando, enredados en las hojas de las palmeras, en las rocas y en los picos de las gaviotas, las ideas y evocaciones que, nacidas en la playa,  vuelan confiadas hasta el buzón y que, luego, libres, el viento marino ha ido desperdigando.

Y así, encuentro amores y promesas de verano, rotos y olvidados; castillos de arena con su foso y su puente, anegados de agua ante la risa alborozada de los niños; conversaciones de las mujeres en la tarde como pedazos perdidos de agosto; el desfile aquella vez de los calderones, en perfecta formación hacia las calitas de Alcalá, cual comitiva fantasmal; banderitas de las verbenas de San Juan, arrugadas y descoloridas; música de parranda que se va perdiendo y escuchando cada vez más lejana...

Las estaciones -todos lo hemos notado- van desplazándose, empezando cada vez más tarde y alargándose en meses imposibles. 
Y hoy "hay un aire de adiós en cada cosa:
en el mes avanzado, en los bañistas,
en el estío lento, en aquellas muchachas
que desconozco hoy, y en la luz de la playa."
(Vicente Gallego)
Este buzón de sugerencias, mirando abierto y ciego hacia el mar, tiene para mí, hoy lunes, 10 de noviembre, un sabor de final de verano.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Descubriendo la pólvora(I): Los selfies




La gente joven de ahora cree haber descubierto la pólvora con los selfies. Estés donde estés y a menos que te descuides,  cualquiera de tu alrededor saca el móvil -ese aparatito multifuncional que lo mismo sirve para echar una parrafada que para encontrar la receta de las croquetas- y hace una foto estirando el brazo hasta donde dé. En ella sale el -manco- autor de la foto y con él, tú y los que te acompañan, así sea el Orfeón Donostiarra; y más allá el paisaje -un atardecer, el Tajmahal o la Feria de Chipiona-.

Y como aquí todos somos de "culo veo, culo quiero", basta que se vea a Ellen DeGeneres haciéndose un selfie en los Óscar, o a Cameron, Obama y Thorning-Schmidt haciéndose otro en el funeral de Mandela, o a la Reina Letizia en un montón de sitios, para que toooooodo el mundo quiera tener el suyo y ser, así, lo más de lo más. Incluso se creen la última cocacola del desierto (como dice mi amiga Ligia) por llamar a esta época "la era del selfie" y por "inventar" modalidades de selfies que, por supuesto, ya estaban inventadas desde que hubo cámaras de fotos.

Por ejemplo, el "selfeet", que es sacarle una foto a tus pies, tremenda novedad. Sí, es verdad que a nosotros en tiempos pasados no se nos ocurría hacerla, pero porque, puestos a inmortalizar (y con lo caros que eran los carretes y los revelados), lo de los ñoños en la arena no nos parecía que tuviera una preferencia especial. Pero si querías, la hacías, faltaría más.

O el "teleselfie" que vi en el viaje que hice el mes pasado a Viena: un montón de japoneses acoplaban a su móvil un bastón articulado y así sacaban una foto panorámica, en la que se les vería mirando hacia arriba y, detrás de ellos, la plaza de los museos con la estatua de María Teresa con cara de pensar que estos japoneses están locos. Y sí, tampoco eso lo hacíamos nosotros, pero era porque, ante cualquier maravilla, siempre nos gustaba más verla de frente que dar la espalda al mundo.

Realmente, siempre ha habido selfies. Que no son -eso se los concedo- autorretratos, como los de Picasso, Frida Khalo, Durero, Rubens y todos los autores que se han pintado a sí mismos, mirándose horas y horas en un espejo para sacar hasta la más mínima arruga. No. Esa es otra modalidad del ego.

Yo digo selfies de verdad, con todos los ingredientes de uno de verdad. Véase, si no, este que nos hicimos mi marido y yo cuando llevábamos juntos un año, hace ya 48. Recuerdo perfectamente ese día. Habíamos ido en una excursión con los amigos al Puertito de Güimar. Hubo sol, olas, tortilla de papas, guitarra y canciones; y, después de comer, paseo a solas por la orilla del mar. Llevábamos cámara de fotos, que imagino grande y pesada, y, cuando íbamos por las calles del pequeño pueblito de pescadores que era entonces el Puertito, mi novio alargó el brazo y sacó esta foto, la única que hicimos ese día (había que ahorrar carrete y, de repetirla, nada). Sí, ya sé que salió fatal: movida, yo con los ojos cerrados, seria y despelujada por el viento, él con sonrisa de Drácula... Pero es un selfie con todas las de la ley: cámara de fotos, fotógrafo manco de un brazo y no tener a nadie que pasara por allí para pedirle que nos hiciera una foto, por favor.

Eso sí, hay otro ingrediente en el que coinciden todos, fotos, autorretratos, selfies de antes y de ahora: el deseo de detener el tiempo y hacer eterno ese momento feliz. Como éste, de hace tanto tiempo, en el que eras joven, estabas enamorada y toda la naturaleza bullía de vida alrededor. En el que se abría ante nosotros el futuro y no teníamos ni idea de que nos estábamos haciendo un selfie.



(La imagen inicial es "El último selfie" del gran Forges. Esta última podríamos llamarla "El primer selfie")