lunes, 30 de marzo de 2015

La tela de araña




Esta semana el mundo occidental se ha tragado, con un nudo en la garganta, la tragedia de 149 personas asesinadas, sin escrúpulos de ningún tipo, por quien tendría que haberlos conducido con mano firme a su destino. La catástrofe de los Alpes franceses nos ha sacudido, atemorizado y sumido en el estupor de lo incomprensible. Los que vivimos en islas y dependemos del avión para cualquier traslado, los que tenemos hijos a los que, por motivos de trabajo o estudios, no les queda más remedio que estar del tingo al tango (mi hijo vivió un tiempo en Düsseldorf e hizo más de una vez ese viaje), los que, incluso después de tantos años viajando, sentimos que eso de estar suspendidos entre el cielo y la tierra no es normal, no podemos evitar el escalofrío y el temor ante próximos viajes.

Durante esta semana éste ha sido el tema principal en los medios de comunicación, en las conversaciones y en el pensamiento. A mí, el que los destinos de unas personas se cruzaran y condujeran al día 24 de marzo a las 10,41 de la mañana, me hizo pensar en Agatha Christie y su "Hacia cero": "Seres humanos. De todas clases, especies, formas y tamaños. Gentes de todas partes (...) Todos cogidos y atrapados en la red (...) El asesinato es el fin. La historia empieza mucho antes, con todas las causas y acontecimientos que reúnen a determinadas personas en determinado lugar, a una hora determinada de un día determinado". Algo de eso hay, si pensamos en los chicos de la ESO que pudieron haber perdido el avión, pero no; o en la madre con su bebé que no consiguió pasaje a Londres y tuvo que coger ese viaje fatídico alternativo; o en los que iban a una feria de alimentación en Colonia, que podría haber sido convocada en otro momento del año... "Todos dirigiéndose, sin saberlo, hacia la hora cero".

Me hizo pensar también en la indefensión del ser humano y en cómo ponemos nuestra vida diaria en manos de los demás: de los que conducen guaguas, coches y aviones en los que vamos, sí, pero también del médico que nos atiende; o de los dirigentes que pueden decretar guerras que pueden cambiar lo que somos. El infierno pueden ser los otros, que diría Sartre.

Pero, sobre todo, me hizo pensar en las telas de araña. En mi jardín abundan entre las rosas. Como las telas de araña, las relaciones entre nosotros parecen ser hilos finos que unen nuestras suertes. Basta un golpe en uno de los puntos para que la tela entera caiga y parezca que todo se viene abajo. He oído estos días frases desanimadas del tipo de "Ya no se puede uno fiar de nadie", "Vamos a terminar sin poder viajar" y cosas así.

Pero no. Tengo un amigo que, por trabajo, viaja cada mes a varios países (por ejemplo, en marzo estuvo aquí, pero luego iba a París, Dublín, Berlín, Dubai y Río de Janeiro) y que me decía: "Me niego a vivir con miedo". Y tiene toda la razón. El miedo inmoviliza y no deja vivir. Las telas de araña de mi jardín, al día siguiente de quitarlas, están otra vez reconstruidas brillando al sol. Y ni siquiera un granizo como el que hubo hace unos días ha podido abatirlas.

En mi cocina, desde donde, a través de la puerta de cristal, veo mis rosas bajo este cielo de primavera, he puesto una vela encendida por todas esas personas desconocidas a las que, en su muerte, me siento tan cercana; por sus familiares a los que el dolor debe resultarles insoportable; y por la humanidad, en la que hay tanto loco suelto, pero en la que hay muchísimas más personas generosas que siguen tejiendo hilos de unión, de compasión y de solidaridad entre todos. Ellos conservan intacta la tela de araña.

lunes, 23 de marzo de 2015

Las viejas majaderas



Esta semana pasada he estrenado tres cosas: portada de mi blog, primavera y años.

La portada del blog ha sido un regalo de mi hija, con un diseño de Virginia Manzano, que me encanta. Ahí está la lechuza (o coruja) de Minerva, sobre mi hombro; ahí están mis libros, mis guisos y mis copas con los amigos; y está también una paloma posada sobre la J de "Jubilada", que indica mi afición, si no por las palomas, por el palomero que las cuida. Y lo mejor de todo: me pone una cinturita que no tenía desde el año 80. Gracias, Ana. Gracias, Vir.

Estreno también (estrenamos, que en este caso es un estreno coral) primavera, que viene cargada de viento y lluvia, haciéndonos volver a sacar del armario los chubasqueros y abrigos que, ilusionados ante falsas promesas, habíamos guardado. Anoche el granizo repiqueteó sobre las claraboyas de mi casa. Pero con inclemencias y todo, la primavera es la primavera y ahí está, prometiendo expectativas. Como cuando José Mercé canta nombrando el frío: "Diciembre está en la calle. La primavera dentro".

Y estreno años, 67, cosa que me hace pensar por las mañanas cuando me despierto: "¿Qué pila de años dicen que tengo?" Y me vienen a la mente la vieja majadera del cuento, o la imagen de mi abuela a mi edad, con su pelo blanco, su moño, sus arrugas y su ropa oscura, o las noticias sobre "ancianos de 60"... Y me parece que no hablan de mí.

Entre todo lo que suelen mandar por Internet hay ristras de consejos para seguir a estas edades y algunas me dejan perpleja. Me dicen , por ejemplo, en "20 reglas básicas para después de los 60", una como esta (regla 16): "Hable poco y oiga más pues su vida y su pasado solo le interesan a usted mismo. Si alguien le pregunta sobre esos asuntos, sea breve y procure hablar de cosas buenas y agradables. Jamás se lamente de algo. Hable en tono bajo y con cortesía...". O esta (regla 8): "Nada de ser muy moderno. Intente ser clásico". O la regla 7, en la que después de mandarte a que te bañes, te limpies los dientes y te perfumes con moderación, terminan con "ya que ahora usted no es guapísimo, esté por lo menos bien cuidado". O esta (regla 20): "Si alguien le dice que ahora usted no hace nada de importancia, no se preocupe. Lo más importante ya fue hecho: usted y su historia, buena o mala, ¡ya sucedió!".

Tienen estas consejas un tufo tan paternalista y tan prepotente que me indignan. Nos tratan a los de mi edad como a personas con un pie ya en ultratumba y, entre líneas, parecen decirnos "no hables, no incordies, hazte invisible, no seas vieja majadera, vuelve a los moños de tu abuela, no pintas nada, tu historia ya pasó, deja paso a los jóvenes triunfadores que somos guapísimos...". Dan ganas, aparte de mandar todo a la papelera, de empezar a hacer justamente lo contrario y de lamentarnos, en tono alto y sin cortesías de ningún tipo, de tanta imbecilidad que hay suelta por ahí.

Afortunadamente, luego me habla mi primo el médico de la visita de Doña Lázara que, con 100 años de edad, vino a su consulta por un dolor en la espalda por haberle dado vuelta al colchón ella sola. O me acuerdo de una conferencia que le oí a la escritora María Rosa Alonso con 98 años donde nos hablaba de que le faltaba tiempo para todo lo que quería hacer o estudiar. O del padre de unos amigos, también nonagenario, que preparaba exposiciones de pintura para próximos años, como si siempre existiera un mañana. O me leo un artículo de Javier Marías ("Las mujeres son más jóvenes"), en el que cuenta que oyó a mujeres de mi quinta por la calle que decían: "¡Qué bien estamos las mujeres!", "¡Ay, y que lo digas!", "¡Y nos lo pasamos genial!". Podría haber estado hablando de mis amigas y yo cuando salimos por ahí a comer o hacemos alguna parranda.

También he leído el texto de Oliver Sacks, el neurólogo que escribió "Despertares" y "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", al que con 81 años le han dicho que le queda poco de vida. Pero, lejos de lamentarse, Sacks nombra a Hume (que, en una tesitura igual, dijo: "Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros") y hace planes, consciente de que, a pesar de todo, su vida no está terminada ni mucho menos: "Por el contrario, me siento increíblemente vivo; y deseo y espero, en el tiempo que me quede, estrechar mis amistades, escribir más, viajar, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento".

Así que hoy reivindico mi edad, la tercera como la llaman; abomino de reglas básicas que quieran ningunearnos y hacernos desaparecer; doy vivas a las viejas majaderas, "ni sumisas ni devotas: libres, lindas y locas", como reza la imagen de esta entrada. Y acojo con bienvenidas y parabienes mi nueva portada (tan alegre y tan vital), la nueva primavera, cuando quiera que llegue, y mi nueva edad, que trae consigo proyectos sin estrenar y modos de vivir que conformen, no solo un bienestar, sino sobre todo, como dice mi maestro Emilio Lledó, un "bienser". Ahí queda eso.

lunes, 16 de marzo de 2015

Mi casa es mi castillo




Toda persona tiene inscrito en sus genes, estoy segura, el afán de tener un lugar donde vivir que sea enteramente suyo. Un sitio íntimo, recogido, privado, en el que del mundo exterior solo entren aquellos que tú quieras.

Cuando yo era pequeña y vivía en una casa ruidosa, alegre y siempre llena de gente, hice muchos dibujos de mi casa ideal que luego descubrí que mi padre había guardado. La dibujaba como una cueva, tan arregladita ella, con cortinas y todo, en medio de la ladera de una montaña; o como un barco surcando los mares conmigo dentro, viento en popa a toda vela; o como la casita del bosque que aparece en los cuentos y en los sueños. Lo que tenían en común todas mis casas era que estaban en lugares apartados y silenciosos y que desde sus ventanas se derramaba una luz que sugería intimidad y calor de hogar. 

También mis nietos ahora están reuniendo dinero para hacerse una casa del árbol en la que pondrán, me cuentan, sus cosas y sus libros. Virginia Woolf, si no casa, reclamaba una habitación propia, un espacio en el que cimentar la independencia de la mujer en un mundo de hombres. Y Agatha Christie consiguió hacerse, cuando acompañaba a su marido en las excavaciones cerca del Tigris, una pequeña habitación de adobe para alejarse del mundanal ruido en la que el epigrafista de la excavación colocó un letrero que decía "Beit Agatha", la casa de Agatha.

Todos queremos un refugio. Y nos creemos, después de leer mucha novela inglesa y mucho cuento de hadas, lo de "mi casa es mi castillo". Hombre, no se quiere una casa con un foso maloliente rodeándola ni con almenas desde las que arrojar aceite hirviendo a las huestes invasoras, sino una que sea el reino de la intimidad y la tranquilidad.

Así que, cuando me vine a vivir a un lugar lejos de la civilización (ya saben, este sitio por el que solo pasan cinco guaguas al día), me las prometía muy felices en mi casa-castillo (es un decir): mi cueva, mi barco, mi casita del bosque con su luz cálida en el interior. Sin ruidos, sin vecinos arriba ni abajo (al lado vive mi hermana pero eso no cuenta), sin patio común por el que puedas enterarte de las intimidades de señores a los que no conoces de nada, sin paredes delgadas que te permitan oír de la mañana a la noche las canciones de Mari Trini que una vecina fan se empeñe en poner, sin taconeos sobre tu cabeza... Oh, el silencio de las tardes viendo la puesta de sol, el silencio de la mañana solo interrumpido por piares de pájaros y viento en las ramas de los naranjos, el silencio de las noches punteado por croares de ranas...

Pero sí, sí... El mundo conspira para que tu casa no sea un remanso de paz sino algo parecido a la Plaza del Príncipe en carnavales. Ataca por tierra en forma de los que vienen a tu puerta todos los fines de semana a convencerte de sus ideas religiosas o políticas, de los que quieren venderte alfombras portuguesas, de los que te piden dinero para las fiestas o firmas para no sé qué.

Ataca por aire con el tandatachunda de las verbenas todo el verano, puesto a unos decibelios imposibles, y con el anuncio de las muertes ocurridas en el pueblo y los eventos que pregona el coche del Ayuntamiento.

Y ataca -la peor intromisión- por teléfono todos los días, cuando te llaman a cualquier hora para que te cambies a Jazztel, Orange o Vodafone, para que compres un colchón viscoelástico, un filtro de agua o un bono del euromillón, para que contestes a una encuesta larguísima, o para que, con el regalo de una vajilla, te quedes con una enciclopedia.

¿Cómo defenderte? Con los que llegan hasta mi puerta es fácil (a los de las alfombras portuguesas les digo, antes de que empiecen a desplegarlas, que en casa somos todos asmáticos.  Mi hermana, que me oyó el otro día, dice que ella va a decir lo mismo). Pero ¿qué hacer con los del teléfono? Como siempre pienso que los que llaman son unos mandados, procuro no enfadarme y contestarles educadamente que no los puedo atender. Pero últimamente, cuando empiezo a decir que nunca juego a la lotería, o que le estoy dando la comida a mi nietita y no puedo ponerme a contestar preguntas, o que no quiero regalos o no me voy a cambiar de compañía, antes de que termine de hablar, me cuelgan el teléfono abruptamente, sin un "gracias", sin un "disculpe la molestia", y ni siquiera sin un "que te zurzan" que, después de todo, podría llevarnos a un intercambio gracioso de opiniones.

Me están dando ganas, a falta de aceite hirviendo, de poner un contestador, en plan Lord Pauncefoot-Jones con la ceja levantada por encima del monóculo, y soltarle a todo el que llame: "Reservado el derecho de admisión. Para usted, señor, mi casa es mi castillo"

lunes, 9 de marzo de 2015

Baby boom




Esta semana, Álvaro, mi cuarto nieto, ha nacido con la luna llena. Ha saludado al mundo con un grito que se ha oído más allá del paritorio, en la sala donde otros abuelos esperaban el milagro que es el nacimiento de un niño. Todos hemos sonreído y algunos (yo, por supuesto), llorado. No hay mejor ocasión para la risa y el llanto que ver y oír nacer a un nuevo ser.

Últimamente el mundo se ha llenado de niños. A la familia han llegado Óscar, Sofía, Daniel y, ahora, Álvaro. Pero también ha nacido Irene, la hija de una alumna muy querida, y muchos nietos de amigos: Lorena, Raúl, Diego, Alejandra, Darío, Carla, Pedro, Fernando, Lucas, Inés, Amalia, Santiago,.. Y hay cinco más ya en camino.

Ha ocurrido como una explosión, como si de pronto quisieran negar las estadísticas que dicen que en España ha descendido la natalidad. Como si sus miradas limpias que te siguen con curiosidad (¿Quién será esa loca que me dice tonterías?) y sus deditos, agarrándose a los tuyos, gritaran: “¡Eh! ¡Estamos aquí! ¡Y, lo quieran o no, somos los dueños del mañana!”.

¡Son tan diferentes ya! Está la impaciente y el tranquilo, el temperamental, el serio y el alegre, la que se fija y la pasota… Sus circunstancias son también distintas: la religión, el modelo familiar, el sitio en el que han nacido (Los Ángeles, Londres, Luxemburgo, aquí...). Han sido o serán presentados al mundo en ceremonias íntimas, o en fiestas bautismales. Pero todos coinciden en que se hacen entender enseguida y en que no tienen ningún empacho en presentarnos una lista de órdenes claras y precisas que no dudan, esos pequeños tiranos, que obedeceremos sin rechistar: “Quiero comer, quiero que me limpies, quiero que me mimes”.

Y también coinciden en que son niños queridos. Los vemos tan frágiles y, sin embargo,… Cuando mi madre me tuvo a mí, su primera hija, seguía escrupulosamente, como todas, los dictados del pediatra. Un día llegó muy contenta diciendo: “¡Ya la niña puede comer huevos! Tengo que empezar a darle primero un cuarto de yema, a los pocos días, la mitad, y así poco a poco hasta dentro de un mes…”. Mi abuela, que era una mujer de campo y que vivía con nosotros, le dijo: “Ay, hija, desde cuándo le estoy yo poniendo a la niña una yema entera batida en los biberones…”. Si yo sobreviví a mi abuela y sus regímenes, es que verdaderamente los niños son muy fuertes.

Pero de todas formas queremos protegerlos y ahorrarles todo mal. Para avisarles, les vamos a leer cuentos en los que hay lobos en el bosque, ogros y brujas que pueden engañarlos y flautistas de Hamelin que, por dinero, los pueden alejar de sus casas. Les ofrecemos un mundo hermoso pero también temible y cambiante. Y porque no sé contra qué tendrán que luchar, hoy yo, que no soy religiosa, quisiera elevar una oración por todos ellos, los niños que acaban de llegar y que todavía no hablan con palabras, pero que gobernarán el mundo que les dejemos. Una oración que exprese gratitud por que estén aquí, pero también el deseo de que encuentren la paz en su interior y elijan bien entre las opciones que se les presenten.

Podría terminarla igual que hizo Voltaire, otro no religioso, en su Oración al Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos, bendiciendo por igual, en mil lenguas diversas, su bondad que nos ha dado este bendito baby boom. O este instante en el que ha nacido mi cuarto nieto.

(En la foto Álvaro con 3 días de edad)


lunes, 2 de marzo de 2015

Pompas de jabón




Hace cosa de un par de años salió en la tele un anuncio en el que un niño abría un regalo y descubría, extasiado y maravillado, que dentro había ¡un palo! Ahí es nada, un palo. Que puede ser transformado en remo, en escopeta, en estandarte de un castillo.

El anuncio -del que sus creadores, Ángel Torres y Lucas Paulino, dijeron: "Lo que hacemos parecen tonterías, pero son tonterías muy pensadas"- revolucionó la Red con un millón de reproducciones en Youtube, y me recordó que en unos reyes, cuando mis hijos eran pequeños, se pasaron el día jugando, no con los juguetes, sino con una caja de cartón en la que cabían los dos. Aquella caja fue barco a la deriva a través de olas gigantescas, casita del árbol, isla perdida en medio del océano.

Muchas veces olvidamos que un ingrediente fundamental en los juegos es la imaginación. Hay juegos ahora que quieren darlo todo masticadito para que el niño no haga, no moleste, no recorte. Como los llama Ata Arróspide en su libro "Padres no ñoños", los juguetes que juegan solos. Los desempaquetas, pones las pilas, das al on, y hala, al crío sólo le queda sentarse y observar cómo el trasto o muñeco canta, baila y se divierte él solo, "Eso puede ser divertido 30, 45 segundos, un minuto a lo sumo. Pero a partir de ahí lo más divertido es destrozar el juguete".

Estos días mi nieta pequeña (18 meses) ha descubierto las pompas de jabón. "Pompas" nos pide en cuanto salimos al patio en días soleados. Y, cuando ve bailar en el aire de la mañana las mágicas esferas transparentes en las que brilla suavemente el color, la niña grita y se ríe, corre tras ellas, iluminada la cara, sin casi atreverse a tocarlas, aplaude cuando se disuelven al chocar contra el suelo o los árboles, y pide más y mas pompas. Éstas, más finas que el cristal, parecen encerrar la belleza. Y a los abuelos no nos importa estar horas soplando y jugando con el agua, el jabón, el aire, las pompas... enseñándole que a veces lo más sencillo es también lo más placentero.

Pero luego me quedo pensando que a lo mejor es ella, la niña, la que nos está enseñando algo a nosotros: que basta con disfrutar de esos instantes en los que eres completamente feliz. Incluso, cuando la vida te sacuda y te destroce, puede regalarte alguno de esos momentos pletóricos de belleza que te hacen respirar hondo y pensar que, así y todo, merece la pena. Tal vez, por ejemplo, eso le pasó a Antonio Machado en los días previos a su muerte. A pesar de penurias y exilios, estoy segura de que sintió la belleza y tranquilidad de Colliure, el pueblo que lo acogió, con su mar quedo y sus casas de piedra, y las intentó atrapar en el último verso alejandrino que su hermano encontró en su bolsillo: "Estos días azules y este sol de la infancia...". La niña parece decirnos que, cuando te encuentres con un momento mágico así, limítate a gozar, no pierdas los ojos infantiles, no quieras siquiera apresarlo, encerrarlo, pretender que dure. No lo captures en fotos o vídeos, no lo toques... Porque, al final, se disolverá en el aire, plof, como pompas de jabón.

lunes, 23 de febrero de 2015

Descubriendo la pólvora II: los memes




En aquellos tiempos en los que yo daba clase, recuerdo hablarles a mis alumnos en una clase de sociología sobre los memes. Asombrada porque, de repente, ese curso no hubiera clase en la que todo el mundo no apareciera con una botellita de agua que colocaban sobre su pupitre (cosa que nunca en la vida había pasado), les conté que eso era un meme, les hablé de Richard Dawkins y de su libro "El gen egoísta" en el que acuñaba el término, y, luego, nos pasamos un rato estupendo descubriendo los memes que circulan entre nosotros, constatando que muchas veces no somos conscientes de ellos y aceptando que los seguimos ciegamente, más felices que Ricardito, como si se nos hubiera ocurrido a nosotros la idea del siglo.

Un meme, básicamente, es una idea contagiosa que pasa de mente a mente. Bueno, Dawkins lo define más finamente como "unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, de una mente a otra, o de una generación a otra", pero no vamos a andarnos con remilgos. Lo que es cierto es que basta mirar alrededor para encontrarlos, tal como hicieron mis alumnos en aquella clase. 

Era un meme, por ejemplo, el que muchísimos chicos, como si se hubieran contagiado del mismo virus, vinieran a clase con los pantalones bajados hasta la mitad del culo, enseñando al personal (que no tenía el mínimo interés en ello) los distintos tipos de calzoncillos que llevaban  (y menos mal que los llevaban); eran memes los juegos del patio en el recreo, que por temporada siempre eran los mismos: una semana todos jugaban a los boliches, otra al fútbol, otra al hulahop o a lo que fuera, como si hubiera una batuta dirigiéndolos; eran memes las canciones pegadizas, los eslóganes políticos, la forma de usar las bufandas, el que a todo el mundo le diera por fabricar llaveros o el imitar a los famosos (siempre nos acordamos mis amigas del colegio y yo del año aquel en el que todas teníamos un pañuelo azul para la cabeza igualito al de Marisol).

Yo les conté que una vez -tendría yo 15 o 16 años-, de pronto, a todos les dio por soltar en público una muletilla que decía: "¡Déjalo, déjalo!", a lo que otro cualquiera respondía: "¡Cógelo, cógelo!". Y eso pasaba -lo oí yo en una guagua- entre desconocidos. Uno de detrás decía en voz alta: "¡Déjalo, déjalo!" y otro de delante soltaba enseguida. "¡Cógelo, cógelo!". Todavía no he comprendido la gracia de este intercambio absurdo, pero era un meme con todas las de la ley, que se propagó como fuego en el Santa Cruz de entonces, y que se apagó con la misma rapidez.

La conclusión de aquella clase fue que éramos más manipulables de lo que nos gustaría reconocer. Viendo el lado positivo, les dije, darnos cuenta de eso ya era un paso a ser más críticos y más racionales. Incluso les decía yo, ese "memetismo" puede ser hasta un mecanismo de selección natural. Tal vez nuestra especie sobrevivió porque se nos ocurrió, allá por la prehistoria, copiar al que corría desalado delante de un uro gigante, en lugar de quedarse a admirarlo para luego pintarlo en la cueva.

Han transcurrido muchos años desde aquella clase, tal vez más de 10, y ahora Internet ha multiplicado los tipos de memes (fotos con texto, parodias de hechos y personajes, videomemes, audiomemes, chistes, memefaces...) y hay cientos de plataformas y artículos que se ocupan del tema. Parece que han descubierto la pólvora.

Pero no. Siempre ha habido memes a través de los tiempos porque los humanos hemos sido, somos y seremos unos tremendos copiones. A lo que ahora llaman "memes", mi abuela lo llamaba "culo veo, culo quiero". Y si no ¿qué se apuestan a que este mes las bufandas Burberry, como la que se puso el ministro griego Varufakis hace poco en la reunión del Eurogrupo, van a hacer su agosto, aunque estemos en febrero?

lunes, 16 de febrero de 2015

Todo el mundo tiene secretos



Todo el mundo tiene secretos. De esta premisa parte "No te lo vas a creer", un libro de una de las escritoras que mejores ratos me ha hecho pasar, Sophie Kinsella. La protagonista, Emma Corrigan, tras una desastrosa reunión de negocios y 3 vodkas de consolación en el aeropuerto, hace un turbulento viaje en avión en el que, convencida de que va a morir, le empieza a contar a su desconocido compañero de asiento sus más íntimos secretos, desde que su bolso de marca es falso a que no sabe si tiene punto G, desde que falsificó la nota de matemáticas en su curriculum a que no soporta el tanga. Todo el tiempo en el que el avión va dando terroríficos bandazos, ella deja escapar un torrente de frases de su boca, sin medida ni prudencia, como si fuera agua de una catarata: "... peso 61 kg., no 56 como cree mi novio... no conseguí acabar "Grandes esperanzas" pero actué como si lo hubiera leído... él se sabe de memoria los diálogos de todas las películas de Woody Allen y me saca de mis casillas...". El hecho de que, después, el hombre al que le suelta toda la perorata sea precisamente el superjefazo de la compañía internacional donde Emma trabaja, es un ingrediente más que salpica de situaciones cómicas la historia.

Algo deben de tener los aviones para que a la gente se le suelte la lengua , porque en la película "French kiss", la protagonista (Meg Ryan), que tiene pánico a los aviones y a quien no le queda más remedio que subir a uno, le cuenta también, en el momento angustioso del despegue, toda su vida sexual al acompañante que le ha tocado, un desvergonzado Kevin Kline.

Se me dirá que ese tipo de cosas sólo pasa en la ficción. Pero el caso es que a mí también me ocurrió algo por el estilo en un viaje en avión. Me tocó sentarme al lado de una ex-alumna mía a la que apenas conocía y, durante el viaje, sin más ni más, me contó de pe a pa una vida tremebunda, digna de un culebrón. Había sufrido abusos de niña por parte de un tío suyo; su hermano había sido raptado por las mafias y liberado después de un suculento rescate; su madre se había ido de viaje por el mundo en el barco de su último amante, dejándola bajo la tutela de sus tíos (el de los abusos), que a su vez querían quedarse con la herencia que a ella le había dejado su abuela; tenía un novio divorciado y con hijos adolescentes (a los que ella tenía que cuidar), que no quería que trabajara o estudiara... ¡Señooooor! Y eso que no soy de naturaleza preguntona... -si acaso le dije al verla al principio un cortés ¿qué tal te va?- Si llego a ser como mi yerno que no se corta ni un pelo en preguntar a la gente dónde viven, en qué trabajan y a qué dedican el tiempo libre, igual me hubiera contado más batallitas, tipo "El secreto de Puente Viejo" (que, según me cuentan las amigas que lo ven, lleva más de mil capítulos desvelando secretos).

¿De verdad todo el mundo tiene secretos? La fórmula de la Coca Cola, la manera de deslizarse por el suelo de las mujeres en el baile tradicional ruso de la bereska o el baile de los Enanos en la Bajada de la Virgen en La Palma son secretos clásicos. Pero ¿lo son? ¿O lo son a voces? A lo mejor sólo existen realmente los secretos -ese "no se lo digas a nadie"-, para contarlos y darle más emoción a la cosa. "Que no salga de la isla" decimos cuando en un grupo de amigos hablamos de un asunto truculento y del que se pide discreción.

Y, aparte de eso ¿qué tienen los aviones para desatar lenguas? ¿Será el temor que produce estar suspendidos entre el cielo y la tierra, que hace que en ese momento todo te importe un pito? ¿Será que no hay mejor terapia que desembuchar todo, y gratis, sobre un infeliz que está atado y no puede moverse de su asiento?

Por si las moscas, a partir de aquel vuelo del culebrón, en los viajes me pongo en el asiento de pasillo o ventana y dejo a mi marido que se siente al lado del pasajero desconocido. Y si éste, por un casual, siente la imperiosa necesidad de  endilgarle a alguien su vida y milagros, ¡que se lo cuente a él!

(La imagen inicial, como todo el mundo sabe, es de Mafalda, del genial Quino)