lunes, 27 de julio de 2015

Descubriendo la pólvora: los frikis




Según la RAE, la Wikipedia y las definiciones que ellos mismos se dan, un friki es:
a) una persona pintoresca y extravagante,
b) apasionada por un tema en particular, ya sean los alienígenas, el fútbol, los zombies o el planeta Plutón.
c) que tiene a gala llevar de vez en cuando indumentarias un tanto extrañas relacionadas con su afición (con lo cual carece por completo del sentido del ridículo),
d) por lo que mucha gente de la llamada "de provecho" no los ve con muy buena cara, que digamos.

A pesar, entonces, de que pueda parecer que un friki es más raro que un perro verde, lo cierto ahora (parodiando a Joan Cusack en "In&Out") ¡es que todo el mundo es friki! Lo es mi hija, metida de lleno en el mundo escrito de la fantasía; mi sobrino, que adora los soldaditos de plomo y los juegos de rol; Antonio, un amigo catalán, que me habló por primera vez del Triángulo Friki de Barcelona, la zona, punteada por las librerías Gigamesh, Norma y Freaks, en la que se concentran una quincena de tiendas dedicadas a ese mundo. Hay reuniones, clubs, festivales (Metrópoli de Gijón, por ejemplo), en los que te puedes encontrar gente disfrazada de Capitán América o tipos que pagarían tropecientos euros por una consola antigua.

Cuando me jubilé, en el acto de despedida de los alumnos de 2º de Bachillerato, la representante de los alumnos apuntó como característica esencial de su generación el ser frikis: "... todos somos algo "raritos", únicos, diferentes y extraños a nuestra manera. podemos resultar desconcertantes y extravagantes. Pero no nos juzguen, nos gusta ser así, alegres ahora e histéricos cuando salgamos a la calle, somos imprevisibles y fuera de lo común". Lo friki prolifera y se impone y hay mucho candidato por ahí suelto que aspira a serlo, tal vez viéndolo como el signo de nuestro tiempo.

Pero no se engañen. Frikis ha habido siempre. Javier Cercas, en un artículo del año 2010, Teoría del friki, nombra a miembros ilustres del frikismo de todos los tiempos: el Arcipreste de Hita con el Libro de Buen Amor, "el más libre, el más gamberro y el más subversivo"; el Cervantes de El Quijote y de El Licenciado Vidriera; Unamuno, Baroja, Kafka, Millás, Mendoza... Todos, según Cercas, por compartir la idea de que la normalidad no existe, son dignos de figurar en el universo friki.

Igual que, sin subir hasta esas alturas literarias, somos dignas de figurar en él mis amigas de la infancia y yo, que hace 60 años fuimos, ataviadas con velos de encaje, rosarios y misales, a la Iglesia de San José a bautizar a Fernandito, el muñeco de mi amiga Conchi que también llevaba su traje de cristianar, Cuando ya estábamos con Fernandito medio metido en la pila de agua bendita y todas alrededor echándole agua entusiasmadas, nos descubrió Don Jesús Cabrera, el párroco, que nos persiguió por toda la iglesia, mientras nosotras corríamos a toda pastilla.

No me digan que ahí no estaban ya todos los ingredientes de la cultura friki: personas pintorescas (nosotras), apasionadas por un tema (los muñecos y su salvación eterna), ataviadas con ropajes extraños (no sé incluso si alguna llevaba los tacones de la madre), sin sentido del ridículo (a los 7 años no sabíamos qué era eso) y perseguidas por la gente de provecho (Don Jesús, que en gloria esté).

¡Si eso no es ser friki, que baje Harry Potter y lo vea!

(En la imagen, un graffiti friki dedicado a "La guerra de las galaxias")

lunes, 20 de julio de 2015

El sublime arte de escaquearse




Si en algo somos genéticamente especialistas los humanos es en escaquearnos de nuestras responsabilidades. Hasta mi nieta pequeña -que no llega a los 2 años y en el hablar está empezando con los verbos-, después de tirar un vaso o una figurita al suelo y causar un estropicio, ya sabe decir, con su preciosa sonrisa, un encogimiento de hombros y las palmas de las manos hacia arriba: "¡Se cayó!".

Y es que el mayor invento a la hora de dominar este sublime arte es el dominio del "se" impersonal. Los periódicos están llenos de este "se": "Se aprueba el rescate", "Se produjo un tiroteo", "Se ha caído el sistema informático"... Una vez que íbamos a viajar a Santiago a las 10 de la noche, el avión no despegó hasta las 6 de la mañana porque "se ha producido un fallo técnico". Después nos enteramos de que el fallo técnico era que pilotos y azafatos estaban cansados y se fueron a dormir, dejando gentilmente que nosotros lo hiciéramos en las salas vacías del aeropuerto (ver amanecer desde los sillones incómodos de un aeropuerto, mientras las señoras de la limpieza friegan y vacían papeleras no es mi ideal de una noche placentera).

El truco está, como señala mi admirado Alex Grijelmo, en separar gramaticalmente todo lo posible a las personas de los fenómenos que ellas mismas provocan. Detrás de ese "se", parece que nadie tiene la culpa de nada. Son esos entes incorpóreos ("el sistema informático", "las razones operativas", "las fluctuaciones económicas", "la crisis"...) los que asumen todo el marrón, mientras los demás nos quedamos limpios, inocentes y angelicales. Incluso yo, que ya saben lo honrada que soy, ayer, que se me cayó un huevo de los que mi marido acababa de traer del mercadillo, antes de que me dijera "Pronto empezaste a hacer tortilla", ya le estaba yo diciendo: "Es que el huevo se puso resbaloso". Antes muerta que culpable.

Y no crean, cuando solo son dos personas las que viven en la casa, quedar absuelto es peliagudo. Hay que hacer virguerías para que nada nos salpique: "se rompió", "se traspapeló", "se perdió", "se esfumó"... Así, el padre de un amigo mío, cansado de tanto juego lingüístico y de tanto poltersgeist, le dijo a su mujer: "Mira, Catalina, déjate de rollos. Aquí solo vivimos los dos. O fuiste tú o fui yo".

Tal vez crezcamos moralmente cuando sustituyamos ese "se rompió" por "lo rompí" y llegue el momento en que todos aceptemos nuestros actos. Porque, si no, puede darse un caso como el de Guille, el hijo de unos amigos, que llegó a su casa por la noche y le preguntó a su madre: 
- ¿Y las croquetas que sobraron del mediodía?
- Oh, se comieron.
- ¿Las unas a las otras?

lunes, 13 de julio de 2015

El embrujo de una noche de verano




Algo tienen las noches de verano -llamémosle hechizo o embrujo o lo que sea-, cuando Shakespeare y Woody Allen le han dedicado obras. Son, como dicen Les Luthiers en "Añoralgias", "noches cálidas de fantasía, pobladas de magia, de encanto infinito...". Todos tenemos noches así en el recuerdo y, ahora, en estos días de julio, cuando a la caída de la tarde la brisa del mar alivia el calor, es una gozada sentarse fuera, a la fresca, con la mente en paz y el diálogo presto, tal como han hecho desde siempre las gentes de las islas.

En estas horas cabe cualquier conversación, relato o comentario. Cabe, incluso, como hace 3  días, oír, cautivados, las historias que nos contó mi sobrina Isa de su viaje de aventuras a Costa Rica, un perfecto contrapunto a la noche tranquila.

Allí... hice rafting en el río Balsa subida a la proa de la barca y a punto de caer al agua; nos lanzamos en tirolinas en Monteverde ¡casi como Tarzán en la liana!; cogimos olas con la tabla en Sámara; nos bañamos tirándonos desde lo alto en las cascadas de Montezuma...
Aquí solo se oyen las voces y las risas. Y las fatigas del día se han diluido en un plácido sosiego.

Allí... una noche hicimos un tour nocturno por la selva para ver animales: un orlingo, que es como un gato con cola de mono, armadillos, búhos, un erizo bebé subiendo a un árbol, murciélagos que había que esquivar, un oso perezoso... Parados en medio de la carretera incluso vimos dos ojos mirándonos desde la espesura ¡Los insectos son del tamaño de mi puño! Vimos tarántulas, escorpiones de 8 cm., insectos-palo de medio metro... ¡Las luciérnagas iluminan la arboleda!
Aquí las ranas son el sonido por el que transcurre la noche y, de vez en cuando, aletea una coruja. Alguna mariposa nocturna se acerca curiosa al círculo de luz. Casi ni le hacemos caso.

Allí... nos cayeron tormentones eléctricos -rayos, truenos, relámpagos, nubarrones, nieblas- casi todos los días: en el Parque del Volcán Arenal, en Playa Hermosa, en la travesía en barco desde Paquera a Puntarenas... No pudimos ir a la costa oriental porque las carreteras -casi todas de tierra- estaban cortadas; y, desde Sámara hasta Santa Teresa tuvimos que vadear cinco ríos que habían crecido con la lluvia.
Aquí la noche está clara y solo las ramas de los árboles cercanos se mueven ligeramente. No hay nada que perturbe la calma.

Allí... desayunábamos gallo pinto, que es un plato enorme de arroz, frijoles, huevos, carne y plátanos fritos. Bebíamos pipas frías de coco y las comidas tenían nombres como tamales, chorreadas, chalupas...
Aquí probamos la yuca frita que mi sobrina nos ha traído de recuerdo. Pero también comemos camarones frescos y bebemos un vino blanco frío que burbujea en las copas. Brindamos haciéndole un guiño a la luna.

Allí había caimanes en los ríos, iguanas paseando tranquilamente por el medio de la carretera, caballos salvajes en las playas. Aquí está la quietud de lo cotidiano, de lo conocido, del siempre. Pero sobre los dos mundos está la noche de los poetas, la noche que Neruda vio estrellada mientras "tiritan, azules, los astros a lo lejos"; la "callada noche que aún asiente" de Walt Whitman; la noche que brilló sobre nuestras infancias, y en la que, como dijo Octavio Paz,
"... todo respira, vive, fluye:
la luz en su temblor,
el ojo en el espacio,
el corazón en su latido, 
la noche en su infinito"

Que este verano les sea propicio en noches como esta.

(En la imagen "La noche estrellada" de Van Gogh)

lunes, 6 de julio de 2015

Calladitos están más guapos





Esta semana se ha estrenado la Ley Mordaza y anda el personal alborotado a cuenta de ella. En los periódicos y redes no paran de salir chistes e ironías ("Tengo que bajar un momento a la calle ¿Alguien sabe si, aparte de la Ley Mordaza, Rajoy ha ordenado el toque de queda?"), manifestaciones de personas con la boca tapada, protestas de todo tipo y exhortaciones de la ONU pidiendo su retirada porque "amenazan con violar derechos y libertades fundamentales de los individuos" y "socavan los derechos de manifestación y expresión" de este país.

Ya en Alicante se ha puesto una multa de 600 euros por llevar una camiseta "peligrosa". También en el franquismo, cuando yo estudiaba, metieron en la cárcel a un compañero mío por tener dibujado un símbolo "peligroso" (una hoz y un martillo) en una caja de fósforos.

Desde que Platón en su República ideal prohíbe leer a Homero y a Hesiodo por debilitar la templanza, ver obras de teatro porque los actores imitan a seres inferiores y oír música lidia y jónica por decadentes, siempre ha habido gente que quiere imponer a otra gente lo de "calladito estás más guapo". En la Rumanía de Ceausescu, por ejemplo, estaban prohibidas las palabras "maleta" y "frontera" porque sugerían el abandono del país. En Melbourne, desde la época victoriana, no se puede vestir (todavía hoy) ropa interior rosa los domingos por la tarde y en París se derogó en el año 2000 una ordenanza de 1800 por la que las mujeres no podían ponerse pantalones.

Pero ¡mordazas y censuras a nosotros!

¡A nosotros!, los herederos del insigne Quevedo, que tenemos por bandera sus versos "No he de callar por más que con el dedo, / ya tocando la boca o ya la frente, / silencio avises o amenaces miedo".

¡A nosotros!, que casi aprendimos con "La Codorniz" a reírnos a carcajadas y a buscar entre sus páginas los dobles sentidos ("Un fresco general procedente del norte reina en toda España") por los que, un mes sí y otro también, la cerraban. Todos recordamos las perlas de después, como aquella de "Bombín es a bombón, como cojín es a X, y me importan tres X que me cierren la edición".

¡A nosotros!, que vivimos una dictadura que pagaba a censores para que rebuscaran en cine, libros, arte, cómics, costumbres..., todo aquello que pudiera perturbar nuestra inocencia. Hasta "Con faldas y a lo loco" fue prohibida porque hacía apología gay (????) e Ibáñez contaba hace poco que le censuraron a un Frankestein que puso a vivir en una de las habitaciones de "13, Rue del Percebe" porque fabricaba monstruitos con vida y eso solo le competía al Supremo Hacedor. Una canción que decía "Tengo fuego en las entrañas..." fue sustituida por "Tengo fuego en las pestañas..." y se les coló la de "Je t'aime... moi non plus" porque no la oyeron, sino que la leyeron y en el papel no venían los jadeos.

¡A nosotros!, que conocimos hojas de parra tapando partes pudendas, fundidos en negro cada vez que el chico y la chica se iban a besar, Índice de Libros Prohibidos, cortes de tijera y cambios drásticos de guión que nos hacían imaginar cosas peores.

¡A nosotros, censuras y mordazas! Como dice mi amigo Goyo, a nosotros no nos callan ni debajo del agua.


lunes, 29 de junio de 2015

Ay, ay, ay, ay, ay, ay...




Una se apresta una tarde de un domingo plácido de junio a leer los periódicos atrasados de la semana (ya saben que la vida de una jubilada es una vorágine y no hay tiempo para casi nada). Una se sienta en una hamaca en el patio -brisa suave, cielos azules, buena temperatura- y empieza con la mejor de las disposiciones a digerir esas ristras de noticias que son la alegría de la huerta: nueva ley de Educación para el curso que viene con la Reválida amenazando ¡otra vez! (ay); pelea ¡por dinero! entre Unión Europea y Grecia (ay, ay); Estados Unidos envía 250 tanques para hacer frente a la amenaza rusa (ay, ay, ay); yihadistas asesinando en tres continentes (ay, ay, ay, ay); malversaciones, huelgas de hambre, espionajes a países supuestamente amigos, desplazados forzosos a causa de las guerras (42.500 personas ¡al día!)... Ay, ay, ay, ay, ay.

Una levanta la vista de los papeles con el corazón encogido. Hasta el día parece más oscuro, como si el sol se licuara en el desánimo. Pero al otro lado del patio están los niños de la casa y sus amigos. Tienen entre 8 y 11 años, estrenan entusiasmo y sus voces finas, hablando de los avatares de sus colegios, llegan hasta aquí. Piensas, animándote (siempre has sido una optimista), que tal vez el futuro -que a ellos les pertenece- no será tan malo. Pones atención a lo que dicen y...

- En mi clase hay uno que roba. El otro día le pedí un boli, y abrió la maleta de Patricia, sacó el boli de ella y me dijo: "¡Toma! Ella no se va a dar cuenta".

- En la mía no se puede dejar nada encima del pupitre porque desaparece. Una vez le traje de regalo  a Pablo unos caramelos con forma de bigote y, cuando se los fui a dar, ya no estaban.

- Pues en la mía roban a cada rato el sello rojo de la seño y lo meten en los pupitres de los que se portan bien.

- Una vez Hugo tiró su maleta, así porque sí, desde el tercer piso al patio y casi mata a un niño que pasaba.

- Peores fueron los que intentaron hacer fuego con un montón de palos y una lupa en el patio. Solo les salió humo pero les echaron una bronca de miedo.

- Los más golfos son los de Infantil, de 3 años. Yo vi a uno con cara de bueno tocarle el culo a la profe y luego guiñarle el ojo.

- ¡Sí! A mí uno de infantil me tiró una fanta en los pantalones y luego se reía cuando yo le decía: "¿Tú estás tonto o qué?". Y a otro lo vi bailar con la tapa del water al cuello.

- No, los peores de todos son los de 6 años, los de 1º de Primaria. Se dedican a meterles bolsas de plástico en la cabeza a la gente.

- A mí me pasó que estaba en la cola para el comedor  y una de 1º se coló delante de mí. Le dije que guardara turno y me dio un puñetazo en la barriga.

- Pues en el recreo después de comer me encontré yo a tres de los de 1º acostados sobre mi mochila. Los eché de allí y después descubrí que se habían llevado mi estuche de lápices. Se lo dije a la seño y lo encontró en la maleta de uno de ellos.

- Cuando algo desaparece y la seño dice que el autor confiese, ninguno lo hace. A veces luego aparece el libro o lo que sea en la mesa de la seño. Pero mis caramelos nunca aparecieron...

- Pues uno de mi clase trajo una navaja al colegio un día...

Ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay...


(En la imagen, "El grito" de Edward Munch)

lunes, 22 de junio de 2015

Aquí mando yo




Yo tengo una teoría, que no he visto en parte alguna, sobre los dictadores, y que, generosa como soy, hoy publico a los cuatro vientos para que después me la fusile alguno de los tantos copiones que hay por ahí. Lo veré firmando un ensayo sobre ella en alguna Feria del Libro, pero ustedes y yo sabremos que la idea inicial fue mía.

Mi tesis es que la fuente de la que beben todos los dictadores que en el mundo han sido, son y serán es el ORDEN. Todos ellos fueron niños ordenaditos a los que su madre no tenía que decir (como la mía) que "este cuarto parece una leonera" o "a ver si recogen los zapatos del suelo que no se puede ni caminar por aquí". No, el niño futuro dictador tenía los lápices afiladitos y por colores, los libros en su sitio (nada de dejar uno abierto boca abajo en la alfombra), la cama hecha y sin arrugas (antes muerto que sentarse en ella), las ropas dobladas y colocadas en los estantes, los juguetes en sus cajas como si se los acabaran de regalar, el suelo limpio de zapatos, calcetines y calzoncillos. Ese niño (obsérvese que no he dicho "repelente", porque yo en mis tesis soy muy objetiva) sonreiría con satisfacción cuando sus padres y profesores lo pusieran como ejemplo ante los demás, mientras le daban palmaditas en el hombro  (no en la cabeza por no despeinarlo). Ese niño (tampoco digo "repugnante") crecería sabiéndose perfecto y sufriría enormemente si tuviera que dejar que sus hermanos y amigos anduviesen en sus cosas. A ese niño (tampoco ha salido de mi boca el adjetivo "repulsivo") no le quedaba más remedio de mayor que imponer el orden, la verdad, la justicia y la razón a los otros seres humanos, imperfectos y desordenados.

Como el mayordomo Jeeves de Wodehouse o "El Gran Dictador" de Chaplin, hay miles de dictadores pululando por el mundo. Sin ir más lejos, yo he conocido a unos cuantos: a un director de Instituto, que era un tipo estupendo e inteligente, pero que, convencido de que él lo hacía mejor que nadie, hacía el trabajo hasta del bedel; una señora de la limpieza que tuve, tan superordenada que me ordenaba cosas que yo no quería ordenar; maestro Daniel, el albañil que nos trabajó en la casa, con el que había que discutir días y semanas porque queríamos esquinas redondeadas y paredes arrugadas y para él lo correcto eran esquinas con filo y paredes lisas; amigos que quieren que tú seas como ellos (si no, se enfadan); profesores, políticos, jefes, cabecillas, mandones... todos arrastrando esa infancia de un universo ordenado y sin mácula (digo "sin mácula", que queda mejor que decir "sin manchones de huevo frito en la camisa", cosa impensable en un futuro dictador).

Esta es mi teoría. Es fácil corroborarla por parte de aquellos que me la van a copiar (no todo tengo que hacerlo yo): busquen testimonios y pruebas de las infancias de los dictadores reconocidos oficialmente: Hitler, Franco, Fidel, Luis XIV ("El Estado soy yo"), Mussolini, Stalin... Seguro que detrás de cada uno hay un niño ordenadito.

Y aviso para los que no se acuerdan de la lógica que estudiaron en Filosofía: aunque mi tesis es que todos los mandones fueron niños ordenaditos no quiere esto decir que todos los niños ordenaditos se conviertan en mandones. Pero por si acaso y para curarnos en salud, ahí va mi recomendación a los padres del mundo: 
* Miren para otro lado cuando los niños dejen las ropas tiradas en el baño o los zapatos en el salón.
* Permitan que su mesa de trabajo esté como la de mi nieta ayer (un batiburrillo de lápices y rotuladores tirados, un atril lleno de dibujos y trabajos ya corregidos, una coronita de flores, novelas y libros de texto cerrados y abiertos, el cargador de la tablet, 3 caramelos...). 
* No se asusten si, después de que jueguen, todo el cuarto es un desbarajuste total.
* Recuerden que el universo tiende al Caos y repítanse a sí mismos: "¿Quién soy yo para oponerme al universo?".

Será duro, lo sé, porque en todos nosotros hay sembradas semillas de dictador. Pero, aunque en el futuro sus hijos sean un desastre como organizadores, seguro que no serán dictadores y el mundo será un lugar mucho mejor, sin nadie que quiera imponer un orden que a los demás no nos guste.

No me den las gracias, por favor.

(En la imagen, "El Gran Dictador" de Chaplin)

lunes, 15 de junio de 2015

Un respetito es muy bonito




Soy un árbol, y esto ya es decir mucho. Pertenezco a una especie noble y antigua, que vive en la Tierra desde el principio de los tiempos. Antes del hombre, antes de los dinosaurios, nosotros estábamos aquí.

Desde luego, yo particularmente no soy tan viejo como el árbol sagrado, la higuera o ficus religiosa bajo la cual Shidarta Gautama, Buda, alcanzó la iluminación hace 2500 años. Tampoco soy el drago milenario de Icod que vio desembarcar a guanches y a castellanos, ni pertenezco a la clase del Garoé, el tilo santo que surtió de agua a la isla de El Hierro. Pero soy de su especie. De la especie de los pinos que en la isla causan mares de nubes; de la especie de los sauces que acarician la superficie de lagos remotos, de los abetos que alimentan leyendas, de los robles a prueba de humanos. Y, aunque soy un árbol de la calle, un árbol joven con solo unos cuantos años encima, sé que, como ellos, iluminamos el mundo.

Mis compañeros y yo somos flamboyanes, los árboles de la llama o del fuego. Damos sombra fresca en los veranos cálidos y color a las vidas grises. Y, sin embargo, desde nuestra altura vemos pasar a las gentes de la ciudad sin que ninguno de ellos repare en nosotros. Cada mañana pasan a mi lado funcionarios del Ayuntamiento que van a desayunar hablando de fútbol o de plenos, madres agobiadas que llevan a los niños al colegio, señoras jubiladas que van a comer hablando sin parar al restaurante cercano, jóvenes ensimismados en sus móviles, personas a todo correr, con el ceño fruncido y papeles bajo el brazo, camino a diligencias... Sabemos que, con solo detenerse un minuto y mirar hacia arriba y ver las floras rojas entre el follaje verde y oír la brisa que juega en las ramas, se les ensancharía el alma, sonreirían y, durante un buen rato, los acompañaría una sensación placentera. Pero ni se dignan hacerlo: ni nos ven ni nos oyen.

Pero hace poco ocurrió algo que nos ha sacado de la invisibilidad pero también de quicio. Estamos acostumbrados a la indiferencia, sí. Incluso a oír noticias adversas, que nos trae el aire, sobre nosotros, como la tala de los jacarandás que sombreaban de azul la vecina calle o el lamento angustioso de los pinares de Vilaflor, quemados hace una semana... Pero, ¡esto! ¡Esto es indignante! ¡Decorarnos con ganchillo! ¡Ponernos croché en los troncos como si fuéramos la butaca del abuelo! Nuestra naturaleza no es de enfadarse demasiado, pero créanme, crece un murmullo de cólera entre todos nosotros.

Es verdad que, por primera vez, parece que se dan cuenta de que existimos. Incluso vi al vecino, que todos los días sale casi dormido de la casa de la esquina, pegar un respingo cuando me vio  abrigado con esa colcha alrededor (¿ese árbol estaba ahí?). Hemos oído decir que esto es arte efímero (cuando, para nosotros, todo arte es efímero) y que es algo parecido a lo que hace un tal Christo Javacheff, que vestía puentes y estatuas para llamar la atención sobre ellos. Pero ¡nosotros somos seres vivos, seres que hemos repoblado el mundo desde aquellas lejanas selvas de Madagascar en las que nacimos, seres que nos enorgullecemos de nuestro tronco, ramas, flores, semillas y frutos! Y nos sentimos abochornados, dolidos y menoscabamos en nuestra dignidad ¡Nos sentimos vestidos!

Señores humanos ¿saben que les digo? Que sigan sin mirarnos, sin poner una mano en nuestros troncos desnudos para sentir la savia purificadora, sin agradecer que somos el pulmón de la ciudad, sin darse cuenta de que humanos y árboles estamos hechos de la misma sustancia y de que, si retrocedemos lo suficiente, nos encontraremos con un antepasado común... Pero respétennos, porque un respetito es muy bonito.

(Gracias a mis amigas, Conchi -que me habló por primera vez de estos árboles "encrochetados"- y Chari, que me los fotografió. Nunca hubo mejores corresponsales)