viernes, 27 de mayo de 2016

Estrenando vida en 3D




Mi sobrino Jesús y su mujer Corina están trabajando ahora en Silicon Valley, cerca de San Francisco, y, desde allí nos tienen informados a toda la familia de la vida que llevan en Estados Unidos, de sus visitas a preciosos parques naturales (sin oso Yogui, por ahora), del eclipse solar que se ha visto este mayo por aquellas tierras, y, sobre todo, de lo embarazados que están, con una niñita en camino. Y, como hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, todos hemos recibido ya la ecografía de mi futura sobrina-nieta con 24 semanas. Y en 3 dimensiones, como si fuera la protagonista de “Avatar”.

¡Hay que ver! Y pensar que las fotos de mi boda, hace 40 años, fueron en blanco y negro, hechas con cámaras de fotos antediluvianas que mi padre y mi tío desempolvaron para el evento… Ahora si sales con los ojos cerrados, como me pasó a mí, la técnica prodigiosa del photoshop te los abre de par en par. ¡Si hasta te quita arrugas y michelines sin necesidad de dieta…!

¡Y no digamos de los embarazos! Yo no supe nunca si lo que iba a tener era niño o niña. De hecho, como ya he contado, mi hijo Dani se llamó Elisa durante los casi 10 meses de embarazo (no quería salir, el tío) Ni siquiera la forma de la barriga (“barriga picuda, niña segura”) hizo presagiar que, en lugar de una dulce niñita, iba a ser un chicarrón de 4 kilos y pico, bien equipado de atributos masculinos.

En cambio, ahora, no sólo sabemos el sexo del bebé de mis sobrinos, sino también el peso, la forma de la naricita y hasta a quién se parece de la familia (igualita, igualita a mi sobrino Carlos). Por los milagros de la técnica, la conocemos ya, la vemos ponerse la mano en la boca, sonreír y yo diría que hasta enfurruñarse, harta de ser el centro de atención mediática (“¿Y el derecho a la intimidad, qué?”, parece decir).

No debería asombrarme de todos estos avances. Después de todo yo formo parte de la humanidad privilegiada que ha visto llegar al hombre a la Luna y la televisión a los hogares. He disfrutado de los mejores inventos del mundo (como la lavadora y el tampax). Ustedes y yo podemos enterarnos al segundo de lo que pasa en cualquier rincón del planeta y, si queremos, dar la vuelta al mundo en 80 horas. Y nuestra esperanza de vida es el doble que la de nuestros antecesores.

No, no debería asombrarme, pero me asombro. Me sigue llamando la atención esta capacidad del ser humano de llegar a los límites, en este caso, de ampliar nuestra visión del mundo hasta más allá del nacimiento. Pero lo que más me asombra, lo que me parece más milagroso es que esa personita, a la que en cierto modo miramos con condescendencia de adultos (“¡La pobre! ¡No le queda nada!”), estará dentro de poco riendo, llorando, aprendiendo, viviendo. Y, todo hay que decirlo, hablando en 3 idiomas, español por su padre, alemán por su madre e inglés por la soleada California en la que va a nacer y en la que asistirá a la guardería. Se armará un lío al principio (mi hija, por contagio de un amiguito que hablaba inglés, me decía, ceceando, a los 2 años “¿Vamoz a la zuiminpul, mami?”), pero luego estará perfectamente preparada para un siglo XXI más cosmopolita.

Y es que, más que cualquier milagro de la técnica y de la ciencia, lo que me deja más maravillada, antes y ahora, es el milagro de la vida. 

lunes, 23 de mayo de 2016

La bacinilla de oro

Wáter en Uddevalla, Suecia. Daba gusto sentarse entre tanto libro
¡Mira que los seres humanos somos rebuscados a la hora de hablar y de jugar con el lenguaje! Tan pronto proferimos palabrotas salpicándolas en la conversación como quien siembra margaritas, como embellecemos o disfrazamos toda aquella palabra que pueda incomodarnos, asustarnos o simplemente aburrirnos ¡Ah, los eufemismos ("hablar bien")! En este uso cosmético del lenguaje los usamos para todo, pero particularmente a la hora de referirnos al sitio en el que hacemos nuestras necesidades más primarias. Eufemísticamente hablando, al wáter o retrete.

¡Y con toda la razón! Resultaría muy feo que, cuando -un suponer- nos invitaran al palacio de Buckingham y nos diera un apretón o tuviéramos una necesidad, le preguntáramos al mayordomo que dónde está, please, el cagadero o meadero. Mucho mejor embellecer el término, que luzca bonito y que no parezca lo que realmente es.

Y así empezamos a decir letrina (que viene del latín latrina, baño), excusado (mi marido recuerda que su abuelo lo llamaba así), y retrete, que era el nombre que usábamos cuando niños. Significó desde el siglo XV "aposento pequeño y recogido en la parte más secreta de la casa" y, en principio, era un término muy poético, no en vano aparece en un comentario a San Juan de la Cruz que habla del "retrete interior del espíritu". Pero parece que tampoco nos pareció muy fino porque sucesivamente han ido apareciendo tocador, toilette (los extranjerismos son muy socorridos), cuarto de baño, aseo, lavabo, inodoro, servicios o water-closet (WC) (cuartito provisto de agua), que recortamos a wáter. 

De todo este tejemaneje de palabras que han proliferado para designar uno de los lugares más frecuentados por el ser humano me he enterado por un librito delicioso, que leí hace poco, de José Antonio Millán titulado "El candidato melancólico". Pero todavía hay más. Las monjas de la Asunción en aquellos tiempos de nuestra infancia enseñaron a decir a sus alumnas que, cuando quisieran ir al wáter, pidieran sortir, salir en francés, Pero ellas, identificando la acción con el lugar, terminaron llamando sortir al retrete ("Madre ¿puedo ir al sortir?"). Mi amiga Ani, que trabajó en el Ayuntamiento, me cuenta que allí lo llamaban "la depositaría". Otros nombres más de andar por casa fueron pipiroom (que ya es cursilada) o Wenceslao Cabrera (por lo de WC). Y hasta Agatha Christie en "El tren de las 4,50" se refiere a él, crípticamente, como arriba, cuando  Miss Marple monta una escena con su amiga Elspeth y le pide que vaya al wáter en un determinado momento:

- ...lo que yo te digo, Juana, es que todo parece muy extraño.
- No tiene nada de extraño- dijo Miss Marple.
- Bueno, a mí me parece que sí. Llegar a la casa y preguntar casi inmediatamente si puedo... ejem... ir arriba.
- El tiempo está muy frío -indicó Miss Marple- y, después de todo, puedes haber comido algo que te ha sentado mal y... en fin... puedes necesitar ir arriba. Quiero decir que estas cosas suceden. Recuerdo a la pobre Luisa Felby, que vino a verme un día y tuvo que ir arriba cinco veces en menos de media hora. Aquello fue un pastel de carne de Cornualles que salió malo.".

¿Qué podemos concluir de todo esto? Que las palabras encierran realidades y que, por mucha cirugía estética que se les haga, la realidad siempre está ahí, inamovible. Los wáteres, retretes, excusados, etc, etc.,, están para lo que están y a ellos se va a lo que se va. García Márquez lo dejó clarísimo en "Cien años de soledad":
"... de verdad la bacinilla era de mucho oro y de mucha heráldica, pero lo que tenía dentro era pura mierda...".
Pues eso.

lunes, 16 de mayo de 2016

Con flores a porfía




El mes de mayo en mi colegio era especial. Se hacían misas de gala, procesiones internas por el patio, ofrendas florales y cántigas varias, entre las que estaba la de "venid y vamos todas con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es". Esta canción nos llenaba de perplejidad por la intriga de quién sería la tal Porfía. Yo estaba convencida de que si María era nuestra madre, Porfía sería nuestra tía, por lo menos.

Pero de todo ello, lo que nos ha quedado impreso en la memoria  es la idea de que mayo es el mes de las flores y de que no hay nada más precioso que una flor, por más que nos puedan tachar de cursis y de antiguos.

Recuerdo el verano de mis 7 años en que descubrí la devoción que se puede tener por las flores. Estaba en La Palma con mi abuela y mis tíos. En la casa de al lado vivía un señor llamado Don Elías que tenía un jardín. Era un jardín "para aquellos que aprecian las glicinias y el sol", como el de "Un abril encantado" (Elizabeth von Arnim). Mi primo Mingo y yo nos sentábamos muchas mañanas en uno de los muros y nos extasiábamos contemplando a Don Elías trajinar, injertar, plantar, regar, podar y cuidar con esmero miles de flores que caían por los bancales como cascadas de colores. A veces nos dejaba ayudarlo y allí conocí las rosas, los mimos, los geranios, los gladiolos, las hortensias, las margaritas... Y sobre todo, los pensamientos, sus flores preferidas, que tapizaban, coloreaban delicadamente y perfumaban casi todo el jardín. Cuando terminó el verano, mi abuela se mudó y no lo volví a ver nunca más, pero, a pesar de que han pasado más de 60 años, cada vez que veo pensamientos me acuerdo de Don Elías y de la pasión que su jardín le inspiraba.

Después no he conocido a nadie así, jardineros de vocación, personas que viven por y para su jardín, con una sensibilidad especial para saber transformar un trozo de terreno en un espacio lleno de belleza y luz. Pero, aunque no en la vida real, sí me los he encontrado en la literatura.

Por ejemplo, Mr. Chance, el protagonista de "Desde el jardín" de Jerzy Kusincski, un hombre que ha pasado toda su vida encerrado en una casa cuidando del jardín. No conoce ninguna otra realidad y toda su visión del mundo, y por tanto su lenguaje, se reduce al ciclo vital de árboles, arbustos y flores. Cuando por fin conoce lo que hay más allá de los muros de su jardín, todo lo interpreta a través de lo único que conoce, la jardinería, pero los que lo oyen creen que está hablando con sabias metáforas. Si le preguntan por la crisis económica del país él dice: "En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el verano. Mientras no se hayan seccionado las raíces todo está bien y seguirá estando bien". Y los deja a todos con la boca abierta ante tanta sabiduría.

Otro es Lord Emsworth, el dueño del Castillo de Blandings, que es descrito en las novelas de P.G.Wodehouse  de esta manera: "Cincuenta y pico de años de placidez serena y tranquila habían dado a Lord Emsworth el aspecto extraño de una persona cubierta de musgo. Pocas, muy pocas cosas, podían sacarlo de su tranquilidad". Pero incluso las personas más tranquilas pueden tener pasiones y la de lord Emsworth eran las flores. Miren, por ejemplo, su visita a una floristería: "El florista era una persona simpatiquísima, perfectamente informada en el asunto de los acebos y tan dispuesta a dar informes sobre delfinias, aquileas, coleopsis, eringias, altramuces, bergamotas y pasionarias, que lord Emsworth se abandonó completamente a aquella fiesta de la imaginación y a aquel desahogo del alma (...). Dos veces llegó hasta la puerta y dos veces volvió atrás para oler las flores y decir algo que había olvidado respecto a la Clematis gigante. Finalmente, con una última y ardiente mirada hacia atrás, se marchó de aquel paraíso...".

De todas formas, aunque sin la vocación jardinística de un Don Elías, de un Mr. Chance o de un Lord Emsworth, sí hay mucha gente que ama las flores y que, si puede, tiene un jardín. En el mío este mes, con sus campanas blancas y rojas han florecido los amarilis que plantó mi madre hace más de 20 años; el jazmín perfuma el rincón de la escalera; las rosas de pitiminí, en ramilletes amarillos, se han abierto todas a la vez, haciendo la competencia en colorido a las buganvillas- blancas, naranjas, moradas- en las que casi no se ven las hojas verdes; cuelgan los mimos y los claveles de aire; y las calas se alzan orgullosas, anunciando que ha llegado mayo y con él, esta primavera atrasada.

Ya, ya sé que hablar de flores en estos tiempos tan materialistas puede ser considerado una cursilada. Pero díganme la verdad: ¿Quién dice que no a que te regalen un precioso ramo de rosas, o un centro de delicadas violetas, o una altiva orquídea, malva y blanca? Yo creo que a eso no se resiste ni la mismísima tía Porfía.



lunes, 9 de mayo de 2016

Dos anillos en el lavabo




Cuando nos ponemos a hablar, en las sobremesas familiares, de política (no es muy a menudo, por si acaso terminamos peleándonos como en el Congreso), mi hermana y mi marido coinciden en decir que habría que establecer una carrera especial para los políticos. Todos los que quisieran gobernarnos tendrían que pasarse 5 o 6 años estudiando, como posesos, derecho, economía, política, oratoria, relaciones internacionales, psicología, 3 o 4 idiomas... Y, sobre todo, Ética, esa Ética que tendría que ser la asignatura más importante y que han quitado ahora hasta del bachillerato, no vaya a ser que las nuevas generaciones se den cuenta de que brilla por su ausencia en muchas de las actuaciones de los que nos dirigen. Mi hermana hasta propone pruebas prácticas: dejar un billetito por aquí, una cartera por allá... y ponerse a mirar por un agujerito a ver si se los llevan, lo cual sería motivo, aunque sólo fuese una vez, de un suspenso automático por siempre jamás.

No creo que anden desencaminados en su propuesta. Después de todo, conectan con un ilustre precedente que pensaba más o menos lo mismo: Platón. Para él, los males de este mundo no acabarían hasta que los gobernantes fueran sabios y justos, para lo cual tendrían que estudiar años y años (él hablaba de unos 20 entre teoría y práctica) sobre la mejor manera de gobernar un país y de conocer a sus semejantes.

A nosotros ese idealismo platónico nos dura un ratito, pero los chupitos de la sobremesa no son lo bastante fuertes para mantenernos en el Mundo de las Ideas y, poco a poco, descendemos a la cruda realidad. Y en esta, acabamos hablando de que todo el mundo roba, de que el que más el que menos defrauda a Hacienda, de que vivimos en un país de pícaros y chorizos en el que la honradez está pasada de moda y en el que la corrupción es la moneda normal. A mí antes me nombraban Panamá y lo asociaba a un canal que une océanos, a jipijapas y a una novela de John Le Carré ("El sastre de Panamá"). Y mira por dónde, por allí ha pasado todo el mundo a esconder su dinero y yo sin enterarme.

Y si descendemos de los ricos a los pobres, mi cuñado cuenta el asombro de las señoras de la limpieza del hospital donde trabaja cuando desaparecen al momento los rollos de papel higiénico que dejan en los baños públicos. Y yo hablo de aquella vez que le desapareció la pluma Montblanc a una compañera en la sala de profesores de mi Instituto, en un momento en que salió a atender a un padre. Y otro compañero todavía llora la desaparición de su paraguas recién estrenado, que también voló del paragüero común ¿Tendremos un gen ladrón que nos asemeja a las urracas? ¿No hay remedio a tanta indecencia?

Pero luego, mi hermana dice que hace un par de meses alguien se dejó dos anillos de oro con un diseño muy bonito en el lavabo de su trabajo. Por allí pasan unas 30 personas, más las señoras de la limpieza. Y los dos anillos, como el dinosaurio de Monterroso, ¡todavía están allí!

Yo no sé ustedes, pero a mí esos dos anillos, abandonados a su suerte en un lavabo público, sin despertar los bajos instintos de nadie, me sugieren que otra España, más limpia, es posible. Ya saben que soy una optimista.

lunes, 2 de mayo de 2016

Madre coraje


Imagen de Claudia Trembay

Todas las madres deberíamos ser llamadas madre-coraje. Se necesita eso, mucho coraje, para decidir traer un niño al mundo y hacerte cargo de él durante toda la vida, incluso cuando son ya hombres y mujeres hechos y derechos. Un hijo es para siempre, y una no puede evitar, aunque ya vuelen por su cuenta, preocuparse por sus problemas, alegrarse con sus triunfos, aliviarlos en sus penas.

Pero las llamadas madres-coraje han tenido. además, que luchar contra circunstancias adversas que, lejos de acobardarlas, las han fortalecido.

Yo conozco a una madre coraje que, como todas ellas, ha tenido una existencia difícil. Se casó muy jovencita, antes de los 20 años, y tuvo cuatro hijos. Su marido, alcohólico, perdió por ello su trabajo y ella sacó adelante a todos (incluido al marido: "¿Cómo iba a dejarlo en la calle? ¡Era el padre de mis hijos!"). Por el camino lo perdió a él y también a un nietito. Pero lo que nunca ha perdido es la entereza ni la ilusión por vivir.

"Mi" madre coraje tiene ahora 80 años, pero aparenta muchos menos, como si la naturaleza la quisiera compensar con un cutis terso, unos ojos chispeantes y de largas pestañas y una sonrisa fácil (le pega esta imagen de Claudia Trembay que he puesto al inicio: una mujer mayor arropando bajo una manto de alegría a una joven). Es una persona extraordinariamente simpática y cercana, a la que todo el mundo quiere.

Se ha pasado la vida defendiendo lo que es justo y aportando sentido común  en las situaciones absurdas de este mundo. Hasta con el Capitán General fue a hablar una vez cuando comprobó que el calabozo del cuartel, en donde habían arrestado al hijo cuando hacía la mili, era infecto. Y no sólo consiguió que lo adecentaran, sino también cambiar el arresto -estar encerrado unos días mano sobre mano- por algo más productivo, como pintar paredes o arreglar jardines.

También en su Hospital (fue auxiliar de clínica) todos recuerdan el primer día en que llegó y se sentó en una silla cualquiera en la Sala de reunión. Pero, ay, esa silla era la que siempre usaba un médico jefazo y prepotente que quiso que se levantara inmediatamente ante la famosa frase "Usted no sabe quién soy yo". Lo que no sabía el médico era quién era ella. Como una moderna Rosa Parks, la trabajadora que se negó a ceder el asiento a un blanco en un autobús de Alabama, ella no se levantó y le espetó: "Usted es un trabajador de esta clínica como lo soy yo. Y esta silla no tiene nombre". Al final, fue el médico el que pidió disculpas y el que a partir de ese momento la saludó con respeto.

Los nietos, que la adoran, cuando oyen sus historias, le dicen que ella debería escribir un libro. Y ella dice que sí, que tiene mucho que recordar y mucho que contar, y que, en cuanto pueda (tiene también demasiado que atender), se pone a ello.

Este mes pasado ha muerto su hija. Y allí estaba en el velatorio, entera como siempre, consolando a hijos y nietos y agradeciendo a la vida por la hija tan bondadosa que tuvo.

Mientras hablábamos bajito, su mano entre las mías, me contó  que su paisaje preferido era el Teide y que, cuando muera, quiere que la incineren y dejen allí, entre retamas y lavas negras, sus cenizas. "Pero en un sitio por donde nadie pueda pasar, porque, si no me han pisoteado en vida, menos quiero que lo hagan muerta".

Y allí estará alguna vez, seguro, aunque espero que sea tarde. Cuando la miro, me acuerdo siempre de unos versos de mi abuelo el poeta, que dicen:
Como el Teide soy altivo;
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y es que ella, mi madre-coraje, es también como el Teide, bella y serena por fuera, pero en su interior y ante el mundo, vive el espíritu de un volcán.


lunes, 25 de abril de 2016

Viaje al pasado


Fuente del Monasterio de Poblet en la que los monjes se lavaban las manos antes de entrar al comedor

La semana pasada los dejé descansar sin mi habitual escrito de los lunes porque estuve por tierras catalanas en un viaje que, en muchos momentos, me pareció un viaje en el tiempo.

Hay viajes para ver y llenarte de sensaciones, hasta el punto en que te parece que ojos y oídos no van a poder abarcar todo lo que quieren. Y hay otros -como este último, por el Baix Camp (Reus, Tarragona, el delta del Ebro, la costa Daurada, la ruta del Císter...)- en que los ecos de voces y pisadas antiguas te llevan a épocas ya pasadas.

Anfiteatro y Vía Augusta en Tarragona
En Tarragona, la Tarraco romana, todavía parece oírse el correr de los carros por las arenas de un circo que, sepultado casi completamente por casas y calles, quiere de vez en cuando revivir con gritos de multitudes y sueños de aurigas. Un poco más abajo, los que recorren el trazado de la antigua Vía Augusta se asemejan a aquellos que lo hacían 2000 años atrás. Y las piedras, reutilizadas en casas y catedrales a través de los siglos, nos hablan, como testigos del vivir cotidiano, de los hombres y mujeres que poblaron y amaron estas tierras, a las que la caricia del Mediterráneo dota de afabilidad.

Monasterio de Poblet (mezcla de estilos en sus torres)
En Poblet, en ese maravilloso monasterio, morada última de reyes, el jardín del claustro, abierto y luminoso, tiene una simbología propia que los monjes jardineros han seguido a través del tiempo: en la parte derecha, la más cercana a la puerta, flores azules para significar la sociedad de fuera a la que han renunciado; en el lado de la iglesia las flores blancas representan la espiritualidad; en el de la cocina y el refectorio, donde los monjes comen en silencio mientras uno de ellos lee escritos religiosos, las flores son rojas porque están cerca del fuego y del calor de lo que han escogido como hogar; y en el lado de la Biblioteca, las flores amarillas simbolizan la inteligencia y la sabiduría. Es fácil en este recinto de hace nueve siglos, imaginar los rezos y la vida dura de los monjes del Císter, y oler incluso el humo de los libros quemados en su momento más negro, durante la desamortización de Mendizábal ¿No es posible, acaso, vislumbrar por el rabillo del ojo -y aplaudir- al fantasma de aquel monje, amante de los libros, que escondió en ese momento siete incunables para salvarlos del odio y la estupidez de los bárbaros?

Ventana del Instituto Pere Mata en Reus
En Reus -cuna de Gaudí- y en los pueblos de esta comarca, el sello de los arquitectos geniales del modernismo ("Vendrá gente de todo el mundo a ver lo que estamos haciendo") se ve por todos lados: en las casas y palacetes de los burgueses, en los proyectos ideados e inconclusos que recoge el Gaudí Centre o en el Instituto Pere Mata, el psiquiátrico para ricos que el arquitecto Lluís Domènech i Montaner ideó para la ciudad, con todas las comodidades y lujos posibles, que no oculta, sin embargo, la amargura y la sinrazón que se escondió entre sus muros.

El río Ebro encontrándose con el mar
Mientras recorro las fértiles tierras, las playas doradas, los últimos kilómetros del Ebro en el momento en que se une al mar, veo la obra de muchas manos a través del tiempo: de los pescadores del delta, de los payeses que cultivaban los campos, de los que plantaban los arrozales, de los carreteros que llevaban las mercancías a través de los caminos, de los zapateros, herreros, cordeleros, pastores..., que hicieron posible una vida basada en la tierra y el agua; y también, de las mujeres que cocinaban cocas, escalibadas y dulces de avellanas y almendras, y de los que, después de las cosechas, se reunían a celebrarlo.

Calle de Montblanc
En Montblanc, el pueblo medieval, "el de muros y cantiles, el de casas señoriales y las calles ancestrales, lugar de reyes y princesas, la noble villa ducal" ("Montblanquina" de Josep M. Poblet), las gentes preparan estandartes, gallardetes y banderolas de otros tiempos para revivir torneos y leyendas que nos pertenecen a todos, como la de San Jorge y el dragón. Y me siento en este viaje -pese a esteladas- parte de ellos y de esta humanidad que trabaja, reza, ríe, habla con el vecino, cocina y come con deleite lo cocinado, compite para ver quién cultiva la rosa más hermosa, se regocija ante lo bello y disfruta en las fiestas.

Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

lunes, 11 de abril de 2016

Liarse la manta a la cabeza


Petra Hartlieb en su maravillosa librería

Mi hija, que sabe cuánto me gustan los libros sobre libros, me regaló el mes pasado "Mi maravillosa librería" de Petra Hartlieb, una historia que me encantó. La autora habla en ella de las peripecias que pasaron ella y su marido cuando cambiaron de oficio, de ciudad y de manera de vivir para ser dueños de una pequeña librería: "Hemos comprado una librería. En Viena. (...) Hemos pujado, con un dinero que no tenemos, por una librería que está en una ciudad donde no vivimos. Y la hemos conseguido ¿Y ahora qué?". Ahora todo el mundo les dice que están locos (ellos también lo piensan así), pero, porque aman los libros, arriesgan, arreglan a su manera el local y se convierten en los libreros que ellos querrían para sí. Y a aquel primer día en que la puerta se abre "y empieza a entrar gente que no tiene la menor idea de que estamos a punto de derretirnos a causa de los nervios", le suceden muchos otros de continuo trabajo y de cero vacaciones, pero que les merece la pena. Petra y su marido, Oliver, irradian entusiasmo y goce por lo conseguido. Y su historia nos deja con una sonrisa en los labios porque habla de sueños cumplidos, de trabajar a gusto, de superar desafíos. y también de caer, de levantarse y de volver a caer para seguir luchando por conseguir lo que se quiere.

¿No tendría que ser esto -un trabajo en el que uno se sienta feliz y realizado- lo normal? Pienso en algunos casos de mi entorno familiar y de amigos -personas jóvenes y bien preparadas-, que van por ese camino y que me reconfortan.

Como Elena, que es licenciada en ADE, y que, después de 2 años en paro y de no encontrar un trabajo a su gusto, se ha embarcado con su amiga Cati en montar su propia asesoría. Han alquilado un local y el pasado enero lo abrieron, decididas a arreglarles la vida laboral, fiscal y contable a la gente ¿Problemas? Claro que sí, el primero, que después de acogerse a una Ley de mujeres emprendedoras, ahora no le dan la subvención prometida por la provisionalidad del Gobierno. Pero ahí están las dos, animosas y decididas a luchar contra los elementos. Y, por ahora, van para delante.

O como Liza, que es psicóloga, y que en una reunión se encontró con otras tres que no conocía. Y entonces una dijo: "Algún día montaré una consulta o algo así". Y las otras dijeron "y yo", "y yo", "y yo". Y entonces se miraron y se dijeron: "¿Y si lo hacemos entre todas?". Y desde hace 3 años el Centro de Psicología y Coaching Tenerife Sur "Arbona" funciona muy bien, demostrando que a veces solo hay que dar un pequeño paso para que todo empiece a ser.

Jackie y Sema lo tuvieron peor porque tuvieron que emigrar con los niños hace unos 4 años. Jackie es Licenciada en Inglés y Sema, aparejador, Pero como siempre se les ha dado muy bien la cocina, montaron en Utrech un restaurante al que llamaron -ahí queda eso- "La casita del mojo". Los problemas fueron miles (conseguir permisos, aprender el idioma, los colegios de sus hijos, el alquiler y arreglo del local...), Pero ahora, gracias a ellos, los holandeses saben lo buenos que son  el gofio escaldado, las papas arrugadas, el mojo picón... y también las tablas de ibéricos, las tortillas de papas, el arroz negro o los hojaldres con chistorras. Tienen siempre el local lleno.

Los más veteranos en su trabajo ideal son Michael y Nieves, economistas los dos, que -igual que los protagonistas de "Mi maravillosa librería"- dejaron hace 8 años unos magnífícos trabajos para montar su propia empresa, "Beruby". Yo la llamo una empresa de conseguidores, pero en realidad es un gran centro comercial virtual donde te reembolsan dinero cada vez que compras (y compras de todo: viajes, hoteles, modas, informática, ocio...). Michael me dice que cometieron todos los errores clásicos al principio, pero ahora tienen 14 empleados, mueven 25 millones de euros y tienen 3 millones de clientes en todo el mundo. En este momento están con un nuevo proyecto (Aprendoaprogramar.com) para niños entre 7 y 13 años ¿Y después? A disfrutar y a por otro reto.

Eduardo Sacheri, el último Premio Alfaguara de novela, decía hace poco en una entrevista que a los países los salvan las personas de a pie, no los gobiernos. Conectando con esa idea, Antonio Banderas en "El hormiguero" contaba que, en una encuesta a universitarios andaluces, el 75% hablaba de que su sueño era ser funcionario. En cambio en Estados Unidos, para el 75% de los universitarios preguntados, el sueño era ser emprendedores, es decir, dueños de sus propias vidas, Y Banderas concluía: "Con un 75%  de gente que quiere ser funcionaria no se hace país. Se hace país con gente que se la juega".

Y yo (como Hernández y Fernández, los de Tintín), aún diría más: aunque los funcionarios son necesarios, se hace país con gente que tiene ideas y pelea por ellas y cumple su sueño. Con gente que se lía la manta a la cabeza.

(Por si alguna vez las necesitan, la asesoría de Elena y Cati es LK Asesores en Ctra. Tacoronte Tejina, 19, Tacoronte.
El Centro de Liza y sus compañeras es Centro de Psicología y Coaching Arbona en C/ Modesto Hernández González, 3. Las Chafiras.
"La Casita del Mojo", de Jackie y Sema está en Utrech en una calle de difícil escritura pero que se encuentra en las redes.
Lo mismo para la empresa "Beruby" de Michael y Nieves. Hay abundante información (y hasta artículos de prensa) sobre su web)