martes, 9 de febrero de 2016

Te amaré siempre...

... aunque tú seas viejo y sesentón ¿Se acuerdan de esta canción de Enrique y Ana, de los años 80? Hablaba del amor entre mayores y de esos detalles en los que se nota que quieres a alguien: "En la vejez, con canas, sin voz /, aún me mandarás / cartas y tarjetas por San Valentín /, dulces al llegar navidad.". Me he acordado de ella en estos últimos tiempos (además, es una canción muy pegadiza) porque parece haber entre los jóvenes la falsa idea de que el amor entre mayores o es patético o no existe. "Las convenciones -dice Rosa Montero en uno de sus artículos- dictaminan que con la edad se apagan esos fuegos y la gente se sigue tragando esa mentira, aunque la realidad nos demuestre absolutamente lo contrario". Se hacen chistes sobre parejas mayores y, si encima es famosa (como hace poco se ha visto con Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa), el pitorreo es general ¿Por qué?

Como la literatura es reflejo de la vida, he querido traer hoy aquí, como muestra, cinco novelas de amor, pero de amor a partir de los 60. Estas cinco novelas -que huyen del prejuicio contra los mayores y que defienden que, en este tema, lo de menos es la edad- son las siguientes:
El mayor Pettigrew se enamora, de Helen Simonson (Salamandra: Barcelona, 2011) es una deliciosa novela (de esas que mi amiga Mónica clasifica bajo el rótulo de "Té y simpatía"), en la que el típico caballero inglés -jubilado, 68 años, viudo, tímido, un poco torpe para demostrar los afectos, y con un sentido del honor y del humor envidiables- se enamora. Pero no se enamora de alguien tan convencional como él, sino de la dulce señora Alí, la dueña paquistaní del supermercado del pueblo, que tiene detrás a una ristra de parientes fastidiosos que ven mal que una mujer conduzca, lea, vaya a un baile y, por supuesto, que se vea con un hombre. El mayor Pettigrew se convierte en un Sir Galahad o un Don Quijote al rescate de su dama y llega a lanzar esta soflama sobre el amor: "Eso es justamente el amor. Es cuando una mujer aparta de tu mente cualquier pensamiento lúcido; cuando eres incapaz de concebir estratagemas románticas y cuando las manipulaciones habituales te fallan; cuando todos tus planes. cuidadosamente elaborados, no significan nada; y cuando en su presencia eres incapaz hasta de hablar , y solo esperas que se apiade de ti y vierta unas palabras amables en el vacío de tu mente".




En Los jueves en el parque de Hilary Boyd (Plaza&Janés: Barcelona, 2013) están todos los elementos de una novela romántica: chico conoce a chica, se enamoran y  encuentran que hay un sinfín de obstáculos para llevar a buen término esa relación. El que el chico y la chica (Ray y Jeanie) tengan más de 60 años -de hecho se conocen en el parque cuando llevan a sus respectivos nietos- tal vez no sea el principal, pero el que ella esté casada con un marido que la quiere y tenga una vida cómoda y ya hecha hará que se pregunte si valdrá la pena romper con todo y empezar de nuevo ¡a estas edades!





La boda de Kate de Marta Rivera de la Cruz (Planeta: Barcelona, 2013) empieza en el 71 cumpleaños de Kate Salomon en un pueblito de Galicia en el que vive desde hace 15 años. Ese día Forster Smith, su antiguo compañero de universidad, al que no ve desde hace 35 años y del que siempre ha estado enamorada, se planta frente a su puerta con un precioso ramo de rosas amarillas y le pide que se case con él. Kate, aunque ya lo ha rechazado antes tres veces, esta vez le dice que sí. Y a partir de ese momento, la boda de Kate y Forster (una boda por todo lo alto porque, como dice él, "me extraña que haya una ley que obligue a los viejos a casarse de tapadillo") involucra a todo el mundo, se mezcla con un misterio largo tiempo escondido y, de paso, cambia la vida de unas cuantas personas. 




Solsticio de invierno de Rosamunde Pilcher (Plaza&Janés: Barcelona, 2000) es la historia de amor de Elfrida Phipps y Oscar Blundell. Elfrida, una ex-actriz de 61 años, se retira a un pueblito inglés y pronto se siente cómoda y hace amistad con sus vecinos. Pero cuando la tragedia golpea la vida de Oscar, de 67 años y organista del pueblo, Elfrida no duda en dejarlo todo e irse con él a un caserón victoriano en las frías tierras de Escocia. Y allí, juntos, aprenden a superar el dolor y los momentos difíciles. Y, por supuesto, aprenden a quererse. Un dato curioso: una noche están en la cama y él lee un libro ¿Cuál? "El amor en los tiempos del cólera", el siguiente libro del que vamos a hablar.




El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez (Debolsillo: Barcelona, 2008) es el amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza, un amor avasallador que salta obstáculos y años y aplasta otras historias y amores. hasta que él a los 76 años, "convencido en la soledad de su alma de haber amado en silencio mucho más que nadie", le declara a Fermina (72 años), en el entierro de su marido, su fidelidad eterna y su amor para siempre. Pero, a pesar de que ella se escandaliza y lo rechaza de entrada y de que sus hijos piensan que el amor tiene una edad en la que empieza a ser indecente, las cartas, las palabras, los detalles la van convenciendo de que "el amor es el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte".

Como en todos estos libros, conozco a gente que se ha enamorado después de los 60. Una de mis amigas, viuda, tuvo una historia de amor y vivió con su pareja unos años hasta que él murió a los 80. "Es el hombre al que más he querido", me dijo una vez. Y somos muchos los que seguimos amando al compañero o compañera de nuestra vida. Marta Rivera de la Cruz en "La boda de Kate" dice: "Los vieron alejarse, cogidos del brazo, hablando de sabe Dios qué. Hacían una buena pareja: dos ancianos guapos y evidentemente felices.  Alguien debería declarar especie protegida a las personas así, y hablar de ellas, y comunicar al mundo que existen como forma de mantener vivo otro modo de esperanza". Eso es lo que he hecho hoy aquí.

lunes, 1 de febrero de 2016

Elogio al aperitivo




Esta semana, en un enero inusualmente templado, hemos subido al Teide camino de Vilafor, donde los Reyes nos habían regalado dos días de relax en un Hotel-Spa (gracias, hijos).  La canción de Hamlet Lima Quintana ("Subiendo por el Teide me quedé pensando que habitaba Dios allí...") me venía a cada rato al pensamiento, mientras disfrutaba del aire limpio, del rumor del pinar, de los escobones y vinagreras florecidos, y, más tarde, de los almendros en flor. En medio del camino, se impuso un alto en el Parador de Las Cañadas y un aperitivo.

El aperitivo es ese momento relajado del día en el que dejas a un lado lo que estás haciendo -la comida, un paseo, una visita a un lugar...- para ocuparte solo de descansar un rato, mirar a tu alrededor, charlar distendido y tomarte un vino, una cerveza, un vermut o cualquier bebida que te apetezca. O, como dice el Diccionario, es "un refrigerio consistente en una bebida que se toma, generalmente acompañada de un manjar apetitoso de poco volumen, poco antes de la comida del mediodía".  Lo que más me gusta del aperitivo (aparte del "manjar apetitoso" y la bebida) es lo bien que se te queda el cuerpo y el alma, la paz y el sosiego con los que hablas de cualquier cosa con quien te acompaña, la ausencia de prisas y urgencias.

Allí, en Las Cañadas, con la imagen imponente del Teide delante y el murmullo de las chácharas en lenguas distintas alrededor, recordé dos momentos-aperitivo que me han llamado la atención.

Uno lo vivió mi hermana en un pueblito de Soria donde vive una prima de su marido. Es un sitio encantador con un puñado de casas de piedra en las que viven solo 11 personas. Tiene una miniiglesia y un miniayuntamiento, y también un bar. Cada día uno de los 11 vecinos, por turno, se encarga del bar del pueblo y allí, religiosamente, llueve o truene o haga un sol de escándalo, se reúnen los 11 a la hora del aperitivo, a comentar noticias del pueblo y de más allá. Se llevan de maravilla.

El otro momento lo viví yo en Ondarribia, en el País Vasco, hace unos pocos años. Llegamos al pueblo un domingo en el momento en que una manifestación a favor de los presos de ETA llenaba las calles. Se disolvió poco después, en la hora del aperitivo, y todos -manifestantes, mirones en pro y en contra, transeúntes como nosotros- , mezclados y como si no hubiera pasado nada, llenamos los bares de la avenida principal, y todos reían, se saludaban y hablaban pausadamente en torno a los txiquitos de txacolí y la profusión de tapas con las que las tascas vascas llenan sus barras. Aquello, durante el rato que duró (a la hora o así las calles se vaciaron y el gentío partió a sus comidas domingueras), parecía ser el mejor de los mundos posibles.

¡Con razón Luis Buñuel, antes de morir, dijo que le gustaría resucitar cada 10 años, tomarse un martini mientras se enteraba de los últimos chismes y luego volver a la tumba hasta la próxima! El aperitivo nos habla de ratos de risas, conversaciones, un chiste que sorprenda, paz. Dan ganas de recetarlo como remedio de los males y de ponerlo en los Derechos Humanos. Tal vez el diálogo sea más fluido y la sonrisa más espontánea ante una cerveza, un vino y un pincho de tortilla como éste que tomamos la semana pasada en el Teide. Como decimos en Canarias, "¡chacho, mándate uno!"


lunes, 25 de enero de 2016

Historias de Los Sauces: la historia de Agustina


Postal coloreada de los Sauces a principios del siglo pasado

Leí hace poco que un grupo étnico que vive en el Caribe, los garifunas, celebran sus entierros con bailes y cantos porque en su cultura "la muerte de un ser querido es una oportunidad de celebrar su memoria y alegrarse por haberlo podido tener en la vida". Nada más lejos de eso en nuestra cultura. En particular, en Los Sauces de mi niñez un entierro era una cosa muy seria, un acontecimiento en el que todo el pueblo se involucraba y que había que afrontar con circunspección y gravedad.

Cuando alguien moría, se rodaban todos los muebles del salón de la casa para colocar en su centro el ataúd con el cuerpo presente. Alrededor, se desplegaban, como un tendido, todas las sillas disponibles de la casa, más algunas de las casas vecinas, para que se sentaran las mujeres que, ayudadas por buchitos de café y calditos, pasaban la noche entera hablando o gimiendo a ratos. En un cuarto aparte, estaban los hombres a los que reforzaban para aguantar los fríos de la madrugada, no solo con los omnipresentes cafecitos y caldos sino también con tanganazos de coñac, cosa que terminaba por provocar alguna que otra cargacera. Más de una de esas noches de velatorio y aflicción terminó con las parientes del difunto discutiendo ya por la herencia y con los hombres, en su cuarto, jugando al envite. Es lo que tiene el no dormir.

Pero en lo que las costumbres de entonces eran especialmente duras y no se relajaban ni un pelo era en el tema del luto. Los parientes del finado tenían que llevar luto un año entero -ellas, de negro de arriba a abajo, medias negras tupidas incluidas; y ellos, con brazalete negro en la chaqueta, cinta negra en el sombrero, o incluso, con un botón negro en el ojal-. Tras el luto, venía otro periodo, igual de largo, de medio luto en el que el negro se aliviaba con marrones o grises, ¡nunca un rojo, un naranja o un verde, Dios nos libre!, si no querías ver tu nombre mancillado en boca de todos.

Mi tía Agustina -una de las tías que más he querido- fue siempre una mujer animosa y resuelta que cuidó con generosidad de todos sus parientes, tanto de sangre como políticos. Estuvo siempre donde tenía que estar, atendiendo a los suyos en las enfermedades y cuidando en los entierros de tener preparados litros de caldo, cafeteras de café y botellas de coñac como para surtir a un regimiento. Cuando se iban muriendo sus allegados, ella siguió a rajatabla la costumbre: no salía de su casa hasta los 7 días a la "misa de salida", y empataba lutos y medios lutos, de forma que casi siempre la vi de oscuro.

Un verano que vino a Tenerife a ver a mi madre y a mi abuela, le tocó una de esas calufas de tiempo sur sahariano en las que casi no se podía respirar. Vestida de negro de la cabeza a los pies (no recuerdo por qué pariente era), por más que mi madre le rogaba que se descubriera al menos brazos y piernas, se negaba y repetía: "¿Y si me encuentro con alguien de Los Sauces?". Pero un día no resistió más, vistos los sudores y calores que ni abanicos -negros, por supuesto- podían atajar. Sofocada y desesperada, accedió al fin a ir con mi madre a la misa de El Pilar por la mañana, ¡sin las medias! y con el mantra de "ojalá que no me encuentre a nadie de Los Sauces".

Se la encontró nada más torcer la esquina de casa: una señora de Las Lomadas que había venido al médico a Tenerife. Y a mi tía Agustina se le cayó el alma a los pies cuando la otra, mirándola de arriba a abajo, y deteniéndose en particular en sus piernas, blancas y desnudas, le dijo con retintín: "¡¡¡Ay, Agustina!!! ¡¡¡Pues sí que has aliviado tú pronto el luto!!!"

lunes, 18 de enero de 2016

Pipiolos




La periodista Luz Sánchez-Mellado escribió este 14 de enero en "El País" -a propósito del bebé que la diputada Carolina Bescansa llevó al Congreso a tomar posesión de su cargo con ella- lo siguiente:
"Las que tenemos una edad hemos visto cosas que no creeríais, pipiolos. Cuando una gestó a sus hijas, a caballo entre el siglo XX y XXI (...), se escondía el embarazo bajo burkas de camuflaje. Tu jefe ponía careto si pedías permiso para ir a clases de parto. Reclamar tus horas de lactancia era de marujas. Solicitar meses sin sueldo para criar al cachorro, un suicidio...".

¡Ay, Luz, pipiola -le digo yo-, y eso no es nada, comparado con las que gestamos en el siglo pasado, hace unos 40 y pico años! Las madres de los años 70, la primera generación en nuestro país que en su mayoría trabajaba a la vez que daba hijos a la patria, no solo paríamos con dolor según mandato bíblico (la epidural, ¿qué era eso?), sino que, por ejemplo, cuando nació mi hija (año 72, dando clase en un colegio privado) ni siquiera tuve días de permiso, ¡qué digo!, ¡ni siquiera tenía Seguridad Social! Suerte que nació en junio, en vísperas de vacaciones.

Con el segundo (año 75) ya trabajaba en el Instituto y tuve derecho a 40 días de permiso, ni uno más ni uno menos. Ni 4 meses prorrogables como ahora, ni horas de lactancia, ni días para el padre, ni ayuditas pecuniarias, ni nada de nada. La palabra "conciliación" no existía. Y no te digo nada si a alguna se le hubiera ocurrido la peregrina idea de aparecer en clase con el bebé a cuestas. Por menos de eso a más de una la hubieran mandado al psiquiátrico (y a la calle).

La solución que un grupo de profesoras -con hijos recién nacidos y sin ayuda- encontramos entonces fue montar nuestra propia guardería. Adecentamos un aula, con patio y entrada aparte, que no se usaba en uno de los tres institutos de Santa Cruz, pusimos cunas, colchonetas, juguetes y posters de colores alegres, contratamos a 3 o 4 chicas que nos cuidaran a los chiquitajos y, al frente, pusimos a Carmen, la madre de una de las profesoras implicadas, que fue una maravilla con los niños. Allí estuvo mi hija desde los 2 años y mi hijo desde los 40 días de nacer, hasta que les llegó el turno de ir al cole. Y allí, en los recreos, íbamos las madres en tropel a echar un ojo y, sobre todo, a echar una mano.

La foto que acompaña el escrito de hoy es de esos tiempos heroicos, en los carnavales del año 76. Los niños que aparecen son ya pipiolos de 40 y pico años. Son hoy médicos, abogados, profesores, periodistas... Supongo que algunos de ellos recordarán aquella primera guardería sui generis y un poco cutre pero que a los padres nos salvó la vida ¿Cómo verá el bebé protagonista de esta semana dentro de 40 años la que montó su madre en el congreso? ¿Pensará que ella ya le proporcionó, sin él comerlo ni beberlo, sus 15 minutos de fama (se ha hablado más esta semana del bebé Bescansa que de los planes y proyectos que tienen los políticos para gobernarnos)? 

Yo rogaría por que los pipiolos del futuro no lleguen a sentir la necesidad de hacer gestos o sobreactuaciones para llamar la atención sobre temas como guarderías, conciliación familiar o ayudas a la infancia. Que en ese entonces cualquier madre y cualquier padre pueda criar a su hijo en paz con todas los cuidados y garantías. Que, como profetizó Alfonso Guerra y repite en su artículo Luz Sánchez-Mellado, este sea un país que no lo conozca ni la madre que lo parió. Ojalá.

lunes, 11 de enero de 2016

En las creencias se vive



En las creencias se vive, decía Ortega ¡Y menos mal, digo yo! Imagínense que cada mañana tuviéramos que plantearnos si las calles están puestas o no, si seguirá existiendo la panadería o si nos encontraremos con otro mundo al revés en lugar del que nos han asegurado que está ahí fuera. 

Y, sin embargo, vivimos en un mundo de seguridades que, a la primera de cambio, se desmoronan. Por ejemplo, cuando hacemos un viaje, una vez tenemos hecha nuestra reserva de aviones y hoteles, nos quedamos tranquilos porque pensamos que todo saldrá según lo previsto. Y no. Puede pasarte cualquier cosa. Como a nosotros un diciembre de hace 5 años en que programamos un viaje a Lisboa, y ya me veía comiendo pastelitos de Belem y oyendo fados en el barrio del Chiado, cuando el día anterior los controladores aéreos iniciaron la huelga salvaje del año 2010 y nos quedamos en tierra. O como le pasó a un amigo mío, que se fue de Madrid a Barcelona en el puente aéreo a ver una exposición que le interesaba con el propósito de volver por la tarde y cenar con su mujer y sus hijos en Madrid ¿Y qué podía salir mal? Nada, excepto que el vuelo de vuelta que cogió, en lugar de a Madrid, lo llevó a Ginebra. Cuando oyó por la megafonía eso de "en unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Ginebra", no se lo podía creer.

Pero hay que creerlo. Estamos en un mundo inseguro, sujeto a imponderables y apoyado, en realidad, no en la roca de la certeza sino en las arenas de la incertidumbre. El detectar las falsas creencias y adaptarnos a los cambios sin mayores aspavientos forma parte de nuestra formación y nos hace madurar.

Estas navidades mis nietos mayores (12 y 10 años) se han despedido de una de las creencias que los anclaban a la infancia. Fue el niño el que le planteó a la madre la pregunta que todos los padres tememos: "Mamá, ¿los reyes son los padres?". Y cuando mi hija salió con un "Estoooo...", le espetó: "¡No me mientas!". Después lloraron y la mayor decía que a ella se lo habían dicho en el colegio pero que ella creía más a sus padres y que ella ¡nunca! les haría eso a sus hijos... Pero pasaron el primer momento doloroso y me lo contaron al día siguiente y escribieron su carta a los reyes como todos los años.

La noche de Reyes, que todos la pasan en mi casa, pusimos las 3 copitas con licor casero de limón, guayabitos y nísperos, y un platito con turrones y peladillas. Después colocamos los zapatos en el sitio acostumbrado y se fueron a acostar con los mismos nervios y jiribilla de otras noches de Reyes. Y por la mañana, cuando abrieron los regalos, hubo alegría y entusiasmo por los deseos cumplidos y solo un comentario irónico de mi nieto: "¡Qué raro! Esta etiqueta para mí de parte de los Reyes Magos está hecha con una letra igual que la de Aba (esa soy yo)!". Pero, aparte de este lapsus ( hay muchas letras parecidas ¿no?), en conjunto han superado el trauma y se han amoldado bien a las nuevas circunstancias.

¿Y ahora? ¿Qué hago con la duda que me corroe? ¿Cómo les pregunto yo si los Reyes Magos son los hijos?

lunes, 4 de enero de 2016

El galgo Lucas


Pactando

El galgo Lucas es parte de mi familia y, de tanto nombrarlo, yo creía que todo el mundo sabía quién era. Pero hace poco me di cuenta de que no era tan conocido, así que hoy voy a aclarar quién es tan ilustre personaje.

La primera vez que oí hablar de él fue a Joaquín, el padre de mi amiga Cae, que, refiriéndose a alguien que atendía más a boberías que a lo que realmente importaba, dijo: "Fulanito es como el galgo Lucas que, cuando salta la liebre, se pone a cagar". Por supuesto, Cae y yo, entonces niñas, nos tronchamos de la risa, pero muchas veces después nos hemos encontrado con muchos "galgos Lucas" a lo largo de la vida, y el dicho ha adquirido carta de ciudadanía y se ha quedado con nosotros.

En mi familia, por ejemplo, se dice cuando hacemos esperar a alguien porque nos enredamos en mil cosas antes de salir ("no seas galgo Lucas"); cuando, en lugar de ponerse a estudiar un examen importante, mi hijo se iba a una romería ("tú siempre como el galgo Lucas"); cuando me quedo en la cama vagueando y leyendo por la mañana, sabiendo que tengo que preparar una comida para 10 personas ("hoy me dio el galgo Lucas")...

Y en estos días de principios de año, recién salidos de elecciones, en los que los periódicos, las televisiones y las redes sociales no hacen otra cosa que hablar de los políticos y sus no-pactos, no sé por qué, me estoy acordando todo el rato del galgo Lucas.

Porque está muy bien  que nadie haya tenido mayoría absoluta y que todos los candidatos se hayan apresurado desde el principio a celebrarlo y a hablar de diálogo, pactos, reformas, unión, acuerdos de Estado, responsabilidad, entendimiento y concordia (les juro que les he oído esas palabras a todos sin excepción). Pero luego nadie dialoga, nadie se une con nadie ("Contigo no me ajunto", decíamos de chicos), nadie está dispuesto a llegar a acuerdos de Estado, nadie cede, nadie entiende. Y de pactos, como vi estos días en una ocurrente viñeta, la situación se parece a la del camarote de los hermanos Marx.

Y da la impresión de que cada partido va a su bola, que todos piden lo de "apóyenme a mí", que uno pone líneas rojas y el otro condiciones férreas, que hay quien avisa de aventurismos si pactas con este o que sería la debacle si te vas con el otro. Está el que quiere crear otro partido (igual pero con otro nombre), el que propone un presidente que no sea de ningún partido, el que pide ¡hala! otra vez a votar y el que rechaza, o da portazos, o impone... En resumen, que cada uno, igualito que el galgo Lucas, parece que quiere satisfacer sus propias necesidades fisiológicas, cuando lo importante es otra cosa.

Lo importante somos nosotros, este país, que piensa que se merece un gobierno sensato y duradero que mire y atienda a lo que realmente importa: nuestra salud, la educación de nuestros hijos, el que tengamos una casa en que cobijarnos, un trabajo digno y unas leyes justas ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo sobre esto?

Al final, dan ganas de gritarles a todos estos señores: "¡¡¡Eeeeeehhhhh!!! ¡Chist, chist, que estamos aquí! ¡Un país entero esperando! ¡¡¡Galgos Lucas, que son todos unos galgos Lucas!!!"

lunes, 28 de diciembre de 2015

Los mayordomos que conocí

Néstor, el mayordomo del Capitán Haddock, es también un perfecto mayordomo, capaz de sortear cualquier dificultad.

Aunque por el título podría parecer poco menos que me eduqué en Buckingham Palace codeándome con toda clase de mayordomos, debo decir en honor a la verdad que no he conocido a ninguno en mi vida. Lo más cerca que estuve de uno fue cuando una de mis alumnas, el primer año que di clase en un colegio de niñas aristócratas de Madrid, me habló en una redacción de su mayordomo, dejándome patidifusa.

¡Ah, pero en la literatura, ese territorio donde todo es posible...! Ahí sí que me he encontrado y he conocido a mayordomos, a los que considero, de tanto leer y releer sus libros, casi de la familia.

Está Betteredge, el mayordomo de "La piedra lunar" de Wilkie Collins -la más perfecta novela policiaca, según Eliot-, un impagable personaje, estricto, sentimental, fiel, justo, poseído ante un misterio por la fiebre detectivesca y lector apasionado de "Robinson Crusoe" (para él, el libro más extraordinario de todos, oráculo y biblia, dador de consejos y soluciones). Betteredge me gusta por todo eso y, sobre todo, por ese sentido del humor inglés que muchos adoramos. Un botón de muestra, cuando habla de su corto matrimonio con su criada, Celina Coby: "...ambos parecíamos estar siempre, por algún motivo, cruzándonos en nuestros caminos. Cuando yo sentía necesidad de dirigirme escaleras arriba, he aquí que mi esposa descendía por ella, o bien, cuando ella sentía necesidad de bajar, he aquí que yo ascendía. En eso consiste la vida matrimonial, según mi experiencia. Luego de cinco años de malentendidos en torno a la escalera, le plugo a la Providencia, toda sabiduría, venir en nuestro auxilio para llevarse a mi esposa."

Otro es Proom, el mayordomo de "El destino de una condesa" de Eva Ibbotson, una escritora austriaca instalada en Inglaterra durante la 2ª Guerra Mundial, que me encanta. Así describe a su mayordomo: "Cyril Proom estaba en la cincuentena, tenía una cabeza con forma de huevo y calva y sus ojos azules detrás de unas gafas de oro contemplaban el mundo con una formidable inteligencia. Lector ávido de enciclopedias y otras literaturas enriquecedoras, Proom había sido otrora cabeza de un gran ejército de criados perfectamente entrenados: lacayos, ayudas de cámara, lampareros y recaderos, que se dirigían a él con obsequiosidad y humildad". Proom es como un general arengando a sus tropas y organizando los movimientos de sus ejércitos, preparado antes que nadie para celebrar la victoria prevista. Cuando, con su ayuda, la pareja protagonista soluciona sus problemas, el galán dice: "Ah, Proom ¡Justo el hombre que necesitaba! Queremos un poco de champán. La botella de Veuve Cliquot del ochenta y tres que has estado guardando con tu vida.
-Aquí está, milord -dijo Proom, adelantándose- Pensando que podría necesitarlo, me tomé la libertad de ponerlo en hielo hace unas horas. Creo que lo encontrará a su entera satisfacción".

Esa capacidad de adelantarse a los acontecimientos la tiene también Jeeves, el más famoso de todos, el mayordomo de los libros de P.G. Wodehouse. Jeeves es casi como Dios, que escribe derecho con renglones torcidos, o como Maquiavelo, para quien el fin justifica los medios. Todo sale bien cuando Jeeves está cerca, aun cuando para ello Bertie Wooster, su amo, muchas veces se vea acusado de cleptómano, de chiflado o de bobo de baba ¿Qué importan esas minucias comparadas con la solución de todos los embrollos en que se ve metido? "Todo está resuelto -dije- Ya viene Jeeves.
- ¿Y qué puede hacer?
- Eso no podemos decirlo hasta que lo veamos en acción. Puede aplicar un método o puede aplicar otro. Pero hay una cosa en que podemos poner entera confianza, y es en que Jeeves encontrará una solución. Véale, ya llega a través de los matorrales, resplandeciente su rostro con la luz de la inteligencia pura. No hay límites para el poder mental de Jeeves. Solo se alimenta de pescado".

"Mayordomo" viene de "maior", mayor, y "domus", casa: el mayor de la casa. O como dice el diccionario, "sirviente principal de una casa o hacienda, encargado de la organización del servicio y de la administración de los gastos". Y, ahora que en España estamos sin presidente efectivo y a la búsqueda y captura de otro nuevo, se me ocurre que un presidente es también el mayordomo de todos nosotros, nuestro sirviente principal, al que hemos elegido para que organice a las demás personas que nos sirvan (en educación, en sanidad, en economía...) y se encargue de administrar bien los dineros.

Ese presidente-mayordomo, ahora que también estamos en tiempos de pedir deseos, debería, como Betteredge, estar atento a los problemas de los demás y tener prudencia y acertados juicios. Y ¿por qué no?, debería saber reírse hasta de sí mismo. que es la esencia del humor. No más presidentes con sonrisas falsas o cara de palo.

Como Proom, debería estar a las duras y a las maduras, ser honrado, responsable y seguro de sí mismo. Él es el primero que da ejemplo, el que resuelve los problemas y prevé los finales felices, el que no dice o promete una cosa para, después, arrepentirse o no cumplirla.

Como Jeeves, debería ser inteligente y astuto. conocer la "psicología de los individuos", saber de qué pie cojean, poner cordura y sentido común en situaciones problemáticas. Jeeves nunca se rodearía de ineptos ni le darían gato por liebre.

Como todos ellos, los mayordomos que he conocido, un presidente sobre todo tiene que estar revestido de superioridad moral, no engañar nunca y ser fiable (bueno, y no ser un asesino. A pesar de su mala fama en las novelas policiacas, el mayordomo nunca, nunca, es el asesino) . Wodehouse, en otro de sus libros ("El gas de la risa"), en el que un falso mayordomo, Chaffinch, se larga con los dineros del protagonista, lo define muy bien: "Al confiar en Chaffing, toda mi línea de acción se apoyaba sobre la base de que el mayordomo inglés era un mayordomo inglés. La honradez de los mayordomos ingleses es proverbial. No hay en ninguna clase social nadie que ofrezca mayor confianza. Un mayordomo auténtico moriría antes que incurrir en nada que pudiera calificarse más o menos de jugarreta indigna". Tengamos por seguro que a un mayordomo inglés le puedes confiar tranquilamente los ahorros de toda la vida (o tu hucha de la pensión), que no los esquilmará ni se los dará jamás a sus amigotes ("amigantes", que diría Lledó) para que los pongan en una cuenta en Suiza.

Mi deseo de año nuevo es que todas esas cualidades "mayordómicas" adornen la figura del futuro Presidente de nuestro gobierno ¿Dejará de cumplirse este deseo, igual que todos los demás deseos de año nuevo (ir a caminar cada día u ordenar todos los armarios)? Betteredge, Proom y Jeeves seguro que lo habrían adivinado.