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lunes, 28 de julio de 2014

El sueño del girasol




Imagínate que eres un hombre soltero y rico que ha hecho su fortuna en América en el siglo XIX y que vuelve a su tierra, en el norte de España, con el sueño de hacerse allí su casa ideal. Amas el pueblo de amplios espacios verdes y casas señoriales, el mar cercano, la tranquilidad y la paz.

Imagínate que le encargas la ejecución de tu sueño a un joven arquitecto,casi desconocido, pero que es un artista genial y sabe perfectamente lo que quieres.

Porque te encanta la música e incluso has compuesto algunas piezas, en tu casa habrá una habitación especial con una acústica perfecta para escucharla y en la que las ventanas, al subir y bajar los cristales de guillotina, producen el sonido de campanas lejanas. Y en las vidrieras del baño, una abeja tocará la guitarra y habrá un gorrión posado sobre las teclas de un piano.

Porque todavía eres joven y tal vez alguna vez encuentres el amor, las barandillas, en hierro forjado, de los balcones del salón tendrán forma de bancos proyectados hacia el jardín perfumado, en los que quizás algún día te sientes con una mujer bella.

Porque eres un soñador, tu casa tendrá un minarete oriental y un templete en la cúspide desde donde te parecerá tocar las estrellas.

Porque eres un amante de las flores, ellas estarán presentes por todos lados. Habrá un invernadero blanco, orientado al sur, para atesorar las plantas traídas de ultramar que coleccionas.  Habrá flores en el jardín pero también grabadas en madera en los techos, esculpidas en los capiteles de la entrada, cubriendo la torre y las paredes, bellos girasoles en cerámica vidriada que llenarán los muros de color. La casa, luminosa  y alegre, es también un girasol e, igual que ellos, seguirá la trayectoria del sol. Por la mañana tu dormitorio estará abierto al este y los primeros rayos te despertarán saludándote. A las 12, el comedor se abrirá al sol del mediodía bañándose con su luz. En el ocaso,  los últimos rayos acariciarán el cenador donde tal vez te reúnas con tus amigos a tomar una copa y a disfrutar de la quietud de la tarde que entra por el ventanal.

Imagínate también que la casa está terminada y lista para ti. Y que la habitas. Y que a los pocos días de vivirla, te mueres.

Me imaginé todo esto cuando la semana pasada estuve por Cantabria. El indiano propietario que no pudo disfrutarla se llamaba Máximo Díaz de Quijano; el arquitecto genial era un joven Antoni Gaudí, vislumbrando ya un futuro de formas redondeadas y de lagartos con ojos de cristal apoyados sobre bancos imposibles; la casa es El Capricho en Comillas, que nunca sirvió al fin y al cabo para todo lo que se había proyectado.

Tanto bregar y no llegar a nada... ¿Son los sueños frustrados menos valiosos porque no se cumplieron? Veo a los dos hombres de 1883 a 1885, los dos años en los que se hizo El Capricho, ideando, creando, poniéndose de acuerdo, visitando (Gaudí sólo una vez) el parque de Sobrellano sobre el que se levantó, piedra y luz, madera y cristal, todo lo pensado, lo dibujado, lo discutido. Y pienso que ese tiempo tiene que haber sido, también para Máximo, una culminación, un dar sentido a los afanes, un periodo de ilusión y creación. Y lo mismo para un joven Gaudí que ya entonces supo interpretar los sueños ajenos.

Todos los que después nos hemos maravillado ante El Capricho tendríamos que agradecer esos dos años pletóricos que nos han regalado algo tan bello, aun cuando pensemos que la casa tendría que haberse llenado de risas de niños, de veladas tranquilas escuchando música, de comidas de domingo, de celebraciones y rutinas, de risas y llantos, de vida. Y no se puede evitar una cierta melancolía al saber que el sol hacia el que mira el girasol lleva más de un siglo iluminando estancias vacías.






































lunes, 21 de julio de 2014

El coach ontológico




Cuando yo estudiaba la especialidad de Filosofía, mi asignatura odiada era Metafísica u Ontología. La Ontología es, nada más y nada menos, la "ciencia de las esencias" o el "estudio del ente en cuanto ente". Nuestro profesor de Metafísica -que tiene, por cierto, una calle dedicada en su pueblo natal de León- nos daba desde lo alto de su tarima clases magistrales que siempre acababan del mismo modo. Sobre cualquier tema, Aristóteles dijo esto, Descartes esto otro, Kant lo de más allá... Y, cuando terminaba de hacer el repaso por los autores, se quedaba un momento en silencio, se ponía una mano en el pecho y, con voz profunda, concluía: "Y la opinión de la Cátedra es...". Y ahí daba él su solución, que era calcadita a la de Santo Tomás.

El libro que teníamos que estudiar (nada de mirar otros, y menos más allá del siglo XIX) lo había escrito él y ha sido el único libro en mi vida que he tirado a la basura al final de curso. Estábamos convencidos de que -como decía Kalikatres, aquel personaje de La Codorniz- la Metafísica era "el tinglado de patalear en el vacío para llegar al ser".


Más tarde me di cuenta de que las preguntas metafísicas son una constante en la existencia humana y de que muchas de ellas fueron las que me impulsaron a estudiar Filosofía y a ejercer esa carrera. Pero eso es otra historia. De lo que quería hablarles hoy es de que, ojeando una revista que vino con "El País" y que se llama "Shopping&Style" (¡Qué fashion, por Dios!), me encuentro un artículo firmado por un coach ontológico. El artículo habla de las vacaciones, de la mirada del otro y de saber escuchar, pero lo que me dejó patidifusa es esa profesión del autor: ¡coach ontológico! Entiendo que "coach" es una especie de asesor, pero... ¿ontológico? ¿Será alguien que habla de las esencias aun cuando trate del verano y el tiempo libre? Para que haya una profesión llamada así, tiene que haberse disparado la demanda de filósofos, oye ¿A que va a ser que, aunque nuestros gobernantes quieren quitarla ahora de los planes de estudio, el mundo se está dando cuenta de que cualquier situación es susceptible de una mirada filosófica? Hasta al ciclista Pedro Horrillo (que estudió filosofía) se le ve el rejo filosófico cuando habla de vueltas, giros y toures.


Hay un montón de famosos que también han bebido de las fuentes filosóficas: Richard Gere, Steve Martin, Harrison Ford, Bruce Lee, Martin Luther King, Shaquille O'Neall (que se llama a sí mismo "el gran Aristóteles negro"), Christy Turlington, Alex de la Iglesia... También Paloma San Basilio, que por lo menos estuvo en mi clase de 3º 2 o 3 veces en todo el año (ella dice que terminó la carrera pero también dice que tiene 2 años menos que yo). Por no hablar de Ingmar Bergman y de Woody Allen que han hecho de las preguntas metafísicas el núcleo alrededor del que giran sus películas. Parece que la filosofía es tendencia, se lleva, es in.

Me gustó lo de "coach ontológico". No sé si apropiármelo y ponerlo como subtítulo del Blog de una jubilada. Podría comentar lo que dijo Menganito o Fulanito y, al final, con la mano en el pecho, decir: "Y la opinión del Coach Ontológico es...".

Ahora que lo pienso, no debería haber tirado el libro de Metafísica a la basura.

(La imagen es "La Pensadora" de José Luis Fernández. Plaza del Carbayón, Oviedo)

lunes, 7 de julio de 2014

Y nos dieron las 2...




No sé si han visto que desde el día 21 de junio, día del solsticio de invierno en el hemisferio sur, los dirigentes bolivianos han cambiado los números del reloj. No es que los hayan cambiado por palos o machanguitos o flores o lunas y soles, como algún reloj surrealista y cursilón que he visto por ahí, no. Han cambiado todos los números de sitio, menos las 12 y las 6, han puesto a la izquierda del 1 al 5 y a la derecha del 11 al 7, han decidido que las manecillas giren hacia la izquierda y se han quedado más anchos que Pancho.

Me imagino a los pobres bolivianos con la cabeza vuelta más loca que cuando a nosotros nos cambiaron las pesetas por euros. No sé si consolarlos con que (aparte de lo caro que nos ha salido esto último) han pasado 12 años y yo todavía sigo traduciendo a pesetas. Me los puedo imaginar en discusiones bizantinas sobre, si el reloj marca las 2, ¿en realidad son las 10 de antes? Si pongo un puchero al fuego 3 horas y lo hemos puesto a las 11 ¿lo tendremos hasta las 8 de la tarde? ¿Cómo se las arreglarán en los llanos andinos las cenicientas y el conejo blanco del país de las maravillas, eternos prisioneros de un tiempo que ahora los arrastra hacia atrás? Y no les digo nada si adaptan al nuevo horario la canción de Sabina "Y nos dieron las 10". Yo lo intenté, así en frío, y del lío que me armé todavía tengo dolor de cabeza.

¡Qué necesidad! Ellos, los políticos dicen que lo hacen como un símbolo de soberanía, antiimperialismo, descolonización y recuperación de la identidad de sus pueblos. Pueblos que, por otra parte, ni medían el tiempo por horas ni tenían reloj, y menos al revés. A mí todo esto me recuerda el diálogo entre aquellos militantes del Frente Popular de Judea que querían derrocar a los romanos en "La vida de Brian" de Monty Python: "Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?".

Hay muchas cosas que separan a los pueblos, pero hay unas cuantas que unen: el vernos todos como seres humanos habitantes del planeta Tierra; algunos valores morales (la compasión, la dignidad, la honestidad...) que todas las culturas comparten; los sentimientos, emociones y pasiones; la música y el arte, y también algunas convenciones universales, entre las que estaba, hasta ahora, el sentido horario, más acorde además con el giro de la Tierra ¿Por qué cambiarlo buscando más diferencias, pagando, además, una millonada en sustituir todos los relojes de las iglesias, de las plazas, de los ayuntamientos, de los parques, de las estaciones, de las personas... cuando hay tantas y tantas necesidades?

Se supone que si los humanos, con lo poco que nos gusta el que nos manden, hemos decidido que haya hombres con poder sobre nosotros y encima les pagamos por ello, es para que organicen la sociedad procurando que todos tengamos una buena casa donde vivir y descansar del trajín diario; que podamos educar a nuestros hijos para que sean lo que quieran ser (incluso políticos); que nos puedan curar los males del cuerpo y la mente; que todo el mundo tenga un trabajo (y no los niños, que en Bolivia precisamente, en nombre de la tradición, pueden trabajar como autónomos desde los 10 años); que las ciudades no sean el reino del caos; que vivamos en un planeta limpio...

Para eso es para lo que están los políticos. Todo lo demás (ya sean relojes al revés o medallas al mérito policial a la Virgen María del Santísimo Amor) no son sino chorradas y majaderías.

lunes, 30 de junio de 2014

Un silbido traumático




No sé silbar. Mientras a mi alrededor todos, hasta mis nietos, asombran al personal con su catarata de arpegios silbados, o en la isla vecina hay quien se comunica todavía de risco a risco con el lenguaje del silbo gomero, yo me limito a farfullar un resoplido al más puro estilo soplavelas. Vamos, que si yo fuera Humphrey Bogart,  y Lauren Bacall me dijera aquello de "si me necesitas, silba", yo le contestaría: "Si no te importa, mejor te mando un guasap".

Cuando era chica, lo intenté varias veces, la verdad. Fruncía los labios, ponía la lengua cual rampa para que el aire se deslizara y surgiera la música, tomaba impulso y... nada, resoplido. Hasta que un día, tendría unos 8 años, cuando estábamos en clase haciendo sumas y restas en silencio, sin darme cuenta soplé y me salió un maravilloso silbido. No digo que fuera "El pájaro chogüí", pero sí un "fiuuuu" claro y limpio, que a mí me sonó como una campana de cristal. Así que cuando la monja preguntó. "¿Quién ha silbado?", me levanté, orgullosa y privada, diciendo el "¡yo!" triunfante de quien espera parabienes y palmaditas en el hombro. Me castigó dos horas de pie ante toda la clase, tocándome la lengua con el dedo.

En mi infancia, los curas y monjas que nos educaron eran firmes partidarios de castigos y de que la letra con sangre entra. Las monjas no llegaban a las palizas que los chicos nos contaban de los colegios de curas pero sí castigaban mucho y variado. Estaban las cachetadas, los coscorrones con los nudillos en la cabeza y los pellizcos retorcidos. Pero era más corriente castigos, como el mío, más sutiles: tenernos de rodillas en el rincón de la clase mirando a la pared, tirar de las trenzas (a Esperanza la tenían frita) o hacernos ir los sábados o domingos por la tarde al salón de estudio, que siempre estaba tan lleno que parecía que todo el colegio estaba castigado. Una vez que 7 internas se fugaron con nosotras a ver el "France" las castigaron al ostracismo: dormir una semana en colchones en el suelo y comer separadas de las demás.

Los motivos por los que nos castigaban eran de lo más peregrinos: cambiarte de fila, no comerte el huevo frito del almuerzo, poner la hucha del Domund (después de ir a pedir todo el día por ahí y traerla llena de monedas) en la mesa que no era, hablar, reír, sonarte, pasar un papelito a la amiga de al lado, no estarte quieta (por este delito a mi amiga Conchi la ataron, con 7 años, a la silla), "mancillar el uniforme" ( podía hacerse escribiendo cosas con bolígrafo en el babi o quedando con un chico a la salida), no saber la lección (hay quien aprendió la raíz cuadrada a base de reglazos), cantar, silbar y cosas así.

Mis amigas del colegio se preguntan a veces por qué no estamos traumatizadas. Ani dice que porque somos fuertes y que todo eso nos preparó para otros embates en la vida. Pero yo también le digo, con las palabras de mi amigo Sergio ("Dar que pensar"), que "la risa es un demoledor contraataque" y que nosotras sabíamos reírnos de las situaciones y de nuestras castigadoras, viéndolas como lo que eran:  gente cuyo único argumento para educar era castigar y usar la violencia.

Todas somos hoy personas sanas, que, aunque renegamos de esa forma de educar, seguimos riéndonos cuando recordamos aquellos tiempos, como cuando nos encontraron escondidas con Chari con el pelo engrifado después de que la cardáramos a conciencia o cuando Carmen Delia tiró a su compañera de internado, justo cuando entraba la monja, una toalla mojada por encima de la pared que separaba los cubículos en los que se acostaban. 

De traumas, nada. El único trauma es el mío, con el silbido. Pero, después de todo, pudiendo cantar ¿quién necesita silbar?

lunes, 23 de junio de 2014

El reposo del guerrero




Era la paloma número 165508-08 del palomar de palomas mensajeras. Venía de una larga estirpe de campeonas. De color blanco puro, sólo enturbiado por la pincelada negra en una de las plumas timoneras de la cola, cabeza bien formada y ojos dorados, su nacimiento fue cuidadosamente anotado y saludado como se merecía: he aquí a una luchadora.

Pronto -al mes y medio- empezó su entrenamiento. No se le olvidó nunca la sensación embriagadora de la primera vez que cortó el viento y sus alas se abrieron, reconociéndolo, al frío acogedor, ni la familiarización con los alrededores del palomar: el drago, la buganvilla malva, aquel estanque de más allá donde las garzas iban a beber, la carretera delgada iluminada por los coches al empezar la mañana. Y, sobre todo, el silbido del cuidador que unió para siempre al momento de posarse en el tablero, estableciendo, aunque no lo supiera, un nexo necesario para el adiestramiento.

No se le ha olvidado tampoco la primera vez que viajó con sus compañeras. Primero en los cestones, encerradas y juntas, abriendo los ojos asustadas cada vez que oían los ruidos extraños; después, en el camión traqueteante y monstruoso que se adentraba en destinos oscuros; al final, en barcos de movimiento ondulante. Pero sobre todo lo mejor, la salida, el fin de la pesadilla, el momento de la libertad en el que el palomero encargado abría las puertas de las cestas y ellas aspiraban, ávidas, el salitre, el aire, el viento..., mientras abrían desesperadas y anhelantes las alas, tanto tiempo constreñidas por el encierro.

Y empezaron los viajes. Las millas en el mar -soltándolas a 15, 30 y 40 millas, cada vez más lejos- casi a ras del agua, descubriendo consternada el peligro al ver que alguna de las suyas, más débil, se ahogaba, pero siguiendo ella recta, a pesar de todo, escuchando la llamada ancestral del hogar. Los viajes a las islas, desde La Isleta y Sardina en Gran Canaria, viendo roques, calderas y playas doradas; desde Morro Jable, Gran Tarajal y El Cotillo en Fuerteventura, presintiendo el calor de los bellos tonos ocres de la isla; desde Punta Mujeres en Lanzarote, junto a volcanes negros en que habitaron los demonios.

Durante 4 años hizo esos mismos viajes, siempre llegando de las primeras, batiendo con fuerza las alas hasta aterrizar con gracia en el tablero del palomar. Exhausta, sabía que al llegar encontraría un saltadero en el que descansar y un cuenco de agua y miel en donde fortalecer y calentar el alma.

El año pasado llegó su reto definitivo, Cabo Ghir, en África, a 661 kilómetros de su palomar. El cuidador la examinó meticulosamente ¿Resistiría? Estaba en forma, las plumas brillantes y sedosas, el pecho amplio, las patas calientes y firmes... Pero ¡era tan lejos! ¿Y si se perdía? Cada pérdida  de una paloma la sentía como una pena allá en el ánimo, pero esta paloma blanca era especial, tan firme, tan segura, con ese volar alegre de quien disfruta haciéndolo. Se arriesgó.

La costa africana fue para ella un descubrimiento, con el mar batiendo en playas olvidadas y el viento del desierto acariciando el vuelo. Tuvo la tentación de adentrarse en él y desvelar rutas de caravanas de cuento, ciudades de arena, músicas y ritmos de otras profundidades. Pero allá en sus genes sintió la llamada, la atracción atávica, el canto que le hacía evocar y desear volver a otra realidad más verde, más fresca, más cercana y familiar. El recuerdo de un silbido.

Volvió. Tardó 10 horas. El cuidador, aliviado, la recogió en la palma de la mano. "Nunca más viajarás. Te lo has ganado, campeona", le dijo. Y ella visualizó su futuro, la vida en el palomar de las reproductoras, junto a todas las otras que habían mostrado coraje y fidelidad al instinto. Desde ese momento, maíz, cebada y otros granos en el cuenco, baños al sol en el parque del palomar, algún vuelo alrededor sólo para desentumecer el ala, incubar los huevos, dar calor a los pichones, no viajar nunca más. Ni rozar los acantilados, ni descubrir pinares, ni volar sobre desiertos dorados. Se acabó el riesgo y el peligro. Se acabó la aventura.

El reposo del guerrero, qué quieren que les diga., se le antojo una estafa

(A mi marido, el cuidador, que dedica gran parte de su tiempo a hacer placentera la vida en el palomar)

lunes, 16 de junio de 2014

Una utopía de andar por casa




En Inglaterra hay un pueblito llamado Todmorden que se ha planteado en serio lo de la alimentación colectiva, y ha plantado de verduras, hierbas y árboles frutales 70 espacios públicos. Cualquiera que, por ejemplo, quiera hacerse un potaje, no tiene más que acercarse al huerto más próximo y coger gratuitamente su calabaza, su bubango, sus papas y sus acelgas. Hay 280 voluntarios que dedican dos mañanas al mes a cuidar de las huertas, tal como si fuera el huerto de su casa. Lo público es lo privado.

Cuando leí la noticia, me pareció el cumplimiento de  un sueño, como aquellas utopías que apuestan por la autosuficiencia y creen en el ser humano. Me recordó el Estado Natural de Rousseau en el que "la tierra dejada a su natural fertilidad" satisfacía todas las necesidades del hombre primitivo, al que el autor veía "saciando su hambre a la sombra de un roble, apagando su sed en el primer arroyo, encontrando su lecho al pie del mismo árbol que le proporcionara su yantar".

¿No podríamos exportar el ejemplo de Todmorden a nuestras tierras, en las que, además, contamos con la ventaja de climas más cálidos en donde la naturaleza se prodiga más que en la fría Inglaterra? Cuando le dije esto a mi marido, me recordó cuando en Santa Cruz empezaron a poner, por Navidad, macetas de flores de Pascua en todos los jardines y la gente se las llevaba por las noches. O cuando se llevan la cosecha entera de papas de alguna huerta ajena para venderla por las mañanas en la Recova. Y Toni, un amigo que es ingeniero agrónomo, me cuenta que una vez propuso algo parecido en una reunión y casi lo linchan...

Pero ¿por qué no?

Imaginen el Parque García Sanabria -patio de juegos de mi niñez- convertido en un gigantesco huerto en medio de Santa Cruz de donde todo el mundo se surte. Los mismos jardineros que hoy cuidan los jardines se reciclarían en hortelanos conocedores de todos los trucos de la agricultura ecológica. También podría haber voluntarios: colegios que llevarían a sus niños a cultivar los huertos o jubilados que darían lo que fuera por meter las manos en tierras húmedas, sembrar y ver crecer lo que la madre naturaleza nos da. En lugar de mandar a los niños, como nos hacían a nosotros, con la merienda en la bolsa o a comprar al carrito del Abuelo, se les diría que, al pasar por el Paseo de las Cañas -reconvertido en Paseo de las Plataneras-, cogieran un par de plátanos madurados en la mata. O que eligieran la manzana más roja y sabrosa entre los manzanos que bordearían el Paseo que va hacia el Kiosko Numancia.

Ya estoy viendo, además, entre los grandes árboles que hoy hay en el Parque, naranjos blanqueados de azahar, aromáticos mangos envolviendo las esculturas, enormes papayeros cerca del Estanque, y, por todos los jardines, espinacas y acelgas, coles como hermosas flores verdes, lechugas rizándose bajo las gotas de agua de los aspersores, vides repletas de uvas blancas y negras... Incluso hasta veo un gran gallinero en donde antes estaba la jaula de los monos.

Y es que, si todo esto se ha hecho en un pueblito inglés, ¿por qué no aquí?

Pienso que de estos proyectos nace la posibilidad de alimentar a un pueblo. Y de estos sueños puede nacer una utopía. Aunque sea una utopía de andar por casa.




(La noticia y la foto está sacada del post del 20 de noviembre de 2013 en el siguiente enlace: https://www.facebook.com/sustentator. Que por otra parte habla mucho también de otros huertos urbanos. La foto del final, del Parque García Sanabria en Santa Cruz, me la envió un amigo sacada de Facebook)


lunes, 9 de junio de 2014

Vivir como un pachá




Al lujo siempre se le ha añadido el adjetivo de "asiático", tal vez recordando los cuentos de las Mil y una noches, llenos de caravanas cargadas de tesoros o de cuevas que al grito de "¡Ábrete, Sésamo!" nos deslumbraban con el brillo cegador de joyas preciosas y monedas de oro.

Pero a nosotros, gente de a pie, personas trabajadoras que siempre hemos tenido un sueldito (lo decimos así, en diminutivo, con tono cariñoso), todo eso del lujo, sea asiático o no, nos viene largo. Y nos preguntamos para qué querrán tanto dinero, por ejemplo, los futbolistas de la Roja a los que les han prometido, aparte de sus astronómicos sueldazos (ahora sí, en aumentativo), 720.000 euros a cada uno si ganan el Mundial. Yo, que todavía, para hacerme idea, sigo traduciendo a pesetas, me digo: ¡¡¡Casi 120 millones de pesetas!!!

Peter Mayle, autor de libros de viajes, como "Un año en Provenza", y de una novela muy divertida, "Hotel Pastis", publicó también en el año 86 un libro titulado "Gustos de rico", dedicado a buscar aquellas cosas en las que los adinerados del mundo entero gastan cantidades escandalosas. Entre ellas, están:
1. Usar limusinas negras con un bar bien surtido (nada de litronas), televisor, fax, jarrón de plata con fresias, chófer particular que abra la puerta, asientos tapizados de piel de unicornio por lo menos y cristal separador.
2. Comprar antigüedades, así sean orinales, con tal de que sean del siglo XVI, y cuadros de los grandes pintores, de Goya para arriba.
3. Vestir trajes y camisas de lujo, hechos a medida en la Plaza Vendome de París (45000 pesetas cada camisa en el año 86), zapatos en Londres, hechos y cosidos a mano, una vez medidas todas las protuberancias óseas (170000 pesetas el par) o sueteres y gabanes, y hasta calcetines, de cachemir puro de Mongolia.
4. En la comida hay que elegir caviar (un bocado de perlas negras lo llama), del que ya Aristóteles habló en el siglo IV a. de C., "y desde entonces, los escritores han seguido segregando jugos gástricos por escrito, desde Rabelais y Shakespeare a Evelyn Waugh"; y las trufas negras, el hongo de los millonarios, que en el mercado local en el Perigord, por ejemplo, costaba el kilo entonces 150000 pesetas.
5. Tener sirvientes que planchen el periódico por las mañanas (¿?) y hagan todas las tareas de una manera invisible y eficaz.
Y la lista sigue con jet privado que ponga el mundo a tus pies, hoteles espectaculares, champaña del caro (no vale el benjamín que a veces compartimos mi marido y yo en las cenas), comidas en los mejores restaurantes donde el vaso de agua puede costar el sueldito de un mes, y cosas así.

Después de leer el libro, muchos llegamos a la conclusión de que no hemos nacido para ricos. No hay más que ver cuando en el programa "Pasapalabra" Christian Gálvez pregunta a los concursantes. "¿Qué harías con tanto dinero?", la mayoría contesta que tapar agujeros y, como capricho, un viajito, pero nadie piensa en extravagancias de pachá.

Pero, si lo pensamos, sí que nos gusta el lujo.

El lujo de haber encontrado, como me pasó a mí a los 17 años, "una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana" (G.Belli)

El lujo de ver a hijos y nietos crecer y tantear nuestros pasos en el camino recorrido.

El lujo de tener amigos y familia con la que poder contar.

El lujo de dormir como un tronco con la conciencia tranquila.

El lujo de sentarse en el banco del patio y acoger mañanas radiantes y dorados atardeceres.

El lujo de disfrutar de un buen libro o una buena música o las dos cosas a la vez.

El lujo de comer un bocadillo de tortilla de papas a la orilla del mar después de un buen baño en aguas transparentes.

Y tantos y tantos lujos que ningún dinero del mundo puede comprar.

Por eso, no compro lotería (ni estoy en la Selección Nacional de fútbol) ¿De verdad querríamos vivir como un pachá?