lunes, 2 de marzo de 2015

Pompas de jabón




Hace cosa de un par de años salió en la tele un anuncio en el que un niño abría un regalo y descubría, extasiado y maravillado, que dentro había ¡un palo! Ahí es nada, un palo. Que puede ser transformado en remo, en escopeta, en estandarte de un castillo.

El anuncio -del que sus creadores, Ángel Torres y Lucas Paulino, dijeron: "Lo que hacemos parecen tonterías, pero son tonterías muy pensadas"- revolucionó la Red con un millón de reproducciones en Youtube, y me recordó que en unos reyes, cuando mis hijos eran pequeños, se pasaron el día jugando, no con los juguetes, sino con una caja de cartón en la que cabían los dos. Aquella caja fue barco a la deriva a través de olas gigantescas, casita del árbol, isla perdida en medio del océano.

Muchas veces olvidamos que un ingrediente fundamental en los juegos es la imaginación. Hay juegos ahora que quieren darlo todo masticadito para que el niño no haga, no moleste, no recorte. Como los llama Ata Arróspide en su libro "Padres no ñoños", los juguetes que juegan solos. Los desempaquetas, pones las pilas, das al on, y hala, al crío sólo le queda sentarse y observar cómo el trasto o muñeco canta, baila y se divierte él solo, "Eso puede ser divertido 30, 45 segundos, un minuto a lo sumo. Pero a partir de ahí lo más divertido es destrozar el juguete".

Estos días mi nieta pequeña (18 meses) ha descubierto las pompas de jabón. "Pompas" nos pide en cuanto salimos al patio en días soleados. Y, cuando ve bailar en el aire de la mañana las mágicas esferas transparentes en las que brilla suavemente el color, la niña grita y se ríe, corre tras ellas, iluminada la cara, sin casi atreverse a tocarlas, aplaude cuando se disuelven al chocar contra el suelo o los árboles, y pide más y mas pompas. Éstas, más finas que el cristal, parecen encerrar la belleza. Y a los abuelos no nos importa estar horas soplando y jugando con el agua, el jabón, el aire, las pompas... enseñándole que a veces lo más sencillo es también lo más placentero.

Pero luego me quedo pensando que a lo mejor es ella, la niña, la que nos está enseñando algo a nosotros: que basta con disfrutar de esos instantes en los que eres completamente feliz. Incluso, cuando la vida te sacuda y te destroce, puede regalarte alguno de esos momentos pletóricos de belleza que te hacen respirar hondo y pensar que, así y todo, merece la pena. Tal vez, por ejemplo, eso le pasó a Antonio Machado en los días previos a su muerte. A pesar de penurias y exilios, estoy segura de que sintió la belleza y tranquilidad de Colliure, el pueblo que lo acogió, con su mar quedo y sus casas de piedra, y las intentó atrapar en el último verso alejandrino que su hermano encontró en su bolsillo: "Estos días azules y este sol de la infancia...". La niña parece decirnos que, cuando te encuentres con un momento mágico así, limítate a gozar, no pierdas los ojos infantiles, no quieras siquiera apresarlo, encerrarlo, pretender que dure. No lo captures en fotos o vídeos, no lo toques... Porque, al final, se disolverá en el aire, plof, como pompas de jabón.

lunes, 23 de febrero de 2015

Descubriendo la pólvora II: los memes




En aquellos tiempos en los que yo daba clase, recuerdo hablarles a mis alumnos en una clase de sociología sobre los memes. Asombrada porque, de repente, ese curso no hubiera clase en la que todo el mundo no apareciera con una botellita de agua que colocaban sobre su pupitre (cosa que nunca en la vida había pasado), les conté que eso era un meme, les hablé de Richard Dawkins y de su libro "El gen egoísta" en el que acuñaba el término, y, luego, nos pasamos un rato estupendo descubriendo los memes que circulan entre nosotros, constatando que muchas veces no somos conscientes de ellos y aceptando que los seguimos ciegamente, más felices que Ricardito, como si se nos hubiera ocurrido a nosotros la idea del siglo.

Un meme, básicamente, es una idea contagiosa que pasa de mente a mente. Bueno, Dawkins lo define más finamente como "unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, de una mente a otra, o de una generación a otra", pero no vamos a andarnos con remilgos. Lo que es cierto es que basta mirar alrededor para encontrarlos, tal como hicieron mis alumnos en aquella clase. 

Era un meme, por ejemplo, el que muchísimos chicos, como si se hubieran contagiado del mismo virus, vinieran a clase con los pantalones bajados hasta la mitad del culo, enseñando al personal (que no tenía el mínimo interés en ello) los distintos tipos de calzoncillos que llevaban  (y menos mal que los llevaban); eran memes los juegos del patio en el recreo, que por temporada siempre eran los mismos: una semana todos jugaban a los boliches, otra al fútbol, otra al hulahop o a lo que fuera, como si hubiera una batuta dirigiéndolos; eran memes las canciones pegadizas, los eslóganes políticos, la forma de usar las bufandas, el que a todo el mundo le diera por fabricar llaveros o el imitar a los famosos (siempre nos acordamos mis amigas del colegio y yo del año aquel en el que todas teníamos un pañuelo azul para la cabeza igualito al de Marisol).

Yo les conté que una vez -tendría yo 15 o 16 años-, de pronto, a todos les dio por soltar en público una muletilla que decía: "¡Déjalo, déjalo!", a lo que otro cualquiera respondía: "¡Cógelo, cógelo!". Y eso pasaba -lo oí yo en una guagua- entre desconocidos. Uno de detrás decía en voz alta: "¡Déjalo, déjalo!" y otro de delante soltaba enseguida. "¡Cógelo, cógelo!". Todavía no he comprendido la gracia de este intercambio absurdo, pero era un meme con todas las de la ley, que se propagó como fuego en el Santa Cruz de entonces, y que se apagó con la misma rapidez.

La conclusión de aquella clase fue que éramos más manipulables de lo que nos gustaría reconocer. Viendo el lado positivo, les dije, darnos cuenta de eso ya era un paso a ser más críticos y más racionales. Incluso les decía yo, ese "memetismo" puede ser hasta un mecanismo de selección natural. Tal vez nuestra especie sobrevivió porque se nos ocurrió, allá por la prehistoria, copiar al que corría desalado delante de un uro gigante, en lugar de quedarse a admirarlo para luego pintarlo en la cueva.

Han transcurrido muchos años desde aquella clase, tal vez más de 10, y ahora Internet ha multiplicado los tipos de memes (fotos con texto, parodias de hechos y personajes, videomemes, audiomemes, chistes, memefaces...) y hay cientos de plataformas y artículos que se ocupan del tema. Parece que han descubierto la pólvora.

Pero no. Siempre ha habido memes a través de los tiempos porque los humanos hemos sido, somos y seremos unos tremendos copiones. A lo que ahora llaman "memes", mi abuela lo llamaba "culo veo, culo quiero". Y si no ¿qué se apuestan a que este mes las bufandas Burberry, como la que se puso el ministro griego Varufakis hace poco en la reunión del Eurogrupo, van a hacer su agosto, aunque estemos en febrero?

lunes, 16 de febrero de 2015

Todo el mundo tiene secretos



Todo el mundo tiene secretos. De esta premisa parte "No te lo vas a creer", un libro de una de las escritoras que mejores ratos me ha hecho pasar, Sophie Kinsella. La protagonista, Emma Corrigan, tras una desastrosa reunión de negocios y 3 vodkas de consolación en el aeropuerto, hace un turbulento viaje en avión en el que, convencida de que va a morir, le empieza a contar a su desconocido compañero de asiento sus más íntimos secretos, desde que su bolso de marca es falso a que no sabe si tiene punto G, desde que falsificó la nota de matemáticas en su curriculum a que no soporta el tanga. Todo el tiempo en el que el avión va dando terroríficos bandazos, ella deja escapar un torrente de frases de su boca, sin medida ni prudencia, como si fuera agua de una catarata: "... peso 61 kg., no 56 como cree mi novio... no conseguí acabar "Grandes esperanzas" pero actué como si lo hubiera leído... él se sabe de memoria los diálogos de todas las películas de Woody Allen y me saca de mis casillas...". El hecho de que, después, el hombre al que le suelta toda la perorata sea precisamente el superjefazo de la compañía internacional donde Emma trabaja, es un ingrediente más que salpica de situaciones cómicas la historia.

Algo deben de tener los aviones para que a la gente se le suelte la lengua , porque en la película "French kiss", la protagonista (Meg Ryan), que tiene pánico a los aviones y a quien no le queda más remedio que subir a uno, le cuenta también, en el momento angustioso del despegue, toda su vida sexual al acompañante que le ha tocado, un desvergonzado Kevin Kline.

Se me dirá que ese tipo de cosas sólo pasa en la ficción. Pero el caso es que a mí también me ocurrió algo por el estilo en un viaje en avión. Me tocó sentarme al lado de una ex-alumna mía a la que apenas conocía y, durante el viaje, sin más ni más, me contó de pe a pa una vida tremebunda, digna de un culebrón. Había sufrido abusos de niña por parte de un tío suyo; su hermano había sido raptado por las mafias y liberado después de un suculento rescate; su madre se había ido de viaje por el mundo en el barco de su último amante, dejándola bajo la tutela de sus tíos (el de los abusos), que a su vez querían quedarse con la herencia que a ella le había dejado su abuela; tenía un novio divorciado y con hijos adolescentes (a los que ella tenía que cuidar), que no quería que trabajara o estudiara... ¡Señooooor! Y eso que no soy de naturaleza preguntona... -si acaso le dije al verla al principio un cortés ¿qué tal te va?- Si llego a ser como mi yerno que no se corta ni un pelo en preguntar a la gente dónde viven, en qué trabajan y a qué dedican el tiempo libre, igual me hubiera contado más batallitas, tipo "El secreto de Puente Viejo" (que, según me cuentan las amigas que lo ven, lleva más de mil capítulos desvelando secretos).

¿De verdad todo el mundo tiene secretos? La fórmula de la Coca Cola, la manera de deslizarse por el suelo de las mujeres en el baile tradicional ruso de la bereska o el baile de los Enanos en la Bajada de la Virgen en La Palma son secretos clásicos. Pero ¿lo son? ¿O lo son a voces? A lo mejor sólo existen realmente los secretos -ese "no se lo digas a nadie"-, para contarlos y darle más emoción a la cosa. "Que no salga de la isla" decimos cuando en un grupo de amigos hablamos de un asunto truculento y del que se pide discreción.

Y, aparte de eso ¿qué tienen los aviones para desatar lenguas? ¿Será el temor que produce estar suspendidos entre el cielo y la tierra, que hace que en ese momento todo te importe un pito? ¿Será que no hay mejor terapia que desembuchar todo, y gratis, sobre un infeliz que está atado y no puede moverse de su asiento?

Por si las moscas, a partir de aquel vuelo del culebrón, en los viajes me pongo en el asiento de pasillo o ventana y dejo a mi marido que se siente al lado del pasajero desconocido. Y si éste, por un casual, siente la imperiosa necesidad de  endilgarle a alguien su vida y milagros, ¡que se lo cuente a él!

(La imagen inicial, como todo el mundo sabe, es de Mafalda, del genial Quino)


lunes, 9 de febrero de 2015

Corujas y corujos




En Canarias llamamos corujas a las lechuzas y a otros bichos parecidos que pululan y emiten chillidos por las noches, como si fueran niños chicos ante un regalo. En la huerta de mi casa habita una familia  que suele pegarnos sustos de muerte cuando vuelan de naranjo a naranjo.

La coruja es también el símbolo de la sabiduría y de la filosofía, porque tiene los ojos abiertos en la oscuridad. Acompaña a la diosa Atenea o a la Minerva romana (y ya puestos, a Merlín el Encantador como el búho Arquímedes, uno de los personajes animados más divertidos que he visto), para ayudarles a ver.

Por eso, porque fui profesora de filosofía, tengo, debajo de la ventana portuguesa del comedor, una colección de corujitas que mi familia y amigos me han ido regalando con los años. Y, porque aspiramos a saber, también llamamos corujas a los que participan en el grupo "Lo que las piedras cuentan" (LQLPC), del que ya les hablé aquí hace cerca de dos años: un grupo de Facebook que propone retos relacionados con Canarias y que busca resolverlos con ayuda de las redes.

Este sábado pasado nos hemos reunido -alrededor de dos paellas- una buena representación de estas corujas en casa de Carlos, uno de los "dioses" (los que han llegado a más de 100 retos conseguidos), para desvirtualizarnos, dar a los que han conseguido más de 50 retos su coruja-insignia y seguir hablando de normas, retos y trucos para conseguirlos. También de que, aunque muchas veces no se acierte, hay que ver lo que se aprende. Por ejemplo, en un reto en el que la solución era que Emily Dickinson escribió un poema sobre el Teide, yo me fui por los cerros de Úbeda y me empapé sobre las propiedades ignífugas del pino canario; o en otro que hablaba de un escrito de Olivia Stone sobre el café de Agaete, ahí me ven descubriendo que la primera estrella enana "café" fue descubierta en Tenerife. Cosas que, después de todo, también sirven para se puedan proponer más retos.

¿Qué empuja a tanta gente (somos 2629 ya, aunque activamente entran unos 300 y pico) a participar en un grupo así? Aparte del masoquismo, yo pienso que dos cualidades específicamente humanas. Una es la curiosidad que, a diferencia de los animales, conservamos los humanos hasta la muerte, y que fue la que nos llevó a salir de las cavernas, a crear la ciencia y la filosofía, y a inventar la rueda, la electricidad y la compra a plazos (y, en el caso de las corujas piedracuenteras, a pasarte horas y horas intentando descubrir quién es un personaje al que sólo se le ve el perfil o qué demonios fue lo que pasó en  Massachusetts que pueda estar relacionado con Canarias).

La otra es el espíritu lúdico, el juego, el sentido deportivo de la vida que decía Ortega y que, según Huizinga ("Homo ludens") está en el origen de la cultura. Mira por dónde, en LQLPC nos estamos divirtiendo y, a la vez, haciendo hasta filosofía, con lo que se lleva hoy eso.

Gracias a esas dos cualidades tan humanas, las corujas (y los corujos por extensión) estamos sobre todo aprendiendo a mirar a nuestro alrededor (¿Dónde está esa moldura modernista? ¿A quién va dedicado el bajorrelieve de la Recova Vieja? ¿En qué altar de qué perdida iglesia está ese rosado angelote?...). Hegel decía que la lechuza de Minerva sólo levanta el vuelo al atardecer (queriendo decir que la filosofía es reflexión sobre la realidad vivida). Mientras tanto, como decía el chiste del que quería vender coruja por loro, las corujas, saber no sabemos, pero, desde luego, nos fijamos.




(La imagen inicial, hecha por Nélida Pallarés, es de la reunión este sábado, 7 de febrero, en casa de Carlos García. La imagen final es parte de mi colección de corujitas)

lunes, 2 de febrero de 2015

Autobiografía


Esta niña

Esta niña...

Esta niña ha nacido en el primer mundo. Se equivocará a veces pero elegirá ser lo que quiere ser.

Ya conoce el amor, la mano firme y segura. Y conoce la risa.

Mira al mundo con ojos brillantes, dando por seguro que éste le pertenece.

Tendrá oídos abiertos, ávidos de escuchar historias.

Chapoteará gozosamente en los charcos los días de lluvia y sentirá el sol con los ojos cerrados.

Le gustará el silencio, más que el ruido.

Y el paso de las estaciones.

Sabrá lo que es la luz y la oscuridad, el amor y el desamor, la enfermedad y la muerte.

Y lo que es dar vida a otro ser.

Conocerá la magia de una caricia. Y escuchará la música del mundo.

No creerá en los caminos de rosas, pero dibujará caminos por los que caminar.

No hará grandes cosas. No descubrirá un elemento extraordinario que cure enfermedades, no aparecerá en los periódicos ni en los programas de televisión.

Pero, aunque ella no lo sabe, la han bendecido las estrellas.


lunes, 26 de enero de 2015

¡Qué pelete!




En estos días en mi isla el tema preferente de conversación no ha sido ni que Repsol haya reculado en las prospecciones, ni que los carnavales estén ya al caer. No, no, el tema -el trending topic, para que vean qué puesta estoy en el lenguaje de las redes sociales- ha sido el frío inclemente que se nos ha metido hasta el tuétano, el pelete, el biruje, el grajo que vuela bajo.

Tengo que constatar, sin embargo, que, desde el punto de vista térmico, las personas nos dividimos en calentones y frioleros. Y, mientras los primeros están todo el día sofocados (incluso con este tiempo gélido) y van por la casa abriendo ventanas y despojándose de ropas, los segundos somos los que más hemos contribuido al tema al quejarnos continuamente del pelete. Además, tenemos todo el día manos, pies y nariz helados, encendemos compulsivamente radiadores, vamos por la calle acebollados, capa sobre capa, y nos acostamos, muy sexis, con pijama de franela, calcetines gordos, y yo, hasta con guantes.

Y menos mal que vivo a unos kilómetros de La Laguna, la ciudad en la que nací y la más fría del mundo. Cuando yo contaba en Madrid, en los años en los que estudiaba allí, que el sitio en el que más frío había pasado en mi vida era la Avenida de la Trinidad al salir por las tardes de la Universidad de La Laguna, casi todos me miraban escépticos, me llamaban exagerada hablándome de Siberia, Alaska o Groenlandia, y me decían: "¡Imposible! ¡Si Canarias son las islas de la eterna primavera y Tenerife tiene seguro de sol...!". Sí sí, muchos eslóganes han oído ustedes, decía yo... Si yo les contara...

Bueno, si yo les contara, les hablaría de dormir de niña en casa de mis abuelos, que vivían en una casa terrera con huerta atrás en la calle Núñez de la Peña, y despertarme al moverme y sentir el tacto gélido de las sábanas; les informaría de los inviernos en los que se inundaba la Plaza del Cristo y había que cruzarla en botes neumáticos; les contaría los 4º  que había en mi Instituto en las mañanas de invierno y las caras ateridas de mis alumnos y mía (por supuesto, sin calefacción, hasta ahí podíamos llegar en la isla de la eterna primavera); les informaría del pozo que vi una vez en la zona de La Manzanilla, en el que, a dos palmos casi, se veía la laguna original que dio nombre a mi ciudad...

Pero, para que se convenzan, mejor que oigan voces más preclaras que la mía: las de los poetas que han cantado a La Laguna y que, a pesar de su amor por ella (lo cortés no quita lo valiente), no dejan de mencionar lluvias, vientos glaciales, nieblas y frío, frío, frío.

Escuchen al mismo Viera y Clavijo que, en su "Chulada burlona a la perdurable intemperie de la ciudad de La Laguna", dice: "Que aquí se nota / que hasta el sol tiene frío / pues se encapota". Nicolás de Saavedra apunta: "De San Roque la montaña / por cuya falda un torrente / corre en invierno con saña". Antonio Zerolo comenta: "O se escucha la mística armonía / del órgano, al pasar por Santa Clara, / en la tarde otoñal, lluviosa y fría". Luis Rodríguez Figueroa la llama "nostálgica y brumosa" y cuenta que "entre la niebla, a veces, / se torna fantasmal". Manuel Verdugo tiene un poema que me encanta: "Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas, / mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones / (...) murmura el viento rancias consejas y tradiciones". José Galán yo creo que hasta tirita cuando dice: "En las nublosas horas de la tarde invernal, / en esas horas grises de llovizna y de viento...". Nijota ve a La Laguna "bajo el frío y la lluvia de la noche inclemente" y Luis Álvarez Cruz, algo parecido: "La llovizna susurra con ritmo intermitente; / todo es brumoso, opaco, desvaído, irreal. / En los rincones húmedos de la calle silente / se posan los jirones de la niebla otoñal".  Pedro Pinto de la Rosa se fija en que "la negra noche misteriosa invade / las amplias calles frías y desiertas" y Enrique Romeu Palazuelos habla de "Tempestades y tormentas. Agua y barro" y dice una frase muy propia para esta ciudad: "La humedad se ha hecho musgo...".Rafael Arozarena, muy poético: "Laguna -madera y losa / romanceras de la lluvia- / la de las torres envueltas / en cortinajes de brumas". Antonio Reyes constata: "Llueve. Las calles se llenan de rotos espejos". Felipe Baeza recuerda que "Mi calle eran muchachas para misa / y el viento alrededor de las esquinas; / la lluvia en los cristales cuando octubre / colgaba su penumbra en los aleros". E Isidro Hernández anuncia: "Y las primeras luces / traen el céfiro frío". Hasta el mismo Unamuno, cuando vino y vio La Laguna, no pudo menos que describirla como "una calle solitaria, muy recta, muy mojada y al final de ella un cura con un paraguas".

Ahí tienen ¿Siberia, Alaska o Groenlandia han tenido tantos cantores que hayan glosado su frío? No ¿verdad? Pues por algo será ¡Qué pelete hace en La Laguna!



lunes, 19 de enero de 2015

Volare, oh, oh...




Cuando leí hace poco que en el Aeropuerto de Barajas vivía un montón de personas sin hogar, me pareció hasta lógico ¿No es un lugar público? ¿No lo pagamos entre todos? Pues para que estén muriéndose de frío debajo de un puente (otro lugar público), mejor que estén allí, calientes y con servicios.

Pero también me pareció lógico porque yo soy otra que casi vivo en el aeropuerto. Entre llevar y recoger a hijos, nietos, hermanos y amigos, quieras que no, cuando entro por allí sabiendo dónde está cada cosa o dónde puedo sentarme más cómoda a leer o a tomarme un té con una magdalena de chocolate mientras espero, me siento como si fuera Ulises llegando a Ítaca. Yo siempre llamo a Los Rodeos mi segunda casa.

Hay gente a la que no le gustan los aeropuertos. Unos, porque dicen que son anodinos, que todos son iguales y que, visto uno, vistos todos. Pero es que en los aeropuertos hay que ir a fijarse, no en el edificio o en las señales, sino en las personas. Y entonces es cuando se abre ante cada uno el gran teatro del mundo.

Allí están los que van ligeros de equipaje y los que van con el baúl de la Piquer a punto de reventar; la chica que va con sombrero, botas y grandes gafas oscuras con el porte de Paris Hilton; los que todavía vienen de las islas con cartonas oliendo a queso y a chorizos; los que van en grupos, sean equipos de fútbol, cursos de fin de bachillerato o jubilados del Imserso, tan diferentes, tan iguales; los que lloran desconsolados mientras miran más allá de las puertas de embarque; los que ríen alborozados ante la puerta de salida; la que, en el Control de equipajes, se quita las botas de tacón y, antes muerta que sencilla, sigue andando descalza de puntillas; el que discute con el guardia allí también porque le ha quitado una navajita pequeña con la que evidentemente nunca podría secuestrar un avión... Dos momentos para la posteridad: uno, ver en los servicios del Aeropuerto de Estambul, a una señora turca con el pie sobre el lavabo y los refajos y faldones arremangados para lavarse las piernas y no sé si algo más. Otro, escuchar en el Aeropuerto del Sur la pregunta de un chico: "¿Cuándo sale el próximo avión?" "¿Para dónde?" "Para donde sea". 

A otros no les gustan los aeropuertos, porque son como Cristo, el personaje que mi amigo Juancho Aguiar interpreta -magníficamente- en la obra "Aeroplanos", de Carlos Gorostiza. En un momento determinado, Cristo le dice a su amigo de toda la vida -también una actuación soberbia de José Luis de Madariaga- que él no va nunca a los aeropuertos ¡Con lo que me gusta viajar -dice-, me da mucha rabia ir a ver como los demás se van y yo me quedo!

Yo le contaría a Cristo que, cuando éramos (más) jóvenes y las terrazas de los aeropuertos estaban abiertas a las pistas, muchas tardes íbamos a sentarnos allí a tomarnos un café, por el mero placer de ver entrar y salir a los aviones.

Le diría que también tiene sus ventajas quedarse relajado viendo el trajín y no pasar por retrasos, nervios, chequeos y toqueteos, asientos estrechos y todas las incomodidades que la obsesión por la rentabilidad y la seguridad han introducido en los viajes.

Le sugeriría que mirara en el panel de salida los nombres, quizás desconocidos, de ciudades lejanas y las visualizara en la mente. Que escuche el espíritu de los grandes viajeros -Herodoto, Conrad, Colón, Humboldt...- que le susurrarán consejos al oído. Tal vez oiga también a Kerouac, hablándole de largos caminos por recorrer y diciéndole: "Pero no importa, el camino es vida". O a Andersen que confesaba que, cuando la nieve se derrite y las cigüeñas llegan, "me asalta la punzante comezón de partir". O al mismo Verne , que no viajó pero que supo llegar hasta la Luna.

Entonces tal vez podría sentirse un trotamundos y empezar a soñar con el viaje (la mitad del placer), mientras empieza a tararear aquella canción de Domenico Modugno que todos nos sabemos: "Volare, oh, oh. cantare, oh, oh, oh, oh. Nel blu dipinto di blu, felice di stare lassú...". Tal vez entonces podría reconciliarse con los aeropuertos, la antesala de la aventura.