lunes, 7 de octubre de 2013

El Palo




En La Graciosa, en la Caleta del Sebo, hay un banco llamado por todos El Palo, donde se han sentado desde siempre los viejos y no tan viejos, tocados con su sombrero graciosero, a ver pasar el mundo y a hablar sobre él.


El Palo se llama así porque, donde ahora hay un banco hecho de tablas, antes había un palo, más bien un tronco apropiado para sentarse, que tal vez llegó hasta allí arrastrado por una marea caprichosa. El sitio estratégico donde está situado –frente a la playa y al muellito por donde viene toda conexión de la isla con el exterior y al lado de la Pensión Girasol- lo hace especialmente apto para ser el centro desde donde se distribuyen por la isla los hechos, los rumores, los cotilleos, los chistes y las anécdotas.

En todos los sitios del mundo, ya sea la Plaza del Rossio en Lisboa, el antiguo ágora ateniense o el banco de piedra en La Esquina en Chío, hay –o había- un lugar similar. Incluso Goscinny y Uderzo retrataron a los viejos corsos enterándose de todo desde otro “Palo” parecido en “Astérix en Córcega”. Pero la vida moderna, las prisas, la televisión… han hecho que –excepto en lugares privilegiados como La Graciosa- estos sitios se vayan perdiendo. Pero no la capacidad que tenemos los humanos de generar rumores, transmitir cuentos y noticias y difundir cotilleos y que se ha trasladado, magnificándola, a Internet, ese “Palo” universal.

Por ejemplo, un amigo me cuenta por email un caso que le sucedió hace un tiempo a un médico de La Palma, conocido suyo. Este médico, cuando un día va a salir con prisa de la consulta, se encuentra, después de una tarde sin apenas gente, con que en la sala de espera hay sentados una mujer y un hombre. Vuelve a entrar, se pone la bata y les dice que pasen. El hombre le empieza a contar que sangra por detrás y el médico le dice que eso seguramente es una almorrana pero que lo va a comprobar. “Vaya detrás del biombo, bájese pantalones y calzoncillos y póngase de pie al lado de la camilla” El paciente obedece y el médico, mientras se coloca los guantes de látex, le indica que debe abrir las piernas lo máximo posible y recostarse sobre la camilla boca abajo. Lo explora y le dice: “Efectivamente, nada grave. Es una almorrana. No se mueva”. Va a la vitrina, elige un gel y, dirigiéndose a la mujer que estaba sentada frente a la mesa del despacho, dice: “Señora, venga y acérquese aquí”. La señora se levanta, se pone al lado del médico que le dice: “Mire para que vea cómo hay que poner la crema”. Y con la mano izquierda abre las nalgas del hombre y con la derecha le unta y le empuja la almorrana dentro. La mujer mira todo con ojos desorbitados. El médico le dice: “Esto mismo tiene que hacérselo al señor una vez al día, a ser posible después de evacuar”. La mujer, anonadada, se lleva la mano al pecho y dice: “¿Quién? ¿Yooooo? ¡Pero si a este señor no lo conozco de nada!”.

El cuento tiene gracia y está bien para contarlo con ese empezar de “¿te has enterado de lo que le pasó a Fulanito?”. Lo curioso es que me ha llegado, con ligeras variantes, por lugares diferentes y siempre a través de Internet. En un caso le había pasado a un médico en Lanzarote, en otro en Gran Canaria, y otra versión me la contó otro médico de aquí diciéndome que le había pasado a él personalmente.

Las ocurrencias, los chistes, los rumores son como un virus. Se propagan y hacen difícil a veces localizar cómo empieza todo y por qué cambia. Es como el juego aquel que hacíamos de chicos. Decíamos muy deprisa y al oído, por ejemplo, “cucuruchos de frambuesa” al primero de una fila, éste se lo decía al siguiente y, cuando llegaba el dicho al último, lo había reconvertido en “sustitutos de mayonesa”.

Pero, desde que los hombres se sentaron por primera vez a la caída de la tarde a descasar en “Palos” prehistóricos, es prerrogativa humana la de ponerse a hablar de lo que les pasa a los demás. Y la de reírnos a carcajadas si lo que les pasa a los demás es casi un chiste. Puedo imaginar a muchos de esos hombres, levantándose del Palo y regresar a sus casas a cenar, pensando que, a pesar de todo, la vida puede llegar a ser muy, muy divertida.


24 comentarios:

  1. En mi pueblo, situado en la Alpujarra granadina, también había un "Palo", y ese era el sitio donde todo se contaba y de todo te enterabas. Leyéndote, he empezado a echarlo de menos. Si me lo permites me quedo por aquí, no hago ruido

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  2. Me encantaría que te quedaras por aquí (haciendo también un poco de ruido, por qué no).
    ¿Y ves? Vamos a ir descubriendo muchos "Palos" por esos mundos. Palos donde la gente hable, cuente y se divierta. No vendría mal.

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  3. Hay dos frases que destacaria en esta entrada:

    - "...donde se han sentado desde siempre...a ver pasar el mundo y a hablar sobre él"

    En el pueblo de mis abuelos se sentaban señoras y ancianos (nunca chicos ni señores de mediana edad) y donde muchos veían solo una ocasión para chismorrear, yo veía "pasar la vida". ¡Y qué ojo tenían aquellas señoras!
    A veces sabían que una de las que pasaban estaba embarazada casi antes que ella misma.

    - "...la capacidad que tenemos los humanos de generar rumores...y difundir cotilleos se ha trasladado... a Internet, ese "Palo" universal."

    Me reconforta, por otro lado, esa imagen de los hombres levantándose del Palo, pensando que a pesar de todo la vida puede ser muy divertida.
    Esa forma de encarar la vida ha ayudado muchas veces al ser humano a seguir adelante.
    Hoy en día necesitamos más que nunca tener sentido del humor, reírnos hasta de nuestra propia sombra como decía mi padre.

    Tus entradas me proporcionan no solo la oportunidad de reflexionar sobre algo, sino , también calma. Como si yo también estuviera frente a ese mar viendo pasar la vida.

    Un abrazo, Jane.

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  4. Cuando veía a los hombres gracioseros alegando, como decimos aquí, y compartiendo vivencias, yo también sentía calma. Nos tranquiliza saber que los humanos también somos capaces de sentarnos un rato a hablar con los amigos y de interesarnos por cosas que pasan. Y de reírnos.
    Si lo piensas, Utopía, nosotras estamos haciendo también nuestro Palo particular.
    Un abrazo.

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  5. ¿Qué sería de nosotros sin un banco dónde poder compartir nuestras vivencias?, Un banco, un poyete, una casa de una amiga, una reunión de whatsup...
    ¿Y los casinos?, de chica no comprendía el por qué estaban siempre llenos de hombres, deberían pasarlo bien, eso era obvio.
    Y qué me dices Isa, de las sillas a las puertas de las casas?. Recuerdo las reuniones al anochecer, con la fresca, en mi puerta de Alájar. Hoy día, esta costumbre no es posible, el ensanche de las calles a expensa de estrechar las aceras, para favorecer el paso de vehículos, hace peligrar nuestra seguridad.

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  6. Las sillas a la puerta de las casas pertenecen también a mis recuerdos más queridos. En los veranos de mi niñez en Los Realejos todo el mundo sacaba sus sillas al anochecer y hablaban y hablaban mientras los niños trasteábamos por allí. Pero yo me acuerdo de quedarme quieta cerquita, sentada en la acera, escuchando hablar de cómo venía la vendimia, de las fiestas, de costumbres de otros tiempos, de la gente del pueblo, de chascarrillos... Para mí, era una gozada formar parte del grupo mientras las estrellas brillaban sobre nuestras cabezas. Más tarde, en la adolescencia, en Bajamar también era costumbre salir por la noche al poyo frente al bar del Sherif a lo mismo: hablar y disfrutar de las noches de verano.
    La televisión, y no sólo el tráfico, acabó con esa costumbre. Muchos preferían, por comodidad, quedarse dentro de las casas que salir con la silla al exterior. Habrán visto más programas de televisión pero pienso que también han perdido algo.
    De todas formas, tú y yo no hemos perdido las mañas de hablar ¿verdad?
    Un beso.

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  7. He reconocido al instante el sitio. Este año no hemos podido ir y los niños no hacen sino recordárnoslo. Mi familia paterna es herreña, de El Pinar, y ahí teníamos el mentidero, cumpliendo la misma función que el palo graciosero. Y en La Restinga hay dos, separados, el de hombres y el de mujeres, donde se pasan el tiempo hablando de sus (ejem) cosas.
    Yaiza

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  8. Hola Jane. En todos los lugares hay un palo, incluidos los barrios. Yo de pequeño vivía en un barrio donde "el palo" era un banco de cemento que rodeaba una pequeña plaza. Desde ese banco oí toda clase de historias y chismes.
    Durante el verano los "viejos" se sentaban a fumar y a pasar, hablando, los calores. Los niños corríamos, nos escondíamos y escuchábamos lo que contaban. Claro que a veces se metían en la vida de los demás y aen algunas ocasiones, se contaban verdaderas exageraciones sobre fulanito o fulanita.
    Me imagino que como no había televisión, era lo que tocaba. Un beso Jane.

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  9. Yo tampoco he ido, Yaiza, y también me quedé con las ganas.
    Eso de "Palos" separados en hombres y mujeres es muy típico, aunque también los he visto mixtos ("pan con pan, comida de tontos", decía mi abuela)
    A ver si el próximo verano nos vemos frente a El Palo y nos vamos a tomar una cervecita en El Veril, por ejemplo, que está justo al lado, mientras oímos a los viejos hablando de calamariar...
    Un beso.

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  10. ¿Sabes, Juan, que el otro día leí un artículo en el que se hacía un elogio, además filosófico, sobre el chisme? Lo firmaba Javier Gomá y decía, claro, que no se refiere a la maledicencia, la calumnia o la difamación, sino a la crítica, el juicio que nos merecen los ejemplos de conductas y estilos de vida ajenos. Gomá piensa que esta crítica es la única vía posible de aprendizaje moral. Por tanto, hay que criticar al prójimo siempre y sin cesar. Dice: "La crítica -el cotilleo, las hablillas, el chisme- no sólo sazona el a veces rancio bocado de la vida, sino que es el vehículo privilegiado de acceso a la moralidad, pues sólo en el ejemplo criticado -la conducta de un tercero- comparece ante mí la virtud, presente o ausente, y se me hace intuible en su indefinible esencia". Así que meterse en la vida de los demás, como hacían en tu pueblo y en todos los "Palos" del mundo, está bien mientras no lleguen más allá de los hechos y la crítica.
    Un beso, Juan.

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  11. Sí, es curioso como las leyendas urbanas (o las anécdotas reales) han ido pasando por diferentes fases: primero por el boca-oreja, después las fotocopias, ahora internet y mañana quién sabe cómo será ese palo.

    ¿Y el señor? ¿se puso bien? ¿y la carpintería, la vendieron?

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  12. La Candidaeréndira8 de octubre de 2013, 14:54

    "Ponga un palo en su vida..."
    La vida tranquila, el ver pasar el tiempo de forma serena, como antaño, como bien dices, cuando no había tv, en
    el palo o el banco de la plaza eso era para las personas "mayores", para los jubilados... Sin embargo ahora que somos nosotros los jubilados, parece que no tenemos tiempo ni para perderlo. Por eso de vez en cuando deberíamos parar en nuestro trajín y sentarnos en un "palo" y retomar el contacto humano.

    Ahora está saliendo un anuncio por la tele para promocionar una bebida, y se ve a un niño emocionado porque le han regalado un simple palo... El mensaje del anuncio va muy bien para el caso que comentamos, algo tan sencillo como "un palo" puede abrir un mundo de posibilidades, juegos o conversaciones.
    Como han dicho algunos de los comentaristas de tu blog, ahora utilizamos este "palo" virtual para lo mismo que antes servía el "banco de la plaza", el mentidero (que palabra tan oportuna) porque a veces una simple noticia se tergiversaba, se torcía y se convertía en mentira, o en chisme malintencionado.
    La historia de la almorrana y su tratamiento, seguro que fue verdad, pero al irla pasando de boca en boca se ha convertido en leyenda urbana ( ¡graciosísima, por cierto!) y aprovechando este "palo virtual"voy a comentarles lo que le pasó a una amiga mía a raíz de su segundo parto, una historia real que podía haber sido un tema muy apropiado para contar en un palo:
    Una vez dio a luz tuvo problemas con una glándula mamaria y se le puso un pecho como la Artemisa de Éfeso, los médicos iban a verla y unos opinaban que con antibióticos remitiría y otros que había que hacer una incisión para quitar el abceso... No sólo médicos, sino estudiantes de medicina pasaban por la habitación para verle el pecho y su evolución ...Mi amiga perdió el pudor de tanto enseñar la teta y un día entró un señor con bata blanca que le preguntó: "¿cómo se encuentra hoy, mi hija...? ni corta ni perezosa se abre el camisón y le dice: "compruébelo usted mismo.." El hombre dijo perdone señora yo soy el Capellán del hospital...


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  13. Loque, vamos a imaginar que el señor se puso bien. Mejor, vamos a imaginar que el señor y la señora salieron de la consulta riéndose juntos, que se fueron a tomar un café y que a lo mejor de ese encuentro nació una profunda amistad. O algo más, después de todo ella había tenido un acceso bastante minucioso a su intimidad. Y ya muy mayores, si hubieran tenido hijos y nietos y les preguntaran cómo se conocieron, ellos se mirarían soñadores y él le diría: "¿Te acuerdas de aquella vez que me miraste el culo?". Así empiezan las grandes novelas de la literatura...

    Lo de la carpintería se me pierde un poco ¿Cuál? ¿La que convirtió un palo traído por la marea en un banco de tablas corriente y moliente?

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  14. ¡Cómo me he reído, Candidaeréndira, con la historia de tu amiga y su teta! Una vez me contaron un chiste parecido, pero con unos pintores.
    Y me gustó también tu apreciación de "mentidero", ese derivado tan apropiado de "mentir". El mentidero, dice María Moliner, que es "lugar en la calle donde se reunía la gente para hacer tertulia y chismorrear. Hoy se usa figuradamente sin referirse a ningún lugar concreto". Si hoy se usa así, es porque el mentidero está en el aire, en lo que ponen en Twitter, en Facebook, en lo que nos mandan por email... y el efecto se multiplica muchísimo más que en los "Palos" de los pueblos, en los que muchas veces el chisme no salía de los alrededores ¿Te acuerdas de contar algo y decir "que esto no salga de la isla"?

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  15. En mi pueblo denominado Madridtxikito, hay un banco delanta del unico caserio no habitado, ya que es la casa social del barrio, pero tiene un eco fuea de lo normal y si tenemos en cuanta que al lado esta la casa con el balcón donde reside la presidenta de radio macuto....lo dicho..

    Pero que sería de los barrios sin esos palos, esos abuelos y esas historias

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  16. Era por el chiste ese tan clásico:

    - Padre, me confieso porque soy muy cotilla.
    - Bueno hijo, eso no es un pecado aunque no esté bien
    - Ya pero es que soy muy cotilla, mucho, mucho. Quiero saberlo todo.
    - Tú reza esto y aquello e intenta controlarte y ...
    - Lo intentaré, Padre, se lo prometo.
    - Ego te abs...
    - Una cosa padre ¿San José murió antes que Jesús y la Virgen, no?
    - Ummm sí, creo que sí
    - Y la carpintería ¿la vendieron, la traspasaron, siguieron con ella?...

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  17. Madre del monillo, las Radio Macuto (y los Radio Macuto, que haberlos, haylos) son otro clásico. Empiezan siempre con "que esto no salga de aquí", o "entre tú y yo" o "yo no soy cotilla, pero" o "es que lo de Fulanita no tiene nombre". Y también, qué puntería la de tu pueblo, ni que se hubiera comprado la casa a propósito.

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  18. Ay, Loque, no me lo sabía. Es buenísimo. Ahora la Cotilla Jubilada se queda también intrigada ¿Cómo es que los evangelios no cuentan palabra de tan apasionante tema?

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  19. Cierto que en casi todas los caseríos, aldeas, pueblos, villas y ciudades hay un lugar donde sentarse y usarlo para contar el chiste último, lo que decía el periódico leído en la barbería por la mañana o en el bar, la anécdota de fulanita, los cuernos de fulanito... Eran y son asientos cómodos, ligeros para poder trasladarlos según se mueve el sol, situados generalmente en lugares emblemáticos y limpios. Los utilizaban generalmente hombres, ya que las mujeres no disponían de tiempo para estar de picos pardos. Hoy la vida no permite sentarte sobre esos palos sino cuando estás de vacaciones o te has jubilado.
    En la Plaza de España, en Santa Cruz de La Palma, bajo la casa de "el millonario de la plaza", siempre hubo un banco donde se sentaban los personajes más ilustres del lugar (poetas, escritores, políticos, sacerdotes, médicos, profesores...) mezclados a veces con algún chiquillo ávido de oír lo que hablaban. A veces, cuando estaba despejado lo ocupábamos unos cuantos amigos que apenas cabíamos y de vez en cuando nos acompañaba algún "gembrita" ocurrente, que nos permitía alguna confianza y que nos partíamos de risa. Estoy seguro que la anécdota del medico y la almorrana la ha escuchado también el banco de la plaza.
    Hace unos pocos meses me enviaron fotos del banco y sus ilustres. Yo también tengo en el álbum algunas.

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  20. Seguro que sí, Enrique, esa anécdota tiene que haber llegado a ese templo del saber. Estoy ya segura de que corresponde a un médico de La Palma porque, a pesar de que los rumores vuelan de isla a isla, todo apunta a que tienes razón.
    A pesar de que en "La ventana indiscreta", Thelma Ritter le diga a James Stewart: "Nos hemos convertido en una raza de mirones. Lo que deberíamos hacer es mirar para adentro", creo que esos foros, palos, bancos, tertulias, círculos... son tan necesarios como la vida misma. Me hubiera gustado ser ese chiquillo ávido de oír lo que hablaban.

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  21. Como bien sabes, Jane, soy una urbanita de toda la vida, pero con vocación de niña de pueblo, porque siempre me ha encantado oír y leer costumbres, historias y chismes que se dan por los barrios y municipios que conforman nuestros mapas isleños.
    Hace ya muchísimos años, tuve la oportunidad de que me invitaran a pasar unos días en la casa de unos amigos, en la isla de El Hierro. Concretamente, en El Pinar.
    Cuando llegué allí, de lo primero que me hablaron mis anfitriones fue de la existencia del mentidero, punto de encuentro de todos los que tenían algo que contar y de los que querían que les contaran.
    Yo no tenía ni idea de que esos sitios existieran y, mucho menos, de que los lugareños lo incluyeran, con cierto orgullo, en una especie de guía turística oral, que servía para informar de lo más típico y representativo del territorio visitado.
    Quedaba a poca distancia de la vivienda e intuí, por sus palabras, que mi presencia en El Pinar iba a ser motivo de especulaciones y cotilleos varios. Aquello provocó en mí un cierto rechazo y agradecí que mi estancia en el pueblo fuera de pocos días.
    Nos trasladamos por un período bastante más largo a La Restinga y, quizá, la lejanía de aquel lugar, me hizo olvidarlo por mucho tiempo, hasta hoy que me lo recordó tu relato sobre El Palo y sus historias.
    Aunque ya se cita en uno de los comentarios anteriores, quería contarte la sorpresa y estupor que, a los 18 años, me produjo la existencia de ese rincón de El Pinar y la naturalidad con la que los oriundos del lugar lo arropaban y lo protegían, como si fuera un monumento que había que mostrar al recién llegado .

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  22. Es que, Cehachebé, los mentideros eran en principio la vía de conexión de los lugares perdidos con el resto del pueblo y del mundo ¿Cómo si no se enteraban los lugareños de que a El Pinar había llegado una forastera o de que ésta era amiga de Menganita? Mi llegada a Los Realejos o a Los Sauces en los veranos también era comentada y estoy segura de que , antes de salir a la calle, ya todos sabían para cuánto tiempo iba o si había aprobado todo en junio. No había tele pero cualquier noticia que concerniera al pueblo se comentaba, se analizaba y se difundía desde allí. Y "mentidero" creo que no es una palabra que le haga justicia. Porque, como decía Agatha Christie de las señoras como su señorita Marple, "pensaban mal y, generalmente, tenían razón".
    Un abrazo.

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  23. Al pueblo al que voy los veranos (ya sñolo lo indispensable), el deporte favorito de los lugareños es sentarse al caer la tarde en los poyetes de los olmos de la plaza y darle a la húmeda de una manera salvaje, alimentando cotilleos, dimes y diretes de lo más variado, y no dejar títere con cabeza. Me provoca una especie de repelús difícil de explicar...
    Sin embargo El Palo, con sus anécdotas, historia y contada por tí, resulta entrañable y divertido, es otra cosa...
    Recuerdo muy bien el juego al que haces referencia, (cuántas veces habré jugado con mis amigos de la infancia), se llamaba "el teléfono escacharrado", y nos patíamos de risa...
    Un abrazo, Jane

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  24. Berni, cuando fui por primera vez a La Graciosa (hace 31 años) no había luz y creo que sólo 1 o 2 teléfonos. Pero los tamtam funcionan y eso era lo que era el Palo, un tamtam a partir del cual toda la isla se enteraba no sólo de lo que pasaba en la isla, sino también de las noticias de fuera que traíamos los que veníamos a pasar unos días.
    A mí también me dan repelús la maledicencia, la difamación, el infundio y la calumnia. Ninguna lengua venenosa (que haberlas haylas) debería ser digna de sentarse en un Palo.
    No me acuerdo cómo llamábamos a este juego nosotras en el colegio. Le he mandado un guasap a mis compañeras de cole a ver si alguna se acuerda.
    Un beso.

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