lunes, 17 de diciembre de 2018

De collares va la cosa




Hace poco, visitando el Museo Canario de Las Palmas, me llamó la atención este collar de conchas de la imagen, que alguna aborigen de hace no sé cuántos siglos habría lucido con orgullo. Recuerdo que, viéndolo, me vino a la mente una escena de "El Señor de los Anillos" de Tolkien, cuando los hobbits son, primero, apresados por los Tumularios, los fantasmas de los señores de antaño, y luego liberados por Tom Bombadil. Este saca de los Túmulos tesoros escondidos y, mirando un broche de piedras azules, dice: "Hermosa era quien lo llevó en el hombro. Baya de Oro -su dama- lo llevará ahora ¡y no olvidaremos a la otra!". También yo imaginé de pronto a una mujer morena con el collar de conchas en el cuello, caminando erguida por los senderos de la isla y todo el brillo en los ojos, como toda mujer que se siente guapa.

¿Por qué nos ha dado por usar collares, o zarcillos, o broches? Una noble de la antigua Roma, Cornelia la Africana, defendía la austeridad total y la justificaba diciendo que no hay mejor joya para el cuello de una mujer que los brazos de sus hijos. Muy ahorradora y tierna, sí, pero no le hemos hecho ni caso. Desde hace más de cien mil años, las mujeres (y a veces los hombres) han hecho lo mismo que yo hacía a los 8 años cuando me decían: "Arréglate, que vamos a salir": encasquetarnos un collar alrededor del cuello (el mío era de cuentas verdes, precioso) y, vestidas tal cual estábamos pero más embellecidas (suponíamos), hala, preparadas para irnos a la calle.

¿Por qué lo hacemos? A lo mejor, al principio era simple imitación de los animales que se exhiben, todo plumas y color, para atraer a un compañero. Pero después pudo convertirse en señal de status social, prestigio o poder. O simplemente por el gusto por la belleza, por sentirnos, llenos de abalorios, divinos de la muerte. Los primeros collares, los prehistóricos, fueron como este de la aborigen canaria, hechos con conchas, o piedritas, o plumas, dientes y huesecillos. Tenían su encanto y, no importa que después hayan sido de oro, diamantes, perlas o esmeraldas, aquellas primeras joyas sentaron un precedente que ha pervivido hasta nuestros días: la conciencia de que la decoración del cuerpo también forma parte de lo que somos. Y, entre nosotros, estoy convencida de que la trastienda de la Historia está llena de collares ocultos, en los que a veces a la belleza de las joyas se unieron la ambición, los tejemanejes del poder, la corrupción. Dos casos conocidos se me ocurren sobre la marcha: el collar de diamantes que, al final, llevó a María Antonieta a la guillotina; y la afición -temida por todos los joyeros del país- de Doña Carmen Polo, la mujer del dictador Franco, por las joyas "regaladas". Por algo la llamaban "La Collares".

No cabe duda de que los humanos amamos la belleza y que, desde el principio de los tiempos, la buscamos. Como le leí una vez a Rosa Montero, "la belleza es una inutilidad absolutamente necesaria para el ser humano; forma parte de nuestra estructura básica, que nos hace mejores personas, mejores ciudadanos y más felices". Es nuestra parte creativa que nos lleva a hacer obras de arte y también a adornarnos a nosotros mismos. Hasta mis nietas son aficionadas al engalane y al joyerío. La de 15, como buena friki, lleva suaves pompones de colores vivos en pendientes y collares. La de 5 se pone todo lo que encuentra y no solo lo suyo sino también lo mío. Ya me ha dicho que, cuando sea mayor, le deje todas las joyas que tengo. A veces la veo contemplándome cuello, orejas y dedos con mirada de futura propietaria. Aunque el otro día me comentó muy seria: "Aba, he estado pensando que, cuando sea mayor, me dejes todas las joyas. Pero los suéteres y las bragas, no".

Para que luego digan que el gusto por la belleza no es congénito. El que sabe, sabe.

12 comentarios:

  1. Qué cierto y qué interesante! y que de acuerdo estoy con Julia en que mejor no le dejes las bragas y los suéteres!😂

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    1. Lo de que estamos programados para detectar la belleza es la verdad de la vida. Otra cosa es que esa idea de belleza cambie con los siglos. Imagínate a las mujeres del Romanticismo tomando vinagre y limón para tener un aspecto frágil y enfermizo y compáralas con las del Renacimiento, orgullosísimas de sus papadas y de sus caderotas. Eso sí, todas lucían un broche por aquí y un collar por allá. Que no se diga :-D
      Yo también estoy de acuerdo con ella en no dejarle de herencia suéteres ni bragas. Serían bienes bastante desechables.

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  2. Qué graciosa tu nieta. Me la imagino perfectamente poniéndose todo cuanto encuentra en tu joyero. :) No he sido nunca de engalanarme con joyas, creo que ni siquiera de pequeña, aunque hace una temporada me dio por buscar algún collar que me combinara con un par jerseys y me di cuenta de que la mayoría pesan demasiado. :( Así que ahora me decanto por lo broches, que no dejan de cumplir una función parecida.
    Un abrazo enorme, Jane. Y, como nos metemos en fechas difíciles y quizás no publiques o yo me pase a destiempo, felices fiestas y, sobre todo, feliz año nuevo. Seguiré leyéndote. MUAC

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    1. Yo tampoco soy de muchas joyas, ya lo dije en un post que llamé "La Cruz de la Trompetona" (una cruz que engalanaban en La Palma con joyas y que sirve allí para calificar a quienes van engalanadas de arriba a abajo con ellas). Pero sí me gusta ponerme zarcillos, un collar (o dos) y a veces un anillo que me regaló mi madre y me la recuerda. Siempre me acuerdo de la madre de una amiga, Doña Pilar, que con 90 y pico años y unos preciosos ojos azules, se ponía varios collares y estaba fantástica. Alegría, alegría...
      Supongo que el lunes publicaré aunque sea para desear una feliz Nochebuena, ya que coincide con mi día de subir post. Pero si no, desde ya te deseo felicidad y que sigas pasándote por aquí.
      Un abrazo grande.

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  3. Jajaja,que lista tu nieta y qué graciosa,solo las joyas.

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    1. Ah, sí, de boba no tiene un pelo. Y bien le gusta estar guapa... Nada más levantarse se peina y se pone una diadema y como le regales un collar, se priva. Ayer traía uno debajo de la blusa con un elefante negro que le trajo mi hermana de Tanzania y otro encima de la blusa con piedras azules. Por ella que no quede...

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  4. Enrique Davara Prats17 de diciembre de 2018, 16:24

    Lo de " estar guapo " hace años que me convencí de que dónde no hay no hay...

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    1. Anda, anda, que tú sabes que lo de la belleza, aparte de estar en el interior (como decían en "La bella y la bestia"), es muy subjetivo. Yo tengo una amiga que me pareció fea cuando la conocí y es tan agradable, tiene una conversación tan interesante, es tan simpática, que ahora me parece guapísima. Así que sí, puede haber donde parece que no hay. Y no presumas que sabes que estás de muy buen ver. :-D

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    2. ¡¡Verdad, verdad!!

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    3. Supongo que te refieres a lo del buen ver de nuestro común amigo Enrique. Seguro que el caminar tanto pone el cuerpo en forma y la mirada alegre. Y eso por supuesto pone guapos a las personas. :-D

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  5. María Victoria Tejera Cabrera17 de diciembre de 2018, 16:55

    ¡Genial! Cómo siempre de un simple collar eres capaz de sacar bonitas e interesantes historias.
    Vigila a esa nietita, será todo un personaje que llevará genes de su querida abuela. Y sus joyas...


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    1. Eso mismo pensé yo, empecé por un collar y termino con bragas ¿Tendrá razón mi marido cuando me dice que me enrollo?
      A la nietita la tengo vigilada, al hermano lo mangonea y lo convence de todo, aparte de que pocas cosas se le escapan. Miedito me da.

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