lunes, 13 de abril de 2020

Momentazos COVID-19


Momentazo camping en la terraza

Otra cosa no, pero el muy puñetero tiene hasta un nombre con glamour. Incluso llamándose coronavirus ostenta un deje aristocrático que engaña. Y así, como lo he puesto en el título, "Momentazos COVID-19", parece como si estuviera refiriéndome a un festival de música. Pero no. El COVID-19 podrá tener un nombre glamuroso pero nada más. Es un bicho repugnante que nos ha cambiado la vida y la ha llenado de momentazos inesperados que van a hacer que este año de 2020 sea inolvidable. Ahí van unos cuantos.

1. Lucas tiene 6 años y vive en el piso de encima del de sus abuelos. Se ha pasado la vida subiendo y bajando, considerando la casa de ellos como una extensión de la suya, y no entiende por qué ahora no puede entrar ni abrazarlos ni comer con ellos ni nada. Y no quiere mirar a la abuela, como si ella tuviese la culpa, y se pasa el día enfurruñado. Hasta que la abuela de lejos en la escalera le empieza a explicar lo de que podría contagiarlos y hacer que enfermaran y que él no querría ver malitos a los abuelos ¿verdad?. Lucas atiende, dulcifica sus facciones, mira a la abuela con sus ojazos oscuros y le dice, cariñoso: "Pero ¿al menos puedo tocarte con un dedito?".

2. Conchi, la experta en arte de nuestro chat, no puede dormir. El encierro en casa le tiene trastocado el sueño, pero ¿qué importa? No tiene nada que hacer por la mañana, así que ¿qué más da que luego duerma hasta el mediodía, desayune a las 12 y coma a las 5 de la tarde? Se levanta de la cama. Es la 1 menos 20 de la madrugada del sábado de Gloria. Por distraerse y porque recuerda otras semanas santas empieza a buscar Cristos resucitados. El primero que encuentra es el de Piero della Francesca, pero le siguen los resucitados de Perugino, Tiziano (que parece un Fred Astaire redivivo), Tintoretto, Veronés, Rafael, Murillo, dos de El Greco, dos de Rubens, las dos esculturas de Leonardo da Vinci, con y sin paño de pudor... Y el más famoso de nuestros resucitados, el Cristo de Tacoronte. Cuando termina, cansada y contenta, son las 3 de la mañana. El Domingo de Pascua en el chat de las amigas, incluso las que se despiertan temprano, encontramos un regalo especial de resucitados mientras ella duerme el sueño de los justos.

3. Carmen tiene que llevarle la compra a su hija embarazada que vive al otro lado de La Laguna. Sale de su casa en la Plaza del Cristo y al llegar al coche se da cuenta de que no lleva las llaves. Vuelve a por ellas y sale con prisa y al llegar a casa de su hija no encuentra ni la cartera ni el móvil. Recuerda con horror que, cuando volvió a por las llaves, lo dejó todo encima del capó y debe haberse caído por el camino. Da una vuelta a ver, pero nada. Llegando a su casa, agobiada porque ha perdido DNI, tarjetas, dinero y móvil, ve a un policía a la puerta que le entrega la cartera. Un chico la ha encontrado en la calle de Herradores. Ella le explica el recorrido que hizo y, al rato, vuelve el policía con el móvil. Lo encontró en la Plaza de la Milagrosa, la carcasa escachada pero el móvil, intacto. De algo tiene que servir que las calles estén vacías.

4. Julia me llama el sábado por la tarde: "Te voy a decir una cosa que te vas a quedar con la boca abierta ¡Esta noche vamos a dormir en la terraza en una tienda de campaña con un saco de dormir! ¿A que te has quedado con la boca abierta?". Le aseguro que sí, que todavía no la he podido cerrar y que es un plan fantástico. Está que no puede de los nervios; a sus 6 años es la primera vez que va a hacer camping. "Vamos a dormir allí los cuatro: papá, mamá, Álvaro y yo". "¿Papá también?", le pregunto sabiendo lo tiquismiquis que es mi hijo para dormir. "También", me contesta. A la mañana siguiente todos han dormido como leños a pesar de una llovizna que les cayó en la madrugada. Le pregunto a mi hijo la hora en que se acostó y me dice que a la 1. "¿Y a qué hora te fuiste a tu habitación y a tu cama?". "A la 1 y media".

Hay más momentazos que nos van surgiendo en este paréntesis que nos ha caído encima. Por ejemplo, les tengo que contar que me llamaron de la tele para hablar de cuando todo esto pase, pero lo dejo para más adelante para no enrollarme mucho. Solo un último momentazo COVID-19:

5, Carlos está corriendo en la cinta. También es una lata que no puedan hacer deporte ni caminar, como suelen, alrededor de la casa. Pero por lo menos tienen la cinta y, gracias a ella, él, su mujer y sus dos hijos queman energía y calorías. Va subiendo a 8, 9, 10 por hora... Y justo es ese momento cuando la cinta, que ya tiene 15 años y a la que estos días han castigado con saña, elige para romperse. El frenazo es tan brusco que Carlos sale casi despedido hacia delante. Gracias a que tiene reflejos y pone las manos no se da un golpe demasiado grande.

He elegido este momentazo para terminar porque de la misma manera el COVID-19, ese de nombre tan glamuroso, ha echado un freno en nuestras vidas, parándolas y lanzándonos a la depre, al desánimo, ¿al foso de la desesperación?. Pongamos, como Carlos, las manos y aguantemos el golpe con serenidad y sensatez ¡Qué menos!


El resucitado de Tiziano (que a mí se me da un aire a Fred Astaire)


lunes, 6 de abril de 2020

Mundo inhóspito


La solitaria carretera de mi pueblo sin coches ni gente

Ayer salí al mundo exterior. No, no se horroricen ni se echen las manos a la cabeza. Era una necesidad y hasta la Gestapo (mi hermana y mi hija) me dio permiso. Además, lo tenía todo preparado desde el día anterior: la mascarilla, la ropa de camuflaje, los guantes, las gafas negras... Tentada estuve de pedirle prestado a mi hermana un salacot que se puso cuando hace 20 años fue a Kenia, pero me contuve. Tampoco hay que pasarse (y seguro que ya se le perdió en algún carnaval).

Y ¡qué emoción! Después de casi un mes en la seguridad del hogar, dulce hogar, iba a arrostrar los peligros del mundo inhóspito. Me sentí como Shackleton cuando puso en el periódico aquel anuncio para ir a la Antártida: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Frío extremo. No es seguro volver con vida". Solo que yo iba sola e indefensa. Pero, eso sí, con la resolución de los valientes.


Atrás quedaba el hogar y su economía de subsistencia. Mientras cogía mi coche (el Pocholo, ya saben, el Polo con las letras CHL), recordé los últimos días cuando se acabó el pan y yo, por no salir a buscarlo, hice, igual que si estuviéramos en "La casa de la pradera", tres panes como tres soles. Claro que los hice con una harina que guardaba para hacer churros, pero lo primero es lo primero y, además, me saliern buenísimos, como los panes de antes, tan contundentes que casi no pude terminar el medio pan con jamón, tomate y lechuga que me mandé en la cena. Y también, cuando se acabaron los postres, antes que lanzarme a la vorágine del mundo, me lancé mejor a hacer polos, como los que les hacía a mis hijos de chicos, con leche, leche condensada y limón. Estos son tiempos de soluciones drásticas ¿Que no hay postres? Pues toma polos.

Sí, hasta este momento me había resistido a dejar la zona de confort. Pero ahora no era el tiempo de recordar el pasado ni las delicias del hogar (las caminatas de las mañanas, los tropecientos wasaps de los amigos, el aperitivo en el balcón, las noches viendo una película de risa...). No, ahora necesitaba el coraje de tantos que, antes que yo, se internaron en lo desconocido, sin saber qué iban a encontrar y sin más compañía que su voluntad y su determinación. Mi abuelo el poeta, que vivió durante 2 guerras mundiales y una guerra civil y supo de hecatombes, vino en mi ayuda con sus poemas, muchos aguerridos y animosos. Me acordé de uno que me gusta mucho y que empieza así:
Como el Teide soy altivo, 
como el Teide llevo fuego en mis entrañas...
¡No me asustan las horribles tempestades
ni mi frente se doblega bajo el yugo de otra raza!
Y con el poema en la mente, allí estaba yo: la casa atrás, el mundo delante, lleno de amenazas e inseguridad.


Mentiría si dijera que no me sobrecogió el silencio que encontré. La atmósfera limpia, ausencia de ruidos de motores o de charlas, las calles sin un alma en mi pueblo ¡un domingo de Ramos por la mañana! Una amiga muy viajada me contó una vez que llegó a un lugar de Alaska en medio de una nevada y en la plaza del pueblo se encontró a un oso polar. Yo me encuentro en ese momento un oso polar en medio de la carretera de Tegueste y hasta lo saludo con cariño y todo. Aunque había un sol radiante, parecía un mundo raro y distinto, donde todos se hubieran ido dejándolo frío y sin vida.

Pero como en toda incursión hay que tener un objetivo claro. Lo tenía Aníbal cuando cruzó los Alpes sobre elefantes, lo tenía Julio César cuando dijo lo de "Alea iacta est", lo tenía Frodo cuando iba a tirar el anillo en el Monte del Destino y Tintín cuando se internó en el Tibet a buscar a su amigo Tchang. Y lo tenía yo que iba a la gasolinera a buscar los periódicos que tenía reservados desde hacía casi un mes. Cuando llegué, les di un toque de teléfono y uno de los chicos, superamable, me los trajo al coche y me los metió en el maletero, sin que yo tuviera siquiera que bajarme. Y luego me fui como alma que lleva el diablo y me apresuré, sobrecogida ante aquella desolación, a volver a la seguridad de la casa, cual paloma mensajera que regresa al nido.

Y hasta dentro de un mes porque se me está acabando el vermut. Y ajenjo, que creo que es lo que lleva, no tengo.



Mis tres panes de subsistencia


lunes, 30 de marzo de 2020

Tras la tormenta




¡Hay que ver lo adaptable que es el ser humano! Recuerdo haber leído hace tiempo que en la Edad Media había una especie de jaulas de hierro para encerrar a malhechores, tan estrechas que dentro de ellas no podían estar sino de pie, sin poder sentarse o acostarse jamás. Y que había gente que soportó esa tortura ¡años!. Eso nos indica de qué pasta estamos hechos y por qué hemos llegado hasta aquí sorteando hecatombes y calamidades.

Lo estoy viendo a mi alrededor. Aunque al principio del encierro, hace 17 días, mucha gente se subía por las paredes, ahora todos nos hemos adaptado a una saludable rutina. En la mía está caminar una hora y pico dando vueltas a la cancha que, a falta de servir ya para jugar al tenis, hace su papel de tontódromo. Como casi todos, también leo, escribo, cocino, me tomo un aperitivo, veo la tele, cuido el jardín... Lo que no hago es lo de aplaudir a las 7  porque no me oiría sino Rebo, mi perro, que ya bastante tiene con llorar cada vez que pasa el coche del Ayuntamiento anunciando un entierro. Es muy sensible. Si me oye aplaudir, igual se lanza a bailar por sevillanas.

No hay vecinos cerca, no. Excepto unos que valen por cien: mi hermana y su marido. Ella me lleva la basura hasta el bidón que está a unos 200 metros de nuestras casas, porque dice que como médico se sabe forrar mejor que yo. En la imagen inicial la ven que parece Darth Vader preparándose para el despegue: con 2 pares de guantes, gorro, 2 mascarillas, doble traje... sale cual heroína a la intemperie y, a la vuelta, todo va a la lavadora. Ella vigila, como si fuera la Gestapo, que nadie de la familia salga ni haga tonterías. Aparte de eso nos pasamos material por el muro que nos separa; ella, un taper con paella de mariscos que hizo su marido y que estaba de rechupete y yo, plátanos recién cortados de la mata. El jueves pasado los cuatro nos tomamos un gintónic al atardecer y brindamos y hablamos y cantamos de balcón a balcón eso de "aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisioooón...". Con vecinos así, hasta merece la pena eso del arresto domiciliario.

En eso estamos, adaptándonos. Mi nieto, el de 14, que se negaba a aceptar no salir con los compinches tanto tiempo, se ha puesto a componer música; mi yerno, a aprender a tocar la guitarra con un vídeo de Youtube; mi nieto, el de 5, se ha trasquilado el pelo con las tijeras... Todos están sacando a la luz virtudes insospechadas y vete tú a saber qué nuevas personalidades saldrán de todo esto. ¿Un nuevo John Lennon, un Paco de Lucía, un Llongueras? Mi maestro Don Emilio Lledó dice que "la esperanza es que nos reinventemos para mejor". Todos coinciden en que, después de esto, saldremos reforzados, cambiaremos y seremos otros. Mi hermana seguro que afianzará su papel de superwoman. Y yo, que voy apagando fuegos, pidiendo en todos los chats que no los envenenen de conspiraciones, bulos, insultos ni odio y que conserven siempre el buen humor y la esperanza, ¿qué seré cuando pase la tormenta? ¿Tal vez bombera?

lunes, 23 de marzo de 2020

La décima jornada




Hoy se cumplen 10 días desde que empezó el quedarnos en casa, confinamiento, encierro o como se diga, un hecho que nos ha cambiado la vida poniéndola patas arriba. Con decirles que a mí me ha dado por releer el "Decamerón" de Bocaccio, con eso les digo todo... Porque ¿qué mejor lectura para sentirte identificada con todo lo que nos está pasando que un libro cuyo título significa precisamente "10 días" (del griego deka, diez, y hemera, día) y que habla de un encierro durante una peste? 

En la Introducción hay un párrafo que nos resulta hasta familiar: En 1348 la peste invadió Florencia, la más hermosa de las ciudades de Italia. Algunos años antes habíase dejado sentir esta plaga en diversas comarcas de Oriente, causando numerosísimas víctimas. Sus estragos se extendieron hasta una parte del Occidente, de donde, sin duda en castigo de nuestras iniquidades, cayó sobre mi ciudad querida. En pocos días hizo rápidos progresos, a pesar de la vigilancia de los magistrados, que nada omitieron para poner a los habitantes al abrigo del contagio. Empero, ni el cuidado que se tuvo en limpiar la ciudad de varias inmundicias, ni la precaución de no dejar penetrar ningún enfermo, ni las rogativas y procesiones públicas, ni otras medidas muy discretas, todo esto no fue bastante para preservarla de la calamidad. ¿A que nos suena? Durante ese tiempo 7 damas jóvenes y 3 hombres, acompañados de sus criados, deciden huir de la ciudad y encerrarse en una casa de campo en donde "el aire es mucho más puro" y donde abunda "cuanto es necesario en la vida". Allí deciden que no hay nada más divertido para pasar el rato que contar y escuchar historias (tengan en cuenta que en el siglo XIV no hay tablets ni wasaps ni tele). Y eso es lo que hacen.

¿Qué hemos hecho nosotros en estos 10 días? En el "Decamerón" las personas recluidas, lejos de regodearse en la desgracia, cuentan, relajados, historias muchas veces divertidas y eróticas, como teniendo muy claro que esta vida es única y que solo la vivimos una vez. Nada de propagar bulos, nada de noticias inquietantes que puedan desanimar a los demás, nada de malos rollos. ¿Hacemos lo mismo?

En estos 10 días en el grupo familiar y de amigos ha habido noticias tristes y ahora mismo tenemos un amigo muy querido en estado grave. Pero mientras hay vida hay esperanza y en eso confiamos. Al mismo tiempo ha nacido un niño, Antonio, que es la carita luminosa en este momento oscuro. También yo cumplí un año más y, aunque tenía preparado un fiestón y no pudo ser, por wasap (bendito wasap que se ha convertido en el cordón umbilical que nos conecta al mundo) todos brindamos por todos, me vieron soplando las velas y mis nietitos pequeños me mandaron un precioso dibujo cada uno: Julia con los 72 años en la tarta y Álvaro, el de 5, con 27 y vistiendo un traje de colorines, como ven en la imagen. ¿Qué mejor celebración?

En medio de todo esto ha llegado la primavera. En el jardín se abrieron los amarilis y las rosas amarillas y el mandarino está cuajado de flores blancas. Y hoy nevó en el Teide y en la madrugada cayó un aguacero que limpió el ambiente y que recuerda el aire puro del "Decamerón". Por esos mundos la polución ha bajado, ahorramos en queroseno, los canales de Venecia se han vuelto transparentes y una amiga me cuenta que en las playas del sur, ya sin turistas, las gaviotas han recuperado su territorio.

Tomemos al "Decamerón" como ejemplo. Fijémonos en las historias positivas y contemos todo lo bonito que sigue pasando en nuestro mundo a pesar de todo. Julio Llamazares, en un artículo en que defendía también esta idea, termina diciendo: Si para algo sirve la literatura es para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo, como en aquella villa florentina de Bocaccio en la que la fantasía salvó a sus protagonistas del miedo. Mejor no se podía haber dicho. Ánimo a todos.

lunes, 16 de marzo de 2020

Fórmulas para el sosiego


Llegando a casa

Mi nieta mayor está en un instituto que también tiene internado y me cuenta que, cuando hace unos días les dijeron que lo cerraban todo y que los internos tenían que volver a sus casas, algunos de estos se echaron a llorar. Todo lo contrario de lo que le pasaba a mi marido cuando era pequeño, que estuvo un año en un internado y lloraba de desolación cuando sus padres lo dejaban allí los domingos por la tarde.

Estos días en que el "Quédate en casa" es el lema, habrá quienes lo consideren un castigo y quienes lo ven como una bendición. Todo tiene que ver con la apreciación de cada uno sobre lo que es el hogar, dulce hogar.

Para mí el hogar es el sillón que guarda la marca y el calor del cuerpo.

Es un rincón donde brotan flores.

Es la luz del amanecer cruzando la ventana. Y la que me espera encendida cuando llego de noche.

Es leer hasta altas horas y vivir otras historias, más allá de las paredes de la habitación.

Es la cena temprana y un champán para brindar.

Es ver una película e irla comentando con quien me acompaña.

Es oír música un sábado al atardecer.

Es pasar la mañana en la cocina inventando recetas ricas.

Es la ducha calmada, el agua caliente cayendo por la espalda.

Es el desayuno mirando al valle.

Es aprovechar el tiempo libre de ahora para hacer un trabajo placentero que había pospuesto. Como buscar los poemas e indagar en la vida de mi abuelo el poeta.

Es la lluvia bailando en la claraboya del pasillo.

Es mi territorio. Mi hija Ana publicó, entre otros, este poema cuando ganó el Premio Félix Francisco Casanova hace 26 años:

Esta es mi casa, 
donde trabajo,
vacilo,
siento incompletas la noche
y la mañana.
Donde descanso, 
donde respiro,
donde resuelvo penumbras.
Es mi casa de castaña, 
una bufanda de cal,
el marco de la serenidad
callada que precede al sueño.
Empecé a nacer en sus maderas,
entre sus amplias ventanas.
Fue la fresca y seca piel
sobre la que dormí. 
el alma de mi carne.
Sin edad,
sin estación,
sin raíces.
Yo tejí el aire y el agua
y el canto de sus muros
que nunca callan,
aunque no haya nadie para oírlos.
Yo labré el artesonado 
de sus cuatro cielos
con mis recuerdos
y con mis lágrimas.
Esta es mi casa,
porque si la casa es solo ajena
no significa nada.

El hogar guarda todas las fórmulas para el sosiego. Y una casa solo ajena -ahora entiendo los lloros de los compañeros internos de mi nieta- no significa nada.

Quédate en casa, quédate en el hogar.


lunes, 9 de marzo de 2020

Soy una matada





Una de las ventajas de ser mayor es que reconoces sin ningún tipo de vergüenza lo matada que una es para algunas cosas. Yo lo soy especialmente en dos: la música y las plantas. Para la primera no tengo oído, para las segundas no tengo "mano". Y mira que me gustan...

En casa tengo unas cuantas orquídeas que no hay manera de que se empelechen. Envidio hasta ponerme verde el orquidiario del Sitio Litre del Puerto de la Cruz en donde crecen como plantas salvajes al aire libre. O las que crecen en el vestíbulo acristalado y luminoso de mi prima Pepi con unas flores enormes y preciosas. O las que cultiva en La Palma mi amiga Nievitas en su porche frente al jardín... Y aunque sigo sus consejos, nada. La planta está preciosa, cuajada de flores espectaculares y exquisitas, y, de repente, empiezan a caerse una a una alfombrando suelos y dejándome convencida de que eso de la "mano" es privilegio de algunos que plantan un palo en la tierra y de él empiezan a salir brotes por todos lados.

Y no es que las plantas sean delicadas, no. Una vez leí que en Costa Rica las orquídeas eran hace un tiempo casi una mala hierba para los agricultores, que las tenían que arrancar de los árboles sobre cuyas ramas crecían como locas. Engañan, engañan esos tallos finos, esas flores aterciopeladas, haciéndonos creer que son débiles y quisquillosas, cuando en realidad son fuertes y tenaces si las sabemos escuchar.

Y eso es lo que he estado haciendo últimamente. Las tengo en macetas transparentes porque les gusta la luz en las raíces, les pongo agua recogida en día anterior porque no les gusta mucho el cloro... Y sobre todo las he ido paseando por varios sitios a ver en cuál estaban más a gusto hasta que he llegado a este que ven, la ventana que da al oeste, protegida del sol por un visillo, y desde donde pueden mirar el ocaso y el mar. Y por fin esta semana, de repente, se ha producido el milagro. No es que se hayan llenado de flores, no, pero de los palos que creía secos han brotado de sopetón botones (he contado hasta veinte) que me han maravillado ante el hecho de que tal vez se abran a la luz y al aire dentro de un par de semanas, cuando ya esté aquí la primavera.

Todo esto me hace pensar en los pequeños logros de la vida y en como cada uno es un escalón que anima a aprender más. Pienso en la primera vez que me até los cordones de los zapatos, en la vez que descifré una página de un cuento, en cuando de repente me vi flotando en el agua sin hundirme, en la primera vez que me salió bien una tortilla de papas, en todas las veces en que he aprendido algo y que, al haberlo asimilado y hecho mío, sentí una alegría inmensa, la misma de ahora al ver que mis orquídeas han respondido a mis intentos (aunque no tenga "mano").

Steiner decía que cuando no te lo han puesto nada fácil y has pasado por un montón de fracasos y dificultades, "cuando llega el éxito, este es una risotada de alegría". Sigo siendo una matada, pero no saben lo contenta que estoy esperando a la primavera.


¡Primer capullo abierto!

lunes, 2 de marzo de 2020

Carta de una bagañeta




Querida amiga:

No te escribía desde aquella vez que hablaste de Tazacorte, mi pueblo ("Había una vez un pueblito que quiso ser independiente") y de nosotros, sus habitantes, los bagañetes y a mucha honra. Pero tú sabes que te sigo y que no te saco del pensamiento. Y ahora, además, te mando otro notición para que, si te parece, lo cuentes en tu Blog ¿Quién ha venido a Tazacorte a quedarse un tiempito, él, su mujer y sus hijos? ¿Quién? Lo has adivinado: ¡George Clooney! Yo sé que a ti esto te va a gustar porque una vez me contaste que te sacaste una foto en la puerta de su mansión en el Lago Como y que ni poco presumiste del tema. 

Y mira que estuvo buscando sitio para quedarse y hacer la película que va a rodar. Hasta en Tenerife estuvo dando vueltas, pero al final vio Tazacorte y se quedó privado ¡Y si vieras dónde se quedó! En "La Hacienda de Abajo", el mejor Hotel de Canarias. Vai, hay que verlo...¡Hasta capilla y santos tiene, que parece una catedral! Con decirte que yo, cada vez que (de regolifiona) voy por allí, digo que voy a tomarme un café pero a lo que voy de verdad es a echarle un rezado a Santa Catalina, que está en el comedor en un cuadro precioso (yo soy muy de Santa Catalina, como ya sabes). ¡Y las lámparas de cristal de Murano y las vitrinas llenas de marfiles y los espejos dorados con cornucopias y las estatuas chinas y los jardines...! ¡Ya quisiera Versalles! La única pega es que el Hotel es de uno de Argual pero todo no se puede tener. ¡Pero al menos no es de uno de Los Llanos!

Y bueno, la confianza que ya tenemos con George, Yor para nosotros. ¿Tú te acuerdas de la historia aquella que me contaste de cuando Bernard Shaw (pronúnciese "Chou") fue a Tenerife? Cuando fue a subir a un taxi, el capitoste que lo recibió le dijo al taxista. "¡Y mucho ojo, cuídelo bien que es nada menos que Bernard Chou!". El taxista dijo: "Ta bien", y virándose para atrás, le dijo: "¿A dónde vamos, Cho Bernardo?". Pues nosotros ahora igual de campechanos , que si Yor y Amal por aquí y que si Amal y Yor por allá. Vai, hasta a Nespresso nos han invitado, que se trajeron con ellos un supermaquinón...

Se lo han pasado estupendo. Fueron a pasear con los niños por el paseo del Puerto, vieron los delfines en el barco que sale de allí...  y a él lo venía a recoger todos los días un helicóptero para llevarlo que si a Los Tilos, que si al Roque de los Muchachos, que si a Fuencaliente... ¡Imagínate!

Y es que La Palma está de moda, es tendencia como dicen ahora. ¡Buena va...! Hasta el Faro de Barlovento, que estaba hecho polvo, le hicieron un arreglo (ya sabes lo apañaditos que somos los palmeros), lo convirtieron en Hotel y ha quedado tan bien que van a venir los de los Óscar a quedarse. Pero nada como Tazacorte, mira a dónde ha llegado, a venir aquí todos los importantes, ¡buena cosa! Y es que se mire por donde se mire, Tazacorte fue, es y será, por siempre jamás, el "París chiquito".

Un abrazo de esta bagañeta que te quiere.

P. D.: Te mando también para que la pongas una foto que me mandaron de Yor en la Fiesta de los Indianos. Sí, igual es falsa porque ya se había ido el lunes pasado, decía la prensa. Pero no me extraña nada que haya vuelto a escondidas, de incógnito, más que sea a mandarse unas sopas de miel. La Palma, tú lo sabes, tira mucho.
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