martes, 27 de septiembre de 2011

Carritos de caramelos


(Carrito Adrián en la Plaza de España de Santa Cruz . Foto cedida  por su nieto Adrián IR y publicada en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")
Este post se escribió hace 4 años, cuando quemaron el carrito de Doña Nati, en su honor y en el de tantos carritos que alegraron nuestra infancia.


¿Hay algo más mágico para un niño que un carrito de caramelos? Los carritos, en el Santa Cruz de mi infancia, eran una institución, tan indispensable como el cine a las 4, un centro de atracción irresistible en el que, sobre todo los domingos, y cada día a la salida del colegio, los niños recalábamos.

Todos tenemos un carrito de caramelos en nuestras vidas. El carrito era el trasunto de la casita de chocolate de Hansel y Gretel o de los dulces con que tientan a Pinocho. No por nada una de las poesías preferidas de mi hija, de pequeña, y ahora de mis nietos, es “El Hada Acaramelada” de Gloria Fuertes, la historia de un hada que monta un puesto de caramelos gratis a la puerta del colegio (“¡Todo gratis!” regalaba / yoyoes y caramelos… / El Hada cuanto más daba / más se le llenaba el cesto”).

Mis carritos fueron dos. Mientras vivimos en la calle del Pilar, fue el del Abuelo, en el Parque, que, además, era un verdadero carrito: blanco, con dos grandes ruedas, andas para transportarlo y un mostrador de cristal en el que se exhibían todos los tesoros. Y el Abuelo era también un verdadero abuelo, pequeño, arrugado, con pelo blanco y con una paciencia infinita con toda la chiquillería que gritaba a la vez: “¡Abuelo, una melcocha!”, “¡Abuelo, ¿cuánto cuestan las chufas?”, “¡Abuelo, dame una peseta de pipas!”…

Alrededor del carrito, arremolinados, los niños hacíamos transacciones comerciales y administrábamos nuestras finanzas, que ríete tú del Fondo Monetario Internacional. Media peseta se nos iba en pastillas de a perra chica, y otra media, en pastillas de a perra gorda. Y luego la regaliz (la finita y la gorda hueca) con el cartuchito de polvos (“refresco” lo llamábamos) para mojar, y la melcocha, deliciosa y estirable, y el puntiagudo pirulín, mi preferido, que, incluso, cuando, años más tarde, ya casada, supe que en un carrito de la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz los vendían, me fui hasta allí a buscarlos. También, en ocasiones, comprábamos un bastón de caramelo con rayas de colorines que chupábamos por turno y que nos duraba horas y horas. Nunca 5 pesetas, que era nuestro capital semanal, estuvieron tan bien aprovechadas.

Cuando, a mis 12 años, nos mudamos al Barrio del Toscal, mi segundo carrito fue el de Doña Nati, situado estratégicamente en la esquina de García Morato y San Martín, enfrente de Méndez Núñez. Con más prestaciones, allí comprábamos el pan y el periódico por las mañanas y de allí eran los primeros cigarrillos que probaron mi hermano y mis primos. Pero seguía siendo, en esencia, un carrito de dulces y caramelos y también era el lugar por donde, más tarde o más temprano, todos los chicos del barrio pasábamos.

No sé si el carrito del Abuelo sigue estando en su rincón del Parque. Hace unos años pasé por allí y sí estaba, convertido en quiosco y con un letrero, “El Abuelo”, que lo recordaba. Pero el carrito de Doña Nati, aunque hace tiempo que estaba cerrado, sí que seguía estando firme en su esquina, como un símbolo de permanencia. Hasta que esta semana pasada, en la madrugada del lunes, unos desaprensivos, gamberros e incívicos personajes lo han quemado.

La noticia (¿Sabes que han quemado el carrito de Doña Nati?) enseguida voló entre todos los que en su día lo conocimos y a todos nos sacudió y nos dejó un regusto amargo: indignación ante una ruindad innecesaria, pena por la destrucción de una parte de nosotros, consternación -¿quién puede querer destruir un carrito de caramelos?- y, al final, una certeza: quienes lo hicieron nunca fueron niños.


(Carrito de Paco en la calle 25 de Julio. Publicado en "Fotos antiguas de Tenerife a. de 1980")

31 comentarios:

  1. Pues en Laguna, yo tenía varios carritos, no cerca de mi casa que en aquella época estaba en las afueras, no había calles asfaltadas sino caminos y solares donde traían a pastar a los rebaños de ovejas, pero sí en mi trayecto hacia el colegio o al cine de los domingos que aquí también era a las 4.

    El de La Concepción era el más cercano. Nosotros no comprábamos regaliz, sino "regalías", tampoco melcochas, sino "mercorchas". Al fin y al cabo, no éramos de la capital. Junto con los refrescos y los "pilurines" (que no pirulíes), estaban los chiches bazooka y doubles (de estos últimos tengo el sabor metido en el coco, pues no los he vuelto a ver), una pastillas grandes, de distintos colores y por lo tanto sabores, y con canalitos a lo largo (no sé cómo explicarlo, pero los que las conocieron se acordarán), que costaban dos perras. Aquí solo les poníamos el apellido a la perra chica, la otra era una perra a secas. Etc, etc., a cual más apetecible, pero teníamos que elegir, un domingo una cosa, otro otra, qué remedio.

    Tieness razón ¿cómo podíamos estirar tanto la paga semanal, y encima ahorrar algo para las fiestas del Cristo o para comprar figuritas para el nacimiento cuando se acercaba la Navidad? Misterio.

    Cuando íbamos al cine Coliseum o al Teatro Leal, se ponían unas viejitas vestidas de negro, con pañuelo en la cabeza, también negro, amarrado al cuello, a las que llamaban "Las Girolas", con golosinas en un cestito y una pequeña ruleta de esas de clavos, donde te podía tocar por una perra algo que valía un real ¡eso sí que era emocionante!

    No quiero que se me quede en el tintero otro carrito que también estabas en La Concepción un poco más abajo, en el que sólo vendían rosquetes: de a perra, de a real y de a media peseta, según el tamaño, ¡qué delicia!

    Y para terminar, un recuerdo ya de mayor, bueno, de cuando tenía 16 años e iba a clase de griego con Olguita. Los de mi época en La Laguna saben de quien hablo. Bueno, pues nos parábamos en el carrito de La Catedral a comprar un rosquete de a peseta (ya habían subido, claro, la inflación), de esos rellenos de batata Mmmmm!!! Nos quedábamos como nuevos.

    Y perdona que haya sido tan larga, pero es que esta vez tocaste mi fibra sensible

    Hasta pronto y que nunca las mañas pierdas

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    1. Lo importante de las melcochas, mercorchas o melcorchas (que de las 3 formas las nombrábamos, aunque el diccionario ponga la primera), más que el nombre era el sabor delicioso, que te llenaba todo el paladar. Y me trajiste también a la memoria los chicles bazoka y los doubles, con los que hacíamos unas bombas tremendas. Me acuerdo de que una vez a mi hermana se le pegó en el pelo una y hubo que cortárselo casi al rape ¡Y los rosquetes! ¡Y las pachangas! Mmmmm... Son esos sabores perdidos que, por lo menos yo, no he vuelto a probar después

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  2. Juan Pérez Pérez9 de octubre de 2015, 16:30

    Mi carrito no existía como tal. Eran la venta de la Plaza y la cantina del cine. Cuando se hacía el descanso en la película del domingo, salíamos a pelearnos como veíamos en la pantalla y luego nos comprabamos un chicle bazoca(con historieta incluida) y otras veces un pirulín de fresa o de otro sabor(nunca lo supe), tal vez vainilla o anís. Lo bueno era que conocíamos al señor que los hacía y claro, su apodo era Pirulín. Y no había mas dinero para comprar golosinas.
    Los helados llegaron unos años después. Un abrazo.

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    1. Había olvidado el papel de "carritos" que hacían las cantinas del cine , en aquellos tiempos que en los dos sitios se vendía los mismo (chocolates, caramelos, dulces...). No como ahora, que casi lo único que venden en el cine son esos baldes de cotufas que todo el mundo come ¿No hay otra cosa?

      Y recuerdo con deleite el sabor del chicle y también la lectura de las historietas de Bazzoka Joe. Los chicles bazoka son una parte tan importante de nuestras preferencias infantiles que mi amigo Melchor les dedicó un post entero, muy divertido, sólo a ellos.

      ¡Y buenos son los palmeros para no poner apodos! Supongo que yo también probé en mi infancia esos pirulines que dices ¡Quién los pudiera saborear ahora!

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  3. En mi caso, como en el tuyo, también son dos los carritos que hay en mi vida. Uno, el que citas del Abuelo, en el Parque Municipal (entonces) y, hoy, Parque García Sanabria. Lo tenía a mitad de camino entre el Colegio y la casa de mis abuelos, a donde iba a comer al mediodía de la jornada escolar.
    Mi gusto por las chucherías nunca fue excesivo, pero de allí me encantaban las melcochas, los pirulines y la regalía, que aún hoy, me sigue gustando. Alguna vez probé los tamarindos y las algarrobas que vendía el Abuelo y, por lo exóticos, los recuerdo de manera especial. Mi abuelo, fumador de cigarrillos rubios, más de una vez me mandó a ese carrito a comprarle una cajetilla y, como premio, me decía que pidiera para mí, lo que más me gustara: regalía y pirulín. Como supondrás, no me costaba mucho cumplir con su encargo.
    El otro, estaba en el Puente Zurita, unas calles más abajo de donde vivía con mis padres. Era muy popular en los barrios de Salamanca y del Uruguay y lo conocíamos por el carrito de Domingo. Llegó hasta hacer y vender unos churros riquísimos, que mis hermanos y yo bajábamos a comprar los domingos por la mañana, para desayunar. También comprábamos allí el pan y el periódico de todos los días. Más tarde, se haría cargo de él su viuda, Dña. Primitiva. Luego, lo sustituyó un kiosco que se mantuvo hasta no hace mucho. La llegada del tranvía y la reestructuración de la zona motivaron su desaparición.
    Como bien dices, aquellos carritos forman parte de nuestro imaginario infanto-juvenil, tanto como formaron parte del paisaje urbano de aquella época.
    Enhorabuena, amiga, por seguir reavivando y recuperando los buenos momentos vividos.

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    1. Los carritos de churros que yo conocí estaban, uno, al lado del Parque Recreativo, donde ahora está la Caja de Ahorros. Allí íbamos los domingos, después de la misa de 9, a surtirnos del desayuno de la mañana. Otro, el de la recova de toda la vida. Y otro era, en Los Realejos, el carrito de mi amiga Marilena, que estaba enfrente de la casa de mis tíos, donde yo pasaba el verano. Pero técnicamente los 3 sólo se dedicaban a churros (y no era poco)

      Mi gusto por las chucherías a estas edades ha derivado en afición a las peladillas, fíjate tú si es capricho...

      Me voy a comer una ahora mismo.

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  4. Mi carrito de las golosinas era el que estaba delante del cine Landia en La Cuesta. Pasábamos por delante todos los días para ir al colegio y era allí donde comprábamos los pirulines de punta (ese caramelo rojo, amarillo o verde estirándose y pegándose a los dientes. Si alguno se estaba moviendo lo perdías allí), los pirulines de sombrerito (con el papel que no había forma humana de despegar del caramelo), las pastillas grandes o chicas (naranja, limón), los regalines (plural de regaliz) que dejaban la lengua negra, las melcochas que se alargaban y moldeaban con facilidad, los chicles bazooka (cuando algún amigo no tenía, cada uno le daba un trocito del suyo) y los refrescos ( la primera efervescencia que conocimos).
    En el cine gastaba una pequeña cantidad los domingos en un helado en el descanso (un polo de fresa o de menta) y algo más a la salida.
    Mi otro carrito era el del helado, que pasaba algunas tardes por mi calle en Las Palmas y que anunciaba el heladero con una música de trompetilla que nos hacía salir disparados de casa como si se tratara del mismísimo flautista de Hamelin.

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    1. Mi marido, que vivió de niño en Vistabella, a lo mejor alguna vez coincidió contigo en el carrito del Cine Landia, en el que se gastaba todo lo que le sobraba del cine. Yo me comía al final los pirulines de sombrerito y los otros (precedentes ilustres del chupa-chups) con papel y todo.

      Los carritos de helados eran otra cosa, otra atracción mágica para nosotros. Recuerdo uno en el que el heladero, con su gorrita blanca, iba gritando: "¡Un heladito para el niño! ¡Un heladito para la niña!" ¿Te acuerdas de los cortes de helado? ¿Y de los polos de limón? ¿Y los cucuruchos de turrón? ¡Qé país de las maravillas es el de las golosinas!

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  5. De pequeña,yo también era del club de fans de doña nati.todavía recuerdo con placer unas pastillitas de limón de media perra que estaban de rechupete.pero menos mal que con el tiempo, la afición por las golosinas va desapareciendo ,porque con doce años ya me empastaron algunas muelas.!eran los daños colaterales que pagamos por esos pequeños placeres !

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    1. ¿Por qué desaparece con los años la afición a las golosinas? (excepto la mía a las peladillas y las de mi amigo Manolo a los turrones todo el año) En un libro muy divertido de P.G. Wodehouse, "El gas de la risa", un adulto se transforma en un niño y lo primero que le pasa es que le entran unas ganas enormes de chucherías: "...erraba evocando, con espantosa insistencia, helados, bombones, buñuelos, chocolates, pasteles, pirulíes y chupetes. Y todas las golosinas restantes que se puedan imaginar. No había forma de arrancarme de aquellas tentaciones. Con terrible esfuerzo separaba mi mente del atractivo de un helado para..., ¡zas!, caer como un rayo sobre un montón de apetitosos buñuelos... Y apenas había huido de la visión de los buñuelos cuando surgía la de la calabaza en dulce y los pastelillos". A lo mejor es necesidad de azúcar que tenemos de niño, tú lo sabrás más que yo.

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    2. Yo no creo que las aficiones a comer chucherías, dulces, helados y demás placeres de la infancia, se pierdan. Lo que creo es que aparece la grasa en forma de colesterol, los triglicéridos, el azúcar y todo eso que nos deja al descubierto un simple análisis de sangre, traducidos en sobrepeso, diabetes incipiente, etc.
      Eso es lo que tiene ir añadiendo años a la vida. Pero no importa. Se sustituyen con otra clase de gustos y aficiones que, con cuidado, compensan las ventajas de haber sido niños y jóvenes que disfrutamos de todo eso, en su momento.
      Ahora mismo, yo lo paso muy bien leyendo este post y sus comentarios, recordando todo aquello y no sintiendo nostalgia por lo que pude hacer y ya no puedo ni debo.

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    3. El sentido común del Visitante del comentario más abajo, ese no puedo y no debo, nos hace sentirnos peor cuando caemos en la tentación. Tiene toda la razón, es lo que tienen los años: menos dulzuras y más represiones. Pero también es provechoso el consolarnos con las otras dulzuras (esas que no sean pecado ni engorden), qué se le va a hacer. Gracias por un comentario tan positivo.

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  6. Los que lo han hecho además de todo ¿qué sacan? En serio ¿qué les aporta la destrucción de algo que ni les viene ni les va?

    ¿Hay gente que disfruta destruyendo porque no puede crear?

    Y menos nada tan hermoso como lo tú haces con estas entradas tan tiernas.

    Y eso que yo nunca he sido "de chuches", más bien de pastelería... ay, el dulce ¡Qué encanto tendrá!

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    1. Manuel Vicent, el domingo pasado en su columna de "El País", hablaba de la gente que destruye escaparates o arma pifostios sin más ni más, y, en parte, lo achaca a la desesperación que produce esta crisis económica, por lo que cualquier chispazo (un triunfo deportivo, una carga desmedida de la policía o el simple tedio) basta para desencadenar una tempestad. Dice que los desesperados se sienten redimidos por la violencia callejera y que es una manera de creerse héroes. No sé si Vicent tiene razón porque de todo parece tener culpa la crisis. Pero pienso que siempre han existido gamberros y que ningún daño de ese tipo (Yaya, la hija de Doña Nati, estaba desolada) tiene justificación.

      Y sí que tienen encanto los dulces ¿Cómo nadie ha hecho una "Oda a las milhojas" o un "Poema del mus de chocolate"?

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  7. Para mí existió solamente el carrito de Doña Nati y me trae recuerdos, no sólo de sus golosinas.
    Nosotros vivíamos en un piso, debajo del cual estaba el garaje donde Doña Nati guardaba su carrito todas las noches y lo sacaba por las mañanas.
    Mi recuerdo es de Doña Nati empujando con un esfuerzo tremendo aquel carrito de color blanco, con unas ruedas muy grandes y las golosinas colgando del techo (no sé cómo las amarraba), que se movían al compás del andar de ella. Y los colores que recuerdo son los rojos de las piruletas y los blancos de los papelitos plisados de los chupetes y del delantal de ella, impecable.
    Luego, el carrito se hizo fijo, más grande y con más cosas que golosinas, vendía revistas, periódicos, dulces.
    Sus pachangas estaban buenísimas y qué decir de las medias lunas...
    A mi madre le guardaba todas las semanas el "Hola"
    Unos vecinos que se fueron a vivir a Las Palmas, siempre que venían a Tenerife, pasaban por el carrito para comprar melcocha, pues no la encontraban allí.
    Mi padre compraba las novelas del oeste todas las semanas y, ya enfermo, mandaba a la nieta: "De camino...los Camel sin filtro... a escondidas".

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    1. Gracias, Esther, por traer el recuerdo de aquellos tiempos y de una mujer con coraje y ganas de salir adelante, que logró el cariño y el respeto de todo el barrio. Menos mal que no vivió para ver la quema de su carrito.

      Yo, ay, también recuerdo sus pachangas...

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  8. Muy bonito tus recuerdos de los carritos ,,,yo recuerdo muchos pero los que nunca olvidaré son ,el del puente Zurita que los domingo hacía churros ,toda la semana lo normal ,chuflas ,regalias ,mercochas ,pan ,, el dueño se llamaba Domingo alias el urón,, Q.E.D.,,,y el otro como nó ,el de Paco en la plaza de los Patos ,nuestro avituallamiento de bocadillos de chorizo de perros a los que estudiábamos en la Escuela de Comercio ,,,,,,,besos a todas chicas !!!!!

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    1. El carrito de Domingo y sus churros lo nombra un poco más arriba Cehachebé que vivía por la zona en aquellos tiempos. Y los bocadillos de chorizo de perro del carrito de Paco hasta yo -que soy de otro barrio- los oí nombrar. Eran centros neurálgicos en la geografía de la ciudad que todos los niños y chicos teníamos avistados y fichados. No sé si ahora será igual pero no lo parece ¿Dónde se avituallan de golosinas los niños de ahora?

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    2. Isa ,,,,en los Super ,,,,jajaja ,,los pobres no saben lo que se pierden ,,,

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    3. Es verdad, no hay color, Marisol. Los carritos no solo proporcionaban dulces y chuccherías sino que eran puntos de encuentro, centros de intercambio material, instituciones de estudio y cata... y muchas más cosas

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  9. Yo recuerdo el de la esquina de la alameda... había un chocolate inglés que vendían cuadrito por cuadrito una vez dividido... 4 cuadritos = 40 ptas... y luego a la sombra de una pérgola en la plaza España... de cara al mar... ainsssssssssssssss cuando ahí enfrente había mar...

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    1. ¿No sería el de bloque, Gladys? Recuerdo hacer bombón gigante con ese chocolate. Y sí que era una gozada tener el mar tan cerca (y más comiendo chocolate). Una vez escribí sobre quién nos había robado el mar a los santacruceros. Todavía me lo estoy preguntando.

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    2. El bloque... pero el inglés... Zahor lo imitó pero nada... se parece el envoltorio... el resto p'a nada...!!!

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    3. Sí, ese mismo, Gladys. Lo compraba en el cambullonero de la avenida de Anaga, en la trasera de la calle de la Marina. Mmmmmmmm... ¡qué rico era!

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  10. Entrañable recuerdo el de los carritos.
    Santa Cruz era una ciudad poblada de carritos por los que pasábamos desconsolados por el enorme surtido que presentaban. Todo a la vista, todo acristalado. Hoy con los años se nos presentan pequeños pero a nosotros nos daba la sensación de que eran verdaderos silos de golosinas.
    Ha insertado usted una fotografía del carrito de Paco, con éste posando. Nací algo más arriba de su ubicación por lo que este carrito fue siempre “mi carrito”.
    Los que íbamos a jugar a la plaza de los patos por vivir cerca, los que bajaban de los colegios de La Pureza y Los Escolapios, sumados a los estudiantes de Profesorado Mercantil, y todos aquellos que se reunían en dicha plaza por la concentración de personas, nos reuníamos en el carrito de Paco para comprar las chucherías que indica y también sobres, sellos y prensa de la Isla de Tenerife, incluida La Tarde. También los trabajadores de Correos iban a encargar los desayunos a Paco. Tenía una excelente y amplia cartera de clientes.
    Hoy lo regenta su hija Ana, una amable persona, con la que los vecinos de la zona jugábamos en la Plaza de los Patos y hoy recordamos nuestra niñez.
    Pero también tenía otros carritos en función del día y de la hora:
    Cuando estudiaba en la Salle, solicitábamos salir en el recreo el rato necesario para comprarnos bocadillos para el desayuno; lo hacíamos en el carrito de doña Amadita, dotada de una pronunciada joroba. Como los niños son muy crueles, decíamos ir al carrito de la petuda. Desapareció.
    Los fines de semana, si nuestro camino iba por la Rambla antaño del General Franco, nos deteníamos en el carrito de don Manuel, en el que nos proveíamos de lo necesario para la tarde, fuéramos o no al cine. Lo regenta una persona que no es familia. A este hombre le compré toneladas de garbanzos tostados que íbamos degustando rambla arriba, rambla abajo, porque no teníamos dinero para más.
    En la Rambla de las Tinajas estaba el carrito de doña Ángela. Esta señora no tenía mucha clientela pero, todas las mañanas bajaba de Los Campitos con un burro recogiendo “la comida del cochino”, porque tenía varios y en aquella época los residuos orgánicos se separaban del resto de la basura. A veces no pasaba y nos mandaban a recordarle que al día siguiente debía ir a recogerlos. Actualmente lo regenta una persona que no es de la familia.
    Si nuestro camino iba para el cine Rex, en Méndez Núñez, nos surtíamos en el carrito que hacía esquina frente al Gobierno Civil, hoy Subdelegación del Gobierno. Desapareció.
    Pero, también había un carrito importante en la zona el del “Gallego”, en la parte baja de la Rambla de 25 de Julio, estaba situado frente a Intendencia y la Caja de Reclutas y nuestros mayores nos enviaban allí a comprar la prensa y las revistas del corazón. Estaba bien surtido. Sigue estando.
    SI no tenía lo que necesitábamos, bajábamos un poco a la calle Robayna, junto a los pabellones militares al carrito Moreno. Sigue estando, muy bien surtido y con mucha clientela.
    El carrito del abuelo, era el refugio cuando íbamos a jugar al parque García Sanabria, ya no existe como tal y el que tiene auge actualmente está en la esquina opuesta en el propio parque, no me acuerdo del nombre.
    Por último, el estanco de doña Nati, que bien mencionas, lo conocí cuando era algo mayor (17 años) y enamoraba con la que hoy es mi esposa, que vivía en Méndez Núñez. Desapareció como ha comentado.
    Ahora bien, ninguno de los carritos que aún perduran, son como los carritos que conocimos y cuya fotografía lo ilustra. Ahora son pequeños estancos.
    Cosas del progreso.

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    1. ¡Qué buen repaso has dado, Saltador! (Permíteme que te tutee, que me sale más natural con los que parece que están cercanos a mi edad y a mis vivencias). Me has hecho recordar los que tenía olvidados cuando íbamos al Cine Rex, el que estaba en la Rambla cerca de La Estatua (yo, como dominica, lo frecuenté menos pero me acuerdo de los garbanzos) y el de la Rambla de las Tinajas. Eran, para nosotros, verdaderos templos de la golosonería y la abundancia. Me alegra haberlos conocido y me alegra recordar los sabores (ya perdidos también) de nuestra infancia.

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  11. Refrescos con regaliz y los pirulines blanditos.Ummmmm

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    1. Y chicles, y caramelos, y chocolatinas, y palmeras, y pachangas, y, y, y... ¡Ay, Dios, que nos perdemos!

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  12. Qué recuerdos Isabel, gracias por volver a vivir estos maravillosos tiempos.

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    1. No sé si eran maravillosos, pero supimos aprovechar lo bueno que tenían y los disfrutamos.

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  13. Hola, me he encontrado con este blog buscando información sobre el siglo pasado en Santa Cruz. Mi abuela Lola y mi madre tenían desde los años 50 un carrito de dulces en la calle de la Luna junto al Cine parque recreativo. Lo heredó de su padre Bonifacio. ¿Alguien me podría decir si le suena? Se lo agradecería mucho.
    Un saludo y muchas gracias

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