lunes, 16 de marzo de 2015

Mi casa es mi castillo




Toda persona tiene inscrito en sus genes, estoy segura, el afán de tener un lugar donde vivir que sea enteramente suyo. Un sitio íntimo, recogido, privado, en el que del mundo exterior solo entren aquellos que tú quieras.

Cuando yo era pequeña y vivía en una casa ruidosa, alegre y siempre llena de gente, hice muchos dibujos de mi casa ideal que luego descubrí que mi padre había guardado. La dibujaba como una cueva, tan arregladita ella, con cortinas y todo, en medio de la ladera de una montaña; o como un barco surcando los mares conmigo dentro, viento en popa a toda vela; o como la casita del bosque que aparece en los cuentos y en los sueños. Lo que tenían en común todas mis casas era que estaban en lugares apartados y silenciosos y que desde sus ventanas se derramaba una luz que sugería intimidad y calor de hogar. 

También mis nietos ahora están reuniendo dinero para hacerse una casa del árbol en la que pondrán, me cuentan, sus cosas y sus libros. Virginia Woolf, si no casa, reclamaba una habitación propia, un espacio en el que cimentar la independencia de la mujer en un mundo de hombres. Y Agatha Christie consiguió hacerse, cuando acompañaba a su marido en las excavaciones cerca del Tigris, una pequeña habitación de adobe para alejarse del mundanal ruido en la que el epigrafista de la excavación colocó un letrero que decía "Beit Agatha", la casa de Agatha.

Todos queremos un refugio. Y nos creemos, después de leer mucha novela inglesa y mucho cuento de hadas, lo de "mi casa es mi castillo". Hombre, no se quiere una casa con un foso maloliente rodeándola ni con almenas desde las que arrojar aceite hirviendo a las huestes invasoras, sino una que sea el reino de la intimidad y la tranquilidad.

Así que, cuando me vine a vivir a un lugar lejos de la civilización (ya saben, este sitio por el que solo pasan cinco guaguas al día), me las prometía muy felices en mi casa-castillo (es un decir): mi cueva, mi barco, mi casita del bosque con su luz cálida en el interior. Sin ruidos, sin vecinos arriba ni abajo (al lado vive mi hermana pero eso no cuenta), sin patio común por el que puedas enterarte de las intimidades de señores a los que no conoces de nada, sin paredes delgadas que te permitan oír de la mañana a la noche las canciones de Mari Trini que una vecina fan se empeñe en poner, sin taconeos sobre tu cabeza... Oh, el silencio de las tardes viendo la puesta de sol, el silencio de la mañana solo interrumpido por piares de pájaros y viento en las ramas de los naranjos, el silencio de las noches punteado por croares de ranas...

Pero sí, sí... El mundo conspira para que tu casa no sea un remanso de paz sino algo parecido a la Plaza del Príncipe en carnavales. Ataca por tierra en forma de los que vienen a tu puerta todos los fines de semana a convencerte de sus ideas religiosas o políticas, de los que quieren venderte alfombras portuguesas, de los que te piden dinero para las fiestas o firmas para no sé qué.

Ataca por aire con el tandatachunda de las verbenas todo el verano, puesto a unos decibelios imposibles, y con el anuncio de las muertes ocurridas en el pueblo y los eventos que pregona el coche del Ayuntamiento.

Y ataca -la peor intromisión- por teléfono todos los días, cuando te llaman a cualquier hora para que te cambies a Jazztel, Orange o Vodafone, para que compres un colchón viscoelástico, un filtro de agua o un bono del euromillón, para que contestes a una encuesta larguísima, o para que, con el regalo de una vajilla, te quedes con una enciclopedia.

¿Cómo defenderte? Con los que llegan hasta mi puerta es fácil (a los de las alfombras portuguesas les digo, antes de que empiecen a desplegarlas, que en casa somos todos asmáticos.  Mi hermana, que me oyó el otro día, dice que ella va a decir lo mismo). Pero ¿qué hacer con los del teléfono? Como siempre pienso que los que llaman son unos mandados, procuro no enfadarme y contestarles educadamente que no los puedo atender. Pero últimamente, cuando empiezo a decir que nunca juego a la lotería, o que le estoy dando la comida a mi nietita y no puedo ponerme a contestar preguntas, o que no quiero regalos o no me voy a cambiar de compañía, antes de que termine de hablar, me cuelgan el teléfono abruptamente, sin un "gracias", sin un "disculpe la molestia", y ni siquiera sin un "que te zurzan" que, después de todo, podría llevarnos a un intercambio gracioso de opiniones.

Me están dando ganas, a falta de aceite hirviendo, de poner un contestador, en plan Lord Pauncefoot-Jones con la ceja levantada por encima del monóculo, y soltarle a todo el que llame: "Reservado el derecho de admisión. Para usted, señor, mi casa es mi castillo"

18 comentarios:

  1. Néstor Hernández16 de marzo de 2015, 15:40

    Jijijiji. Me gusta por todo, por la infancia y por la actualidad. A los invasores que les zurzan. Me quedo con la imagen de tu padre guardando en silencio y en su intimidad tus dibujos. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo misma me quedé asombrada, Néstor, cuando los descubrí. Estaban todos con la fecha correspondiente, hasta aquellos de princesas que hice a los 7 años después de ver el Minué de la Bajada de la Virgen. Eso es amor de padre.
      Y tienes razón, qué demonios. Que los zurzan.
      Un abrazo.

      Eliminar
  2. Hola Jane.Muchos queremos que nuestra casa sea un castillo, aunque en mi caso que sea un castillo pequeñito. Lo que me gusta es poder tener algún rato sin que se oiga un rap, los mensajes de "guasap" o los programas de MTV (son para echarse a gritar por no hacer decir otra cosa, no publicable). Pero una cosa es desear y otra bien distinta, tener. Así que me tengo que conformar con ese "castillo imaginario", cuando leo en mi habitación, cuando oigo un poco de música mientras cocino, lavo loza o plancho....
    En cuanto a las llamadas de compañías telefónicas, lo que hago es decir que la señora no está en casa, y si se atreven a preguntar quien soy yo, les digo con acento sureño de criado de Scarlet, o de vendedor cubano: "Soy el señor que limpia en la casa, ¿y tú que quieres chica?", y no sé por qué, cuelgan. Un beso Jane. Otro para tu nuevo nieto. Juan

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo, Juan, que todos hacemos nuestro "castillo", nuestro rincón de relax, incluso en casas relativamente tranquilas como la mía. El mío es aquí, en el cuarto de trabajo, desde donde escribo, leo o pienso en mis cosas.
      A mi marido le pasó lo contrario que a ti. Estaba en el jardín cavando (con las pintas que te puedes imaginar) y vinieron unos testigos de Jehová y le preguntaron que si el señor estaba en casa. Por supuesto, dijo que acababa de salir en ese momento. Moraleja: si no quieres usurpaciones de personalidad, deja de dar la lata.
      Un beso, y también otro de parte de Álvaro. Te lo dará cuando crezca un poco. Ahora está muy entretenido en dormir todo el día.

      Eliminar
  3. Buenos días Jane: ¡Qué bien se está en casa!, aunque no sea un "castillo", pero es la mía. Yo creo que durante años de las personas que hemos vivido en ella van quedando cariño, ilusiones, palabras, también angustias, risas... y que todo ésto se queda en el ambiente de mi casa y me acompaña. Del ruido exterior, aparte de cerrar las ventanas, poco puedo hacer, pero del dentro, si.
    Llamada telefónica justo a la hora en que estaba preparado la comida y yo en todo mi apogeo friendo anchoas: (siempre contesto con la mayor amabilidad, porque pienso que hacen un trabajo bastante duro). La srta. me ofrece un cambio de entidad eléctrica; la escuché y contesté que no me interesaba. Siguió insistiendo, y yo con sonrisa, la volví a contestar que no, así tres veces. Ya un poco harta la dije, "sabe srta. es que a mí me gusta pagar". Exclamación de ella antes de colgar " no te j... la p... vieja".
    Desde entonces procuro fijarme en el número de la llamada y cortar a la primera explicación.
    Un saludo cariñoso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, Rosa María, algo de lo que se ha vivido en una casa debe de impregnar las paredes y el ambiente total, porque, nada más entrar en una casa, se nota que ha sido vivida y disfrutada. Yo también lo noto en mi casa. La hicimos y la estrenamos nosotros, pero espero que mis descendientes dentro de unos años noten que fue una casa querida y feliz.
      ¡Qué mala educación el caso que cuentas! Por eso escribí este post este lunes. Me está pasando cada vez más, Les contestamos con amabilidad (¡si vieras la de encuestas que he contestado!) e incluso a veces hasta se te enfadan. Una vez me hicieron una encuesta de publicidad en televisión y, cuando les dije que es que yo no veo apenas tele, poco menos que me pelearon.
      ¿Se estará contagiando todo el mundo de un entorno en el que oímos gritos y descalificaciones en los debates y en donde hasta el Presidente de la nación se permite insultar? Los asesores de imagen deberían estar al tanto de que queremos otra cosa: algo llamado buena educación.
      Un abrazo, Rosa María.

      Eliminar
  4. Francisco González17 de marzo de 2015, 16:20

    Unas buenas alegaciones.Es verdad,vivimos en un Mundo cada vez más ruidoso.Y en cuanto a contaminación decibélica,éste país se lleva el primer premio del Mundo,creo.De Europa,casi seguro.
    En fin resignación.Y a esperar que la naturaleza vaya ejerciendo su labor.Y que a medida que nos vayamos haciendo mayores,menos agudeza auditiva tendremos.-Si antes,"estos amigos-as" del decibelio,no se adelantan a ella.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La culpa de muchas de las sorderas, Francisco, es de esta contaminación auditiva que tenemos. Mira los que pone la Wikipedia:
      "Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), considera los 70 dB (a), como el límite superior deseable.
      En España, se establece como nivel de confort acústico los 55 dB_{a}. Por encima de este nivel, el sonido resulta pernicioso para el descanso y la comunicación.
      Según estudios de la Unión Europea (2005): «80 millones de personas están expuestas diariamente a niveles de ruido ambiental superiores a 65 dB_{a} y otros 170 millones, lo están a niveles entre 55-65 dB_{a}»."
      Yo me he venido a vivir a un sitio silencioso pero viví mucho tiempo entre el ruido. Por eso entiendo la poca calidad de vida que esto supone. Es una contaminación tanto o más peligrosa que la del aire, la del agua o la del suelo.
      Un saludo.

      Eliminar
    2. Francisco González18 de marzo de 2015, 17:46

      Si así es Isabel.Yo también viví en la zona de más contaminación acústica de la capital: La Salle-El Cano.¡qué no sabré yo de ello!.Buena semana semana.Cs.

      Eliminar
    3. Y yo por la Cruz del Señor. Todas las mañanas desde el alba nos despertaban las guaguas subiendo y bajando y el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse (vivíamos frente a la parada). Mucho tráfico y poco silencio. Salimos escapados de allí.
      Buena semana.

      Eliminar
  5. Debió ser emocionante ver que tu padre había guardado tus dibujos.
    De acuerdo totalmente con la necesidad de nuestro "castillo", hogar dulce hogar. Y ya también me cansé de ser amable y paciente con las llamadas telefónicas, pues recibes cada contestación....
    Como siempre, muy bueno, Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí que fue emocionante, sobre todo porque, aunque no dibujo mal, tampoco era nada del otro mundo. Pero imagino que para un padre es un poco de la infancia de tu hija. Yo también tengo dibujos de mis hijos y de mis nietos.
      Creo que abusan de los buenos, Úrsula (aunque no te veo a ti no siendo amable y paciente, la verdad)
      Un abrazo y gracias.

      Eliminar
  6. Mi madre guardó también todos mis dibujos que hice de chico en distintas edades. Ahora que estoy clasificando sus cosas, he descubierto verdaderas joyas -para mi, claro- que guardaré también y que mis hijos descubrirán cuando registren mis cosas, una vez haya yo dejado este mundo. Entre todos los referidos dibujos no hay uno que describa una casa-castillo y sin embargo profesionalmente me dediqué a ello. Curioso.
    En cuanto a las llamaditas por teléfono de los pesados, estoy verdaderamente harto. Llaman justo cuando estoy sesteando repanchigado en el sillón inclinable y de fondo la tele con los programas de animales en La 2. He optado por no contestar a ningún 91, 956, 984, etc. para no convertirme en un xenófobo por unos segundos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí que es raro que un arquitecto nunca hubiera dibujado casas en su niñez ¿Ni siquiera la clásica de tejado con chimenea y un camino que se pierde en el bosque, con arbolitos al lado? Curioso, curioso...
      Sí, parecen elegir el momento: la siesta, la ducha, la espera de otra llamada urgente... Me han llamado hasta a las 11 de la noche a punto de cerrar los ojos. Anotaré tu solución: no contestar a teléfonos con esos prefijos (por lo menos a esas horas intempestivas).
      Un abrazo, Enrique, y ánimo con esa clasificación. Sé por experiencia que a ratos se hace duro.

      Eliminar
  7. Pues sí, me parece buena idea. Hay algunos muy pesados y, encima, maleducados (por muy mandados que sean).
    Y lo de las alfombras me ha hecho gracia. ¿De verdad van casa por casa a venderlas?
    Un beso!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, Teresa, a cada rato ¡Y mira que yo vivo en el quinto pino! Vienen en sus furgonetas y, si te descuidas, te despliegan las alfombras hablándote al mismo tiempo en portugués. No sé si es el mismo o son distintos, pero desde que yo vivo aquí (hace 30 años) aparecen de vez en cuando.
      Hoy me llamó una ex-compañera de trabajo (ella sigue trabajando) y me contó más casos de mala educación entre los alumnos (por ejemplo, preguntarle a un alumno que qué hace y él contestarle. "¿Y a ti qué coño te importa?") Me dejó sin palabras. Por ahí vendrá la cosa, imagino.
      Un abrazo.

      Eliminar
  8. Lo he conseguido crear con mis propias manos en "Las Castras", El Tanque, recóndito lugar de medianías y cumbres neblinosas tan densas , a veces, que hubieses podido dibujarla y escribir tu bello y hermoso relato en ellas.
    Creo que tu tienes un nieto homónimo, felicidades y a correr detrás de él. Los Álvaros son imparables.
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es el pueblo de mi marido, Álvaro, un sitio precioso, digno para hacerte tu "castillo". Nosotros también proyectamos el nuestro en Tegueste. Desde que compramos el solar nos pasamos dos años, dibujando, poniendo detalles, mirando revistas, comprando algún mueble y paseando mucho para ver casas e ideas. La casa salió a nuestro gusto y, aunque no la creamos con nuestras propias manos, sí lo hicimos con nuestras propias ideas. Y pintamos, barnizamos y sembramos la huerta y el jardín.
      Gracias por la felicitación por mi Álvaro. Es un nombre muy bonito. Los abuelos estamos preparados para correr tras él.
      Un abrazo.

      Eliminar