lunes, 30 de julio de 2018

Yo confieso




Ahora que han pasado 50 años y creo que ya el delito ha prescrito, yo confieso. Me cuesta hacerlo porque a nosotros nos educaron para no salirnos de los cauces de la ley por nada del mundo, y nada más lejos de mi intención que entrar en la misma bolsa que los Urdangarines, Ratos y demás calaña. Pero el caso es que... Bueno, mejor lo cuento para que lo entiendan. Aunque no sé si lo entenderán bien los que han nacido en la era del móvil, aquellos que, con el teléfono en el bolsillo, les basta un click para hablar con Alaska, Siberia o Tegucigalpa. El móvil ha puesto el mundo entero a nuestro alcance.

Pero hace 50 años llamar por teléfono tenía su enjundia. Los primeros teléfonos públicos llegaron a España a finales de los años 20 y mucho tiempo funcionaron a través de centralitas. Las cabinas se generalizaron en los 60, justo en los años en que salí de casa para ir a estudiar fuera. Para hablar con mi novio, por ejemplo, íbamos los dos una vez a la semana (los sábados, porque no había clase) a la Telefónica, él en Valencia y yo en Madrid a la misma hora y hablábamos, cuando una operadora nos ponía en contacto, 6 minutos y va que chuta. Para hablar con mis padres, igual, otros 6 minutos cuando ellos me llamaban al Colegio Mayor. Las llamadas telefónicas eran un artículo de lujo. A veces, cuando ahorraba lo suficiente, llamaba desde una cabina a casa para sacudirme la añoranza.

Y entonces ocurrió el milagro. Nos llegó a todos el rumor de que había una cabina en la Ciudad Universitaria, al lado de Medicina, en la que por una peseta podías llamar a cualquier parte y pegarte hablando todo el tiempo del mundo ¿Quién podía resistirse a algo así? Allá nos fuimos todos los canarios a hacer cola (porque evidentemente el rumor corrió como la pólvora) y casi todos los días me pasaba por la milagrosa cabina a echar una parrafada con mi madre, con mi abuela, con mis hermanos, con mis primos... Hasta si estaba la vecina por allí tomándose el cafecito con mi madre, le pedía que se pusiera para saludarla. Era una gozada.

Desde entonces les veía un encanto especial a las cabinas. No me extrañaba que Tippi Hedren se refugiara en "Los pájaros" en una de ellas, que Superman se cambiara en ellas para dejar de ser Clark Kent (¿dejaría allí tirados su traje de ejecutivo y sus gafas?), que Audrey Hepburn en "Charada" pidiera ayuda agachada en una de ellas... Me encantaba un chiste bobo -que tuve recortado en mi corcho algún tiempo- en el que se veía a un borrachito en la típica cabina roja londinense con sus letreros encima, mirándolos e informando por teléfono: "Estoy en la esquina de las calles Telephone y Telephone". Las cabinas -ahora objetos extraños y sin sentido- formaban parte de nuestra vida cotidiana y aquella de mis años universitarios, cercana a Medicina, más que ninguna.

La cosa duró un par de meses. Y fue precisamente una compañera mía, muy virtuosa ella (pero que no tenía a nadie lejos), la que se chivó a la Telefónica. "¿Se han enterado? ¡¡¡Hay una cabina desde la que pueden hacerse llamadas gratis!!! ¿Lo sabíais?" -nos decía mientras todos negábamos como san Pedro, poniendo cara de póker- "¡Eso hay que denunciarlo!". Porque era un fraude -nos arengaba muy acalorada en plan mitin-, un robo a una empresa seria, a saber cuánto habrían perdido los pobres accionistas... Éramos precisamente nosotros, los que estudiábamos Ética, los primeros que teníamos que velar por la integridad moral de nuestros universitarios. Creo que hasta llegó a hablar de los valores eternos.

Y unos días después acabó todo: las largas charlas con la familia y mi vida criminal. Sí, mi compañera tenía razón. Éticamente era lo que había que hacer. Pero ¡cómo la odiamos todos!





26 comentarios:

  1. Todos hemos hecho,alguna vez,pequeñas trampas en las cabinas cuando estudiamos fuera.

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    1. Jose, yo hubiera hecho hasta señales de humo con tal de comunicarme más con mi familia, sobre todo cuando mi abuela enfermó y después murió. Nostalgiosa teníamos el alma y medio vacíos los bolsillos. Los chicos de ahora, todos con su móvil a cuestas, ni se lo imaginan.

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  2. ¡Cuantos trucos habrian para poder llamar estando lejos!!

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    1. El más conocido (que yo no usé, eh) era ponerle un hilo a la moneda para recuperarla después. Los ingenieros de Telefónica se las veían difíciles para diseñar algoritmos que les permitieran detectar los fraudes. Ya ves tú por dónde, estos servían para agudizar el ingenio por ambas partes :-D

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  3. Begoña Pérez Fernández30 de julio de 2018, 12:10

    Ten por seguro, Isa, que ese hecho poco ético,como tú dices, no produjo ningún descalabro económico a la compañía.Menuda ladrona es la telefonía! No irás al infierno!

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    1. No sabes lo que me tranquilizas, Bego. El infierno me han dicho que es un lugar poco saludable, con mucho gentuallo y mucha contaminación. Quita, quita... A lo mejor se me perdona por aquello de "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón". ;-D

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  4. Charo Borges Velázquez30 de julio de 2018, 16:44

    Yo también confieso que me gustó tu post de hoy. Sobre todo, por ese final dedicado a la ética compañera :-D

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    1. Hay un tipo de personas que son incapaces de ponerse en el lugar del otro y que se creen por encima del bien y del mal. Son los "buenitos" que, encima de fastidiarte el invento, te dan sermones morales y se llenan de indignación ante los fallos ajenos. A mí con esta compañera ética, como tú la llamas con toda tu irónica razón, me pasa como a aquel de La Laguna al que un guardia le puso una multa y le echó encima una rociada afeándole lo mal que lo había hecho, y el tipo contestó: "Múlteme pero no me alegue".
      Muchas gracias por estar siempre ahí. Un abrazo.

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  5. Derechita...derechita a Salto del Negro !!!!

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    1. Bueno, yo me pediría algo más confortable, tipo la de Urdangarín, para mí solita. Bueno, y para mis amigas canarias que en aquellos tiempos también delinquieron. Si me mandan al Salto del Negro me las llevo por delante, jejeje.

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  6. Mi querida amiga, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Creo que siempre hay alguna travesura que contar y la mía, qué casualidad, tiene que ver con esos primeros teléfonos que llegaron a casa. Durante algunos días, mis hermanos y yo moríamos de risa mientras llamábamos a cualquier número de teléfono que viéramos rotulado en un camión o valla publicitaria. El que más repetíamos era: "¿Es la fábrica de hielo? ¿Tienen mucho calor hoy?". Y carcajadas hasta perder el sentido. Suerte que esos teléfonos no delataban como hoy el número emisor porque, si así fuera, mi padre nos hubiera encerrado en un iglú durante una larga temporada... ja ja ja.

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    1. Es verdad que vacilábamos un montón haciendo llamadas de broma. Y cuando nos pedían el número de teléfono para cualquier cosa, dábamos el del manicomio. Los sufridos interlocutores seguro que se parecían al Capitán Haddock, el de Tintín, que a cada rato recibe llamadas preguntando por la Carnicería Sanzot y él se sube por las paredes. Ahora no le veo la gracia y de hecho la gente no suele hacerlo (a lo mejor por eso que dices de los teléfonos delatores), pero de pequeños nos moríamos de risa, es verdad.

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  7. Tranquila Jane, que en esa época éramos muchos los que después de hablar le dábamos una paliza al teléfono a ver si devolvía algo. Y cuando salías de la cabina mirabas a todad partes a ver si te habían visto.

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    1. Jajajaja, pues nunca se me ocurrió la solución-paliza ¿Devolvía algo alguna vez?
      Ahora que me acuerdo, una vez en las Ramblas de Barcelona lo que vi fue a un tipo que iba recorriendo todas las cabinas mirando a ver si alguien se había dejado alguna moneda. Algo encontraría porque iba con un entusiasmo...

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  8. Que post más fantástico. Yo tambien recuerdo que cuando estaba fuera, hubo una época en la que mis padres me llamaban a diario, porque había una cabina 'que no tragaba duros' La alegría solo nos duró unas semanas, la voz se corrió y además de las colas que se formaban, hubo hasta heridos por las que se liaba como la conversación del que estaba dentro durara más de la cuenta.

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    1. Muchas gracias, Alex.
      Yo no sé por qué la gente se empeña en amargarnos las alegrías.
      En mi caso, nos lo tomábamos con calma, no sea que nos quitaran el chollo. Calladitos como tumbas o silbando con pinta de "pasaba por aquí".

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  9. ¡Hola Jane! Como siempre tus escritos dan mucho que hablar. Yo recuerdo haber visto más de una vez sacudir el teléfono de la cabina, a ver si vomitaba las monedas que tenía dentro, y a veces lo conseguían. Eso sí que está mal, pero hablar tranquilamente, y que el aparatito en cuestión no te pida más que una peseta, yo no veo nada malo en ello, la verdad. Tendré la conciencia laxa, tal vez. O sea, que me da que la chivata, era eso, una chivata y punto. No más honrada que los que hablaban y hablaban tranquilamente. A lo mejor, hasta menos ;))
    ¡Cómo han cambiado los tiempos! El año que pasé en Inglaterra, hablé solo una vez con mis padres en Navidades, y con nadie más. Escribía y recibía muchas cartas todas las semanas, eso sí.
    Antes de eso, en Madrid, recuerdo que se pedía conferencia con donde fuera, y te contestaban, por ejemplo, tiene 2 horas de demora, y tenías que esperar a que te avisaran.
    También recuerdo cuando pusieron el hilo directo. El primer día permitían hablar gratis, y fue un fiesta ¡imagínate!
    Y así, tantas y tantas cosas...
    Hasta pronto. Un beso

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    1. Yo creo, Arista, que vista la cantidad de trapicheos que hace la gente para quedarse con el dinero ajeno, el que una entrara en una cabina, pusiera su peseta y la cabina graciosamente te dejara hablar hasta que te cansaras, está hasta bien. Era un servicio público a favor de la comunicación familiar. En un Ministerio de Bienestar Social, sería una medida obligada.
      No me acordaba, encima, de las demoras ni de ese primer día del hilo directo. Hay que ver los problemas que puede haber habido en las relaciones humanas por no poder comunicar y cómo han cambiado las cosas.
      ¿Te acuerdas de la canción "Comunicando"?
      Un beso.

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  10. Precisamente, por aquella época en Madrid, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista habían unos teléfonos públicos donde para hablar se ponían una o más fichas y que posteriormente (creo que en el año 1971) se cambiaron por otros de monedas. Y yo confieso que agujeré un duro cerca del borde, le pasé un hilo fuerte e introducía el artilugio por la ranura, hablaba y cuando terminaba tiraba del hilo y recuperaba la moneda. Adiós¡¡¡ Me acabo de dar cuanta que sólo han pasado 47 años y puede que no haya prescrito el delito. Y ahora qué?

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    1. Pues al Salto del Negro también, qué le vamos a hacer. Y tú más años, porque había más premeditación y alevosía (fuerte trabajazo agujereando el duro)
      Eso sí, las charlas que te pegaste y el gusto que te daba por no gastarte nada, eso nadie te lo puede quitar.

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  11. Hola Isa
    Ya que has decidido delatarte, me da no se que permanecer inmerecidamente en la virtud. Asi es que también me acuso de ser una de "los canarios" de la cola de la cabina de medicina. A pesar de que me produce más que inseguridad corregir a tu portentosa memoria, tenho algo que más que de que acusarme. Creo recordar que "la cabina de los Píos" también sufrió tamaño desperfecto y también fui participante de esa otra cola de pecado y vergüenza. Es posible que fuera el año anterior, que tu todavía estabas en La Laguna en "comunes". Si no, olvídalo: lo habré soñado. Mis recuerdos frente a los tuyos, no tienen nada que hacer. Salvo que se refieran a Parmelia perlata o Umbilicaria pustulata.
    Besos

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    1. Pues ya ves, no me acuerdo de la de los Píos. Pero no me extraña porque un artículo que leí hace poco -"Elogio fúnebre de la cabina de teléfono" de Guillermo Altares-, empezaba diciendo: "Una leyenda urbana relata que en los años sesenta existía una cabina de teléfono en París, en los Campos Elíseos, desde la que se podía llamar a España por un franco sin límite de tiempo. La había tuneado un ingeniero de telecomunicaciones y siempre se concentraba una tremenda cola de españoles para llamar a casa." ¡Una leyenda urbana, dice! ¡Como si fuera la del fantasma de la curva! Tú y yo somos testigos de que de leyenda urbana, nada. Un hecho real que probablemente se repitió en otros sitios ¿por qué no?
      Y sabes perfectamente que tienes muy buena memoria. Para aprenderte toda esa letanía de líquenes latinos la necesitas. Yo solo me aprendí esos dos para presumir.
      Más besos.

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  12. Las cabinas unen a miembros de diferentes generaciones y nos separan de otras. Es un hecho. Quien no sabe manejar un teléfono de rueda tiene esquemas mentales diferentes. :)
    Durante mis años universitarios también surgió un truco para hablar gratis, y eso que ya existían los móviles. Pero resultó ser una especie de timo. A mí no sé qué me ofendió más, si el timo o que jugaran con la morriña de la gente.
    Un abrazo.

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    1. El primer teléfono que vi fue en mi casa de pequeña. Era negro, de rueda y de pared. Tenía solo 4 números, 5686, y para nosotros fue mágico. Recuerdo que la Guía de teléfonos tenía entonces muy pocos números y por mi apellido solo nosotros y mis tíos.
      Se suponía que se tenía que usar solo para cosas serias pero mi madre y mis tías (eran muy jóvenes todas) de vez en cuando lo usaban para vacilar con los de la oficina de mi padre.
      ¿Y hay alguien que no sepa usar un teléfono de rueda?
      Un abrazo, Dorotea.

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  13. Increíblemente, sí! XDD Creo que no emplean para nada la lógica, pero ahí están.

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    1. Lo vi el otro día por la tele. A alguien le ponían uno de esos de pared y ni se le ocurría darle la vuelta al redondel. Estos modernos...

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