lunes, 29 de diciembre de 2025

A por uvas



Si hay una época en el año marcada por las tradiciones es esta de Navidad. Y por si fuera poco, algunas propias hemos instituido por nuestra cuenta en casa, como la de comer un pavo en Navidad que, no sé por qué (en mi casa familiar éramos más de conejo o cabrito en salmorejo), es tradición hacerlo desde que mis hijos eran pequeños. El pavo siempre lo hago relleno de frutas, sobre todo de manzanas reinetas y uvas, y ahí precisamente está el latazo de su elaboración, en las uvas, porque llevo cerca de 50 años en que el día 23 o 24 de diciembre me coge pelándolas, que es el trabajo más aburrido que existe. Y menos mal que las uvas ya vienen sin pepitas porque recuerdo estar cerca de 2 horas venga a sacar las pipas. Así mis hijos, en cuanto llegaban esos días, salían escopetados alegando mil excusas, para que no los pusiera, uva va, uva viene, a faenar en una labor tan ingrata.

Estaba yo precisamente este 23 trajinando con las uvas como todos los años y cantando al mismo tiempo el "si vas a Calatayud" (a ver si me animaba), cuando, como un rayo, me vino un pensamiento de esos que te cambian la vida: "¿Qué porras estoy haciendo? ¿De verdad estoy perdiendo 1 hora de mi precioso tiempo en esta tarea tan repetitiva y monótona? ¿Sirve para algo? ¿Cambiará mucho la cosa si las pongo sin pelar? ¿O estoy exagerando? Después de todo solo pierdo una hora...".

Pero entonces recordé un texto que me gustó mucho de Manuel Vicent a propósito de una hora más. Y es que en una hora un cirujano extirpó un cáncer y salvó una vida, en una hora Leonardo da Vinci pintó la inquietante y ambigua sonrisa de la Gioconda, en una hora el fontanero arregló el grifo, el calentador y la cisterna, en una hora el poeta escribió que no había que afligirse por las horas felices de esplendor en la hierba porque su belleza permanece siempre en el recuerdo, en una hora el panadero hizo un pan gallego, crujiente y perfumado, en su horno de leña, en una hora una maestra abrió la mente a sus alumnos y los condujo a la isla del tesoro, en una hora Hamlet puso decidir entre ser y no ser, en una hora Gary Cooper esperó para enfrentarse solo ante el peligro... ¿Y yo en una hora ¡pelando uvas!?.

En ese momento decidí que nunca más, que yo, igual que Onetti cuando decía que prefería perder una discusión que perder el tiempo, le daría prioridad al tiempo por encima de todo, porque no hay mayor riqueza en este mundo que este. Y ese va a ser mi propósito de año nuevo, convencida de que es imperdonable malgastarlo en boberías.

¿Y saben qué? Que después de meter en el pavo más de la mitad de las uvas sin pelar, quedó riquísimo como siempre y nadie se dio cuenta del cambio, ni siquiera yo. Nunca más.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Como en casita


Ustedes me tienen que reconocer que estos tiempos prenavideños son un disparate. Un rebujato de coches casi parados en colas interminables, calles llenas de ruido y furia, gente, gente y gente con cara de mal humor... Oh, ayer se me ocurrió ir a un supermercado y, sin querer, rocé en el brazo a una chica joven. Le pedí disculpas con la mejor de mis sonrisas y, no solo no me contestó, sino que me miró con una cara de odio, como si fuera Voldemort a punto de mandarme la maldición Avada Kedavra. Eso no es normal, y menos cuando por los altavoces sonaba a todo meter el Alegría, alegría, alegría.

En momentos como este es cuando lo que me pide el cuerpo es estar disfrutando de la paz y el silencio de mi casa. Y el universo parece conspirar para ello, como si el mismo ET, el extraterrestre, estuviera ahora invocando melancólico lo de "Teléfono, mi casaaa". La casa como lugar de sosiego. La casa en silencio propiciando la meditación, la lectura, el pensamiento. La casa en que duermes, ríes, proyectas, escribes, sueñas, eres tú misma. La habitación propia que pedían Virginia Woolf y Agatha Christie. A esta última, en uno de sus viajes arqueológicos a Oriente Medio con su marido, le hicieron un cuarto de adobe pequeño y cuadrado y le colocaron en la puerta una placa en escritura cuneiforme en donde ponía Beit Agatha, la casa de Agatha. Allí restauraba figuritas de marfil y fue donde empezó a escribir su deliciosa "Autobiografía". Jane Austen, celebrada ahora bastante por el 250 aniversario de su nacimiento, ambienta sus novelas en las casas desde las que las mujeres mueven el mundo. Escribe: "No hay nada como quedarse en casa para disfrutar de la verdadera comodidad". Hay novelas, como "La mansión embrujada"de Mary Stewart, en la que la casa, Thornyhold, es la protagonista. Y mi hija Ana, en uno de los poemas por los que ganó en el año 94 el Premio Félix Francisco Casanova empezaba diciendo: "Esta es mi casa, / donde trabajo, /vacilo, / siento incompletas la noche / y la mañana. / Donde descanso, / donde respiro, / donde resuelvo penumbras."

Las mujeres, que han reinado toda la vida en la casa,  lo han tenido siempre claro y han reivindicado su valor. Pero estos días es la primera vez que leo que un hombre, un filósofo, Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, defiende, frente al ruido diario, el regreso al hogar como acto de subversión. Dice que "quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia". El hogar es el refugio, donde el silencio es el único lugar en que todavía puedes escucharte, donde, alejados del bullicio exterior,  puedes existir sin que nadie te esté evaluando ni exigiendo nada. La casa como " bastión de libertad, donde vivir sin testigos, sin mercado ni presiones". Volver a la casa se convertiría en la nueva revolución: no gritar, sino callar; no correr, sino detenerse; no exponerse, sino resguardarse.

Ya era hora de que un filósofo cayera en ello. Es verdad que Kant fue bastante casero y nunca salió de su Koegnisberg natal. Pero no se atrevió a contar lo bien que le vino a su creatividad estar en casita. Las mujeres lo han dicho siempre, pero los hombres callaron.

Así que ahora, que es tiempo de formular deseos, quiero para todos que disfruten de su casa, que se acurruquen en estas tardes frías con mantita, té y libros (si es posible, ante un buen fuego) y que se aprovechen del silencio y el calor del hogar  para pensar y gozar. 

Yo estoy ya como la viejita del cuento que, moribunda, le dice al cura que la está consolando con las delicias del cielo: "Ay, sí, padre, pero como en la casita de una...".

lunes, 15 de diciembre de 2025

Una de poesía


Tagore decía que la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos. Pero cuando éramos pequeños, sus palabras nos hubieran dejado fríos y nos burlábamos a más y mejor de los poetas. A lo mejor, porque los mayores nos hacían recitar de memoria, delante de las visitas o en los cumpleaños , poemas que no nos decían nada como el de "A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron...". A veces, riéndonos, hasta hacíamos también poemas tipo haiku: "Soy poeta / porque uso / camiseta". Y nos quedábamos tan anchos como diciendo: "Ahí queda eso".

Pero luego en la adolescencia, esa época tan efervescente, como si fuéramos San Pablo, cayéndose del caballo ante la luz cegadora, la descubríamos. ¡Ah, esos versos de Bécquer ("Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz. Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte. -¡Oh, ven, ven tú!") o Neruda ("Hemos perdido aún este crepúsculo. Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas  mientras la noche azul caía sobre el mundo")!. Ellos nos engancharon para siempre a la poesía y de vez en cuando (porque hay que tomarla como un vino exquisito, a pequeñas dosis) volvemos a encontrarnos con ella, como quien regresa a sus orígenes.

Hay tres señas de identidad que he descubierto en todos los que escriben poesía o la leemos. Una es que la poesía no se lee o se escribe sin más ni más, sino que para hacerlo se necesita un momento especial, un sentimiento intenso que tiene que expresarse de alguna manera. Ida Vitale dice: "Las palabras son nómadas. La mala poesía las vuelve sedentarias". Otra seña es que, a pesar de eso, hay un cierto pudor en los poetas para compartir algo tan íntimo. Todos los poetas que conozco tienen un cajón secreto con cientos de poemas que solo les pertenecen a ellos. Y una tercera, es que hay un hilo invisible que los une y que hace que una sola frase baste para conectar y despertar las almas.

Pongo como ejemplo más cercano a mi hija, la escritora. Una de sus profesoras siempre la animaba a escribir poesía y ella siempre me decía en broma que no estaba lo suficientemente triste para ello. También aunque ya tiene 12 novelas publicadas, solo ha publicado 4 libros de poesía, aunque guarda muchos poemas en la recámara. El último que ha escrito se lo inspiró (el hilo invisible) una frase de Walt Whitman: "Yo soy inmenso y contengo multitudes".

Hoy, en homenaje a la poesía, les regalo aquí ese poema inédito de ella, Ana González Duque, que espero que, como a mí, les guste y les inspire:

CONTENGO MULTITUDES AUNQUE A VECES NO ME QUEPAN

Contengo a la que se muerde la lengua

 hasta hacerse sangre,

 a la que sonríe cuando no quiere,

 a la que asiente para no romper nada,

 ni siquiera a sí misma.

 A la que recoge los platos,

las dudas,

 las excusas,

 y los guarda en un cajón

para que se apaguen solos

Contengo a la que grita.

 A la que prende fuego a su propia voz

 A la que se cansa de ser educada,

 de pedir permiso,

 de apagar incendios.

 A la que dice basta,

 y luego se siente culpable

 —porque así nos enseñaron—

 pero aun así vuelve a decirlo.

Basta.

Soy todas ellas:

 la que camina descalza para no molestar,

 la que golpea el suelo para que la escuchen,

 la que quiere ser un farol,

 la que quiere desaparecer en la penumbra.

Dentro de mí vive un coro

 que nunca ensaya

 y aun así no deja de cantar.

Que desafina,

Que me deja sorda,

Y yo las llevo a todas,

 como quien carga un bolso lleno de piedras

 como quien colecciona versiones de sí misma.

Contengo multitudes,

 sí.

 Y cada una de ellas

 me ha amado

 o me ha dolido

 a su manera.

 Pero todas juntas,

 cuando por fin se miran sin miedo,

 me sostienen.

Porque quizá eso sea ser una misma:

 una procesión imperfecta,

una cola sin orden,

 un puñado de voces

desordenadas

 empeñadas en seguir viviendo.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Tiempo de regalos



Hay dos maneras de recibir un regalo, ya saben. Una es la de mis nietos que, ante la promesa que encierra el paquete cerrado, se lanzan a abrirlo con furia, rompiendo los papeles y tirando alegremente al suelo lazos y adornos varios. Lo que importa es el objeto regalado que suele recibirse con más o menos asombro, risas e ilusión. Siempre recuerdo a mi nieto más pequeño que a los 6 o 7 años, al ver un regalo inesperado, exclamó: "¡Madre del amor hermoso!".

La otra manera es la sosegada, la mía, por ejemplo, que saboreo el momento de abrir el paquete, fantaseo con qué será y, despacio, voy apartando con mimo las florituras y doblando el papel de regalo (¿cómo arrugarlo con lo bonito que es?) y valoro, no tanto el objeto sino el ritual del descubrimiento. Bueno, y a veces, también digo: "¡Madre del amor hermoso!".

Diciembre es tiempo de regalos. Irene Vallejo cuenta que el rito de regalar nace del pensamiento mágico, como una manera de invocar la abundancia, y cuenta: "Los romanos veneraban el primer día del año a Strenia, la diosa latina de la salud. Así nació la costumbre de ofrecer presentes a los seres queridos, como un rito que vinculaba el "estreno" de los regalos con el deseo de un dulce porvenir". Ese día al emperador se le regalaban ramos de laurel y pasteles y a los amigos y parientes, monedas de latón que servían para desearles prosperidad. Y es que lo de regalar viene de antiguo y, aunque probablemente se empezó a hacer regalos por el interés (como hacían los fenicios con aquellos con quienes querían comerciar), seguro que pronto se pasó la costumbre al ámbito familiar ¡Buenos somos los humanos para una sorpresa!

Mi familia es muy regalona. Hace más de 40 años que hacemos un calendario de adviento (en la imagen inicial), muy sui generis, eso sí, porque ahí puede caer de regalo, aparte de los adornos nuevos de navidad para colgar en el árbol y la agenda de 2026 sin la cual no puedo vivir, un bolígrafo, un paquete de chicles, un turrón, un abanico que encontré sin estrenar en un bolso, unos zarcillos con dos árboles de navidad... Cuidado con perder algo o no estrenarlo porque puede aparecer por arte de magia en el calendario de adviento.

Además, también alrededor del 1 de diciembre, mi hermana y yo, con nuestras familias, organizamos una bienvenida a la Navidad en la que probamos el turrón y nos regalamos un detalle navideño, Por ejemplo, este año les regalé a los mayores una lata de navidad con rosquetitos y a los pequeños un nacimiento de figuras de madera con imán para poner en la nevera. Yo recibí flores de Pascua, un farolito, galletas de jengibre, un cuadrito...Otra cosa no, pero a noveleras no hay quién nos gane.

Yo sé que hay mucha gente a la que eso de regalar se le hace cuesta arriba y hablan mucho del materialismo de la vida moderna. Pero fíjate tú que a nosotros no nos pasa. También porque somos muy agradecidos y valoramos, aparte del objeto, el gesto, el detalle, el saber que pensaron en ti cuando lo compraron o lo hicieron. Conmigo lo tienen fácil porque aciertan siempre con libros (aunque tampoco le diría que no a un buen jamón), pero a edades como la mía, cuando a una lo que le sale es irse desprendiendo de cosas, me encantan los regalos inmateriales, que solo ocupan lugar en el corazón: una invitación a un buen restaurante, un viaje con la gente que quiero, una buena experiencia en la  que se aprenden cosas, la visita de mis hijos y nietos... Agradezco sobre todo que me regalen tiempo.

Y hay veces en que me siento regalada por el hecho de estar viva. Esta semana, al abrir la ventana por la noche pude ver en el cielo la superluna de diciembre, la luna fría que la llaman, una luna grande y brillante iluminando el mundo y anunciando las noches más largas y gélidas del año, esas en que lo que nos apetece es estar al lado de un fuego con la gente cercana hablando de historias. A veces la vida también te regala un instante único y te ofrece la luna como regalo.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Bendito santoral



Vaya por delante, y con todos mis respetos para los que sí creen, que yo no creo en los santos. En el diccionario, santo es el "perfecto y libre de toda culpa", y yo suscribo totalmente lo que decía Aristóteles: "Las personas perfectas no hieren, no cometen errores, no mienten... y no existen". Tampoco creo que por su intercesión San Antonio me consiga novio o San Blas me cure de la garganta.

Sí que creo en la bondad humana, a pesar de tanta mala bestia que hay por esos mundos, y me caen bien santos como San Agustín, del que dicen que rezó para que se le concediera el don de la castidad. "Pero todavía no, Dios mío", aseguran que precisó. No era perfecto, no, pero tan humano...

Además, la palabra santo o santa se aplica alegremente a cosas que están muy lejos de serlo: la Santa Inquisición, la Santa Cruzada, la Santa Hermandad... Y también a personas, sí, pero ¿a quién se le ocurriría lo de empezar a nombrar santos y más santos como si fueran administrativos intermediarios entre la plebe y el jefe? No se sabe muy bien cuántos son, dicen que quizás unos 10.000, pero a veces se hace un expurgo (hace medio siglo, sin ir más lejos, se excluyó a 33 santos), y nos dicen que no, que ese santo nunca existió porque no hay evidencia histórica verificable. ¿Y saben quiénes figuran en esa lista? Pues nada menos que santos tan conocidos como San Cristóbal, Santa Verónica, Santa Úrsula, San Valentín (¡Adiós, Día de los enamorados!), Santa Bárbara o San Jorge. Este último se eliminó en 1969 porque no había ninguna prueba de su existencia y, claro, era evidente que tampoco mató a ningún dragón (porque los dragones tampoco han existido, que se sepa). Pero ¿cómo quitar a San Jorge, que ha sido patrón de reinos enteros (Aragón, Portugal, Inglaterra) y de tantas ciudades? Por eso en 2001 se le reincorporó al santoral. Y mira tú, en eso al menos yo estoy de acuerdo, porque cada 23 de abril hace el milagro de que la gente compre y regale libros y sonrisas.

Y con respecto a otros santos también voy ablandándome, no crean, porque esta semana he ido a dos fiestas de dos santos, Mis amigos austriacos siempre celebran San Martín y es tradición una comida con ganso y chucrut a la que nos invitaron. No encontraron aquí un ganso en condiciones, pero tunearon un pato que hizo un digno papel y estaba todo riquísimo. Y este fin de semana ha sido día de San Andrés, que en la isla es el momento en que se abren las bodegas y se prueba el vino nuevo. Hemos ido a probar el que hacen Sixto y María Victoria por las tierras de Fasnia y que acompañaron con castañas asadas,  una pata de cerdo y una impresionante tortilla de 30 huevos y 5 kilos de papas. Fue un rato genial y divertido entre amigos, incluyendo cántigas y vivas a San Andrés.

Hay que reconocer que santos tan bien acompañados de reuniones con buena comida y bebida, en las que se habla y se ríe, en las que a veces hay música y baile y en las que se acaba brindando por él, son siempre bienvenidos. Recuerdo a San Diego y las juergas que armábamos con los compañeros de instituto en casa de Pedro, o las romerías de San Marcos en Tegueste, San Benito en La Laguna o San Isidro en La Orotava, o las hogueras que hacemos en San Juan con el correspondiente tenderete, o las fiestas de San José (dos me he gozado en Valencia, entre el fuego y el ruido), o las fiestas con ventorrillo y cohetes por Santa Rosa en Guamasa o por Santa Catalina en Tacoronte, y tantas verbenas de pueblo bajo la advocación de un santo...

Así que mientras los santos sean el pretexto y el motivo para celebrar un buen festejo, para reunirnos en paz y armonía y para comunicarnos con risas y fiestas, aunque siga sin creer en ellos, ¡bendito santoral!

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