Igual que Martin Luther King en su famoso discurso, yo creo que casi todos nosotros alguna vez hemos pronunciado esas palabras. Mi sueño fue montar entre varios, hace 50 y pico años, una librería-café. Tenía 24 años, llevaba dos años dando clase y en una reunión de amigos, todos profesores y todos lectores, descubrimos que coincidíamos en nuestro sueño. ¿Y si lo hacíamos realidad? Uno dijo que tenía un amigo de un amigo de un amigo que era editor y nos podía ayudar; otro, que podíamos hasta habilitar un rincón de libros prohibidos; otro sugirió hasta clubs de lectura que en aquel tiempo casi no había... Fuimos incluso a ver un sótano que mi padre tenía en la calle de La Rosa para ver si, arreglándolo, servía. No cuajó, claro. Si, en lugar de eso, fuéramos dueños de un gran salón con ventanales hacia un patio silencioso, si hubiéramos tenido más arranque e ilusión, si supiéramos algo del tema o de marketing (palabra que desconocíamos), si hubiéramos tenido un dinero que no teníamos...
Pero por eso, por ese sueño, me gustan tanto las novelas en las que sale una librería. Y por eso también, el otro día, nada más empezar una, Aprender a volar con las alas rotas, de Lola Giulias, reconocí "mi" librería, la de mis sueños. Se llamaba La Columbaia (hasta el nombre, El Palomar en español, me es cercano) y estaba escondida en un pasaje del Ensanche barcelonés en medio de casitas adosadas, todas con un jardín delantero. El de la librería tenía algo de japonés, con un arce y un cerezo en flor, pero también de mediterráneo, "con las paredes tapizadas de glicinias malvas mezcladas con jazmines, los pequeños bojs redondeados, las margaritas y las grandes lavandas en macetas de terracota". Tras subir tres escalones, se entraba a una estancia luminosa "con paredes forradas de estanterías blancas llenas de libros, mesas aquí y allá con las novedades editoriales y, junto a unos ventanales, butacas con mesitas entre ellas". Luego se pasaba a "una sala con salida a un jardín trasero, donde la mayor parte del espacio está dedicado a cafetería".: una barra con un aparador repleto de bandejas de repostería, una antigua vitrina con latas de té, botellas de vinos y licores, tazas, copas... Y todo adornado con detalles relacionados con la literatura. En la novela este rincón maravilloso es el punto de encuentro para que 4 mujeres hallen apoyo y empatía. Me encantó.
Ese es el poder curativo de los libros, nos ayudan a realizar sueños. Aunque eso no significa que renunciemos a ellos. Muchos seguimos teniendo, no solo sueños de ser, sino también de tener, de conocer, de recibir, de sentir, de estudiar, de vivir. Solo que ahora, después de toda una vida, son más modestos, y por eso más realizables: poder dormir de un tirón toda la noche, hacer un viajito corto en el verano, que quien me acompaña en la vida siga siendo él mismo un tiempo más, seguir disfrutando, como el viernes pasado, de una cantadita con guitarras y maracas con los amigos...Y al final, llegar, bien de salud, a la próxima primavera, como en la viñeta de Mafalda.


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