lunes, 27 de abril de 2026

Volver a Rubens


Cada vez que caigo en la tentación y me mando un helado de turrón o unos churros con chocolate o unas costillas con piñas me acuerdo de Doña Panchita y se me quitan todos los remordimientos. Doña Panchita era una señora de mi barrio que estuvo a dieta toda su vida, muerta de hambre y sin bajar ni un kilo, y que guardaba los trajes que le quedaban estrechos "para cuando adelgazara". Hasta que la pobre tuvo un cáncer, se quedó en los huesos y ya no se pudo poner nada más. Y también me acuerdo de una amiga muy querida, que siempre quería bajar unos kilitos (aunque está estupenda), pero los dos momentos de su vida en que los perdió fueron momentos en que fue infeliz. Desde entonces su lema vital, que yo suscribo totalmente, es que es mejor ser una gordita feliz que una flaca desgraciada.

Y es que, a medida que avanza la primavera, no hay más que golpes de pecho por todos lados porque en estos últimos meses de frío nos hemos olvidado de que el verano y el bikini están ahí mismo. El recuerdo de las tortillas, solomillos y bizcochones se desvanece y se ve a todo el mundo  a la búsqueda desesperada de la dieta milagrosa. Una ya ha oído de todo, incluso de un sistema pakistaní que consiste en ponerte un alambre apretado en el brazo que avisa cuando uno engorda. Y Venice A. Fulton, autor de Seis semanas para ser un pibón, propone como remedio a la gordura hinchar un globo en noches alternas durante 6 semanas. Ahí lo dejo por si alguien lo quiere probar.

Lo que pasa es que somos unos disfrutones. Una de mis amigas, cada vez que se pone a dieta. decide celebrarlo con una semana despidiéndose de sus comidas preferidas, yendo cada día a un restaurante, un día donde hagan la mejor fabada, al siguiente a la mejor hamburguesa, el otro a por la mejor ensaladilla... Y a veces las semanas se alargan y ya se sabe.

A ver, yo no digo que estemos todo el día pambufada va, pambujada viene. Lo que propongo es disfrutar de los placeres de la vida dentro de un orden: yo seguir, por ejemplo, con mi aperitivo diario antes del almuerzo (mi vinito o mi vermut con sus mejillones o su paté) o como mi amigo Miguel, que se toma religiosamente un whisky a las 7 viendo la tarde caer, acompañado de un buen jamón y de un buen queso manchego. Y lo que tenemos que hacer, estoy convencida, es cambiar el patrón. En lugar de adaptarnos a la moda de los cuerpos escuálidos y delgaduchos, hacer al revés: que la moda se adapte a nosotros, los rellenitos, que somos más. Lo de estar como una sílfide es una moda pasajera y las modas cambian. ¿Por qué no hacer una campaña de marketing y lavado de cerebro para que el modelo sean las chicas que Rubens pintaba?. Ahí tienen a las tres Gracias, orondas, voluptuosas y satisfechas, después de (seguro) haberse mandado una buena cuchipanda entre pecho y espalda. ¿Por qué si volverán las oscuras golondrinas de tu balcón los muros a colgar, por qué si han vuelto los pantalones de campana y los hombres a la Luna, por qué no van a ponerse otra vez de moda las lorzas y los michelines?

Rellenitos del mundo, no se lo piensen más: a comer bien dentro de un orden y ¡al poder!.

1 comentario:

  1. Gracias Isa...😘😘
    Pues si...a disfrutar de la comida...que todo está buenísimo....👍

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