Ustedes saben, porque me conocen bien después de tanto tiempo compartiendo estos rollitos semanales, que no solo no me importa releer sino que, además, me encanta. E incluso habrá quien recuerde que durante un tiempo cada verano releía con entusiasmo digno de mejor causa los 3 tomos de El Señor de los Anillos. ¡11 veces los releí! Y 11 veces los disfruté.
Sin embargo, tengo amigos que, nada más leer un libro, lo regalan y no lo vuelven a leer nunca más, y que me dicen si no me aburre tanta relectura o si no me siento como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, viviendo una y otra vez con desesperación el mismo día, el Día de la Marmota.
A todos les cuento las ventajas del releer. Un libro, como la vida, sigue normalmente un camino desde que planteas una situación, pasando por uno o más nudos, hasta un final predecible o no. Si ese camino no lo disfruto, soy la reina del expurgo: los regalo y hasta alguno hubo que, aunque me cueste (recuerdo el de Teodicea en la carrera), lo tiro directamente a la basura. Pero ¿cómo descartar el camino recorrido que paladeamos y nos llenó de gozo? ¿No volveríamos a un sitio en el que estamos seguros de que lo volveríamos a pasar tan bien como la primera vez?.
Y es que, además, en esas otras veces vamos encontrando ideas, aspectos nuevos en los que no reparamos la primera vez, aguijoneados por saber qué es lo que va a pasar y cómo terminará la cosa. No nos paramos entonces en aquella descripción de un paisaje fantástico, ni en la frase tan sabia que dice un personaje y que nos hace pensar, ni en la complejidad de una situación difícil... Al releer, el placer es mayor.
Y también otra defensa de la relectura es la seguridad. Sabemos que todo se va a arreglar, que no tenemos que angustiarnos por que el héroe se encuentre preso en una torre oscura en Mordor, que a pesar de que lo persigan orcos, trolls y hasta una araña del tamaño de una casa de dos pisos, él al final va a tirar el Anillo de poder al fuego del Monte del Destino y el mundo se salvará (perdón por el spoiler). Y como sabemos el desenlace, vamos tranquilos y nos recreamos en el camino.
Y no hay que olvidar que toda lectura está mediatizada por las circunstancias en las que la leemos y que la edad y las experiencias de nuestro periplo vital añaden puntos de vista diferentes. No es lo mismo leer Cien años de soledad a los 20 años que a los 70.
Así que sí, releer es gratificante, sigo riendo y llorando donde antes lo hice por primera vez e, igual que el personaje de Bill Murray en su Día de la Marmota, sigue siendo un maravilloso proceso de descubrimiento.
Por eso, este mes de mayo pasado, entre otros libros "vírgenes", empecé a releer las historias de Fray Cadfael de Ellis Peters, que tengo desde los años 90 y que ya he releído alguna que otra vez. Fray Cadfael es un monje benedictino de una abadía inglesa en la Edad Media que desentraña con agudeza crímenes, robos y misterios. He leído 5 novelas de las 17 que tengo y gracias a ello encuentro perlas como este párrafo en que se opone a quienes consideran perverso este mundo, entre ellos a San Agustín: "En aquella resplandeciente luz del ocaso, Cadfael contempló el mundo, desde las rosas del jardín a las labradas piedras de los muros del claustro, y le pareció indiscutiblemente hermoso". ¿Quién no ha experimentado un momento parecido?

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