La verdad es que no he sido, ni soy si seré aficionada al fútbol. Y eso que en estos Mundiales juega Pedri, que nació en el pueblo donde vivo hace 45 años, y al que, por empatía de vecinos, debería aplaudir. Pero ni por esas. Sin embargo, el fútbol tiene sus pequeños-grandes gestos que emocionan, incluso a una profana como yo. Me gustan esos goles que parecen casi imposibles, pero que así y todo, no se sabe cómo, entran en la portería. Me gusta la alegría pura de los niños viendo el fútbol, como la de mi nieto más pequeño, Álvaro, que ahora lo acaban de admitir en un equipo y parece como si tocara las puertas del cielo. Me gustan los gestos de compañerismo entre jugadores, una palmada, un abrazo, un darle la mano al que cae al suelo.
Pero en estos Mundiales hay una escena que me ha gustado por encima de todas: la de los hinchas japoneses con sus globos azules. Miles de aficionados llevaron al partido de su equipo grandes bolsas azules infladas que agitaron con entusiasmo animando a los suyos. Pero al sonar el silbato final, lo que dejó a todos asombrados y dio la vuelta al mundo fue que usaron esas bolsas para recoger la basura que tenían alrededor: botellas, vasos, papeles, latas... Todo lo que en cualquier evento multitudinario se deja normalmente en el suelo.
¡Qué gran lección nos han dado a los cochinos occidentales! Muchos de los amigos que han viajado a Japón, cuando les he preguntado por qué fue lo que más les llamó la atención, me dijeron que fue eso precisamente, la limpieza extrema que se ve por todos lados. No hay papeleras públicas y, sin embargo, no hay un papel en el suelo. Es parte de su cultura dejar los lugares igual o mejor que como los encontramos, pero también tiene que ver con la religión mayoritaria, el sintoísmo, para la cual los dioses forman parte de la naturaleza, y tener limpio el entorno es una manera de respetarlos. Si alguien genera basura, por ejemplo, se come un bocadillo en la calle, el papel que lo contenía se guarda para tirarlo en casa en el contenedor correspondiente; en los colegios, los estudiantes limpian las aulas, los baños y los pasillos; y en los lugares de trabajo tienen claro que funcionan bien si todo esta impecable y ordenadito. ¡Parece demasiado bueno para ser verdad!
Imagínense si esto es así en lo público, cómo será en lo privado. Las casas, superordenadas, en donde no tardas nada en encontrar un destornillador. No solo estarán (como en mi casa) los libros y las especias por orden alfabético, sino todo lo demás como debe ser, ropas por colores, sábanas y colchas por tamaños todas dobladitas, despensas perfectas... No es de extrañar allí el triunfo de Marie Kondo, que se ha hecho millonaria escribiendo libros sobre el arte de organizar.
Y ahora, mírennos a nosotros y visualicen como queda el monte tras una excursión, las calles tras los desfiles, las playas tras una noche de San Juan, las gradas de un campo de fútbol tras el partido, tu casa tras un cumpleaños... Conozco bares en Madrid, en donde se tiran las cáscaras de las gambas al suelo, puafff. Y piensen en la cantidad de horas que hemos perdido en la vida buscando infructuosamente las gafas, las tijeras, el cepillo, las llaves, porque nada está en su sitio.
Sí, más que una religión, la filosofía japonesa es un estilo de vida mucho mejor que la nuestra, dónde va a parar. Así que termino al estilo platónico: los males de la humanidad no tendrán remedio hasta que nos hayamos convertido todos al sintoísmo... O nos hagamos japoneses.
Ahí lo dejo.
