lunes, 10 de agosto de 2026

Ya es afición


Creo que ya lo he contado... Bueno, no pretenderán que, después de 892 escritos en este blog, no me repita alguna vez ¿no? Pues eso, que, aunque creo que ya lo he contado, no pasa nada si lo escuchan otra vez. Érase una (otra) vez que estábamos en un viaje del Imserso, a las 9 de una mañana de invierno en una plaza de Valladolid, un grupo de pobres vejetes oyendo a la guía, todos muertos de frío, todos ateridos debajo de abrigo, gorra, bufanda y paraguas (sí, también llovía), cuando pasó un coche al lado nuestro y el conductor, más compasivo que irónico, bajó el cristal y nos dijo. "¡Ya es afición!". Nos alegró el momento, oigan. Y no me he olvidado nunca, tanto es así que un día de la semana pasada me volví a acordar de aquel buen y sabio señor, tan conocedor de la naturaleza humana.

Es verdad que ahora no era invierno. Todo lo contrario, fue  uno de estos días de este agosto que estamos pasando en el que la conversación más repetida es ¡qué calor! ( o ¡qué calufa!, que aquí tenemos un vocabulario muy rico). Tampoco estábamos en Valladolid, ni en un viaje del Imserso, ni oyendo a ninguna guía que nos ilustrara sobre vete a saber qué (no es raro, dadas las circunstancias aquellas, que ninguno nos acordemos de sobre qué belleza nos ilustraba la tal guía). Bueno, para no tenerlos más en vilo, estaba yo con cinco señoras más en mi pueblo, sudando la gota gorda en nuestra clase de pilates y, porque los ventiladores no bastaban, con las puertas abiertas hacia la calle, de tal modo que cualquiera que pasara por allí y mirase hacia dentro podía ver a un grupo de señoras de una edad incierta haciendo el pino puente con más o menos maestría y creyéndose además Pinito del Oro en su trapecio. Fue entonces cuando me acordé de aquel buen señor de Valladolid y me dije. "Seguro que hay más de uno del pueblo que, viéndonos de esta guisa -casi 30º de temperatura, señoras de más de 70 años, pretendiendo hacer lo mismo que hacíamos en el colegio a los 13, bufando sube una pierna, baja la otra- habrá pensado: ¡Ya es afición!".

Y es que es afición. Miren, si no, la imagen inicial del último instrumento de tortura que estrenamos este mes. ¿A que se parece a una silla eléctrica? Pues en ese y en otros como ese nos vemos subiéndonos con alegría empujando pedales arriba y abajo, con cintas tirantes en manos y piernas, apretando entre las piernas pelotas que no se pueden dejar caer (y, sin embargo, se caen, como diría Galileo), haciendo ejercicios más afines a animales que a personas serias y talluditas (el gato escaldado, el gato contento, la mariposa, la rana... Casi un zoo parecemos)... Incluso a veces la profesora (que yo creo que se está vengando con nosotras de alguna maestra que tuvo), para que nos salga mejor el ejercicio, apela al lado romántico que todas tenemos y nos dice que, para apretar bien las nalgas, imaginemos que vamos a partir una nuez con ellas. Y todo eso lo hacemos con un entusiasmo digno de mejor causa. Bueno, hasta los 3 o 4 minutos de empezar, que es cuando cada una se queja  de que le duele un músculo que hasta ese momento no sabíamos que existía. Y al final, salimos a la calle, doloridas, desgreñadas y sudorosas, ante la mirada compasiva de la gente de mi pueblo.

¿Por qué demonios, entonces, dos veces a la semana, nos presentamos religiosamente en la clase de pilates y encima pagamos por ello? Pues porque desde que empecé, hace más de dos años, se me han engrasado las bielas y camino mejor y hago hasta la pirámide, como si fuera un egipcio de aquellos tiempos; porque, siguiendo a los griegos y el conócete a ti mismo, he aprendido a respirar y a saber de qué pie cojeo; porque me divierto con la excelente profe que tenemos y con mis compañeras de pilates, con las que, aparte de la clase, de vez en cuando quedamos para tomarnos un café o para merendar... 

Algunos dirán que es por masoquismo. Y es masoquismo, sí. Pero también pura afición.

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