Charles Dickens empieza su "Historia de dos ciudades" con uno de los principios que más me gustan de la literatura: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la edad de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad, la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo mejor que tiene, además de ese dominio maravilloso del lenguaje, es que es una descripción que se puede ajustar a cualquier tiempo y, más que a ninguno, a este que estamos viviendo. Son buenos tiempos para seguir luchando y viviendo, pero son malos para enfermarse, aunque sea de un miserable catarro, o para emprender algo nuevo ¡Y no les digo para meterse en obras!
Algo así debió pensar mi amiga Clari. Ella heredó una casa antigua, de esas terreras y pequeñas del Barrio del Toscal, y la alquiló a una profesora. Hace un tiempo esta, que es alérgica a las abejas, la llamó para decirle que había visto a algunas merodeando por allí. Clari mandó a fumigar y la cosa pareció calmarse. Pero ahora volvió a llamarla por una humedad un poco oscura en el techo del dormitorio ¿Humedad? ¡Pero si no ha caído ni una gota, ni siquiera en carnavales que es cuando lo hace para fastidiar! Por esto de estar en pandemia y en semiparada social, hasta esta semana Clari no ha conseguido albañil y, cuando este pudo al fin desplazarse a la casa y le pegó un mandarriazo al techo, del boquete empezó a fluir, como si fuera un anuncio bíblico, ríos de miel. Las abejas se habían metido por un nudo abierto de una viga de madera del techo y allí dentro hicieron un panal, que dejaron atrás cuando se fueron y que ahora, con el calor, se ha licuado derramando un dulce reguero inesperado y pegajoso.
Yo no había oído una cosa así en la vida. Que caigan arañas del techo, sí; ver después de un chaparrón un chorro de agua, también; pero ¿un panal de rica miel como el de Samaniego? Jamás en la vida. Lo más que recuerdo fue, el verano en que nos vinimos a vivir aquí, yo urbanita de toda la vida, un zumbido muy fuerte en la bodega que, por estar bajo tierra, es el cuarto más fresco de la casa. Allí descubrimos miles de abejas que se habían metido por el ventanuco dejando el panal por fuera. Se lo llevó un apicultor y ese fue mi primer encontronazo con la vida en el campo.
Ahora le cuento todo esto a Clari para animarla y para que no le coja manía a las pobres. Le digo que sin las laboriosas y polinizadoras abejas no habría flores, ni frutos ni semillas ni se producirían alimentos ni habría biodiversidad. Desaparecería el mundo tal como lo conocemos y habría otro sin café, ni manzanas, ni almendras, ni cacao (¡Adiós al chocolate, horror!). Le insisto en que una casa con ríos de miel es una casa bendecida. Que ya Jehová habló en la Biblia de esos ríos cuando describió a los israelitas la Tierra Prometida, un lugar que manaba leche y miel, casi, casi (sin la leche) como los ríos que van paredes abajo en su casa.
Pero me da que Clari, después de soportar la maldición del gomero -"En obras te veas"-, después del tiempo y del dinero que ha gastado en la reparación, después de que tuvo que invitar a la inquilina a dormir en su casa mientras se arreglaba el desaguisado, después de hasta soñar con abejas por la noche..., no va a sentir por ellas un cariño fraternal precisamente. Yo ya no sé qué hacer ¿Y si le hablo de la abeja Maya?



