lunes, 24 de junio de 2019

¡Qué gusto hablar con humanos!




Allá por los años 70 durante una temporada me dio por leer ciencia-ficción y empecé por las obras de Asimov y por "2001: una odisea del espacio" de Arthur C. Clarke. Descubrí entonces, años antes de Luke Skywalker y de Han Solo, mundos imaginarios y galaxias muy, muy lejanas, a las que se podía viajar en un pispás y donde los robots convivían con los humanos y se permitían incluso en algunos casos pensar por su cuenta, como HAL 9000, la computadora del viaje espacial de "2001: una odisea del espacio", que, si la dejaran, se cargaba a todo dios.

Leía yo esas novelas, sin embargo, con el firme convencimiento de que nos hablaban de mundos imposibles que nunca se harían realidad ¿Hablar nosotros con las máquinas de tú a tú, vernos sustituidos por ellas, tratar de explicarles algo como amigos del alma? Ni de coña. El ser humano es, a pesar de su fragilidad, una caña pensante (que diría Pascal) y donde esté un buen cerebro que se quiten de delante todos los circuitos del mundo (me decía yo).

¡Qué ilusa! Hete aquí que, 40 años después, hemos llegado a ese mundo. En los últimos tiempos en los que he tenido que hacer bastantes diligencias por teléfono, he hablado casi más con las máquinas que con las personas. Y mira que a mi no me importaría pegarme una buena parrafiada con ellas, buena soy yo alegando y explicando. Pero son ellas las que no me dejan. Si les digo la verdad, nuestras conversaciones adolecen de camaradería y espontaneidad. Vean si no unos cuantos botones de muestra:

1) Ella: Diga brevemente el motivo de su llamada.
Yo: Pues verá, resulta que no me funciona el identificador de llamadas...
Ella (seca y antipática): Perdón, no la he entendido.
Yo (paciente y conciliadora): Es que, mire, antes tenía identificador de llamadas pero desde que me pusieron la fibra...
Ella (más antipática, si cabe): Perdón, esa opción no existe.
Yo: ¿Cómo no va a existir? Si es que...
PLOM (me cuelgan)

2) Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Ella: En unos instantes atenderemos su llamada.
Titirititití (musiquita)...
Y así hasta 300 veces. Me da tiempo hasta de pintarme las uñas. Al final, PLOM, cuelgo yo de pura desesperación.

3) Ella: Por favor, teclee el código asignado para esta operación.
Yo busco las gafas, busco el código asignado, que no estaba en la gaveta que pensaba, busco el teclado, voy poniendo los números despacio para no equivocarme y...
PLOM, se pasó el tiempo y me cuelgan.

4) Ella: Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo (empática total): Mire, es que no me han prestado ningún servicio porque la cosa no está arreglada, pero tampoco quiero perjudicar a nadie...
Ella (impertérrita): Teclee del 1 al 10 su valoración del servicio prestado.
Yo: A la porra, un 5 y va que chuta.
En cuanto lo pongo, PLOM.

He llegado a la conclusión de que con ellas, nada de explicaciones ni conversaciones íntimas. Nuestro amor es imposible, a pesar de "Blade runner". A veces, hasta me da por pensar que detrás hay alguien volviéndonos locos y partiéndose de risa con nuestros improperios y maldiciones. Por eso, me encantó cuando hace poco , casi como un milagro, me salió ¡un humano! Era un chico sevillano al que le conté mis desgracias y, superamable, se puso a buscar mi expediente y le oigo decir: "No, aquí no es, a ver si por aquí...". Enseguida me dice: "Perdone, pero es que alguna vez hablo solo". "Huy -le contesto-, yo me paso el día hablando sola". Y él: "Pues entonces, como decía Antonio Machado, hablará con Dios". "Sí -digo yo- Machado dijo: Quien habla solo espera /hablar con Dios un día". Él: "¡Sí, eso mismo!"...

Ustedes no me digan que no hay diferencia ¡Qué gusto, pero qué gusto hablar con humanos!

martes, 18 de junio de 2019

Me siento medieval

(Castillo de Consuegra)

Hay que precisar ante todo que en mi tierra, Canarias, no hubo Edad Media. Ni castillos, ni justas, ni asedios, ni Cruzadas. Aquí, de la Prehistoria nos plantamos en el Renacimiento y poco después en la Ilustración y nos quedamos tan panchos. Y a lo mejor será por eso, por esa carencia que siento como europea, por lo que tengo una cierta fascinación por todo lo medieval, desde cuando de chica me aficioné a leer todos los colorines del Capitán Trueno. No me extrañaría nada que en otra vida hubiera sido una castellana con toca en la cabeza y llaves en la cintura, asomada a una almena.

Así que siguiendo esta tendencia, durante el mes pasado me he releído la serie completa del monje-detective Fray Cadfael, 20 libros escritos por Ellis Peters en los que la acción se sitúa entre el año 1137 y 1145 en la abadía benedictina de Shrewsbury y sus alrededores. Son unos libros deliciosos, ideales para determinados momentos en los que se quiere desconectar, y en los que están todos los tópicos del medievo: la búsqueda de reliquias como reclamo para la riqueza de la Iglesia aunque sean falsas, las Cruzadas como telón y objetivo de la Cristiandad, los Juicios de Dios, la distinta manera de vivir de nobles, clérigos, siervos de la gleba y hombres libres, las ferias y las fiestas, las pruebas de sangre, los juglares llevando música y poesía de castillo en castillo... Y como fondo el perfumado huerto de la abadía en el que Fray Cadfael ha terminado encontrando su razón de vivir y desde el que extiende su mirada sagaz sobre el género humano y sus vicisitudes.

Ha sido una auténtica inmersión en el mundo medieval que he completado esta semana pasada con una visita a Toledo, corta (5 días) pero intensa y preciosa. Ancha es Castilla es lo primero que decimos ante esta inmensa planicie, arcillosa y verde de olivos y vides, interrumpida de vez en cuando por algun grupito de casas perdidas en medio de la nada. Pero ahí sí que hubo una Edad Media igual que la que leí en los libros y estos días me he deleitado hermanando lo visto con lo leído.
Allí están los castillos con sus barbacanas, su poterna, sus salas donde los soldados dormían sobre la paja, sus caballerizas o sus almenas.
Hay murallas todavía en pie de aquellas que defendieron ciudades en guerras lejanas entre cristianos y árabes.
Se siguen haciendo fiestas, como las Mondas de Talavera de la Reina, en las que se agradece la buena recogida en las cosechas tan propio de una sociedad que antes fue sobre todo rural. O la del Corpus en Toledo el próximo jueves, para la que todo está ya preparado: palios sobre las calles, banderolas y tapices en ventanas y muros, grandes incensarios colgando, lámparas de cristal sobre todo el recorrido de la gran Custodia de oro de la Catedral.
En Oropesa, un alfarero, igual que sus predecesores, sigue acariciando y moldeando la buena arcilla de la que surgirán, como en un truco de magia, platos, jarras o palomas.
Los molinos,como aquellos de los que habló Cervantes, continúan, con sus 8 ventanucos abiertos a los vientos de la meseta (Ábrego Hondo, Matacabras, Toledano, Cierzo, Mariscote... ) y sus inmensas aspas, moliendo bajo piedras descomunales los cereales de ahora.
Pervive el relato de milagros y leyendas, como la del caballo de Alfonso VI que se arrodilló ante una luz en una grieta del suelo que ocultaba un Cristo iluminado o la de la Virgen que bajó del cielo para regalarle una casulla al arzobispo Ildefonso.
Hay en conventos y monasterios (maravilloso San Juan de los Reyes) un aire de otros tiempos que se respira en los silenciosos claustros o en la sala capitular en la que se discutían problemas cotidianos y misterios divinos.
En Toledo se conservan callejuelas estrechas y empedradas, algunas con el cartel "Esta calle es de Toledo", no sea que la roben y la anexionen a la casa de al lado (la picaresca es eterna); hay otras con nombres preciosos, como la de "los siete abujeros"; y otras con cobertizos encima, de casa a casa, y a la altura suficiente para que pueda pasar por debajo un caballo y su jinete con la pica alzada.
Igual que el Hospital de San Gil en las aventuras de fray Cadfael, también el Hospital de Tavera está situado en las afueras de la ciudad para evitar contagios.

Y mientras nos empapábamos del relato de aquellos tiempos y oíamos el canto de Vísperas en el Convento de las Comendadoras de Santiago, todo se conjugó para sentir que todos nosotros también pertenecíamos a esa historia, que somos herederos de esa Edad Media que nos hace un guiño desde los sillares de los muros y la altura de los castillos, que los archivos, leyendas y cuentos en definitiva también hablan de nosotros.

Al terminar el viaje, bajo una luna llena en la noche castellana, suspiro y me digo: "¡Cielos, qué medieval me siento hoy!".

(Toledo) 

(Castillo de Oropesa)
(Custodia de la Catedral de Toledo)

(Claustro de San Juan de los Reyes)
(Molinos de Consuegra)

lunes, 10 de junio de 2019

Que pase misín...




Las de mi quinta seguro que recuerdan el juego en que cantábamos "Que pase misín, que pase misán por la Puerta de Alcalá...". Realmente se decía en sus orígenes "Que pase monsieur, que pase madame", pero los niños de sucesivas generaciones habían transformado el monsieur y madame en esos no menos misteriosos misín y misán. Consistía en que dos niñas (los niños no jugaban a esto) hacían un arco con sus brazos, bajo el cual pasaban una fila de niñas en bucle. La canción seguía con "... las de alante corren mucho y las de atrás se quedarán". Al decir esto último bajaban los brazos y atrapaban a una niña a la que, susurrando para que las demás no lo oyeran, planteaban una elección: ¿Qué prefieres...? Y ahí le daban a elegir, por ejemplo, fresa o chocolate, o manzanas o peras, o lo que se nos ocurriera, cuanto más imaginativo, mejor.  Dependiendo de la elección se ponían detrás de una u otra de las que preguntaban y el final consistía en ver cuál de las dos filas era más poderosa y conseguía tirar al suelo a la otra.

Ya los niños no juegan a esas cosas, creo. Pero me da que los adultos seguimos planteándonos elecciones toda nuestra vida, a veces banales, a veces, estúpidas, a veces trascendentes. Esta semana pasada he tenido la ocasión de ver una de esas alternativas que los humanos escogemos. Se la cuento y ustedes valorarán.

Una opción -Que pase misín...- nos la muestra la prensa estos días: En el Everest ha habido un atasco de más de 200 personas que ya lo quisiera la Autopista del Norte a las 8 de la mañana. Justo a la llegada al pico (y estamos hablando de 8848 m. de altura) se han formado colas como si fueran las rebajas de enero. Personas que pueden haber pagado hasta 70000 dólares por subir al pico más alto del mundo se han apretujado en un sendero de una sola vía esperando que unos bajen para poder subir. Igualito que en el metro, solo que aquí no se exponen únicamente a empujones, sino también a congelaciones, asfixia y al dudoso honor de morir en el Everest (10 personas en 3 días). Eso sí, si sobrevives, podrás hacerte una foto allá arriba, ponerla en el salón de tu casa y enseñársela, más inflado que un globo, a tus vecinos y amigos.

La otra opción -... Que pase misán...- es la elegida por mí este sábado pasado. También es una salida a la naturaleza, pero muy distinta. Fui con un grupo de amigos al Bosque de Agua García a ver las Cuevas de Toledo, un lugar al que, a pesar de estar a media hora de mi casa en coche, era la primera vez que iba. Es un reducto de monteverde, recuerdo de los bosques que poblaron Europa durante el Terciario: senderos anchos y cómodos rodeados de viñátigos (Los Guardianes Centenarios), cuevas hechas por el hombre desde el siglo XVI para extraer materiales para vidrio, puentes de madera sobre barranquillos repletos de helechos y agua al fondo, laureles, jaras, brezos, hiedras y un toque de retama amarilla a la vera del sendero. Caminamos con calma -ramas, raíces, aire y luz- sin encontrarnos con mucha gente y sintiéndonos pequeños y maravillados en un paisaje de cuento.

Ahora toca la pregunta: ¿Qué prefieren? Que pase misín, que pase misán...





(La foto inicial fue tomada por el alpinista nepalí Nirmal Purja en ese atasco del 22 de mayo.
Las fotos del final las tomé en el Barranco de Agua García el 8 de junio)

lunes, 3 de junio de 2019

La isla con 2 puntos cardinales




Mi isla solo tiene 2 puntos cardinales, el norte y el sur. Aquí el este y el oeste como si no existieran, ni se les nombra. El norte -desde Anaga a Punta de Teno- es verde, superpoblado y lleno de guachinches a los que se va a comer costillas con piñas o chuletones de cochino negro con papas arrugadas. El sur - toda la costa desde que se sale de Santa Cruz hacia abajo, se rodea Abona y se llega a Los Gigantes- es seco y asomado al mar en playas muchas veces de arena negra, cerca de las cuales se puede comer un pescado fresco con vino de Güimar, por ejemplo. Aparte, están Santa Cruz y La Laguna que no parecen situarse en ningún punto, y el Teide, en medio de la isla como guardián central y "celoso centinela", que diría Braulio.

De esta isla mía con tan rara situación cardinal habla un libro, "Fotos antiguas de Tenerife" (Centro de la Cultura Popular Canaria), que para celebrar el Día de Canarias me he comprado en la Feria del Libro. Sus autores -Miguel Bravo, Alejandro Carracedo, Rafael Cedrés, Carlos García, Rafael Llanos, Agustín Miranda, Melchor Padilla, Iraides Prieto- llevan un grupo de Facebook sobre este tema con más de 60000 seguidores (entre los que me cuento). En el libro hacen, entre miles, una selección de 50 fotos acompañada cada una de un comentario bastante completo en el que nos cuentan la fecha y las circunstancias en las que se hizo, el lugar en el que fue tomada (muchas veces fruto de una investigación rigurosa), datos curiosos (como un homenaje a los últimos de Filipinas, cuatro de los cuales eran de aquí), detalles de nuestro pasado (los vestidos, las costumbres, los oficios, los paisajes...)... Una visión rápida y certera que nos enseña quiénes fuimos y cómo vivíamos.

Como es lógico, la mayoría de las fotos son de Santa Cruz (25) y de La Laguna (8). Pero también hay 9 del norte, 3 del sur, 3 del Teide y 2 sin sitio reconocido, "Niños de Tenerife" y "Mujer tostando grano para hacer gofio". La más antigua es de 1856 -el Calvario del Puerto de la Cruz, una calle con la Cruz atrás y llena de gente posando, privadas, para la posteridad- , pero hay algunas que yo conocí así: la foto de Bajamar con el Hotel Nautilus, la Autopista del sur en construcción, la Playa de la Arena sin carretera ni apenas casas y solo el Bar "Sol y Arena" vigilando en lo alto, la Falla en las Fiestas de Mayo de Santa Cruz o la calle del Pilar (mi calle) en 1962.

Es un libro para leer con calma -yo lo he hecho este fin de semana, precisamente en el sur, a la orilla del mar-, deleitándonos en los detalles, saboreando el pasado, reconociendo lugares y reconociéndonos. ¿Cómo no asombrarse al ver, en la foto del Quisisana, toda la Rambla a sus pies, hoy llena de coches y vida, convertida entonces en fértiles huertos de papas? Quién nos ha visto y quién nos ve.

¿Mi preferida? Esta, "Las gangocheras en Santa Cruz", de la colección de Manuel Martín Martínez y comentada por Rafael Llanos Penedo, que las retrata a principios del siglo XX en la calle del Castillo (entonces, Alfonso XIII), muy cerquita de la Plaza Weyler cuyos árboles se ven al fondo:




Las gangocheras eran mujeres que venían a vender o a cambiar frutos, verduras, gallinas, pescado, huevos y otras mercancías, con cestones en la cabeza que milagrosamente nunca se caían. Aquí están algunas con los pañuelos cubriéndoles todo el pelo, las blusas con mangas largas y justillo o corpiño, las faldas amplias y estampadas hechas por ellas mismas probablemente, y las cestas en la cabeza como si no les pesaran y fueran un sombrero más ¿Cómo lo harían? Más de una vez de pequeña intenté hacerlo y no hubo manera.

Me gusta por lo oportuno de la foto, por la alegría que transmite casi oyéndose las risas y las voces, como un grupo de amigas jóvenes que acaban de encontrarse en ese momento viniendo de todas partes y se cuentan los chismes. Hay veces en que un libro nos trae una sonrisa y nos transmite noticias -noticias del norte, noticias del sur-. Este, además, nos conecta a esta isla nuestra que, con solo 2 puntos cardinales, puede abarcar un universo entero.

lunes, 27 de mayo de 2019

¿En qué momento me convertí en Doña Isabel?




Sí. sí, ya sé que las cosas cambian de nombre, estoy acostumbrada. Que lo que antes era escudilla, arvejas, descanso, agobio, recova, ahora es bol, guisantes, relax, estrés y mercado. Que las calles de Santa Cruz pasan de llamarse, por ejemplo, en lugar de General Sanjurjo, calle de los Sueños y cosas así. Que hasta las ciudades mudan a través de los siglos: ahí tienen a Estambul, que antes fue Bizancio y Constantinopla; o a Sevilla, que fue Ispal, Hispalia e Isbiliya.

Todo eso lo sé. Ya Heráclito nos advirtió, allá por el siglo VII antes de Cristo, de que la vida es mudanza, cambio y alteración. Pero es que lo mío con mis nombres es mucho. Ya he contado en más de una ocasión que yo iba a llamarme solo María Isabel, pero me añadieron al final el "de los Dolores" porque, aunque mi madre odiaba ese nombre, yo, por llevarle la contraria, voy y nazco el viernes de Dolores. Así que, como "la Virgen lo quiso", ahí me ven siendo Mari Lola en toda mi primera infancia. Es más, no me enteré de que también era Isabel hasta los 6 años cuando fui al colegio. Allí al principio no hacía ni caso cuando me llamaban, como si conmigo no fuera, ese no era mi nombre. Hizo falta una reeducación por parte de mis padres para que lo aceptase. Desde ese momento soy Mari Lola o Mari para mi familia y para los conocidos a través de ella (como los de mis veranos en La Palma, Bajamar o Los Realejos); y para el colegio, mis amigos y mi marido, soy Isabel o Isa (y hasta Sabelita por parte de mi amigo Mingo). Para mis alumnos fui Profe, para mi amiga Nati, Jefa e incluso alguna vez las monjas me llamaban por el apellido (cosa que odiaba). Para ustedes en el Blog tengo el alias de Jane; para mi amiga Antoñita, soy Duquesa, para mis hijos, mamá y para mis nietos, Aba. Si esto fuera la Iliada, igual que Aquiles es "el de los pies ligeros", yo sería "la de los múltiples nombres":

A pesar de esto, he podido vivir con todas mis personalidades sin traumas. Pero lo que me ha dejado descolocada es que, de un tiempo a esta parte, estoy siendo cada vez más Doña Isabel. En Lógica cuando hablamos de términos imprecisos poníamos el ejemplo de "Si a un hombre se le caen los pelos uno a uno ¿cuándo se le puede llamar "calvo"?" Pues a mí me pasa algo parecido, que veo los límites confusos y no sé en qué momento dejé de ser Isa para convertirme en Doña Isabel. 

Me lo llaman los obreros que están haciendo la reforma  de la casa de los abuelos de mi marido, me lo llama la señora que me ayuda en casa, me lo llama el electricista y el fontanero, me lo llaman los camareros de los sitios a los que solemos ir a comer (como ven en la imagen) y los que me atienden en oficinas públicas. Doña Isabel por aquí, Doña Isabel por allá... Y no puedo por menos que pensar: ¡Cielos! ¿Habré cambiado también yo y me estaré volviendo respetable?

lunes, 20 de mayo de 2019

¡Por la familia!




Esta semana el día 15 de mayo ha sido el Día Internacional de las Familias. No sé a quién se le ocurrió eso de los días internacionales, porque hay algunos dedicados a lo más peregrino. Pero si hay algo que merezca ser internacional, es la familia. Todos nacemos en una y, aunque es verdad que hay muchas familias a las que, como se dice, hay que echarles de comer aparte, el vínculo familiar existe, es indestructible en la mayoría de los casos y va muchas veces más allá de los lazos de la sangre.

Además, hay muchas clases de familias ¡Será por familias! Hay familias poliginias (un hombre, 2 o más esposas y sus hijos), hay familias poliandrias (una mujer con 2 o más maridos y sus hijos) y hay algunas todavía más complicadas, como las de los naturales de las Islas Marquesas, en las que un hombre con varias mujeres puede buscarse además a otra que tenga a su vez varios amantes, para que todos vivan juntos (y apechuguen juntos en el trabajo). El resultado puede ser una casa de lo más entretenida. Hay familias patrilocales en las que toda la descendencia masculina sigue viviendo en la casa familiar con sus mujeres e hijos, y hay familias matrilocales en las que son las hijas y los suyos las que se quedan con la familia de la madre. Están nuestras familias modernas que pueden tener tan variadas formas... Bueno, y está la mía, que somos el ciento y la madre. Cada vez que nos reunimos, aunque sea para un cumpleaños de nada, no bajamos de 30.

Este 15 de mayo, como si quisiera significarse especialmente, me han llegado dos sorpresas relacionadas con la familia que me han emocionado. Una, esta carta que mi hija Ana ha colgado ese día en las redes y que, con su permiso, reproduzco junto con la imagen:
No suelo poner fotos personales en redes a menudo. Pero hoy es el Día Internacional de la Familia y creo que es importante decirlo: para mí, la familia es un valor fundamental. No solo el núcleo pequeño (estos cuatro que salimos en la foto) sino los que nos rodean (y esa familia adoptada que son los amigos). Hay muchos "gracias" que no saben a nada, que se dicen por decir, estamos acostumbrados a decirlo mecánicamente. Por eso, este gracias no es mecánico. Gracias por ser mi familia, mi lugar en el mundo. No quiero decir que ese lugar sea impecable . Cometemos errores por los que hay que pedir perdón, nos peleamos y discutimos, pero también nos reconciliamos y nos abrazamos. Nos queremos. Mi familia es mi hogar, mi equipo. Un grupo de personas imperfectas que luchará codo a codo contra todos los obstáculos.

La otra fue una carta de agradecimiento que recibí ese mismo día del hijo de amigos íntimos, que ahora vive en California y al que conozco desde que nació y que considero también parte de mi familia:
Querida Isa: Escribir una carta de agradecimiento es relativamente sencillo: abres el editor de texto y simplemente escribes los que sientes. Ahora bien, escribirte a ti una carta de agradecimiento me está suponiendo un doble reto.
Por un lado, ¿cómo narices lo hago para que una bloguera/escritora/ filósofa/ literata no lea esto y empiece a ver errores gramaticales por todos lados?
Y por otro, ¿cómo logro transmitir que esta carta de agradecimiento no es una más del montón sino una que realmente pienso? 
(...) Lo bueno de los recuerdos es que son todos francamente positivos. Tengo cientos de imágenes en la mente de eventos en familia con ustedes: viajes, cumpleaños, cenas... La verdad es que durante esos años fue como tener otra familia paralela (¡hasta con dos nuevos increíbles hermanos!).
Y ahora me apetecía escribirte esta pequeña nota para decirte que me has impactado de forma muy positiva en la vida y que te agradezco de todo corazón que siempre hayan estado ahí... ¡me siento muy afortunado! (...)

Después de recibir estas dos preciosas cartas que hablan de la gratitud de ser familia, ¿cómo no celebrarlo? Y más cuando me di cuenta de que el 15 de mayo fue también el día en que mi padre y mi madre se casaron hace ya 72 años, provocando con ello que hoy vivamos 21 personas más en el mundo (y las que vendrán). Así que por todo eso, este 15 de mayo por primera vez celebré un Día Internacional: abrí una botella de champán, alcé la copa y, abrazando con la mente a la gente que quiero y a la que siento familia, brindé, como en ese final delicioso de "Hechizo de luna", diciendo bien alto: ¡¡¡Per la famiglia!!! ¡¡¡Por la familia!!!


lunes, 13 de mayo de 2019

La tortura china y Cortázar




Cuando yo era pequeña la China era una galaxia muy, muy lejana. Ninguno de nosotros había visto un chino en su vida. Para mí, igual que un dragón o un hada, eran personajes de los cuentos y aparecían, por ejemplo, en los de Calleja vestidos con exóticos y brillantes trajes, grandes bigotes a veces, y siempre con una larga coleta que asomaba bajo un sombrero estrambótico. Sabían hacer complicados artilugios como ruiseñores mecánicos que cantaban mejor que los vivos y lámparas maravillosas, como la de Aladino, que concedían todos los deseos.

Después, cuando yo tenía más o menos 20 años, empezaron a aparecer por aquí los restaurantes chinos, y el arroz tres delicias y las salsas agridulces se hicieron populares. Más adelante, vinieron las grandes tiendas chinas (cerca de mi casa hay dos) en las que hay de todo como en botica. Y además, ahora todo, todo, hasta un traje de alta costura parisiense, viene de China.

De ahí precisamente vino el regalo que mi hija mandó a pedir y que me regaló el Día de la Madre. Tardó mes y medio en llegar, que no es nada comparado con lo que duró el viaje de Marco Polo allá por el siglo XIII (de 1271 a 1295). Es una pulsera negra y liviana con una pantallita también negra que no solo da la hora y el día sino también los latidos del corazón (con y sin ejercicio) y los pasos que una da al día. Es un trabajo de chinos, no le falta sino hacer croquetas. Mi hija tuvo que meter mi altura y peso para que el chisme calculara los pasos que debo hacer cada día (8000) y ella me rogó encarecidamente que los hiciera porque eso repercutiría enormemente en mi buena salud.

Así que vale, me he puesto a ello, hala, a caminar distancias de 8000 pasos cada día, si es posible en llano. Aunque viviendo donde vivo, en la ladera de una montaña, lo tengo un poco difícil. Por eso me he hecho un listado de algunos recorridos en los que pueda llegar a los dichosos 8000 pasos de una manera entretenida y sin demasiado coste mental.

1. En casa, en lugar de tumbarme a leer que es lo que hacía antes, ahora doy vueltas incesantemente arriba y abajo, alrededor de los muebles, de la casa, de la huerta; saco y meto cosas en los armarios, tiendo ropas, las recojo, las vuelvo a tender, las vuelvo a recoger, camino sin parar hasta cuando me llaman por teléfono, y, ufff, al final... 8000 pasos.

2. Recoger a mis nietos de 4 y 5 años en el colegio, lo cual implica no solo ir hasta sus clases respectivas sino también llevarlos a los columpios o ir a Gorgorito al Parque, buscarlos como una loca cuando se echan a correr, llevarlos a que se coman un helado y distintos juegos alternativos. 9000 pasos.

3. Ir a comprar una bombilla a IKEA. En lo que subo al primer piso, sigo las flechas del suelo, sorteo los sillones, las camas, las cocinas, paso por la cafetería, bajo los escalones, sigo por la loza y las cortinas, llego a las bombillas, las compro y las pago, consigo a veces hasta 10000 pasos.

4. Otras posibilidades que a ustedes se les ocurran y que tengan a bien sugerirme para hacer estos maratones a los que ahora me siento obligada.

Y es que aquí me ven, a mí, que hace 11 años, cuando me jubilé, me quité el reloj para siempre jamás; yo, que no me apunté a ningún curso, ni siquiera de macramé, para no tener horarios, con la pulserita negra atada a mi muñeca desde el alba hasta la noche, llevándome de aquí para allá y prisionera de ella. Como las anillas de las palomas mensajeras de mi marido, como las pulseras fluorescentes de los turistas en los hoteles, como la cadena atada al reo en su celda. Me recuerda el escrito de Cortázar en "Historias de cronopios y de famas", "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj": Cuando te regalan un reloj -dice- te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire (...) Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa... A mí también me han regalado el tener que ponérmelo al levantarme y quitármelo al acostarme, la necesidad de mirarlo a cada rato y sobre todo la obligación de hacer pasos (y apuntarlos en la agenda cada día). ¡Demonios! Como le pasa a Cortázar, no me han regalado nada. ¡Yo soy la regalada a la pulsera-reloj-marcapasos- tortura china!

¡Socorro!
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