lunes, 30 de diciembre de 2019

Momentos felices para 2020: no sin mi agenda




Yo sin mi agenda no soy nada. En ella está mi vida entera: citas, cumpleaños, comidas, menús, diligencias... A veces me dicen que qué memoria tengo. Memoria, narices. Lo que tengo es cada año una agenda en la que escribo todos los días de Dios. Si no fuera por ella no me acordaba ni de quién soy. Me la quitan o se me pierde y entonces sí que me verían haciéndome las eternas preguntas filosóficas: ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué tenía que hacer mañana por la mañana, por Dios?

Por eso, por mi querencia a mi agenda (milagro no le hago una loa... o una ola), fue por lo que me llamó la atención la propuesta que la semana pasada publicó mi hija Ana en Instagram. Decía así:
"Mi agenda está vacía. Vacía no de sueños, ni de planes. Está vacía de prejuicios, de ideas preconcebidas. Sus páginas están en blanco. Vaciarse significa disponerse a cambiar y a crecer. A madurar y avanzar.
No quiero que este sea un año más en el que, al finalizar diciembre, la agenda esté llena solo de trabajo, citas de médicos o revisiones del coche. Escribiré en las páginas de cada día algo bonito que haya pasado: una lectura que me haya gustado, una frase, una llamada que me haya llenado de alegría, un beso... Llenemos los días de 2020 de momentos felices".

Conociéndome y sabiendo que todos mis propósitos de año nuevo se me quedan a la mitad, no sé si podría realizar lo que Ana propone. Así que esta semana hice una especie de ensayo y me puse a apuntar en los últimos días de esta agenda que me ha acompañado en todo 2019 los momentos felices de cada día. La cosa quedó tal que así:

Lunes 23 de diciembre: Comprando las viandas de Nochebuena nos dio hambre a mi marido y a mí y entre Supercor y Mercadona recalamos en "La Thuya". Buen rato y buena comida.
Música de la pianista Clara Haskill al anochecer junto a la chimenea encendida.
Conversación con mis amigas en el chat antes de acostarnos.

Martes 24 de diciembre. Los nietos pequeños me ayudan a poner la mesa para Navidad.
Nochebuena muy divertida con la familia: un mercadillo gratis, caretas graciosas mientras bailamos, una búsqueda del tesoro, un Papá Noel que parece el Tío Cosas, un amigo invisible robado...

Miércoles 25 de diciembre: Mi nieto de 4 años me recita de pe a pa el poema "A Margarita Debayle" de Rubén Darío ("Margarita, está linda la mar...").
Pavo de navidad relleno de frutas compartido con los que quiero.
Rato estupendo después de la comida, al atardecer, mi marido y yo con un amigo de siempre hablando de la vida y sus cosas.

Jueves 26 de diciembre: Hago un regalo ("Fotos antiguas de Tenerife") a un amigo al que le encanta.
Me encuentro a una amiga en La Laguna a la que hacía años que no veía.
Leo un libro de P. G. Wodehouse que me hace reír.

Viernes 27 de diciembre: Consigo entradas para invitar a todos mis nietos a ver en enero en el Teatro Guimerá "Cuento de Navidad" de Dickens.
Cena con los amigos en un restaurante a la orilla del mar.

Sábado 28 de diciembre: Día claro y luminoso.
La brevera  que sembramos hace un par de años en El Tanque ha dado sus primeras cuatro brevas. Dulcísimas.
He visto por centésima vez como todas las navidades "¡Qué bello es vivir!". Como siempre, lloro a mares de la emoción.

Domingo 29 de diciembre: Comida en la casa de El Tanque con hijos y nietos y con mi familia política de Madrid que llegaron hoy. Risas y buena conversación en una mesa de 15 personas.

No ha resultado difícil. Sin darme cuenta tengo la última semana de mi agenda de 2019 llena de ratos bonitos. Y claro que también ha habido ratos que no lo son. Esta es la vida y no un musical de Hollywood. Alguna majadería, tomar un día Ibuprofeno porque la edad no perdona, las compras y el tráfico son un horror, se nos pinchó una rueda el jueves, un par de noches tuve insomnio, esta Nochebuena tocó cenar sin hijos ni nietos... Y además el tiempo ha estado de sur y calima -¿Dónde se ha visto unas Navidades con 26º?- y por supuesto no nos tocó, como corresponde, nada en la lotería.

Pero si cada día no nos regodeamos en lo que nos sale mal y estamos atentos a lo que nos gusta, a final de cada mes la agenda estará repleta de hechos que nos han alegrado el día, puntos de luz que iluminarán nuestra vida ¿Quién se va a acordar de lo malo? Así que, a un día de terminar el año, hago mía la propuesta de mi hija: Llenemos los días de 2020 de momentos felices.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Una iguana en Bajamar




Ante esta foto, ¡una iguana en Bajamar!, me dieron ganas de emular a Caco Senante que, hace muchos años, cantaba lo de "¿Qué es lo que haces tú aquí, una gaviota en Madrid?". Yo te preguntaría a mi vez, iguana mía: ¿Qué es lo que haces tu acá, una iguana en Bajamar? ¿Cómo recalaste por estos rincones, nada parecidos a tus selvas del otro lado del Atlántico? ¿Qué te llevó a abandonar los grandes árboles y los ríos caudalosos en cuya ribera pasabas los días? ¿Viniste, como muchos animales o semillas antes que tú, a bordo de un madero arrastrado por la tibia corriente del Golfo? ¿Viniste empujado por una nostalgia repentina a visitar a tus parientes, los lagartos gigantes de Salmor, que viven en El Hierro, un poco más allá? ¿O fue la curiosidad natural que un descendiente de los ancestros tiene inscrita en sus genes para seguir viajando y yendo cada vez más lejos?

Tal vez -más prosaica la causa- fue un depredador humano el que te cazó en un momento en que, despistada, admirabas las formas de las nubes desde el árbol más alto. Te podría querer para consumo o carnada. O, lo más seguro, para venderte a otro depredador, coleccionista de mascotas exóticas, que te trajo hasta aquí como si fueras un adorno que los demás admiran y luego se convierte en estorbo. Lo que no sabía es que tú, quizás un tataranieto de los últimos dragones, estás tan vivo como él ¿Te soltó para no hacerse responsable? ¿Te escapaste?

Lo cierto es que estás ahí, frente al mar que une tu costa y la mía, y a gusto por lo que parece. Sé que hay dos cosas que te encantan, la soledad y tumbarte al sol en lugares altos para mirar hasta donde se pierde la vista. Juraría incluso que estás sonriendo...

Pero estamos en Navidad y esta es mala fecha para los solitarios, te lo advierto. La gente no quiere ver a nadie solo y se organizan hasta encuentros en Nochebuena para los que lo están. Pero ¿y si ellos no quieren el tumulto, las voces extrañas, los villancicos desafinados? ¿Y si son como tú, amantes del silencio y de la observación?

Tal vez los demás piensan, como en la canción de la gaviota de Senante, que "no te consigues habituar a esta manera de vivir y ya te invade la añoranza". Pero no. Eres un animal de los antiguos que, además, conserva un tercer ojo en la frente, símbolo, dicen, de una sabiduría especial. Sé que te adaptarías fácilmente a vivir en esta costa norteña de mi isla, cerca de las olas y de la luz del sol, alimentándote de tabaibas y tarajales. Y que, quieto en lo alto de un cardón, mirando el mar infinito y respirando el aire de un océano que te es familiar, te pasarías las horas como quien solo tiene pensamientos dulces. Hasta cara de filósofo te veo.

Estoy segura de que es otra forma de pasar una navidad feliz.

(La imagen la hizo mi amiga María Victoria Tejera en Bajamar el día 10 de diciembre)


lunes, 16 de diciembre de 2019

Mujeres de este planeta




Fernando El Pariente era un pescador de La Graciosa que presumía de ser el único graciosero que había nacido en La Playa bajo El Risco. El Risco es el Risco de Famara en Lanzarote, ese farallón impresionante que, protector, vigila desde enfrente a La Graciosa. Antes, las mujeres de los pescadores, después de pasar El Río que separa las dos islas, subían por esa pendiente a vender o a cambiar por otros productos en Haría los pescados frescos que sus maridos o padres pescaban. Y luego (como ven en la imagen) regresaban por el mismo camino cargadas de papas, verduras, granos, aceite y todo lo que en su isla no había.

La madre de El Pariente se puso de parto justo en La Playa bajo el Risco. Allí, atendida por las otras mujeres y acunada por el ruido eterno del mar familiar, dio a luz un hermoso varón. Luego, se repuso un poco, lo dejó en los amorosos brazos de una de las chicas más jóvenes y cogió su carga, se la puso en la cabeza y, hala, allá que se fue a vender la pesca. A la vuelta, con la nueva carga, recogió a su niño y volvió a La Graciosa a recibir los parabienes y sin pensar que había hecho algo extraordinario. Y de hecho a mí esa historia tampoco me extraña nada porque, cuando yo tuve a mi hijo en un parto un poco difícil que me dejó unos días un poco debilucha, Paca, la mujer que venía a ayudar a mi madre en la casa, me echó un sermón terrible, diciéndome que era una floja gandula y que ella, el mismo día en que tuvo a su hija, ya estaba por la tarde lavando a mano un quintal de ropa que le habían encargado. ¡Así se las gastaban las mujeres de antes...!

¿Eran mujeres de otro planeta? ¿O es que ahora hemos perdido fuelle? No. Es verdad que en La Graciosa afortunadamente ya las mujeres hace tiempo que no se pegan esas pechadas risco arriba y que pueden permitirse un día relajado mirando romper las olas en la arena dorada. Pero nunca han dejado de trabajar. Y como ellas, todas las mujeres trabajadoras que conozco, que no paran. Y hasta las jubiladas como yo, en esta época navideña, después de ajetreados días hechos de compras-preparación de comilonas-cuidado de nietos, acabamos agotadas como si hubiéramos subido el risco, con ganas de coger la cama y suspirando por un día ¡un solo día!, libre como el viento, sin cosas por hacer.

" No es cierto -cuenta Ángeles Caso en un artículo de hace años- , como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida...". Nosotras somos las nietas de aquellas mujeres luchadoras y valientes que trabajaban tanto como los hombres y que además lo hacían sin grandes aspavientos: lavando ropa, hilando, arando, cuidando niños, inventando artilugios, ayudando a parir, vendiendo pescados aunque haya que subir riscos... De sexo débil, nada de nada. Que lo sepan.

lunes, 9 de diciembre de 2019

Un árbol como Dios manda




Como todos los años esta semana he hecho el árbol de Navidad. Compré un abeto natural el martes y este fin de semana, que he estado más libre, me puse la gorra roja con la borla blanca a ver si se me pegaba algo de la ligereza de los elfos de Papá Noel y me metí en faena. No se me pegó nada y tuve el salón un par de días patas arriba pero poco a poco lo monté. Afuera llovía y había frío, pero dentro el fuego de la chimenea y la música de los villancicos clásicos aportaban calor al cuerpo y al espíritu.

Primero puse los adornos de cristal nuevos de este año y después los que he ido trayendo cuando voy de viaje por ahí, y los dos corazones de plastilina con los nombres de mis hijos que me hizo mi hermana cuando nacieron y las bolas que mi amiga Conchi hace y que son únicas. Y por supuesto, parte de los adornos que en 48 años desde que tuve casa propia he ido reuniendo. Es mi opción, un abeto tradicional como el que sembró San Bonifacio allá por el siglo VII, equiparándolo a la vida y a la eternidad, y natural como a mí me gusta, que adorne y perfume mi casa durante este mes de la Navidad.

Y ya sé que hay otras opciones y las respeto. Es mucho más sencillo tener un abeto artificial y sacarlo de la caja al principio de diciembre y volverlo a plegar y meter después de Reyes. Sin tener que estar llamando al vivero un día sí y el otro también para saber si ha llegado o lo han subido del muelle, sin cargarlo en el coche a duras penas, sin estar buscando macetas, clavos y piedras para sostenerlo, sin plantearte qué hacer después con él... Tener un árbol artificial es la opción más fácil, pero no estoy de acuerdo en que sea la más natural.

Mi amiga Ani tiene dos hijos amantes de la naturaleza que la han convencido de que un abeto natural es un crimen contra natura porque no se deja crecer al árbol y que, por eso, debe comprar un abeto artificial. Pero para mí lo que es contra natura es lo artificial, los miles de árboles de plástico que vi también esta semana en los bazares chinos que están cerca de mi casa.

Yo amo los árboles, símbolos de sabiduría y permanencia. Recuerdo el poema de Juana de Ibarbourou: "Yo duermo en un árbol. / Es un árbol amigo del agua, / del sol y la brisa, del cielo y del musgo, / de lagartos de ojuelos dorados / y de orugas de un verde esmeralda.". En casa hemos sembrado muchos árboles frutales y también un drago, una palmera y un falso pimentero que hacen amable mi entorno. Sé que los humanos somos anécdotas en sus vidas (el naranjero que da nombre a la casa de los abuelos de mi marido tiene casi 200 años y ha visto pasar a muchas generaciones) y que lo deseable es no interferir. Peto la opción es peor ¿Se imaginan un mundo solo de plástico, no tener camas, sillas, mesas, puertas... de madera sino de plástico? En Suecia vi campos en los que se crían abetos de Navidad y campos de árboles madereros destinados al consumo humano. Nada más talarse un árbol se planta otro porque los árboles son el pulmón de la Tierra y nadie desea que esta sea un desierto.

Cuando dentro de un mes, el 7 de enero, termine la Navidad, mi árbol será quemado y convertido en cenizas que se verterán en el compost de la huerta. Junto con los restos de otros vegetales y la palomina de las palomas abonará al resto de los árboles que es, según el ciclo biológico, una manera de seguir viviendo. Y entretanto, cada vez que pase por el salón, no podré evitar una sonrisa cuando, entre tanta estrella falsa, vea un árbol de verdad, como Dios manda. Qué quieren que les diga, me encanta la Navidad.


lunes, 2 de diciembre de 2019

Besos en los bolsillos




Llevo meses con maguas queriendo ver una película, "Cinema Paradiso", que no vi en su momento (1989) cuando ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa. La busqué por todas partes, le pregunté a hijos y amigos, la deletreé en el teclado de Movistar y de Netflix, pero nada de nada. Y la semana pasada, cuando estaba tirando facturas de reyes del año pasado, voy y me encuentro que en una de El Corte Inglés aparecía, oh milagro, "Cinema Paradiso". ¡La había comprado hace un año para regalársela a mi marido y la había olvidado completamente! ¿Dónde la habría puesto? La busqué entre mis DVDs y no estaba en su sitio natural, entre "Charada" y "The code" (ya saben lo ordenadita que soy), ni traspapelada por ningún otro sitio. Al final me la encontré colocada como un libro más en la librería al lado de la tele, y este jueves por la noche, un año después de comprarla, olvidarla y echarla de menos, la vi con mi marido en amor y compaña.

Es una película preciosa, "un dulce himno de amor al cine", como dice la carátula. Y solo por la escena final (perdón por el destripe) de ese niño hecho hombre mirando asombrado y regocijado la cinta que su amigo, el montador de Cinema Paradiso, le ha legado y en la que une todos los besos censurados en las películas, ya merecía todos los premios. Ese final, en una Italia tan parecida a la España de mi niñez, que me hubiera llevado a hablar de la censura o del amor al cine (todo se andará), es el que sin embargo hoy me lleva a ponerme romántica y a hablar de besos.

¿Quién habrá inventado ese "acto de presionar los labios contra la superficie de la piel de una persona como una expresión social de afecto, de saludo, de respeto o de amor" (según el diccionario)? Y que de entrada no debió ser fácil, eh, porque se necesita mover 34 músculos faciales y 112 posturales para darse un beso. Pero lo cierto es que llevamos toda la eternidad besándonos y que es uno de los grandes temas de la historia de la humanidad.

En la literatura - "por un beso... yo no sé qué te diera por un beso", clamaba Bécquer-, desde que en el Mahabharata en el año 1000 a.C. se hablaba de él, el amor, que es una de las grandes fuerzas que mueven el mundo, se nutre, se firma y se rubrica con besos.

Aparece profusamente en la pintura y en la escultura -ese delicado y maravilloso Beso de Rodin...- y, por supuesto en la fotografía, como el célebre beso, tipo aquí te pillo aquí te mato, que el fotógrafo Robert Doisneau hizo frente al Ayuntamiento de París (en la imagen). En la música ¡cuántas canciones giran alrededor de un beso!. Me viene a la memoria Pedro Infante que hablaba de "la dulce sensación de un beso mordelón..."; o el "Bésame mucho" que hasta los Beatles versionaron; o Jarabe de Palo, que se ponen becquerianos ellos también, para decir que "por un beso de la flaca daría lo que fuera".

Pero es en el cine donde los besos han triunfado. Hasta en "La princesa prometida", que empieza con el nieto rechazando la historia que el abuelo le va a contar porque dice -con cara de fos-. "¿¿¿Es una novela de besos???", al final escucha embelesado (perdón otra vez por el destripe), cuando los protagonistas se besan: "Desde la invención del beso ha habido cinco besos que han sido calificados como los más apasionados, los más puros. ¡Este los superó a todos!".  Besos, besos, besos, antes del The End. Besos como esa cadena de "Cinema Paradiso" que una censura contra la libertad, la naturalidad y la vida quiso cortar groseramente.

¿Y en la vida real...?  En la vida real ¿quién no recuerda el primer beso de amor? Feliz es quien recibe muchos besos sinceros a lo largo de la vida y feliz quien puede despedirse de este mundo con un buen equipaje de besos. Como dice mi hija Ana en un poema:

"Solo quiero a alguien
que me llene de besos los bolsillos,
que me diga "te quiero" 
con los ojos
y que me abrace 
como si fuera a salir volando.
¿Es demasiado pedir?".

lunes, 25 de noviembre de 2019

Una casa como Rivendel




Rivendel es, en los libros de Tolkien, la casa de Elrond, el medio elfo. "Oculto en algún lugar delante de nosotros está el hermoso valle de Rivendel, donde vive Elrond en la Última Morada", anuncia el mago Gandalf cuando va con los enanos a rescatar un tesoro perdido. En la "Guía de lugares imaginarios" de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi se dice de Rivendel que es un "valle abrigado y profundo a orillas del río Sonorona y al oeste de las Montañas Nubladas de la Tierra Media. (...). Es una casa grande, con corredores, escaleras y salones, construida en lo alto y con vista a jardines de flores fragantes". Cuando Bilbo Bolsón la conoce en "El hobbit" la describe de esta manera: "La casa era perfecta tanto para comer o dormir como para trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente quedarte sentado pensando, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no tenía cabida en aquel valle". En ella te puedes encontrar a un grupo que compone una canción, a otros que hablan junto al jardín o a quien dormita junto al fuego. Cuando Frodo finalmente va allí en "El Señor de los Anillos", después de una aventura terrible perseguido por los Jinetes Negros, sabe enseguida que es un lugar en donde parece imposible sentirse triste o deprimido, una casa en que el tiempo se pasa sin sentir y que basta estar allí para curarse del cansancio, el miedo y la melancolía.

Aunque estemos en el mundo real y no en una epopeya fantástica, y aunque parezca mentira, hay lugares de estos en el mundo, casas así, donde sientes que estás seguro y en paz. La casa de mis amigos Juan y Carmen, un lugar visitado por mí desde hace años, es uno de esos sitios y cada vez que voy me acuerdo de Rivendel.

La semana pasada estuve allí en una celebración anticipada del Día de Acción de Gracias que nos suele organizar cada año Leslie, un amigo americano que quiere compartir con los demás esa fiesta que le es tan grata. Comimos pavo con su relleno y su salsa gravy y tuvimos una larga sobremesa de conversaciones tranquilas mientras la tarde caía sobre la casa en los altos de Tegueste. Y es en esos momentos cuando me recuerda a Rivendel, la casa élfica. Nadie parece tener prisa ni lugar asignado y cada uno se mueve por donde quiere. Hay cuatro que se han ido a una mesa pequeña al fondo a jugar al dominó y se oye el rumor de sus jugadas y el sonido de las fichas en la mesa. Hay grupos que hablan y comentan y gente que va y viene entre ellos. Hay quien entona una canción a la guitarra y quien duerme una siesta tapado con una manta al lado del fuego de una chimenea que crepita, cálido, toda la tarde. Hay una chica joven que rodeada de primas y hermanas, da de mamar a su bebé recién nacido que mira asombrado el mundo alrededor. Hay quienes ojean libros que están en una repisa esperando por si a alguien le apetece llevarse alguno y quienes están sentados solos simplemente pensando mientras se toman una copa. Y todos parecen sentirse en paz viviendo y disfrutando del momento único. A mí me llega el eco de Tolkien: "Basta estar aquí para curarse el cansancio, el miedo y la melancolía".

Por supuesto, toda casa es un reflejo de sus dueños y ellos, Carmen y Juan, personas buenas y generosas donde las haya, hicieron esta casa pensando en abrirla a familiares y amigos para que fuera un sitio así de especial en el que la hora de irte siempre llega por sorpresa y al que siempre tienes ganas de volver. Lo han logrado. En lo alto de la puerta que da salida al jardín, donde corren y juegan los niños, un letrero proclama el lema de la casa: "Vivir es compartir". 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Ser madre da mieditis




Querida amiga, me cuentas que, cuando menos lo esperabas y por primera vez, estás embarazada y que en estos momentos, con 5 meses de gestación, te encuentras muerta de miedo. Aparte de felicitarte, solo puedo decirte que te entiendo perfectamente. Cuando una espera un bebé a los 20 y pico años, como me pasó a mí a los 24, se lo toma alegremente y en plan comando: lo que sea, será. Pero a los 42 como es tu caso, ya te lo piensas más, ya sopesas el futuro y ya vienen las retahílas de los "¿Y si...?". Además, a tu edad, estás acostumbrada a la buena vida sin ataduras detrás: viajes al quinto pino, excursiones y salidas largas los fines de semana, alegres cenas de amigos hasta las tantas de la madrugada... ¿Y ahora qué hago?

Sí, ser madre da mieditis. Y aunque lejos de mí está el asustarte más, es bueno, pienso yo, que vayas preparada para afrontar los sustos de la maternidad. Empezando, claro, por un hecho impepinable: los dos primeros años ten por seguro que no dormirás, porque los bebés duermen de día y por la noche están de jolgorio llora que te llora. Pero tú no te preocupes. Lo que tienes qué hacer es lo que hacía mi hijo con los suyos que, entre arrullo y arrullo, todo ojeroso y despelujado, se consolaba diciéndose a sí mismo: "Pero compensa, eh, compensa".

Luego vendrán las enfermedades de la niñez, el caerse de los columpios, los piojos, el que en el colegio Carlitos lo mordió..., todo lo que mantiene a una madre -y a un padre- en un sinvivir. Oh, la época dorada del colegio... Pero compensa, eh, compensa.

Más tarde la adolescencia de tus niños te hará desear vivir en un sitio más o menos desierto (el Polo Norte o algo así), un lugar donde no hayan oído hablar de Carnavales, ni de Noches en Blanco ni de eventos ruidosos y escandalosos, a todos los cuales sin excepción tus hijos se querrán apuntar, mientras tú, en plan "logístico", te dedicarás a llevarlos, a traerlos y a poner velas al Cristo de La Laguna para que lleguen bien. Pero compensa, eh, compensa.

Y no te digo nada cuando saquen el carnet de conducir y tengan novios y novias y los veas sufrir amores y desamores. Y tú con ellos... Pero compensa, eh, compensa.

Y tengo que añadir, querida amiga -sin ánimo de asustarte, repito- que el mayor problema no son esas minucias que te he contado. No, el mayor problema es que un hijo es para siempre. Aunque se independicen, aunque se vayan al otro extremo del mundo, aunque sean ya personas hechas y derechas de casi 50 años, te seguirás preocupando y pidiéndoles, cuando van de viaje, que te digan que llegaron bien, o cuando les notes la voz triste, seguirás sintiendo la mano helada en el corazón.

Y a pesar de todo, a pesar del miedo, de las preocupaciones, de que tu vida ya no será nunca más una senda sin sobresaltos, tengo que decirte que, aunque él lo decía con sorna, tenía razón mi hijo. Compensa. No sabes cuánto. Ninguna madre querría renunciar a esta vida plena, a este camino empinado y repleto de recovecos que es la maternidad. Y llegará un momento sublime en que sientas un amor que no te quepa en el pecho, porque tu hijo te eche los brazos al cuello y, como hizo el mío con 3 o 4 añitos, te diga: "¡Ay, mami, los amores que te tengo!". O te dé las gracias, ya de mayor, por ser su madre, como me hizo mi hija hace poco con un poema que me ha llegado al alma:

"Gracias
por todos los días
que quise salir huyendo
y me detuviste.

Gracias por dejarme soñar
en medio de esta pesadilla.
Pero despertarme 
a tiempo para no llegar tarde.

Gracias
por todas las veces que dije
"No puedo más".
Y me sostuviste.
Y pude.

Por sentarte a hablar conmigo
y escucharme.
Aunque no dijera nada.
Por escuchar mis silencios.

Por recordarme esas cosas
que la vida había borrado. 
Y abrazarme,
cuando solo la nada nos abrazaba.

Gracias.
Mil gracias.
Por ser. Por estar. Por querer."


Compensa, claro que compensa. Así que, querida amiga, disfruta de tu bebé ahora y siempre sin miedos que valgan.

(Para Leti)

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