lunes, 4 de agosto de 2014

Contra diligencia, pereza




Si ahora les preguntáramos a nuestros hijos y nietos por los pecados capitales, muchos nos contestarían: "¿Los qué?". Y, sin embargo, los que fuimos niños en los 50 y 60 los tenemos grabados a sangre y fuego, fruto de años de catequesis y lavados de coco.

Primero fue la matraquilla de aprendérnoslos de memoria con sus correspondientes virtudes: Contra soberbia, humildad; contra avaricia, largueza; contra lujuria, castidad; contra ira, paciencia; contra gula, templanza; contra envidia, caridad y contra pereza, diligencia.

Después, y sobre todo con respecto a la pereza (en la que me voy a centrar hoy, no sea que me pierda por los cerros de las "Cincuenta sombras de Grey", las películas de Tarantino o las pambufadas de las celebraciones), venían los cuentitos edificantes, como el de la plasta de la hormiga laboriosa frente a la alborotada cigarra.

Y por último, las descalificaciones y el ponerte como un zumeque si te descarriabas de la senda trazada. "¡Gandula, que eres una gandula!" era el más flojo de los insultos y hasta en la Biblia se dice, doliente: "¿Hasta cuando, perezoso, estarás metido en la cama?".

Pero, a pesar de todo, qué quieren que les diga, en eso de la pereza yo, como en la canción de Enrique Guzmán "El pecador", reconozco, señor, que soy culpable, la, la la. Y, como Oscar Wilde, John Lennon, Mark Twain, Nietzsche, Lord Byron y un montón de haraganes más que en el mundo han sido, levanto la bandera de la gandulería y la reivindico como virtud, sobre todo ahora, en estos agostos veraniegos en los que el alma se relaja y la laboriosidad parece algo de otro universo. Ahí estamos todos tumbados a la bartola bajo el sol, a lo mejor con una copa de vinito blanco frío en la mano, sin hacer ni pensar en nada, y menos en que estamos cometiendo un pecado capital por el que tendríamos que darnos golpes de pecho.

Háganme caso, hasta Adán y Eva se lo pasaban pipa en el Paraíso sin dar un palo al agua y nadie les tosió hasta lo de la manzana. No fue la pereza, sino la gula, lo que es pecado (y además engorda) y el castigo merecido para ello es el trabajo.

¡Ah, la holgazanería, el ocio, la vagancia, el dolce far niente, la pereza...! Neruda la cantó y la representó desnuda y milagrosa: "Me llevó deslumbrado / y soñoliento, / me descubrió en la arena / pequeños trozos rotos / de sustancias oceánicas, / maderas, algas, piedras, / plumas de aves marinas".

Marx la recomendó como solución para todos los males: que las máquinas trabajen para nosotros y podamos dedicarnos al ocio, que es lo que nos hace humanos. Y Georg Simmel dijo que "toda actividad no es más que el puente entre dos perezas, y toda cultura se afana para hacerlo cada más corto". Eso, eso, vacaciones más largas, ya.

Descartes concibió el "Discurso del Método" mientras ganduleaba en Alemania, calentito y abrigadito: "... no teniendo tampoco, por fortuna, cuidados ni pasiones que perturbaran mi ánimo, permanecía todo el día entero solo y encerrado junto a una estufa, con toda la tranquilidad necesaria para entregarme a mis pensamientos".

¿Y qué creen que estaba haciendo Newton debajo del árbol cuando le cayó encima la manzana que puso en marcha la ley de la gravitación universal? Nada de nada, rascarse la barriga y mirar a los celajes.

El pensamiento, el arte, la ciencia, nacieron de la pereza. Así que invirtamos la recomendación: contra diligencia, pereza. Hagamos odas a la siesta (esos momentos de nirvana total que los envidiosos -otro pecado- nos quieren quitar), relajémonos sin que nos perturben los remordimientos, a la porra las agendas y los relojes, durmamos como benditos y seamos perezosos a conciencia. Porque, como en el cuento de Lewis Carroll (mucho más creíble, dónde va a parar, que "La cigarra y la hormiga"), sólo de una tarde dorada y ociosa a la orilla de un río, como le pasó a Alicia, puede surgir un país de las maravillas.

12 comentarios:

  1. Eso, eso, viva la siesta!!!!

    Yo la practico poco (qué remedio) pero con mucha dedicación, con mimo vaya!

    Y eso que llaman descansar, que tampoco lo practico lo que quisiera pero no por falta de ganas.

    ResponderEliminar
  2. He visto varias odas a la siesta, no te creas, y ya ves que Descartes era aficionado a la siesta del carnero, la de la mañana. A mí también me gusta lo de levantarme, desayunar y volver a la cama. Sólo que no a dormir sino a leer un poco. No va una a empezar el día estresada ¿verdad?
    Me enteré el otro día de que antes de la Revolución Industrial, que nos puso a todo el mundo a trabajar, la siesta se hacía también en Inglaterra. En China también la hacían, pero ahora, con estos horarios que quieren imponer a nivel mundial, tipo los de las películas americanas, con sandwich y café al mediodía y ya está, las comidas de mediodía a mantel puesto y la bendita siesta se miran mal, aptas sólo para vagos y casi maleantes.
    Hay que clamar por volver a las sanas costumbres, oiga. Así que a descansar y a tomarnos la vida con filosofía.

    ResponderEliminar
  3. ¿A ti también te gusta volverte a la cama a leer por las mañanas? Toda la vida me ha parecido un lujo que, de vez en cuando, me podía permitir. En cambio las siestas de tarde me producen dolor de cabeza, pero si se tercian, leo y ya está.
    Tampoco estoy de acuerdo con la idea americana del sandwich y el café.
    Di que sí, Jane, vamos a reivindicar los pequeños placeres y la tranquilidad y dejemos las prisas fuera.
    ¡Feliz semana! Un abrazo

    ResponderEliminar
  4. Hola Isa, estoy totalmente de acuerdo contigo. Qué sería de nosotros sin esos momentos de ocio?. Yo, sin echarme un rato después de comer en
    mi sofá, no soy nadie. Hoy en vez de dormir o leer, estoy intentando descargar el whatsap para poder contactar con mis amigas, así que como ya sabes el ocio es constructivo. Bssss

    ResponderEliminar
  5. Utopía:
    Coincidimos en lo de las siestas y en reivindicar los pequeños lujos. Hace poco leí un artículo sobre una escritora, Wendy Wasserstein, que publicó un libro llamado "Pereza" en Paidós, Allí recomienda olvidar todos los "tendría" ("tendría que trabajar más", "tendría que conseguir la talla 38"...) y propone 5 mandamientos para doctorarse en gandulería: sentarse en lugar de estar de pie, liberarse de las agendas, comer tanto como se desee, no esforzarse en el trabajo y ser conscientes de que la felicidad está en nosotros.
    ¿Ves? No hace falta mucho. Y a esto, nosotras podemos añadir nuestros pequeños lujos: lo de la siesta mañanera, los ratos mirando al mar, una buena lectura...
    Un abrazo y feliz semana agostera para ti también.

    ResponderEliminar
  6. Esperanza:
    Claro que el ocio es constructivo, Esperanza. Si te acuerdas, hasta Platón y Aristóteles lo consideraban como premisa para filosofar. No se puede construir ningún sistema de pensamiento si no hay esa cierta serenidad que nos da el ocio. Por eso los primeros científicos y filósofos eran la gente acaudalada que no tenían nada que hacer sino pensar (los esclavos les solucionaban la vida material).
    Menos mal que nosotras ya estamos convencidas de eso y, entre lavadora y lavadora, procuramos agenciarnos nuestros momentos de ocio y relax. :-D
    Besos.

    ResponderEliminar
  7. Yo no soy de siesta, ni de levantarme tarde, pero, que razón tienes, ya no me sentiré culpable cuando gandulee un poco y adiós a los "tendría". Besos, que bien lo hilvanas todo y eso que no sabes coser

    ResponderEliminar
  8. Ay, Úrsula, tú eres un rehilete y pocas veces te he visto gandulear. Pero, sin embargo, proyectas paz a tu alrededor, así que seguro que la tienes también en ti misma.
    Podíamos elegir como lema el "dejar para mañana lo que no queramos hacer hoy". Hoy he estado ordenando gavetas, tan hacendosa, y en cuanto se me quitaron las ganas lo dejé sin subirme por las paredes ni darme golpes de pecho. Adiós a las culpabilidades.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  9. Me encanta ese momento de abstracción, tan parecido al atontamiento, en que al dejar tranquila la mente empiezan las ideas a fluir... Bienvenida, pereza, que nos refrescas.
    Esto es un buen plan vacacional y lo demás son tonterías.
    Besucos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La ensoñación es uno de los estados más refrescantes, tienes razón, Zazou. Como dijo una vez una alumna mía, "... el momento que precede al sueño profundo (ese momento que suele proporcionar ideas brillantes que al día siguiente se tornan caca absurda, ya saben)".
      Aunque hay casos a lo largo de la historia que sí que las ideas fluyen y muchas veces llegan a pensamientos brillantes. Ahí tienes a Kekulé y su descubrimiento del anillo del benceno, hecho después de una ensoñación sobre una serpiente que se mordía la cola.
      De todas formas, a mí llegar o no llegar a descubrir el benceno o la teoría de la relatividad, como que no me quita el sueño, nunca mejor dicho. Mientras hagamos siestitas reparadoras y nos abstraigamos de lo que nos tenemos que abstraer...
      Un besote.

      Eliminar
  10. A lo largo de mis años mozos y también de los maduros, nunca supe lo que eran el descanso y el ocio, pero llegado el peso de los kilos y el paso de los años, me he visto "obligada" a tener momentos de molicie y far niente, a través de los que he descubierto, con gran sorpresa por mi parte, que no sólo no son peligrosos para la salud, sino más bien, muy convenientes y recomendables.
    Sin embargo, querida Jane, me parece a mí que el tener el magín activo y productivo, sacando conclusiones y fabricando ideas, no lleva, precisamente, a ese descanso y tranquilidad que propones. Ese cerebro que no se queda en blanco, a pesar de que el resto de la maquinaria humana no le siga la corriente, no hace buena esa inversión del famoso pecado capital, que sugieres. Mientras tengamos las neuronas actuando diligentemente, no hay pereza que valga, querida amiga.
    Por eso, lo que yo reivindico es el estado máximo de la "vaguería" y que no es otro que el de que dejemos de observar cómo cae la manzana, o cómo los rayos de sol atraviesan las gotas de agua, o cómo una piedra rueda por la ladera inclinada. Mientras no consigamos que nada de eso pase desapercibido, no alcanzaremos el goce máximo del no hacer nada. De nada vale tener el esqueleto echado en la mejor hamaca o en el mullido colchón, si la masa gris bulle y bulle...
    Aquí te queda esto, para que en tus sesudas siestas mañaneras, busques la solución a este nada sesudo dilema...
    Si, en puridad, aplicas la pereza contra la diligencia, no me contestes enseguida...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me recordaste, Cehachebé, el capítulo, "Aguijones y guías", de un libro de psicología que usé mucho cuando daba clase ("Introducción a la Psicología" de George A. Miller). Hablaba del grado de ociosidad al que puede llegar el hombre y concluía que ¡el trabajo que da no hacer nada! Nuestro organismo nos incita a obtener y consumir comida, a apartarnos de los peligros, a depositar los desperdicios lejos del lugar de reposo, a protegernos del frío y del calor... Pero en un ambiente amable eso sólo ocupará una parte pequeña del día y podríamos atrevernos a ser perezosísimos. Pero las dificultades surgen porque vivimos con los demás y también estos ponen límites a los vagos de siete suelas. Y además, dentro de nosotros hay otros aguijones que nos mantienen activos: la curiosidad, el juego, el humor, las fábulas, el aburrimiento. La mente es un órgano que no descansa jamás.
      Así que, Cehachebé, pienso que el estado máximo de vaguería es imposible. La biología, la sociedad y la propia mente del individuo nos impiden el nirvana total que tú reivindicas. A lo más que podemos llegar es a tumbarnos en el sillón, ver los rayos de sol entrando a través de los visillos, estirar las piernas, dejarnos llevar por lo que nos viene a la mente en ese momento y... zzzzzzz... Como decía mi abuela, con una palabra que ahora me ha venido a la cabeza, a ser unos palanquines.

      Eliminar