lunes, 29 de diciembre de 2025

A por uvas



Si hay una época en el año marcada por las tradiciones es esta de Navidad. Y por si fuera poco, algunas propias hemos instituido por nuestra cuenta en casa, como la de comer un pavo en Navidad que, no sé por qué (en mi casa familiar éramos más de conejo o cabrito en salmorejo), es tradición hacerlo desde que mis hijos eran pequeños. El pavo siempre lo hago relleno de frutas, sobre todo de manzanas reinetas y uvas, y ahí precisamente está el latazo de su elaboración, en las uvas, porque llevo cerca de 50 años en que el día 23 o 24 de diciembre me coge pelándolas, que es el trabajo más aburrido que existe. Y menos mal que las uvas ya vienen sin pepitas porque recuerdo estar cerca de 2 horas venga a sacar las pipas. Así mis hijos, en cuanto llegaban esos días, salían escopetados alegando mil excusas, para que no los pusiera, uva va, uva viene, a faenar en una labor tan ingrata.

Estaba yo precisamente este 23 trajinando con las uvas como todos los años y cantando al mismo tiempo el "si vas a Calatayud" (a ver si me animaba), cuando, como un rayo, me vino un pensamiento de esos que te cambian la vida: "¿Qué porras estoy haciendo? ¿De verdad estoy perdiendo 1 hora de mi precioso tiempo en esta tarea tan repetitiva y monótona? ¿Sirve para algo? ¿Cambiará mucho la cosa si las pongo sin pelar? ¿O estoy exagerando? Después de todo solo pierdo una hora...".

Pero entonces recordé un texto que me gustó mucho de Manuel Vicent a propósito de una hora más. Y es que en una hora un cirujano extirpó un cáncer y salvó una vida, en una hora Leonardo da Vinci pintó la inquietante y ambigua sonrisa de la Gioconda, en una hora el fontanero arregló el grifo, el calentador y la cisterna, en una hora el poeta escribió que no había que afligirse por las horas felices de esplendor en la hierba porque su belleza permanece siempre en el recuerdo, en una hora el panadero hizo un pan gallego, crujiente y perfumado, en su horno de leña, en una hora una maestra abrió la mente a sus alumnos y los condujo a la isla del tesoro, en una hora Hamlet puso decidir entre ser y no ser, en una hora Gary Cooper esperó para enfrentarse solo ante el peligro... ¿Y yo en una hora ¡pelando uvas!?.

En ese momento decidí que nunca más, que yo, igual que Onetti cuando decía que prefería perder una discusión que perder el tiempo, le daría prioridad al tiempo por encima de todo, porque no hay mayor riqueza en este mundo que este. Y ese va a ser mi propósito de año nuevo, convencida de que es imperdonable malgastarlo en boberías.

¿Y saben qué? Que después de meter en el pavo más de la mitad de las uvas sin pelar, quedó riquísimo como siempre y nadie se dio cuenta del cambio, ni siquiera yo. Nunca más.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Como en casita


Ustedes me tienen que reconocer que estos tiempos prenavideños son un disparate. Un rebujato de coches casi parados en colas interminables, calles llenas de ruido y furia, gente, gente y gente con cara de mal humor... Oh, ayer se me ocurrió ir a un supermercado y, sin querer, rocé en el brazo a una chica joven. Le pedí disculpas con la mejor de mis sonrisas y, no solo no me contestó, sino que me miró con una cara de odio, como si fuera Voldemort a punto de mandarme la maldición Avada Kedavra. Eso no es normal, y menos cuando por los altavoces sonaba a todo meter el Alegría, alegría, alegría.

En momentos como este es cuando lo que me pide el cuerpo es estar disfrutando de la paz y el silencio de mi casa. Y el universo parece conspirar para ello, como si el mismo ET, el extraterrestre, estuviera ahora invocando melancólico lo de "Teléfono, mi casaaa". La casa como lugar de sosiego. La casa en silencio propiciando la meditación, la lectura, el pensamiento. La casa en que duermes, ríes, proyectas, escribes, sueñas, eres tú misma. La habitación propia que pedían Virginia Woolf y Agatha Christie. A esta última, en uno de sus viajes arqueológicos a Oriente Medio con su marido, le hicieron un cuarto de adobe pequeño y cuadrado y le colocaron en la puerta una placa en escritura cuneiforme en donde ponía Beit Agatha, la casa de Agatha. Allí restauraba figuritas de marfil y fue donde empezó a escribir su deliciosa "Autobiografía". Jane Austen, celebrada ahora bastante por el 250 aniversario de su nacimiento, ambienta sus novelas en las casas desde las que las mujeres mueven el mundo. Escribe: "No hay nada como quedarse en casa para disfrutar de la verdadera comodidad". Hay novelas, como "La mansión embrujada"de Mary Stewart, en la que la casa, Thornyhold, es la protagonista. Y mi hija Ana, en uno de los poemas por los que ganó en el año 94 el Premio Félix Francisco Casanova empezaba diciendo: "Esta es mi casa, / donde trabajo, /vacilo, / siento incompletas la noche / y la mañana. / Donde descanso, / donde respiro, / donde resuelvo penumbras."

Las mujeres, que han reinado toda la vida en la casa,  lo han tenido siempre claro y han reivindicado su valor. Pero estos días es la primera vez que leo que un hombre, un filósofo, Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, defiende, frente al ruido diario, el regreso al hogar como acto de subversión. Dice que "quedarse en casa es la forma más lúcida de resistencia". El hogar es el refugio, donde el silencio es el único lugar en que todavía puedes escucharte, donde, alejados del bullicio exterior,  puedes existir sin que nadie te esté evaluando ni exigiendo nada. La casa como " bastión de libertad, donde vivir sin testigos, sin mercado ni presiones". Volver a la casa se convertiría en la nueva revolución: no gritar, sino callar; no correr, sino detenerse; no exponerse, sino resguardarse.

Ya era hora de que un filósofo cayera en ello. Es verdad que Kant fue bastante casero y nunca salió de su Koegnisberg natal. Pero no se atrevió a contar lo bien que le vino a su creatividad estar en casita. Las mujeres lo han dicho siempre, pero los hombres callaron.

Así que ahora, que es tiempo de formular deseos, quiero para todos que disfruten de su casa, que se acurruquen en estas tardes frías con mantita, té y libros (si es posible, ante un buen fuego) y que se aprovechen del silencio y el calor del hogar  para pensar y gozar. 

Yo estoy ya como la viejita del cuento que, moribunda, le dice al cura que la está consolando con las delicias del cielo: "Ay, sí, padre, pero como en la casita de una...".

lunes, 15 de diciembre de 2025

Una de poesía


Tagore decía que la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos. Pero cuando éramos pequeños, sus palabras nos hubieran dejado fríos y nos burlábamos a más y mejor de los poetas. A lo mejor, porque los mayores nos hacían recitar de memoria, delante de las visitas o en los cumpleaños , poemas que no nos decían nada como el de "A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron...". A veces, riéndonos, hasta hacíamos también poemas tipo haiku: "Soy poeta / porque uso / camiseta". Y nos quedábamos tan anchos como diciendo: "Ahí queda eso".

Pero luego en la adolescencia, esa época tan efervescente, como si fuéramos San Pablo, cayéndose del caballo ante la luz cegadora, la descubríamos. ¡Ah, esos versos de Bécquer ("Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz. Soy incorpórea, soy intangible, no puedo amarte. -¡Oh, ven, ven tú!") o Neruda ("Hemos perdido aún este crepúsculo. Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas  mientras la noche azul caía sobre el mundo")!. Ellos nos engancharon para siempre a la poesía y de vez en cuando (porque hay que tomarla como un vino exquisito, a pequeñas dosis) volvemos a encontrarnos con ella, como quien regresa a sus orígenes.

Hay tres señas de identidad que he descubierto en todos los que escriben poesía o la leemos. Una es que la poesía no se lee o se escribe sin más ni más, sino que para hacerlo se necesita un momento especial, un sentimiento intenso que tiene que expresarse de alguna manera. Ida Vitale dice: "Las palabras son nómadas. La mala poesía las vuelve sedentarias". Otra seña es que, a pesar de eso, hay un cierto pudor en los poetas para compartir algo tan íntimo. Todos los poetas que conozco tienen un cajón secreto con cientos de poemas que solo les pertenecen a ellos. Y una tercera, es que hay un hilo invisible que los une y que hace que una sola frase baste para conectar y despertar las almas.

Pongo como ejemplo más cercano a mi hija, la escritora. Una de sus profesoras siempre la animaba a escribir poesía y ella siempre me decía en broma que no estaba lo suficientemente triste para ello. También aunque ya tiene 12 novelas publicadas, solo ha publicado 4 libros de poesía, aunque guarda muchos poemas en la recámara. El último que ha escrito se lo inspiró (el hilo invisible) una frase de Walt Whitman: "Yo soy inmenso y contengo multitudes".

Hoy, en homenaje a la poesía, les regalo aquí ese poema inédito de ella, Ana González Duque, que espero que, como a mí, les guste y les inspire:

CONTENGO MULTITUDES AUNQUE A VECES NO ME QUEPAN

Contengo a la que se muerde la lengua

 hasta hacerse sangre,

 a la que sonríe cuando no quiere,

 a la que asiente para no romper nada,

 ni siquiera a sí misma.

 A la que recoge los platos,

las dudas,

 las excusas,

 y los guarda en un cajón

para que se apaguen solos

Contengo a la que grita.

 A la que prende fuego a su propia voz

 A la que se cansa de ser educada,

 de pedir permiso,

 de apagar incendios.

 A la que dice basta,

 y luego se siente culpable

 —porque así nos enseñaron—

 pero aun así vuelve a decirlo.

Basta.

Soy todas ellas:

 la que camina descalza para no molestar,

 la que golpea el suelo para que la escuchen,

 la que quiere ser un farol,

 la que quiere desaparecer en la penumbra.

Dentro de mí vive un coro

 que nunca ensaya

 y aun así no deja de cantar.

Que desafina,

Que me deja sorda,

Y yo las llevo a todas,

 como quien carga un bolso lleno de piedras

 como quien colecciona versiones de sí misma.

Contengo multitudes,

 sí.

 Y cada una de ellas

 me ha amado

 o me ha dolido

 a su manera.

 Pero todas juntas,

 cuando por fin se miran sin miedo,

 me sostienen.

Porque quizá eso sea ser una misma:

 una procesión imperfecta,

una cola sin orden,

 un puñado de voces

desordenadas

 empeñadas en seguir viviendo.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Tiempo de regalos



Hay dos maneras de recibir un regalo, ya saben. Una es la de mis nietos que, ante la promesa que encierra el paquete cerrado, se lanzan a abrirlo con furia, rompiendo los papeles y tirando alegremente al suelo lazos y adornos varios. Lo que importa es el objeto regalado que suele recibirse con más o menos asombro, risas e ilusión. Siempre recuerdo a mi nieto más pequeño que a los 6 o 7 años, al ver un regalo inesperado, exclamó: "¡Madre del amor hermoso!".

La otra manera es la sosegada, la mía, por ejemplo, que saboreo el momento de abrir el paquete, fantaseo con qué será y, despacio, voy apartando con mimo las florituras y doblando el papel de regalo (¿cómo arrugarlo con lo bonito que es?) y valoro, no tanto el objeto sino el ritual del descubrimiento. Bueno, y a veces, también digo: "¡Madre del amor hermoso!".

Diciembre es tiempo de regalos. Irene Vallejo cuenta que el rito de regalar nace del pensamiento mágico, como una manera de invocar la abundancia, y cuenta: "Los romanos veneraban el primer día del año a Strenia, la diosa latina de la salud. Así nació la costumbre de ofrecer presentes a los seres queridos, como un rito que vinculaba el "estreno" de los regalos con el deseo de un dulce porvenir". Ese día al emperador se le regalaban ramos de laurel y pasteles y a los amigos y parientes, monedas de latón que servían para desearles prosperidad. Y es que lo de regalar viene de antiguo y, aunque probablemente se empezó a hacer regalos por el interés (como hacían los fenicios con aquellos con quienes querían comerciar), seguro que pronto se pasó la costumbre al ámbito familiar ¡Buenos somos los humanos para una sorpresa!

Mi familia es muy regalona. Hace más de 40 años que hacemos un calendario de adviento (en la imagen inicial), muy sui generis, eso sí, porque ahí puede caer de regalo, aparte de los adornos nuevos de navidad para colgar en el árbol y la agenda de 2026 sin la cual no puedo vivir, un bolígrafo, un paquete de chicles, un turrón, un abanico que encontré sin estrenar en un bolso, unos zarcillos con dos árboles de navidad... Cuidado con perder algo o no estrenarlo porque puede aparecer por arte de magia en el calendario de adviento.

Además, también alrededor del 1 de diciembre, mi hermana y yo, con nuestras familias, organizamos una bienvenida a la Navidad en la que probamos el turrón y nos regalamos un detalle navideño, Por ejemplo, este año les regalé a los mayores una lata de navidad con rosquetitos y a los pequeños un nacimiento de figuras de madera con imán para poner en la nevera. Yo recibí flores de Pascua, un farolito, galletas de jengibre, un cuadrito...Otra cosa no, pero a noveleras no hay quién nos gane.

Yo sé que hay mucha gente a la que eso de regalar se le hace cuesta arriba y hablan mucho del materialismo de la vida moderna. Pero fíjate tú que a nosotros no nos pasa. También porque somos muy agradecidos y valoramos, aparte del objeto, el gesto, el detalle, el saber que pensaron en ti cuando lo compraron o lo hicieron. Conmigo lo tienen fácil porque aciertan siempre con libros (aunque tampoco le diría que no a un buen jamón), pero a edades como la mía, cuando a una lo que le sale es irse desprendiendo de cosas, me encantan los regalos inmateriales, que solo ocupan lugar en el corazón: una invitación a un buen restaurante, un viaje con la gente que quiero, una buena experiencia en la  que se aprenden cosas, la visita de mis hijos y nietos... Agradezco sobre todo que me regalen tiempo.

Y hay veces en que me siento regalada por el hecho de estar viva. Esta semana, al abrir la ventana por la noche pude ver en el cielo la superluna de diciembre, la luna fría que la llaman, una luna grande y brillante iluminando el mundo y anunciando las noches más largas y gélidas del año, esas en que lo que nos apetece es estar al lado de un fuego con la gente cercana hablando de historias. A veces la vida también te regala un instante único y te ofrece la luna como regalo.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Bendito santoral



Vaya por delante, y con todos mis respetos para los que sí creen, que yo no creo en los santos. En el diccionario, santo es el "perfecto y libre de toda culpa", y yo suscribo totalmente lo que decía Aristóteles: "Las personas perfectas no hieren, no cometen errores, no mienten... y no existen". Tampoco creo que por su intercesión San Antonio me consiga novio o San Blas me cure de la garganta.

Sí que creo en la bondad humana, a pesar de tanta mala bestia que hay por esos mundos, y me caen bien santos como San Agustín, del que dicen que rezó para que se le concediera el don de la castidad. "Pero todavía no, Dios mío", aseguran que precisó. No era perfecto, no, pero tan humano...

Además, la palabra santo o santa se aplica alegremente a cosas que están muy lejos de serlo: la Santa Inquisición, la Santa Cruzada, la Santa Hermandad... Y también a personas, sí, pero ¿a quién se le ocurriría lo de empezar a nombrar santos y más santos como si fueran administrativos intermediarios entre la plebe y el jefe? No se sabe muy bien cuántos son, dicen que quizás unos 10.000, pero a veces se hace un expurgo (hace medio siglo, sin ir más lejos, se excluyó a 33 santos), y nos dicen que no, que ese santo nunca existió porque no hay evidencia histórica verificable. ¿Y saben quiénes figuran en esa lista? Pues nada menos que santos tan conocidos como San Cristóbal, Santa Verónica, Santa Úrsula, San Valentín (¡Adiós, Día de los enamorados!), Santa Bárbara o San Jorge. Este último se eliminó en 1969 porque no había ninguna prueba de su existencia y, claro, era evidente que tampoco mató a ningún dragón (porque los dragones tampoco han existido, que se sepa). Pero ¿cómo quitar a San Jorge, que ha sido patrón de reinos enteros (Aragón, Portugal, Inglaterra) y de tantas ciudades? Por eso en 2001 se le reincorporó al santoral. Y mira tú, en eso al menos yo estoy de acuerdo, porque cada 23 de abril hace el milagro de que la gente compre y regale libros y sonrisas.

Y con respecto a otros santos también voy ablandándome, no crean, porque esta semana he ido a dos fiestas de dos santos, Mis amigos austriacos siempre celebran San Martín y es tradición una comida con ganso y chucrut a la que nos invitaron. No encontraron aquí un ganso en condiciones, pero tunearon un pato que hizo un digno papel y estaba todo riquísimo. Y este fin de semana ha sido día de San Andrés, que en la isla es el momento en que se abren las bodegas y se prueba el vino nuevo. Hemos ido a probar el que hacen Sixto y María Victoria por las tierras de Fasnia y que acompañaron con castañas asadas,  una pata de cerdo y una impresionante tortilla de 30 huevos y 5 kilos de papas. Fue un rato genial y divertido entre amigos, incluyendo cántigas y vivas a San Andrés.

Hay que reconocer que santos tan bien acompañados de reuniones con buena comida y bebida, en las que se habla y se ríe, en las que a veces hay música y baile y en las que se acaba brindando por él, son siempre bienvenidos. Recuerdo a San Diego y las juergas que armábamos con los compañeros de instituto en casa de Pedro, o las romerías de San Marcos en Tegueste, San Benito en La Laguna o San Isidro en La Orotava, o las hogueras que hacemos en San Juan con el correspondiente tenderete, o las fiestas de San José (dos me he gozado en Valencia, entre el fuego y el ruido), o las fiestas con ventorrillo y cohetes por Santa Rosa en Guamasa o por Santa Catalina en Tacoronte, y tantas verbenas de pueblo bajo la advocación de un santo...

Así que mientras los santos sean el pretexto y el motivo para celebrar un buen festejo, para reunirnos en paz y armonía y para comunicarnos con risas y fiestas, aunque siga sin creer en ellos, ¡bendito santoral!

lunes, 24 de noviembre de 2025

Latin lovers


No sé si les he contado (aunque seguro que sí porque, después de 856 posts, no hay secretos entre ustedes y yo) que yo iba para profesora de lenguas clásicas antes de que me embrujara Don Emilio Lledó y me arrastrara a lo que en aquel tiempo llamábamos filosofía pura. Me encantaban el latín y el griego y seguía con ahínco su rastro en las palabras diarias de nuestra lengua. Durante la carrera di clases particulares de las dos lenguas y, al terminar, alterné la filosofía con ellas durante 8 años en los centros en los que estuve, hasta que después de las oposiciones, ya me dediqué por entero a la filosofía. 

Señal de que me sigue gustando es que me pegué la lectura de los tropecientos tomos de Marco Didio Falco (Lindsay Davis) y sus andanzas por la Roma Imperial y lo que disfruté con las visitas a todo lo que suena a ruinas de romanos y griegos.  Ah, esa Pompeya, ese Foro Romano, ese Olimpo, esa Sicilia...

Que conste que yo ya apuntaba maneras desde chica porque mi madre me contaba que a los 4 años ya me sabía de memoria la letanía en latín (que ya es afición) y todavía resuena como un eco en mi memoria lo de mater inviolata, mater intemerata. Pero en aquellos tiempos, aunque no nos enterábamos, el latín era parte de nuestra vida porque la misa era toda en latín y nos sabíamos el paternoster y los demás rezados de cabo a rabo. Después vino el Concilio Vaticano II y nos enteramos por fin de que eran lenguas muertas.

Pero ¿seguro? A ver si va a ser como aquel viejo chiste negro en el que en un cementerio se ve una mano que sobresale de la tierra y se oye una voz que grita: "¡Eh, que estoy vivo!". Y un fulano que pasa por allí le dice, mientras escacha bien la mano con el pie: "¿Vivo? ¡Usted lo que está es mal enterrado!". Pues igual puede pasarles a estas lenguas, que ni siquiera las enterraron bien y siguen teniendo una vitalidad que ya quisieran algunos.

A cada rato salen latines en la conversación, como queriendo decir. "¡Eh, que estoy vivo!". Me acuerdo de mi madre, que era muy alegre y extrovertida, todo lo contrario de mi padre, y me dijo una vez: "Hija, a veces paso tanto tiempo en silencio en casa que, cuando me cruzo con tu padre por el pasillo, le digo ora pro nobis, a ver si me contesta miserere nobis". Y hace poco me enteré de que el latín, junto con el italiano, es la lengua oficial de la Ciudad del Vaticano y que allí incluso existe la opción de hacer transacciones bancarias en latín. ¿Se imaginan? En lugar de "quiero diez mil euros" puedo decir "decem milia euronum volo". Suena hasta sexy.

Además, hay sociedades, sí, sí, cuyos miembros hablan en latín entre ellos, como la Academia Latinitate Fovendae, creada en Roma después de las guerras mundiales, o el Circulus Latinus Matritensis en donde desde el año 1992 se reúnen defensores entusiastas del latín como lengua viva. "Salve, Paule!" "Salve, Alfonse!" se saludan. Son ellos los verdaderos latin lovers, como los denomina Celia Fernández en un artículo de El País Semanal.

¿Se dan cuenta de por qué me resisto a considerarlas lenguas muertas? Mientras haya quien se acuerde de lo que significa Mens sana in corpore sano (mente sano en cuerpo sano) o de mi frase en el escrito del lunes pasado Dum licet, fruere (mientras se pueda, goza), o haya quienes hablen con otros en latín y estos les entiendan y le contesten, por más que haya muchos enterradores, el latín, como en la canción de Peret, "no estaba muerto, que estaba de parranda".


lunes, 17 de noviembre de 2025

Pregúntame capitales



Jardines en Kanazawa, Japón
 

A mi hijo, cuando era pequeño, no le gustaba la historia y cuando yo me ponía a repasar con él, me decía: "Eso no, pero pregúntame capitales". ¡Y se sabía todas las capitales del mundo, el tío! Pero ahora lo tendría mucho más difícil. 

Todos los días, por aquello de mover las neuronas, juego a la Palabra del Día que plantea adivinar una palabra en seis intentos. Una modalidad es también adivinar países y ante mi sorpresa me he encontrado con un montón de países (y sus capitales) de los que no tenía ni idea. ¿Conocían ustedes Ngerulmud, Astaná, Chisináu, Windhoek. Mbabane, Suva, Port Louis, Naypyidó, Port Vila, Taskent, Malé, Moroni...? Pues son las capitales de Palaos, Kazajistán, Moldavia, Namibia, Eswatini, Fiyi, Myanmar (antes Birmania), Vanuatu, Uzbekistán, Maldivas y Comoras. Un poco complicado aprendérselas ¿no?

Aparte, gracias a eso me he enterado de idiomas desconocidos (en Camerún, por ejemplo, hay más de 250 idiomas locales. Seguro que allí estuvo la Torre de Babel ¿Cómo se entenderán?) y de cosas curiosísimas, como que en Comoras vive todavía el celacanto, un pez prehistórico que se creía extinguido, que Maldivas es el país más plano del mundo (el punto más alto, 2,4 metros), que en Palaos te puedes bañar rodeado de millones de medusas doradas que no pican, que las manzanas se originaron en los bosques silvestres de Kazajistán (igual fue ahí donde Adán cogió la manzana tentadora), que en Italia hay una fuente que, en vez de agua, ofrece vino tinto gratuito las 24 horas del día (tengo que averiguar dónde está), que el plato nacional de Barbados es el pez volador, que en Vanuatu está la única oficina de correos submarina del mundo, donde los buceadores pueden mandar postales (resistentes al agua, por supuesto)... En Fiyi la línea internacional de cambio de fecha permite tener un pie en hoy y el otro en mañana.

Inmenso, curioso, diverso, extraordinario, mágico mundo. La Tierra, el punto azul pálido del que hablaba Carl Sagan, un escenario muy pequeño (pero tan grande) en la vasta arena cósmica, nuestra casa, el único hogar que tenemos. Deberíamos conocerlo bien.

Este mes seis de mis amigos pasiantines han viajado a tierras lejanas. Dulce, Carmen Delia y Eli se han ido cerca del Polo Norte, a Islandia, y se han encontrado una tierra helada de auroras boreales y de carreteras inmensas y desiertas, ni una casa en el paisaje. El reino de la naturaleza, con cascadas impresionantes y lagunas de agua hirviendo. Las personas son solo una anécdota más.

Vicente y Rosi fueron a Japón y descubrieron un país de contrastes, el Japón de ciudades ultramodernas conviviendo con el tradicional y milenario, plasmado en el ambiento zen de los jardines. Les ha sorprendido la increíble limpieza en un país en el que no hay papeleras, basada en el dictado de la religión sintoísta en la que todo tiene alma, hasta los objetos, y en el que cada cosa tiene que estar en el lugar correcto, por lo que la calle no es lugar para basura, y ni siquiera para fumar, beber o comer.

Lali, la más correcaminos de mis amigas, se fue un mes a Chile y a Argentina y, como buena bióloga, viene hablando maravillas de los coloridos matorrales preandinos y de los bosques magallánicos, donde son protagonistas las araucarias, los ñirres, las lengas. En la Patagonia argentina, además de los grandes glaciares, le sorprendió la fauna en sus correspondientes hábitats: el guanaco, el huemul, el ñandú, el zorro gris... Y vio el impresionante vuelo del cóndor y oyó el canto de aves como la bandurria y el carancho y, en el mar, las colonias de leones marinos o los entresijos de elefantes marinos copulando.

No me digan que no dan ganas de ir a la agencia más cercana a sacar un pasaje a donde sea, porque cualquier lugar de este mundo tiene algo que ofrecernos. Lo malo es que las circunstancias mandan. Yo por el este no he ido más allá de Estambul y por el oeste a la isla de Arán en Irlanda, y dudo que vaya más lejos. Pero sigo el ejemplo de mi madre, a la que también le encantaba viajar y que, cuando ya estaba enferma, decía: "A lo mejor no viajo más, pero ¿y lo que me he divertido haciéndolo?".

Que no se quede la cosa en aprender capitales, sino que eso sea la llave para despertar el gusanillo de conocerlas. Como decían los romanos, que eran muy sabios, dum licet fruere: Mientras se pueda, goza.


Cascadas en Godafoss, Islandia



Glaciar Perito Moreno, Patagonia argentina


lunes, 10 de noviembre de 2025

Nos van a chiflar



Una tiene que reconocer que ya no es la que era, que a veces confundo fechas y caras, me olvido de nombres y me veo con la nevera abierta buscando un destornillador. Pero es que ahora, al lógico deterioro de las facultades físicas y mentales, se suma el hecho de que la naturaleza y la sociedad cooperan para que todo vaya a peor y nos armemos un lío.

Lo que una jubilada desea, porque a estas alturas somos hijas de la costumbre, es un universo ordenadito, un entorno donde sepamos a qué atenernos, donde todo esté en su sitio. ¡Qué menos, después de años de corre corre! Y resulta que de eso nada. Mi marido decía a veces este chascarrillo: "Ahora que aprendí a decir pelíucula me lo cambian a flim". Y eso, que parece un chiste, es exactamente lo que pasa ahora: cuando parece que dominamos nuestra vida , van y nos la cambian a flim.

Miren, si no, el tema de la hora. Cuando ya estamos acostumbrados a esas tardes largas en las que el sol se pone cerca de las 9 de la noche, van y nos las cambian, sin pedirnos permiso ni nada, a una hora más temprana. Y si antes la cena se preparaba a una hora prudente, las 8 y pico, ahora me ven pelando papas para una tortilla a las 6 de la tarde. Eso no es fundamento ni es nada, ni que fuéramos extranjeros. Oh, a veces veo a mi marido ahora, que se escabulle a la cocina a las 11 de la noche, con hambre otra vez, a hacerse un bocata de chorizo...

¿Y qué me dicen del clima? De repente, hace muy poco, nos anuncian que un chorro polar llega en cuestión de horas a Canarias y yo empiezo a sacar pellizas, abrigos, bufandas, botas, edredones... Y cuando estoy así de pertrechada, ahora que vengan fríos, me veo sudando la gota gorda con 25º. A cualquier cosa llaman chorro polar. Alguien debe estar carcajeándose por ahí.

Hasta a los supermercados llega el desajuste. Cuando ya me aprendí el Mercadona y hacía la compra en un plisplás, el otro día voy a buscar mis tisanas de té verde y de tila y no están al lado de las galletas como siempre. Le pregunto a uno de los que reponen y me dice que las vaya a buscar enfrente del papel higiénico, a 1 km. de allí (en el Mercadona a veces llego a los 8000 pasos). Le digo al mozo: "¿Lo hacen adrede, verdad?", y él me contesta: "¡Ay, señora, si yo le contara!". Ese día todo estaba rebujado e intercambiado, y convivían en fraternal compañía turrones, huevos de Pascua y esqueletos de Halloween.

Porque esa es otra. Les juro que desde principios de octubre ya están colgadas por mi pueblo las luces de Navidad (apagadas todavía, eso sí); que en el Chino ya hay árboles plateados en los escaparates; que tengo amigos que ya se han comido 4 o 5 turrones... Hasta yo me oí a mí misma el 30 de octubre, mientras picaba ajos distraída en la cocina, cantando: "¡Ya vienen los panderos y las tamboras porque viene llegando la Navidaaaad...!". ¡El 30 de octubre! ¡Dos meses antes! Y cada vez más se mezclan navidades con carnavales, semana santa y romerías. Al final, nos va a pasar como a los hijos pequeños de unos amigos míos, que vivían en la calle San Agustín de La Laguna, por donde pasan todos los desfiles, carretas y procesiones, y que se liaban tanto que, cuando pasaban las de Semana Santa, ellos gritaban: "¡Melchor! ¡Gaspar! ¡Baltasar!".

Y sí, ya sé que hasta Heráclito decía, hace ya 27 siglos, que todo cambia y nada permanece, pero ¿tanto?. Llámenme conspiranoica, pero estoy convencida de que hay oscuras maniobras (¿el Gobierno? ¿La CIA? ¿Trump? ¿Putin? ¿Míster X?...) que, no se sabe bien por qué, quieren volvernos majaretas con tanto cambio.

Nos van a chiflar.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Recapitulemos



Se va octubre con sus mañanas azules y sus atardeceres otoñales, tiznando de naranja y ocre el paisaje: esa imagen desde Mazo, el pueblo de mi madre, con el Teide al fondo podría ponerse como portada del mes y como demostración de que aquí hay también ciertas auroras de esas que pintan el firmamento. Se va octubre y se cambia la hora el día 25, dejándonos con el regusto nostálgico de las largas tardes de verano. Se va octubre entre niños con disfraces y máscaras de Halloween y gentes con ramos de flores camino al cementerio.

Octubre es un mes curioso. Todavía se siente el verano (escribo con 30º el domingo) y ya se anuncia la Navidad (no lo creerán pero ya hay turrones en los supermercados, adornos de navidad colgados en las calles esperando al encendido y árboles de Navidad en el escaparate del chino de Los Rodeos). Parece ser un punto de inflexión para hacer un ejercicio de recapitulación sobre el mes, antes de la vorágine de las fiestas. Recapitulemos, pues.

En este mes he ido a 3 visitas médicas. Son tributo de la edad y, aunque está todo bien (por ahora), siempre dejan un poso melancólico en el ánimo.

Asistí a la inauguración del curso escolar en mi antiguo Instituto para oír el discurso inaugural que mi amiga Ana Crespo dio, "60 años más tarde, de vuelta al Instituto de La Laguna". Un ejercicio de memoria y encanto entre las viejas paredes del Salón de Actos, al lado del Claustro.

He ido al entierro inesperado y triste de un amigo, y he asistido a una boda familiar pasada por agua, entre risas y parabienes.

Disfruté leyendo 12 novelas, 4 de ellas relecturas, y dejé 2 más, que no me sedujeron de entrada, a la mitad. Algún día tal vez las terminaré.

Durante el mes fui a comer o cenar fuera con amigos y familia en 13 ocasiones. Una de ellas, en Las Palmas, en un viaje relámpago: coger el avión por la mañana, comer con mi amiga Eli en su casa y volver por la tarde. Hacía mucho que no hacía algo así, pero igual me acostumbro.

Aprendí de los discursos de Eduardo Mendoza y de Byung-Chul Han en los Premios Princesa de Asturias. Un gustazo oírlos, sonrisa incluida.

¿Un ejercicio mental? Escribir estos post que cada lunes compartimos ustedes y yo (4 en octubre, 854 desde que empecé hace 17 años); adivinar, nada más levantarme, la Palabra del Día; jugar al rummy contra el ordenador y contra mis nietos pequeños  cuando vienen...

¿Un ejercicio físico? Pilates dos veces a la semana con mis compañeras (las pinitodeloro) y caminar dónde y cuándo se pueda.

He felicitado de corazón a 13 amigos o familiares que en octubre han tenido un año más. Y también en este mes hay dos aniversarios de boda para recordar y celebrar: el 24 aniversario de mi hija y mi yerno, y el 54 de mi marido y mío. Chin-chín.

En octubre he llorado una vez y me he reído muchísimas veces.

En octubre he vivido.

lunes, 27 de octubre de 2025

Una dosis de realidad


Esta semana ha entrado un ratoncito en casa, tan chiquito y saltarín él. No suele pasar, pero es lo que tiene vivir en medio del campo y, seguramente, nos dejamos la puerta de la cocina abierta durante un rato y entró desde el jardín. Esa noche, cuando estábamos viendo la tele, pasó por delante brincando, como Pedro por su casa, y escondiéndose detrás de la librería. Como no había sido invitado, lo calificamos enseguida de persona non grata y tratamos de echarlo amablemente con una escoba, pero corrió de aquí para allá un rato, se escondió otro y, después de poner veneno para un regimiento, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos había dejado el mensaje implícito de que el veneno se lo iba a comer mi abuela y que él prefería muchísimo más, dónde iba a parar, una caja de exquisiteces que mi hija le había regalado a su padre, sobre todo unas galletas inglesas riquísimas y unos bombones de licor como chupito fin de fiesta. Nos había engañado vilmente su aspecto de ratoncito frágil y recordé que una vez oí que algo así les pasa a los políticos, que les gusta ser como Mickey Mouse, tan encantador que la gente olvida que es una rata.

Nos dispusimos entonces a pasar a la acción. ¡Era la guerra! ¡O él o nosotros! Me fui a la ferretería del pueblo a por una ratonera y se les habían acabado. Pero las huestes en combate no se dejan amilanar por tan poca cosa y conseguimos una en casa de mi hermana. Éramos como el ejército del Abismo de Helm contra los orcos y los hombres salvajes de las Tierras Oscuras, pertrechándonos ante la batalla final. Una ratonera con un trozo de queso apetitoso era una trampa mortal. ¡Ja! ¡A por él!

Cuando a la mañana siguiente fuimos a ver el resultado, nos sentimos más bien como Tom (nosotros) y Jerry (él). Se había comido el queso y nos había dejado como recuerdo agradecido una cagada sobre la ratonera. Encima, recochineo. Culpa de nuestra inexperiencia: la habíamos puesto mal. Pero de los errores se aprende y letal fue nuestra venganza. Otra ratonera con otro queso más apetitoso puesta en un sitio más estratégico (detrás de la cesta de las papas en el suelo de la despensa) lo estaba esperando, jejeje (risa de bruja). Ese mismo día estábamos leyendo en la sala y, en el silencio de la tarde, resonó un ¡cataclac!. Y supimos entonces que "cautivo y desarmado el elemento ratonil, hemos alcanzado los últimos objetivos militares. La guerra ha terminado". Y no hubo clemencia, no. Metimos su cadáver en un balde de agua por si acaso y luego, como ejemplo para futuras incursiones, lo tiramos a los campos yermos, más allá de casa, de donde nunca debió haber salido.

A veces, en la vida, no todo es color de rosa y debemos librar cruentas batallas. A veces nos tropezamos con una dosis de realidad, qué quieren que les diga.

lunes, 20 de octubre de 2025

De boda a boda



Mi prima Carmita era guapísima. Diez años mayor que yo, vino a vivir de adolescente a mi casa desde La Palma, y yo la quería y le rendía mi más profunda admiración. Tenía unos ojos oscuros que brillaban de pasión por la vida, unas manos largas y expresivas y una risa contagiosa. Iluminaba cualquier sitio en el que entrara.

Su boda fue la primera a la que asistí en mi vida, yo con 10 años recién cumplidos y ella aún con 19. Recuerdo que a la puerta de la iglesia de San Francisco oí exclamar a una señora, de esas que siempre van a ver y a cotillear: "¡Pero si es todavía una niña!". Yo, que sí lo era, la miré asombrada pensando que estaba loca, porque para mí era como una princesa. Llevaba un vestido precioso de encaje con cuello alto y perlitas cerrando el corpiño y una sonrisa radiante. Después, la vida, como hacen todas las vidas, le dio gozos y sinsabores, hasta que murió hace 4 años, a los 83 años, pero todavía joven, todavía guapa.

No me acuerdo mucho de la ceremonia, la verdad,  pero sí recuerdo la celebración porque fue en mi casa y todavía no me explico cómo cabía allí tanta gente. Además, fue a base de dulces acompañados de chocolates y licores, nada de menús y cosas así. Mi abuela, que era una gran repostera, mi madre y mis tías se pasaron la semana anterior haciendo bollos, rosquetes, quesos de almendra, marquesotes, almendrados, bizcochones, tartas, esponjosos merengues y dulces de todos los sabores. Yo iba sorteando entre las gentes, oyendo historias de otros casorios, pescando dulces y compartiéndolos con mis hermanos y primos, y pensando maravillada, porque todo me parecía mágico: "Así que esto es una boda...".

Esta semana, 67 años después de su boda, he asistido a otra, la de su nieta María, tan parecida a ella que, cuando entró en la iglesia, volví a ver a su abuela, igual de delgada y preciosa, igual de alegre, y su recuerdo sobrevoló en sus hijos, sus nietos, nosotros... todos los que compartimos su vida y la quisimos.

¡Y qué distinta ha sido esta boda de aquella primera! Ahora: una celebración en un sitio precioso de La Orotava, con escalinatas y jardines. Antes: en un piso pequeño de la calle del Pilar. Ahora: un menú exquisito de vichyssoise con timbal de marisco, presa ibérico y tartas de chocolate y de parchita, precedido de dos horas de aperitivos deliciosos mientras tomábamos champán. Antes: dulces a tutiplén, riquísimos, eso sí. Ahora: actuaciones variadas, como un coro en la iglesia o un cantante venido de Londres que cantaba como Sinatra. Antes: no se cantó ni una folía. Ahora: hubo discursos de amigos, primos, hermanos y madrina; hablaron los novios de sus sentimientos, de como se conocieron y de sus proyectos de vida. Antes: ni mu. Ahora: una boda se organiza con un año de antelación. En septiembre  del 24 me llegó un wasap de la madre de la novia diciendo: "La María se nos casa". Antes. en un mes se decidía todo. Ahora: se hicieron miles de fotos y vídeos. Antes: hay solo 3 fotos de la boda: la que les pongo arriba, otra en el altar y otra entrando al coche.

Pero las dos ceremonias fueron igual de bonitas. En las dos, todos nos pusimos las mejores galas; en las dos, comimos fenomenal; en las dos, compartíamos con los novios su momento más feliz; y en las dos, solo por ver la sonrisa de las dos novias, tan parecidas y tan luminosas, merecía la pena asistir.

En la boda de este sábado pasado, uno de los discursos se refirió a la novia, María, diciéndole que tenía la capacidad de "vivir riendo". Si existiera otra vida, seguro que Carmita hubiera comentado desde los celajes: "¡Igualito que yo!", mientras nos envolvía con sus carcajadas y su cariño.

Así que esto, este rito feliz, es una boda. Felicidades a todos los que disfrutan de ellas.





lunes, 13 de octubre de 2025

Cosas que pasan cuando lees


 

Hace poco hubo una polémica en las redes porque una conocida influencer, María Pombo, con miles de seguidores, dijo que ella no leía nada, que no le gusta ni es obligado leer, que no se es mejor persona por ello y que no pasa nada por no leer. Las consecuencias de estas declaraciones han sido inmediatas. La mejor para todos es que ¿cuándo se ha visto a un país hablando de la lectura con ese entusiasmo?. Y la mejor para ella es que su cuenta habrá aumentado un montón.

Como madre de dos hijos a los que he educado de la misma manera con respecto a la lectura, contándoles cuentos desde pequeños y regalándoles libros a tutiplén y, constatando después que mi hija devora libros y que mi hijo no los mira ni por el forro, le doy casi toda la razón a María Pombo. No es obligatorio leer (salvo en clase). No se es mejor persona por leer porque ser mejor o peor persona entra en el campo de la ética en el que cuentan otros valores. Sabemos de grandes escritores que leían mucho y éticamente dejaban mucho que desear, y hay personas maravillosas (mi hijo, por ejemplo) que no leen regularmente.

¿Y no pasa nada por no leer? A lo mejor, no. Pero sí que pasan cosas cuando lees. Y no les voy a hablar de los beneficios y el placer que te dan el que te cuenten historias, de la expansión de la empatía y la tolerancia, o del espíritu crítico, de los que ya han alegado muchas voces estos días... No, yo les quería comentar otros aspectos decisivos que me encantan de la lectura.

El primero es que es un increíble antídoto del aburrimiento y de la desesperación. Me explico. Los que tenemos una edad consumimos parte de nuestro tiempo, por ejemplo, en consultas médicas, tiempo que no nos sobra alegremente sino que contamos con él con la avidez del que sabe que tiene un límite cercano. Sin ir más lejos, yo esta semana tuve que ir a una consulta de esas obligadas por revisión en la que tuve que esperar dos horas en una silla la mar de incómoda. Y en lugar de desesperarme o de acordarme de la parentela de médicos y enfermeras (que, además, no tienen culpa de tener la consulta petada o de que unos pacientes consuman más tiempo que otros), yo saqué mi libro, "Querido librero" de José Luis Romero -una delicia de novela, de la que Máximo Huerta dijo "Hay libros, como este, que llenan las estanterías del corazón"- y no me di ni cuenta del paso del tiempo. Mientras los demás bufaban y protestaban, yo estaba en otro mundo, intrigada por un secreto familiar guardado durante años y en una historia de amor que intenta resistir el paso del tiempo. Una gozada.

Pero es que además, hay otros aspectos positivos de la lectura que confirma la ciencia. Uno es que la lectura es una buena agencia de viajes. "No hay mejor nave que un libro para llevarnos a tierras lejanas", escribió Emily Dickinson, que apenas salió de su casa de Massachusetts y, sin embargo, escribió un bello poema sobre nuestro Teide. Imaginar que hacemos algo y hacerlo es casi lo mismo, lo corrobora la ciencia: en ambos casos se iluminan regiones similares del cerebro.

Otro es que leer alarga la vida y, cuanto más, mejor. Según un estudio sobre salud y jubilación realizado por investigadores de la Universidad de Yale, se certificó que los que leían una media de 3,5 horas a la semana viven un 17% más que los que no abren un libro; quienes leen más tiempo, un 23%. Son casi ¡dos años! de propina. ¿No merece la pena?

Y según otro análisis elaborado por la Universidad de Roma, leer nos hace más felices... ¿Hay quién dé más por un objeto que ni siquiera se enchufa?

Así que anímense a leer, incluso las María Pombo de este mundo. Como invitaba Cortázar, vayamos a la literatura como se va a los encuentros más esenciales de la existencia, "sabiendo que un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y última página.".


lunes, 6 de octubre de 2025

El último deseo



Imagínense que están en el corredor de la muerte (ya sé que es tétrico, pero haber elegido susto) y que les conceden un último deseo, el que quieran, sin cortapisas de ningún tipo... ¿Qué pedirían? ¿Un viaje maravilloso, asistir al concierto de tu ídolo, una noche de amor...?  Yo me dejaría de tonterías, la verdad, y elegiría una última comida, opípara y perfecta.

Hace tiempo leí que una compañía de teatro fue a representar Historia de una escalera en la plaza de un pueblo en fiestas a las 8 de la tarde. Los vecinos llevaron sus sillas y la plaza se llenó. Parecía un público muy atento, pero sobre las 9 uno del pueblo irrumpió en mitad de la función y, sin cortarse ni un pelo, gritó: "¡Que ya están las migas!". Entonces todos se levantaron, recogieron sus sillas y se fueron pitando al local donde servían las migas, dejando a los actores perplejos. Y es que donde esté el comer, que se quiten todas las zarandajas intelectuales. Así que sí, mi último deseo sería disfrutar como un pachá de que otros cocinen para mí alimentos maravillosos, no pisar la cocina ni por el forro y encima poner condiciones para que nada falle.

La primera condición es el sitio. No vale un comedor de mala muerte, aunque parezca apropiado. No, no, tiene que ser un comedor desde el que se vea el mar, amplio y con pocas mesas; luminoso, que hay algunos que parecen un cuadro de Caravaggio y casi no se ve si es berenjena o huevo frito lo que hay en el plato; sin ruidos, sin teles, ni móviles ni nadie que esté cantando cerca, que podamos hablar sin gritar con los que nos acompañan. Porque eso también es una condición para mi comida perfecta: en una mesa redonda (no más de 10 personas), con platos y copas preciosos y mantel y servilletas de tela, con gente que quiero y me quiere y con la que se pueda hablar de todo, sin que nadie esté juzgando al otro.

Y luego, que el menú traiga los sabores que me han acompañado toda la vida y que me recuerdan momentos gratos: las tortillas de papas y los calamares en salsa que mi madre me preparaba cuando yo volvía de Madrid, el arroz amarillo de Mamá Lola, las empanadillas que hace mi hijo, las sardinas a la veneciana que me hacía mi marido cuando se jubiló, el arroz negro de mi yerno, el gazpacho de melón que me enseñó a hacer mi primo Mingo, el ganso de Suzana para celebrar San Martín, los montaditos de Sixto, la morena de El Chavique, las croquetas de Carmen María, las viejas que venían saltando del mar en Arrieta, el queso manchego, los patés y foies del Perigord, las langostas que cogía Domingo en La Graciosa bajando a pulmón limpio, los merengues y almendrados de abuela, la tarta María Victoria y las torrijas de mi consuegra Cristi, los hojaldres de La Punta... Y todo empezando naturalmente con un champán francés bien frío; después, si se tercia, con un buen vino de la tierra; y, al final, con un chupito de los míos.

Yo creo que con tanta condición y tanta vianda, el momento de la ejecución se irá alargando indefinidamente y se convertiría todo en unas mil y una noches culinarias. Y cada día se cumpliría el penúltimo deseo. El secreto de la felicidad a lo mejor es vivir cada día como si fuera el último.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Soy Matusalén



Yo hay días en que me siento Matusalén. Los niños de ahora, que no han estudiado Historia Sagrada como hacíamos nosotros, no tienen ni idea de quién era este señor pero, si buscan en Google, sabrán que fue un personaje bíblico antediluviano, abuelo de Noé (por lo que supongo que también estuvo en el Arca), y que vivió 969 años, una edad nunca más registrada. Claro que nada que ver con Iago del Castillo, el personaje principal de La Saga de los Longevos de Eva Gª Sáenz de Urruti, que tiene 10300 años y que nos puede informar de la prehistoria con todo lujo de detalles. Pero bueno, al margen de estos abuelitos, repito, yo hay días en los que me siento así, muy muy muy mayor.

Y es que no es solamente que me duelan todos los huesos (mi abuela diría: "Eso es pa calor..."), o que no pueda dormir a pierna suelta como en mis años mozos, o que tenga una flojetud que me lleve a que sean las 11 de la mañana y no he vendido una escoba (mi abuela también diría: "Eso es gandulería, palanquina, qué flojetud ni flojetud..."). 

No, no es todo eso (que también), sino que a veces me doy cuenta de toda la historia que arrastro. Y es que el año en que yo nací solo habían pasado 3 años del final de la Segunda Guerra Mundial y 9 del final de la Guerra Civil española. Nadie tenía televisor, aunque en junio se había hecho una demostración en una Feria de Muestras en Barcelona (a mí me llegaría 15 años más tarde). Todavía la Reina Isabel era princesa y no la coronarían hasta 5 años después. El año en que yo nací se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, asesinaron a Mahatma Gandhi, se independizó la India del Imperio Británico, se inició la Guerra Fría entre EEUU y la Unión Soviética, se fundó la Organización Mundial de la Salud (OMS), se creó el Estado de Israel, se inventó el transistor y el LP. Todos los niños estudiábamos en los colegios Historia Sagrada y conocíamos quién era Matusalén. Y Lola Flores cantaba en la radio lo de "Qué tiene la Zarzamora, que a todas horas llora que llora por los rincooones..."

Entonces, una echa la vista atrás, a esos largos 77 años, y es consciente de que ahora, igual que entonces, hay masacres, corrupción, golpes de estado, gente cruel y guerras por doquier que terminan como el rosario de la aurora, dejando atrás solo desolación. Y una piensa que no hemos aprendido nada y una se siente Matusalén.

Pero no se preocupen, que no me he vuelto pesimista, así de repente. Son momentos pasajeros que pasan porque envejecer no es fácil (vas perdiendo amigos, padres, pelo, dientes, dioptrías, ganas, memoria...), pero tampoco es para blandengues. Sentirse Matusalén tal vez sirva para liberarnos de miradas atrás y de pamplinas y para darle importancia a lo que verdaderamente la tiene, al día a día, diseñado con mimo y con la conciencia de estar vivo. En una entrevista a Manuel Vicent, después de confesar que ahora está muy tocado, dice "Eso es porque uno está llegando al final del río y, en su desembocadura,  las aguas dejan de ser turbulentas y describen curvas suaves. Pero me gusta que en esa desembocadura haya muchos pájaros, gaviotas, patos. Y de pronto, todo ese enredo psicológico se cura con la llamada de un amigo".

Quizás solo necesitamos algo como esos detalles para que cada día se convierta en una obra de arte.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Querido Alejandro



Hace 27 años que no te veía, desde aquel COU C en que yo te di clase de Filosofía y tú lo sobrellevaste con paciencia y buen humor. Pero miento, claro que te he visto, yo y toda España. Ahora eres un actor guapo y famoso, has hecho un montón de películas, series de televisión y teatro (te vi, impresionante, en Madrid haciendo de hijo de José María Pou en La cabra), has tenido premios y nominaciones como mejor actor y todos te conocen como Alex García. Y la semana pasada, por fin, fui a verte en persona al programa En clave de Rhodes, que presentó el escritor y pianista James Rhodes en el Auditorio de Santa Cruz. Tú fuiste su invitado y durante una hora respondiste a todo lo que te preguntó y, de paso, te metiste a todo el público, incluida yo, en el bolsillo.

Fui por curiosidad, para ver cuánto quedaba en ti de aquel chico que se quería comer el mundo, que no paraba quieto mucho rato y que parecía tener las cosas claras, el Alejandro que yo conocí. Y no salí decepcionada, todo lo contrario: capeaste todo también con la misma paciencia y el buen humor de entonces.

Hablaste de tus inicios, aquellos que alguna vez me contaste en clase, cuando presentabas programas de carnaval; de lo que te gusta el teatro (tanta gente que aparca su vida para reunirse en un sitio determinado a ver y a disfrutar de una historia); de los pases en la alfombra roja y del disfrazarse... Rhodes comentó lo que le gustaba el ritmo pausado de esta isla tuya y mía y tú le hablaste de estar cómodo con cholas, tal como apareciste en el escenario sin que a nadie le llamara la atención, o descalzo después. Se te veía en casa. "¿Y tu canción?". Sin dudarlo dijiste: "La vida es un carnaval, de Celia Cruz". Fíjate, fíjate en la letra, cantabas mientras sonaba por los altavoces: "Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando...".

A la pregunta "¿Quién te ha inspirado?", tampoco dudaste: tu familia, tus amigos, Vero. Y cuando Rhodes te preguntó con delicadeza si podías hablar de ella y del duelo, lo pensaste un poco, te escuchaste a ti mismo y contestaste con serenidad, aceptando el momento y asegurando que lo que queda, lo único que importa, es el amor.

"¿Y qué te da miedo?" "Que los que quiero sufran". Hay un filósofo, Epicuro de Samos, del que seguro que no te acordarás (casi no me acuerdo a veces ni yo), que decía que no hay que temer a la muerte porque cuando nosotros no existimos, ella no está, y cuando ella existe, nosotros no estamos. Que no nos vamos a enterar, vamos. Pero tú has mirado más allá: nos da miedo, no nuestro dolor o nuestra partida, sino los de aquellos a quienes queremos. No puedo estar más de acuerdo contigo.

Me gustó verte, Alejandro, tan maduro, tan sereno, tan vital. Me gustó que sigas conservando la sonrisa tierna, la mirada pícara; que reivindiques tu nombre y sigas siendo Alejandro. Y también, todo hay que decirlo, me gustó lo bien que traducías el ¿español? de James Rhodes (yo algunas preguntas las sacaba por tus respuestas :-D)

Me hubiese gustado hablar contigo y darte un abrazo. Estaba cerca, en la tercera fila, pero no era el momento. No sé tampoco si llegarás a leer esto (dijiste que no usas las redes, y lo mejor que haces: hay que vivir), pero te escribo como quien tira una botella al mar, para que, si por casualidad llega mi escrito hasta ti, sepas que estoy orgullosa de ti, de tu aceptación de la vida con todo lo que conlleva y de que esta te haya hecho mucho más sabio.

Un abrazo grande y virtual.





lunes, 15 de septiembre de 2025

Sorpresas te da la vida



"La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida...", dice la canción de Pedro Navaja, y es la pura verdad. Una vida sin sorpresas, lisa, rutinaria y siempre igual, es como un jardín sin flores, no es vida ni es ná, Pero, como buena optimista, no voy a hablarles de sorpresas chungas, tipo "me suspendieron el Hogar en 3º de Bachillerato" (cosa que, aunque inesperada, fue una tremenda injusticia, como ya les he contado alguna vez); ni de sorpresas que los libros nos proponen, como: "¡Anda! El asesino fue el mayordomo, no me lo podía ni imaginar". No, no, seamos serios y hablemos de sorpresas de verdad, de esas que, cuando llegan, van derechas al alma, te emocionan, te ponen los pelos de punta y te humedecen los ojos... Sorpresas que te hacen intuir que en el mundo todo marcha bien. 

Una sorpresa así tuvo mi hija en la presentación el viernes pasado de su poemario "Contraindicaciones del verbo escribir". Ella, desde el año 2008 en el que empezó a escribir el Blog de la Dra. Jomeini, tiene una cantidad importante de seguidores por el mundo, muchos de los cuales se han convertido en amigos, incluso sin conocerlos personalmente. El día de la presentación, antes de que empezara a venir gente, estábamos sentadas en el vestíbulo del Salón de Actos del Centro Cultural de El Sauzal, cuando Ana se queda quieta, con los ojos mirando de par en par a alguien que aparece y, tan tranquilo, le dice: "Como me quedaba cerca, decidí venir a verte": Y allí estaba el asombro, los abrazos, las risas y el "no me lo puedo creer" alucinado de Ana. Ramón, su amigo virtual desde aquellos lejanos años, había venido exprofeso de Bilbao el día anterior para verla, acompañarla y conocerla en persona y luego, con la misma, marcharse al día siguiente.

El hecho tuvo todos los ingredientes de una genuina sorpresa: lo extraordinario que no se espera, la alegría y la emoción tanto del que sorprende como del sorprendido, la consciencia de que, por vivir un momento así, merece la pena un viaje desde Bilbao (que no está precisamente ahí al lado) hasta Tenerife. Y lo contagioso que es, porque todos los que estábamos allí nos emocionamos también.

Bravo por Ramón. Necesitamos estos ingredientes en nuestra vida, originales, motivadores, distintos. Y aunque, con todo el follón del acto siguiente (mucha gente participando, saludando, alegando, esperando por la firma de los libros...), no pudimos atenderle como se merece, vaya desde aquí la promesa de que, si decide volver, lo esperaremos con los brazos abiertos y tal vez podamos también sorprenderlo.

Y ustedes ¿han tenido también alguna vez uno de esos momentos en los que digas: "¡No me lo puedo creer!"?

lunes, 8 de septiembre de 2025

¿Qué te pone de buen humor?


Sí, sí, ya sé que septiembre es el mes menos apropiado para hacer esta pregunta, porque parece haber en el aire efluvios de mal humor. Es el mes en que, después de unas vacaciones en el que uno vive sin la agenda colgada del cuello, se encuentra con la dura realidad: levantarse a horas fijas, programar, organizarse y saber que hasta las próximas vacaciones todavía queda un largo trecho de travesía en el desierto. Y además, en verano a veces te olvidas de lo que pasa en el mundo y en septiembre te lo encuentras de frente. Y todo eso sin contar los achaques que tenemos en casa que parece que, con la llegada de este mes, se acentúan.

Pero precisamente por eso tenemos que buscar mecanismos de defensa y los míos son muy facilitos: encontrar cada día aquello que me pone de buen humor y que me arranca una sonrisa. Ahí van unas cuantas cosas al azar, así, a bote pronto:

Me pone de muy buen humor que mi hijo me traiga de Escocia un llavero con la efigie de Jane Austen (la que me presta el nombre para el blog). Y también que, cuando fue el viernes a cenar al argentino que está frente al Guimerá, se acordara de que a su madre le chiflan las empanadas y me trajera 4. ¡Arráyate dos millos, hijo!

Me pone de buen humor que, por las mañanas, me salga bien la Palabra del Día, el mensaje animoso de un amigo, las orquídeas de mi ventana, reírme con mis compañeras de pilates, levantarme sin alarmas, cuando me lo pide el cuerpo.

Me puso de buen humor leer el mensaje que puso en Facebook mi colega y amigo Javier y su mujer Juanita, que llevan 65 años de casados y pregonan -lo saben bien- la suerte que tuvieron al encontrarse en la vida.

Me pone de buen humor que la Tasquita de Carol en Valle Guerra haya reabierto sus puertas. Después de pensar que nunca jamás volvería a probar sus maravillosas berenjenas con miel (en la foto inicial), las disfruté otra vez en la cena del viernes pasado con los amigos (otra costumbre que me pone de buen humor). No hay mejor centro de mesa que este, tan doradito y apetecible, acompañado de un vinito blanco seco y frío.

Me pone de buen humor saber que he bajado un kilo en todo el verano sin hacer dieta ni nada.

Me pone de buen humor leer un libro bien escrito y que me diga cosas y me enternezca. Como esta semana, El amor que pasa de Care Santos. O terminar de corregir el último que va a publicar en un par de meses mi hija Ana y que sé que va a gustar, La música secreta del verano.

Me pone de buen humor ganarle al rummy al ordenador; tener noticias de mi nieto y que me cuente cómo lo está pasando en su Erasmus en esa California, tan lejana como la Luna; recibir el regalo de una bolsa de ciruelas rojas con las que hago la mermelada del verano (¡Gracias, M.V.!); bañarme en Bajamar y ver cómo rompen en las rocas las mareas de septiembre.

Me pone de buen humor una cena tranquila al aire libre en el patio, viendo salir las estrellas. Y un beso y un abrazo de aquellos a los que quiero.

Y me pone de buen humor hablar con ustedes, como cada lunes, y preguntar, así, entre nosotros: ¿Qué les pone de buen humor?

lunes, 1 de septiembre de 2025

Contraindicaciones del verbo escribir



Vengo de un tiempo en que la poesía estaba presente en el trajín diario. En las fiestas y en las celebraciones familiares se recitaban poemas que todavía guardo en la memoria. En muchas de nuestras casas ocupaba un lugar de honor un libro que se leía a menudo, "Las mil mejores poesías de la lengua castellana", en el que cada página era una sorpresa. Mi abuelo, Gabriel Duque, fue un excelente poeta y también escribían poesía mi padre y mis tíos. En el colegio -hace poco lo comentábamos aquí- nos hacían aprender de memoria poemas enteros cuya música perdura en el recuerdo ¿Sigue teniendo entre nosotros hoy un papel importante  la poesía?

Mi hija, Ana González Duque, apuesta por ella y presenta este 12 de septiembre su poemario "Contraindicaciones del verbo escribir", un libro para todos aquellos a los que nos gusta leer y escribir. La portada (todo queda en casa) es de mi nieta Eva de José.

Ana empezó desde el Instituto escribiendo y ganando premios de poesía. Luego sus primeras publicaciones fueron también poemarios, cuando ganó el premio Félix Francisco Casanova y el Premio Juventud y Cultura de Canarias. Más tarde se pasó a la narrativa (12 novelas ya y varios libros de no ficción), pero nunca dejó de escribir poemas, que guardaba en una caja como quien tiene un tesoro secreto. Porque, como ella misma dice en el prólogo de este libro, "hay heridas que solo saben rimar, silencios que no caben en una escaleta". "Con la novela -dice- , al menos puedo esconderme tras la trama, los personajes, las excusas. Con los poemas no hay dónde esconderse: es como salir a la calle en bata y con los rulos puestos.". Con la poesía se desnuda el alma.

Y, aunque en la caja de poemas quedan todavía muchos, esta vez elige hablar precisamente de esa pasión por escribir, de "esa necesidad vital de sacar lo que me corría por dentro con palabras". Y nos va contando cómo florecen las ideas, o cuáles fueron los libros amados en los que aprendió que "la belleza puede contarse en versos". Habla de la llegada de la inspiración, de esa nueva forma de mirar que es escribir un poema, de la curiosidad del que persigue historias, de la paz de la habitación propia. Es un libro sincero y valiente, como no podía ser menos, que divide en 4 partes: Escribir, Editar, Promocionar, Ser. Y que cada uno leerá e interpretará a su manera.

Yo me he identificado con "Entre leer y escribir", me enternece el poema "Perder", sonrío ante la crítica que hace al que plagia ("Robar un corazón / y colocarlo en tu escaparate/ no es elegante"). Me hace gracia el humor de las "Instrucciones para sobrevivir al Día del Libro" o de cómo reírse de una misma ("No hay drama que sobreviva a una buena carcajada"). También lo que escribe sobre los vocativos sin coma o sobre la depilación de los adjetivos. Y me sorprende el poema corto dedicado a los verbos: "A veces, / para tener un presente simple/ y un futuro perfecto/ necesitas superar/ un pretérito imperfecto". Nunca tanto se dijo con tan poco.

Sí, la poesía no muere, sigue siendo una manera de ir desde una parte a otra de ti mismo, de reconocernos. Y pienso que, con estos poemas que Ana nos trae en este septiembre, estamos siguiendo el rastro de luz que nos dejaron aquellos que leímos en nuestra niñez.

"Escribo, no para ser distinta, sino para ser".

PD: Si les apetece compartir un ratito hablando del oficio de escribir (y de poesía, naturalmente), la presentación del libro de Ana será en el Centro Cultural de El Sauzal el viernes 12 de septiembre a las 7 de la tarde. La presenta la escritora Pilar Torres y colabora la librería "El Barco de Papel". Sería estupendo que pudieran asistir y vernos allí.




lunes, 25 de agosto de 2025

Una tremenda injusticia



Me siento estafada. Profundamente estafada. Y envidiosa también, todo hay que decirlo. Y víctima de una injusticia flagrante (signifique lo que signifique flagrante). Les cuento.

Mi amiga Esther, que vive en Candelaria, me dice que en su pueblo pasa un microbús cada media hora por todos los barrios, recogiendo a quien se quiera dar una vuelta y llevándolo a la Estación de guaguas, desde donde puedes coger una y desplazarte a cualquier punto de la isla. ¡Y gratis! El pueblo (y ella) está encantado, dice.

Esther es de mi quinta y le pasa lo mismo que a mí, que pensamos que hay demasiados coches, que el tráfico está imposible (el otro día tardó hora y media en recorrer 10 km.), que a nuestras edades lo de conducir ha perdido mucho de su atractivo y se ha convertido en una responsabilidad muy grande y en un peligro, que vamos sorteando obstáculos como en los cochitos locos y que ¡qué necesidad! Así que esta semana se levantó temprano, cogió su microbús y después su guagua y se fue tan ricamente a Los Gigantes a ver a unas amigas y se lo pasó estupendo: viendo el paisaje, sin nervios ni sustos, hablando además con su vecina de asiento, que era una cubana que le contó su vida... Incluso, a la vuelta, se bajó en Las Caletillas y se fue caminando hasta Candelaria al fresquito del atardecer. Un día redondo.

Y no hay derecho porque, como ustedes saben porque se lo he contado muchas veces, por mi zona solo pasan 5 guaguas al día y va que chuta. Y en otros pueblos no es así. Hasta hay sitios como la Santa Marta colombiana que tiene tren aunque no tengan tranvía. Pero aquí ni tren, ni tranvía, ni microbuses, ni casi guaguas. Y me siento agraviada, la verdad.

Además, ¿qué tiene Candelaria que no tenga Tegueste? ¿Será por la Virgen? En mi pueblo están la de los Remedios y la del Socorro, que son dos frente a una. Pero claro, esa una es la Patrona de Canarias y las de aquí, frente a eso, no deben pintar mucho a la hora de las rogativas.

Así que hoy aquí va mi propuesta dirigida a quién corresponda (¿Ayuntamiento, Gobierno, Tribunal de Derechos Humanos de La Haya, el Cielo...?): yo también quiero tener un microbús cada media hora, yo también quiero darme un paseo sin conducir por la isla, yo también quiero hacer amistades con cubanas... ¿No es una tremenda injusticia que unos tengan tanto y otros tan poco? Ruego, por tanto, que esto se repare inmediatamente y que, si es por vírgenes, de las dos mías, una pide socorro y la otra exige remedios. ¡Será por vírgenes!

¡Un microbús cada media hora que nos lleve a la Estación, ya! ¡No a las injusticias, sean flagrantes o no!

lunes, 18 de agosto de 2025

El asunto de los regalos



El verano es también en mi familia tiempo de celebraciones. Se han puesto de acuerdo para cumplir años en esta luminosa estación mi marido, mi hija, tres de mis nietos, mi cuñado, mi primo, mi ahijado... Por lo tanto, también es tiempo de regalos, una larga tradición que vete a saber cuándo se originó (aunque sé que ya los antiguos griegos acostumbraban dar flores y amuletos a los niños por su cumple), pero que se aceptó enseguida, faltaría más. Yo no conozco a nadie que no regale (o que no quiera que le regalen).

El problema está en pensar qué regalar, porque no es cuestión de hacer como aquel que le regalaba a su mujer cada año una caña de pescar y unas botas del 45. Esta semana me leí una novelita romántica y divertida (Matrimonio de conveniencia de Felicia Kingsley), en la que él es un duque arruinado y ella una hippy que, para recibir una herencia, tiene que casarse con un aristócrata. Y se casan, claro, aunque se odian y no pegan ni con cola. Pero se ve que la cosa va cambiando al hacerse los regalos de cumpleaños. Ella le monta un parque de atracciones en los jardines de la mansión (al pobre niño rico nunca lo habían llevado a uno) y él le regala unas entradas en la tribuna central para el primer partido de la Liga de Campeones contra el Barcelona (ella es forofa). Estos dos regalos tienen las características que debe tener todo regalo que se precie: el primero, es un curro considerable montarlo, y el segundo es un regalo deseado y original. Son regalos pensados porque nos importa la otra persona.

Esos son los regalos que me gustan. A mi nieto mayor, por sus 20 años ahora, una amiga nos pidió a todos que le escribiéramos una carta a mano y, con todas ellas, editó un cuadernillo que tituló "De todas las personas que te quieren" (imagen inicial). Ni que decir tiene lo que le gustó y emocionó a él, que ahora se va un año a EEUU, tener ese recuerdo para siempre. 

También mi nieto de 10 años le hizo otro regalo entrañable a su hermana, que cumple los 12 esta semana. Durante toda una mañana se encerró en el cuarto de estudio de casa, en alto secreto, poniendo carteles en la puerta cerrada de "NO PASAR. ¡¡¡Nadie!!! ¡¡¡Nadie!!!" y otro que me decía: "¡¡¡Ni tú, Aba!!!", y se dedicó a hacerle una poesía preciosa a su hermana ("Ella es maravillosa, más linda que una rosa...").

12 citas románticas, una cada mes, ya organizadas y datadas, fue el regalo que mi hija le hizo a su marido en Reyes: una cena en el Puerto, un curso juntos para hacer pan, un día de baño en Garachico, escapadas a distintos sitios de la península o de las islas... Es también original y trabajado el regalo que ya les comenté cuando hablé de canciones: un cassette con 20 canciones que hablan de Isabel. O el montaje de mis hijos cuando cumplí los 50: un vídeo con 50 fotos por cada año de mi vida. O mi hija que una vez me regaló tiempo, uno de los regalos más valiosos.

Todo lo que hay que hacer con los regalos son esas dos cosas, pensar qué puede gustarle a la persona regalada y trabajárselo bien. Por el cumpleaños de mi marido le organicé dos fiestas, una familiar en el sur y otra con amigos en casa en la que se montó una parrandita de guitarras que lo hizo feliz. Pero también unos vaqueros, unos tenis, tres camisetas finitas de algodón y unas gafas, algo práctico. Porque igual le pasa lo que a Dumbledore en los libros de Harry Potter, cuando ante el Espejo de Erised que muestra el deseo más profundo de nuestro corazón, Harry le pregunta a Dumbledore cuál es el suyo. Y el profesor contesta: "¡Un par de calcetines de lana! Uno nunca tiene suficientes calcetines. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros":

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