lunes, 25 de agosto de 2025

Una tremenda injusticia



Me siento estafada. Profundamente estafada. Y envidiosa también, todo hay que decirlo. Y víctima de una injusticia flagrante (signifique lo que signifique flagrante). Les cuento.

Mi amiga Esther, que vive en Candelaria, me dice que en su pueblo pasa un microbús cada media hora por todos los barrios, recogiendo a quien se quiera dar una vuelta y llevándolo a la Estación de guaguas, desde donde puedes coger una y desplazarte a cualquier punto de la isla. ¡Y gratis! El pueblo (y ella) está encantado, dice.

Esther es de mi quinta y le pasa lo mismo que a mí, que pensamos que hay demasiados coches, que el tráfico está imposible (el otro día tardó hora y media en recorrer 10 km.), que a nuestras edades lo de conducir ha perdido mucho de su atractivo y se ha convertido en una responsabilidad muy grande y en un peligro, que vamos sorteando obstáculos como en los cochitos locos y que ¡qué necesidad! Así que esta semana se levantó temprano, cogió su microbús y después su guagua y se fue tan ricamente a Los Gigantes a ver a unas amigas y se lo pasó estupendo: viendo el paisaje, sin nervios ni sustos, hablando además con su vecina de asiento, que era una cubana que le contó su vida... Incluso, a la vuelta, se bajó en Las Caletillas y se fue caminando hasta Candelaria al fresquito del atardecer. Un día redondo.

Y no hay derecho porque, como ustedes saben porque se lo he contado muchas veces, por mi zona solo pasan 5 guaguas al día y va que chuta. Y en otros pueblos no es así. Hasta hay sitios como la Santa Marta colombiana que tiene tren aunque no tengan tranvía. Pero aquí ni tren, ni tranvía, ni microbuses, ni casi guaguas. Y me siento agraviada, la verdad.

Además, ¿qué tiene Candelaria que no tenga Tegueste? ¿Será por la Virgen? En mi pueblo están la de los Remedios y la del Socorro, que son dos frente a una. Pero claro, esa una es la Patrona de Canarias y las de aquí, frente a eso, no deben pintar mucho a la hora de las rogativas.

Así que hoy aquí va mi propuesta dirigida a quién corresponda (¿Ayuntamiento, Gobierno, Tribunal de Derechos Humanos de La Haya, el Cielo...?): yo también quiero tener un microbús cada media hora, yo también quiero darme un paseo sin conducir por la isla, yo también quiero hacer amistades con cubanas... ¿No es una tremenda injusticia que unos tengan tanto y otros tan poco? Ruego, por tanto, que esto se repare inmediatamente y que, si es por vírgenes, de las dos mías, una pide socorro y la otra exige remedios. ¡Será por vírgenes!

¡Un microbús cada media hora que nos lleve a la Estación, ya! ¡No a las injusticias, sean flagrantes o no!

lunes, 18 de agosto de 2025

El asunto de los regalos



El verano es también en mi familia tiempo de celebraciones. Se han puesto de acuerdo para cumplir años en esta luminosa estación mi marido, mi hija, tres de mis nietos, mi cuñado, mi primo, mi ahijado... Por lo tanto, también es tiempo de regalos, una larga tradición que vete a saber cuándo se originó (aunque sé que ya los antiguos griegos acostumbraban dar flores y amuletos a los niños por su cumple), pero que se aceptó enseguida, faltaría más. Yo no conozco a nadie que no regale (o que no quiera que le regalen).

El problema está en pensar qué regalar, porque no es cuestión de hacer como aquel que le regalaba a su mujer cada año una caña de pescar y unas botas del 45. Esta semana me leí una novelita romántica y divertida (Matrimonio de conveniencia de Felicia Kingsley), en la que él es un duque arruinado y ella una hippy que, para recibir una herencia, tiene que casarse con un aristócrata. Y se casan, claro, aunque se odian y no pegan ni con cola. Pero se ve que la cosa va cambiando al hacerse los regalos de cumpleaños. Ella le monta un parque de atracciones en los jardines de la mansión (al pobre niño rico nunca lo habían llevado a uno) y él le regala unas entradas en la tribuna central para el primer partido de la Liga de Campeones contra el Barcelona (ella es forofa). Estos dos regalos tienen las características que debe tener todo regalo que se precie: el primero, es un curro considerable montarlo, y el segundo es un regalo deseado y original. Son regalos pensados porque nos importa la otra persona.

Esos son los regalos que me gustan. A mi nieto mayor, por sus 20 años ahora, una amiga nos pidió a todos que le escribiéramos una carta a mano y, con todas ellas, editó un cuadernillo que tituló "De todas las personas que te quieren" (imagen inicial). Ni que decir tiene lo que le gustó y emocionó a él, que ahora se va un año a EEUU, tener ese recuerdo para siempre. 

También mi nieto de 10 años le hizo otro regalo entrañable a su hermana, que cumple los 12 esta semana. Durante toda una mañana se encerró en el cuarto de estudio de casa, en alto secreto, poniendo carteles en la puerta cerrada de "NO PASAR. ¡¡¡Nadie!!! ¡¡¡Nadie!!!" y otro que me decía: "¡¡¡Ni tú, Aba!!!", y se dedicó a hacerle una poesía preciosa a su hermana ("Ella es maravillosa, más linda que una rosa...").

12 citas románticas, una cada mes, ya organizadas y datadas, fue el regalo que mi hija le hizo a su marido en Reyes: una cena en el Puerto, un curso juntos para hacer pan, un día de baño en Garachico, escapadas a distintos sitios de la península o de las islas... Es también original y trabajado el regalo que ya les comenté cuando hablé de canciones: un cassette con 20 canciones que hablan de Isabel. O el montaje de mis hijos cuando cumplí los 50: un vídeo con 50 fotos por cada año de mi vida. O mi hija que una vez me regaló tiempo, uno de los regalos más valiosos.

Todo lo que hay que hacer con los regalos son esas dos cosas, pensar qué puede gustarle a la persona regalada y trabajárselo bien. Por el cumpleaños de mi marido le organicé dos fiestas, una familiar en el sur y otra con amigos en casa en la que se montó una parrandita de guitarras que lo hizo feliz. Pero también unos vaqueros, unos tenis, tres camisetas finitas de algodón y unas gafas, algo práctico. Porque igual le pasa lo que a Dumbledore en los libros de Harry Potter, cuando ante el Espejo de Erised que muestra el deseo más profundo de nuestro corazón, Harry le pregunta a Dumbledore cuál es el suyo. Y el profesor contesta: "¡Un par de calcetines de lana! Uno nunca tiene suficientes calcetines. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros":

lunes, 11 de agosto de 2025

Agosto sobre el sombrero



Elijo el título para este escrito de hoy por una frase que le leí a Manuel Vicent en estos días: "Hay que dejar que agosto discurra suavemente sobre el sombrero de paja". No se me ocurre mejor imagen para el verano. Agosto es como la crema bronceadora que tan alegremente nos gastamos este mes: fluye con generosidad sobre la piel preservándonos de quemaduras de todo tipo y de malos rollos.

Agosto es que venga a verme mi nieto después de un mes haciendo voluntariado en Ecuador y que me traiga de regalo unos zarcillos hechos con semillas de tagua, el marfil vegetal (no me los quito de encima). Es que, durante una comida en el porche, me cuente cosas de un país que nunca visitaré, como que la línea del ecuador la marca el monumento "Mitad del Mundo", que es el más visitado, pero que con los avances del GPS se determinó que estaba 240 m. más al norte y que hay un tercer ecuador, Catequilla, que los indios señalan como el más preciso. Me habla del volcán de Pichincha y de la ciudad, a casi 3000 m de altura, en la que vivió. Agosto es imaginar desde mi casa tierras, gentes, costumbres, objetos que están al otro lado del mundo, en mi terra incognita.

Agosto es celebrar el cumpleaños de mi marido con una parranda de guitarras que le hace feliz. Es reunirnos dos días toda la familia a la orilla del mar en la casa del sur a disfrutar de la charla y la buena compañía. Es el desayuno largo en la terraza mirando el mar y probando la tarta de manzana que ha hecho mi hija para la ocasión. Es el baño en aguas transparentes por la mañana como si estuviéramos en un cuadro de Sorolla. Es la siesta perezosa y la conversación después de la cena bajo una luna llena que parece escucharnos y promete frescor.

Agosto es leer por placer, cuando apetece: en la siesta posdesayuno, en la siesta oficial, a la caída de la tarde o en la cama, antes de dormir. Esta semana terminé la trilogía de la Saga de los Longevos, tan imaginativa, de Eva Gª Sáenz de Urturi y me leí también un libro delicioso de Joel Dicker (al que conocí una vez en la Feria del Libro de Madrid): La muy catastrófica visita al zoo.

El embrujo de un agosto cambió la vida de muchos en el Sueño de una noche de verano. Dejémonos llevar por ese embrujo y, cuando la luz se filtre por las fibras del sombrero con el que nos resguardamos del sol, disfrutemos del instante e imaginemos todos los mundos posibles e imposibles. Esa es la esencia del verano, la conciencia de estar vivos y de no necesitar nada más.




lunes, 4 de agosto de 2025

Canciones para una vida


Ahora que estamos en verano, esta estación en que uno no se toma ni a sí mismo en serio, me pregunto si sigue estando de moda aquello de la canción del verano ¿Se acuerdan? La verdad es que yo casi que no. Me vienen como ráfagas lo de "Tengo un tractor amarilloooo...", el "Vaya, vaya, aquí no hay playa" y el "Aserejé, ja, dejé", pero poco más. Y es que no me gusta mucho eso de reclamar solo una estación para una canción. Las canciones, nos gusten o no, son para perdurar en la memoria de toda una vida. Así que ahí van canciones que sí recuerdo.

La canción que cantaba, guitarra en mano, mi futuro marido, el padre de mis hijos y abuelo de mis nietos, cuando yo puse por primera vez mis ojos sobre él (y mis oídos): Camino de México. "Por el camino de México voy, con mi tequila y mi guitarra qué feliz yo soy...".

Una de mis canciones favoritas: Se vive solamente una vez, hay que aprender a vivir y a querer, hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras. No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue, quiero gozar de la vida, teniéndote cerca de mí hasta que muera..."

Canciones que no soporto: las metafóricas, como El colibrí: "Yo soy el colibrí, si tú me quieres, mi pasión es el torrente y tú, la flor..." ¡Agggrrrgh!

Canción que mi amigo Melchor no soporta: El niño y el canario: Empieza con "Era el canario un primor..", y termina con lo de "Lloró la pobre criatura al cavar la sepultura de su cantor sin igual", pero Melchor siempre dice: "de aquel infecto animal".

La canción que siempre anima un cotarro cuando la cosa se va amuermando: Somos costeros. Sobre todo lo de "Es moreno mi niño y tan alto que no pasa su busto esa puerta; yo soy chica y también morenita, entradita en cintura y dispuesta".

Canción desgarradora para cantar estilo Lola Flores: ¡Ay, pena, penita, pena -pena-, pena de mi corazón, que me corre por las venas -pena-, con la fuerza de un ciclóón!.

La canción que mi amiga Pili, en los 23 años que lleva yendo a EEUU, oye siempre en algún momento del viaje, en la radio, en un mail, en un restaurante...: I will survive. Y que Kevin Kline borda y baila en In&Out.

La canción que llamo "la interminable": Se me olvidó otra vez. Cuando está diciendo que "se me olvidó otra vez que solo yo te quise", vuelve a dar la matraquilla con "probablemente estoy pidiendo demasiado" y vuelta con "por eso aún estoy en el lugar de siempre" y dale que te pego.

Canción de dúo (él y ella) que me gusta: Él: ¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido chiné?" Ella (muy chula): "A lucirme y a ver la verbena, y a meterme en la cama después".

Canción de película que siempre oigo (y bailo) con una sonrisa: Cantando bajo la lluvia. I'm singing in the rain, just singin' in the rain, what a glorious feeling, I'm happy again... (Y abrimos bien los brazos para recibir la lluvia en la cara)

Canción que mi madrina con alzheimer a los 90 y pico años nunca olvidó: A la orilla de un palmar, yo vide una joven bella, su boquita de coral, sus ojitos dos estrellas...

Canción que mis amigos y yo interpretamos una noche en un pub irlandés cerca de Galway: Piensa en mí. "Si tienes un hondo penar, piensa en mí. Si tienes ganas de llorar, piensa en mí...". Nos aplaudieron y todo.

Canción guineo, esa que no se te va de la cabeza en todo el día y te ves cantándola hasta en la cama. La última, esa de "que allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria...", así hasta 800 veces.

Canción que mi prima Rosi siempre cantaba a sus nietos: "Pimpón es un muñeco más grande que un ratón..." Desde entonces todos sus nietos la llaman Pimpón.

Canción que le encanta oírnos a mi amigo austriaco Walter: Bendita mi tierra guanche. Eso de "Y el Teide por Tenerife" le llega al alma.

Canciones de mi adolescencia, como 15 años tiene mi amor o Popotitos baila rock and roll... ¡Viva el Dúo Dinámico!.

Canción con la que me rondaron un verano, siendo jovencita, en Los Sauces: "Paloma mensajera, cruzando el viento, ve y dile al amor mío que aquí la esperooo...".

Canción que me hacía llorar cuando era pequeña (y que mis tías me cantaban para eso): Inocencia: "La casa está triste, murió mi vecina..."

Canción que me hace llorar ya más mayor: Madre, anoche en las trincheras, laralalalá...

Canción que mi amiga Clari, que siempre ha vivido así, quiere que pongan en su entierro: My way, A mi manera, de Frank Sinatra.

Canción cómica de la tuna que siempre me hace gracia: Querida Enriqueta, con esta te escribo que un notario en Burgos murió antes de ayer, me deja su herencia pero he de casarme con mi prima Rosa la de Santander" (Lo mejor, la respuesta de  Enriqueta).

Canción del colegio que me gustaba y que cantábamos como si nos fuera la vida en ello: Cantad a Catalina pleegarias fervorooosas...

Canción que nunca he entendido: Zamba de los yuyos. "Yuyos hay para el mal, otros que hacen engualichar, yo conozco un gualicho mejor, zamba de los yuyos pa enamorar...". ¿Mande? ¿Qué es un yuyo? ¿Qué es un gualicho"? ¿Qué es engualichar? No es de recibo cantar con diccionario al lado.

Canción que es casi una novela con inicio, nudo y desenlace: Tatuaje, que empieza con "Él vino en un barco de nombre extranjero..." y termina (perdón por el spoiler) con: "Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él".

El ramillete de canciones que mi amigo Luis recopiló en una cinta de cassette y me regaló, todas con un denominador común: todas hablan de Isabel.

Y así muchas más... Seguro que ustedes, si echan la vista atrás, también tienen otras muchas en el baúl de los recuerdos (a propósito: "Buscando en el baúl de los recuerdos, uuuuh..."). Y es que las canciones nos acompañan, ensanchan el alma, jalonan la existencia... Al fin y al cabo, la vida es una canción.





lunes, 28 de julio de 2025

Mi amiga Cae me ha hecho un regalo



Una de las mejores cosas que le pueden pasar a un adolescente es tener un amigo o una amiga íntima con la que compartir las penas y alegrías. Para mí, Cae fue esa amiga, esa confidente con la que me podía pasar horas hablando. Salíamos del colegio y yo la acompañaba hasta la parada de la guagua del Muelle Norte (porque ella vivía en el 5º pino) y dejábamos pasar guaguas y guaguas porque no terminábamos la conversación. Y luego llegábamos a casa, nos llamábamos por teléfono y ¡venga a alegar otro rato ante el enfado de mi abuela! ¿De qué tanto tendríamos que hablar? 

Fue la compañera ideal, teníamos aficiones comunes, leíamos los mismos libros (nos encantaban entonces los policiacos) y, siguiéndolos, inventábamos lenguajes secretos y contraseñas. Incluso me acuerdo de que una vez seguimos a un señor "sospechoso" por la calle del Castillo haciendo de detectives. Nos disfrazábamos de niñas chicas con cancanes y lazos para ir a los cumpleaños de su hermana de 3 años y de sus vecinitas (que nos esperaban arrobadas). Nos hacíamos regalos extravagantes, cajas a las que llamábamos el baúl de los cadáveres y que llenábamos de todo lo feo que podíamos encontrar en la Recova: llaveros con esqueletos, anillos de diamantes de 5 pesetas, flores de plástico... Cuando fuimos a la universidad a las dos nos deslumbró Don Emilio Lledó y su visión de la vida y las dos optamos por especializarnos en Filosofía. Es más, a Cae debo haber conocido a mi marido porque a mí no me apetecía nada ir a la excursión de los de Ciencias de la Universidad donde lo vi por primera vez y ella me convenció. Eso lo saben todos en mi familia. Hasta mi nieta de 11 años, cuando nombro a Cae, dice: "Ah, sí, tu amiga gracias a la cual estoy yo aquí".

Aunque la vida luego nos llevó por distintos caminos, Cae sigue formando parte de mi vida, de lo cual doy gracias a los cielos. Vive en Málaga pero de vez en cuando (ella también) se da una escapadita a Tenerife para no olvidar sus raíces. Y la semana pasada recibí ¡un paquete suyo!. En estos tiempos en que en el buzón solo caen comunicaciones de los bancos y publicidad de Ikea, recibir un paquete-regalo es un acontecimiento que emociona. Y más si es un regalo porque sí, sin ser tu cumpleaños, ni Reyes, ni ninguna otra fecha señalada. Un regalo por el simple hecho de regalar, por saber que la otra persona lo va a valorar.

El regalo eran tres libros. Uno, sobre nuestro Don Emilio, el profesor que marcó nuestro destino común, un libro precioso (ya me lo leí) editado por la Junta de Andalucía en cuya página inicial Cae me pone con su letra de siempre esta dedicatoria: "Cuando vi este libro en la Feria de Málaga de este año pensé: "Este libro es para mi amiga Isa". Luego he tardado en enviártelo porque lo he estado leyendo y hojeando. Por aquellos tiempos felices. Un abrazo". En la dedicatoria del segundo ("Filosofía vulgar. La verdad de los refranes" de Andrés Amorós) me dice: "Para Isa, tan novelera como cuando teníamos 15", y en el tercer librito, "Citas sobre psicología y educación", me dice: "Alimento para tus escritos". ¡Cómo me conoce la condenada! No en vano, en el 67 me hizo otro regalo maravilloso. Me habló de un escritor increíble que me iba a entusiasmar (cosa que así fue) y me dio un libro de él que conservo como oro en paño: "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, una primera edición de la Editorial Sudamericana.

Los amigos, se dice, son la familia elegida, son los que encienden la luz en momentos oscuros, los que hacen nuestra vida más completa. La frase final de la película ¡Qué bello es vivir! lo dice bien claro: "Recuerda, ningún hombre es un fracaso si tiene amigos". Y coincido con Rosa Montero cuando dice que en el recuento final de nuestra vida (si lo hacemos) brillarán como islas de luz esos regalos de cariño que recibimos, tan inmensos que sentimos que es imposible merecerlos. "Esa también es la verdadera amistad: la sensación de estar felizmente en deuda con los otros".

Por todo eso, por mis amigos, y especialmente hoy por Cae, doy infinitas gracias a la vida.


lunes, 21 de julio de 2025

Una escapadita


Consejo que nadie me ha pedido pero que doy graciosamente: de vez en cuando hay que darse una escapadita. Una escapadita para tomarle el pulso a la vida por si la rutina de esta nos lo hubiera escondido. Una escapadita, no un viaje de varios días o semanas en el que vamos pasando de sitio en sitio y de hotel en hotel, cargando maletas y majaderías. No, tiene que ser una escapadita y, como tal, con unas cuantas condiciones.

Primero, tiene que ser corta y en un solo lugar. La mía de estos días fue de domingo a jueves y en Granada tierra soñada, una ciudad preciosa, hecha de de agua y luz. Desde el mismo aeropuerto, que lleva el nombre de Lorca, Granada es poesía. Da la razón al poema de Francisco de Icaza que aparece por todos lados: "Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada".

Segundo, tenemos que contar con una buena base de operaciones. Vale un buen hotel, pero lo ideal es buscar una casa bonita y cómoda. Nosotros nos quedamos en el Albaicín, en una casa de tres pisos con jardín y piscina, con vistas a la Alhambra. Y silencio. Las tardes en la casa con baño, descanso, juegos al rummy con los niños, música en la guitarra, lectura..., lejos del ruido y las gentes, aligeran el alma. Fue un disfrute del que no nos cansamos: ver cómo el amanecer aviva el rojo de esos muros legendarios ("La Roja" es lo que significa Alhambra), oír en el silencio el toque de una campana lejana y asistir, mientras cenamos, a lo que Ganivet decía: "Sale la luna y os besa con su rayo de luz blanca". La Alhambra iluminada, mientras la música de un concierto allí cruza el Darro para llegar a esta casa del Albaicín, es un espectáculo difícil de olvidar.

En tercer lugar, esta escapadita tiene que llevarte a conocer gente que te cuente historias. Desde el taxista que nos lleva y nos avisa: "El que es de Graná y no tiene mala follá, ni es granaíno ni es na", hasta Miguel, que nos cuenta sus escaladas en Sierra Nevada o aquella vez que se trajo una rosa del desierto del Sahara, o cuando encontró, al reformar su casa, empotrado en un muro, un cilindro de cobre que contenía monedas, un periódico de 1928 y un manuscrito con la historia de la casa. O Soledad, que nos hizo un tour interesante por la ciudad, descubriéndonos cosas que nunca supimos o que tal vez habíamos olvidado...

Cuarto, por supuesto hay que darse una vueltita por la ciudad, pero sin tomarse muy en serio el papel de turista. Salir por las mañanas, que están más fresquitas, no hacer colas y no pretender conocerlo todo. Solo pasear tranquilamente por Bib-rambla (La "Puerta del Arenal" en la que en el Arco de las Orejas se exhibían las orejas cortadas a los ladrones), visitar la Catedral, tan bella y luminosa, la más blanca que conozco, o la Madraza, donde el Cardenal Cisneros hizo ese horror de quemar todos los libros de la Biblioteca, o caminar con calma por los jardines de la Alhambra oyendo el agua correr...

En quinto lugar, comer bien, informarse, reservar, aprovechar las especialidades: el chuletón de "Negro carbón", los croquetones de Los Manueles, las migas y el sorbete de arrayán del Parador, los churros del desayuno en el "Alhambra"... Y beber agua de manantial en las fuentes que encontramos a cada paso porque allí el agua viene, pura, de las nieves de las montañas.

Y sexto, gozar de los extras que toda escapadita que se precie debe tener. Como comprar caprichos que nos la recuerden, como un pin para la nevera con forma de ventana mora o un sombrero de ala ancha que no me quité de la cabeza. O como asistir a los gritos que una chica morena y guapa, muy enfadada, lanzaba a un teléfono en un idioma desconocido. Oyéndola, (tenía que sonar justo así), no pude evitar acordarme de la madre de Boabdil peleando al hijo por haber perdido Granada. O el mejor extra, contactar con una amiga querida, Ana la granaína, que es un encanto de persona: nos trajo piononos, los dulces típicos, nos reservó entradas para un concierto de guitarra, nos recomendó hasta un sitio para comer caracoles, nos atendió como a reyes. Y también nos contó historias, como la de la heladería "Los italianos", la de los helados maravillosos, con el tío Hugo y las sobrinas venidas de Italia.

Pero ¿saben qué? Que no hagan mucho caso a estas condiciones mías que me han hecho disfrutar de estos días. Porque las condiciones son lo de menos, ya que cada uno se busca en el ancho mundo su viajito ideal. Lo que verdaderamente importa es escaparse y traer un buen recuerdo para atesorar en momentos bajos o cuando, por otros lugares, se despierte el recuerdo, por ejemplo, cuando oigo el rumor del agua y pienso: "Yo esto lo viví también en Granada". Lo que importa de verdad es la escapadita. Gócenla.

(Para Dani, Myriam, Julia y Álvaro, que nos acompañaron y disfrutaron de esta escapadita)





lunes, 7 de julio de 2025

Sana, sana, culito de rana



¿Ustedes se acuerdan de una serie de los años 80, Cheers, sobre un bar de Boston y de su canción inicial que decía que "a veces quieres ir donde todo el mundo sabe tu nombre"? Pues a mí me pasa eso mismo, pero no con un bar sino con la farmacia. La de mi pueblo, a la que voy creo que todas las semanas, es casi mi segunda casa. No solo las farmacéuticas saben mi nombre y yo me sé los nombres de sus hijas y hermanas, sino que conocemos hasta la vida y costumbres de todas. ¿Será ese uno de los síntomas de hacerse mayor?

¡Y pensar que hace pocos años, cuando mi ginecóloga me preguntó por los medicamentos que tomaba, yo le dije tan orgullosa que ninguno! Ahora tomo 9 pastillas al día, más dos mensuales de vitaminas, más las eventuales de paracetamol y similares. Y a los de mi generación les pasa lo mismo, no crean. Tendrían que ver cuando nos juntamos a comer en los viajes del IMSERSO y cada uno saca sus pastilleros, que van desde el minicofre hasta otros que parecen cajas de caudales. Hasta presumimos de ellos: "El mío es mejor porque separa las pastillas por colores", "Pues el mío por momentos del día: estas para la mañana, estas para la noche..." Y dentro, píldoras con todos los colores del arco iris. Una juerga, oye.

La semana pasada leí que en el anteproyecto de ley de consumo sostenible se veta el ecopostureo, eso de recomendar cosas sin más ni más con etiquetas como "respetuoso con el medio ambiente", "verde", "ecológico"... Yo estoy de acuerdo, ojo, porque a veces las empresas se pasan, pero no puedo por menos de acordarme de lo ecológico que era este tema de las medicinas en la casa de mi niñez. En lugar de tener una caja de medicinas como la que yo tengo ahora a mano en la cocina (en la imagen inicial), el patio de mi casa abundaba en macetas y jardineras llenas de plantas medicinales, que perfumaban el aire y que tanto servían para aromatizar un guiso como para curar un catarro. ¿Que la niña tosía, moqueaba y le dolía la garganta? Agüita de salvia, orégano y tomillo con una cucharada de miel y un chorrito de limón. ¿Que no podías dormir porque tenías un examen? Allí venía mi abuela, después de recoger hierbaluisa, tila y melisa, con su tisana (agüita para nosotros) salvadora y reconfortante. Las flores doradas de la manzanilla florecían todo el año y en infusión calmaban las dolencias de barriga y en paños empapados, las de los ojos. Los gajos del aloe  servían para quemaduras y la piel en general, la cola de caballo y el anís para contracciones del estómago, y para las piedras de riñón, nada como la rompepiedras. Había plantas -el pasote, el llantén, el tomillo, la hierbabuena, el poleo, la ruda...- que parecían servir para todo. Se conocían las hierbas y hasta recuerdo un dicho que decía: "Algoritofe, tofe y tomillo suben la güeleja al ombligo" (Aclaro: el algoritofe es una planta canaria con olor a anís que abunda en el monteverde y a la que se atribuyen propiedades como bajar la tensión; la güeleja se llamaba a un órgano femenino que se creía situado en el vientre; lo de subirlo al ombligo ya es para nota, ni idea).

La naturaleza es sabia. Al mismo tiempo que hay grandes males, hay grandes remedios que las selvas de la Tierra esconden. Nos corresponde descubrirlos e incorporarlos a nuestras medicinas actuales. Y no puedo menos que pensar que los patios y huertas del  mundo fueron (y son) pequeñas y humildes réplicas de esas grandes selvas y que tanto estas como aquellos son poderosos aliados para sanar las dolencias del cuerpo y del alma. 

Los remedios de mis abuelas no son el arsenal de Farmacia de Guardia que yo tengo en mi cocina, pero iban más allá del "sana, sana, culito de rana" y eran muy eficaces. Brebajes, cataplasmas, agúitas, masajes, tónicos... hacían su papel: curaban y aliviaban. Por eso, ahora también, y recordándolas,  esas plantas florecen en mi jardín.

lunes, 30 de junio de 2025

En la ruta de los poetas muertos



(Los que hicimos el sábado pasado la Ruta de los Poetas muertos en la Plaza de la Catedral de La Laguna)

La escritora María Rosa Alonso lo bordó una vez con esta frase: "La Laguna es un amor que dura toda la vida". Y basándome en ese amor que yo también le tengo a mi ciudad natal y en lo noveleras que son mis amigas del colegio, le pedimos a mi colega y amigo Emilio Farrujia que nos hiciera el sábado pasado la Ruta que desde hace unos años organiza, mostrando la ciudad de la mano de siete poetas de los siglos XIX y XX que la cantaron y amaron. Un paseo precioso desde la Plaza del Adelantado (o Plaza de Abajo, como la llamaban antes) hasta los alrededores de La Concepción o Villa de Arriba.

Emilio nació y vivió precisamente allí, bajo el toque de las campanas de La Concepción, y entre sus recuerdos juveniles está acompañar a su padre muy cerca, a la antigua tasca La Oficina, una de las legendarias tabernas laguneras que todos los de mi generación conocimos. Allí se degustaban las perras de vino con su queso y su jamón en viejas barricas que parecían una guardia de honor a ambos lados, allí se hacían tertulias y se chismorreaba, y allí, en sus paredes, los poetas laguneros escribían versos que hicieron inolvidable el local: "Contra la sed ardorosa / es buena medicina / la inyección intravinosa; / para informes, La Oficina". Con semejante educación, no es extraño que Emilio, ataviado elegantemente con su traje y su bombín, como si fuera el poeta Antonio Zerolo redivivo o un personaje de Magritte, se haya dedicado en su "Ruta de los Poetas muertos" a evocarlos al pie de sus bustos, al mismo tiempo que se recorre la ciudad.

La Laguna es bien conocida por todos los que fuimos, pero siempre hay curiosidades que en un paseo de este tipo surgen y que no se conocen o se han olvidado: el lugar exacto de la primitiva laguna señalado en una placa en el suelo de la Plaza de los Bolos, que te indica que si hubieras dado un paso al frente, te hubieras mojado los pies en otra época (antes del siglo XVIII, que fue cuando la laguna se desecó); la noticia de los paseos en barca de los monjes de San Diego del Monte hasta la actual Calle del Remojo; las casas aristocráticas y elegantes de la calle San Agustín y quienes vivieron en ellas, como el corsario Amaro Pargo en el número 5; los incendios que de vez en cuando, como si fuera una maldición, las destruyen (la Iglesia de San Agustín, el Obispado, el Ateneo...); el estanque de los patos de la Plaza de la Catedral, del que todos teníamos un recuerdo del que hablar; las fachadas y sus motivos, en los que no habíamos reparado porque rara vez miramos hacia arriba, como la del Teatro Leal, con sus mascarones, liras y medallones; saber que la piedra roja de algunos palacios y casonas procede de Las Canteras y la azul, más rara, de Pedro Álvarez; descubrir que Manuel Verdugo fue también un excelente pintor (suyas son las Musas del Teatro Leal) y que 4 de los 7 poetas cuyos bustos visitamos, allí tan serios e imperturbables, tuvieron algo que ver con el Instituto de Canarias, aquel en el que Emilio y yo nos jubilamos: Antonio Zerolo fue en él catedrático de Lengua y Literatura y allí estudiaron Guillermo Perera, Nijota y Domingo J. Manrique. Este último fue también catedrático ¡de Caligrafía!, nada menos.

Después en nuestra Ruta hubo pasatiempos y música y, sobre todo, poesía. Manuel Verdugo retrata a La Laguna en uno de mis poemas preferidos: "Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas, / mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones, / serena tejes tu noble ensueño de cosas muertas / en un silencio pleno de extrañas evocaciones...". Antonio Zerolo recuerda de ella: "Yo a sus templos concurrí, / en sus aulas estudié, / por San Diego paseé / y hasta San Roque subí.". José Tabares la muestra en: "Vedla: reposa en su apacible calma, / en soledad gratísima y amena...". Guillermo Perera habla del patio del Instituto: "Antaño estaban llenos de hondo misterio / los hoy risueños claustros, celdas y salas...". Domingo J. Manrique elogia, arrobado, la Plaza del Adelantado: "Plaza de mis amores, tranquila y perfumada, / todo en ti me seduce, todo en ti es atrayente...". José Hernández Amador canta a la calle Viana: "Hoy he vuelto a esta calle después de largos años / a vivir como un huésped, a transitar por ella, / en mi solar querido otros seres extraños / van dejando a su paso la señal de otra huella.". Y Nijota con su humor característico ironiza: "Unos aman La Laguna / por su perfume pretérito, / sus casonas y su vega, / su recato y su silencio, su íntima vida docente, / su místico arrobamiento...", para contraponerla a la vida moderna y pedir que "¡Dejémonos de leyendas / y de arrumacos poéticos!".

Pero Nijota se equivoca. Si no la estropean, La Laguna, tal como es, con sus palacios y casonas, con sus calles rectas y llenas de vida, con sus claustros y patios, con sus plazas tranquilas, La Laguna tal como se conserva, sigue siendo un amor que dura toda la vida.

Gracias, Emilio, por acercarnos a ella.

lunes, 23 de junio de 2025

Fiestas de graduación: lo mejor que hacen



Junio tiene sabor a cambio, a celebración de estar vivos después de los fríos, a salir por fin a ver brillar las estrellas en noches tranquilas. Junio es siempre el momento de tomar un respiro, el cambio de curso, el cambio de vida. Y es una alegría ver a la gente joven y reconocernos en ellos, cuando respirábamos aliviados y dejábamos atrás exámenes, trabajos, rutinas y responsabilidades y el verano se extendía ante nosotros como un tiempo sin fin para no tomarnos muy en serio. Por eso, por la alegría de las vacaciones, junio es un mes feliz.

Este año he celebrado con mi nieta mayor uno de esos rituales felices de junio, la fiesta de su graduación. Ella, mi Eva, ha terminado una carrera, Bellas Artes, con la que soñaba desde chica, en aquellos tiempos en que dibujaba historias imaginadas y colores imposibles. Fue una ceremonia alegre en la que, al mismo tiempo en el que a cada graduado se le imponía la beca (en su caso, blanca), se proyectaba una imagen con su nombre, su foto actual y una de pequeña, y debajo una frase que se le ocurriera (imagen inicial). Me reí con la suya, que no fue ni filosófica ni de agradecimiento, sino una constatación con doble sentido: "A veces me pregunto qué pinto yo aquí". Fue, como es natural, un evento con discursos en el Paraninfo de la Universidad, rematado con el Gaudeamus, que siempre me emociona, y, ya fuera, con las risas, los abrazos, las fotos con todos los compañeros, conscientes de estar cerrando una etapa y encarando otra en la que cada uno elegirá caminos diferentes que todavía no conocen pero que imaginan emocionantes.

Por todo eso, porque me pareció algo digno de celebrarse, voy a declararme muy crítica con un artículo que leí en el periódico días después. Se titulaba "Fiestas de graduación, seguimos importando tradiciones horteras" y defendía, primero, que "TikTok está plagado de vídeos donde podemos disfrutar el nuevo rito de paso importado de las películas estadounidenses de instituto". Pues no, señor, de hortera, nada, e importada, tampoco. Siempre, desde hace muchos años se ha celebrado la graduación (Gaudeamus incluido), sobre todo, en el Instituto y en la Universidad. En el Instituto siempre hablaba un profesor en nombre de sus compañeros (yo misma lo hice el año en que me jubilé) y un alumno, también por los demás. Y si nos remontamos, tengo fotos de mi padre celebrando con sus compañeros el fin de su carrera de aparejador, allá por los años 40. No era como ahora pero ya existía la idea de que era un día especial.

El artículo seguía diciendo que era "otra celebración de un día que cuesta un Potosí y también ahonda en las desigualdades porque ninguna familia se quiere quedar atrás.". Pues no, señor, tampoco. Lo normal en estas celebraciones es que después se vayan los celebrados a cenar con sus familias (en nuestro caso, a una pizzería que eligió ella) y, luego, se vayan de fiesta a bailar con sus compañeros. ¿Un Potosí? Ni que fueran al Salón del Trono.

Otra crítica del artículo es que celebran las graduaciones hasta en la guardería ¿Y qué? Desde el 2008 ya no hay licenciaturas, sino grados. La vida estudiantil se compone de grados que, como escalones, no queda más remedio que subir. Es lógico celebrar cada tramo y, si se quiere hacer desde pequeño, pues bienvenidas sean las fiestas, que ya bastantes amarguras tiene el mundo.

Y para rematar el artículo la autora se mete con que los adolescentes se emperifollan para las graduaciones: "Ellos parecen matones de películas de Tarantino, y ellas, Juncal Rivero en Noche de fiesta". Esta afirmación no me gustó nada porque, en honor a la verdad, estaban todos guapísimos, los chicos y las chicas. Y me encanta que ese día vayan estupendos, que para eso son jóvenes y están felices.

Así que, al contrario, este es mi mensaje a mi nieta y a sus compañeros graduados: no regateen con los placeres, diviértanse y en este junio disfruten de lo que les haga felices. Mi recomendación es la misma que el Gaudeamus ha hecho a través de los siglos: Gaudemus igitur, iuvenes dum sumus... Alegrémonos, pues, mientras seamos jóvenes...

Lo mejor que hacen.

lunes, 16 de junio de 2025

Cuando sea una mujer mayor



Me gusta un poema muy conocido de la escritora Jenny Joseph (Birmingham, 1932) escrito en 1961, que se llama "Advertencia" y dice así:

Cuando sea una mujer mayor, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni vaya a juego ni me quede bien
y gastaré mi pensión en brandy y guantes de verano
y sandalias de raso, y diré que no me llega para mantequilla.

Me sentaré en la acera cuando esté cansada
y engulliré muestras en las tiendas y apretaré los botones de alarma.
Y pasaré mi bastón por las barandillas,
y compensaré la sobriedad de mi juventud.

Saldré a la calle en zapatillas cuando llueva,
y recogeré flores de los jardines de otros.
Y aprenderé a escupir.

Puedes llevar camisetas horribles y ponerte gorda,
y comer tres libras de salchichas de golpe.
O sólo pan y pepinillos durante toda la semana.
Y almacenar bolígrafos y lápices y posavasos y cosas en cajas.

Pero ahora tenemos que tener ropa que nos mantenga secas,
y pagar la renta y no maldecir en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos tener amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez debería practicar ahora un poco?
Así la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea mayor y comience a vestir de morado.

Fue votado como el "poema de la posguerra más popular" del Reino Unido en un sondeo que hizo la BBC en 1996 y entiendo por qué. Es la perfecta reivindicación de una vejez rebelde en la que ya te importan poco las convenciones y te puedes permitir hacer lo que te dé la gana. Ese toque medio gamberro de apretar los botones de alarma, escupir, robar (recoger, qué eufemismo) flores de otros jardines puede ser el sueño de una vida en la que siempre se ha sido buenita y modosa, un himno a la alegría de vivir a cualquier edad, un canto a la libertad. Y, además, me parece un detalle muy delicado que se advierta de ello a los que nos rodean para que sepan a qué atenerse.

Así que siguiendo el ejemplo de Jenny Joseph y de otros mayores que he conocido, he estado pensando en cosas que no he hecho y que me gustaría hacer y hoy les cuento mi advertencia para cuando yo también sea una señora mayor.

Cuando sea una mujer mayor, dejaría de conducir (que no me gusta nada de nada) y me gastaría la pensión en pagar a un chófer que me lleve a cualquier sitio, como en la película "Paseando a Miss Daisy", e iría toda contenta saludando desde la ventanilla a todo el mundo, como si fuera la Reina de Inglaterra.

Cuando sea una mujer mayor, terminaría de desterrar todos los zapatos e iría a las bodas y a las ocasiones solemnes con los tenis más cómodos que tenga.

Cuando sea una mujer mayor, mezclaré sabores, como hacía mi padre que de repente untaba mayonesa en el bizcocho, "para ver a qué sabía".

Cuando sea una mujer mayor, llamaré a los niños palanquín, papafrita, tolete, canchanchán, totorota, guanajo, sorullo, machango, tollo, tortolín... para que se porten bien. No me harán caso pero aprenderán insultos de la lengua antigua.

Cuando sea una mujer mayor, dejaré el árbol de Navidad todo el año, iluminando de luz y color los rincones del salón.

Cuando sea una mujer mayor, me subiré a los cochitos locos un día de primavera...

Y ya iré pensando más cosas, porque todavía me quedan tres años para ser una mujer mayor. Tómenlo como una declaración de intenciones porque el que avisa no es traidor.

Lo que no haré es sentarme en las aceras cuando esté cansada porque vete a saber si después me podré levantar.



lunes, 9 de junio de 2025

Niños, a jugar



Encontré en Facebook, en una página que se llama "Yo amo los 80s y...", esta imagen que inmediatamente me hizo sonreír. ¿Recuerdas cómo se llama este juego? ¡Pues claro que todos los que fuimos niños en los años 50 lo recordamos! Mientras los niños pasaban bajo ese puente hecho de brazos infantiles, cantábamos: "¡Que pase misín, que pase misán, por la Puerta de Alcalá, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán". Cuando terminaba la canción, apresaban bajando los brazos al que pasaba en ese momento y en secreto se le daba a elegir entre dos opciones (colores, o frutas, o sitios...). Entonces el niño pasaba al bando elegido cogiéndose de la cintura del de delante y al final, cada bando tiraba para que el bando contrario sobrepasara la raya dibujada en el suelo.

Una vez leí que este juego se inventó durante las guerras napoleónicas, allá por los inicios del siglo XIX, y que ese misín y ese misán eran deformaciones de monsieur y madame. La finura afrancesada y el que tan finamente también se propusiera elegir bando contrastaban con la fuerza que cada uno hacía desde su fila para que el otro perdiera. Muchas veces acabábamos todos en el suelo entre risas.

Esa imagen tenía tropecientos comentarios en Facebook, sobre todo de Hispanoamérica. Desde Perú y Colombia decían que el juego era "El puente está quebrado, ¿con qué lo curaremos?, con cáscara de huevo y burritos al potrero. Pase el Rey que ha de pasar, que el hijo del Conde se ha de quedar". En Chile, "El puente está quebrado, ¿quién lo quebró? La hija del Rey, la tomaremos presa por uno, por dos y por tres". En Argentina, "Martín pescador, ¿me dejará pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará". En Venezuela, "Alalimón, alalimón, el puente se ha caído, alalimón, mándalo a componer, alalimón, ¿con qué dinero?, alalimón, con cáscara de huevo, sol y luna, déjame pasar con todos los niños a la capital, el de alante corre mucho y el de atrás se quedará". En México, "A la víbora, víbora de la mar, por aquí pueden pasar, los de alante corren mucho y los de atrás se quedarán tras, tras, tras"... Incluso hay una versión en Euskadi del "que pase misín" en el que los de atrás se quedarán "a limpiar el orinal con azúcar y aguarrás".

De todo este batiburrillo me llaman la atención tres cosas. Lo primero es lo copiones que somos. Basta que algo venga de fuera para que nos lo apropiemos. Aunque el extranjero nos esté invadiendo, "que pase monsieur, que pase madame".

Otra es el poder de la difusión, la transmisión del juego, el boca a boca, la línea que lleva desde el "que pase misín" original hasta sus versiones en todos los países de habla hispana ¡durante dos siglos!. Que sí, que son versiones distintas, pero en todas se habla de pasar por un puente en el que todos corren y se queda uno.

Y lo tercero que me parece digno de atención es: ¿Cómo podíamos estar tan entretenidos la media hora del recreo jugando sin parar a este juego tan simple? Y no solo en el colegio, también recuerdo jugarlo niños y niñas en la calle en los veranos de Los Realejos. Pero es que era divertido, inocente, gratuito y todas las demás connotaciones de un juego. Hablábamos, discutíamos (sobre todo, cuando alguno se pasaba al plantear la elección: "¿Qué prefieres, un riquísimo helado de chocolate o un asqueroso frangollo?"), hacíamos ejercicio, cantábamos y nos reíamos a carcajadas. Desde luego, no estábamos inmóviles y pasivos ante una pantalla. ¿Habrá algún niño de ahora que le pregunte a sus amigos: "Oye, ¿jugamos a que pase misín?"

lunes, 2 de junio de 2025

La buena fama y el echarse a dormir



En los tiempos en que trabajaba y mi hijo iba todavía al Instituto, los dos a veces hacíamos un "duelo de famosos", contando los saludos que cada uno recibía por las calles de La Laguna. Hacíamos trampas, claro, porque si veíamos que el otro iba ganando, nos poníamos a saludar a cualquiera que pasara sin conocerlo de nada. Y cuando recordamos ahora semejante tontería, siempre nos reímos porque los dos sabemos que la fama es efímera y peligrosa y alienante. Sí, mucha gente la persigue, a lo mejor por aquello de "cobra buena fama y échate a dormir". Pero no se fíen. A mí me gusta más la frase de Marco Aurelio que dice: "Si la fama llega después de la muerte, no tengo prisa en conseguirla".

Todos hemos conocido a gente famosa. ¡Yo hasta tengo amigos que han sido y son famosos! Mi amiga Chari, porque fue la primera jugadora canaria de baloncesto que fue internacional; mi amiga Ani, cuando fue Miss Tenerife; mi profesor Don Emilio Lledó, que es académico, Premio Príncipe de Asturias, Premio Nacional de las Letras Españolas y un filósofo como la copa de un pino; mi amiga Ana, por ser la primera mujer nombrada Presidenta de la Academia de Ciencias... 

Pero también me he rozado en la vida con algún famoso (seguro que ustedes también). Yo, con el Papa Benedicto XVI cuando él pasaba casualmente en el papamóvil por la Plaza de San Pedro, a pocos metros de nosotros, repartiendo bendiciones a diestro y siniestro; con Javier Solana, cuando era Secretario de la OTAN en un acto de la Universidad en el que hablamos un ratito; con Jerónimo Saavedra, cuando era Presidente de la Comunidad de Canarias y lo saludamos en Londres en medio de Oxford Street; con el dramaturgo Buero Vallejo, con el que comentamos, en el Colegio Mayor, "Historia de una escalera"... El último fue con el Premio Nobel de Física 2006 John C. Mather, al que saludé y con el que me retraté, como ven en la imagen inicial (después de todo una no se encuentra con un Premio Nobel todos los días), en la Universidad de La Laguna cuando lo nombraron este mayo pasado Doctor Honoris Causa  al mismo tiempo que a mi amiga Ana Crespo.

Me ha encantado conocerlos, la verdad, y los admiro por lo que han hecho. Pero, como aquellos esclavos que iban en los desfiles romanos detrás de los héroes repitiéndoles lo de "Recuerda que eres mortal", me gusta también bajarlos a la altura humana. El mismo John C. Mather en una autobiografía cuenta que se crio en una casa "en la cima de una larga colina, con vistas a un valle lleno de campos, granjas y bosques" e iba a la escuela con los hijos de los agricultores de la zona. Cuenta sus habilidades y sus carencias (le gustaba la física, pero no se le daban bien las humanidades) y reconoce las ayudas prestadas.

El actor Richard Gere en una entrevista dice sobre la fama: "No tiene nada de especial ni nosotros somos seres especiales. Estamos hechos del mismo material que el resto de los seres humanos, y esto hay que tenerlo claro siempre". Y relacionado con esto, recuerdo el casi final de la película Notting Hill en la que el personaje de Julia Roberts es una actriz superfamosa que le pide salir al chico que le gusta, un librero de Notting Hill. Este la rechaza precisamente por la fama -"Vivo en Notting Hill y tú en Beverly Hills, todo el mundo te conoce y mi madre a veces no recuerda ni mi nombre"-, a lo que ella le contesta: "Eso de la fama no es real ¿sabes? Y no olvides que solo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran."

Al final todo -la fama, los honores-se reduce a eso, a ser personas delante de un reto , a ser seres humanos en busca de aquellas cosas que nos hacen felices.



lunes, 26 de mayo de 2025

La Resistencia y Los Caninos



Mi hija siempre me reprocha y me dice que yo odio a los animales solo porque, cuando voy a su casa y uno de sus cuatro gatos se me echa encima, le digo: "¡Quita, gato!". Pero aunque es verdad que prefiero a los perros (Jardiel Poncela decía que "el gato es el predilecto de aquellas personas que necesitan amar, y el perro, el elegido de aquellas personas que necesitan ser amadas"), si uno de ellos se me echa encima, también le diría "¡Quita, perro!" (si no sé el nombre, claro). Después de todo, tampoco yo me echo encima de ellos.

Así que entiéndanme, no solo no odio a los animales sino que los respeto profundamente y los considero primos cercanos, sobre todo desde que me enteré de que compartimos el 60% de nuestros genes con la mosca del vinagre (cosa que necesariamente tiene que bajarnos nuestra autoestima como reyes de la creación)  y el 75% con los perros, con los que muchos hemos vivido en nuestras casas. Los animales que he conocido fueron siempre perros queridos, y llorados cuando se fueron, y sus nombres permanecen en la memoria familiar: Pimpón, Yan, Bol, Falconetti, Grucho, Rebo... Comprendo perfectamente a De Gaulle cuando decía "Cuanta más gente conozco, más quiero a mi perro" y en la historia, real e inventada, hay perros que han realizado hazañas que ya quisiéramos nosotros, como Rin Tin Tin, Lassie, Laika, Milú y el sabueso de los Baskerville.

Pero entiendo también a los que piensan que "cada uno en su casa y Dios en la de todos", los que se resisten a entrar a otro ser distinto en su casa y en su vida y a asumir otra nueva responsabilidad. Como un amigo mío que lleva años, como si fuera el pueblito de Astérix, "resistiendo todavía y siempre al invasor". Pero los ruegos y pataletas de su mujer y sus hijos han ido minando poco a poco sus fuerzas y, por fin ha accedido con una condición: que firmen un contrato con ciertas cláusulas. Por si alguno de ustedes está en la misma tesitura, les transcribo dicho contrato que tal vez les sea de utilidad:

CONTRATO PRIVADO MASCOTA FAMILIAR

En Santa Cruz de Tenerife a 25 de marzo 2025

De una parte, xxxx con DNI xxxxx, en adelante “La Resistencia”

Y de la otra parte, xxxxxx con DNI xxxxxx (Mayor de edad), xxxxxx con DNI xxxxxxx (Menor de Edad) y xxxxxxx  con DNI xxxxxxxx (Menor de Edad), en adelante “Los Caninos”

Todas las partes residentes en la vivienda situada en xxxxxxxxxxxxxx,

EXPONEN

· Los Caninos quieren adoptar un perro/a proveniente de la raza Golden 

· La Resistencia se opone a ello. Solo aceparía (y a regañadientes), si se cumplen todos y cada uno de los siguientes TÉRMINOS y CONDICIONES

1.- LÍMITES EN LA CASA: 

· El perro/a vivirá en la terraza delantera de la casa. Allí se le instalará una caseta con todas las comodidades, sus juguetes, su comedero y bebedero. La Resistencia se encargará de instalar todo.

· El perro/a únicamente entrará en la casa para ir a la terraza de atrás o para cruzar el salón con el motivo de entrar/salir de la casa para el paseo exterior de hacer sus necesidades.

· El perro/a tiene terminantemente prohibido subir al piso superior. En ningún caso cruzará más allá del primer escalón del salón.

· El perro/a tiene terminantemente prohibido subirse al sillón del salón.

2.- LIMPIEZA e HIGIENE: 

· Los Caninos se encargarán en todo momento de la limpieza tanto del perro/a como de las zonas comunes (terraza, caseta, suelo..), que se encuentren sucias ya sea por caca, pis, pelos, babas, olor…

· La Resistencia NO limpia nada. Además si considera que el perro/a huele mal o ve indicios de suciedad, Los Caninos lo limpiarán lo antes posible.

· La Resistencia les proveerá en todo momento de materiales para ello: ambientadores, bolsas, recogedor, etc.

3.- SALIDAS o PASEOS DIARIOS

· La Resistencia NUNCA NUNCA NUNCA se encargará de pasear al perro/a (salvo que por decisión propia decida hacerlo). Esta responsabilidad y obligación recaerá SIEMPRE en Los Caninos. Lo tendrán que sacar a pasear para hacer sus necesidades todos los días de la semana (incluidos sábados y domingos), 2 o 3 veces. A primera hora, al mediodía y por la tarde/noche. 

· En cada paseo deberán llevar la correspondiente “bolsita” y una botella con agua para limpiar lo que manche el perro/a

4- EDUCACIÓN y ADIESTRAMIENTO

· La tarea de educar al perro recaerá únicamente en Los Caninos. El perro/a deberá estar muy bien educado. Deberá obedecer a las órdenes de: échate, siéntate, quieto, junto…. También deberá aprender a caminar al lado del que lo pasea cuando sale a la calle.

· La Resistencia no tendrá responsabilidad alguna en este aspecto. Actuará como un abuelo.

· En caso de conflicto con la vecindad, será resuelto por Los Caninos.

5.- COMIDAS

· El perro/a no recibirá comida Gourmet especial. Todas las partes concuerdan que la comida para perros de siempre va bien

6- VIAJES, Fines de Semana y Ocio

· El perro/a NO VIAJA en ningún caso

· Cada salida o viaje que hagamos, se quedará junto con sus padres (así los ve y los visita como un buen hijo/a)

· Únicamente nos acompañará cuando subamos a alguna finca o casa que admitan perros 

7- NOMBRE

· La Resistencia tendrá el poder de Veto sobre el nombre seleccionado por Los Caninos.

· El nombre será acordado por ambas partes

· Se decide que el perro/a se llame:      ……………………………………………………………..

8- OTROS

· Cualquier otro aspecto que tenga que ver con el perro/a se decidirá por acuerdo entre las partes

ACEPTO TODO LO EXPUESTO ANTERIORMENTE

xxxxx                                    xxxxx                   xxxxxx                                    xxxxxxx

La Resistencia Canino1 Canino2 Canino3

Este es el contrato que a regañadientes también han firmado Los Caninos. Pero, ay, amigo mío, alias "La Resistencia", desde el momento en que el perro te mire suplicante, mimoso y cariñoso a los ojos, estás perdido. Te veré paseándolo, dándole comida gourmet a escondidas y dejándolo entrar hasta el recinto sagrado de tu habitación. Y si no, al tiempo.

Por cierto, es una perrita monísima y se llama Florinda (en la imagen inicial)


lunes, 19 de mayo de 2025

De marketing por Valladolid


Ni qué decir tiene que en mis tiempos mozos nadie había oído hablar de esa palabra, marketing, que ahora, sin embargo, salpica a cada rato cualquier conversación. De hecho, en mi familia tengo un nieto que está haciendo la carrera de Marketing y una hija que tiene una web que se llama Marketing online para escritores (MOLPE). El diccionario lo define como la acción de promocionar comercialmente productos o servicios, teniendo en cuenta, según mi hija, que compramos movidos por impulsos emocionales. Ella compara el cerebro con un elefante con su conductor, el mahout. El elefante simboliza la parte más pasional y sentimental del hombre, el mahout la parte racional. Esta puede conducirlo y llevarlo por el camino recto pero, si el elefante se empeña en una cosa, ya puede el conductor decir misa y tirar de riendas, que ni caso: si el elefante encuentra, por ejemplo, una cacharrería que le haga ojitos, allá se mete sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Me acordé de todo esto en el viajito que hicimos a la Ribera del Duero esta semana. Era un viaje gastronómico-enológico que, como su nombre indica, lo que primaba era la parte más culta de la cultura: lechazo, carrilleras, cochinillo, judiones, croquetas de ibérico, quesos, embutidos, papas a la importancia, cuajada... Claro que también se acompañaba todo eso con visitas a bodegas (Protos, Emina...), en las que aprendíamos a ver la gota, oler el vino y descubrir aromas y a catar unos vinos estupendos.

Una de esas visitas culturales fue a una quesería. Íbamos con nuestro amigo Ramón que nos aseguraba muy convencido que era todo un montaje para que compráramos y que él por lo menos no pensaba hacerlo, qué necesidad. Pero hete aquí que llegamos y nos recibió uno de los dueños de la quesería, que nos contó la historia de su familia y el amor por el trabajo bien hecho; nos dijo que eran la cuarta generación que se dedicaba a los quesos, que su abuela Concha había sido el alma de la empresa... Y habló con tanta gracia y humor, enseñándonos los utensilios antiguos, las fotos y cartas familiares, los vídeos con los pasos de la elaboración de un queso, todo sazonado con anécdotas y, al final, con un picoteo de sus ocho clases de queso, a cual más bueno, que al terminar, mi amigo Ramón, no solo compró una caja de quesos de 3 kg., sino también el vino que lo acompañaba y un lomo que el vendedor le aseguró que era el más ecológico y el más rico del mundo. Eso es marketing.

El viaje a Valladolid fue, sin embargo, mucho más: la belleza de los atardeceres en esa ancha Castilla; un músico callejero tocando a ritmo de jazz el "Volver"; la visita a un palacio en el que antiguos reyes dictaban su voluntad y movían las vidas de sus hijos y súbditos; las catedrales, altas y majestuosas, imponiéndose; un parque en el que presumen pavos reales de larga cola; las plazas mayores en las que sentarse a tomar un vermut y ver pasar el mundo; los cuentos sobre santos que tenían el don de la ubicuidad (como San Pedro Regalado, al que algunos propusieron como Patrón de Internet precisamente por estar a la vez en dos sitios separados por 100 km. de distancia); la lluvia cayendo fuerte en un momento imprevisto, mojando calles y ánimos; el encuentro con una amiga que se fue de las islas hace 50 años y que descubres que en el fondo, nosotras las de entonces seguimos siendo (casi) las mismas; los aperitivos pre-cena con amigos de toda la vida; las fiestas, las ferias de artesanía, los gorgoritos una mañana de sábado, las celebraciones festivas que no conocíamos... La gente en la calle, la vida en los pueblos;  los castillos, los monumentos, las calles señoriales; las cigüeñas en las torres; una exposición sobre Agatha Christie en una sala de un antiguo claustro que rodea el Patio de las Tabas, hecho con huesos de cordero; y el toque mágico del último día en el que un globo multicolor e inesperado, como despedida, sobrevolaba Valladolid en un amanecer que descubría el mundo.

Todo eso y mucho más nos da un viaje. ¿Se animan a hacerlo? Por falta de marketing que no sea...

lunes, 5 de mayo de 2025

¿Cómo se habrán enterado?



A principios de la semana pasada pasé por uno de los rituales de la tercera edad: la operación de cataratas. Todos los que se han sometido a semejante majadería saben de qué va: el oftalmólogo se entretiene un rato trajinando con tus ojos y, al final con la misma, hala, a casa a descansar y a estar tranquilito una semana. Lo que yo no me esperaba es que iba a estar después gran parte del día envuelta en la niebla viendo solo bultos alrededor. Parecía que el mundo había perdido color, luz y nitidez. Un gran apagón.

También me extrañó que nadie me llamara, oye, porque una tiene sus amigos y una familia que parece una división del ejército y fue raro que, en el lecho del dolor (ejem, sí, ya sé que exagero y que no fue para tanto, pero para una vez que me operan con bata, gorro y patucos, se nos permite un poco de postureo ¿no?), casi nadie mandara ni un triste cómo estás.

Eso sí, al cabo de unas horas empezaron a aparecer mensajes, hablando todos del gran apagón, mensajes que yo apenas veía envuelta en sombras nada más, como dice la canción. Y no solo eran mis amigos sino todo el mundo, hasta en las noticias, que si el apagón por aquí y el apagón por allá. Como si me consolaran los oía decir que unas horas en medio de las tinieblas, sin ver tele, sin el móvil, sin leer las noticias en el periódico, sin mi novela... no significaban nada. Que también quedarse en casa puede ser una experiencia gratificante, aunque camines a tientas. Incluso empezaron a aparecer memes, como en los grandes acontecimientos, cosa que me llenó de estupor ¿Tan evidente era que yo no veía casi nada? Me hizo gracia uno que me contaron en el que aparecían tres imágenes: la primera era una imagen de la cantante Malú con su nombre debajo; la segunda, la misma imagen pero más oscura y poniendo debajo "Menolú"; y la tercera una imagen en negro donde ponía "Sinlú". Y qué gráfico era porque así estaba yo, sin lu, fané y descangallada, como en un tango cualquiera.

Ahora que veo los colores brillantes y la luz resplandeciendo por doquier, estrenando ojos, todavía me estoy preguntando asombrada: ¿Cómo fue que se habrá enterado todo el mundo de que a mí me operaron de cataratas y pasé un día sumida en el gran apagón?

lunes, 28 de abril de 2025

Los efectos colaterales de la Romería




El domingo ha sido la fiesta grande de mi pueblo, la Romería de San Marcos, la primera que se celebra en el año y abre el camino a las demás. A partir de este chupinazo, les advierto, va a ser un no parar. Casi cada domingo, durante todo el verano habrá una romería en cada pueblito perdido de la isla. Pero la primera es la nuestra y buenos son los teguesteros para montar una fiesta. Porque cuando digo que el domingo fue la fiesta, miento: la fiesta empezó hace más de un mes y continuará hasta la primera semana de mayo. Ya los dicen Los Gofiones en su canción "En abril de romería": "Romería de San Marcos, popular y parrandera".

"Ya los tocadores están afinandopara que Tegueste se vaya animando.Tegueste, Tegueste, pueblo de romero,canta con nosotros, aire parrandero."

Y tanto, tanto se animó todo el mundo que esta romería tiene unos efectos colaterales que ya quisiera cualquier otro fiestón. Yo he contado 10, pero seguro que ustedes encuentran más. Les cuento.

1. La romería es como un parto, hace meses y meses que se está gestando: en los grupos, incluidos los colegios, que hacen las carretas, las más bonitas de la isla; en los que ensayan isas y folías para cantarlas el gran día; en las familias que engalanan sus casas...

2. Desde finales de marzo hasta principios de mayo, para aparcar en Tegueste hacen falta rogativas y novenas a San Marcos. Los aparcamientos se reservan para poner en ellos los cochitos locos, las norias y el Increíble Hulk. Incluso uno alternativo que ponen en una huerta (que con las lluvias se convierte en un fangal) también lo quitan días antes para poner ahí al ganado que se va a bendecir. Oh, hay gente que encuentra un sitio donde aparcar y se emociona tanto que ya deja el coche allí todo el mes.

3. El día de la Romería se corta la carretera general, no se puede pasar ni para arriba, ni para abajo. Si te invitan a una casa debes ir a desayunar, comer y cenar porque en medio no te puedes ir. También está prohibido enfermarse y morirse.

4. También, no sé por qué, ese día en Tegueste no hay cobertura. Yo he propuesto enseñar a hacer señales de humo pero no me han hecho mucho caso.

5. Al día siguiente de la Romería las casas que se han acicalado para estar guapas encuentran en sus jardines variedad de latas y botellas vacías y en sus paredes recién pintadas huellas de zapatos apoyados, manchas de vino y meados. Incluso una amiga mía, como si fuera una plaga israelita, se encontró a la mañana siguiente la puerta ensangrentada.

6. Tampoco se puede descansar mucho esa noche por los cánticos y tertulias hasta la madrugada debajo de las ventanas de los vecinos. Mi consejo: no intentes dormir, mejor baja y únete a ellos.

Y más efectos colaterales, no necesariamente malos (y no voy a contar las resacas):

7. Muchos de los que viven en el centro emigran para que no se les llenes la casa de amigos y desconocidos.

8. Ese día me quedo sin el periódico al que estoy suscrita (y que, por tanto, he pagado) porque la gasolinera donde lo compro también cierra.

9. Isabel, la chef de La Cairosa, que hace la mejor ensaladilla de la isla, me dijo que para la Romería le encargan kilos, kilos y más kilos.

10. También te puedes llevar sorpresas, como le pasó a una amiga mía a la que su ex (al que no veía hacía años) le vino a cantar con una parranda una serenata al pie de la ventana. La bebida fomenta el romanticismo, oye.

Es comprensible que, cuando me preguntan. "¿Vas a ir a la Romería?", yo contesté: "¿Tas loco? Ni jarta de ron". Pero no me hagan mucho caso, que yo ya tengo una edad y que ya viví muchas romerías en las que , vestida de maga como corresponde, bailé, canté, comí, bebí y me divertí. Así que a disfrutarla y a cantar con Los Gofiones:

Estamos en abril de romería,cantando vamos todos pa' Teguesteporque en un lindo pueblo como estedan ganas de cantar de noche y díaaaa...

 

lunes, 21 de abril de 2025

La procesión va por fuera



¡Sí, señor, esta vez he cumplido, y bien, con la Semana Santa! Nada de ir a tumbarme en la arena, como esos herejes en el sur, que parecen sardinas a punto de asarse como ofrenda al Dios Sol. No, esta vez yo recogidita en casa, como mandaban antes los cánones, con salidas si acaso a procesiones.

Y es que, después de un montón de años en que la Semana Santa para mí ni fu ni fa, este abril he ido ¡a una procesión!. Es verdad que no fui a MI procesión en Santa Cruz, la del Señor de las Tribulaciones, que pasa por mi casa familiar y a la que mis hermanos y yo, de niños, tirábamos pétalos de rosas desde las ventanas. Tampoco fui a ver la de la Virgen de las Angustias, la Republicana, en la que en su momento cumbre la banda interpreta el "Adiós a la vida " de Tosca. Pero fui a la procesión de las 12 del Viernes Santo en La Orotava, con sus bandas de música, sus tronos variados, sus monaguillos, sus autoridades de negro, corbata y entorchados... La pena es que no había capuchinos, que siempre le dan un toque kukusklanesco interesante, pero en cambio tenía un aura de procesión de pueblo de las de antes que me removieron las entrañas nostalgiosas.

Pero es que además de la procesión, cumplí con más rituales de la Semana Santa (de la de verdad, no de la de morondanga). Uno es que ¡volví a ver Quo Vadis, como lo oyen!. Con Robert Taylor como Marco Vinicio, con su faldita tableada y dorada entrando en Roma y el esclavo detrás de él recordándole que es mortal, Deborah Kerr, como la cristiana Ligia y Peter Ustinov haciendo de un Nerón, loco como una cabra, incendiando Roma mientras toca el arpa cantando fatal.

Otro es que comí garbanzas con bacalao el Jueves Santo y tollos el Viernes. Es verdad que también me mandé un escalope grande como una sábana, pero es que me dijeron que los niños y los mayores estamos exentos y nos lo podemos permitir.

Y además, he abierto todos los vídeos, los memes, las fotos sobre la Semana Santa que la familia y los amigos me han mandado estos días: tooodas las procesiones de tooodos los sitios (incluida las que me manda de Sevilla mi amiga Eli, que no se pierde una); las esculturas de arena de cristos y vírgenes, las cántigas y tocatas al pie de la cruz de orfeones e intérpretes; la imagen del Cristo de Rio de Janeiro cerrando los brazos; el vídeo de la Semana Santa explicada por niños ("Jesús cenaba con los apostones", "Resucitó al tercer día porque se levantó a la de una, a la de dos y a la de tres", "Ahora te curan, antes lo llamaban resucitar"...).

Yo creo que he cumplido con creces ¿verdad? De aquí, derechita al cielo.

Pero, ¿qué quieren que les diga? Prefiero esta Semana Santa en que cada uno hace lo que le da la gana (yo incluida) que aquella de mi niñez en la que nos prohibían cantar, silbar o jugar a las cartas, en la que ni campanas se podían tocar, en la que en la radio (tele no había) solo sonaba música clásica o curas predicando el sermón de las siete palabras, en la que íbamos por obligación a todas las procesiones y a todos los monumentos y en la que hasta había que poner cara triste por si acaso.

Yo he cumplido, pero contenta. La procesión (y todo lo demás) va por fuera.

lunes, 14 de abril de 2025

Disparatelandia



No sé si les he contado que de vez en cuando me da por coleccionar disparates. Y no me refiero a grandes disparates, tipo la llamada "guerra arancelaria" del Donald Trump, que puede llevar a la economía mundial y a su propio país a la recesión. No, me refiero a las noticias sobre la conducta humana que a veces salen en los medios de comunicación y que nos hacen decir: "Este (o esta) está como una cabra". Y vayan unos pocos ejemplos:

Dan Brown, el de "El código Da Vinci" , cuando no sabe qué escribir (el bloqueo de la página en blanco, que le dicen) se cuelga de los tobillos cabeza abajo a ver si le viene la inspiración.

O esta noticia, aparecida en X: "Una mujer fue ingresada ayer en un Centro hospitalario al presentar herida de gravedad en el ojo izquierdo. La causa, recibir el impacto en el ojo de un supositorio después de que su marido, que acababa de ponérselo, se tirara un pedo."

O aquella que se opera de la nariz porque no quiere que sus futuros hijos salgan con la nariz torcida como ella.

O la noticia de una tesis doctoral que copió a otra, cosa que no es tan rara porque está a la orden del día. Lo disparatado es que el plagiador copió hasta la dedicatoria.

O este, tal vez más inquietante, disparate kafkiano que cuenta Aramburu en El  País: el caso de una estudiante alemana a la que le pasaron repetidas veces una factura de gas, electricidad y agua por valor de 0 euros y, al final, con amenazas de embargo. Tan solo cuando el asunto se hizo público, la empresa energética reconoció su "error técnico" que atribuyó, cómo no, a los ordenadores y no al ser humano.

O aquella vez, hace 12 años, que Corea del Norte impuso para las mujeres 18 cortes de pelo obligatorios y para los hombres, 10.

O la vidente italiana (condenada anteriormente por estafa y bancarrota fraudulenta), cuyo poder emana de una estatua de la Virgen que llora lágrimas y sangre y que multiplica para alimentar a sus seguidores, no ya panes y peces, sino ñoquis y pizzas.

Y en el mundo del arte ¿no es disparatado considerar una obra de arte que la actriz Tilda Swinton se pegue una dormida de 8 horas dentro de una urna de cristal en el MoMA de Nueva York (imagen inicial)? ¿O que se venda un plátano pegado a la pared con cinta aislante gris por 6,2 millones de dólares?. El comprador, emocionado, dijo que se lo comería ese viernes. Claro que también se quedó con el derecho a reproducirlo, es decir, pegar otro plátano a la pared y decir que es la misma obra de arte. ¡Oh!

Y otro disparate que a lo mejor no lo parece pero que me asombró es el que cuenta el escritor y periodista Tom Quinn en su obra Sí, señora: la vida secreta de los sirvientes reales sobre el rey Carlos III de Inglaterra. Al parecer este tiene pequeños arranques de irritación con sus sirvientes , entre otras cosas, cuando la pasta de dientes no está perfectamente aplicada en su cepillo de dientes. ¿Todo un rey de Inglaterra no sabe ponerse él mismo la pasta de dientes?

Viendo todo esto me dan ganas de parafrasear una canción de Joaquín Sabina y Caco Senante, "Si no fueras tan", y aplicársela al ser humano: "Si no fueras tan inconcebible, / si no fueras tan inadmisible, / si no fueras tan incorregible, / si no fueras tan indefendible...", la vida sería mucho, muchísimo menos divertida.


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