lunes, 24 de noviembre de 2025

Latin lovers


No sé si les he contado (aunque seguro que sí porque, después de 856 posts, no hay secretos entre ustedes y yo) que yo iba para profesora de lenguas clásicas antes de que me embrujara Don Emilio Lledó y me arrastrara a lo que en aquel tiempo llamábamos filosofía pura. Me encantaban el latín y el griego y seguía con ahínco su rastro en las palabras diarias de nuestra lengua. Durante la carrera di clases particulares de las dos lenguas y, al terminar, alterné la filosofía con ellas durante 8 años en los centros en los que estuve, hasta que después de las oposiciones, ya me dediqué por entero a la filosofía. 

Señal de que me sigue gustando es que me pegué la lectura de los tropecientos tomos de Marco Didio Falco (Lindsay Davis) y sus andanzas por la Roma Imperial y lo que disfruté con las visitas a todo lo que suena a ruinas de romanos y griegos.  Ah, esa Pompeya, ese Foro Romano, ese Olimpo, esa Sicilia...

Que conste que yo ya apuntaba maneras desde chica porque mi madre me contaba que a los 4 años ya me sabía de memoria la letanía en latín (que ya es afición) y todavía resuena como un eco en mi memoria lo de mater inviolata, mater intemerata. Pero en aquellos tiempos, aunque no nos enterábamos, el latín era parte de nuestra vida porque la misa era toda en latín y nos sabíamos el paternoster y los demás rezados de cabo a rabo. Después vino el Concilio Vaticano II y nos enteramos por fin de que eran lenguas muertas.

Pero ¿seguro? A ver si va a ser como aquel viejo chiste negro en el que en un cementerio se ve una mano que sobresale de la tierra y se oye una voz que grita: "¡Eh, que estoy vivo!". Y un fulano que pasa por allí le dice, mientras escacha bien la mano con el pie: "¿Vivo? ¡Usted lo que está es mal enterrado!". Pues igual puede pasarles a estas lenguas, que ni siquiera las enterraron bien y siguen teniendo una vitalidad que ya quisieran algunos.

A cada rato salen latines en la conversación, como queriendo decir. "¡Eh, que estoy vivo!". Me acuerdo de mi madre, que era muy alegre y extrovertida, todo lo contrario de mi padre, y me dijo una vez: "Hija, a veces paso tanto tiempo en silencio en casa que, cuando me cruzo con tu padre por el pasillo, le digo ora pro nobis, a ver si me contesta miserere nobis". Y hace poco me enteré de que el latín, junto con el italiano, es la lengua oficial de la Ciudad del Vaticano y que allí incluso existe la opción de hacer transacciones bancarias en latín. ¿Se imaginan? En lugar de "quiero diez mil euros" puedo decir "decem milia euronum volo". Suena hasta sexy.

Además, hay sociedades, sí, sí, cuyos miembros hablan en latín entre ellos, como la Academia Latinitate Fovendae, creada en Roma después de las guerras mundiales, o el Circulus Latinus Matritensis en donde desde el año 1992 se reúnen defensores entusiastas del latín como lengua viva. "Salve, Paule!" "Salve, Alfonse!" se saludan. Son ellos los verdaderos latin lovers, como los denomina Celia Fernández en un artículo de El País Semanal.

¿Se dan cuenta de por qué me resisto a considerarlas lenguas muertas? Mientras haya quien se acuerde de lo que significa Mens sana in corpore sano (mente sano en cuerpo sano) o de mi frase en el escrito del lunes pasado Dum licet, fruere (mientras se pueda, goza), o haya quienes hablen con otros en latín y estos les entiendan y le contesten, por más que haya muchos enterradores, el latín, como en la canción de Peret, "no estaba muerto, que estaba de parranda".


lunes, 17 de noviembre de 2025

Pregúntame capitales



Jardines en Kanazawa, Japón
 

A mi hijo, cuando era pequeño, no le gustaba la historia y cuando yo me ponía a repasar con él, me decía: "Eso no, pero pregúntame capitales". ¡Y se sabía todas las capitales del mundo, el tío! Pero ahora lo tendría mucho más difícil. 

Todos los días, por aquello de mover las neuronas, juego a la Palabra del Día que plantea adivinar una palabra en seis intentos. Una modalidad es también adivinar países y ante mi sorpresa me he encontrado con un montón de países (y sus capitales) de los que no tenía ni idea. ¿Conocían ustedes Ngerulmud, Astaná, Chisináu, Windhoek. Mbabane, Suva, Port Louis, Naypyidó, Port Vila, Taskent, Malé, Moroni...? Pues son las capitales de Palaos, Kazajistán, Moldavia, Namibia, Eswatini, Fiyi, Myanmar (antes Birmania), Vanuatu, Uzbekistán, Maldivas y Comoras. Un poco complicado aprendérselas ¿no?

Aparte, gracias a eso me he enterado de idiomas desconocidos (en Camerún, por ejemplo, hay más de 250 idiomas locales. Seguro que allí estuvo la Torre de Babel ¿Cómo se entenderán?) y de cosas curiosísimas, como que en Comoras vive todavía el celacanto, un pez prehistórico que se creía extinguido, que Maldivas es el país más plano del mundo (el punto más alto, 2,4 metros), que en Palaos te puedes bañar rodeado de millones de medusas doradas que no pican, que las manzanas se originaron en los bosques silvestres de Kazajistán (igual fue ahí donde Adán cogió la manzana tentadora), que en Italia hay una fuente que, en vez de agua, ofrece vino tinto gratuito las 24 horas del día (tengo que averiguar dónde está), que el plato nacional de Barbados es el pez volador, que en Vanuatu está la única oficina de correos submarina del mundo, donde los buceadores pueden mandar postales (resistentes al agua, por supuesto)... En Fiyi la línea internacional de cambio de fecha permite tener un pie en hoy y el otro en mañana.

Inmenso, curioso, diverso, extraordinario, mágico mundo. La Tierra, el punto azul pálido del que hablaba Carl Sagan, un escenario muy pequeño (pero tan grande) en la vasta arena cósmica, nuestra casa, el único hogar que tenemos. Deberíamos conocerlo bien.

Este mes seis de mis amigos pasiantines han viajado a tierras lejanas. Dulce, Carmen Delia y Eli se han ido cerca del Polo Norte, a Islandia, y se han encontrado una tierra helada de auroras boreales y de carreteras inmensas y desiertas, ni una casa en el paisaje. El reino de la naturaleza, con cascadas impresionantes y lagunas de agua hirviendo. Las personas son solo una anécdota más.

Vicente y Rosi fueron a Japón y descubrieron un país de contrastes, el Japón de ciudades ultramodernas conviviendo con el tradicional y milenario, plasmado en el ambiento zen de los jardines. Les ha sorprendido la increíble limpieza en un país en el que no hay papeleras, basada en el dictado de la religión sintoísta en la que todo tiene alma, hasta los objetos, y en el que cada cosa tiene que estar en el lugar correcto, por lo que la calle no es lugar para basura, y ni siquiera para fumar, beber o comer.

Lali, la más correcaminos de mis amigas, se fue un mes a Chile y a Argentina y, como buena bióloga, viene hablando maravillas de los coloridos matorrales preandinos y de los bosques magallánicos, donde son protagonistas las araucarias, los ñirres, las lengas. En la Patagonia argentina, además de los grandes glaciares, le sorprendió la fauna en sus correspondientes hábitats: el guanaco, el huemul, el ñandú, el zorro gris... Y vio el impresionante vuelo del cóndor y oyó el canto de aves como la bandurria y el carancho y, en el mar, las colonias de leones marinos o los entresijos de elefantes marinos copulando.

No me digan que no dan ganas de ir a la agencia más cercana a sacar un pasaje a donde sea, porque cualquier lugar de este mundo tiene algo que ofrecernos. Lo malo es que las circunstancias mandan. Yo por el este no he ido más allá de Estambul y por el oeste a la isla de Arán en Irlanda, y dudo que vaya más lejos. Pero sigo el ejemplo de mi madre, a la que también le encantaba viajar y que, cuando ya estaba enferma, decía: "A lo mejor no viajo más, pero ¿y lo que me he divertido haciéndolo?".

Que no se quede la cosa en aprender capitales, sino que eso sea la llave para despertar el gusanillo de conocerlas. Como decían los romanos, que eran muy sabios, dum licet fruere: Mientras se pueda, goza.


Cascadas en Godafoss, Islandia



Glaciar Perito Moreno, Patagonia argentina


lunes, 10 de noviembre de 2025

Nos van a chiflar



Una tiene que reconocer que ya no es la que era, que a veces confundo fechas y caras, me olvido de nombres y me veo con la nevera abierta buscando un destornillador. Pero es que ahora, al lógico deterioro de las facultades físicas y mentales, se suma el hecho de que la naturaleza y la sociedad cooperan para que todo vaya a peor y nos armemos un lío.

Lo que una jubilada desea, porque a estas alturas somos hijas de la costumbre, es un universo ordenadito, un entorno donde sepamos a qué atenernos, donde todo esté en su sitio. ¡Qué menos, después de años de corre corre! Y resulta que de eso nada. Mi marido decía a veces este chascarrillo: "Ahora que aprendí a decir pelíucula me lo cambian a flim". Y eso, que parece un chiste, es exactamente lo que pasa ahora: cuando parece que dominamos nuestra vida , van y nos la cambian a flim.

Miren, si no, el tema de la hora. Cuando ya estamos acostumbrados a esas tardes largas en las que el sol se pone cerca de las 9 de la noche, van y nos las cambian, sin pedirnos permiso ni nada, a una hora más temprana. Y si antes la cena se preparaba a una hora prudente, las 8 y pico, ahora me ven pelando papas para una tortilla a las 6 de la tarde. Eso no es fundamento ni es nada, ni que fuéramos extranjeros. Oh, a veces veo a mi marido ahora, que se escabulle a la cocina a las 11 de la noche, con hambre otra vez, a hacerse un bocata de chorizo...

¿Y qué me dicen del clima? De repente, hace muy poco, nos anuncian que un chorro polar llega en cuestión de horas a Canarias y yo empiezo a sacar pellizas, abrigos, bufandas, botas, edredones... Y cuando estoy así de pertrechada, ahora que vengan fríos, me veo sudando la gota gorda con 25º. A cualquier cosa llaman chorro polar. Alguien debe estar carcajeándose por ahí.

Hasta a los supermercados llega el desajuste. Cuando ya me aprendí el Mercadona y hacía la compra en un plisplás, el otro día voy a buscar mis tisanas de té verde y de tila y no están al lado de las galletas como siempre. Le pregunto a uno de los que reponen y me dice que las vaya a buscar enfrente del papel higiénico, a 1 km. de allí (en el Mercadona a veces llego a los 8000 pasos). Le digo al mozo: "¿Lo hacen adrede, verdad?", y él me contesta: "¡Ay, señora, si yo le contara!". Ese día todo estaba rebujado e intercambiado, y convivían en fraternal compañía turrones, huevos de Pascua y esqueletos de Halloween.

Porque esa es otra. Les juro que desde principios de octubre ya están colgadas por mi pueblo las luces de Navidad (apagadas todavía, eso sí); que en el Chino ya hay árboles plateados en los escaparates; que tengo amigos que ya se han comido 4 o 5 turrones... Hasta yo me oí a mí misma el 30 de octubre, mientras picaba ajos distraída en la cocina, cantando: "¡Ya vienen los panderos y las tamboras porque viene llegando la Navidaaaad...!". ¡El 30 de octubre! ¡Dos meses antes! Y cada vez más se mezclan navidades con carnavales, semana santa y romerías. Al final, nos va a pasar como a los hijos pequeños de unos amigos míos, que vivían en la calle San Agustín de La Laguna, por donde pasan todos los desfiles, carretas y procesiones, y que se liaban tanto que, cuando pasaban las de Semana Santa, ellos gritaban: "¡Melchor! ¡Gaspar! ¡Baltasar!".

Y sí, ya sé que hasta Heráclito decía, hace ya 27 siglos, que todo cambia y nada permanece, pero ¿tanto?. Llámenme conspiranoica, pero estoy convencida de que hay oscuras maniobras (¿el Gobierno? ¿La CIA? ¿Trump? ¿Putin? ¿Míster X?...) que, no se sabe bien por qué, quieren volvernos majaretas con tanto cambio.

Nos van a chiflar.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Recapitulemos



Se va octubre con sus mañanas azules y sus atardeceres otoñales, tiznando de naranja y ocre el paisaje: esa imagen desde Mazo, el pueblo de mi madre, con el Teide al fondo podría ponerse como portada del mes y como demostración de que aquí hay también ciertas auroras de esas que pintan el firmamento. Se va octubre y se cambia la hora el día 25, dejándonos con el regusto nostálgico de las largas tardes de verano. Se va octubre entre niños con disfraces y máscaras de Halloween y gentes con ramos de flores camino al cementerio.

Octubre es un mes curioso. Todavía se siente el verano (escribo con 30º el domingo) y ya se anuncia la Navidad (no lo creerán pero ya hay turrones en los supermercados, adornos de navidad colgados en las calles esperando al encendido y árboles de Navidad en el escaparate del chino de Los Rodeos). Parece ser un punto de inflexión para hacer un ejercicio de recapitulación sobre el mes, antes de la vorágine de las fiestas. Recapitulemos, pues.

En este mes he ido a 3 visitas médicas. Son tributo de la edad y, aunque está todo bien (por ahora), siempre dejan un poso melancólico en el ánimo.

Asistí a la inauguración del curso escolar en mi antiguo Instituto para oír el discurso inaugural que mi amiga Ana Crespo dio, "60 años más tarde, de vuelta al Instituto de La Laguna". Un ejercicio de memoria y encanto entre las viejas paredes del Salón de Actos, al lado del Claustro.

He ido al entierro inesperado y triste de un amigo, y he asistido a una boda familiar pasada por agua, entre risas y parabienes.

Disfruté leyendo 12 novelas, 4 de ellas relecturas, y dejé 2 más, que no me sedujeron de entrada, a la mitad. Algún día tal vez las terminaré.

Durante el mes fui a comer o cenar fuera con amigos y familia en 13 ocasiones. Una de ellas, en Las Palmas, en un viaje relámpago: coger el avión por la mañana, comer con mi amiga Eli en su casa y volver por la tarde. Hacía mucho que no hacía algo así, pero igual me acostumbro.

Aprendí de los discursos de Eduardo Mendoza y de Byung-Chul Han en los Premios Princesa de Asturias. Un gustazo oírlos, sonrisa incluida.

¿Un ejercicio mental? Escribir estos post que cada lunes compartimos ustedes y yo (4 en octubre, 854 desde que empecé hace 17 años); adivinar, nada más levantarme, la Palabra del Día; jugar al rummy contra el ordenador y contra mis nietos pequeños  cuando vienen...

¿Un ejercicio físico? Pilates dos veces a la semana con mis compañeras (las pinitodeloro) y caminar dónde y cuándo se pueda.

He felicitado de corazón a 13 amigos o familiares que en octubre han tenido un año más. Y también en este mes hay dos aniversarios de boda para recordar y celebrar: el 24 aniversario de mi hija y mi yerno, y el 54 de mi marido y mío. Chin-chín.

En octubre he llorado una vez y me he reído muchísimas veces.

En octubre he vivido.

lunes, 27 de octubre de 2025

Una dosis de realidad


Esta semana ha entrado un ratoncito en casa, tan chiquito y saltarín él. No suele pasar, pero es lo que tiene vivir en medio del campo y, seguramente, nos dejamos la puerta de la cocina abierta durante un rato y entró desde el jardín. Esa noche, cuando estábamos viendo la tele, pasó por delante brincando, como Pedro por su casa, y escondiéndose detrás de la librería. Como no había sido invitado, lo calificamos enseguida de persona non grata y tratamos de echarlo amablemente con una escoba, pero corrió de aquí para allá un rato, se escondió otro y, después de poner veneno para un regimiento, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente nos había dejado el mensaje implícito de que el veneno se lo iba a comer mi abuela y que él prefería muchísimo más, dónde iba a parar, una caja de exquisiteces que mi hija le había regalado a su padre, sobre todo unas galletas inglesas riquísimas y unos bombones de licor como chupito fin de fiesta. Nos había engañado vilmente su aspecto de ratoncito frágil y recordé que una vez oí que algo así les pasa a los políticos, que les gusta ser como Mickey Mouse, tan encantador que la gente olvida que es una rata.

Nos dispusimos entonces a pasar a la acción. ¡Era la guerra! ¡O él o nosotros! Me fui a la ferretería del pueblo a por una ratonera y se les habían acabado. Pero las huestes en combate no se dejan amilanar por tan poca cosa y conseguimos una en casa de mi hermana. Éramos como el ejército del Abismo de Helm contra los orcos y los hombres salvajes de las Tierras Oscuras, pertrechándonos ante la batalla final. Una ratonera con un trozo de queso apetitoso era una trampa mortal. ¡Ja! ¡A por él!

Cuando a la mañana siguiente fuimos a ver el resultado, nos sentimos más bien como Tom (nosotros) y Jerry (él). Se había comido el queso y nos había dejado como recuerdo agradecido una cagada sobre la ratonera. Encima, recochineo. Culpa de nuestra inexperiencia: la habíamos puesto mal. Pero de los errores se aprende y letal fue nuestra venganza. Otra ratonera con otro queso más apetitoso puesta en un sitio más estratégico (detrás de la cesta de las papas en el suelo de la despensa) lo estaba esperando, jejeje (risa de bruja). Ese mismo día estábamos leyendo en la sala y, en el silencio de la tarde, resonó un ¡cataclac!. Y supimos entonces que "cautivo y desarmado el elemento ratonil, hemos alcanzado los últimos objetivos militares. La guerra ha terminado". Y no hubo clemencia, no. Metimos su cadáver en un balde de agua por si acaso y luego, como ejemplo para futuras incursiones, lo tiramos a los campos yermos, más allá de casa, de donde nunca debió haber salido.

A veces, en la vida, no todo es color de rosa y debemos librar cruentas batallas. A veces nos tropezamos con una dosis de realidad, qué quieren que les diga.

lunes, 20 de octubre de 2025

De boda a boda



Mi prima Carmita era guapísima. Diez años mayor que yo, vino a vivir de adolescente a mi casa desde La Palma, y yo la quería y le rendía mi más profunda admiración. Tenía unos ojos oscuros que brillaban de pasión por la vida, unas manos largas y expresivas y una risa contagiosa. Iluminaba cualquier sitio en el que entrara.

Su boda fue la primera a la que asistí en mi vida, yo con 10 años recién cumplidos y ella aún con 19. Recuerdo que a la puerta de la iglesia de San Francisco oí exclamar a una señora, de esas que siempre van a ver y a cotillear: "¡Pero si es todavía una niña!". Yo, que sí lo era, la miré asombrada pensando que estaba loca, porque para mí era como una princesa. Llevaba un vestido precioso de encaje con cuello alto y perlitas cerrando el corpiño y una sonrisa radiante. Después, la vida, como hacen todas las vidas, le dio gozos y sinsabores, hasta que murió hace 4 años, a los 83 años, pero todavía joven, todavía guapa.

No me acuerdo mucho de la ceremonia, la verdad,  pero sí recuerdo la celebración porque fue en mi casa y todavía no me explico cómo cabía allí tanta gente. Además, fue a base de dulces acompañados de chocolates y licores, nada de menús y cosas así. Mi abuela, que era una gran repostera, mi madre y mis tías se pasaron la semana anterior haciendo bollos, rosquetes, quesos de almendra, marquesotes, almendrados, bizcochones, tartas, esponjosos merengues y dulces de todos los sabores. Yo iba sorteando entre las gentes, oyendo historias de otros casorios, pescando dulces y compartiéndolos con mis hermanos y primos, y pensando maravillada, porque todo me parecía mágico: "Así que esto es una boda...".

Esta semana, 67 años después de su boda, he asistido a otra, la de su nieta María, tan parecida a ella que, cuando entró en la iglesia, volví a ver a su abuela, igual de delgada y preciosa, igual de alegre, y su recuerdo sobrevoló en sus hijos, sus nietos, nosotros... todos los que compartimos su vida y la quisimos.

¡Y qué distinta ha sido esta boda de aquella primera! Ahora: una celebración en un sitio precioso de La Orotava, con escalinatas y jardines. Antes: en un piso pequeño de la calle del Pilar. Ahora: un menú exquisito de vichyssoise con timbal de marisco, presa ibérico y tartas de chocolate y de parchita, precedido de dos horas de aperitivos deliciosos mientras tomábamos champán. Antes: dulces a tutiplén, riquísimos, eso sí. Ahora: actuaciones variadas, como un coro en la iglesia o un cantante venido de Londres que cantaba como Sinatra. Antes: no se cantó ni una folía. Ahora: hubo discursos de amigos, primos, hermanos y madrina; hablaron los novios de sus sentimientos, de como se conocieron y de sus proyectos de vida. Antes: ni mu. Ahora: una boda se organiza con un año de antelación. En septiembre  del 24 me llegó un wasap de la madre de la novia diciendo: "La María se nos casa". Antes. en un mes se decidía todo. Ahora: se hicieron miles de fotos y vídeos. Antes: hay solo 3 fotos de la boda: la que les pongo arriba, otra en el altar y otra entrando al coche.

Pero las dos ceremonias fueron igual de bonitas. En las dos, todos nos pusimos las mejores galas; en las dos, comimos fenomenal; en las dos, compartíamos con los novios su momento más feliz; y en las dos, solo por ver la sonrisa de las dos novias, tan parecidas y tan luminosas, merecía la pena asistir.

En la boda de este sábado pasado, uno de los discursos se refirió a la novia, María, diciéndole que tenía la capacidad de "vivir riendo". Si existiera otra vida, seguro que Carmita hubiera comentado desde los celajes: "¡Igualito que yo!", mientras nos envolvía con sus carcajadas y su cariño.

Así que esto, este rito feliz, es una boda. Felicidades a todos los que disfrutan de ellas.





lunes, 13 de octubre de 2025

Cosas que pasan cuando lees


 

Hace poco hubo una polémica en las redes porque una conocida influencer, María Pombo, con miles de seguidores, dijo que ella no leía nada, que no le gusta ni es obligado leer, que no se es mejor persona por ello y que no pasa nada por no leer. Las consecuencias de estas declaraciones han sido inmediatas. La mejor para todos es que ¿cuándo se ha visto a un país hablando de la lectura con ese entusiasmo?. Y la mejor para ella es que su cuenta habrá aumentado un montón.

Como madre de dos hijos a los que he educado de la misma manera con respecto a la lectura, contándoles cuentos desde pequeños y regalándoles libros a tutiplén y, constatando después que mi hija devora libros y que mi hijo no los mira ni por el forro, le doy casi toda la razón a María Pombo. No es obligatorio leer (salvo en clase). No se es mejor persona por leer porque ser mejor o peor persona entra en el campo de la ética en el que cuentan otros valores. Sabemos de grandes escritores que leían mucho y éticamente dejaban mucho que desear, y hay personas maravillosas (mi hijo, por ejemplo) que no leen regularmente.

¿Y no pasa nada por no leer? A lo mejor, no. Pero sí que pasan cosas cuando lees. Y no les voy a hablar de los beneficios y el placer que te dan el que te cuenten historias, de la expansión de la empatía y la tolerancia, o del espíritu crítico, de los que ya han alegado muchas voces estos días... No, yo les quería comentar otros aspectos decisivos que me encantan de la lectura.

El primero es que es un increíble antídoto del aburrimiento y de la desesperación. Me explico. Los que tenemos una edad consumimos parte de nuestro tiempo, por ejemplo, en consultas médicas, tiempo que no nos sobra alegremente sino que contamos con él con la avidez del que sabe que tiene un límite cercano. Sin ir más lejos, yo esta semana tuve que ir a una consulta de esas obligadas por revisión en la que tuve que esperar dos horas en una silla la mar de incómoda. Y en lugar de desesperarme o de acordarme de la parentela de médicos y enfermeras (que, además, no tienen culpa de tener la consulta petada o de que unos pacientes consuman más tiempo que otros), yo saqué mi libro, "Querido librero" de José Luis Romero -una delicia de novela, de la que Máximo Huerta dijo "Hay libros, como este, que llenan las estanterías del corazón"- y no me di ni cuenta del paso del tiempo. Mientras los demás bufaban y protestaban, yo estaba en otro mundo, intrigada por un secreto familiar guardado durante años y en una historia de amor que intenta resistir el paso del tiempo. Una gozada.

Pero es que además, hay otros aspectos positivos de la lectura que confirma la ciencia. Uno es que la lectura es una buena agencia de viajes. "No hay mejor nave que un libro para llevarnos a tierras lejanas", escribió Emily Dickinson, que apenas salió de su casa de Massachusetts y, sin embargo, escribió un bello poema sobre nuestro Teide. Imaginar que hacemos algo y hacerlo es casi lo mismo, lo corrobora la ciencia: en ambos casos se iluminan regiones similares del cerebro.

Otro es que leer alarga la vida y, cuanto más, mejor. Según un estudio sobre salud y jubilación realizado por investigadores de la Universidad de Yale, se certificó que los que leían una media de 3,5 horas a la semana viven un 17% más que los que no abren un libro; quienes leen más tiempo, un 23%. Son casi ¡dos años! de propina. ¿No merece la pena?

Y según otro análisis elaborado por la Universidad de Roma, leer nos hace más felices... ¿Hay quién dé más por un objeto que ni siquiera se enchufa?

Así que anímense a leer, incluso las María Pombo de este mundo. Como invitaba Cortázar, vayamos a la literatura como se va a los encuentros más esenciales de la existencia, "sabiendo que un libro empieza y termina mucho antes y mucho después de su primera y última página.".


lunes, 6 de octubre de 2025

El último deseo



Imagínense que están en el corredor de la muerte (ya sé que es tétrico, pero haber elegido susto) y que les conceden un último deseo, el que quieran, sin cortapisas de ningún tipo... ¿Qué pedirían? ¿Un viaje maravilloso, asistir al concierto de tu ídolo, una noche de amor...?  Yo me dejaría de tonterías, la verdad, y elegiría una última comida, opípara y perfecta.

Hace tiempo leí que una compañía de teatro fue a representar Historia de una escalera en la plaza de un pueblo en fiestas a las 8 de la tarde. Los vecinos llevaron sus sillas y la plaza se llenó. Parecía un público muy atento, pero sobre las 9 uno del pueblo irrumpió en mitad de la función y, sin cortarse ni un pelo, gritó: "¡Que ya están las migas!". Entonces todos se levantaron, recogieron sus sillas y se fueron pitando al local donde servían las migas, dejando a los actores perplejos. Y es que donde esté el comer, que se quiten todas las zarandajas intelectuales. Así que sí, mi último deseo sería disfrutar como un pachá de que otros cocinen para mí alimentos maravillosos, no pisar la cocina ni por el forro y encima poner condiciones para que nada falle.

La primera condición es el sitio. No vale un comedor de mala muerte, aunque parezca apropiado. No, no, tiene que ser un comedor desde el que se vea el mar, amplio y con pocas mesas; luminoso, que hay algunos que parecen un cuadro de Caravaggio y casi no se ve si es berenjena o huevo frito lo que hay en el plato; sin ruidos, sin teles, ni móviles ni nadie que esté cantando cerca, que podamos hablar sin gritar con los que nos acompañan. Porque eso también es una condición para mi comida perfecta: en una mesa redonda (no más de 10 personas), con platos y copas preciosos y mantel y servilletas de tela, con gente que quiero y me quiere y con la que se pueda hablar de todo, sin que nadie esté juzgando al otro.

Y luego, que el menú traiga los sabores que me han acompañado toda la vida y que me recuerdan momentos gratos: las tortillas de papas y los calamares en salsa que mi madre me preparaba cuando yo volvía de Madrid, el arroz amarillo de Mamá Lola, las empanadillas que hace mi hijo, las sardinas a la veneciana que me hacía mi marido cuando se jubiló, el arroz negro de mi yerno, el gazpacho de melón que me enseñó a hacer mi primo Mingo, el ganso de Suzana para celebrar San Martín, los montaditos de Sixto, la morena de El Chavique, las croquetas de Carmen María, las viejas que venían saltando del mar en Arrieta, el queso manchego, los patés y foies del Perigord, las langostas que cogía Domingo en La Graciosa bajando a pulmón limpio, los merengues y almendrados de abuela, la tarta María Victoria y las torrijas de mi consuegra Cristi, los hojaldres de La Punta... Y todo empezando naturalmente con un champán francés bien frío; después, si se tercia, con un buen vino de la tierra; y, al final, con un chupito de los míos.

Yo creo que con tanta condición y tanta vianda, el momento de la ejecución se irá alargando indefinidamente y se convertiría todo en unas mil y una noches culinarias. Y cada día se cumpliría el penúltimo deseo. El secreto de la felicidad a lo mejor es vivir cada día como si fuera el último.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Soy Matusalén



Yo hay días en que me siento Matusalén. Los niños de ahora, que no han estudiado Historia Sagrada como hacíamos nosotros, no tienen ni idea de quién era este señor pero, si buscan en Google, sabrán que fue un personaje bíblico antediluviano, abuelo de Noé (por lo que supongo que también estuvo en el Arca), y que vivió 969 años, una edad nunca más registrada. Claro que nada que ver con Iago del Castillo, el personaje principal de La Saga de los Longevos de Eva Gª Sáenz de Urruti, que tiene 10300 años y que nos puede informar de la prehistoria con todo lujo de detalles. Pero bueno, al margen de estos abuelitos, repito, yo hay días en los que me siento así, muy muy muy mayor.

Y es que no es solamente que me duelan todos los huesos (mi abuela diría: "Eso es pa calor..."), o que no pueda dormir a pierna suelta como en mis años mozos, o que tenga una flojetud que me lleve a que sean las 11 de la mañana y no he vendido una escoba (mi abuela también diría: "Eso es gandulería, palanquina, qué flojetud ni flojetud..."). 

No, no es todo eso (que también), sino que a veces me doy cuenta de toda la historia que arrastro. Y es que el año en que yo nací solo habían pasado 3 años del final de la Segunda Guerra Mundial y 9 del final de la Guerra Civil española. Nadie tenía televisor, aunque en junio se había hecho una demostración en una Feria de Muestras en Barcelona (a mí me llegaría 15 años más tarde). Todavía la Reina Isabel era princesa y no la coronarían hasta 5 años después. El año en que yo nací se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, asesinaron a Mahatma Gandhi, se independizó la India del Imperio Británico, se inició la Guerra Fría entre EEUU y la Unión Soviética, se fundó la Organización Mundial de la Salud (OMS), se creó el Estado de Israel, se inventó el transistor y el LP. Todos los niños estudiábamos en los colegios Historia Sagrada y conocíamos quién era Matusalén. Y Lola Flores cantaba en la radio lo de "Qué tiene la Zarzamora, que a todas horas llora que llora por los rincooones..."

Entonces, una echa la vista atrás, a esos largos 77 años, y es consciente de que ahora, igual que entonces, hay masacres, corrupción, golpes de estado, gente cruel y guerras por doquier que terminan como el rosario de la aurora, dejando atrás solo desolación. Y una piensa que no hemos aprendido nada y una se siente Matusalén.

Pero no se preocupen, que no me he vuelto pesimista, así de repente. Son momentos pasajeros que pasan porque envejecer no es fácil (vas perdiendo amigos, padres, pelo, dientes, dioptrías, ganas, memoria...), pero tampoco es para blandengues. Sentirse Matusalén tal vez sirva para liberarnos de miradas atrás y de pamplinas y para darle importancia a lo que verdaderamente la tiene, al día a día, diseñado con mimo y con la conciencia de estar vivo. En una entrevista a Manuel Vicent, después de confesar que ahora está muy tocado, dice "Eso es porque uno está llegando al final del río y, en su desembocadura,  las aguas dejan de ser turbulentas y describen curvas suaves. Pero me gusta que en esa desembocadura haya muchos pájaros, gaviotas, patos. Y de pronto, todo ese enredo psicológico se cura con la llamada de un amigo".

Quizás solo necesitamos algo como esos detalles para que cada día se convierta en una obra de arte.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Querido Alejandro



Hace 27 años que no te veía, desde aquel COU C en que yo te di clase de Filosofía y tú lo sobrellevaste con paciencia y buen humor. Pero miento, claro que te he visto, yo y toda España. Ahora eres un actor guapo y famoso, has hecho un montón de películas, series de televisión y teatro (te vi, impresionante, en Madrid haciendo de hijo de José María Pou en La cabra), has tenido premios y nominaciones como mejor actor y todos te conocen como Alex García. Y la semana pasada, por fin, fui a verte en persona al programa En clave de Rhodes, que presentó el escritor y pianista James Rhodes en el Auditorio de Santa Cruz. Tú fuiste su invitado y durante una hora respondiste a todo lo que te preguntó y, de paso, te metiste a todo el público, incluida yo, en el bolsillo.

Fui por curiosidad, para ver cuánto quedaba en ti de aquel chico que se quería comer el mundo, que no paraba quieto mucho rato y que parecía tener las cosas claras, el Alejandro que yo conocí. Y no salí decepcionada, todo lo contrario: capeaste todo también con la misma paciencia y el buen humor de entonces.

Hablaste de tus inicios, aquellos que alguna vez me contaste en clase, cuando presentabas programas de carnaval; de lo que te gusta el teatro (tanta gente que aparca su vida para reunirse en un sitio determinado a ver y a disfrutar de una historia); de los pases en la alfombra roja y del disfrazarse... Rhodes comentó lo que le gustaba el ritmo pausado de esta isla tuya y mía y tú le hablaste de estar cómodo con cholas, tal como apareciste en el escenario sin que a nadie le llamara la atención, o descalzo después. Se te veía en casa. "¿Y tu canción?". Sin dudarlo dijiste: "La vida es un carnaval, de Celia Cruz". Fíjate, fíjate en la letra, cantabas mientras sonaba por los altavoces: "Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando...".

A la pregunta "¿Quién te ha inspirado?", tampoco dudaste: tu familia, tus amigos, Vero. Y cuando Rhodes te preguntó con delicadeza si podías hablar de ella y del duelo, lo pensaste un poco, te escuchaste a ti mismo y contestaste con serenidad, aceptando el momento y asegurando que lo que queda, lo único que importa, es el amor.

"¿Y qué te da miedo?" "Que los que quiero sufran". Hay un filósofo, Epicuro de Samos, del que seguro que no te acordarás (casi no me acuerdo a veces ni yo), que decía que no hay que temer a la muerte porque cuando nosotros no existimos, ella no está, y cuando ella existe, nosotros no estamos. Que no nos vamos a enterar, vamos. Pero tú has mirado más allá: nos da miedo, no nuestro dolor o nuestra partida, sino los de aquellos a quienes queremos. No puedo estar más de acuerdo contigo.

Me gustó verte, Alejandro, tan maduro, tan sereno, tan vital. Me gustó que sigas conservando la sonrisa tierna, la mirada pícara; que reivindiques tu nombre y sigas siendo Alejandro. Y también, todo hay que decirlo, me gustó lo bien que traducías el ¿español? de James Rhodes (yo algunas preguntas las sacaba por tus respuestas :-D)

Me hubiese gustado hablar contigo y darte un abrazo. Estaba cerca, en la tercera fila, pero no era el momento. No sé tampoco si llegarás a leer esto (dijiste que no usas las redes, y lo mejor que haces: hay que vivir), pero te escribo como quien tira una botella al mar, para que, si por casualidad llega mi escrito hasta ti, sepas que estoy orgullosa de ti, de tu aceptación de la vida con todo lo que conlleva y de que esta te haya hecho mucho más sabio.

Un abrazo grande y virtual.





lunes, 15 de septiembre de 2025

Sorpresas te da la vida



"La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida...", dice la canción de Pedro Navaja, y es la pura verdad. Una vida sin sorpresas, lisa, rutinaria y siempre igual, es como un jardín sin flores, no es vida ni es ná, Pero, como buena optimista, no voy a hablarles de sorpresas chungas, tipo "me suspendieron el Hogar en 3º de Bachillerato" (cosa que, aunque inesperada, fue una tremenda injusticia, como ya les he contado alguna vez); ni de sorpresas que los libros nos proponen, como: "¡Anda! El asesino fue el mayordomo, no me lo podía ni imaginar". No, no, seamos serios y hablemos de sorpresas de verdad, de esas que, cuando llegan, van derechas al alma, te emocionan, te ponen los pelos de punta y te humedecen los ojos... Sorpresas que te hacen intuir que en el mundo todo marcha bien. 

Una sorpresa así tuvo mi hija en la presentación el viernes pasado de su poemario "Contraindicaciones del verbo escribir". Ella, desde el año 2008 en el que empezó a escribir el Blog de la Dra. Jomeini, tiene una cantidad importante de seguidores por el mundo, muchos de los cuales se han convertido en amigos, incluso sin conocerlos personalmente. El día de la presentación, antes de que empezara a venir gente, estábamos sentadas en el vestíbulo del Salón de Actos del Centro Cultural de El Sauzal, cuando Ana se queda quieta, con los ojos mirando de par en par a alguien que aparece y, tan tranquilo, le dice: "Como me quedaba cerca, decidí venir a verte": Y allí estaba el asombro, los abrazos, las risas y el "no me lo puedo creer" alucinado de Ana. Ramón, su amigo virtual desde aquellos lejanos años, había venido exprofeso de Bilbao el día anterior para verla, acompañarla y conocerla en persona y luego, con la misma, marcharse al día siguiente.

El hecho tuvo todos los ingredientes de una genuina sorpresa: lo extraordinario que no se espera, la alegría y la emoción tanto del que sorprende como del sorprendido, la consciencia de que, por vivir un momento así, merece la pena un viaje desde Bilbao (que no está precisamente ahí al lado) hasta Tenerife. Y lo contagioso que es, porque todos los que estábamos allí nos emocionamos también.

Bravo por Ramón. Necesitamos estos ingredientes en nuestra vida, originales, motivadores, distintos. Y aunque, con todo el follón del acto siguiente (mucha gente participando, saludando, alegando, esperando por la firma de los libros...), no pudimos atenderle como se merece, vaya desde aquí la promesa de que, si decide volver, lo esperaremos con los brazos abiertos y tal vez podamos también sorprenderlo.

Y ustedes ¿han tenido también alguna vez uno de esos momentos en los que digas: "¡No me lo puedo creer!"?

lunes, 8 de septiembre de 2025

¿Qué te pone de buen humor?


Sí, sí, ya sé que septiembre es el mes menos apropiado para hacer esta pregunta, porque parece haber en el aire efluvios de mal humor. Es el mes en que, después de unas vacaciones en el que uno vive sin la agenda colgada del cuello, se encuentra con la dura realidad: levantarse a horas fijas, programar, organizarse y saber que hasta las próximas vacaciones todavía queda un largo trecho de travesía en el desierto. Y además, en verano a veces te olvidas de lo que pasa en el mundo y en septiembre te lo encuentras de frente. Y todo eso sin contar los achaques que tenemos en casa que parece que, con la llegada de este mes, se acentúan.

Pero precisamente por eso tenemos que buscar mecanismos de defensa y los míos son muy facilitos: encontrar cada día aquello que me pone de buen humor y que me arranca una sonrisa. Ahí van unas cuantas cosas al azar, así, a bote pronto:

Me pone de muy buen humor que mi hijo me traiga de Escocia un llavero con la efigie de Jane Austen (la que me presta el nombre para el blog). Y también que, cuando fue el viernes a cenar al argentino que está frente al Guimerá, se acordara de que a su madre le chiflan las empanadas y me trajera 4. ¡Arráyate dos millos, hijo!

Me pone de buen humor que, por las mañanas, me salga bien la Palabra del Día, el mensaje animoso de un amigo, las orquídeas de mi ventana, reírme con mis compañeras de pilates, levantarme sin alarmas, cuando me lo pide el cuerpo.

Me puso de buen humor leer el mensaje que puso en Facebook mi colega y amigo Javier y su mujer Juanita, que llevan 65 años de casados y pregonan -lo saben bien- la suerte que tuvieron al encontrarse en la vida.

Me pone de buen humor que la Tasquita de Carol en Valle Guerra haya reabierto sus puertas. Después de pensar que nunca jamás volvería a probar sus maravillosas berenjenas con miel (en la foto inicial), las disfruté otra vez en la cena del viernes pasado con los amigos (otra costumbre que me pone de buen humor). No hay mejor centro de mesa que este, tan doradito y apetecible, acompañado de un vinito blanco seco y frío.

Me pone de buen humor saber que he bajado un kilo en todo el verano sin hacer dieta ni nada.

Me pone de buen humor leer un libro bien escrito y que me diga cosas y me enternezca. Como esta semana, El amor que pasa de Care Santos. O terminar de corregir el último que va a publicar en un par de meses mi hija Ana y que sé que va a gustar, La música secreta del verano.

Me pone de buen humor ganarle al rummy al ordenador; tener noticias de mi nieto y que me cuente cómo lo está pasando en su Erasmus en esa California, tan lejana como la Luna; recibir el regalo de una bolsa de ciruelas rojas con las que hago la mermelada del verano (¡Gracias, M.V.!); bañarme en Bajamar y ver cómo rompen en las rocas las mareas de septiembre.

Me pone de buen humor una cena tranquila al aire libre en el patio, viendo salir las estrellas. Y un beso y un abrazo de aquellos a los que quiero.

Y me pone de buen humor hablar con ustedes, como cada lunes, y preguntar, así, entre nosotros: ¿Qué les pone de buen humor?

lunes, 1 de septiembre de 2025

Contraindicaciones del verbo escribir



Vengo de un tiempo en que la poesía estaba presente en el trajín diario. En las fiestas y en las celebraciones familiares se recitaban poemas que todavía guardo en la memoria. En muchas de nuestras casas ocupaba un lugar de honor un libro que se leía a menudo, "Las mil mejores poesías de la lengua castellana", en el que cada página era una sorpresa. Mi abuelo, Gabriel Duque, fue un excelente poeta y también escribían poesía mi padre y mis tíos. En el colegio -hace poco lo comentábamos aquí- nos hacían aprender de memoria poemas enteros cuya música perdura en el recuerdo ¿Sigue teniendo entre nosotros hoy un papel importante  la poesía?

Mi hija, Ana González Duque, apuesta por ella y presenta este 12 de septiembre su poemario "Contraindicaciones del verbo escribir", un libro para todos aquellos a los que nos gusta leer y escribir. La portada (todo queda en casa) es de mi nieta Eva de José.

Ana empezó desde el Instituto escribiendo y ganando premios de poesía. Luego sus primeras publicaciones fueron también poemarios, cuando ganó el premio Félix Francisco Casanova y el Premio Juventud y Cultura de Canarias. Más tarde se pasó a la narrativa (12 novelas ya y varios libros de no ficción), pero nunca dejó de escribir poemas, que guardaba en una caja como quien tiene un tesoro secreto. Porque, como ella misma dice en el prólogo de este libro, "hay heridas que solo saben rimar, silencios que no caben en una escaleta". "Con la novela -dice- , al menos puedo esconderme tras la trama, los personajes, las excusas. Con los poemas no hay dónde esconderse: es como salir a la calle en bata y con los rulos puestos.". Con la poesía se desnuda el alma.

Y, aunque en la caja de poemas quedan todavía muchos, esta vez elige hablar precisamente de esa pasión por escribir, de "esa necesidad vital de sacar lo que me corría por dentro con palabras". Y nos va contando cómo florecen las ideas, o cuáles fueron los libros amados en los que aprendió que "la belleza puede contarse en versos". Habla de la llegada de la inspiración, de esa nueva forma de mirar que es escribir un poema, de la curiosidad del que persigue historias, de la paz de la habitación propia. Es un libro sincero y valiente, como no podía ser menos, que divide en 4 partes: Escribir, Editar, Promocionar, Ser. Y que cada uno leerá e interpretará a su manera.

Yo me he identificado con "Entre leer y escribir", me enternece el poema "Perder", sonrío ante la crítica que hace al que plagia ("Robar un corazón / y colocarlo en tu escaparate/ no es elegante"). Me hace gracia el humor de las "Instrucciones para sobrevivir al Día del Libro" o de cómo reírse de una misma ("No hay drama que sobreviva a una buena carcajada"). También lo que escribe sobre los vocativos sin coma o sobre la depilación de los adjetivos. Y me sorprende el poema corto dedicado a los verbos: "A veces, / para tener un presente simple/ y un futuro perfecto/ necesitas superar/ un pretérito imperfecto". Nunca tanto se dijo con tan poco.

Sí, la poesía no muere, sigue siendo una manera de ir desde una parte a otra de ti mismo, de reconocernos. Y pienso que, con estos poemas que Ana nos trae en este septiembre, estamos siguiendo el rastro de luz que nos dejaron aquellos que leímos en nuestra niñez.

"Escribo, no para ser distinta, sino para ser".

PD: Si les apetece compartir un ratito hablando del oficio de escribir (y de poesía, naturalmente), la presentación del libro de Ana será en el Centro Cultural de El Sauzal el viernes 12 de septiembre a las 7 de la tarde. La presenta la escritora Pilar Torres y colabora la librería "El Barco de Papel". Sería estupendo que pudieran asistir y vernos allí.




lunes, 25 de agosto de 2025

Una tremenda injusticia



Me siento estafada. Profundamente estafada. Y envidiosa también, todo hay que decirlo. Y víctima de una injusticia flagrante (signifique lo que signifique flagrante). Les cuento.

Mi amiga Esther, que vive en Candelaria, me dice que en su pueblo pasa un microbús cada media hora por todos los barrios, recogiendo a quien se quiera dar una vuelta y llevándolo a la Estación de guaguas, desde donde puedes coger una y desplazarte a cualquier punto de la isla. ¡Y gratis! El pueblo (y ella) está encantado, dice.

Esther es de mi quinta y le pasa lo mismo que a mí, que pensamos que hay demasiados coches, que el tráfico está imposible (el otro día tardó hora y media en recorrer 10 km.), que a nuestras edades lo de conducir ha perdido mucho de su atractivo y se ha convertido en una responsabilidad muy grande y en un peligro, que vamos sorteando obstáculos como en los cochitos locos y que ¡qué necesidad! Así que esta semana se levantó temprano, cogió su microbús y después su guagua y se fue tan ricamente a Los Gigantes a ver a unas amigas y se lo pasó estupendo: viendo el paisaje, sin nervios ni sustos, hablando además con su vecina de asiento, que era una cubana que le contó su vida... Incluso, a la vuelta, se bajó en Las Caletillas y se fue caminando hasta Candelaria al fresquito del atardecer. Un día redondo.

Y no hay derecho porque, como ustedes saben porque se lo he contado muchas veces, por mi zona solo pasan 5 guaguas al día y va que chuta. Y en otros pueblos no es así. Hasta hay sitios como la Santa Marta colombiana que tiene tren aunque no tengan tranvía. Pero aquí ni tren, ni tranvía, ni microbuses, ni casi guaguas. Y me siento agraviada, la verdad.

Además, ¿qué tiene Candelaria que no tenga Tegueste? ¿Será por la Virgen? En mi pueblo están la de los Remedios y la del Socorro, que son dos frente a una. Pero claro, esa una es la Patrona de Canarias y las de aquí, frente a eso, no deben pintar mucho a la hora de las rogativas.

Así que hoy aquí va mi propuesta dirigida a quién corresponda (¿Ayuntamiento, Gobierno, Tribunal de Derechos Humanos de La Haya, el Cielo...?): yo también quiero tener un microbús cada media hora, yo también quiero darme un paseo sin conducir por la isla, yo también quiero hacer amistades con cubanas... ¿No es una tremenda injusticia que unos tengan tanto y otros tan poco? Ruego, por tanto, que esto se repare inmediatamente y que, si es por vírgenes, de las dos mías, una pide socorro y la otra exige remedios. ¡Será por vírgenes!

¡Un microbús cada media hora que nos lleve a la Estación, ya! ¡No a las injusticias, sean flagrantes o no!

lunes, 18 de agosto de 2025

El asunto de los regalos



El verano es también en mi familia tiempo de celebraciones. Se han puesto de acuerdo para cumplir años en esta luminosa estación mi marido, mi hija, tres de mis nietos, mi cuñado, mi primo, mi ahijado... Por lo tanto, también es tiempo de regalos, una larga tradición que vete a saber cuándo se originó (aunque sé que ya los antiguos griegos acostumbraban dar flores y amuletos a los niños por su cumple), pero que se aceptó enseguida, faltaría más. Yo no conozco a nadie que no regale (o que no quiera que le regalen).

El problema está en pensar qué regalar, porque no es cuestión de hacer como aquel que le regalaba a su mujer cada año una caña de pescar y unas botas del 45. Esta semana me leí una novelita romántica y divertida (Matrimonio de conveniencia de Felicia Kingsley), en la que él es un duque arruinado y ella una hippy que, para recibir una herencia, tiene que casarse con un aristócrata. Y se casan, claro, aunque se odian y no pegan ni con cola. Pero se ve que la cosa va cambiando al hacerse los regalos de cumpleaños. Ella le monta un parque de atracciones en los jardines de la mansión (al pobre niño rico nunca lo habían llevado a uno) y él le regala unas entradas en la tribuna central para el primer partido de la Liga de Campeones contra el Barcelona (ella es forofa). Estos dos regalos tienen las características que debe tener todo regalo que se precie: el primero, es un curro considerable montarlo, y el segundo es un regalo deseado y original. Son regalos pensados porque nos importa la otra persona.

Esos son los regalos que me gustan. A mi nieto mayor, por sus 20 años ahora, una amiga nos pidió a todos que le escribiéramos una carta a mano y, con todas ellas, editó un cuadernillo que tituló "De todas las personas que te quieren" (imagen inicial). Ni que decir tiene lo que le gustó y emocionó a él, que ahora se va un año a EEUU, tener ese recuerdo para siempre. 

También mi nieto de 10 años le hizo otro regalo entrañable a su hermana, que cumple los 12 esta semana. Durante toda una mañana se encerró en el cuarto de estudio de casa, en alto secreto, poniendo carteles en la puerta cerrada de "NO PASAR. ¡¡¡Nadie!!! ¡¡¡Nadie!!!" y otro que me decía: "¡¡¡Ni tú, Aba!!!", y se dedicó a hacerle una poesía preciosa a su hermana ("Ella es maravillosa, más linda que una rosa...").

12 citas románticas, una cada mes, ya organizadas y datadas, fue el regalo que mi hija le hizo a su marido en Reyes: una cena en el Puerto, un curso juntos para hacer pan, un día de baño en Garachico, escapadas a distintos sitios de la península o de las islas... Es también original y trabajado el regalo que ya les comenté cuando hablé de canciones: un cassette con 20 canciones que hablan de Isabel. O el montaje de mis hijos cuando cumplí los 50: un vídeo con 50 fotos por cada año de mi vida. O mi hija que una vez me regaló tiempo, uno de los regalos más valiosos.

Todo lo que hay que hacer con los regalos son esas dos cosas, pensar qué puede gustarle a la persona regalada y trabajárselo bien. Por el cumpleaños de mi marido le organicé dos fiestas, una familiar en el sur y otra con amigos en casa en la que se montó una parrandita de guitarras que lo hizo feliz. Pero también unos vaqueros, unos tenis, tres camisetas finitas de algodón y unas gafas, algo práctico. Porque igual le pasa lo que a Dumbledore en los libros de Harry Potter, cuando ante el Espejo de Erised que muestra el deseo más profundo de nuestro corazón, Harry le pregunta a Dumbledore cuál es el suyo. Y el profesor contesta: "¡Un par de calcetines de lana! Uno nunca tiene suficientes calcetines. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros":

lunes, 11 de agosto de 2025

Agosto sobre el sombrero



Elijo el título para este escrito de hoy por una frase que le leí a Manuel Vicent en estos días: "Hay que dejar que agosto discurra suavemente sobre el sombrero de paja". No se me ocurre mejor imagen para el verano. Agosto es como la crema bronceadora que tan alegremente nos gastamos este mes: fluye con generosidad sobre la piel preservándonos de quemaduras de todo tipo y de malos rollos.

Agosto es que venga a verme mi nieto después de un mes haciendo voluntariado en Ecuador y que me traiga de regalo unos zarcillos hechos con semillas de tagua, el marfil vegetal (no me los quito de encima). Es que, durante una comida en el porche, me cuente cosas de un país que nunca visitaré, como que la línea del ecuador la marca el monumento "Mitad del Mundo", que es el más visitado, pero que con los avances del GPS se determinó que estaba 240 m. más al norte y que hay un tercer ecuador, Catequilla, que los indios señalan como el más preciso. Me habla del volcán de Pichincha y de la ciudad, a casi 3000 m de altura, en la que vivió. Agosto es imaginar desde mi casa tierras, gentes, costumbres, objetos que están al otro lado del mundo, en mi terra incognita.

Agosto es celebrar el cumpleaños de mi marido con una parranda de guitarras que le hace feliz. Es reunirnos dos días toda la familia a la orilla del mar en la casa del sur a disfrutar de la charla y la buena compañía. Es el desayuno largo en la terraza mirando el mar y probando la tarta de manzana que ha hecho mi hija para la ocasión. Es el baño en aguas transparentes por la mañana como si estuviéramos en un cuadro de Sorolla. Es la siesta perezosa y la conversación después de la cena bajo una luna llena que parece escucharnos y promete frescor.

Agosto es leer por placer, cuando apetece: en la siesta posdesayuno, en la siesta oficial, a la caída de la tarde o en la cama, antes de dormir. Esta semana terminé la trilogía de la Saga de los Longevos, tan imaginativa, de Eva Gª Sáenz de Urturi y me leí también un libro delicioso de Joel Dicker (al que conocí una vez en la Feria del Libro de Madrid): La muy catastrófica visita al zoo.

El embrujo de un agosto cambió la vida de muchos en el Sueño de una noche de verano. Dejémonos llevar por ese embrujo y, cuando la luz se filtre por las fibras del sombrero con el que nos resguardamos del sol, disfrutemos del instante e imaginemos todos los mundos posibles e imposibles. Esa es la esencia del verano, la conciencia de estar vivos y de no necesitar nada más.




lunes, 4 de agosto de 2025

Canciones para una vida


Ahora que estamos en verano, esta estación en que uno no se toma ni a sí mismo en serio, me pregunto si sigue estando de moda aquello de la canción del verano ¿Se acuerdan? La verdad es que yo casi que no. Me vienen como ráfagas lo de "Tengo un tractor amarilloooo...", el "Vaya, vaya, aquí no hay playa" y el "Aserejé, ja, dejé", pero poco más. Y es que no me gusta mucho eso de reclamar solo una estación para una canción. Las canciones, nos gusten o no, son para perdurar en la memoria de toda una vida. Así que ahí van canciones que sí recuerdo.

La canción que cantaba, guitarra en mano, mi futuro marido, el padre de mis hijos y abuelo de mis nietos, cuando yo puse por primera vez mis ojos sobre él (y mis oídos): Camino de México. "Por el camino de México voy, con mi tequila y mi guitarra qué feliz yo soy...".

Una de mis canciones favoritas: Se vive solamente una vez, hay que aprender a vivir y a querer, hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras. No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue, quiero gozar de la vida, teniéndote cerca de mí hasta que muera..."

Canciones que no soporto: las metafóricas, como El colibrí: "Yo soy el colibrí, si tú me quieres, mi pasión es el torrente y tú, la flor..." ¡Agggrrrgh!

Canción que mi amigo Melchor no soporta: El niño y el canario: Empieza con "Era el canario un primor..", y termina con lo de "Lloró la pobre criatura al cavar la sepultura de su cantor sin igual", pero Melchor siempre dice: "de aquel infecto animal".

La canción que siempre anima un cotarro cuando la cosa se va amuermando: Somos costeros. Sobre todo lo de "Es moreno mi niño y tan alto que no pasa su busto esa puerta; yo soy chica y también morenita, entradita en cintura y dispuesta".

Canción desgarradora para cantar estilo Lola Flores: ¡Ay, pena, penita, pena -pena-, pena de mi corazón, que me corre por las venas -pena-, con la fuerza de un ciclóón!.

La canción que mi amiga Pili, en los 23 años que lleva yendo a EEUU, oye siempre en algún momento del viaje, en la radio, en un mail, en un restaurante...: I will survive. Y que Kevin Kline borda y baila en In&Out.

La canción que llamo "la interminable": Se me olvidó otra vez. Cuando está diciendo que "se me olvidó otra vez que solo yo te quise", vuelve a dar la matraquilla con "probablemente estoy pidiendo demasiado" y vuelta con "por eso aún estoy en el lugar de siempre" y dale que te pego.

Canción de dúo (él y ella) que me gusta: Él: ¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido chiné?" Ella (muy chula): "A lucirme y a ver la verbena, y a meterme en la cama después".

Canción de película que siempre oigo (y bailo) con una sonrisa: Cantando bajo la lluvia. I'm singing in the rain, just singin' in the rain, what a glorious feeling, I'm happy again... (Y abrimos bien los brazos para recibir la lluvia en la cara)

Canción que mi madrina con alzheimer a los 90 y pico años nunca olvidó: A la orilla de un palmar, yo vide una joven bella, su boquita de coral, sus ojitos dos estrellas...

Canción que mis amigos y yo interpretamos una noche en un pub irlandés cerca de Galway: Piensa en mí. "Si tienes un hondo penar, piensa en mí. Si tienes ganas de llorar, piensa en mí...". Nos aplaudieron y todo.

Canción guineo, esa que no se te va de la cabeza en todo el día y te ves cantándola hasta en la cama. La última, esa de "que allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria...", así hasta 800 veces.

Canción que mi prima Rosi siempre cantaba a sus nietos: "Pimpón es un muñeco más grande que un ratón..." Desde entonces todos sus nietos la llaman Pimpón.

Canción que le encanta oírnos a mi amigo austriaco Walter: Bendita mi tierra guanche. Eso de "Y el Teide por Tenerife" le llega al alma.

Canciones de mi adolescencia, como 15 años tiene mi amor o Popotitos baila rock and roll... ¡Viva el Dúo Dinámico!.

Canción con la que me rondaron un verano, siendo jovencita, en Los Sauces: "Paloma mensajera, cruzando el viento, ve y dile al amor mío que aquí la esperooo...".

Canción que me hacía llorar cuando era pequeña (y que mis tías me cantaban para eso): Inocencia: "La casa está triste, murió mi vecina..."

Canción que me hace llorar ya más mayor: Madre, anoche en las trincheras, laralalalá...

Canción que mi amiga Clari, que siempre ha vivido así, quiere que pongan en su entierro: My way, A mi manera, de Frank Sinatra.

Canción cómica de la tuna que siempre me hace gracia: Querida Enriqueta, con esta te escribo que un notario en Burgos murió antes de ayer, me deja su herencia pero he de casarme con mi prima Rosa la de Santander" (Lo mejor, la respuesta de  Enriqueta).

Canción del colegio que me gustaba y que cantábamos como si nos fuera la vida en ello: Cantad a Catalina pleegarias fervorooosas...

Canción que nunca he entendido: Zamba de los yuyos. "Yuyos hay para el mal, otros que hacen engualichar, yo conozco un gualicho mejor, zamba de los yuyos pa enamorar...". ¿Mande? ¿Qué es un yuyo? ¿Qué es un gualicho"? ¿Qué es engualichar? No es de recibo cantar con diccionario al lado.

Canción que es casi una novela con inicio, nudo y desenlace: Tatuaje, que empieza con "Él vino en un barco de nombre extranjero..." y termina (perdón por el spoiler) con: "Si te lo encuentras, marinero, dile que yo muero por él".

El ramillete de canciones que mi amigo Luis recopiló en una cinta de cassette y me regaló, todas con un denominador común: todas hablan de Isabel.

Y así muchas más... Seguro que ustedes, si echan la vista atrás, también tienen otras muchas en el baúl de los recuerdos (a propósito: "Buscando en el baúl de los recuerdos, uuuuh..."). Y es que las canciones nos acompañan, ensanchan el alma, jalonan la existencia... Al fin y al cabo, la vida es una canción.





lunes, 28 de julio de 2025

Mi amiga Cae me ha hecho un regalo



Una de las mejores cosas que le pueden pasar a un adolescente es tener un amigo o una amiga íntima con la que compartir las penas y alegrías. Para mí, Cae fue esa amiga, esa confidente con la que me podía pasar horas hablando. Salíamos del colegio y yo la acompañaba hasta la parada de la guagua del Muelle Norte (porque ella vivía en el 5º pino) y dejábamos pasar guaguas y guaguas porque no terminábamos la conversación. Y luego llegábamos a casa, nos llamábamos por teléfono y ¡venga a alegar otro rato ante el enfado de mi abuela! ¿De qué tanto tendríamos que hablar? 

Fue la compañera ideal, teníamos aficiones comunes, leíamos los mismos libros (nos encantaban entonces los policiacos) y, siguiéndolos, inventábamos lenguajes secretos y contraseñas. Incluso me acuerdo de que una vez seguimos a un señor "sospechoso" por la calle del Castillo haciendo de detectives. Nos disfrazábamos de niñas chicas con cancanes y lazos para ir a los cumpleaños de su hermana de 3 años y de sus vecinitas (que nos esperaban arrobadas). Nos hacíamos regalos extravagantes, cajas a las que llamábamos el baúl de los cadáveres y que llenábamos de todo lo feo que podíamos encontrar en la Recova: llaveros con esqueletos, anillos de diamantes de 5 pesetas, flores de plástico... Cuando fuimos a la universidad a las dos nos deslumbró Don Emilio Lledó y su visión de la vida y las dos optamos por especializarnos en Filosofía. Es más, a Cae debo haber conocido a mi marido porque a mí no me apetecía nada ir a la excursión de los de Ciencias de la Universidad donde lo vi por primera vez y ella me convenció. Eso lo saben todos en mi familia. Hasta mi nieta de 11 años, cuando nombro a Cae, dice: "Ah, sí, tu amiga gracias a la cual estoy yo aquí".

Aunque la vida luego nos llevó por distintos caminos, Cae sigue formando parte de mi vida, de lo cual doy gracias a los cielos. Vive en Málaga pero de vez en cuando (ella también) se da una escapadita a Tenerife para no olvidar sus raíces. Y la semana pasada recibí ¡un paquete suyo!. En estos tiempos en que en el buzón solo caen comunicaciones de los bancos y publicidad de Ikea, recibir un paquete-regalo es un acontecimiento que emociona. Y más si es un regalo porque sí, sin ser tu cumpleaños, ni Reyes, ni ninguna otra fecha señalada. Un regalo por el simple hecho de regalar, por saber que la otra persona lo va a valorar.

El regalo eran tres libros. Uno, sobre nuestro Don Emilio, el profesor que marcó nuestro destino común, un libro precioso (ya me lo leí) editado por la Junta de Andalucía en cuya página inicial Cae me pone con su letra de siempre esta dedicatoria: "Cuando vi este libro en la Feria de Málaga de este año pensé: "Este libro es para mi amiga Isa". Luego he tardado en enviártelo porque lo he estado leyendo y hojeando. Por aquellos tiempos felices. Un abrazo". En la dedicatoria del segundo ("Filosofía vulgar. La verdad de los refranes" de Andrés Amorós) me dice: "Para Isa, tan novelera como cuando teníamos 15", y en el tercer librito, "Citas sobre psicología y educación", me dice: "Alimento para tus escritos". ¡Cómo me conoce la condenada! No en vano, en el 67 me hizo otro regalo maravilloso. Me habló de un escritor increíble que me iba a entusiasmar (cosa que así fue) y me dio un libro de él que conservo como oro en paño: "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, una primera edición de la Editorial Sudamericana.

Los amigos, se dice, son la familia elegida, son los que encienden la luz en momentos oscuros, los que hacen nuestra vida más completa. La frase final de la película ¡Qué bello es vivir! lo dice bien claro: "Recuerda, ningún hombre es un fracaso si tiene amigos". Y coincido con Rosa Montero cuando dice que en el recuento final de nuestra vida (si lo hacemos) brillarán como islas de luz esos regalos de cariño que recibimos, tan inmensos que sentimos que es imposible merecerlos. "Esa también es la verdadera amistad: la sensación de estar felizmente en deuda con los otros".

Por todo eso, por mis amigos, y especialmente hoy por Cae, doy infinitas gracias a la vida.


lunes, 21 de julio de 2025

Una escapadita


Consejo que nadie me ha pedido pero que doy graciosamente: de vez en cuando hay que darse una escapadita. Una escapadita para tomarle el pulso a la vida por si la rutina de esta nos lo hubiera escondido. Una escapadita, no un viaje de varios días o semanas en el que vamos pasando de sitio en sitio y de hotel en hotel, cargando maletas y majaderías. No, tiene que ser una escapadita y, como tal, con unas cuantas condiciones.

Primero, tiene que ser corta y en un solo lugar. La mía de estos días fue de domingo a jueves y en Granada tierra soñada, una ciudad preciosa, hecha de de agua y luz. Desde el mismo aeropuerto, que lleva el nombre de Lorca, Granada es poesía. Da la razón al poema de Francisco de Icaza que aparece por todos lados: "Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada".

Segundo, tenemos que contar con una buena base de operaciones. Vale un buen hotel, pero lo ideal es buscar una casa bonita y cómoda. Nosotros nos quedamos en el Albaicín, en una casa de tres pisos con jardín y piscina, con vistas a la Alhambra. Y silencio. Las tardes en la casa con baño, descanso, juegos al rummy con los niños, música en la guitarra, lectura..., lejos del ruido y las gentes, aligeran el alma. Fue un disfrute del que no nos cansamos: ver cómo el amanecer aviva el rojo de esos muros legendarios ("La Roja" es lo que significa Alhambra), oír en el silencio el toque de una campana lejana y asistir, mientras cenamos, a lo que Ganivet decía: "Sale la luna y os besa con su rayo de luz blanca". La Alhambra iluminada, mientras la música de un concierto allí cruza el Darro para llegar a esta casa del Albaicín, es un espectáculo difícil de olvidar.

En tercer lugar, esta escapadita tiene que llevarte a conocer gente que te cuente historias. Desde el taxista que nos lleva y nos avisa: "El que es de Graná y no tiene mala follá, ni es granaíno ni es na", hasta Miguel, que nos cuenta sus escaladas en Sierra Nevada o aquella vez que se trajo una rosa del desierto del Sahara, o cuando encontró, al reformar su casa, empotrado en un muro, un cilindro de cobre que contenía monedas, un periódico de 1928 y un manuscrito con la historia de la casa. O Soledad, que nos hizo un tour interesante por la ciudad, descubriéndonos cosas que nunca supimos o que tal vez habíamos olvidado...

Cuarto, por supuesto hay que darse una vueltita por la ciudad, pero sin tomarse muy en serio el papel de turista. Salir por las mañanas, que están más fresquitas, no hacer colas y no pretender conocerlo todo. Solo pasear tranquilamente por Bib-rambla (La "Puerta del Arenal" en la que en el Arco de las Orejas se exhibían las orejas cortadas a los ladrones), visitar la Catedral, tan bella y luminosa, la más blanca que conozco, o la Madraza, donde el Cardenal Cisneros hizo ese horror de quemar todos los libros de la Biblioteca, o caminar con calma por los jardines de la Alhambra oyendo el agua correr...

En quinto lugar, comer bien, informarse, reservar, aprovechar las especialidades: el chuletón de "Negro carbón", los croquetones de Los Manueles, las migas y el sorbete de arrayán del Parador, los churros del desayuno en el "Alhambra"... Y beber agua de manantial en las fuentes que encontramos a cada paso porque allí el agua viene, pura, de las nieves de las montañas.

Y sexto, gozar de los extras que toda escapadita que se precie debe tener. Como comprar caprichos que nos la recuerden, como un pin para la nevera con forma de ventana mora o un sombrero de ala ancha que no me quité de la cabeza. O como asistir a los gritos que una chica morena y guapa, muy enfadada, lanzaba a un teléfono en un idioma desconocido. Oyéndola, (tenía que sonar justo así), no pude evitar acordarme de la madre de Boabdil peleando al hijo por haber perdido Granada. O el mejor extra, contactar con una amiga querida, Ana la granaína, que es un encanto de persona: nos trajo piononos, los dulces típicos, nos reservó entradas para un concierto de guitarra, nos recomendó hasta un sitio para comer caracoles, nos atendió como a reyes. Y también nos contó historias, como la de la heladería "Los italianos", la de los helados maravillosos, con el tío Hugo y las sobrinas venidas de Italia.

Pero ¿saben qué? Que no hagan mucho caso a estas condiciones mías que me han hecho disfrutar de estos días. Porque las condiciones son lo de menos, ya que cada uno se busca en el ancho mundo su viajito ideal. Lo que verdaderamente importa es escaparse y traer un buen recuerdo para atesorar en momentos bajos o cuando, por otros lugares, se despierte el recuerdo, por ejemplo, cuando oigo el rumor del agua y pienso: "Yo esto lo viví también en Granada". Lo que importa de verdad es la escapadita. Gócenla.

(Para Dani, Myriam, Julia y Álvaro, que nos acompañaron y disfrutaron de esta escapadita)





lunes, 7 de julio de 2025

Sana, sana, culito de rana



¿Ustedes se acuerdan de una serie de los años 80, Cheers, sobre un bar de Boston y de su canción inicial que decía que "a veces quieres ir donde todo el mundo sabe tu nombre"? Pues a mí me pasa eso mismo, pero no con un bar sino con la farmacia. La de mi pueblo, a la que voy creo que todas las semanas, es casi mi segunda casa. No solo las farmacéuticas saben mi nombre y yo me sé los nombres de sus hijas y hermanas, sino que conocemos hasta la vida y costumbres de todas. ¿Será ese uno de los síntomas de hacerse mayor?

¡Y pensar que hace pocos años, cuando mi ginecóloga me preguntó por los medicamentos que tomaba, yo le dije tan orgullosa que ninguno! Ahora tomo 9 pastillas al día, más dos mensuales de vitaminas, más las eventuales de paracetamol y similares. Y a los de mi generación les pasa lo mismo, no crean. Tendrían que ver cuando nos juntamos a comer en los viajes del IMSERSO y cada uno saca sus pastilleros, que van desde el minicofre hasta otros que parecen cajas de caudales. Hasta presumimos de ellos: "El mío es mejor porque separa las pastillas por colores", "Pues el mío por momentos del día: estas para la mañana, estas para la noche..." Y dentro, píldoras con todos los colores del arco iris. Una juerga, oye.

La semana pasada leí que en el anteproyecto de ley de consumo sostenible se veta el ecopostureo, eso de recomendar cosas sin más ni más con etiquetas como "respetuoso con el medio ambiente", "verde", "ecológico"... Yo estoy de acuerdo, ojo, porque a veces las empresas se pasan, pero no puedo por menos de acordarme de lo ecológico que era este tema de las medicinas en la casa de mi niñez. En lugar de tener una caja de medicinas como la que yo tengo ahora a mano en la cocina (en la imagen inicial), el patio de mi casa abundaba en macetas y jardineras llenas de plantas medicinales, que perfumaban el aire y que tanto servían para aromatizar un guiso como para curar un catarro. ¿Que la niña tosía, moqueaba y le dolía la garganta? Agüita de salvia, orégano y tomillo con una cucharada de miel y un chorrito de limón. ¿Que no podías dormir porque tenías un examen? Allí venía mi abuela, después de recoger hierbaluisa, tila y melisa, con su tisana (agüita para nosotros) salvadora y reconfortante. Las flores doradas de la manzanilla florecían todo el año y en infusión calmaban las dolencias de barriga y en paños empapados, las de los ojos. Los gajos del aloe  servían para quemaduras y la piel en general, la cola de caballo y el anís para contracciones del estómago, y para las piedras de riñón, nada como la rompepiedras. Había plantas -el pasote, el llantén, el tomillo, la hierbabuena, el poleo, la ruda...- que parecían servir para todo. Se conocían las hierbas y hasta recuerdo un dicho que decía: "Algoritofe, tofe y tomillo suben la güeleja al ombligo" (Aclaro: el algoritofe es una planta canaria con olor a anís que abunda en el monteverde y a la que se atribuyen propiedades como bajar la tensión; la güeleja se llamaba a un órgano femenino que se creía situado en el vientre; lo de subirlo al ombligo ya es para nota, ni idea).

La naturaleza es sabia. Al mismo tiempo que hay grandes males, hay grandes remedios que las selvas de la Tierra esconden. Nos corresponde descubrirlos e incorporarlos a nuestras medicinas actuales. Y no puedo menos que pensar que los patios y huertas del  mundo fueron (y son) pequeñas y humildes réplicas de esas grandes selvas y que tanto estas como aquellos son poderosos aliados para sanar las dolencias del cuerpo y del alma. 

Los remedios de mis abuelas no son el arsenal de Farmacia de Guardia que yo tengo en mi cocina, pero iban más allá del "sana, sana, culito de rana" y eran muy eficaces. Brebajes, cataplasmas, agúitas, masajes, tónicos... hacían su papel: curaban y aliviaban. Por eso, ahora también, y recordándolas,  esas plantas florecen en mi jardín.

lunes, 30 de junio de 2025

En la ruta de los poetas muertos



(Los que hicimos el sábado pasado la Ruta de los Poetas muertos en la Plaza de la Catedral de La Laguna)

La escritora María Rosa Alonso lo bordó una vez con esta frase: "La Laguna es un amor que dura toda la vida". Y basándome en ese amor que yo también le tengo a mi ciudad natal y en lo noveleras que son mis amigas del colegio, le pedimos a mi colega y amigo Emilio Farrujia que nos hiciera el sábado pasado la Ruta que desde hace unos años organiza, mostrando la ciudad de la mano de siete poetas de los siglos XIX y XX que la cantaron y amaron. Un paseo precioso desde la Plaza del Adelantado (o Plaza de Abajo, como la llamaban antes) hasta los alrededores de La Concepción o Villa de Arriba.

Emilio nació y vivió precisamente allí, bajo el toque de las campanas de La Concepción, y entre sus recuerdos juveniles está acompañar a su padre muy cerca, a la antigua tasca La Oficina, una de las legendarias tabernas laguneras que todos los de mi generación conocimos. Allí se degustaban las perras de vino con su queso y su jamón en viejas barricas que parecían una guardia de honor a ambos lados, allí se hacían tertulias y se chismorreaba, y allí, en sus paredes, los poetas laguneros escribían versos que hicieron inolvidable el local: "Contra la sed ardorosa / es buena medicina / la inyección intravinosa; / para informes, La Oficina". Con semejante educación, no es extraño que Emilio, ataviado elegantemente con su traje y su bombín, como si fuera el poeta Antonio Zerolo redivivo o un personaje de Magritte, se haya dedicado en su "Ruta de los Poetas muertos" a evocarlos al pie de sus bustos, al mismo tiempo que se recorre la ciudad.

La Laguna es bien conocida por todos los que fuimos, pero siempre hay curiosidades que en un paseo de este tipo surgen y que no se conocen o se han olvidado: el lugar exacto de la primitiva laguna señalado en una placa en el suelo de la Plaza de los Bolos, que te indica que si hubieras dado un paso al frente, te hubieras mojado los pies en otra época (antes del siglo XVIII, que fue cuando la laguna se desecó); la noticia de los paseos en barca de los monjes de San Diego del Monte hasta la actual Calle del Remojo; las casas aristocráticas y elegantes de la calle San Agustín y quienes vivieron en ellas, como el corsario Amaro Pargo en el número 5; los incendios que de vez en cuando, como si fuera una maldición, las destruyen (la Iglesia de San Agustín, el Obispado, el Ateneo...); el estanque de los patos de la Plaza de la Catedral, del que todos teníamos un recuerdo del que hablar; las fachadas y sus motivos, en los que no habíamos reparado porque rara vez miramos hacia arriba, como la del Teatro Leal, con sus mascarones, liras y medallones; saber que la piedra roja de algunos palacios y casonas procede de Las Canteras y la azul, más rara, de Pedro Álvarez; descubrir que Manuel Verdugo fue también un excelente pintor (suyas son las Musas del Teatro Leal) y que 4 de los 7 poetas cuyos bustos visitamos, allí tan serios e imperturbables, tuvieron algo que ver con el Instituto de Canarias, aquel en el que Emilio y yo nos jubilamos: Antonio Zerolo fue en él catedrático de Lengua y Literatura y allí estudiaron Guillermo Perera, Nijota y Domingo J. Manrique. Este último fue también catedrático ¡de Caligrafía!, nada menos.

Después en nuestra Ruta hubo pasatiempos y música y, sobre todo, poesía. Manuel Verdugo retrata a La Laguna en uno de mis poemas preferidos: "Ciudad tranquila de los conventos y de las huertas, / mientras la lluvia pule la piedra de tus blasones, / serena tejes tu noble ensueño de cosas muertas / en un silencio pleno de extrañas evocaciones...". Antonio Zerolo recuerda de ella: "Yo a sus templos concurrí, / en sus aulas estudié, / por San Diego paseé / y hasta San Roque subí.". José Tabares la muestra en: "Vedla: reposa en su apacible calma, / en soledad gratísima y amena...". Guillermo Perera habla del patio del Instituto: "Antaño estaban llenos de hondo misterio / los hoy risueños claustros, celdas y salas...". Domingo J. Manrique elogia, arrobado, la Plaza del Adelantado: "Plaza de mis amores, tranquila y perfumada, / todo en ti me seduce, todo en ti es atrayente...". José Hernández Amador canta a la calle Viana: "Hoy he vuelto a esta calle después de largos años / a vivir como un huésped, a transitar por ella, / en mi solar querido otros seres extraños / van dejando a su paso la señal de otra huella.". Y Nijota con su humor característico ironiza: "Unos aman La Laguna / por su perfume pretérito, / sus casonas y su vega, / su recato y su silencio, su íntima vida docente, / su místico arrobamiento...", para contraponerla a la vida moderna y pedir que "¡Dejémonos de leyendas / y de arrumacos poéticos!".

Pero Nijota se equivoca. Si no la estropean, La Laguna, tal como es, con sus palacios y casonas, con sus calles rectas y llenas de vida, con sus claustros y patios, con sus plazas tranquilas, La Laguna tal como se conserva, sigue siendo un amor que dura toda la vida.

Gracias, Emilio, por acercarnos a ella.

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