Y lo mismo pasa con la vida. Hay momentos en los que el perfecto orden en el que crees vivir, esta existencia placentera en la que con los años te encuentras seguro, de pronto ya no lo es y da paso al caos. Y entonces empiezas a entender a los poetas. A Auden cuando manda parar los relojes, apagar las estrellas, empaquetar la luna y desmantelar el sol; a Neruda cuando se lamenta de haber perdido aun este crepúsculo y que nadie los vio con las manos unidas; a Borges cuando dice: «Mi corazón insiste en que regresarás»; a José Ángel Buesa en el poema que tantas veces, en noches de parranda, cantamos: «Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo y el corazón me dice que no te olvidaré...». Este verano triste he perdido la luz, las manos unidas y la belleza que existe en los crepúsculos. No me bañé en el mar, ni caminé en su orilla y sentí el desconsuelo de miradas vacías.
Pero igual que pasa con la casa, cuando nos damos cuenta de que así no se puede vivir, llega en la vida el momento en que hay que mantelar y encontrar otra vez el camino: «No conoce la muerte la luz del corazón. Contigo vivirá mientras tú seas», decía también Eloy Sánchez Rosillo. Y esa luz la encontramos en las voces amigas, en aquellos que nos quieren, en los recuerdos felices, en su voz y su sonrisa en mi memoria, en confiar en la vida, en apreciar los regalos que esta nos da y que a veces ignoramos, en el placer de una lectura o de una conversación, en la risa, en la gratitud por haber tenido una vida feliz.
Gracias de corazón a todos los que me han acompañado en este tiempo de oscuridad. Sé que también lo harán en los de luz.
