lunes, 17 de mayo de 2021

Schwarzenegger y yo




Querido Suarzi:
Ante todo perdóname las confianzas y la familiaridad, pero es que tú yo pertenecemos a la misma generación, nacimos en la década de la posguerra, la de la Declaración de los Derechos Humanos, la del Plan Marshall y el invento del transistor, y eso, Suarzi, une mucho. Si por un casual, bastante improbable por cierto, tú y yo nos encontramos en este mundo alguna vez, nos reconoceríamos como iguales y pertenecientes a la misma cuerda. Igual que yo, en tu infancia ibas a misa cada domingo, igual que yo, veías (y te encantaban) las películas de John Wayne e igual que yo, te subiste por primera vez a un avión en 1966.

Claro es que luego nuestros caminos se diversificaron, sobre todo porque tú, sobre los 15 años, te empezaste a poner cachas, pero muy, muy cachas (cosa que yo no), y empezaste a ganar premios de Míster Universo y de míster Olympia, mientras yo sacaba la carrera y el carnet de conducir (a la primera, eso sí). Luego seguiste en el cine, 40 y pico películas por lo menos, de las que te confieso que solo he visto dos - "Mentiras arriesgadas" y "Poli de guardería"- y que, además, te lo digo con la campechanería que nos une, no me gustaron nada. Sí, me caes bien, pero esa sonrisa cuadrada que pones, a lo Víctor Mature (haciendo juego con tus espaldas), hasta miedito me da. Y después, tu carrera política, gobernador de California nada menos, mientras que yo no he gobernado nada de nada. No has estado mal, Suarzi, te lo digo como lo siento.

¿Y ahora? Hace poco leí un artículo en que hablaban de ti. Y mira por dónde, después de tantas vicisitudes y correrías, ahora estás más o menos en el mismo lugar que yo. Publicas una vez al mes un boletín donde recomiendas lecturas y películas, haces propuestas hasta de dietas (pártete el lomo) y cuentas batallitas de tu vida pasada. Yo hago exactamente lo mismo en este blog semanal, batallitas incluidas. Confluencias espirituales, que les dicen.

Además, te has convertido en abuelo y te estás dando cuenta de lo que vale un peine: "Ser abuelo es fantástico, pero me hace sentir viejo". ¡Oye, igualito que yo! Aunque, como tengo más nietos (4 frente a tu única nieta), mi experiencia (y la confianza entre tú y yo) me lleva a decirte que no es que te sientas viejo: es que eres viejo, qué se le va a hacer.

También te estás dedicando al ejercicio, dices. ¡Y yo, y yo! ¿Ves cómo los caminos de los coetáneos al final se encuentran? Claro que yo solo camino 4 o 5 kilómetros 4 veces a la semana y tú sales todos los días en bicicleta unos 20 kilómetros (o eso cuentas). Pero ¿qué es un kilómetro más o un kilómetro menos? El caso es que los dos estamos convertidos a la filosofía del corpore sano.

Suarzi, me despido con todo cariño, congratulándome por tanta coincidencia. Eso sí, concédeme que no tengo tantas canas como tú y yo te concederé que has tenido el honor de que el mundo entero sepa pronunciar tu apellido, un apellido ¡con 10 consonantes y solo 4 vocales! Bastante tienes con eso.

Un abrazo y hasta siempre, querido Suarzi.

(Este post va dedicado a mi querido primo Pepi, que hoy cumple años y empieza su jubilación. Que, como Schwarzenegger y yo, se dedique ahora a escribir, a hacer deporte y a tener nietos. O a rascarse la barriga. Sea como sea, verá que es una etapa jubilosa)

lunes, 10 de mayo de 2021

La calle más bonita



Unamuno en su primer viaje a Canarias en 1910, dijo de La Laguna, la ciudad en que nací: La Laguna (...), unas calles largas, largas como el ensueño; en el fondo, una torre oscura tronchada. Acá y allá casas con salientes miradores de madera, de celosías, pintados de verde por lo común; unos miradores muy típicos tras de los cuales se adivina a la dama que espera desde hace siglos. a la misma dama de los tiempos del Adelantado. En algunos tejados, el verode, una planta que parece un pequeño pino.

Pues bien, una de esas calles largas, largas como el ensueño, la calle San Agustín, antigua calle Real, ha sido incluida por el portal Turismo de España (Turespaña) entre las 10 calles más bonitas del país.

Y con toda la razón del mundo. La calle San Agustín atraviesa el casco antiguo de La Laguna  casi rectilínea desde la calle del Agua a la Plaza de la Junta Suprema. Es una calle peatonal, ancha y tranquila que puede presumir de palacios y casonas antiguas con preciosos patios en su interior. Están en ella el edificio del Casino, la Casa Van Den Heede, el palacio Lercaro, el edificio de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (antigua Universidad San Fernando), el Palacio Episcopal, el edificio de la UNED, el Hospital de Dolores, el Instituto de Canarias Cabrera Pinto, la Casa Olivera...

Pero una calle para ser bonita y tener encanto necesita algo más que casas y monumentos. ¿Se acuerdan de aquella canción de My fair Lady que se llamaba "La calle donde tú vives"? Decía así: Yo más de una vez esta calle vi, pero siempre que crucé para mí fue otra más. Hoy siento al pasar que otro encanto hay. El encanto es que vives tú aquí". No andaba desencaminada la canción: una calle con encanto, sobre todo para los que la conocemos bien, tiene que ser una calle vivida. Y eso precisamente es lo que tiene la calle San Agustín.

Por la calle San Agustín han pasado siempre a lo largo de los años las procesiones de Semana Santa, la cabalgata de Reyes, los desfiles de carnavales, la romería de San Benito... Los niños pequeños de unos amigos que vivieron allí se armaban un lío porque no estaban seguros de si tocaba que pasara el rey Melchor o la Dolorosa o los Sabandeños. En la calle San Agustín se hacen alfombras de flores (mis hijos han participado en ellas) el día grande del Corpus. Allí hemos comprado pollos asados en la Carnicería Manolo, perros calientes en "Peter", regalos navideños en "La Pajarita de papel"... Es una calle completa con supermercado, carnicerías, cafeterías, mercería, óptica, boutiques, galería de arte, tiendas de artesanía, farmacia, herbolario, librería... Y sobre todo es la calle del Instituto, y ya solo por eso es una calle especial para todos los laguneros.

El Instituto de Canarias Cabrera Pinto, el primer Instituto que hubo en las islas, fue mi lugar de trabajo durante 22 años. El poeta Guillermo Perera, que fue su secretario, ya dijo del Instituto algo que todos los que hemos pasado por allí compartimos: Yo no sé qué atracciones tiene esta casa / que aquel que la ha vivido nunca la olvida; / con temor se entra en ella y el tiempo pasa / y al correr de los años es más querida.  Y es verdad. No sé si son los claustros, o los naranjos y camelios del jardín, o la Biblioteca ("mi" Biblioteca, que dirigí tantos años), o el sonido que se oye al salir los alumnos de clase o la belleza del edificio, o todo junto, lo que le da tanto encanto. Primero fue convento agustino (siglo XVI), luego Universidad (siglo XVIII) y, al final, en 1846, un Instituto, el de muchos laguneros y canarios que se educaron aquí y que nunca lo olvidan. Por estas calles yo he ido / con mis libros bajo el brazo / desde las ágiles aulas / al lento Camino largo, recitaba Pedro García Cabrera.

El jueves pasado cambiamos las caminatas al lado del mar por un paseo por la calle más bonita.  Hablamos mi amiga y yo de los amigos y conocidos que viven o vivieron en ella, de las vivencias que hemos tenido en la calle -aquí compré una sandunga, allí impartía el CAP, en ese patio celebrábamos fiestas en la Romería...- y de cómo era antes, con las hierbitas y musgo entre los adoquines (musgo oloroso de siglos / que pule las viejas piedras, que decía Enrique Romeu) y verodes en los tejados. Nos dio tiempo para tomarnos con tranquilidad un cortado en el Café Café viendo pasar el mundo, y de visitar dos exposiciones: una, en la Fundación Cristino de Vera, de Felo Monzón -cuadros de personajes de ojos grandes y de luz- y otra, en el Instituto, sobre Galdós, que también pasó como alumno por allí, como atestigua el expediente que se guarda como oro en paño.

Esta calle larga, la calle más bonita,  es una calle a la que se le toma muy bien el pulso, que se quiere, se conoce y se vive. Y eso es bueno porque, como dice una sentencia atribuida a Machado, "si eres capaz de explicar lo que pasa en tu calle, serás capaz de explicar el mundo".


Puerta del Instituto Canarias Cabrera Pinto



Galdós pintado por Sorolla. Exposición del Instituto


lunes, 3 de mayo de 2021

Los fijones



¿Recuerdan aquel chiste viejo de al que, creyendo comprar un loro, le colaron un búho? Cuando le preguntaron si hablaba, contestaba: Hablar no habla, ¡pero se fija!. Algo de esto nos pasó en nuestro chat de amigas cuando el otro día nos pusieron la imagen que les pongo hoy en la cabecera de este post. Es un dibujo de rectángulos y líneas tan rectas como si hubieran sido dibujadas con tiralíneas de los de antes. Y, sin embargo, en esa figura, aunque no lo crean, ¡hay 16 círculos dibujados! Sólo tienes, como el búho, que fijarte bien (y dejarte los ojos para encontrarlos).

Por supuesto, la primera de nosotras en ver los círculos (a los 2 minutos) fue Conchi. Por algo es la fijona oficial del grupo desde los años del colegio, la que nos explica ese detalle de una obra de arte (es su especialidad) en el que no has caído porque siempre miras la imagen principal. En psicología, la Teoría de la Gestalt explica que organizamos los estímulos que nos llegan como figuras sobre un fondo, basándonos en algunas características. Por ejemplo, la semejanza, por la que agrupamos como figura una fila de lechugas verdes en la huerta; o el movimiento (un avión volando en un cielo azul). Y mientras nuestra atención se centra en la figura, el fondo se desdibuja y apenas lo vemos. Pero hay gente que se da cuenta de las dos cosas a la vez, figura y fondo: ve la nube en forma de cocodrilo detrás del avión, la mariposa más allá del plantel de lechugas, o los 16 círculos donde los demás solo vemos líneas rectas. Son los fijones.

Los fijones son los que, en esos ejercicios de observación, encuentran los 7 errores en un pispás, los que aciertan enseguida las adivinanzas, los que descubren en el segundo capítulo de una novela policíaca que el asesino no es el mayordomo sino la mosquita muerta en la que nadie se ha fijado. Son los que, cuando te ven, saben que te cortaste el pelo o que estás estrenando algo.

Los fijones son los que, ante un cuadro por ejemplo, notan al mismo tiempo a las Meninas y a los reyes en el espejo borroso del fondo (Las meninas de Velázquez), los que perciben la mosca en la falda de la Virgen (La Virgen de la mosca) o en El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck (imagen última) los que se percatan de las babuchas rojas casi escondidas de la mujer, del espejo en el que se ve al pintor o de que en la lámpara solo hay encendida una vela.

Los fijones son los que descubren los gazapos de las películas: la furgoneta blanca que aparece en la batalla de Braveheart, los chicos con vaqueros y camiseta que se cuelan en las escenas de romanos (Gladiator) o de piratas (La maldición de la perla negra), la botella de agua de plástico o el café de Starbucks en Juego de tronos, los tenis Converse azules en María Antonieta, el avión detrás de Brad Pitt en Troya, la catedral de Cádiz (construida en 1722) como fondo de los barcos de la 2ª expedición de Colón (1493) en Isabel, los relojes en tantas películas de indios...

Los fijones son aquellos a los que la vista les da para mirar no solo alrededor, sino también lo que hay detrás. Por eso, y a pesar de que a Conchi su madre le pedía que no fuera tan fijona, que era igualita a su tía Pino, hay que valorar, y mucho, a los fijones. Ellos conocen el escenario y la trastienda de la vida, ellos nos ensanchan el mundo.

Atrévanse a fijarse. Ahora, por ejemplo ¿se animan a encontrar los 16 círculos del dibujo inicial?





lunes, 26 de abril de 2021

Los largos caminos



Los canarios parecemos vivir volcados hacia el mar. Nos gusta que desde nuestras casas podamos verlo, un resplandor azul allá a lo lejos, y podríamos permanecer durante horas absortos contemplando las olas - a veces encrespadas, a veces mansas- como si fuera un espectáculo nunca visto que nos sosiega el alma. Como decía Tomás Morales en un poema que me gusta mucho, el mar es como un viejo camarada de infancia, / a quien estoy unido con salvaje amor; / yo respiré de niño su salobre fragancia, / y aún llevo en mis oídos su bárbaro fragor.

Curiosamente, en estos días recibí dos mensajes relacionados con el mar y los largos caminos a través de él. Mi amigo Alfa me manda una noticia sobre la recuperación y conservación del correíllo "La Palma", del que el capitán dice que, con sus 109 años, entre sus cuadernas se respira la historia de nuestras islas. Apenas algunos privilegiados pueden contarlo, dice. Leyéndolo, me invade la nostalgia y pienso que fui de esos privilegiados que en los años 50 y 60 subíamos a este y otros correíllos rumbo a La Palma, cargados de regalos para los parientes de allí y decididos a pasar la gran aventura náutica de nuestras vidas... para terminar gimiendo en el camarote por el mareo ¡Bien se movían! Recuerdo que , en al año 55 al ir a la Bajada de la Virgen, una señora, apiadada de ver que no levantaba cabeza, me ofreció melocotones en almíbar. Cada vez que los veo me acuerdo del olor del barco, del balanceo de las olas y del ruido del mar.

El otro mensaje, de mi amigo Juan, es sobre testimonios de los jóvenes que iban en barcos de emigrantes clandestinos a Venezuela. Juan me dice sobre el "Anita": Encontrarás una historia que me toca de cerca. En él iba mi padre. Los relatos de los pasajeros de estos barcos que salieron desde distintos puntos de las islas son muy parecidos. Iban cargados de personas (286 en el "Nuevo Teide" donde cabían muchos menos) huyendo del hambre, de las penurias de la posguerra y de las represalias, y el viaje duraba aproximadamente mes y medio. Dormían sobre sacos o telas en el suelo, las necesidades las hacían en el mar colgados de una cuerda, comían mal (gofio con gusanos, cuentan los del "Doramas") y con el agua racionada hasta tal punto que alguna vez atacaron al que guardaba el único bidón que tenían. Mes y medio en condiciones infrahumanas para luego llegar y que los recluyesen en la isla de La Orchila donde dormían con las vacas. Un pasajero le dijo a otro que lloraba sin parar: Sufra, pero calle.

A todos los canarios nos suenan estas historias porque todos tenemos parientes que hicieron la travesía en mejores o peores condiciones: el padre de Juan que tuvo que pagar 6000 pesetas de las de entonces por el viaje; mi abuelo, que nunca volvió; el abuelo de mi marido, que se fue con un hijo de 15 años y este murió en el viaje; mi marido que, con 10 años, tuvo que estar 3 días y 3 noches con el chaleco salvavidas puesto porque el barco estuvo a punto de zozobrar...

Desde que el mundo es mundo, o mejor, desde que estamos en él, los humanos no hemos parado de caminar. Primero, nos marchamos de África, que es la que parece ser nuestra cuna primitiva. Nos repartimos por el mundo y, aunque nos íbamos asentando en sitios, muchas veces, por hache o por be, teníamos que salir escopetados de allí. Como dice Irene Vallejo, todos los imperios se edifican sobre cimiento mestizo de civilización y barbarie. Somos descendientes de los andariegos que tuvieron que dejar su hogar buscando una vida mejor. Para los canarios, en particular, los largos caminos pasaron por aquí, llegados del mar y de vuelta al mar. Ahora que vemos a otros caminando con el mismo afán de buscar la fortuna, sería bueno que nunca lo olvidáramos.


El Telémaco, que viajó de la Gomera hasta Venezuela en 1949. 


lunes, 19 de abril de 2021

Lo que cabe en una semana



 ¿Ustedes se han fijado en todo lo que cabe en una semana? Yo lo he hecho en esta última y encontré que:

En un día recibí una mala noticia que puede acabar convirtiéndose en buena. Un único día no salí de casa y un único día encendí la tele: vi "El golpe", con los bellos y estupendos Paul Newman y Robert Redford. Un día recogí naranjas y nísperos de la huerta y corté calas para ponerlas en un jarrón en la sala. Un día en el horno se me quemaron las almendras. Un día comí con mis amigos austriacos que ya se van dentro de poco. Brindamos con champán por la vuelta sin restricciones en otoño . Un día escribí este post.

Dos días fui a la casa del sur y vi un mar de olas rabiosas y una noche tan estrellada como para contar constelaciones y seguir el surco que dejaba un satélite, despacio por el cielo. Dos días comí fuera de casa, uno de ellos en un restaurante donde probé por primera vez chips de morena y disfruté de un abadejo a la espalda que te puedes morir. Dos días me hicieron tres regalos que no esperaba (son los mejores): tres botellitas de un aceite exquisito (mi ex-alumna y amiga Eva); un frasco de miel, dorada como una joya (mi amiga Chari); y una libreta victoriana digna de Jane Austen (mi amiga Conchi). Gracias, chicas, son ustedes un amor.

En tres días cumplieron años personas a las que quiero mucho: 48, 44 y 70 años. ¡Felicidades! En tres días caminé una hora con mi amiga María Victoria a la orilla del mar y un día nos llovió (foto inicial). Los tres días el broche final fue el cafecito en el bar del club viendo nubes trenzadas en el cielo y a los valientes bañándose con este frío.

En cuatro días recordé los sueños que he vivido por la noche. Cuatro días estuve un rato con mis hijos y nietos. Mis nietos pequeños me hicieron dibujos preciosos y me contaron chistes escatológicos (están en la edad); mi nieto mayor nos arregló en un pispás el móvil de mi marido, que cojeaba (el móvil, no mi marido); a mi nieta mayor, la artista, le llevé revistas para un collage que quiere presentar en una exposición.

Cinco días puse el despertador temprano. En cinco días hice la comida y la cena y fui (poco) ama de casa. Los cinco días me conecté a Internet y navegué una hora entre imágenes, noticias, recuerdos y chistes (y chismes). Cada uno de los cinco días oí un fragmento de ópera por cortesía de mi amigo Melchor.

En seis días leí y disfruté con dos libros, "El inventor de historias" de Marta Rivera de la Cruz, y "Cuando la luna llora" -poético y misterioso- de Chiki Fabregat. Y empecé a leer el muy original y divertido "La tienda de la felicidad" de Rodrigo Muñoz Avia.

En siete días leí el periódico todos los días pero no oí telediarios ni radio. En siete días me contaron historias nuevas, aprendí canarismos que no conocía, como barbolete o cerneja, y supe siempre de mi familia y de mis amigos (¡Qué grandes inventos son el wasap y el teléfono!). Aproveché algunas horas y otras las perdí, sobre todo buscando cosas: la mascarilla, las llaves, las gafas de ver... No lloré en toda la semana y, en cambio, me reí mucho. 

Y todos los días escuché la pregunta-estrella de la semana: ¿Ya te llamaron para la vacuna?

lunes, 12 de abril de 2021

Desayunar como un rey



Eso es lo que recomienda la sabiduría popular: "Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo". Es lo que yo también hago y aconsejo siempre a parientes y amigos que casi ni desayunan. Las revoluciones -les digo-, los grandes inventos de la humanidad, las grandes obras de arte, las grandes decisiones -háganme caso- no hubieran ocurrido jamás si los humanos que las hicieron posible no hubieran desayunado bien esas mañanas. Un buen desayuno es el combustible que hace funcionar el cerebro -les repito- y mentes más preclaras que la mía siempre han predicado cosas como que una no debería asistir ni siquiera al fin del mundo sin un buen desayuno entre pecho y espalda (Robert A. Heinlein), o que pase lo que pase en una casa, sea un robo o un asesinato o que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas, lo primero es lo primero: hay que desayunar (Wilkie Collins). Sin ello, se lo juro, no hubiéramos pasado de la etapa de las cavernas.

Así que, como experta en buenas maneras de empezar el día, hoy voy a explicar las características que debe tener un desayuno como es debido.

Un desayuno debe ser sencillo, sin complicaciones ni alharacas. Como ejemplo de lo que no se debe hacer, miren cómo desayuna el actor Orlando Bloom, según leí en una revista. Se levanta a las 6,30 de la mañana (que no son horas) y se pone a entonar cantos budistas (¡sin desayunar!). Después se toma unos polvos verdes (?) que mezcla con aceite de octano cerebral (?), polvo de colágeno para el cabello y las uñas y algo de proteína. Luego otro rato de oír música de Nirvana para volver a tomar un 2º desayuno con papilla, leche de avellanas, canela, pasta de vainilla, bayas de goji, proteína en polvo vegana y un té. Todo eso, aparte de asqueroso y sofisticado, le debe consumir gran parte de la mañana. Tampoco valen los buffets de los hoteles ni los brunch, tan de moda ahora, en los que, de tanta comida, ya no sabes qué elegir.

Un desayuno debe gustarte, debe ser comido relamiéndote de gusto: los desayunos de leche y gofio de pequeños (en casa de mi marido, que vivía en el campo, la leche era, además, recién ordeñada); el desayuno de Reyes con el chocolate y el roscón, atemperado todo con la jiribilla de abrir los regalos; el desayuno que mis amigos Manolo y Daniel se mandaban después de una noche de farra y carnaval (una lata de caballas y una cerveza que les sabían a gloria); los churros con los que una peca de vez en cuando; o el mío diario: un té con una rodaja de pan integral tostado con semillas, queso fresco, a veces un trozo de bizcocho casero, y un vaso de jugo de naranjas de la huerta. Mmmm... 

Un desayuno debe ser tranquilo. Nada de tomarte un café de pie para después irte a trabajar escopetado. La cantante Taylor Swift cuenta que ella toma crepes de trigo sarraceno con jamón, queso parmesano y un huevo frito encima, como "desayuno para llevar". ¿Qué es eso? ¿Para llevar y comérselo sobre la marcha o más tarde, cuando el huevo frito esté como un témpano? No, eso no es fundamento. Al desayuno, el momento más importante del día, hay que concederle tiempo. Qué menos.

Mientras uno desayuna debe contemplar una vista agradable. Cuando hace 40 años proyectamos la casa donde ahora vivimos, una de las cosas en las que me empeñé fue en que desde la mesa de la cocina pudiera ver el exterior. Me siento allí cada mañana y, a través de la ventana y de la puerta de cristal veo el patio con la jardinera florecida, y el valle y las montañas de Guamasa desperezándose al sol mañanero y el pasar de los días y las estaciones. Solo con eso es suficiente para afrontar la vida y sus majaderías con un saludable buen humor.

La última característica (no olviden que hablo de un desayuno perfecto) es que te lo hagan. Yo tengo esa suerte desde que me casé hace casi 50 años y, créanme, por un hombre (o una mujer) que se levante siempre antes que tú y que te haga el desayuno sin protestar y a gusto, merece la pena aventurarse hasta en las aguas procelosas del matrimonio.

Sencillo, gustoso, tranquilo, con una vista agradable y hecho por alguien que te quiere. Visto así ¿quién no desayuna como un rey (o como una reina)?

lunes, 5 de abril de 2021

El esparadrapo del capitán Haddock



Ustedes saben que soy fan de Tintín y que me he leído (varias veces) sus aventuras. En una de ellas, El efecto Tornasol, el capitán Haddock va en una guagua hacia el aeropuerto y, cuando se quita un esparadrapo de la nariz, este se le pega en el dedo y él trata de sacudirlo para que se despegue. El esparadrapo entonces va pasando de pasajero en pasajero hasta que vuelve al capitán y, ya en el avión, se repite otra vez la misma secuencia: del capitán el pegajoso esparadrapo va pasando por todos (incluso llega al piloto) para volver al capitán. El escritor César Mallorquí, otro fan de Tintín, en una de sus interesantísimas novelas, La hora zulú (tercera y última entrega de las Crónicas del Parásito), en el que él mismo tiene un papel, menciona esta escena de Tintín para decirle después al protagonista -que a cada rato aparece por su casa a pedirle refugio y a darle la lata-: Bueno, pues para que lo entiendas: yo soy el capitán Haddock y tú eres el esparadrapo. ¿Ahora qué demonios quieres?.

Yo, como César en el libro, he sentido el efecto esparadrapo. Es más, pienso que todos tenemos un esparadrapo en nuestras vidas, no necesariamente una persona determinada (aunque también los hay), sino una situación, un hecho que, como un bucle, se nos pega una y otra vez y no nos podemos quitar de encima por más que nos sacudamos.Y, además, no sabemos cómo hacerlo.

Y es que majaderos y plastas hay para dar y regalar. A estas alturas de la vida uno tiene sus ideas más o menos definidas y respeta profundamente las de los demás. Es rico y productivo el diálogo y el debate en los que estas se exponen. Pero no lo es la imposición unilateral de los que nos quieren convencer de SU verdad sin importarles un comino tu opinión: grupos religiosos que, como ahora no pueden ir de casa en casa, te mandan cartas ¡escritas a mano! por delante y por detrás; gente que te manda memes y memes poniendo sus ideas por las nubes y ridiculizando las de los demás; están los que nos quieren persuadir de que compremos cosas que no necesitamos y nos dan la vara para ello... Pero, sobre todos ellos, los más plastas de todos los plastas, son los que quieren convencerte de que te cambies de compañía telefónica.

Estos no se contentan con que ya los has rechazado miles de veces, no. Inmunes al desaliento, siguen ahí dale que te pego llamando a tu casa todos los días, a cualquier hora, las 8 de la mañana, a la hora de la comida o la siesta, a las 11 de la noche cuando ya estás dormida... Les da igual, invaden tu casa, vulneran tu derecho a la intimidad y te privan de tranquilidad. Hay quienes, cuando les dices que no te interesa, te dicen: Pero, doña (odio que me llamen así), ¿cómo no va a querer pagar menos?. O peor todavía, cuando  después de todo piensas que son unos mandados y están haciendo su trabajo, y les tratas de contestar educadamente que no puedes atenderles porque en ese momento hay un avión esperándote para marchar urgentemente a China, no te dejan terminar y te cuelgan el teléfono. No dan las gracias, ni piden perdón, ni nada de nada. Y, como el esparadrapo que no te puedes despegar, ellos vuelven vez tras vez a ocupar tu teléfono y tu tiempo, que es oro para nosotros. ¿No habría manera de hacer algo?

Otra vez vuelvo a Tintín y al capitán Haddock que, ante Serafín Latón (le va bien el apellido), el majadero más majadero de todos los majaderos, que le quiere vender a toda costa un seguro de vida, le espeta, cabreadísimo: Tengo todos los seguros de vida posibles e imaginables... Tengo seguro de vida, de accidentes, contra el granizo, la lluvia y las inundaciones, la subida de las mareas y los tifones, contra el cólera, la gripe y el resfriado. Contra la polilla, las termitas y la plaga de langosta. Todos... El único que me falta es el seguro contra los pelmazos.

Me da que ese es el que nos falta a todos.

google-site-verification: google27490d9e5d7a33cd.html