A estas alturas de la vida una ha perdido varios trenes.
Como ya dije, he perdido el tren de los idiomas. Estoy como el portugués, del
que habló Moratín, que estaba admirado de ver que “en su tierna infancia, todos
los niños de Francia, supiesen hablar francés”; y que concluía que “para hablar
en gabacho un hidalgo en Portugal llega a viejo y lo habla mal y aquí lo parla
un muchacho”. Ahora con la globalización, la tele, las clases y el turismo mi
hija, ceceando, me dijo a los 2 años en Las Caletillas que si íbamos a la
“zuiminpul” y mi nieto con 4 me dice que le alcance el creyón amarillo “yelou”.
Nosotros, no. A nosotros nos enseñaban el francés ya talluditos, cuando la
cabeza no procesaba ya lo que tenía que procesar. Así que, como el portugués,
llegamos a viejos y lo hablamos más mal que bien.
En un viaje a Francia en el que pregunté a una taquillera del Metro por una
conexión, la francesita, al verme el chapurreo, me contestó amablemente en
español (los franceses, contra lo que se dice, son tan amables, o tan
antipáticos, como los españoles) Mi marido (él también es de francés), que ya
estaba loco con tanta conversación de alrededor y tanto anuncio de la megafonía,
va y dice todo convencido, ya sentados en el Metro: “Pero mira, la verdad es que
por lo menos a la taquillera del Metro le entendí todo”.
Otro tren perdido es el del topless. Como dice una amiga de mis tías: "Ay, si
esa moda, gozosa y liberadora, hubiera existido cuando una estaba viento en popa
a toda vela…" Muchas de mis amigas que lo practican dicen que nunca las han
mirado tanto a los ojos como cuando se encuentran, por ejemplo, con un compañero
de trabajo en Las Gaviotas. Pero, qué quieren que les diga, una ya no está para
esos trotes. Y, después de todo, podemos consolarnos con que no tenemos
necesidad -como en esa canción tan divertida de Javier Krahe- de rogarle a San
Cucufato que nos devuelva el pudor o de preguntarle que “dónde está mi recato”.
Y el tercer tren perdido es el de la informática. Escribir un blog ha sido un
primer paso pero confieso, ruborizada, que alguna vez he llamado a mi hijo para
preguntarle cómo se ponía la arroba. Los términos banner, input, software o
intranets me suenan a chino mandarín y hasta me da miedo tocar un botón por
si se borra todo. Tengo una exalumna que me dijo el otro día que está haciendo
una tesina sobre nosotros. Le dije: “¿Los jubilados?” y me contestó:”No, los
analfabetos digitales del siglo XXI”.
Algunos amigos (casi) coetáneos míos son unos virgueros con el ordenador
pero, cuando se ven apurados, no es como en los viejos tiempos en los que la
sabiduría estaba depositada en los ancianos, cuanto más viejo, más sabio. No,
ahora todos llaman a sus hijos para que les saquen las castañas del fuego. Y en
esas estoy ahora, estudiando opciones y anotando cuidadosamente las
instrucciones que mis amigos e hijos, los sabios, me dan. A ver si alguna vez
les puedo poner más que sea una foto, un dibujo o una machangadita. Que ustedes
lo vean.
(La foto la tomé en la estación de Bunyola en Mallorca, esperando al tren de madera que va hacia Sóller. Ese tren, por lo menos, no lo perdí)
(La foto la tomé en la estación de Bunyola en Mallorca, esperando al tren de madera que va hacia Sóller. Ese tren, por lo menos, no lo perdí)
