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La imaginación es la loca de la casa y una fuente de historias que nos entretienen la vida. Antes de llegar a Playa de San Juan hay un muro con un graffiti que dice: “Siento mucho lo que hice”. Y, luego, regados por los muros vamos leyendo: “Lo siento”, “Lo siento”, “Oh, Dios mío, lo siento”. Probablemente lo que le hizo, suponemos que un chico a una chica, sean unos cuernos esporádicos, pero cada vez que lo vemos nos inventamos una historia cada vez más truculenta y, a veces, competimos a ver quién se imagina la barrabasada mayor.
También la imaginación es el motor de los sueños. Recuerdo que mi suegro
tenía una huertita preciosa, llena de almendros e higueras, en un sitio llamado
La Portuguesa, en los altos de Chío. Cada vez que pasábamos por allí en
dirección al Teide, íbamos por toda la subida haciéndonos allí una casita de
piedra donde iríamos a pasar, decíamos, los fines de semana, las nocheviejas o
los cumpleaños. La amueblábamos, cada vez de una manera distinta, le poníamos
una, dos o tres habitaciones, plantábamos más árboles, le poníamos un mirador
hacia el mar o hacia el Teide… Pero, cuando llegábamos al Teide y parábamos en
uno de las cafeterías de la carretera a tomarnos un café, empezábamos a echar la
casa abajo y, luego, por toda la bajada de la carretera Dorsal, nos
desinflábamos e íbamos “deconstruyéndola”, como se dice ahora, y diciendo “¡Qué
va! ¡Quién nos vería los sábados, bolsas de cemento van, bolsas de cemento
vienen! ¡Quita, quita! ¡Y tan lejos…!”.
Hoy, en esta tarde de otoño-invierno en que calienta un sol tibio y en la que
me tumbo a descansar en el patio, veo a mi nieta contemplando una hoja que, a
cierta distancia del árbol, parece que se mueve sola. “¡Es mágica!”, dice
embelesada.. Y oigo la vocecita aguda y tajante de mi nieto: “Boba, que no te
enteras. Está colgada de una tela de araña y se mueve con el viento”.
Y es que en la vida la imaginación se topa casi siempre con la cruda
realidad. Aunque siempre busca un resquicio para seguir soñando. Oyendo a los
niños y medio adormecida al sol, se me va el santo al cielo (otro síntoma de “la
loca de la casa”) y pienso en el Espíritu Santo, aquella paloma (mensajera,
creo) que fue repartiendo dones. Ya puestos, yo me pediría, por ejemplo, tener
el don de lenguas para entender a todo el mundo cuando viaje, o el de la
ubicuidad para poder estar en misa y repicando.
Un último pensamiento antes de quedarme dormida es que tengo que hablar
urgentemente con el Espíritu Santo.



