martes, 8 de junio de 2010

El cristal con que se mira




Todos hemos conocido a personas mentirosas, tipo Don Pedro el Batatoso, aquel personaje de “Las memorias de Pepe Monagas” de Pancho Guerra que, por ejemplo, intentaba convencer al personal de que había cruzado una gallina con un loro y la hija resultante, Mariquita la llamaba, hablaba que daba gusto verla.

Yo, por ejemplo, tuve un compañero de trabajo que, como se encontrara con alguien ajeno al instituto, le contestaba al ¿cómo estás? (y lo digo con sus palabras textuales): “De puta madre, tío. Oh, fíjate que me saqué 200 millones en la lotería y he mandado las clases pal carajo…”. Y al día siguiente, allí estaba como siempre en clase, explicando el complemento directo.

¿Por qué lo haría? ¿Querría ver las caras carcomidas de envidia? ¿Querría ver como, nada más dejarlo, todos corrían desalados al lotero más cercano en busca de la utopía?

Bien es verdad que, sin llegar a esos extremos, se tiende a maquillar la realidad, aumentándola o disminuyéndola, como en el chiste aquel del que cuenta que se encontró en un claro de la selva con 10 leones y, al final, después de los “¡ya serán menos!”, termina reconociendo que, por lo menos, un olor a leones sí que había.

O también se tergiversa o se interpreta la realidad de manera diferente según quien la esté contando, como vemos en las manifestaciones a las que, según los convocantes, van tropecientos millones y, según el poder de turno, tres pelagatos.

O se inventan pasajes ajenos como propios, como hizo Andriu en su blog con el episodio del argentino psicópata con el que engañó hasta a la madre que lo parió. Yo misma, un suponer, si alguna vez me decidiera a escribir mi autobiografía, no me iba a cortar ni un pelo. “Pero, Jane, si tú nunca has estado en China ni fuiste al colegio con Letizia…” Ah, licencia poética que le dicen.

O puede también pasar que todo el mundo mienta y que todos sepamos que mienten, como en este pasaje de la novela que estoy leyendo ahora (“Un lugar incierto” de Fred Vargas):
“- Su hija le tiene prohibido el alcohol y el tabaco. (Él) los esconde en diferentes rincones entre los arbustos.
- Su hija lo sabe, claro.
- Claro.
- ¿Y él sabe que ella lo sabe?
- Claro.
- Así va el mundo, en la espiral del disimulo

¿O será nuestra mirada la que engaña? La primera vez que sus amigos vieron a Clinton como presidente electo, uno de ellos dijo: “Parece diferente”. Pero otro, más sabio, respondió: “No, nosotros lo miramos diferente”.

A ver si lo que va a ser verdad es el cristal con que se mira del viejo dicho y nunca sabremos cómo son realmente las cosas.

A ver si la verdad es un pez resbaladizo que, cuando lo vas a coger entre las manos, se te escurre y te presenta otra faceta multicolor, un brillo nacarino desconocido en sus escamas, mientras se aleja entre las olas.

A ver si va a ser verdad que mi compañero tenía millones de la lotería guardados en el Banco y de lo que se reía era de nuestras caras creyéndolo un mentiroso iluso y patético… 

miércoles, 2 de junio de 2010

Tiempo de romerías



















El verano no es sólo tiempo de descanso, de luz, de cenas al aire libre o de recogida de duraznos y ciruelas. El verano es también, por lo menos en mi tierra, el tiempo de las romerías. 

Con las romerías la gente tiene una relación curiosa de amor y odio. Hay quien dice, como un amigo mío, que él a una romería no va ni atado porque, una vez vista una bosta de vaca, ya se han visto todas; y hay quien, como mi hijo, que es la caja del turrón, no se pierde una. De la última que fue, la romería de Arguayo, vino contando que hay 4 carretas, pero que en cada una no te dan una papa, un huevo duro o un plátano, no. Allí te dan un plato entero con su tremendo filete de carne cochino y las papas arrugadas correspondientes. Y luego viene el paseo por todas las casas del pueblo que, con las puertas abiertas, te invitan a más platos (tollos, garbanzas, carne fiesta, conejo en salmorejo…) y a los postres añadidos. Él vino lleno. De entusiasmo, también.

Yo, ni tanto ni tan poco, voy normalmente a las tres romerías cercanas a mi casa. La de Tegueste, que el último domingo de abril da el pistoletazo de salida, es, para mí, la romería de las carretas. No hay en toda la isla carretas más bonitas y originales. Todavía me sorprende que cada año encuentren temas distintos: carretas dedicadas a las trabas de la ropa, o a las cartas de emigrantes, o a las dotes de novia, o a los trompos… Y, aunque alguna vez las he visto desfilar, lo que de verdad me gusta es ir temprano, antes de que salgan, y pasearme con calma, viendo los mil detalles con los que los teguesteros las han estado confeccionando, grano a grano, desde hace meses.

A la romería de Guamasa la llamo la romería de los personajes y es, para mí, la más divertida. Yo sé que ya se acerca porque Marcial, el chico del jardín (así se llama él a sí mismo, a pesar de que es abuelo y tiene más de 50 tacos y ciento y pico kilos de peso), se empieza a dejar la barba desde mediados de mayo para ir vestido de guanche en la romería. Y allí lo vemos, desfilando con la majestad (y la barba) de un mencey. Pero también está el cabrero ordeñando su cabra con toda su pachorra o el que piensa que el traje típico es ir vestido como quien viene de plantar papas, con la sulfatadora al hombro.

La de San Benito en La Laguna es la de las coplas. Siempre la veo en la calle de San Agustín, a la puerta de la casa de unos amigos donde hacemos el tenderete, con el vaso de vino en la mano y saludando a todos mis exalumnos, que lo único que tocan es una botella de Anís el Mono con una caña. Pero de vez en cuando oyes una copla, una malagueña, una folía… que te pone los pelos de punta (Un arrorró cuando niño, / de joven, unas saltonas, / luego una folía triste… /Ahí tienes mi vida toda.) o una isa que te hace sonreír (Padre mío San Benito, / patrón de los labradores / ¡Acaba con la lagarta / y dame papas mayores!)

Las romerías son una fiesta. Hasta Santa Cruz, que no tiene tradición (aunque es verdad que, de chica, vi pasar algún rebaño de cabras por la calle del Pilar), se ha sacado una romería de la manga, no queriendo ser menos que los demás. Las romerías son la generosidad del pueblo, el color de los trajes, el arte de las carretas, el sonido del timple y las guitarras, el olor de la carne asándose en fogones improvisados, las danzas y los cantos, las voces y la alegría que llenan el aire.

Las romerías son más, mucho más, que una bosta de vaca.

(La foto fue tomada el domingo 6 de junio de 2010, en la romería de Guamasa a San Isidro, o, como dice la gente, al Santito)

martes, 25 de mayo de 2010

Grandes misterios de la humanidad




Dicen que la Filosofía empezó cuando a gente ociosa (no sé si jubilados o no) les dio por hacerse Preguntas. Pues bien, yo, ahora que tengo tiempo, me voy a poner tal que así, igualito que El pensador de Rodin, y me hago a mí misma unas cuantas Grandes Preguntas existenciales que me están intrigando. Pero nada de “de dónde vengo y a dónde voy”, que parecería que estoy en la estación del tranvía en mis días despistados, no, sino algunas preguntas de más enjundia sobre grandes misterios de la humanidad.

Por ejemplo, ¿por dónde andará la materia oscura que hay en el universo y que dicen que está en paradero desconocido? ¿Se estarán refiriendo en realidad al dinero negro?

O ¿quién fue el primer ser genial que puso los puntos sobre las íes? Sé que fue allá por el siglo XI, pero nombres, nombres, por favor.

O, con toda la gimnasia que hicimos juntas las niñas del colegio, 10 años haciendo tablas al compás de aguerridas canciones, el sábado, que me volví a reunir con ellas y nos fuimos todas a un aquagym, ¿cómo es posible que estuviéramos tan mal sincronizadas, una pierna para Arafo y la otra para Granadilla, que cualquier parecido con “Escuela de sirenas” era pura coincidencia?

O más interesante todavía: ¿por qué en un viajito de 5 días se ganan los 3 kilos que ha costado bajar 3 meses?

O también el misterio de qué lógica habrá en la cabeza de mis nietos, cómo funcionan sus nexos neuronales para dar lugar a una conversación tan surrealista como ésta:

Imaginen, hora del desayuno, en casa de los abuelos. Mi marido, al que a esas horas le da el místico, suspira y dice: “¡Ay, Dios mío!”. Mi nieto, el Terrorista, lo mira y le dice: “No digas “¡ay, Dios mío!” porque la mamá de Bruno tiene una planta que come moscas”.

“¡Sí! –dice Susanita- y nosotros estuvimos cogiendo moscas para alimentarla”.

Abuelo, intentando reconducir lógicamente el asunto: “¿Y qué tiene que ver eso con que yo dijera “ay, Dios mío?".

Terrorista, que ni caso: “Bruno tiene unos anteojos de juguete pero son como los de verdad”.

Susanita, rematando: “Y el papá de Bruno estaba pintando la pared del comedor”.

Abuelo, dale que dale con la lógica: “¿Entonces era él el que decía ¡ay, Dios mío!, mientras pintaba?”.

Los niños se miran, menean la cabeza y ponen ojos en blanco.

Por supuesto, a mí no se me ocurre a todo esto decirles que en la mesa del desayuno no se habla de cochinadas, como moscas y esas cosas, tan entretenida estoy ante la sugestiva conversación. Pero, claro, lo que pasa con este tema de las Grandes Preguntas es que suelen dar un ligero dolor de cabeza (por eso El pensador la tiene apoyada) y que, además, no hay nunca respuestas concretas a ellas.

Así que yo, igual que los grandes filósofos, me salgo por la tangente y termino diciendo, como ellos, que en Filosofía las preguntas son más importantes que las respuestas. Y quedo como una reina, sin haber resuelto nada pero sintiéndome una intelectual. Y no veas lo que eso viste. 

martes, 18 de mayo de 2010

Vámonos de gira




Tengo un amigo que de vez en cuando, coge el petate y se va un par de meses a la Antártida. Él dice que va a recoger algas, pero yo pienso que es una excusa para satisfacer el impulso atávico del nómada, lo que un día fuimos y perdimos por un afán de sedentarismo, que no está mal pero que no es lo mismo.

Yo me imagino muchas veces a nuestros antepasados saliendo de su casa y cantando una canción de caminantes, como la que Frodo y sus compañeros cantan en “El Señor de los anillos” cuando se van de Bolsón Cerrado:
 “La casa atrás, delante el mundo,
y muchas sendas que recorrer…”

Y, claro, también imagino a las mujeres de los antepasados dando la vara con que los niños tienen que ir a un solo colegio, estoy cansada de cambiar de amigos y sienta el culo de una vez.

Pero algo de aquella vena pasiantina debe perdurar en nuestros genes porque el mundo, si lo miran desde un punto de vista global, es un continuo ir y venir de acá para allá. No hay más que ver la cantidad de personas que se han quedado colgadas sin volver a casa estas semanas por la erupción del volcán Eyjafjalla. ¿De verdad había tanta gente pululando por ahí fuera?

Y menos mal que aquí tenemos que coger el avión, que después de todo nos corta un poco la arrancada, porque, si no viviéramos en una isla, igual una mañana nos subíamos al coche y al cabo de unos días, mandábamos un mensaje a la familia desde Vladivostok. Por eso, nos tenemos que conformar con satisfacer el impulso nómada a escala mucho más reducida y modesta, haciendo excursiones.

Cuando yo era pequeña, a las excursiones se las llamaba “giras”, no sé por qué. ¿Sería porque era típico darle la vuelta a la isla? “Me voy de gira”, decían, tal como si fueran la Pantoja yéndose a hacer las Américas. Recuerdo, veraneando en Los Realejos, a los niños gritando al paso de una guagua de turistas: “¡Una gira, una gira!”, señal de que la cosa tampoco era muy corriente.

Las giras, de todas formas, eran más complicadas que las excursiones de hoy. Tengo una foto en un álbum familiar antiguo en la que están mis abuelos y tíos en una “gira” en Las Mercedes. Hay sillas, manteles en el suelo, platos, copas de cristal y unos cestones enormes, nada que ver con las mochilas, los bocatas y los vasos plásticos de hoy.

Mis hijos, de pequeños, decían: “¡Nos vamos a Deexcursión!”, así todo junto, como si fuera un lugar mágico y distinto, en el que podía pasar cualquier cosa, lejos de la rutina diaria. Y esa ilusión infantil quizás perdura cuando ahora decimos: “¿Y si hoy nos olvidamos de la comida, de ordenar casa y de otras majaderías y nos vamos de excursión a…?”.

Aunque ahora pedimos, además, una excursión con premio: un bañito quitafatigas final en una playa perdida, o una comida en algún caserío, con buen vino, queso tierno y una guitarra de fondo.

Los nómadas nos hemos vuelto sibaritas. 

martes, 11 de mayo de 2010

Somos neandertales




Siempre me han caído bien los neandertales, sobre todo desde que leí hace años la estupenda novela de Jean M. Auel “El clan del oso cavernario”, en la que una niña cromañón es recogida por un clan neandertal. Los cromañones consideran que los neandertales son prácticamente animales, pero Ayla, la protagonista, descubre que tienen lenguaje, religión, arte y técnicas de curar y sobrevivir. Y, por supuesto, dado que sabemos que eso no tiene enmienda, también descubre por experiencia propia que se cruzan y aparean con cualquiera que se les pone por delante. 

Y mira tú por dónde, la ciencia ha venido ahora a confirmar lo que Auel imaginó en 1980. El experto en ADN fósil, Svante Pääbo, y su equipo de investigadores han concluido que claro que hubo contubernio con los cromañones, faltaría más, y que nosotros, sus descendientes, conservamos en nuestros genes entre el 1% y el 4% del ADN de aquellos ancestros.

Pero hay que ver lo que son los prejuicios cromañones. Estos días, cuando veo lo que han hecho en el Golfo de México los de la British Petroleum, venga a echar al mar petróleo a tutiplén a ver si así acabamos de una vez con el planeta; o, sin ir más lejos, cuando vi el proyecto santacrucero de querer cargarse los añosos árboles de mi Avenida de Anaga, bajo cuya sombra empecé a barruntar en mis paseos adolescentes lo que era el amor (y el desamor), me viene a la imaginación la cara de brutos que tenían los neandertales, la idea preconcebida de que la cara es el espejo del alma y la herencia genética recibida, y me digo: “¡Es que somos unos neandertales!”.

Pero, luego, recuerdo también una noticia de enero de este año en la que contaban que arqueólogos de Cueva Antón en Murcia descubrieron que los neandertales se adornaban con conchas y fabricaban pigmentos para hacerlas más bellas y, probablemente, para adornarse la cara. Y entonces pienso que a lo mejor este pequeño tanto por ciento que llevamos en nuestros genes puede ser el causante también de que nos extasiemos ante una puesta de sol o ante la catedral de León o de que descubramos la belleza que hay hasta en experiencias científicas que satisfagan nuestra curiosidad y confirmen nuestras suposiciones.
Entonces, sonrío y pienso que ¡somos neandertales! 

domingo, 2 de mayo de 2010

Madre no hay más que una


En El País del jueves pasado publicaron un extra dedicado al día de la Madre, aconsejando a los hijos que nos hicieran regalos (¡Síííí!) desde 9 euros (un marcapáginas ¡Bien!) hasta 795 euros (un anillo con un brillante ¡Nooo!). En las últimas páginas proponen, además, regalos no materiales: una ruta por chocolaterías, o pilotar un avión desde Madrid a Valladolid, o un paseo a caballo, o una inmersión en el tanque de los tiburones del zoo. De entrada yo a los míos les digo que esos regalos no, gracias, porque no sé cuál es más peligroso, si el de los tiburones o el de los chocolates. Pero estoy segura de que a mi madre le hubieran encantado.

Hace poco leí en una novela (“El café de Crossroad” de Deborah Smith) que “hay gente cuya presencia nadie nota, pero el mundo gira en torno a su eje. Sin hacer ruido, fuertes y pacíficos, son el centro donde confluyen un puñado de frágiles radios (…) Y en el centro, en el centro de la rueda infinita de todas las familias, del tipo que sean, de sangre o no, están esas personas, esa gente que mantiene unida la rueda y la hace girar.” Mi madre era así, el eje que hacía girar la rueda familiar. Como el flautista de Hamelin, reunía en torno a ella a las personas más diversas, que la llamaban, la iban a ver y llenaban la casa.

Pero también era vital y alegre. Una vez vi en un escaparate un traje que me gustaba pero me pareció demasiado juvenil para mí. Era de asillas, con una falda de volantes con distintos tonos de malva. No lo compré pero cuando llegué a casa de mi madre, ella lo tenía puesto.

Mi madre aprendió a conducir cuando casi ninguna mujer lo hacía. Estudiaba, leía, cocinaba de maravilla (ay, sus sopas de miel o sus tortillas…), nos hacía ropa y bordaba como buena palmera, nos preparaba fiestas y navidades especiales con adornos hechos por ella… Era generosa y, sobre todo, reía.

Siempre me sorprendió que alguien tan extrovertida como ella se hubiera casado con una persona tan introvertida y que hablaba tan poco como mi padre. Pero una vez me dijo: “No te preocupes. Cuando tu padre lleva mucho tiempo callado, me cruzo con él por el pasillo y le digo: ‘Ora pro nobis’, y por lo menos me tiene que contestar: ‘Miserere nobis’”. Y se reía a carcajadas.

Hoy, día de todas las madres, quiero traer aquí la imagen de la mía en sus esplendorosos 20 años y un poema que mi hija le dedicó cuando murió, joven como siempre había sido. Es el regalo que hoy le hago, mientras que ella me ha dejado a mí, como consuelo, el recuerdo de su ternura y el eco de su risa en mi memoria.

13 de enero (llanto por dentro)
Fuiste
la cucharada de azúcar,
las tijeras en la mesa,
el olor del aceite
y las hierbas
que inundaba la casa.
Tuviste
alma de harina y de uva,
de navidades,
de salmuera y mermelada
en sus tarros transparentes.
Te marchaste.
Hoy hace un mes
te marchaste.
Llena de sombras de lluvia
iba tu sangre,
el pecho dormido
en temblor de espuma,
cubiertos de amapolas
los párpados.

(Ana González Duque)

martes, 27 de abril de 2010

Los cuatro elementos




Empédocles, que tenía nombre de cura palmero (¡Don Empédocles, la bendición!), en realidad fue un filósofo griego que vivió hace 26 siglos. Y si él pudiera desde los celajes echar un vistazo a nuestro planeta y sus catástrofes naturales en este primer cuatrimestre del año 2010, creo que le daría un alegrón ver que tenía razón: realmente los que mandan en la Tierra, la última explicación a todo, son los cuatro elementos, el agua, la tierra, el aire y el fuego. Los vería triunfar por todas partes, ante las atónitas miradas de los hombres que, viviendo de espaldas a la naturaleza, creen, ingenuos, que son el rey del mambo.

El agua ha hecho sentir su presencia sonora, cayendo del cielo sobre nuestras cabezas, como en un cómic de Astérix, desbordando ríos e inundando campos y casas.

La tierra ha temblado demostrando su fuerza, indiferente al dolor y a la pérdida, en lugares tan distantes entre sí como Haití, Chile y China.

El aire ha aullado arruinando cosechas y encrespando los mares.

Y el fuego se afirma, acechando siempre ahí, aunque no queramos saberlo, presto a surgir por alguna boca volcánica de impronunciable nombre islandés, provocando el caos.

Son como dioses antiguos, les cuento a mis nietos, van a lo suyo y ni se fijan en los humanos-hormiguitas, frágiles y asustados.

“¿Y no pueden ser amigos nuestros?”, me preguntan ellos.

Bueno, les digo, a veces nos hacen un guiño cómplice, un cariñito, una sonrisa.

Hemos chapoteado en febrero ¿se acuerdan? con botas de agua en los charcos de lluvia. Y ahora que viene el buen tiempo, jugamos con las olas en el agua clara del mar.

Este mes hemos traído verduras para sembrar en la huerta: lechugas, berenjenas, pimientos, puerros, tomates, judías, cilantro, albahaca… Y la tierra, generosa, las ha hecho crecer.

El aire, limpio tras la lluvia, nos despeina, nos refresca, nos ensancha el alma.

Y el fuego de la chimenea o de las velas en la mesa nos acompañó en las tardes frías, acogedor, dulce y cercano.

¿Ven? Toda la naturaleza es como Shrek: un ogro que a veces pone una cara amable.

Pero nunca, nunca, se fíen completamente ni de los dioses ni de los ogros.

Porque en el momento menos pensado, van y te sueltan un bufido. 
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