| (Castillo de Consuegra) |
Hay que precisar ante todo que en mi tierra, Canarias, no hubo Edad Media. Ni castillos, ni justas, ni asedios, ni Cruzadas. Aquí, de la Prehistoria nos plantamos en el Renacimiento y poco después en la Ilustración y nos quedamos tan panchos. Y a lo mejor será por eso, por esa carencia que siento como europea, por lo que tengo una cierta fascinación por todo lo medieval, desde cuando de chica me aficioné a leer todos los colorines del Capitán Trueno. No me extrañaría nada que en otra vida hubiera sido una castellana con toca en la cabeza y llaves en la cintura, asomada a una almena.
Así que siguiendo esta tendencia, durante el mes pasado me he releído la serie completa del monje-detective Fray Cadfael, 20 libros escritos por Ellis Peters en los que la acción se sitúa entre el año 1137 y 1145 en la abadía benedictina de Shrewsbury y sus alrededores. Son unos libros deliciosos, ideales para determinados momentos en los que se quiere desconectar, y en los que están todos los tópicos del medievo: la búsqueda de reliquias como reclamo para la riqueza de la Iglesia aunque sean falsas, las Cruzadas como telón y objetivo de la Cristiandad, los Juicios de Dios, la distinta manera de vivir de nobles, clérigos, siervos de la gleba y hombres libres, las ferias y las fiestas, las pruebas de sangre, los juglares llevando música y poesía de castillo en castillo... Y como fondo el perfumado huerto de la abadía en el que Fray Cadfael ha terminado encontrando su razón de vivir y desde el que extiende su mirada sagaz sobre el género humano y sus vicisitudes.
Ha sido una auténtica inmersión en el mundo medieval que he completado esta semana pasada con una visita a Toledo, corta (5 días) pero intensa y preciosa. Ancha es Castilla es lo primero que decimos ante esta inmensa planicie, arcillosa y verde de olivos y vides, interrumpida de vez en cuando por algun grupito de casas perdidas en medio de la nada. Pero ahí sí que hubo una Edad Media igual que la que leí en los libros y estos días me he deleitado hermanando lo visto con lo leído.
Allí están los castillos con sus barbacanas, su poterna, sus salas donde los soldados dormían sobre la paja, sus caballerizas o sus almenas.
Hay murallas todavía en pie de aquellas que defendieron ciudades en guerras lejanas entre cristianos y árabes.
Se siguen haciendo fiestas, como las Mondas de Talavera de la Reina, en las que se agradece la buena recogida en las cosechas tan propio de una sociedad que antes fue sobre todo rural. O la del Corpus en Toledo el próximo jueves, para la que todo está ya preparado: palios sobre las calles, banderolas y tapices en ventanas y muros, grandes incensarios colgando, lámparas de cristal sobre todo el recorrido de la gran Custodia de oro de la Catedral.
En Oropesa, un alfarero, igual que sus predecesores, sigue acariciando y moldeando la buena arcilla de la que surgirán, como en un truco de magia, platos, jarras o palomas.
Los molinos,como aquellos de los que habló Cervantes, continúan, con sus 8 ventanucos abiertos a los vientos de la meseta (Ábrego Hondo, Matacabras, Toledano, Cierzo, Mariscote... ) y sus inmensas aspas, moliendo bajo piedras descomunales los cereales de ahora.
Pervive el relato de milagros y leyendas, como la del caballo de Alfonso VI que se arrodilló ante una luz en una grieta del suelo que ocultaba un Cristo iluminado o la de la Virgen que bajó del cielo para regalarle una casulla al arzobispo Ildefonso.
Hay en conventos y monasterios (maravilloso San Juan de los Reyes) un aire de otros tiempos que se respira en los silenciosos claustros o en la sala capitular en la que se discutían problemas cotidianos y misterios divinos.
En Toledo se conservan callejuelas estrechas y empedradas, algunas con el cartel "Esta calle es de Toledo", no sea que la roben y la anexionen a la casa de al lado (la picaresca es eterna); hay otras con nombres preciosos, como la de "los siete abujeros"; y otras con cobertizos encima, de casa a casa, y a la altura suficiente para que pueda pasar por debajo un caballo y su jinete con la pica alzada.
Igual que el Hospital de San Gil en las aventuras de fray Cadfael, también el Hospital de Tavera está situado en las afueras de la ciudad para evitar contagios.
Y mientras nos empapábamos del relato de aquellos tiempos y oíamos el canto de Vísperas en el Convento de las Comendadoras de Santiago, todo se conjugó para sentir que todos nosotros también pertenecíamos a esa historia, que somos herederos de esa Edad Media que nos hace un guiño desde los sillares de los muros y la altura de los castillos, que los archivos, leyendas y cuentos en definitiva también hablan de nosotros.
Al terminar el viaje, bajo una luna llena en la noche castellana, suspiro y me digo: "¡Cielos, qué medieval me siento hoy!".
| (Toledo) |
| (Castillo de Oropesa) |
| (Custodia de la Catedral de Toledo) |
| (Claustro de San Juan de los Reyes) |





