martes, 2 de noviembre de 2021

50 años


Hay una canción de Rocío Dúrcal que alguna vez he cantado con mis amigas del colegio, cuando nos da el melancólico, que dice: Cómo han pasado los años, las vueltas que dio la vida...Y de eso, del paso de los años, hablamos este fin de semana en que hizo 50 años que mi marido y yo nos casamos, las bodas de oro que le dicen.

Y algo ha cambiado, sí, aunque hace 50 años teníamos un volcán, el Teneguía, rugiendo en la isla de enfrente, y ahora, quién lo iba a suponer, tenemos otro rugiendo igual por el mismo sitio. Han pasado 50 años entre volcán y volcán pero de ninguno de los dos tuvimos la culpa nosotros.

Hace 50 años celebramos la boda con 160 invitados, la mayoría de los cuales ya no están aquí. Ahora lo hemos celebrado con unos que no fueron a nuestra boda: nuestros hijos y nuestros nietos.

Hace 50 años no tuvimos permiso para bodas y solo estuvimos de luna de miel un fin de semana en el sur (estábamos en el franquismo y, por no tener, no teníamos ni seguridad social). Hoy lo hemos celebrado, jubilados, en Fuerteventura, al lado de una playa kilométrica de arenas blancas.

Hace 50 años solo había un fotógrafo contratado que nos hizo un álbum de la boda con 20 fotos en blanco y negro. Ningún invitado sacó fotos ni tuvo un recuerdo tangible del evento. Hoy solo en el fin de semana cada uno de nosotros hizo más de cien fotos a todo color, sin miedo a quedarnos sin carrete.

Hace 50 años estábamos hechos unos pipiolos con 23 y 25 años. Yo creo que hasta podía tocarme la punta de los pies con las manos.  Ahora todo ha ido a más: más kilos, más años, más arrugas, más achaques... Bueno, todo no: hay cosas que han ido a menos, y mejor no las cuento.

Hace 50 años estrené un camisón blanco lleno de puntillas y bodoques. Hoy prefiero un pijama suavito y calentito para dormir. Y, si se tercia, con calcetines.

Hace 50 años nuestro primer desayuno de casados fue un desastre porque el café estaba hecho una bola seca y no pudimos hacerlo. Hoy, en el Hotel al que fuimos, nos ponían un buffet enorme con churros, creps y todo lo que se nos ocurriera. Y al final un champán, como señores.

Hace 50 años nos quedamos alguna vez dormidos, abrazados en un sillón. Hoy festejamos cuando (como en el último viaje a Galicia) nos ofrecen una cama de 2 m. de ancho en la que perderse.

Hace 50 años teníamos un futuro amplio y radiante por delante. Hoy somos más sabios y sabemos que hay una fecha de caducidad.

Pero hay cosas que siguen igual. Por ejemplo, el escarabajo naranja en el que salimos de la iglesia hace 50 años sigue funcionando como un reloj y pasa religiosamente la ITV todos los años.

Y para mí él es, como hace 50 años, el hombre de mi vida y la persona que más quiero. Y para él yo lo soy también. 

Casi nada y casi todo.

jueves, 28 de octubre de 2021

Volver a viajar


En el Faro del Cabo Ortegal, cerca de donde se separan el Atlántico y el Cantábrico

De repente y como si nos sacudiéramos una pesadilla de encima, han surgido por todas partes unas ganas locas de volver a viajar. Los jubilados claman por el Imserso, los que no, aprovechan todos los puentes que puedan para lanzarse a recorrer mundo, como si se hubieran convocado unas nuevas cruzadas. Se ve optimismo en el aire. Y, siguiendo la tónica -no va una a ser menos-, esta semana nos hemos ido a las Rías Altas con un grupo de amigos a festejar la luz al final del túnel. Como Tolkien decía, la casa atrás, delante el mundo / y muchas sendas que recorrer.

Y es que ¡qué bueno es descubrir (y redescubrir) sitios nuevos! Bosques de castaños y robles centenarios, playas kilométricas de arenas rubias (y una muy especial que no conocía, la de Las Catedrales, con rocas imponentes), acantilados sobre un mar transparente, cielos luminosos, pueblos marineros y ciudades que existen desde hace siglos, mercados limpios de los que dan ganas de comprar de todo, faros del fin del mundo, campos de manzanos cargados de fruta para hacer sidra, y galerías acristaladas en muchas casas -quitapenas las llamaba Emilia Pardo Bazán- para recibir calor y luz y ver pasar el mundo... Pastos, mar, montañas suaves, verde, playas, rías, tranquilidad.

¡Y qué bueno es también que te vuelvan a contar historias! De piratas que querían conquistar una ciudad de lluvia y cristal; de mujeres valientes que, con sus hombres en la mar, se plantaron defendiendo lo suyo; de indianos ricos que venían de América e invertían en su tierra; de pescadores que pasaban largas temporadas fuera: Antaño -decía bajo la estatua de una ballena en Malpica- hombres fuertes de Malpica cazaban ballenas en mares lejanos; de peregrinos que recorren los caminos desde muy lejos para llegar emocionados ante un santo y rezar a sus pies, mientras de fondo se oye la música de una gaita...

Esta es una tierra antigua, acostumbrada a las brumas y llena de mitos, leyendas y tradiciones. Ya lo cantaba Luis Eduardo Aute: Imagínate a Galicia como un húmedo aquelarre... Aquí cuentan que, cuando Dios descansó el 7º día de la creación, extendió sus manos sobre la tierra y con el surco de sus dedos se formaron las rías, los verdes como rías de esmeralda, de Aute. Aquí hay demonios que hacen un puente en una noche y campos de estrellas que señalan la tumba de un apóstol. Aquí se tiene miedo de la Santa Compaña y de las brujas, que haberlas, haylas. Pero, si atraviesas la Puerta Santa de la Catedral de Santiago en años de jubileo como este, se te perdonan todos los pecados.

Y aquí, además, abundan las leyendas. Como la del rey Breogan, del que se decía que veía Irlanda desde Coruña (que ya es tener vista de lince, oye). O como la de los cruceiros, que se levantan como protección en los cruces de caminos, donde se dice que hay ocultas puertas hacia otros mundos. O la de la mujer a la que entretuvieron en el Puente del Pasatiempo (Mondoñedo) y no pudo llegar a tiempo con el indulto para su marido.

Y por todos lados, tradiciones y rituales: hay hierba para enamorar, que ha de ponerse para que surta efecto en el bolsillo del que se pretende conquistar sin que se dé cuenta. Si hay excedente de vino, se pone una rama de hiedra sobre la puerta y así se sabe que puedes ir allí (con amigos y comida) a aprovecharlo. O el Día de difuntos se les hacía a los niños un collar de castañas guisadas que se iban comiendo por el camino. Un antiguo Halloween en la Galicia profunda.

Un pueblo así colma y enriquece el espíritu. Más cuando se descubre a sus gentes, tan parecidos a los nuestros de La Palma. Son amables y cercanos. Oh, tienen hasta un pueblo que se llama -se lo juro- Cariño (¿sus habitantes serán cariñosos?); son parranderos, no paran de celebrar fiestas, feiras y romerías en casi todos los pueblos; son imaginativos ¿Dónde, si no, se ha visto una fiesta dedicada a una sirena (fiestas de la Maruxaina en San Ciprian)?; y son exagerados: los de Betanzos, por ejemplo, lanzan en las fiestas "el globo más grande del planeta" y hacen la tortilla más rica del mundo (y eso que no probaron las que hacía mi madre).

¡Y qué bueno es hacer un viaje como este en buena compañía, con amigos con los que hablar y compartir!. Cualidades buenas para este menester son camaradería, tolerancia, adaptabilidad y, sobre todo, buen humor.

¡Qué bueno, qué bueno es viajar otra vez! Y Tolkien de nuevo: Luego el mundo atrás y la casa delante; / volvemos a la casa y a la cama. Volvemos pero con un montón de buenos recuerdos en la maleta. Y así hasta la próxima.


Parque das Galeras en Oleiros con el Castelo de Santa Cruz

P.D.: Para Raquel, Bea y Alejandro que organizaron, acompañaron y nos guiaron en un viaje fantástico. Para Mónica, Sonia y Begoña, que nos enseñaron Coruña, Santiago y Betanzos. Y para mis compañeros de viaje. Con toda mi gratitud.

lunes, 18 de octubre de 2021

Planeta Caro


Portada y contraportada de "Planeta Caro"

Los lectores necesitamos, como en el poema de Alberti, paz, paz, paz para leer. Un libro abierto en el alba y otro en el atardecer. Pero ser lector no significa leerse todo lo que cae en nuestras manos. En principio, nada de libros mal escritos, que nos chirrían y nos ponen de mal humor. Hace poco empecé un libro que me prestaron y el autor se refería a cada rato a los personajes como "la rubia", o "el moreno" o "la castaña". Lo dejé antes de que empezara a hablar de "la pelirroja". 

También están las novelas de buenos autores pero que, vete tú a saber por qué, no nos atrapan y languidecen por ahí. Así, dejé "1Q84" de Murakami y "La Catedral del Mar" de Falcones. Las dos duermen el sueño de los justos en la estantería esperando, como en la rima de Bécquer, la mano de nieve que sepa arrancarlas. Porque en estos casos me fío del consejo de Borges: Si un libro les aburre, déjenlo. Llegará un día en que el autor sea digno de ustedes y ustedes serán dignos de ese autor.

Y luego están los libros que disfrutas, que no quieres que terminen; los que se releen a menudo, que te hacen vivir mil vidas, con personajes que te enamoran... Solo por ellos se justifica que la lectura sea un pasatiempo tan hermoso que no puedes imaginar la vida sin ella.

Esta semana he tenido suerte, porque he releído un libro en el que cada vez encuentro algo nuevo; he leído libros curiosos y apetecibles; y, además, he recibido —ya con su portada y su olor a nuevo— , el último libro de mi hija, Ana González Duque, una novela de literatura romántica juvenil, "Planeta Caro", continuación de "Proyecto Bruno". Las dos nacieron de la petición de mi nieta Eva a su madre para que escribiera sobre ellos, el mundo de los adolescentes, "el club de los raritos". Y, como dice Ana, "No sabéis el monstruo que habéis desatado", porque ya piensa en una tercera novela que complete la serie. Y si siguen el mismo camino que la primera, que se ha leído y discutido en 6 institutos, gustará.

En la novela de ahora, Ana sigue tratando, con humor y ternura, los temas actuales que están presentes entre los jóvenes, y que constituyen el particular "planeta"de la protagonista, Caro: los amigos, las melancolías, las fiestas, las discusiones, el circuito de cotilleos del colegio, los padres y madres, los ataques de ansiedad, las galletas de mamá y las tortitas de chocolate, las clases, los mensajes de wasap, las citas que salen mal y las que salen bien, los paisajes especiales, los maratones de anime, la pizza con piña, el arreglarse en compañía para conseguir un efecto wow, el ego y la autoestima... Y por supuesto el amor. Tratado , además, con una fórmula infalible que engancha desde que la usara Jane Austen en "Orgullo y prejuicio": lo que llaman el enemies-to.lovers, la antipatía inicial de los protagonistas, Caro y Tiago, que se va diluyendo a lo largo de la novela, muy bien orquestada al dar voz a cada uno en cada capítulo. O como lo llama Elena, a la que conocimos en "Proyecto Bruno", el síndrome ese de niño-que-tira-del-pelo-a-niña .

La novelita (140 páginas apenas) se lee en un pispás y deja el buen sabor de boca de las cosas bien hechas. Bien escrita, cuidada edición, una portada preciosa, hecha, como la anterior, por mi nieta Eva de José. Ya sé que soy juez y parte, pero Ana sabe que, si no me gustara, se lo diría. Y sabe también que este no es un libro de los que se dejan a la mitad, sino un libro divertido y sencillo que no aspira a otra cosa que a contar bien una historia y a entretener. Que, en definitiva, es lo que los lectores le pedimos a un libro. Disfrútenlo.

lunes, 11 de octubre de 2021

Momento de gozo



Hoy les hablo de un momento de gozo de esta semana, el que tuvimos mis amigas y yo en los charcos de Alcalá, abajo en el sur. Yo bauticé la foto que ven como "Escuela de sirenas talluditas", porque estábamos de broma y de disfrute en un agua clara y transparente, entre rocas por donde iban entrando ya las olas de las mareas de octubre, grandes y espumosas como encajes de vestidos de novia.

Nos habían invitado Leo y Ruperto a su casa de Alcalá a una paella y para allá que nos fuimos un buen grupo desde el día anterior sin encomendarnos ni a dios ni al diablo. Esa mañana, en casa, nos levantamos temprano y desayunamos frente al mar en la mesa grande de la terraza con bizcocho, pan de nueces y mermelada de duraznos caseros, más pan fresco, quesos y embutidos, y una jarra enorme de jugo de naranja recién hecho. Café, té, leche... cada una según sus gustos, y una conversación ininterrumpida y salpicada de risas y de historias. Y luego, el mar.

Mis amigas son "las niñas del colegio", de las que les he hablado muchas veces en este blog porque forman parte de mi vida desde que tenía 6 años (hace nada menos que 67 años). Teniendo la edad que tenemos, está claro que no vivimos en un lecho de rosas. Algunas de las amigas ya no están con nosotras. Todas hemos perdido a los padres y muchas a maridos, hijos y hermanos. Algunas tienen problemas en sus casas y, como la edad no perdona, todas tenemos nuestras majaderías y nuestros achaques. Cuando no duele por allí, duele por allá. Una de las que fueron al sur llevaba tal cargamento de pastillas (algunas, por si acaso, decía) que parecía una Cofarte ambulante. Y, además, todavía el volcán retumba, humea y arrasa en la isla de enfrente, haciéndonos temer por una de las nuestras, Nievitas, que vive a tres pasos del infierno.

Pero así y todo, esta mañana de octubre optamos por el gozo, por dar las gracias por la vida plena, por celebrar estar vivas y bien acompañadas. Por el sol y la brisa, el agua fresca y la sal sobre la piel. Por hacernos una foto cuando salimos del agua, tipo misses con una pierna delante y al bies, sin importarnos la edad ni las celulitis (una extranjera que nos miraba, lloraba de la risa). Por el sentido del humor y por saber reírnos hasta de nosotras mismas.

Luego fuimos a casa de Leo y Ruperto, conocimos al gallo Kirico que los ha adoptado y vive a ratos con ellos en su finca, comimos una paella tan rica como las que hacía mi madre, bebimos un vino tinto que te puedes morir, hablamos de todo lo que quisimos entre tintineos de copas y, a los postres, sacamos una guitarra y cantamos canciones de nuestros tiempos. Cuando el sol se iba poniendo por La Gomera, recogimos todo, nos despedimos con un abrazo y volvimos al norte, a casa y a la vida normal.

Pero el día y los momentos de gozo no nos los quita nadie. Dum licet fruere, decían los latinos, que sabían mucho. Mientras se pueda, goza.

lunes, 4 de octubre de 2021

Tiempo de comer

Momento en que se dijo que hay tiempo de comer

De todas las anécdotas que nos ha regalado este volcán que nos tiene en un sinvivir (incluyendo la de la locutora que tuvo a bien informar a toda España, a micrófono abierto, que ella se iba a mear), mi favorita es la del hombre que el primer día, en el momento en que la tierra retumbó y se abrió la puerta del infierno, dijo con toda la tranquilidad y pachorra del mundo: "Hay tiempo de comer... Hay tiempo de comer sin problemas".

Me lo puedo imaginar perfectamente. Se encuentra ante lo que Kant llamaba lo sublime, algo que asombra y al mismo tiempo produce temor, como los volcanes desencadenando todo su poder de destrucción; se da cuenta de que lo que ve es peligroso y de que el miedo lo puede empujar a salir por patas lo más pronto posible; pero opta por lo urgente, lo necesario, que es comer: una actitud práctica, sabia y yo diría que hasta filosófica. No como los estoicos, que proclamaban: "Si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido". No, nuestro hombre no esperaría a eso. Él es más bien de los que siguen la cita latina "Primum vivere deinde philosophari": primero, vivir (con todo lo que eso conlleva, empezando por las necesidades básicas como comer y otras, como la de la locutora) y después ya la mente está preparada para otras actividades más filosóficas: sacar conclusiones, razonar, no perder la calma...

Imagínense a este hombre. Sabe que hay tiempo para hacer lo necesario. Saca mantel, platos, cubiertos, vasos. Corta un poco de pan. Destapa la cazuela de cherne que hoy por la mañana había preparado. Con el caldo hace un escaldón de gofio. Y luego se sienta serenamente a comer, mientras bebe un vaso de vino de Fuencaliente y un trozo de queso ahumado de Garafía. Mira de reojo la humareda del volcán pero sabe que hay tiempo de comer.

A mí este hombre en esta situación me recuerda un pasaje de La Iliada de Homero. Todos los de mi generación que hicimos el Preuniversitario de Letras tradujimos y leímos La Iliada. Era lo que tocaba. Todos cantamos con la diosa la cólera del Pélida Aquiles que salió de Troya, y recorrimos el vinoso mar y lloramos con la muerte de Héctor y vimos desfilar a los héroes griegos y a los dioses que apoyaban a unos o a otros, como si fueran hinchas de un equipo de fútbol. Este pasaje que digo es cuando Príamo, el viejo rey de Troya, va a pedirle a su enemigo Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. Aquiles accede y, después le pide que coma con él. Para convencerlo, le cuenta la historia de Niobe ("la de hermosas trenzas") que se burló de la diosa Latona  ("la de hermosas mejillas") porque tenía solo dos hijos frente a los catorce de ella. Pero estos dos hijos eran nada menos que Apolo y Artemisa y, con sus flechas, mataron a 12 de los de Niobe (ya saben lo vengativos y brutos que eran los dioses griegos). Y Niobe lloró y lloró pero al final comprendió que también tenía que sentarse a comer. Hay prioridades que no se pueden dejar de lado por mucho que uno tenga el alma compungida.

Y perdónenme, pero no puedo evitar acordarme de otro caso de prioridades, esta vez de un chiste pícaro de Verdaguer, un cómico argentino que oíamos en los años 60 por la radio. Hablaba de una pareja que fue de luna de miel a un hotel y no salieron de la habitación en tres días. Al cabo de ellos, bajaron al comedor y se sentaron a la mesa. El camarero le preguntó a ella: "¿Qué desea la señora?", y ella dice, tímida: "Mi marido sabe". Y el marido salta: "Sí, querida, pero también hay que comer".

Lo dicho, saber valorar las prioridades. Como Niobe y el recién casado, este es el ejemplo que nos da este señor palmero, al que le deseo de todo corazón que, después de comer tranquilamente, se haya puesto a salvo y contemple desde muy lejos el horror y el poder de la naturaleza.


lunes, 27 de septiembre de 2021

Cuando explota el volcán

Logotipo de "La Palma, isla viva" del artista palmero Facundo Fierro

Hace años, cuando mis nietos volvían de visitar a su familia madrileña, casi siempre traían con ellos (seguramente por bromas que les hacían) una inquietud sobre la isla y la recurrencia a la frase "cuando explote el volcán", junto con consecuencias imaginadas sobre tan terrible realidad. Incluso Eva, la mayor, tenía un plan cuidadosamente apuntado para una "evacuación exprés": coger el hamster y el gato y salir como un rehilete con todos nosotros en el primer avión. Ni qué decir tiene -los niños necesitan seguridad- que yo siempre les dije que era una posibilidad muy remota y que nunca explotaría el volcán.

Les mentí. Sobre todo porque a lo largo de mi vida el volcán ha explotado con esta 4 veces en un entorno cercano. No el Teide, como ellos creían, pero sí sus primos hermanos.

El volcán explotó por primera vez en La Palma, cuando yo tenía un año, en el 49. Era el volcán de San Juan y mi abuela, que vivía entonces muy cerquita, escribió:  Ya creíamos que lo del volcán estaba terminado cuando apareció por Tigalate, rompió a soltar lava por el puente y cogió por el barranco. No causó ningún daño pues las autoridades, alarmadas, mandaron a todas las clases de vehículos a evacuar a la gente que podían traer por carretera. La otra, que quedó en el centro, fue traída por mar. Imagínate cómo estaría el pueblo. Empezó aquí abajo a caer una lluvia de arenilla (…) Ahora se secó por esa boca y volvió otra vez por Las Manchas, así que no sabemos en qué irá a parar esto…”. Pero yo no me enteré. El volcán vivió en mi vida, pero yo no en la suya.

El volcán volvió otra vez a explotar en La Palma hace 50 años en octubre del 71, cuando yo me casé. A los 15 días me fui de novelera con marido recién estrenado, hermana y alumnos a sobrecogerme con el ruido y a disfrutar del espectáculo. Pero fue un volcán bondadoso: explotó casi a la orilla del mar y lo que hizo fue ampliar la isla y crear una playa nueva.

Por tercera vez lo vi explotar en el Mar de las Calmas cuando fui de visita a El Hierro en el año 2011. Pero era un volcán submarino, un volcán de morondanga, y nos quedamos con las ganas de verlo salir a la superficie y crear una nueva isla.

Pero ahora sí, ahora este volcán de Cumbre Vieja ha explotado de verdad, como un monstruo furioso que arroja toda la rabia y energía que escondía en el centro de la Tierra, llevándose por delante casas, colegios, iglesias, bodegas, huertas, bosques, caminos... y las fuerzas y esperanzas de mucha gente. Y ellos, mis nietos, ahora sí que saben ya lo que pasa cuando explota un volcán.

Han visto a personas decidiendo en 15 minutos qué se llevarían de sus casas, qué hacer con toda su vida. ¿Dinero, joyas, papeles, ropa? ¿Un cuadro que te llenaba de placer contemplar? ¿Un libro preferido?  ¿Fotos que les recuerden momentos felices?. Han visto incluso a más de uno decir: "Nada, no me llevo nada".

Se han emocionado por pura empatía con un poema sobre el desalojo (escrito por Jaime Quesada) que, entre otras cosas, dice: Ayer, antes de salir, / Nievitas hizo la cama, / y recogió los juguetes / de los nietos en la caja. / Dejamos todo en su sitio, / cerramos puertas, ventanas; / nos miramos a los ojos / para darnos esperanzas / de que habrá otros despertares, / otras nuevas madrugadas / aquí en nuestra habitación, / aquí en nuestra hermosa casa, / donde criamos seis hijos / y ahora hemos de abandonarla / porque un volcán impetuoso / nos amedrenta, amenaza / con destrozar nuestro pueblo / y sepultarlo en su lava...".

Cada día les ha traído una historia nueva: la afluencia de gente a golifiar y en realidad a entorpecer;  la llegada de los Reyes y del Presidente del Gobierno; las nuevas bocas que se van abriendo; la búsqueda de animales para ponerlos a salvo;  la suspensión de los vuelos; la solidaridad de la gente; la caída del campanario de Todoque; y muchas, muchas historias de pérdida y desolación. Y a través de ellas descubren cómo son los palmeros: gentes trabajadoras, sensibles a la belleza, cuidadosas con el entorno y, ahora  que todo es barrido por la lava, valientes. No van a dejarse abatir y hay sitio para la esperanza.

En el periódico un agricultor palmero desalojado de su casa ya está haciendo planes y dice: "Cuando todo se enfríe... habría que levantar las casas, reponer las tuberías, volver a colocar la luz, replantar los cultivos...". El futuro es ahora "cuando todo se enfríe".

lunes, 20 de septiembre de 2021

Las familias

Foto familiar en la boda de mi sobrina Isabel

Con las familias pasan cosas raras. A veces, son un verdadero incordio, sobre todo cuando te encuentras con el típico pariente plasta que se pica por cualquier cosa y te hace la vida imposible. Pero, a veces también, son una bendición, y más si son grandes como la mía y sabes que puedes contar con ella. Nosotros, cuando en nochebuena nos podemos reunir la familia más cercana (hijos y nietos de hermanos). podemos ser 35. Y, si contáramos con los primos, el ciento y la madre. Y, a pesar de eso, nos llevamos bien. Por eso nos alegra cuando la familia se ensancha, como nos pasó la semana pasada. No solo porque nació un miembro nuevo, el primer nieto de mi prima Mercedes (¡bienvenido al mundo, pequeño Iván!),  sino también porque, mira por dónde, me han aparecido unas primas nuevas a las que no conocía. Y todo gracias al mayor invento del mundo (después de la lavadora), que es Internet.

Por Internet me contactó mi prima Rubicelda desde Miami para preguntarme si éramos familia, ya que compartíamos apellido. Le mandé una foto de una prima cubana que se escribía con mi padre y exclamó: "¡Es mi abuela!". Y luego ya nos contamos algo de nuestra vida, y conocí a la prima Mizar y a la prima Maricelda y ahora seguimos con wasap, mensajes en Facebook, comentarios en mi blog y emails, alegando y conociéndonos un poquito más.

Mis primas nuevas son rubias y guapetonas. Tienen cara de palmeras, me dice mi hermana. Y es verdad, ya saben que las mujeres de La Palma tienen fama de bonitas. Pero es que además mandan vídeos en barbacoas, en fiestas de cumpleaños, en la playa disfrutando..., lo cual me lleva a pensar que lo de ser disfrutones debe ser también genético. Tienen muchos hijos y nietos, igualito que nosotros, repartidos por Cuba, Estados Unidos y Paraguay. No sé por qué, recordé aquel verso trepidante de Rubén Darío en la "Oda a Roosevelt" que dice "hay mil cachorros sueltos del león español". Solo que mis nuevas primas americanas y nosotros, los que nos quedamos aquí, no descendemos de ningún león sino que tenemos en común unos ascendientes, una pareja, mis bisabuelos Papá Atilio y Mamá Pepa, que tuvieron 10 hijos que se les desparramaron por el mundo.

Mamá Pepa murió a los 82 años cuando yo tenía 6. Aunque no era religiosa, enramaba cada 3 de mayo una cruz que le habían regalado de pequeña (ahora lo sigue haciendo su nieta) y rezaba todas las noches a la Virgen de las Nieves por sus hijos. Y no era para menos. De sus 10 hijos, dos murieron de pequeños; uno se fue de polizón a los 16 años en un barco para Cuba y no supo más de él (a los 3 meses de morir ella, se recibió una carta suya que había ido dando tumbos por otros sitios).  A otro hijo lo mató el hermano de una novia que tuvo en Cuba porque la abandonó para casarse con otra novia que lo esperaba en Canarias. Su marido murió joven y, aunque ella se quedó con sus hijas, Isabel y Nieves, todos sus hijos varones emigraron y no los vio más; y el único que volvió, mi abuelo Gabriel, murió 2 años antes que ella.

Y así y todo, era una mujer fuerte y con genio (una vez le tiró un zapato a una hija porque se retrasó unos minutos después de las 9). Guardaba golosinas en una caja de madera y las compartía a escondidas con sus nietas pequeñas. Y una vez que su nieta fue castigada con un hilo atándole el tobillo a la pata de la mesa, ella le decía por lo bajito: "¡Rompe el hilo, boba!". A los de su familia los apodaban en La Palma "Los brujos" y ella también era medio bruja, una brujita buena y valiente.

Pienso en ella, la bisabuela que nació en 1871 en Santa Cruz de La Palma (casi toda mi familia, desde el último tercio del siglo XVI, procede de allí) y en todos nosotros que descendemos de ella, incluyendo el niñito que nació esta semana en pleno siglo XXI,  y las primas que acabo de conocer. Y me acuerdo de una pregunta que se hizo una vez Javier Marías: ¿Cómo es posible que en una misma vida y memoria (las mías) quepan y convivan personas tan distanciadas, tan de diferentes épocas, incapaces de concebir a quienes han venido tan detrás ni a quienes llegaron tan delante al mundo?.

Quiero pensar en mis descendientes, aquellos a los que no conoceré nunca pero que llevarán en sí parte de lo que soy, y en que ellos existirán, igual que nos pasa ahora, porque nosotros existimos. Y es que eso son las familias, personas de distintos siglos y de distintos mundos pero conectadas por los mismos perfiles genéticos y marcadas por el afecto.


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