lunes, 6 de abril de 2026

El palomero y su palomar


Las palomas mensajeras confiaban totalmente en su palomero. Él las alimentaba con buen pienso, limpiaba los casetones y los nidales, les ponía agua limpia en grandes palanganas en el parque que les había construido para que se bañaran los días de sol, les curaba cuando alguna caía herida por el zarpazo de un halcón, las dejaba volar un rato al viento de la tarde y las soltaba desde distintos puntos de la isla para que reconocieran siempre su palomar. Eran felices.

Todas se sabían de memoria la historia del palomero y del palomar, de tantas veces que se la habían oído contar a sus amigos. Le habían regalado un casar azul allá en Caracas cuando tenía 8 años y fue amor a primera vista. Allí aprendió con otros palomeros vecinos a cuidarlas y a enseñarlas a volar con silbidos y señales. Cuando volvió a Canarias dos años después, construyó un palomar pequeño y destartalado en la azotea de su casa y, excepto en los años de la carrera que hizo fuera, siguió cuidando palomas y enseñándolas a volar fuertes y seguras. 

Cuando se casó y quiso una casa propia, apostó por hacerla en el campo pensando en ellas y en que tuvieran un lugar privilegiado, libre y puro, para volar. La casa estaba en una ladera y el palomar en lo más alto, desde donde veían el mar y las montañas, un lugar fácil de identificar cuando volvían de sus vuelos más allá del mar. Ellas querían al palomero, y más cuando se hizo mayor y ya no se iba por las mañanas y les dedicaba más horas a lo largo del día. Compartían con él su inquietud cuando algunas eran enviadas lejos, a otras islas, a la costa de África o mar adentro en dirección a Cádiz, donde cualquier cosa podía pasar. Compartían su tristeza si pasaban las horas y los días y alguna o algunas no volvían, perdiéndose para siempre. Pero también sentían con él su enorme alegría cuando allá a lo lejos divisaban a una de las suyas volando derecha al palomar y se posaba satisfecha y exhausta en el tablero. Y sabían que él enseñaba con orgullo a todo el mundo las copas y diplomas que ellas conseguían.

Pero hace unos 6 años empezaron a percibir pequeños cambios. El palomar envejecía, ya no nacían pichones, poco a poco el número de palomas disminuía y consternadas se miraban y se preguntaban si desaparecería su mundo. También se habían acabado los viajes. Ya no venían las palomas más fuertes de aquellos vuelos largos y ya no podían contarles historias de lugares con dunas doradas y de mares sin fin. Notaban, además, pequeños olvidos o cambios en las comidas o en las viejas rutinas. El palomero, que siempre identificaba a cada una incluso de lejos, parecía ahora como si no las reconociera, como si dudara, al ver alguna extraña que a veces se paraba allí en medio de un viaje, si pertenecía al palomar o no. ¿Despistado, decaído tal vez? Pero eso sí, nunca faltaba a su visita diaria y parecía como si, al acercarse al palomar con paso lento, cobrara nuevos ánimos.

Y entonces comprendieron. No eran ellas las que necesitaban al palomero. Siempre sabrían buscarse la vida como hacían sus otras compañeras no mensajeras, siempre podrían volar lejos si querían. Era él, el palomero, que cada día venía caminando más despacio a su cita, tomando a una paloma entre sus manos cada vez más débiles, acariciando a otra, hablándoles de aquellos viejos tiempos en que conquistaban laureles... Era él el que las necesitaba a ellas para ser feliz. Y ellas, cuando después del vuelo se posaban en el tejado del palomar, se paraban en fila como quien rinde honores a un amigo al que quieren, sabiendo que formaban una unidad: el palomero y su palomar.



(Las fotos las hizo mi amiga Lali Gil un lunes de marzo)


lunes, 30 de marzo de 2026

Tengo un sueño


Igual que Martin Luther King en su famoso discurso, yo creo que casi todos nosotros alguna vez hemos pronunciado esas palabras. Mi sueño fue montar entre varios, hace 50 y pico años, una librería-café. Tenía 24 años, llevaba dos años dando clase y en una reunión de amigos, todos profesores y todos lectores, descubrimos que coincidíamos en nuestro sueño. ¿Y si lo hacíamos realidad? Uno dijo que tenía un amigo de un amigo de un amigo que era editor y nos podía ayudar; otro, que podíamos hasta habilitar un rincón de libros prohibidos; otro sugirió hasta clubs de lectura que en aquel tiempo casi no había... Fuimos incluso a ver un sótano que mi padre tenía en la calle de La Rosa para ver si, arreglándolo, servía. No cuajó, claro. Si, en lugar de eso, fuéramos dueños de un gran salón con ventanales hacia un patio silencioso, si hubiéramos tenido más arranque e ilusión, si supiéramos algo del tema o de marketing (palabra que desconocíamos), si hubiéramos tenido un dinero que no teníamos...

Pero por eso, por ese sueño, me gustan tanto las novelas en las que sale una librería. Y por eso también, el otro día, nada más empezar una, Aprender a volar con las alas rotas, de Lola Giulias, reconocí "mi" librería, la de mis sueños. Se llamaba La Columbaia (hasta el nombre, El Palomar en español, me es cercano) y estaba escondida en un pasaje del Ensanche barcelonés en medio de casitas adosadas, todas con un jardín delantero. El de la librería tenía algo de japonés, con un arce y un cerezo en flor, pero también de mediterráneo, "con las paredes tapizadas de glicinias malvas mezcladas con jazmines, los pequeños bojs redondeados, las margaritas y las grandes lavandas en macetas de terracota". Tras subir tres escalones, se entraba a una estancia luminosa "con paredes forradas de estanterías blancas llenas de libros, mesas aquí y allá con las novedades editoriales y, junto a unos ventanales, butacas con mesitas entre ellas". Luego se pasaba a "una sala con salida a un jardín trasero, donde la mayor parte del espacio está dedicado a cafetería".: una barra con un aparador repleto de bandejas de repostería, una antigua vitrina con latas de té, botellas de vinos y licores, tazas, copas... Y todo adornado con detalles relacionados con la literatura. En la novela este rincón maravilloso es el punto de encuentro para que 4 mujeres hallen apoyo y empatía. Me encantó.

Ese es el poder curativo de los libros, nos ayudan a realizar sueños. Aunque eso no significa que renunciemos a ellos. Muchos seguimos teniendo, no solo sueños de ser, sino también de tener, de conocer, de recibir, de sentir, de estudiar, de vivir. Solo que ahora, después de toda una vida, son más modestos, y por eso más realizables: poder dormir de un tirón toda la noche, hacer un viajito corto en el verano, que quien me acompaña en la vida siga siendo él mismo un tiempo más, seguir disfrutando, como el viernes pasado, de una cantadita con guitarras y maracas con los amigos...Y al final, llegar, bien de salud, a la próxima primavera, como en la viñeta de Mafalda.



lunes, 23 de marzo de 2026

Madrid, Madrid, Madrid...


Este fin de semana he vuelto a Madrid como quien vuelve al Camino Verde. Fue un regalo de mi hija que sabe que es una de mis ciudades preferidas del mundo, sobre todo porque, después de vivir en ella 4 años, la conozco bien. O mejor dicho, conozco bien a mi Madrid.

Y es que hay muchos madriles. Hace poco leí un artículo sobre el visitante de lujo que va a Madrid. Es el que sobrevuela la ciudad en helicóptero por 4500 euros (de hecho vi uno parado sobre la Gran Vía), el que quiere visitar a solas el Museo del Prado o el Thyssen, el que disfruta de una cena íntima en la azotea de un Hotel de 5 estrellas con vistas, dicen, "al cielo de Madrid desde la calma de las alturas", o el que quiere ir de tapas acompañado de un familiar del Rey por unos 1000 eurillos de nada.

Pero ese no es mi Madrid. Mi Madrid es ver al despertarme, desde la ventana de la casa de mi hija, a los niños entrando en el colegio que está enfrente. Es el olor ahora de las calles arboladas apuntando ya a la primavera o de las alfombras de hojas secas en el otoño. Es los churros del desayuno, el vermut que puedes tomar en cualquier esquina o las comidas en El buey o en Hortensia. Es las multitudes multicolores en las calles del centro y el aire de pueblo que conservan los barrios, como Vicálvaro o Valdebernardo. Es ir al teatro o perderte en La casa del libro o la Cuesta de Moyano. Es volver a estar con mis amigas del Colegio Mayor de aquellos años: con Floren, tan creativa y buena, con la misma sonrisa de siempre; con Ana, mi querida compañera de habitación, y con Serra, su marido, que nos enseñó entonces a amar Madrid y sus alrededores; con Maruja, con la que hablé después de no saber nada en 50 años y que sigue siendo ella... Y también mi Madrid es ver de nuevo a Esperanza, una de mis "niñas del colegio", y a Mane, tan generosos, y disfrutar desde su terraza de las corralas y los tejados del barrio de Chueca (imagen inicial). Mi Madrid es el recuerdo de la Universidad, de Argüelles o de Cuatro Caminos. Es el paseo por El Retiro, en donde el ruido se transforma en rumor. Ese es el Madrid que amo y al que vuelvo siempre a reencontrarme con mis años jóvenes.

Así que no, no quiero verlo de lejos en helicóptero, porque ya lo hago cuando el avión me acerca a él y se extiende ante mí como una alfombra de luz; no quiero sentir solo mis pasos cuando visito un museo, porque es agradable compartir la belleza; no quiero mirar desde una azotea lujosa el cielo, porque desde cualquier sitio disfruto (y gratis) de esos atardeceres de fuego; y, sobre todo, no quiero ir de tapas con un familiar del Rey. Dios mío, ¿y si me toca Froilán?.


Ahí está viendo pasar el tiempo la Puerta de Alcalá

 


lunes, 16 de marzo de 2026

Noveleros del mundo, uníos


Muchos de ustedes me han felicitado a veces por la variedad de temas que han salido a lo largo de los casi 18 años que llevo escribiendo todos los lunes. Y es verdad (en los 872 escritos hemos hablado hasta de las sillas de formica), aunque es una forma muy fina de decirme que qué rollo tengo, que es lo que me dice mi marido. Pero es que la vida, si nos fijamos un poquito, es así de entretenida y nos pone los temas en bandeja. Y si no, miren en la imagen inicial lo que me encontré esta semana en la pared de la calle principal de mi pueblo: un cartel con todas las fiestas locales en Tenerife durante 2026.

Mira que somos noveleros, nos gusta más un festejo que comer. Porque hay pueblos (Buenavista, El Tanque, Guía de Isora, Los Realejos, Los Silos, Puerto de la Cruz, San Juan de la Rambla, Santiago del Teide, Tegueste, Vilaflor) que no se conforman con una fiesta local, no: ¡tienen dos!. Y cada fiesta dura, como poco, una semana (y, a veces, como mucho, un mes). Y ahí no están apuntadas las fiestas de los barrios, que son varias. Por ejemplo, en mi pueblo están las de El Socorro, las de El Pico, las de El Portezuelo... que también tienen, como corresponde, sus ventorrillos, sus banderas, sus fuegos artificiales y sus verbenas. En las de El Socorro, a finales de septiembre, se pasea, además, por todo el pueblo durante una semana el cuadro antiguo de la Virgen que preside el altar de la iglesia y se va parando por las casas donde se la agasaja. Oh, hay hasta una casa donde, entre guirnaldas y banderines, ponen siempre para recibirla un cartel donde dice: "Virgencita del Socorro, ya llegaste a El Calvario, aquí te estamos esperando, cenando en casa de Yayo". Igual es para invitarla a unos vinos, todo puede ser.

Tampoco en el cartel de esta semana se cuentan otras fiestas de bailes y cuchipandas, como los Carnavales o las Romerías o las navidades, porque, si las contáramos, correríamos el riesgo de que los de fuera nos preguntaran: "Pero ustedes ¿cuándo trabajan?".

Recuerdo historias que corroboran este carácter lúdico del hombre, estas ganas de una fiesta por encima de todo: mi padre de joven yendo con sus amigos caminando desde La Laguna a Taganana (casi incomunicado en aquel entonces), durmiendo en pajares unas noches, para no perderse las verbenas; las hijas pequeñas de una amiga a las que una chiquita que las cuidaba  y que era de Roque Negro, el pago perdido en las Montañas de Anaga, les pintaba la semana de las fiestas con tales colores, como si fuera el baile de la Ópera, que ellas no pararon hasta que su madre tuvo que llevarlas a ver esa maravilla; el sobrino inglés de una amiga de mi madre que ella nos traspasó a mi amiga Cae y a mí para que lo paseáramos y lo llevamos a una verbena en Bajamar, y se quedó tan emocionado (no había visto nada igual en Inglaterra) que, cuando su tía le preguntaba qué quería ver, si el Teide o las playas del sur, él pedía: "Vegvena, pog favog"; y una historia que leí hace tiempo de un pueblito mejicano que preparaba una boda y llegaron las tropas francesas, que estaban hambrientas, y en lugar de pedir, decidieron comerse todos los alimentos que las familias llevaban tiempo guardando para la boda. Entonces todos se organizaron, rodearon el batallón de franceses y los pasaron a cuchillo a todos. La historia, probablemente falsa, terminaba con un lema, probablemente verdadero: no hay comunidad más fuerte que la que defiende su derecho a bailar.

En estos tiempos en que suenan tambores de guerra y en muchos sitios se encienden los cielos con luces destructivas, prefiero mil veces las músicas de las verbenas y la luz en la noche de los fuegos artificiales que brillan sobre los noveleros de este mundo. Y doy la bienvenida a ese cartel de mi pueblo que recuerda nuestro derecho a bailar y a ser felices.


lunes, 9 de marzo de 2026

Del Teide, la tea y un arcón antiguo que ya no lo es


Las carreteras más bonitas de mi isla son las que suben a Las Cañadas y al Teide: la Dorsal desde La Laguna por La Esperanza, la de Aguamansa desde La Orotava y las de Vilaflor y los montes de Chío. Todas serpentean hasta la cumbre entre el verdor exuberante de los pinos, el negro de la tierra volcánica y las vistas espectaculares a las islas vecinas, siempre vigiladas por "la rotunda poesía del padre Teide nevado", que diría Braulio en su canción Tenerife.

De esos pinos canarios se extraía la tea, el corazón del pino, la madera oscura y resistente (no hay carcoma que la pique) que sustentaba el entramado de la mayoría de las casas canarias en los siglos pasados. De tea se han hecho hasta puentes, como los construidos en Garafía en los años 50, testigos de la enorme fortaleza de la madera, que permitió el paso de guaguas y camiones. En Garafía, ese pueblito palmero perdido durante tiempos (allí pasó mi padre la guerra y nos contaba que la comunicación era sobre todo por mar) probé también por primera vez un vino de tea, guardado en barricas de esa madera, que tenía un gusto fuerte y amargo. Y de tea son también los techos, el suelo, el balcón y el lagar de la casa de los abuelos de mi marido en El Tanque, en el norte de Tenerife. 

En el vestíbulo, una habitación grande a la que dan las habitaciones, había un arcón enorme, también de tea, de unos 4 metros de largo, muy raro en Canarias. Según un amigo antropólogo, solo había visto otro igual en Lanzarote. Al de aquí la abuela lo llamaba "la cebadera" porque "cebaba" a los niños, que buscaban en él almendras, higos pasados, granos y otras exquisiteces que se guardaban en el fondo.

Contra esa maravilla, uno de los parientes cometió el pecado de romperlo para hacerse con la madera una mesa de carpintería, mesa que nunca existió.  Y hoy la madera de ese arcón, casi único en Canarias, es el portón de entrada de mi casa. Ahí está, oscuro, brillante y elegante, como tiene que ser. No guarda golosinas para los niños pero guardar la entrada de una casa también es un papel digno para una madera antigua, parece decir.

La palabra madera viene de materia y esta de mater, que para los romanos no solo significaba madre, sino también la cualidad de lo material, el origen, la materia prima. La madera es la materia con la que se hacen las cosas. Y dura, vaya que sí dura. Aunque se recicle y tenga otro fin distinto al que se pensó. En el fondo, como decía Heráclito, todo cambia y nada permanece inmutable para siempre. Ni siquiera un arcón de tea de más de 100 años. Ni siquiera el Teide gigante, que (siguiendo con la canción de Braulio) estos días está moviendo más de la cuenta "sus perfiles airados", haciéndonos saber que, aunque no lo parezca, está vivo y activo, gobernando sobre el monte verde que respira a sus pies. 

lunes, 2 de marzo de 2026

Mujeres con tanchel


Hay personas que, cuando se jubilan, hacen borrón y cuenta nueva y no quieren saber más de su trabajo ni de sus compañeros de curro y no los ven ni aunque les ofrecieran las joyas de la corona. Y hay otros, como yo por ejemplo, para los que es un evento muy agradable reunirse a hablar, a reír y a disfrutar con aquellos que fueron nuestros colegas durante bastantes años de nuestra vida.

Las profes de mi instituto, el Canarias Cabrera Pinto de la Laguna, el primer instituto que hubo en Canarias, ya nos reuníamos antes de jubilarnos y lo hemos seguido haciendo después dos veces al año. La semana pasada tocó, como en años anteriores, encontrarnos en el Casino en torno a un buen puchero, que pegaba porque el día estaba lagunero. Y fue como en los recreos de entonces, cuando salíamos desaladas de las clases a ese descanso de media mañana en el  que recargábamos pilas, un rato estupendo en el que no hablamos de trabajos, sino de todo lo demás: la familia, los viajes, una receta de cocina por allí, el comentario de un libro por allá... La vida. El Casino, además, nuestro sancta sanctorum, se presta para ello, tan luminoso y tranquilo. Además, nos reímos porque (como se ve en la imagen inicial, si la amplían) teníamos al obispo comiendo al lado y todas felicitamos a las organizadoras por haber tenido el detalle de tener cerca a quien pudiera bendecir la mesa (si tal cosa hubiera hecho falta).

Javier Marías hace unos años publicó un artículo en el que hablaba de las mujeres como el elemento civilizatorio, las que han hecho la vida más amable. Contaba que iba por la calle y a la salida de una chocolatería oyó a tres señoras de mediana edad (como nosotras, ejem), que se reían con ganas y una de ellas dijo: "¡Qué bien estamos las mujeres!"; otra contestó rápida: "Ay, y que lo digas". Y la tercera apostilló: " Y nos lo pasamos genial". A Marías le encantó verlas y pensó que sería difícil escuchar esos comentarios en boca de un hombre y alabó la suerte, la enorme suerte de disfrutar con las amigas.

Lo recordé cuando nosotras salíamos de la comida. Habíamos hablado de los achaques, claro, pero íbamos tan contentas comentando lo bien que lo habíamos pasado como aquellas tres mujeres que él escuchó. Y también una de las nuestras dijo: "Pero estamos estupendas". Entonces yo comenté: "Y como decía mi abuela, tenemos tanchel". Nadie conocía esa palabra y con razón, porque yo no se la he oído a nadie sino a ella, a mi abuela Mamá Lola que murió hace ya 53 años. Les expliqué que tanchel  significaba seso, cabeza, y que ella lo empleaba muchas veces en sentido negativo: "Esa chica no tiene tanchel", como diciendo que no piensa, que tiene menos seso que un mosquito.

Como mis amigas y yo fuimos todas profesoras (y con tanchel), al día siguiente en el chat común, ya habíamos hecho los deberes. Una encontró la palabra en el Léxico de El Paso como "lo que tiene la persona que obra con fundamento, seriedad o consistencia". Otra lo encontró en el Diccionario de canarismos como "cada una de las tablas que forman el témpano del tonel". Otra encontró Tanchel como apellido. Yo lo hallé en el Tesoro lexicográfico del español de Canarias como indigenismo hispánico reseñado por Don Juan Régulo en La Palma (de donde era mi abuela) como juicio o seso... Al final, nos gustó tanto la palabra que cambiamos el nombre de nuestro chat Cosas de mujeres, que era más sosito, por Mujeres Tanchel. 

El cambio me encantó por un montón de razones. Particularmente, porque la palabra me trajo también la voz de mi abuela Lola con su fino sentido del humor. Pero también porque el nombre del chat se vuelve más original (seguro que no hay otro igual) y porque es al mismo tiempo una forma de resucitar y volver a dar vida a una palabra antigua que merece vivir. Tanchel es una palabra redonda, con personalidad, una de esas palabras expectantes de las que hablaba en un poema Ida Vitale: airosa, aérea, aireada, ariadna.

Y también les gustó a todas. Una de las compañeras hasta hizo un cuento, muy inspirado, que tituló El rescate de Tanchel, e incluso un poema que dice así: " Ni modelos de revista, / ni cuerpos de mujer diez, / aquí lo que hay es ingenio, / alegría y sensatez. / ¡Un brindis por este grupo / de mujeres con tanchel!".

Al final, quien puso la guinda fue Antoñita, una de las organizadoras: "¡¿Qué le pondrán a los pucheros en el casino que aviva la creatividad de las mujeres del grupo?!".




lunes, 23 de febrero de 2026

Hombres buenos


Lo crean o no, en este mundo tan lleno de ruido y furia, hay muchos hombres buenos. Mi padre era un hombre bueno y también lo son mi marido, mi hijo, mi nieto, mi hermano y muchos de mis amigos y familiares. Y con bueno quiero decir una persona decente, respetuosa, con ideas propias pero que no necesita imponer a los demás, generoso, empático, incapaz de hacer daño al otro. Y ya sé que la bondad no está de moda, probablemente desde que Nietzsche definió al buen hombre, frente al superhombre, como alguien dócil, inofensivo, predecible y fácil de engañar. Pero en el fondo sabemos que no es así y que la bondad sigue siendo la virtud más alta.

Y esto es algo que hay que hacer constar de vez en cuando porque es verdad que hay gente que disfruta haciendo putaditas al prójimo, a la que le importan tres pepinos los demás, que solo mira en su provecho, que gritan mucho para tener razón (y por eso parece que son más), que engañan y disfrazan la realidad para conquistar poder, que viven con ira... Y total, ¿para qué?

Hace muy poco mi amiga Ligia me mandó desde Miami una reflexión que me gustó (y qué maravilla es que este mundo se haya empequeñecido para estar solo a un click de distancia y poder hablar y compartir ideas, como cuando estábamos en el colegio). El texto (siento no saber el autor) partía de una verdad evidente: dentro de 50 años ninguno de nosotros estará aquí. "Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado con el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes". Y concluía con lo inútil que resulta entonces vivir compitiendo, envidiando, pasándolo mal y haciendo sufrir a los demás.

Nosotros y los que nos rodean en este instante que compartimos somos viajeros ocasionales. Y es un lujo que los que nos acompañan en este viaje sean hombres buenos, aquellos que, como en la novela de Harper Lee, se pregunten cómo puede haber alguien capaz de matar un ruiseñor. Son los hombres justos de los que hablaba Borges, los que cultivan jardines, acarician un animal dormido, o agradecen que en la Tierra haya música. Frente a Nietzsche y su superhombre, "esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo". 

Y yo, particularmente, me siento afortunada y llena de gratitud por haber compartido una parte del camino con ellos, los hombres buenos, la gente con luz. 

lunes, 16 de febrero de 2026

Pensando bajo la lluvia


El miércoles leí en las redes que los meteorólogos, tal como si anunciaran las rebajas, ponían fecha ya al fin de las lluvias en España. Que sí, que todavía habría frentes, precipitaciones irregulares, rachas de viento destacables, borrascas con curiosos nombres, nieve en muchos sitios..., pero que ya, por fin, se ve que algo va a cambiar y que, al final del túnel, nos espera una temporada de sol y mariposas. Qué bien se guardan las espaldas los muy ladinos...

Porque ¡mira que ha llovido!. Todos los que tenemos una cierta edad hemos comentado (igualito que todos los años) que nunca había llovido tanto y tantos días seguidos, y que está bien que la naturaleza y los dioses hayan hecho caso tan generosamente a nuestras rogativas, pero que podían hacerlo con más moderación, que siempre se pasan, no hay más que ver el Diluvio. También es verdad que, gracias a ello, hasta los de Lanzarote han mandado fotos a todo el orbe mostrando campos llenos de flores, cosa nunca vista allí. E incluso los montes del sur de nuestra isla, siempre marrones y resequidos, lucen un verde lustroso que da gusto verlos.

Para celebrarlo, también me mandan unas viñetas -que me encantan- de filósofos bajo la lluvia. Los escépticos, aquellos que hicieron de la duda su centro de atención, se preguntan, mientras se enchumban: "¿Realmente llueve?". Los peripatéticos, los que, como Aristóteles, propagaban sabiduría paseando por los jardines del Liceo (peripatetikós significa "que pasea"), caminan y caminan sin parar bajo la lluvia buscando soportales. Los cínicos que predican la austeridad, como Diógenes, que vivía en un barril y tiró su vaso cuando vio que un niño podía beber con la mano, se mofan de los demás: "Solo los tontos necesitan paraguas". Los eclécticos, que seleccionaban lo mejor y más útil de cada doctrina para hacer la suya propia (Cicerón, por ejemplo), ante la lluvia están abiertos incluso a la idea de sombrero. Los estoicos, que decían tan serios aquello de "si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido", proclaman -efectivamente, impávidos- que hay que aceptar el clima, vamos, anda. Y los epicúreos, que abrazan el placer como principio, como Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia, gritan contentos chapoteando: "¡Yuhuu! ¡¡Charcos!!".

¿Qué podemos concluir? Todo, las lluvias, los campos floridos, las cumbres verdes, los mayores y sus comentarios y el hecho de que hasta los filósofos, tan encerrados siempre en sus aulas y bibliotecas, se hayan atrevido a triscar y a mojarse bajo la lluvia, todo eso habla de la realidad que nos ha acompañado estos meses, de las distintas apreciaciones que ha tenido (¡Bendita lluvia! ¡Cochina lluvia!) y de que, como predicen los meteorólogos, ya es hora de despedirla como a una de esas visitas que duran demasiado.

Este domingo, cuando salí al patio, había cielo azul y el jazmín había florecido. Y como un eco, me llegó desde lejos la voz de Machado: "Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida , / otro milagro de la primavera".




lunes, 9 de febrero de 2026

Si volvieras a nacer...



El jueves pasado, cuando estaba esperando el final de Pasapalabra (el mayor bote de la historia del programa, ya saben), vi un poco de El Hormiguero y oí a Pablo Motos que preguntaba a sus invitados si querrían ser otra cosa si volvieran a nacer. Como no veo este programa, no sé si es algo que suelen preguntar, pero últimamente me encuentro con ese interrogante a menudo. Lo hacen siempre, por ejemplo, en el Babelia de El País al final de las entrevistas que figuran bajo el título de "En pocas palabras".

La pregunta es más profunda de lo que parece. Apela a los yoes ex-futuros de los que hablaba Unamuno, los caminos que se nos cierran cuando elegimos uno y no otro, lo que pudimos ser y no fuimos. Puede también conducirnos al tema de la libertad de elección, incluso al de las segundas oportunidades. De "¿por qué demonios elegí esto y no aquello?" y de "¿estoy a tiempo de cambiar de vida?". Habla de "lo que hemos elegido ser, pero...".

Las respuestas me llaman la atención precisamente por eso. Hay algunas hechas con humor y ligereza, pero hay otras muy serias, como si el entrevistado se hubiera dado cuenta en ese momento de que hay varias posibilidades en el camino de la construcción de nuestro yo.

Hay personas que desde pequeños ya saben, los muy suertudos, a lo que dedicarán su vida, como mi nieta mayor que desde casi la cuna emborronaba cuadernos con sus versiones de lo que veía, enfilada ya a lo que es ahora, una graduada en Bellas Artes que explora el mundo desde un punto de vista muy personal. Y otros que van eligiendo su futuro sobre la marcha, por los motivos más diversos, como uno que oí una vez por la radio y que contaba que había hecho Veterinaria porque, cuando iba a matricularse de otra cosa, se encontró con un amigo que le dijo que en el bar de Veterinaria hacían unos bocatas de tortilla que te podías morir. La vocación es la vocación.

Así que sí, hay respuestas para todos los tipos. En las de El Hormiguero Tamara Falcó dijo que a ella le hubiera gustado ser escritora de guías de viaje porque así viajaría y conocería sitios nuevos todo el tiempo. Tiene sentido, oye. En Babelia, a un escritor le hubiera gustado ser médico para poder decir "yo" cuando en un avión preguntan si hay un doctor a bordo. Una actriz querría haber sido percebeira, pescadora de percebes, y un bailarín, si no hubiera podido dedicarse a la danza, verdulero. Yo tengo una amiga, catedrática, que no le hubiera importado ser peluquera (se le da bien, la verdad). El alma humana es insondable.

Yo, si volviera a nacer y tuviera que elegir, sabiendo lo que ya sé y lo que he disfrutado en la vida con mi trabajo, volvería a ser profe de filosofia. Es una profesión preciosa en el que cada año es distinto, no hay un día igual a otro y se aprende mucho. Eso sí, a lo mejor, por pedir, si volviera a nacer, pediría a la naturaleza que me concediera tener tan buen oído para la música como toda mi familia (ya está bien de ser la única que desafina).

Pero no volveremos a nacer, así que mejor nos conformamos con lo que tenemos y estudiamos bien nuestras elecciones para que, como en Se vive solamente una vez, una de mis canciones favoritas, podamos cantar a grito pelado (eso sí, desafinando yo) lo de "No quiero arrepentirme después de lo que pudo haber sido y no fue..."

lunes, 2 de febrero de 2026

La pócima secreta



Aunque el tono principal de este blog que empecé hace ya cerca de 18 años (866 post con este) es el optimismo y el destacar precisamente las cosas buenas que tiene la vida, como decía aquella canción de "oye, mira hacia arriba",  mentiría, a ustedes y a mí misma, si dijera que no hay momentos de bajona, de arrugar el entrecejo, de pena e incluso de impotencia ante lo que se ha llamado "embates de la vida" y que los humanos llamamos con otro nombre más sonoro y contundente. Ante eso, solo cabe poner al mal tiempo buena cara (los refranes, siempre tan sabios) y buscar algo que contrarreste la amargura, para que no parezcamos la Virgen de los Dolores. Una pócima secreta que devuelva el ánimo y las ganas de vivir.

En busca de ella he encontrado los siguientes ingredientes:

El primero, leer. Pero no sesudos tratados de filosofía que ya he leído bastantes, ni novelas que destaquen la miseria humana, sino algo ligero, de humor y risas, de cosas absurdas o imaginarias: una hamburguesa literaria, como dice mi hija, y con la que coincido totalmente. Como la serie de libros de fantasía de Rachel Morgan, El legado de La Hoja Encantada, que acabo de descubrir. Una ya sabe el final desde el principio, pero eso no importa. Por ejemplo, en el segundo, Pactos y mentiras,  un enemies to lovers, como se dice ahora, en toda regla, ella lo chantajea a él y lo hace pasar por su novio aunque se detestan. ¿Cómo no soltar la carcajada cuando él, en venganza, le regala ramos de flores que se multiplican y casi la sepultan, o en público la llama, ante el enfado de ella, con nombres ridículos como "mi resplandeciente achuchoncito", "mi preciosa gotita de savia" o "mi deslumbrante mora de los pantanos"? Ante eso empalidece, qué sosos, lo que oímos por ahí, eso de cari, mi amor o mi vida.

El segundo, ver o volver a ver series divertidas que no dejen demasiado poso en la mente. Friends es de mis preferidas y las aventuras y desventuras, las manías y tonterías de 6 amigos, que hace casi 30 años nos entretuvieron, siguen haciéndolo y hay noches que vuelvo a ver a Mónica con los pelos engrifados por la humedad de las Barbados, a Phoebe haciéndose pasar por sueca y diciendo que se llama Ikea o a Chandler con su humor e ironía. Ahora ponen la 4ª temporada de Los Bridgerton y mi hija, mi nieta y yo nos ponemos de acuerdo por chat para verla y criticarla (y para morirme de envidia ante las glicinias de la Casa Bridgerton porque la mía no ha crecido más de medio metro). Y está pendiente ver Poquita fe, otra serie de la que me han hablado bien. El caso es desconectar, pasar ratos sin pensar en nada más trascendental que unas risas compartidas.

El tercero es salir con amigos, no quedarse amuermados en casa, saber que puedes contar con ellos. Como mi agenda de esta semana: el domingo, cumpleaños de un amigo en Tegueste; el martes ir con mis hermanos y mis amigos de Viena a un pescadito a La Matanza; el miércoles con las amigas del colegio a una exposición y después a una paella; el jueves, probable salida con los amigos de siempre; el viernes, merienda-cena en casa de otra amiga... El fin de semana, como Dios, descansar. Tengo un amigo que ante ese panorama, siempre me dice: "Me das una lástima con esa vida tan terrible que llevas...". Yo le contesto: "Hasta yo me doy pena de mí misma". Y aunque no todas las semanas son como esta, sí es verdad que procuro no perder los nexos, el sentir cercanos a los míos, de los que valoro el apoyo, la amistad y el cariño.

Y precisamente un cuarto ingrediente de esta pócima es el wasap. ¿Quién nos lo hubiera dicho cuando de jóvenes no teníamos ese medio tan maravilloso de comunicación, cuando a veces, desesperados por hablar con alguien (pareja, amigos...) en otra ciudad, teníamos que esperar días para hacerlo porque las conferencias eran caras, o no teníamos teléfono, o no coincidíamos? Y ahora, a un click, comentamos,  felicitamos, consolamos, contamos chistes, quedamos, nos comunicamos...

Seguro que ustedes encuentran más ingredientes. Yo he mezclado todo eso -las risas, el desconecte, el humor, la amistad, el amor, el consuelo...- y he ahí el remedio. Parece que las nubes se levantan y los pajaritos cantan. Ayer en Tegueste, tras días nublados, hubo este atardecer precioso, captado por mi amiga Nina. Después de todo y a pesar de todo, la vida es bella.

lunes, 26 de enero de 2026

La siesta por devoción



Los españoles podemos presumir de haberle dado al mundo inventos tan útiles como la fregona, el submarino, la minipimer, el toallero de barra larga, el primer ebook, la navaja... Pero hay una cosa que muchos creen que fue invento español (tal vez persuadidos de ello por el entusiasmo con el que se aceptó y arraigó) y no lo fue: la siesta. 

La inventaron, cómo no, los romanos, que eran más listos que el hambre. La palabra misma viene de la hora sexta, que coincidía con el mediodía, ese momento en que uno para del trabajo y hace calor y el cuerpo dice que ya está bien y que no hay nada como echarse un ratito en la cama mientras leemos un libro que de repente se te cae de las manos, abierto sobre el pecho; o como ponerte en el sillón viendo los documentales de la 2, mientras te quedas traspuesto; o como en el verano tumbarse en una hamaca bajo una higuera con el airito musitando entre las ramas...

La siesta es el complemento de una sobremesa perfecta (café, copa, puro y siesta), una realidad asumida y  gozada por millones de españoles. Ahora ya no se ve tanto, pero en los pueblos en los que viví en mi niñez (Granadilla, Los Realejos, Los Sauces...) a las 2, 3 o 4 de la tarde, si te asomabas a la calle, no se veía ni un alma. Mi padre toda la vida se pegaba la gran siesta como un señor, hasta con la camisa del pijama puesta. Y tengo una amiga que, cuando hacemos una comida en casa de alguna otra, después del café desaparece discretamente y se tumba en un sillón del salón con la cara tapada durante una media horita hasta recargar pilas.

Durante mucho tiempo, los extranjeros (esos envidiosos) decían que era una síntoma de nuestro carácter perezoso e indolente. Y no, señor. Ahora sabemos que la siesta nos mueve las neuronas y enciende la creatividad. De una siesta al lado de una estufa salió El discurso del método de Descartes; Kekulé, tras una cabezada junto a la chimenea, imaginó una serpiente que se muerde la cola y descubrió el benceno como molécula circular; Dalí defendía el momento fronterizo en el que después de un rato traspuesto ("dejarse invadir por un sentido del sereno sueño vespertino", decía él), volvías al mundo real y ahí saltaba la creatividad e imaginabas hasta relojes derritiéndose... Y en el mundo de la imaginación, una siesta llevó a Alicia a internarse en un mundo de maravillas y hasta un fauno tuvo una siesta envuelta en música.

La neurociencia ha demostrado que sestear es saludable, que nos levantamos como una rosa y eso es bueno para la persona y la comunidad. Y claro, a lo mejor por eso empresas de China, Japón y EEUU han caído en la cuenta de lo que nosotros llevamos siglos practicando (y que a lo mejor por eso somos tan listos) y han comenzado a imponer la siesta energética a sus empleados para hacerlos más eficientes y productivos. En Huawei, todos los trabajadores duermen la siesta de 1 a 2 de la tarde, los de Nextbeat Co. en Japón duermen 30 minutos en habitaciones insonorizadas, los empleados de Google en Nueva York lo hacen el tiempo que quieran en una estructura-cama con cortinas: la siesta impuesta como un signo más del capitalismo. La pela es la pela.

Y tampoco es eso, oye. Esa siesta no es una siesta como es debido, es más bien de morondanga. La siesta siesta, la de verdad, es como la define Miguel Ángel Hernández en su ensayo El don de la siesta: la siesta de baba y barriga colgandera, la del sudor y el ventilador, la siesta como parada y freno. Pero sobre todo, como decisión propia, como tiempo perdido, como un acto sin más fin que el placer. La siesta no por obligación sino por devoción. Esa es la siesta que creo yo que nos merecemos. A disfrutarla.


lunes, 19 de enero de 2026

La lista negra


Hay muchas cosas que no me gustan en este mundo y que tengo en la lista negra: la mantequilla, las cucarachas, las novelas de terror, las canciones con metáforas ("Yo soy el colibrí si tú me quieres, mi pasión es el torrente y tú la flor...". Aaaaargh), los mosquitos, los culichiches, los espaguetis, los salvapatrias... Es una larga lista a la que ahora añado otro nombre: la adaptación al cine de una novela que me guste y que no respete más o menos cómo era. Me ha pasado esta semana con la miniserie de 3 capítulos basada en la novela de Agatha Christie, "El misterio de las siete esferas".

Ya les he contado que soy fan de Agatha; que tengo todas sus novelas y sus libros autobiográficos, Ven y dime cómo vives y su deliciosa Autobiografía; que, cuando estudiaba la especialidad en Madrid, cada vez que terminaba un examen, cogía la guagua desde la Ciudad Universitaria hasta la Gran Vía y me compraba una de sus novelas en La Casa del Libro. Me la leía esa misma tarde y ellas me ayudaban a despejar la mente y olvidarme un rato del ente en cuanto ente y hasta del imperativo categórico. Le debo mucho a la gran señora del crimen.

Me encantaban las novelas de sus años jóvenes no protagonizadas por Poirot o Miss Marple, sino por otros personajes como ella, con una ligereza y sentido del humor que cautivaban: la pareja Tommy y Tuppence (Matrimonio de sabuesos), Anne Beddingfeld (El hombre del traje color castaño) o Bundle Brent (El misterio de las siete esferas). Por eso, cuando hace un tiempo anunciaron una adaptación de esta última que se estrenaría el 15 de enero en las redes, me lo apunté en la agenda para verla ese mismo día. Y como un reloj, el 15 me apoltroné en el sillón, mantita incluida, para pegarme las 3 horas que duraba.

No me gustó nada. Esta no es mi novela que me la han cambiado. Bundle Brent no es la chica alegre y resuelta que imaginé, cosa que no me extraña porque le inventan un hermano al que mataron en la guerra,  y a su padre, Lord Caterham, que en la novela es un despreocupado aristócrata muy aficionado al golf, que me recordaba a alguno de los personajes cómicos de P.G. Wodehouse, en el vídeo es un agente al que matan nada más empezar; su final feliz en la novela, en el que encuentra el amor en uno de sus amigos, también lo cambian porque aquí le gusta otro al que también matan de entrada (así está la pobre con cara de angustia todo el tiempo); la historia, ambientada en Inglaterra en los años 20, en la tele empieza en la plaza de toros de Ronda, que no pega nada (¿Ronda?, me dije ¿Me habré equivocado de película?); la emocionante escena final cuando ella descubre el Club secreto de las Siete Esferas, 7 personas con la cara tapada que una a una le revelan quiénes son, nos la birlan porque solo se quita la careta uno y a los demás no los conocemos; hasta cambian la autoría inicial de poner los 7 relojes en el cuarto del difunto... Pero lo peor de lo peor para ser una novela policiaca es que la persona responsable final de los asesinatos es alguien que ni siquiera aparece ni existe en la novela original y el móvil también es distinto.

¿No les parece que es para enfadarse?  Es como si en una película , en vez de Jack el Destripador pusieran como responsable de sus crímenes a la Madre Teresa de Calcuta, como cambiar a Caín por Perico de los Palotes, como cambiar a Judas por San Martín de Porres. ¿Les ha pasado alguna vez con la versión en cine de una novela que les haya gustado?

Supongo que la gente que comenta en las redes que le ha gustado la serie no ha leído la novela. Los realizadores dicen que querían innovar y hacer una versión más moderna, adaptada a nuestros tiempos. Pero yo me siento estafada y, si Agatha Christie levantara la cabeza, le daría un patatús al ver lo que han hecho con su criatura. Así que ¡hala! ¡A la lista negra!

lunes, 12 de enero de 2026

El dios de los umbrales



Este fin de semana he recogido las "navidades": el árbol, el nacimiento, los centros de mesa, los machanguitos navideños que una va soltando por todos lados, las coronas de las puertas y todas esas fruslerías que alegran la casa en este tiempo tan frío. Es un trabajazo, no crean. Y siempre, siempre se queda algo por detrás (esta vez fueron unos posavasos con ramas de muérdago) que hay que colocar otra vez en las tronjas, venga a sacar otra vez la escalera. Y después la casa se queda como un poco más vacía ¿no?. Por eso, no me extraña que haya quien deje los adornos y el árbol y toda la parafernalia hasta Semana Santa. Incluso, me contaba una amiga profesora, hay casas, como la de un alumno suyo, en la que la dejan todo el año, ahí con lucecitas y todo, sin cansarse.

Pero para mí lo especial que tiene la Navidad, aquello que la hace mágica para mucha gente, es que es una vez al año y se termina, es algo pasajero, que se repetirá, sí, pero que también siempre incorpora algo nuevo: esta vez, por ejemplo, bolas nuevas traídas de viajes, como el reno que me trajo mi nieto de Laponia o la bola con nieve y un autobús de 2 pisos de un viaje a Londres, o el corcho con las acuarelitas con las que mi hermana me felicita cada año y que siempre es distinto... Cada Navidad es distinta y no me veo contemplando todo el año lo mismo. ¡Y qué gusto da de pronto sentir espacios, no ver tanta servilleta adornada con campanas ni tanta vela roja! Es la hora de cerrar la puerta a todo eso y abrir la del tiempo por venir, el tiempo normal, el de las dietas, la fruta y las verduras, sin el añadido del turrón y el mazapán.

Por algo enero es el mes de Jano, una deidad primigenia de la Roma original, de quien toma su nombre, derivado de janeiro, el january inglés. Su nombre nos cuenta su historia porque viene de una antigua palabra indoeuropea que significa "puerta". Y es que Jano es el dios de las puertas y los umbrales que se abren y cierran, el de los comienzos y los finales capturando así la naturaleza circular del tiempo, el de las transiciones. Se le representa siempre con dos caras (bifronte lo llaman), una anciana mirando al pasado sellándolo y otra joven al futuro dando la bienvenida a lo nuevo. Todo final es también un comienzo.

Atrás se quedan las tronjas y armarios donde se guardan los brillos de las fiestas pasadas y, tras cruzar el umbral del nuevo año, tal como quería el dios, hay 365 días (bueno, menos 12 cuando esto escribo) nuevecitos y a estrenar y a llenar de lo que nos parezca mejor: nuevos proyectos, nuevos viajes, nuevos descubrimientos, nuevas conversaciones... Como si queremos ir comprando ya nuevos gorros de Papá Noel, porque, como hubiera dicho mi amigo Juancho, la próxima Navidad está ahí mismo.

lunes, 5 de enero de 2026

Momento mágico


Si hay un momento único y especial en medio de toda la bulla de las navidades es la primera mañana del año nuevo. Independiente de la hora en que una se acueste en nochevieja, la mañana del día 1 de enero es para despertar no muy tarde porque, después de desayunar, toca sentarse en el sillón, en pijama y zapatillas, los pies estirados, la mente en paz y ¡a ver el concierto de año nuevo de Viena!

Este año había, además, en el ambiente una quietud inesperada a la que acompañaba, fuera, una lluvia serenita. Y la energía y agilidad de la música, de la mano de un Maestro insuperable, el director canadienseYannick Nézet-Séguin, que se saltó alegremente el protocolo de ediciones anteriores, fue un contraste tan poderoso que me emocionó. Era imposible no hacerlo ante su expresividad y entusiasmo. Nos regaló ratos tan divertidos como la polka del Galope del ferrocarril de vapor de Copenhague de Hans Christian Lumbye, que acompañó con gorras, señales y silbatos, o la Marcha Radetsky, en la que se metió él a aplaudir entre el público. Fue una de esas raras ocasiones en las que se sintió una comunicación total entre la orquesta y un público que aplaudía, reía, se levantaba y se volcaba en los aplausos (yo también lo hacía). Fue un momento mágico.

Fue mágico también visitar Viena, una de mis ciudades preferidas del mundo, y volver a estar, llevada por las polkas y valses que allí nacieron, en sus calles, en el Albertina, en los viejos cafés, a la orilla del Danubio, en la catedral de San Esteban, en los detalles de sus aristocráticas casas, en el Hofburn... Hasta la tarta Sacher, que apareció de refilón, me llenó de nostalgia. Y, por supuesto, la Sala Dorada de la Musikverein, con sus más de 30.000 flores, con Apolo, las cariátides y las musas, que cada año nos convocan para comprobar que la música sigue siendo la lluvia que nos limpia por dentro.

Y fue mágico compartir toda esa maravilla con los míos. Esa mañana del año recién estrenado lo estaban oyendo y participando en los chats comunes mi familia aquí y fuera, mis amigos de toda la vida, mis amigos austriacos, Suzana y Walter, en la propia Viena, orgullosos de su música y de su ciudad... Y también fue mágico pensar que ese sentimiento de plenitud, de paz y sosiego se extendía por el mundo entero porque en ese mismo momento estábamos viendo el concierto unas 50 millones de personas en más de 90 países, unidos todos por el poder y la belleza de la música.

Y sin embargo, tres días más tarde el mundo entero, tal vez el mismo número de personas, asistía asombrado a otro espectáculo, el de un presidente que, sin encomendarse a Dios, ni al diablo, ni a su propio congreso, ordenó bombardear otro país y secuestrar a su presidente. Su actuación separó a las personas: unos lo vitorearon, otros lo rechazaron.

¿Qué quieren que les diga? Creo que el mundo necesita desesperadamente esos momentos mágicos que unen, más que los trágicos que separan.

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