Eso de los e-mails es uno de los grandes inventos de la humanidad. Son rápidos, limpios, a veces con fotos hechas en el mismo instante (“está nevando en Madrid, mírame”) y con corrector de ortografía incorporado ¿Qué más se puede pedir? Ninguno de los grandes escritores utópicos, ni Platón, ni Tomás Moro, ni Julio Verne, ni Huxley, pudieron suponer en sus sociedades imaginarias esta conversación global de todos con todos que es Internet.
A mí, desde luego, ni se me pasó por la cabeza esta posibilidad en aquellos
lejanos años 60 y pico en los que tuve al novio lejos y estuvimos cartas van,
cartas vienen durante 2 años (y, aunque una vecina alemana que tengo siempre
dice “amog de lejos es de pendejos”, aquí estamos 45 años después). Pero era un
rollo. Una discusión, que en un e-mail se salda en un pispás, por carta duraba
dos semanas en lo que venían las respuestas y contrarrespuestas, avivando los
rescoldos.
Además, el correo estaba, y está, sujeto a tantos avatares… Como, por
ejemplo, que el cartero tenga un punto (o dos) de locura, como aquellos
personajes de los que ya he
hablado. Un cartero de La Palma, al que conocí, si las cartas venían con
fotos, las abría a ver qué tal y, además, se lo decía a los destinatarios: “Oye,
qué vista más bonita te mandaron de La Gomera ¿eh? ¿Y quién era el del disfraz
de oso?”. Y, si no tenía ganas de repartir, ponía las cartas en lo alto del
armario de su cuarto hasta más ver.
O también puede ocurrir que vivas en mi pueblo en el que una vez me fui a
quejar a Correos porque una carta desde Bajamar vino con un retraso de 20 días,
con lo cual no pude ir a una reunión que me interesaba. Me contestaron que este
es un sitio rural y que eso es lo que tardan en llegar las cartas de sitios tan
alejados de mi pueblo como 5 Kms. Ah, se siente, no haber venido a vivir aquí.
También es verdad que hay carteros increíbles, como el que me entregó una vez,
cuando todavía vivía con mis padres, una carta con mi nombre y Santa Cruz de
Tenerife, sin más, tal como si fuera la Reina de Inglaterra.
El caso es que ahora ya todos nos escribimos por e-mail y los únicos
corresponsales cuyas cartas aparecen en nuestro buzón son la Telefónica, los
bancos, y los políticos en las elecciones, que hay que ver lo que nos quieren en
ese momento. Pero, como los humanos somos así, a veces nos sorprendemos echando
de menos las cartas, viéndoles un aire romántico a lo Miguel Strogoff que las
hacen muy atractivas. Ver la letra de quien te escribe es captar un aspecto de
su personalidad que queda oculto en un e-mail. Una letra ancha y grande de
trazos seguros no es lo mismo que una letra pequeñita como pisadas de araña o la
letra picuda y recta que no se desvía jamás. ¿Y la espontaneidad de una carta
con tachones? Maruja Torres habla en uno de sus últimos artículos del borrón de
una lágrima en la carta, cosa impensable en un e-mail.
Y hay que ver también los
sobres, tan personales. Entre las cosas de mi madre encontré estos tres sobres
con matasellos del año 42, enviados por un amigo desde una Escuela Naval y
dibujados a plumilla con motivos marineros en los que incluyó su nombre y su
dirección. Los enmarqué y, como se ve, quedaron preciosos sobre un fondo azul.
Quizás por todo esto no me sorprendió que una amiga (29 añitos) la otra noche
me dijera que le encantaría recibir una carta personal con su sello y todo.
Ganas me dan de mandarle una. Contándole, por ejemplo, todo esto.


