lunes, 19 de marzo de 2018

Receta para ser una estupenda insensata




Mi aforista preferido, Sergio García Clemente, en su libro "Mirar de reojo", tiene una frase que me encanta y que dice así: "Llegar a la vejez con muchas ganas de vivir es una estupenda insensatez".

Hoy cumplo 70 años y, aunque todavía no me lo creo, se supone que esto es llegar a la vejez, lo cual se traduce en que me queda menos vida por delante que la que he dejado atrás. Yo tenía un tío  -la alegría de la huerta- que, a estas edades, cada vez que llegaba a casa decía lúgubremente: "Un día más. Y un día menos". Y sin embargo, a pesar de mi tío, cumplo años hoy con unas enormes ganas de vivir. Para celebrarlo y explicármelo, me he puesto a buscar y a reunir los estupendos ingredientes de la receta que ha hecho que sea tan insensata. Ahí les van:

De fondo y de principal componente pongo el encuentro, en una excursión que la Universidad hizo al Puerto hace 52 años, con la persona que más quiero y que más me quiere, la que me hace el desayuno cada mañana y que, si no fuera por el genio que gasta, le diría. "Santito, ¿dónde te pondré?".

A eso añado un cucharón de una infancia segura y feliz en una casa llena de gente donde todo el mundo opinaba, alegaba y se metía alegremente con el otro sin que temblara Roma. "El sol que brilló sobre mi infancia -decía Camus, y yo con él- me libró de todo resentimiento".

Lo adobo todo con hijos, parejas de hijos y nietos, de muy buena cosecha, que me miman, me resuelven los problemas de la vida moderna y empiezan a mirarme con cierta condescendencia, ¡angelitos!

Le echo un buen chorretón de amistad con mis grupos de amigos, "viejos amigos para conversar", pero también para  compartir los buenos y malos momentos. Cuento con ellos desde siempre y ellos saben que pueden contar conmigo.

Espolvoreo todo con especias extraordinarias: un pizco de familia grande, tolerante y divertida, por aquí; otro pizco de buenas elecciones en el camino de la vida por allá (la docencia de la filosofía, la empatía con miles de alumnos, la vida en el campo con el silencio como acompañante...); otro pizco de aficiones como leer y viajar, por acullá...

Al final culmino con la escritura de este blog que tengo desde hace 10 años (buena añada) y que proporciona un bouquet de nuevos amigos, nuevas reflexiones, nuevos encuentros. 

Revuelvo todo y dejo reposar.

Ahora es el momento de disfrutar la receta, de soplar las velas de una tarta rodeada de los que quiero y de sentirme felizmente insensata ¡Brindo por ello con todos ustedes!

(La imagen inicial es un dibujo de mi nieta Eva de José González)

lunes, 12 de marzo de 2018

Historias de Los Sauces: La historia de Lionor




Esta semana pasada perteneció a las mujeres. Ellas han sido protagonistas de marchas masivas, huelgas y manifestaciones en todo el mundo. A todos los wasaps nos han llegado las fotos y los vídeos; imágenes curiosas como la de "Las meninas" sin mujeres porque se habían ido de huelga (resultaba muy extraño y desangelado ver solo a Velázquez, al hombre de la puerta al fondo y al rey en el espejo); minicuentos como "Había una vez una princesa que se salvó sola. Fin"; un contrato para maestras de 1923 en el que no se podían casar ni ir con hombres, ni salir después de las 8 de la tarde, ni fumar o beber, ni teñirse el pelo, y otras lindezas por el estilo; frases, carteles, chistes..., todos sobre el mismo tema: la deseada igualdad de oportunidades y la misma consideración social para todos los seres humanos, independiente de sexo o condición.

En homenaje a esa larga lucha, hoy quiero hablarles de una mujer, una antepasada mía que vivió en Los Sauces toda su vida, desde que nació en 1775 hasta que murió en 1860, y cuyo testamento -una joya, oigan- me llegó gracias a Marcelo, otro de sus descendientes. Se llamaba Leonor Machín, aunque todos -y ella misma se nombraba así- la conocían por Lionor. Hablo de ella porque, en un tiempo en el que las mujeres pintaban muchísimo menos que ahora, fue poderosa e hizo lo que le dio la gana, a juzgar por lo que se conoce. 

Se casó con José Isidoro Herrera que no aportó nada al matrimonio, pero ella, la Lionor -detalla en su testamento-, heredó 13 propiedades (sus padres eran una familia rica de la costa de Los Sauces) y, durante el matrimonio, ampliaron sus bienes hasta tener 40 propiedades entre tierras y casas. Tuvieron 10 hijos y su testamento es un prodigio de minuciosidad al repartir todo entre ellos. Miren, por ejemplo, un párrafo donde detalla algunas cosas que había regalado a mi retatarabuela Josefa por su boda y cuyo valor reclamó después. Lo transcribo con la ortografía de la época:

"También declaro yo, la Lionor, que le di a la dicha María conosida por Josefa muger de José Conde cuando se casó una caldera de cobre que su valor eran cinco pesos corrientes, unos sarcillos de oro su valor cuatro pesos, un Rosario de asabaches con cruz de oro su balor dos pesos, una cruz de pecho su balor cuatro pesos y cuatro de plata porque era de oro, un telar de sintas su balor tres pesos, un clabo de pecho de oro su balor dos pesos, cuatro sábanas y una colcha, una cucharilla de plata, y es mi voluntad que lo que importan todas esas piesas y el valor que se le dará a las sábanas, colcha y cucharilla se le llebe en cuenta de su legítima. Cúmplase que es mi boluntad.". Impone ¿verdad?

De los 10 hijos dejó mejorados a 4, que heredaron 8000 pesetas de las de entonces, mientras que a los otros 6 les dejó 3000. Estos protestaron y hubo juicios hasta que años después se llegó a la partición de bienes. Se cuenta que a uno de esos juicios, muerto ya su marido, asistió la Lionor disfrazada de hombre porque no dejaban entrar a las mujeres.

Fue enterrada, tal como ella dejó dispuesto, en la capilla de la Virgen de la Iglesia de Montserrat. Fue arbitraria e injusta con sus hijos (vete tú a saber por qué), fue rica y, aunque no sabía escribir, supo hacer siempre su santa boluntad. Exactamente igual que un hombre.

Y digo yo ¿dónde habrán ido a parar los zarcillos de oro, el rosario de azabaches, la cucharilla de plata, las 4 sábanas, la colcha y las demás cosas que le regaló a mi retatarabuela?

(La imagen de inicio es de Los Sauces, arriba a la derecha)

lunes, 5 de marzo de 2018

El arte de insultar




Hace un tiempo recibí una llamada curiosa que me dejó perpleja. Era de un noviete que tuve a los 15 años a quien no había vuelto a ver ni oír desde entonces (y hablamos de más de 50 años). Por lo que se ve, se había enterado de mi número y me llamaba para contarme su vida (de la mía no me preguntó nada). Se había separado de su mujer y, además, se había enfadado con todos sus hermanos (tenía 6 ó 7) por follones de herencia, cosa que pasó a relatarme con pelos y señales durante las 5 ó 6 veces que continuó llamándome.

No recuerdo casi nada de los pormenores que me contó -eran muy aburridos, como suelen ser estas cosas-, pero sí lo que me fascinaron los insultos que prodigaba generosamente a toda su parentela, como si fuera un rey mago repartiendo caramelos. Eran insultos canarios, ya casi desaparecidos entre la juventud de hoy, pero habituales entre la de nuestra época. "El papafrita de mi hermano...", "la muy babieca...", "Es que es un totorota, un pollaboba, un belillo...", "Y me dijo como una guanaja...", "Es que no hacen sino chafalmejadas... ". Tortolín, troncocol, abobancado, tolete, canchanchán, sorullo, machango... salían de su boca como si fuera un diccionario ambulante, recordándome otros tiempos y otras maneras de insultar, menos agresivas y más pintorescas que las de ahora. Y es que da la impresión de que hoy el repertorio se ha limitado solo a unas cuantas palabras malsonantes, relacionadas con la sexualidad (cabrón, hijoputa...) o con la caca-culo-pedo-pis que tanto gusta a mis nietos pequeños (pedorro, bobomierda...).

Lo que sí hay que admitir es que el insulto es una característica universal. En todas las culturas se insulta alegremente al prójimo, aunque algunos insultos son bastante sosos, como en Japón en donde los improperios se relacionan con las verduras (¡Berenjena, que eres una berenjena!)  o cuando entre los judíos se manda a alguien "a molestar chinches". Además, aunque se intentan disimular disfrazándolos o poniendo puntos suspensivos ("vete a la m..."), todo el mundo está bastante bastante enterado de los insultos y sabe perfectamente cuál es la palabrota que se ha omitido. Como decía un personaje de Santa Cruz a quien le gustaba llamar a las cosas por su nombre: "¡No me diga consio, dígame coño!". Somos seres insultones y belicosos. Razón tenía Konrad Lorenz cuando decía que los seres humanos somos agresivos y que esa agresividad es precisamente uno de los motores del progreso.

Y no crean que aplaudo el insulto, Dios me libre. Cuando alguien apoya su discurso en insultos es que no encuentra argumentos racionales que le den la razón. Pero digo yo, si somos así de virulentos ¿por qué no hacerlos más originales? El capitán Haddock en las historias de Tintín domina perfectamente el arte de insultar. No cuesta nada ampliar el catálogo y soltar como él un ¡Cercapiteco! ¡Anacoluto!, ¡Bachibuzuk!, ¡Cataplasma!, ¡Giroscopio!, ¡Jugo de regaliz!, ¡Archipámpano!, ¡Colonquíntido!, ¡Rocambole!... Usar estos o los insultos canarios de mi noviete perdido sería una manera estupenda de dejar descolocado al que recibe la rociada y que este suelte un "¡Huy, lo que me ha dicho", dejándonos tan contentos de ser maestros, demonios, en el arte de insultar.

lunes, 26 de febrero de 2018

La solita




Yo tenía una compañera que se regodeaba en la soledad. La llamábamos "la solita" porque su frase "como soy solita..." le servía de pretexto para viajes y escaqueos varios. Además, empleaba el verbo "ser" y no el "estar", más provisional, como si la soledad formara parte de su esencia. El colmo fue una vez que me dijo que ella comía mucho pan porque "como soy solita...". Todavía me estoy preguntando por la relación entre la ingesta de pan y la soledad.

Pero, independientemente de este caso, sí es verdad que hay en este mundo muchas personas más solas que la una, hasta tal punto que en el Reino Unido se ha creado una Secretaría de Estado para la soledad, algo que dicen que puede ser tan grave para la salud como fumarse 15 cigarrillos al día. Tengo una conocida que hizo una carrera pero que nunca ejerció y se quedó en casa cuidando a sus padres. Ahora sus padres han muerto. No se casó, no tiene hermanos ni amigos. Solo algunos vecinos con los que habla cuando se cruzan por la escalera. No sé cómo se siente pero me lo puedo imaginar.

Las circunstancias y nuestras propias elecciones nos pueden llevar a esta situación. Pero, aunque hay cosas que escapan a nuestro cuidado y no podemos manejar, sí que podemos controlar nuestra reacción ante lo que nos pasa. A esta conocida yo le hablaría de mis amigas, muchas de las cuales viven solas, porque son viudas, o separadas, o solteras. Pero mis amigas se apuntan a un bombardeo si este les surge. Van a natación, a manualidades, a clubs de lectura, a guitarra, a cursos para mayores en la Universidad, a cerámica, a pilates, a academias de idiomas, a caminatas... Hacen viajes siempre que pueden, cuidan nietos, ayudan a personas más desfavorecidas, van a exposiciones y conferencias, al cine y al teatro, oyen conciertos, se manifiestan cuando hay que hacerlo (la última vez, por ejemplo, la semana pasada para protestar por ese espléndido 0,25 % que nos han subido en las pensiones) y, por supuesto, cuentan con amigas con las que se reúnen siempre que pueden. Hay miles de soluciones para desterrar la soledad, algunas tan originales como la que me contaba mi amiga Suzi, sobre el dueño de la casa donde ella vive en Viena, un señor también solo en la vida. Este señor se dedica muchas tardes a visitar casonas antiguas en venta, no para comprarlas , sino solo por el placer de ver un edificio bello y hablar con los dueños de la casa, con los que muchas veces termina tomando el té.

Aristóteles dijo que el hombre es un ser social por naturaleza. No está mal tener ratos de soledad, ser soberanos de nosotros mismos. El refranero español, tan sabio, recoge lo de "Más vale solo que mal acompañado". Pero necesitamos a los demás: hablar, discutir, compartir, contar con ellos. No hacerlo así sería hasta antinatural. Hagamos caso a nuestro ser social para no acabar como la solita y como aquella protagonista (siempre me pareció una guanaja) de una canción que mi madrina me cantaba con mucho sentimiento cuando yo era pequeña:

"A la orilla de un palmar 
yo vi de una joven bella
su boquita de coral, 
sus ojitos, dos estrellas.
Al pasar le pregunté
que quién estaba con ella
y me respondió llorando:
"Sola vivo en el palmar.
Soy huerfanita,
no tengo padre ni madre,
ni un amigo 
que me venga a consolar.
Solita paso los días
a la orilla de un palmar
y solita voy y vengo
como las olas del mar".

. .

lunes, 19 de febrero de 2018

Alta alcurnia




Me encanta cuando mis nietos mayores vienen a quedarse a casa y pasamos, como el lunes pasado por la noche, un rato tranquilo después de cenar: mi nieta mayor con sus dibujos, el de 12 poniendo leña a la chimenea y haciéndole fotos, mi marido poniendo música de jazz de fondo, yo leyendo... Una gozada. Al día siguiente, después de un desayuno tardío, me encantó también quedarnos hablando un rato, sin tener prisa por nada. Entonces fue cuando mi nieta me preguntó si teníamos árboles genealógicos de nuestra familia. "Por supuesto -le dije-, somos descendientes de palmeros y los palmeros son como los hobbits". Les enseñé, para que lo vieran, el prólogo de "El señor de los Anillos" de Tolkien, donde dice: "Todos los Hobbits eran, de cualquier modo, gente aficionada a los clanes, y llevaban cuidadosa cuenta de sus parientes. Dibujaban grandes y esmerados árboles genealógicos con innumerables ramas. Cuando se trata de los Hobbits es importante recordar quién está relacionado con quién, y en qué grado.". Pues lo mismo se puede decir de los palmeros. A mí más de una vez, cuando he ido a Los Sauces, me han parado en medio de la calle para preguntarme: "¿Y tú de quién eres?".

Así que saqué la carpeta de los Rollos Ancestrales y empezamos a sumergirnos en el complicado mundo de los parentescos. Resultaba divertido para mis nietos ver hasta dónde llevaban algunas ramas. Una línea de mi abuela Lola llega hasta un maestro de azúcar de principios del siglo XVI que se llamó Diego Machín; otra de mi bisabuela Pepa nos emparenta, allá por el XVI, con los Díaz Pimienta, que eran portugueses llegados a La Palma. Hay hasta una antepasada casada con Diego Rodríguez de Talavera, que desembarcó en Barlovento para ayudar a la conquista de La Palma y que dio nombre al puerto de Talavera. Por los Duques y mi abuelo Gabriel hay un árbol (salió en el periódico "El Día" en un reportaje sobre nuestra familia, maestros constructores y carpinteros a quien se debe la construcción de muchas casas y obras en La Palma) que llega hasta principios del siglo XIX con Estanislao Duque Domínguez, que tuvo 10 hijos, uno de los cuales fue mi tatarabuelo. Hay hasta otra genealogía de mi bisabuela Natalia que llega hasta un rey indígena de El Hierro llamado Osinisa y nacido en 1380. Mis nietos leían asombrados, buscaban en Internet (a su retatarabuelo Estanislao le encontraron ascendencia en Fernando de Castilla, Regidor de La Palma) y hacían un montón de preguntas ¿Tenemos sangre guanche? ¿Y eso por qué se sabe si en 1380 ni siquiera la isla estaba conquistada? ¿Por qué mis abuelos tuvieron 3 hijas que se fueron muriendo de pequeñas (menos la última) y a las 3 las llamaron Lolita? 

Yo les contaba que, aunque muchos de esos trabajos se hacen con seriedad, no hay que fiarse enteramente de ellos porque la historia muchas veces se ha desfigurado a favor de intereses privados;  que lo de las Lolitas seguro que era un antojo; les recalqué que no se fijaran mucho en pamplinas y relumbrones, y que de lo que tenían que sentirse muy orgullosos es de ser descendientes, no de famosos ni de altos personajes, sino de los fuertes. En épocas en que la mortalidad infantil era tan grande, en que había guerras, inseguridad y epidemias, nuestros antepasados sobrevivieron a todo eso, llegaron a adultos y procrearon. Por eso estamos aquí. Hasta le conté una noticia que encontré en "La Opinión de Tenerife", del 12 de octubre de 1896 en la que hablan de que a mi abuelo Gabriel, entonces con 3 años, lo había atropellado un caballo en la calle del Cantillo de Los Llanos. Si llega a matarlo, ninguna de las 80 y pico personas que hemos descendido de él hubiera existido.

Tan entretenidos estábamos con todos estos tejemanejes que, cuando miré la hora, eran cerca de las 2 de la tarde y no había empezado a hacer las albóndigas para la comida. Les dije entonces una frase que mi madre soltaba cuando también se le hacía tarde: "Los que de alta alcurnia descendemos o comemos tarde o no comemos".

lunes, 12 de febrero de 2018

Cocina de carnaval




No crean que con este título aludo a comidas típicas de carnaval, aunque ganas me dan de recordar y, sobre todo, de volver a comer las deliciosas sopas de miel que religiosamente se hacían en mi casa por estas fechas cuando vivía mi madre.

No. Con este nombre, "Cocina de carnaval", me refiero a que, de un tiempo a esta parte, veo que cada vez más la comida se disfraza, se oculta bajo máscaras para parecer otra, se le añaden colores, texturas, brillos que no son los propios de su naturaleza, de tal manera que, cuando la vemos en el plato sin reconocerla, pareciera decir: "¿Me conoces, mascarita?". Por ejemplo, el mes pasado, en la 16ª edición del Congreso Gastronómico Madrid Fusión hubo quien presentó como el no va más los huevos fritos de colores (en la foto). Nada que ver con los huevos de siempre, de gallinas que corretean por las huertas, con su yema doradita en la que mojar pan, y festoneados del encaje de una clara blanca -para mí, una de las maravillas del mundo-. ¡No, ahora a disfrazarlos de verde, rojo, azul, marrón y de todos los colores del Arco Iris, que ni los va a conocer la madre que los parió (la gallina)! Y hubo allí más inventos y caretas, como comer los crustáceos con cáscara y todo (cuando todos sabemos que la belleza de un cangrejo está en el interior), o la comida azul, hecha con un alga que se llama espirulina, que ni que estuviéramos en el país de los pitufos... ¡Señooooor! Por eso sorprendió tanto que un chef japonés se limitara a freír unas alitas de pollo, las presentara en una cajita y, hala, a comer, que de eso se trata.

Y es que no hay que volverse loco con las comidas. Y si no, que se lo pregunten a mi marido. Cuando se jubiló dos años antes que yo, se quedó como dueño y señor de la cocina mientras yo me iba a trabajar. A pesar de que había cocinado muy poco, nunca me preguntó nada y yo llegaba a casa a mesa y mantel puesto como una señora. Me ponía pollo, por ejemplo, y yo le decía: "¡Qué bueno! ¿Cómo lo has hecho?" "Ah, pues lo he hecho al horno con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Al día siguiente, me ponía pescado y la receta era "al horno, con sal y pimienta, un chorrito de vino, un chorrito de aceite y unas hierbitas.". Cuando le decía que todo lo hacía igual, me contestaba que no, que las hierbitas siempre eran distintas.

Tal vez se estén pasando con todo este boom de la cocina, con tantos masterchef y tantas "nutripolleces" (la palabra es de Anthony Warner en "El chef cabreado").  ¿Y si seguimos fieles a una comida sana y sencilla, y sin abalorios añadidos para que una simple merluza no parezca la reina del carnaval? Una cazuela de pescado, un buen puchero, una carne compuesta, una pata de cordero o un bacalao al horno... ¿Hay algo más perfecto que una croqueta? Tan humildes ellas y hasta han conseguido un día, el 16 de enero, como Día Internacional de la Croqueta. Son las comidas de casa de toda la vida, hechas con sentido común y buenos productos.

A uno de esos grandes cocineros de platos con destellos de oro y técnicas ultraferolíticas se le preguntó qué comía en su casa y contestó: "Lo que me pone mi madre". Y la madre de los Roca, con 81 años y 50 al frente de Can Roca (3 estrellas Michelín) resaltaba en Madrid Fusión el valor de lo sencillo y de lo que se tiene a mano como punto de partida ¡Cuántas veces una hace un arroz amarillo o inventa una ensalada con lo que se encuentra en la nevera! Como decía aquel chiste viejo (y sabio): "¿Cómo se llama la comida china en China? ¡Comida!". Eso sí, como diría Arguiñano, simple y sencilla y sin disfraces, sí, pero también rica, rica, rica.

lunes, 5 de febrero de 2018

Un lento vino pálido




El mayor inconveniente de haber llegado a una edad tan provecta como la mía es que se nos están muriendo a cada paso los de alrededor y el tanatorio se nos ha convertido en un lugar habitual. Como decía la poeta colombiana Meira Delmar, "y se me va llenando / de nostalgia la vida / como un vaso colmado / de un lento vino pálido...".

Este mes de enero he ido a dos entierros de dos personas, una mujer y un hombre a los que no conocía. Una va a esos sitios llevada por el cariño que se les tiene a sus familiares y amigos, con la sana intención de acompañarlos y darles un abrazo. Pero, después de todo, los que han muerto son los verdaderos protagonistas y todos los que los quisieron están allí porque ellos existieron. Quieras que no, las vidas que vivieron, las personas que fueron, sus experiencias, sus sentimientos, están también presentes y se van haciendo reales cuando allí, en el tanatorio, escuchas.

Ella fue una mujer que ha muerto con 46 años. Tenía dos hijas a las que adoraba y a las que preparó (si es que eso se puede) para el golpe que habían de recibir. Cuando en diciembre ya supo que le quedaba poco tiempo, se las llevó a Eurodisney para regalarles un último recuerdo brillante. Era una mujer vital, alegre, muy guapa -ojos verdes preciosos y sonrisa perenne-. Sus amigos y primas recordaban aquella vez que se disfrazó de Torrente con unos dientes horribles, lo divertida y bromista que era, lo que le gustaba esquiar y sentir el frío en la cara, la voz tan dulce y cálida cuando cantaba...

El fue un hombre que ha muerto con 83, aunque hacía años que la niebla del alzheimer lo fue despidiendo poco a poco. Pero, antes, fue una persona valiente y decidida -"se atrevía a cualquier cosa, no tenía miedo a nada"-, un hombre entusiasta, divertido, ingenioso y culto. Le encantaba el fútbol ("estuvo a un paso, cuando era joven, de que lo fichara el Real Madrid"), la literatura, la música ("¿Te acuerdas de lo que le gustaba Ray Conniff?"), las canciones y el parrandeo ("él fue quien me enseñó a tocar el timple"). Tuvo una vida plena: estudió Derecho, tuvo 4 hijos, viajó, vivió en Londres un año, cambió de trabajo cuando quiso y hasta escribió poesía. Alguna vez se le oyó decir que él tenía 150 años porque el tiempo que vivió, lleno de tantas y tantas experiencias, le había cundido.

Los dos se diferencian en edad, en sexo, en las circunstancias en las que vivieron y en las que se han ido. Pero los dos fueron personas que amaron y fueron amadas, que han pasado por la vida dejando huella en los demás, que vivieron intensamente. Para los que no los conocimos, son dignos de respeto y admiración porque supieron vivir. Para los suyos -a pesar de la nostalgia, ese lento vino pálido- siguen estando presentes. Son la "luz que nunca se extingue" de la que habló otro poeta.

Ella se llamaba Ruth. Él se llamó Nicolás.
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