lunes, 15 de noviembre de 2021

Buscándonos a nosotros mismos


"Dirigiendo el tráfico en La Laguna". Foto de Tito G., subida por Alberto García a "Fotos Antiguas de Tenerife" .

Una vez, sería el año 1955, se me quedó grabada una escena de la que nunca me he olvidado. Iba yo con mi madre de la mano por la calle Cruz Verde cuando un hombre nos sacó una foto desde la esquina con la Plaza Candelaria. Parece una bobería pero en aquel tiempo una foto no era cualquier cosa. Era casi un lujo, no se podía, como ahora, hacer fotos por gusto y gastar carrete. Generalmente, no se sacaban fotos de paisajes casi nunca, sino de las personas y en ocasiones especiales: una fiesta, un cumpleaños, una boda, un nacimiento... De hecho, mi primera foto me la hicieron a los 4 meses y la segunda, a un año. Y eso que mi padre tenía máquina de fotos, cosa no muy corriente, y era muy organizado para guardarlas y clasificarlas en álbumes.

Pero ¿hacer una foto de una calle cualquiera, un día cualquiera, con personas desconocidas? Eso no lo hacía nadie que yo conociera. ¿Qué sentido tenía? Tal vez, por todo esto me llamó la atención la foto de la calle Cruz Verde: existía por ahí, en algún lugar del mundo, una foto de mi madre y mía, que yo no había visto y que estaba convencida de que alguna vez, en el transcurso de los años, aparecería.

Muchas veces, mirando fotos en los periódicos, he pensado que aquellas personas retratadas no sabían que estaban siendo inmortalizadas, congeladas en un momento de sus vidas, y que eso -decir "yo estuve allí"- a lo mejor podía ser importante para ellas. En las novelas incluso aparece el tema. En Comenzó en Viena de Mary Stewart, la protagonista cree que su marido ha ido a Estocolmo por razones de trabajo (le manda postales y todo) y, de repente, se lo ve en un Noticiero sofocando el incendio de un circo en un pueblo de Austria. O en Noche eterna de Agatha Christie, el asesino y su amante fingen que no se conocen de nada y alguien les hace llegar una foto de un periódico en la que se les ve, muy amartelados entre la gente, por una calle de Hamburgo, desmontándoles el juego.

Pero eso es en la literatura. ¿Ocurre algo así en la vida real? Pues sí, y miren por dónde, a mi amigo Melchor le ocurrió. Ojeando fotos del grupo "Fotos Antiguas de Tenerife", se encontró a sí mismo caminando y pensando en sus cosas por la calle Carrera de La Laguna a finales de los años 60. Claro que él sigue el dictado filosófico de "Conócete a ti mismo", porque yo no lo hubiera reconocido ni en un millón de años. Pero alguien fotografió la calle y captó la escena con un Melchor muy joven, justo detrás de un guardia que dirigía la circulación (imagen inicial)

Así que algo así es posible y seguro que a muchos les ha pasado. Y ahí me ven, casi como si estuviese en un "Buscando a Wally", mirando escenas de antes sabiendo que yo estuve allí -en las fiestas del Cristo, en el balneario, en San Diego...- y esperando que en alguna de los años 50 aparezca yo de la mano de mi madre (¿De dónde vendríamos? ¿A dónde íbamos?) por la calle Cruz Verde en el Santa Cruz de mi infancia.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Ya nada puede sorprenderte



Hace poco leí una novela en la que una señora de edad decía: Lo extraña que puede ser la vida. A los 78 años dirías que ya nada puede sorprenderte y te pasa una cosa de estas y te parece que el mundo acaba de empezar. ¡Cuántas veces muchos de nosotros hemos hecho esta misma reflexión cuando nos topamos con lo inesperado!

Esta semana, por ejemplo. En la hora en que caminamos por la mañana por la costa de Bajamar, le iba contando yo a mi amiga María Victoria el libro que mi hija escribió hace poco para MOLPEditorial, "Productividad para escritores". Hay que decir de antemano que mi hija es una de las personas más ordenadas que conozco. En su casa todo está organizado, los suéteres por colores, los armarios con todo dobladito sin ver ni un pantalón rebujado, las especias por orden alfabético, cada cosa en su sitio... ¡Un complejo que me da! Bueno, pues ese libro es la respuesta que ella da a la pregunta que siempre le hacen: "¿Cómo te las arreglas, cómo tienes tiempo para todo?".

Ella lo explica de un modo muy ameno en las 83 páginas sin desperdicio del libro.  Y uno de los libros de los que echa mano para explicarse mejor es "Momo" de Michael Ende. ¿Lo has leído?, le pregunté a María Victoria. Ella me contestó que no y yo le fui contando, mientras pasábamos al lado de las piscinas de Bajamar, que "Momo" es un libro que habla del tiempo, de los ladrones de tiempo ("los hombres grises") y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres.

Y en esas estábamos cuando llegamos a una casetita de madera que hay entre las piscinas y la playa donde la gente pone libros para que vuelen y se lean. Son pocos los que hay, unos 20 más o menos, pero nosotras, siempre que pasamos por allí, la abrimos y curioseamos para ver si hay algo que nos interese. ¿Querrán creer que el primer libro que nos encontramos fue "Momo" de Michael Ende? Me quedé tan asombrada que dije la frase de la señora con la que empecé este escrito: Dirías que ya nada puede sorprenderte y te pasa una cosa de estas y parece que el mundo acaba de empezar. ¡Es una señal!, dijimos las dos.

Así que cogimos el libro y este fin de semana lo he releído. Se publicó en España en 1987 y, después de 35 años, me volví a encontrar con Momo, la niña que sabía escuchar; con su amigo Gigi Cicerone, cuya fantasía florecía como un prado en primavera y contaba cuentos a los que le crecían las alas; y, por supuesto con Beppo Barrendero, el otro amigo de Momo, que aconsejaba: ¿Ves, Momo? A veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla (...). Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca más que en el siguiente. Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea (...) De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle.

Y esto último me vino muy bien, porque justo este mes, a lo mejor por envidia de la casa de mi hija, me había propuesto ordenar la mía antes de las navidades (está un poco patas arriba). Así que ahora, siguiendo las directrices de Michael Ende y de Ana, 1º, me propongo el objetivo de ordenar, no la casa, sino una gaveta cada día. 2º, no voy a decir la excusa de siempre de "no tengo tiempo", porque es verdad que lo tengo pero no lo sé administrar bien. 3º, tengo que establecer prioridades, aunque una de ellas sea "no voy a hacer nada de nada" o "hoy, que es domingo, desayuno con calma y luego, otro ratito a la cama a leer" (uno de mis pequeños placeres preferidos). Y 4º, haré listas como una posesa (en realidad, me encanta hacerlas). Por ejemplo, hoy haré mermelada de mango ahora que hay tanta fruta en el árbol de la huerta, escribiré este post... y ordenaré una gaveta.

Así que, mira por dónde, una sorpresa inesperada me ha organizado la vida (el mundo acaba de empezar) y me ha hecho valorar aquello que es oro líquido para "los hombres grises": mi tiempo, en el que cada día, de ahora en adelante, seguro que habrá un hueco para algo -una casualidad, un milagro, tal vez- que siempre pueda sorprenderme.


martes, 2 de noviembre de 2021

50 años


Hay una canción de Rocío Dúrcal que alguna vez he cantado con mis amigas del colegio, cuando nos da el melancólico, que dice: Cómo han pasado los años, las vueltas que dio la vida...Y de eso, del paso de los años, hablamos este fin de semana en que hizo 50 años que mi marido y yo nos casamos, las bodas de oro que le dicen.

Y algo ha cambiado, sí, aunque hace 50 años teníamos un volcán, el Teneguía, rugiendo en la isla de enfrente, y ahora, quién lo iba a suponer, tenemos otro rugiendo igual por el mismo sitio. Han pasado 50 años entre volcán y volcán pero de ninguno de los dos tuvimos la culpa nosotros.

Hace 50 años celebramos la boda con 160 invitados, la mayoría de los cuales ya no están aquí. Ahora lo hemos celebrado con unos que no fueron a nuestra boda: nuestros hijos y nuestros nietos.

Hace 50 años no tuvimos permiso para bodas y solo estuvimos de luna de miel un fin de semana en el sur (estábamos en el franquismo y, por no tener, no teníamos ni seguridad social). Hoy lo hemos celebrado, jubilados, en Fuerteventura, al lado de una playa kilométrica de arenas blancas.

Hace 50 años solo había un fotógrafo contratado que nos hizo un álbum de la boda con 20 fotos en blanco y negro. Ningún invitado sacó fotos ni tuvo un recuerdo tangible del evento. Hoy solo en el fin de semana cada uno de nosotros hizo más de cien fotos a todo color, sin miedo a quedarnos sin carrete.

Hace 50 años estábamos hechos unos pipiolos con 23 y 25 años. Yo creo que hasta podía tocarme la punta de los pies con las manos.  Ahora todo ha ido a más: más kilos, más años, más arrugas, más achaques... Bueno, todo no: hay cosas que han ido a menos, y mejor no las cuento.

Hace 50 años estrené un camisón blanco lleno de puntillas y bodoques. Hoy prefiero un pijama suavito y calentito para dormir. Y, si se tercia, con calcetines.

Hace 50 años nuestro primer desayuno de casados fue un desastre porque el café estaba hecho una bola seca y no pudimos hacerlo. Hoy, en el Hotel al que fuimos, nos ponían un buffet enorme con churros, creps y todo lo que se nos ocurriera. Y al final un champán, como señores.

Hace 50 años nos quedamos alguna vez dormidos, abrazados en un sillón. Hoy festejamos cuando (como en el último viaje a Galicia) nos ofrecen una cama de 2 m. de ancho en la que perderse.

Hace 50 años teníamos un futuro amplio y radiante por delante. Hoy somos más sabios y sabemos que hay una fecha de caducidad.

Pero hay cosas que siguen igual. Por ejemplo, el escarabajo naranja en el que salimos de la iglesia hace 50 años sigue funcionando como un reloj y pasa religiosamente la ITV todos los años.

Y para mí él es, como hace 50 años, el hombre de mi vida y la persona que más quiero. Y para él yo lo soy también. 

Casi nada y casi todo.

jueves, 28 de octubre de 2021

Volver a viajar


En el Faro del Cabo Ortegal, cerca de donde se separan el Atlántico y el Cantábrico

De repente y como si nos sacudiéramos una pesadilla de encima, han surgido por todas partes unas ganas locas de volver a viajar. Los jubilados claman por el Imserso, los que no, aprovechan todos los puentes que puedan para lanzarse a recorrer mundo, como si se hubieran convocado unas nuevas cruzadas. Se ve optimismo en el aire. Y, siguiendo la tónica -no va una a ser menos-, esta semana nos hemos ido a las Rías Altas con un grupo de amigos a festejar la luz al final del túnel. Como Tolkien decía, la casa atrás, delante el mundo / y muchas sendas que recorrer.

Y es que ¡qué bueno es descubrir (y redescubrir) sitios nuevos! Bosques de castaños y robles centenarios, playas kilométricas de arenas rubias (y una muy especial que no conocía, la de Las Catedrales, con rocas imponentes), acantilados sobre un mar transparente, cielos luminosos, pueblos marineros y ciudades que existen desde hace siglos, mercados limpios de los que dan ganas de comprar de todo, faros del fin del mundo, campos de manzanos cargados de fruta para hacer sidra, y galerías acristaladas en muchas casas -quitapenas las llamaba Emilia Pardo Bazán- para recibir calor y luz y ver pasar el mundo... Pastos, mar, montañas suaves, verde, playas, rías, tranquilidad.

¡Y qué bueno es también que te vuelvan a contar historias! De piratas que querían conquistar una ciudad de lluvia y cristal; de mujeres valientes que, con sus hombres en la mar, se plantaron defendiendo lo suyo; de indianos ricos que venían de América e invertían en su tierra; de pescadores que pasaban largas temporadas fuera: Antaño -decía bajo la estatua de una ballena en Malpica- hombres fuertes de Malpica cazaban ballenas en mares lejanos; de peregrinos que recorren los caminos desde muy lejos para llegar emocionados ante un santo y rezar a sus pies, mientras de fondo se oye la música de una gaita...

Esta es una tierra antigua, acostumbrada a las brumas y llena de mitos, leyendas y tradiciones. Ya lo cantaba Luis Eduardo Aute: Imagínate a Galicia como un húmedo aquelarre... Aquí cuentan que, cuando Dios descansó el 7º día de la creación, extendió sus manos sobre la tierra y con el surco de sus dedos se formaron las rías, los verdes como rías de esmeralda, de Aute. Aquí hay demonios que hacen un puente en una noche y campos de estrellas que señalan la tumba de un apóstol. Aquí se tiene miedo de la Santa Compaña y de las brujas, que haberlas, haylas. Pero, si atraviesas la Puerta Santa de la Catedral de Santiago en años de jubileo como este, se te perdonan todos los pecados.

Y aquí, además, abundan las leyendas. Como la del rey Breogan, del que se decía que veía Irlanda desde Coruña (que ya es tener vista de lince, oye). O como la de los cruceiros, que se levantan como protección en los cruces de caminos, donde se dice que hay ocultas puertas hacia otros mundos. O la de la mujer a la que entretuvieron en el Puente del Pasatiempo (Mondoñedo) y no pudo llegar a tiempo con el indulto para su marido.

Y por todos lados, tradiciones y rituales: hay hierba para enamorar, que ha de ponerse para que surta efecto en el bolsillo del que se pretende conquistar sin que se dé cuenta. Si hay excedente de vino, se pone una rama de hiedra sobre la puerta y así se sabe que puedes ir allí (con amigos y comida) a aprovecharlo. O el Día de difuntos se les hacía a los niños un collar de castañas guisadas que se iban comiendo por el camino. Un antiguo Halloween en la Galicia profunda.

Un pueblo así colma y enriquece el espíritu. Más cuando se descubre a sus gentes, tan parecidos a los nuestros de La Palma. Son amables y cercanos. Oh, tienen hasta un pueblo que se llama -se lo juro- Cariño (¿sus habitantes serán cariñosos?); son parranderos, no paran de celebrar fiestas, feiras y romerías en casi todos los pueblos; son imaginativos ¿Dónde, si no, se ha visto una fiesta dedicada a una sirena (fiestas de la Maruxaina en San Ciprian)?; y son exagerados: los de Betanzos, por ejemplo, lanzan en las fiestas "el globo más grande del planeta" y hacen la tortilla más rica del mundo (y eso que no probaron las que hacía mi madre).

¡Y qué bueno es hacer un viaje como este en buena compañía, con amigos con los que hablar y compartir!. Cualidades buenas para este menester son camaradería, tolerancia, adaptabilidad y, sobre todo, buen humor.

¡Qué bueno, qué bueno es viajar otra vez! Y Tolkien de nuevo: Luego el mundo atrás y la casa delante; / volvemos a la casa y a la cama. Volvemos pero con un montón de buenos recuerdos en la maleta. Y así hasta la próxima.


Parque das Galeras en Oleiros con el Castelo de Santa Cruz

P.D.: Para Raquel, Bea y Alejandro que organizaron, acompañaron y nos guiaron en un viaje fantástico. Para Mónica, Sonia y Begoña, que nos enseñaron Coruña, Santiago y Betanzos. Y para mis compañeros de viaje. Con toda mi gratitud.

lunes, 18 de octubre de 2021

Planeta Caro


Portada y contraportada de "Planeta Caro"

Los lectores necesitamos, como en el poema de Alberti, paz, paz, paz para leer. Un libro abierto en el alba y otro en el atardecer. Pero ser lector no significa leerse todo lo que cae en nuestras manos. En principio, nada de libros mal escritos, que nos chirrían y nos ponen de mal humor. Hace poco empecé un libro que me prestaron y el autor se refería a cada rato a los personajes como "la rubia", o "el moreno" o "la castaña". Lo dejé antes de que empezara a hablar de "la pelirroja". 

También están las novelas de buenos autores pero que, vete tú a saber por qué, no nos atrapan y languidecen por ahí. Así, dejé "1Q84" de Murakami y "La Catedral del Mar" de Falcones. Las dos duermen el sueño de los justos en la estantería esperando, como en la rima de Bécquer, la mano de nieve que sepa arrancarlas. Porque en estos casos me fío del consejo de Borges: Si un libro les aburre, déjenlo. Llegará un día en que el autor sea digno de ustedes y ustedes serán dignos de ese autor.

Y luego están los libros que disfrutas, que no quieres que terminen; los que se releen a menudo, que te hacen vivir mil vidas, con personajes que te enamoran... Solo por ellos se justifica que la lectura sea un pasatiempo tan hermoso que no puedes imaginar la vida sin ella.

Esta semana he tenido suerte, porque he releído un libro en el que cada vez encuentro algo nuevo; he leído libros curiosos y apetecibles; y, además, he recibido —ya con su portada y su olor a nuevo— , el último libro de mi hija, Ana González Duque, una novela de literatura romántica juvenil, "Planeta Caro", continuación de "Proyecto Bruno". Las dos nacieron de la petición de mi nieta Eva a su madre para que escribiera sobre ellos, el mundo de los adolescentes, "el club de los raritos". Y, como dice Ana, "No sabéis el monstruo que habéis desatado", porque ya piensa en una tercera novela que complete la serie. Y si siguen el mismo camino que la primera, que se ha leído y discutido en 6 institutos, gustará.

En la novela de ahora, Ana sigue tratando, con humor y ternura, los temas actuales que están presentes entre los jóvenes, y que constituyen el particular "planeta"de la protagonista, Caro: los amigos, las melancolías, las fiestas, las discusiones, el circuito de cotilleos del colegio, los padres y madres, los ataques de ansiedad, las galletas de mamá y las tortitas de chocolate, las clases, los mensajes de wasap, las citas que salen mal y las que salen bien, los paisajes especiales, los maratones de anime, la pizza con piña, el arreglarse en compañía para conseguir un efecto wow, el ego y la autoestima... Y por supuesto el amor. Tratado , además, con una fórmula infalible que engancha desde que la usara Jane Austen en "Orgullo y prejuicio": lo que llaman el enemies-to.lovers, la antipatía inicial de los protagonistas, Caro y Tiago, que se va diluyendo a lo largo de la novela, muy bien orquestada al dar voz a cada uno en cada capítulo. O como lo llama Elena, a la que conocimos en "Proyecto Bruno", el síndrome ese de niño-que-tira-del-pelo-a-niña .

La novelita (140 páginas apenas) se lee en un pispás y deja el buen sabor de boca de las cosas bien hechas. Bien escrita, cuidada edición, una portada preciosa, hecha, como la anterior, por mi nieta Eva de José. Ya sé que soy juez y parte, pero Ana sabe que, si no me gustara, se lo diría. Y sabe también que este no es un libro de los que se dejan a la mitad, sino un libro divertido y sencillo que no aspira a otra cosa que a contar bien una historia y a entretener. Que, en definitiva, es lo que los lectores le pedimos a un libro. Disfrútenlo.

lunes, 11 de octubre de 2021

Momento de gozo



Hoy les hablo de un momento de gozo de esta semana, el que tuvimos mis amigas y yo en los charcos de Alcalá, abajo en el sur. Yo bauticé la foto que ven como "Escuela de sirenas talluditas", porque estábamos de broma y de disfrute en un agua clara y transparente, entre rocas por donde iban entrando ya las olas de las mareas de octubre, grandes y espumosas como encajes de vestidos de novia.

Nos habían invitado Leo y Ruperto a su casa de Alcalá a una paella y para allá que nos fuimos un buen grupo desde el día anterior sin encomendarnos ni a dios ni al diablo. Esa mañana, en casa, nos levantamos temprano y desayunamos frente al mar en la mesa grande de la terraza con bizcocho, pan de nueces y mermelada de duraznos caseros, más pan fresco, quesos y embutidos, y una jarra enorme de jugo de naranja recién hecho. Café, té, leche... cada una según sus gustos, y una conversación ininterrumpida y salpicada de risas y de historias. Y luego, el mar.

Mis amigas son "las niñas del colegio", de las que les he hablado muchas veces en este blog porque forman parte de mi vida desde que tenía 6 años (hace nada menos que 67 años). Teniendo la edad que tenemos, está claro que no vivimos en un lecho de rosas. Algunas de las amigas ya no están con nosotras. Todas hemos perdido a los padres y muchas a maridos, hijos y hermanos. Algunas tienen problemas en sus casas y, como la edad no perdona, todas tenemos nuestras majaderías y nuestros achaques. Cuando no duele por allí, duele por allá. Una de las que fueron al sur llevaba tal cargamento de pastillas (algunas, por si acaso, decía) que parecía una Cofarte ambulante. Y, además, todavía el volcán retumba, humea y arrasa en la isla de enfrente, haciéndonos temer por una de las nuestras, Nievitas, que vive a tres pasos del infierno.

Pero así y todo, esta mañana de octubre optamos por el gozo, por dar las gracias por la vida plena, por celebrar estar vivas y bien acompañadas. Por el sol y la brisa, el agua fresca y la sal sobre la piel. Por hacernos una foto cuando salimos del agua, tipo misses con una pierna delante y al bies, sin importarnos la edad ni las celulitis (una extranjera que nos miraba, lloraba de la risa). Por el sentido del humor y por saber reírnos hasta de nosotras mismas.

Luego fuimos a casa de Leo y Ruperto, conocimos al gallo Kirico que los ha adoptado y vive a ratos con ellos en su finca, comimos una paella tan rica como las que hacía mi madre, bebimos un vino tinto que te puedes morir, hablamos de todo lo que quisimos entre tintineos de copas y, a los postres, sacamos una guitarra y cantamos canciones de nuestros tiempos. Cuando el sol se iba poniendo por La Gomera, recogimos todo, nos despedimos con un abrazo y volvimos al norte, a casa y a la vida normal.

Pero el día y los momentos de gozo no nos los quita nadie. Dum licet fruere, decían los latinos, que sabían mucho. Mientras se pueda, goza.

lunes, 4 de octubre de 2021

Tiempo de comer

Momento en que se dijo que hay tiempo de comer

De todas las anécdotas que nos ha regalado este volcán que nos tiene en un sinvivir (incluyendo la de la locutora que tuvo a bien informar a toda España, a micrófono abierto, que ella se iba a mear), mi favorita es la del hombre que el primer día, en el momento en que la tierra retumbó y se abrió la puerta del infierno, dijo con toda la tranquilidad y pachorra del mundo: "Hay tiempo de comer... Hay tiempo de comer sin problemas".

Me lo puedo imaginar perfectamente. Se encuentra ante lo que Kant llamaba lo sublime, algo que asombra y al mismo tiempo produce temor, como los volcanes desencadenando todo su poder de destrucción; se da cuenta de que lo que ve es peligroso y de que el miedo lo puede empujar a salir por patas lo más pronto posible; pero opta por lo urgente, lo necesario, que es comer: una actitud práctica, sabia y yo diría que hasta filosófica. No como los estoicos, que proclamaban: "Si el mundo se derrumbara a mi alrededor, sus ruinas me encontrarían impávido". No, nuestro hombre no esperaría a eso. Él es más bien de los que siguen la cita latina "Primum vivere deinde philosophari": primero, vivir (con todo lo que eso conlleva, empezando por las necesidades básicas como comer y otras, como la de la locutora) y después ya la mente está preparada para otras actividades más filosóficas: sacar conclusiones, razonar, no perder la calma...

Imagínense a este hombre. Sabe que hay tiempo para hacer lo necesario. Saca mantel, platos, cubiertos, vasos. Corta un poco de pan. Destapa la cazuela de cherne que hoy por la mañana había preparado. Con el caldo hace un escaldón de gofio. Y luego se sienta serenamente a comer, mientras bebe un vaso de vino de Fuencaliente y un trozo de queso ahumado de Garafía. Mira de reojo la humareda del volcán pero sabe que hay tiempo de comer.

A mí este hombre en esta situación me recuerda un pasaje de La Iliada de Homero. Todos los de mi generación que hicimos el Preuniversitario de Letras tradujimos y leímos La Iliada. Era lo que tocaba. Todos cantamos con la diosa la cólera del Pélida Aquiles que salió de Troya, y recorrimos el vinoso mar y lloramos con la muerte de Héctor y vimos desfilar a los héroes griegos y a los dioses que apoyaban a unos o a otros, como si fueran hinchas de un equipo de fútbol. Este pasaje que digo es cuando Príamo, el viejo rey de Troya, va a pedirle a su enemigo Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor. Aquiles accede y, después le pide que coma con él. Para convencerlo, le cuenta la historia de Niobe ("la de hermosas trenzas") que se burló de la diosa Latona  ("la de hermosas mejillas") porque tenía solo dos hijos frente a los catorce de ella. Pero estos dos hijos eran nada menos que Apolo y Artemisa y, con sus flechas, mataron a 12 de los de Niobe (ya saben lo vengativos y brutos que eran los dioses griegos). Y Niobe lloró y lloró pero al final comprendió que también tenía que sentarse a comer. Hay prioridades que no se pueden dejar de lado por mucho que uno tenga el alma compungida.

Y perdónenme, pero no puedo evitar acordarme de otro caso de prioridades, esta vez de un chiste pícaro de Verdaguer, un cómico argentino que oíamos en los años 60 por la radio. Hablaba de una pareja que fue de luna de miel a un hotel y no salieron de la habitación en tres días. Al cabo de ellos, bajaron al comedor y se sentaron a la mesa. El camarero le preguntó a ella: "¿Qué desea la señora?", y ella dice, tímida: "Mi marido sabe". Y el marido salta: "Sí, querida, pero también hay que comer".

Lo dicho, saber valorar las prioridades. Como Niobe y el recién casado, este es el ejemplo que nos da este señor palmero, al que le deseo de todo corazón que, después de comer tranquilamente, se haya puesto a salvo y contemple desde muy lejos el horror y el poder de la naturaleza.


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