Uffff... Un cuento... Los cuentos de los niños tienen sus condiciones, no crean. El empezar (Érase una vez...) y el terminar (Colorín, colorado...) son inmutables, como puertas fijas de entrada y salida a otro mundo. Lo que hay entre uno y otro, no tanto. Aunque les gusten los clásicos, mejor si es inventado. Además, tienen que salir ellos, de modo que si les cuento, por ejemplo, "La casita de chocolate", Hansel y Gretel se transforman en Álvaro y Julia. Y también cambian algunas cosas. Por ejemplo, la casita, una vez Julia empuja a la bruja a la chimenea, les sirve a los niños para celebrar los cumpleaños y las fiestas de pijama. Así se ahorran las chuches (que también cambian según el gusto de ellos: a veces la casita es de helado o de caramelo)).
Así que ahora toca contarles un cuento, un cuento de verano, como corresponde a este mes de agosto, que en mi pueblo transcurre entre sol brillante y chaparrón suave, y como corresponde a este oficio de abuela.
Érase una vez un duende de la arena - empiezo. Y antes de que pregunten qué es eso, sigo.
Los duendes de la arena son seres muy pequeñitos que viven en el fondo del mar. Son divertidos, juguetones y graciosos. Tienen el color de la arena con la que se confunden y por eso casi no se les ve. Les encanta jugar con sus amigos, las sirenas, los caballitos de mar, los pulpos, las medusas, los delfines y los cangrejos. Todos arman unas fiestas allá abajo que ríanse de los carnavales.
Pero lo que más les gusta a los duendes de la arena es jugar con los niños en las playas. Nadie más los puede ver, ni los mayores, ni los que no creen en la magia ni los vigilantes de la playa. Solo los niños se dan cuenta de su presencia cuando están con cubos, palas y rastrillos intentando hacer un castillo en la Playa de la Arena. A Julia y a Álvaro muchas veces se les desbaratan y desgorrifan las torres, se les llenan de agua los fosos y aquello parece más un potaje de berros que un castillo.Pero entonces se produce el milagro. Notan que junto a ellos hay un reburujón de arena que poco a poco les va ayudando con su magia a que todo salga bien y a terminarlo antes de que suba la marea, el gran reto de los castillos de arena. Construyen torres unas encima de otras, puentes entre ellas, túneles, almenas, caminos, puertas y ventanas. No solo pueden poner banderas en lo alto, sino que, misteriosamente, cerca aparecen estrellas de mar, caracolas, conchas de nácar, perlas (o algo parecido), piedritas pulidas y transparentes... que van a adornar los muros haciendo que el castillo parezca el palacio de las hadas. A los niños les gusta mucho y notan que al duende también.
Pero hace poco los niños echaron de menos al duende. No estaba en la playa, ni en las olas, ni en el quiosco de los helados. Por más que lo buscaron, no aparecía. Hasta que vieron el periódico que Aba leía y leyeron la noticia de que muy lejos, en Dinamarca, un país del norte, alguien había hecho un enorme castillo de arena, de más de 20 metros y de 5000 toneladas de arena. Era precioso, tenía torres altísimas, mucho más altas que un hombre, criaturas marinas gigantes, fosos, ventanas ojivales y faros brillando. Y entonces los niños comprendieron que solo un duende de la arena podría haber hecho aquello. ¡Mira dónde estaba! exclamaron los dos. Con razón el castillo no se caía ni por el viento ni por las olas. ¡Era la magia del duende!
Ahora están los dos niños emocionados mirando al mar, esperando a que vuelva el duende y le enseñe más trucos. Están seguros de que entonces el castillo que hagan este verano será el más bonito de toda la playa.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
Y ahora Aba se pregunta si les habrá gustado ¿Recordarán el cuento en estos días cálidos del verano cuando se entierren en la arena como croquetas y jueguen con ella a ser constructores de sueños? ¿Lo recordarán más tarde como para contárselo a sus hijos?
Pienso que seguramente estos cuentos de las abuelas se perderán, como se pierden muchas otras cosas, a lo largo de otros largos veranos en los que yo ya no estaré y el recuerdo se diluya entonces como castillos de arena bajo los vientos y los embates del mar.



