Yo todavía, a estas alturas, sueño con los exámenes. Estoy sentada en un aula
llena de gente y sé que me van a examinar pero no sé de qué y tengo unos minutos
para estudiar pero no encuentro apuntes ni libros y nadie me ayuda y, como
Sócrates, sólo sé que no sé nada… Y entonces me despierto sudando.
Así que en tiempos como éste en el que veo a mis sobrinos y exalumnos
dominados por la angustia y la zozobra, no puedo hacer otra cosa que
solidarizarme con ellos, que sufren el mismo “rito de iniciación” que hemos
sufrido las generaciones anteriores.
Comprendo, entonces, que pongan en el pupitre los fetiches que dicen que les
dan suerte: un dinosaurio, un osito, una rana o una virgen de Candelaria. Que
los días de exámenes siempre se pongan la sudadera naranja. Que se santigüen y
hagan un rezado antes… Bueno, por comprender, hasta comprendo las chuletas.
Yo, como el replicante de “Blade runner” que dice que ha visto naves más allá
de Orión, he visto chuletas microscópicas más allá del espectro visible. He
visto otras que eran un prodigio del bricolaje, como una con forma de acordeón
pegada a la suela del tenis. Y últimamente he visto la llegada de la alta
tecnología y de la sofisticación al tema de la chuleta: pinganillos en la oreja,
por ejemplo, que hacen necesario que en pleno junio vengan con bufanda y cuello
alto al examen (“Profe, es que tengo un catarrazo…”). Lo que no ha cambiado
mucho con el tiempo es la cara de póquer que ponen los alumnos mientras se están
copiando.
Los exámenes son un horror que nos preparan para otros ritos-horrores que nos
vamos a ir encontrando en la vida. No hay que tomárselos a la tremenda pero
tampoco a pitorreo. Cuando fui parte del tribunal de Selectividad corregí el
examen de un alumno que se había creído ese mito urbano de que no leemos los
exámenes sino que miramos la primera hoja y ya está. Me entregó cuatro páginas
de las que la primera hablaba, más mal que bien, de lo preguntado pero las
siguientes las llenó con padrenuestros y “desde Santurce a Bilbao”.
Los profes hacemos muchas veces recopilaciones de exámenes surrealistas o
contestaciones graciosas que después aparecen en libros o en Internet. Son
respuestas del tipo “La población guanche es de origen berberecho” o “Ejemplo de
reptil: la serpiente putón”. Pero no puedo menos que admirar el desparpajo de
algunos, como esta joyita que guardo de un examen de historia que le hicieron a
una compañera:
“Lutero:Fue un descubridor de todas las cosas. Lutero murió en el 73 más
o menos. Tenía 30 años cuando fue a la guerra y allí fue donde Lutero había
muerto. Cuando estaba vivo todavía, siempre hacía de todo, un poco experimentar,
descubrimientos, daba la pena ver todo lo que hacía con todo eso, hasta
inventaba muchas otras cosas. Las cosas las hacía pero como más rápido,
parecía yo ni sé qué.”
Pues eso digo yo. A veces los exámenes también parecen, como Lutero, yo ni sé
qué.




