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Hoy es el día grande de La Laguna, el día del Cristo, el día de los fuegos. Hace 4 años le hice a este día, que todos los tinerfeños hemos celebrado, por lo menos, alguna vez en la vida, mi particular homenaje
Las fiestas del Cristo de La Laguna aúnan dos imágenes –el Cristo y los fuegos- que simbolizan los dos elementos sin los cuales no se puede entender ninguna fiesta: la religión y la alegría. Los dos símbolos suelen aparecer juntos en los carteles que anuncian las fiestas. Aparecen, por ejemplo, en la portada de un viejo programa de fiestas del año 41 que encontré entre los papeles de mi padre. Y también en carteles actuales, como los que le han premiado a mi amigo Álvaro, otro jubilado como yo, que inventa, esculpe, pinta, hace fotografías bellas y lanza su mirada brillante y curiosa al mundo que lo rodea para recrearlo con ojos nuevos.
No hay pueblo que no termine o empiece sus fiestas sin esta explosión gozosa que son
los fuegos artificiales. Hasta “El señor de los anillos” empieza con una
exhibición de fuegos mágicos que Gandalf fabrica para terminar la fiesta en
honor a Bilbo Bolsón. Y, cuando era pequeña, recuerdo que la escena que más me
gustaba de “Sissi” es al final, en el balcón, viendo los fuegos, digno colofón a
toda historia de amor.
Hace 20 años, fuimos con los niños a pasar
15 días en una granja francesa en el Perigord, la Francia profunda, y el
pueblito más cercano tenía 200 habitantes. En esos días fueron las fiestas y
anunciaron “¡maravillosos fuegos artificiales!”. Nosotros, que nos apuntamos a
todo, allá que fuimos privados a verlos. La secuencia de los maravillosos fuegos
fue más o menos así: ¡pum!, una lucecita azul y un ¡aaaaaah! maravillado de los
lugareños; 5 minutos de silencio, otro ¡pum!, lucecita verde, aaaaaah, y así
media hora más en que todo terminó, sin traca ni nada pero sí con el aplauso
fervoroso del personal. Nosotros nos miramos y dijimos: “¡Estos no han oído
hablar de los hermanos Toste ni del Cristo!”.
Y es que, por lo menos en la isla, los fuegos del Cristo son algo especial.
Mis padres, que eran unos noveleros, siempre nos llevaron de chicos a verlos, y
ahora, si alguna vez no hemos podido ir, los oímos 9 kilómetros más allá. Es el
broche de oro de las fiestas y las coplas los recrean, como ésta de Nijota:
“A Matea, la jija de Cho Capote
se le metió un foguete por el escote.
¡Juye, Matea, juye, juye, Matea,
mira que los foguetes tienen idea!”.
“A Matea, la jija de Cho Capote
se le metió un foguete por el escote.
¡Juye, Matea, juye, juye, Matea,
mira que los foguetes tienen idea!”.
Qué extraña fascinación tenemos los humanos con el fuego. Hace 27 siglos,
Heráclito, el filósofo al que llamaban “el Oscuro”, pensaba que era porque el
fuego es el símbolo de este mundo cambiante, ya saben, el “todo cambia, nada
permanece”. Claro que un poeta de hoy como Ángel González, lo parafrasea
diciendo “menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con
sangre, se repiten”.
Hoy, cuando este 14 de septiembre por la noche veamos las palmeras de luz,
los arcoiris mezclados, las campanas cayendo suavemente, las flores de plata y
oro, los gigantescos estallidos, podríamos decir también que todo cambia y nada
permanece, menos los fuegos del Cristo de La Laguna que, año tras año, nos traen
su catarata de sonidos, color y luz. Que sigan cambiando y permaneciendo para
nuestro disfrute.


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