Aquí donde me ven, con 60 y pico tacos, yo fui una vez, durante un breve
momento, una gloria del baloncesto tinerfeño. Yo tuve mis cinco minutos de fama
y eso es algo que todos los que hemos llegado a esa cúspide jamás podremos
olvidar.
Mi amiga Chari, que ella sí fue en serio y durante varios años una gloria del
baloncesto (entre otras cosas, fue la 1ª jugadora internacional de Canarias y la
Mejor Deportista de la provincia), está haciendo un blog sobre la historia del
baloncesto femenino en Canarias . Allí están nuestros primeros años de las
Dominicas con Pancho Monje y Domingo Sicilia de entrenadores. Allí están los
años en los que compartí tardes de entreno y después alguna cena en La Esperanza
con el equipo de Jerónimo Foronda. Y allí no están los entrenos, cuando ya me
fui a Madrid, con otro entrenador del que no me acuerdo el nombre, pero al que
llamábamos, por lo feo, Zigoto (algo peor que Feto), por
aquella mala uva que tenemos los humanos y de la que ya hablé.
Todo esto viene a corroborar que fui una aficionada al baloncesto. Una
aficionada activa, porque participé desde los 15 a los 20 y pico años en equipos
de baloncesto insulares y madrileños. Y pasiva, porque fui siempre a comerme las
uñas con aquel maravilloso Náutico que nos dejaba a todos taquicárdicos.
Dicho esto, tengo que decir, en honor a la verdad, que era una maleta jugando
a baloncesto. Vamos, que no era lo mío. Igual que en música no fui ni seré nunca
Plácida Domingo, en baloncesto no fui ni seré jamás Paula Gasol.
Pero una vez toqué el cielo con las manos. Y esto no lo sabe mi amiga Chari,
por lo que se lo brindo para su historia del baloncesto femenino en Canarias. Yo
tenía 15 años y jugaba un partido en el Dominicas B (el lumpen, que diríamos)
contra el María Auxiliadora (los Nobel del baloncesto en aquella época). Nuestro
entrenador era Domingo Sicilia, que se mesaba los pelos una y otra vez al ver la
paliza que nos estaban dando. Y entonces yo, en ese estado de gracia que te
permite el tener todas tus facultades al servicio de un ideal, metí un aro, un
maravilloso aro, un balón que, después de una brillante parábola, entró
limpiamente y supuso 2 tantos para mi equipo.
Perdimos por 70 a 3. Y, cuando salíamos de la cancha de aquel Ideal Cinema en
medio del Barrio del Toscal, el entrenador salió conmigo, armándome la bulla de
paso y comentando cómo era posible que fuésemos tan malas. Y, entonces, uno de
aquellos inefables personajes toscaleros le gritó: “¡Domingo!, ¿vas con ella
porque es la máxima encestadora del equipo?”


